Mostrando entradas con la etiqueta vida laboral. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta vida laboral. Mostrar todas las entradas

14 octubre 2024

Un imprevisto familiar



Bueno, os decía que agarré el primer trabajo que pillé, con el único criterio de que me dejara tiempo para seguir buscando (y encontré algo decente enseguida, no os preocupéis).
No me dio la menor pena utilizar así a la empresa porque, como otras muchas (si no me creéis, echad un vistazo a Infojobs), imponía dos semanas de formación previa obligatoria sin contrato y sin remunerar.
Voy a repetirlo: dos semanas de formación previa obligatoria sin contrato y sin remunerar.
Supuestamente, esto se hace así porque mucha gente abandona la formación a medias y nunca llega a incorporarse. Que yo pienso que a lo mejor la gente abandona precisamente porque la formación es sin contrato y sin remunerar, pero serán imaginaciones mías, que estoy muy loca.
Además, he estado en suficientes de esos cursos como para saber que la mayoría podían haber sido un email. Alguno, ni eso. No tengo ni idea de por qué ciertas empresas se empeñan en hacer precisamente cursos de dos semanas, no de una ni de tres, o de diez días o de quince, y no quisiera yo insinuar que es porque precisamente ese tiempo es el que les permite cobrar algún tipo de subvención, pero es que no se me ocurre otro motivo mínimamente razonable para tener a un montón de personas, sin contrato y sin cobrar, escuchando una y otra vez las mismas tontadas.
Luego está el tema de la prevención de riesgos laborales. Si estoy en una oficina, sin contrato y sin cobrar, y me rompo una pierna, ¿qué coño pasa? Porque me cuesta creer que vayan a considerarlo accidente laboral. Y me cuesta muchísimo más creer que te vayan a decir: pero no te preocupes, que tú a las dos semanas firmas el contrato igual, aunque estés de baja. Que a lo mejor algunas de las personas que abandonan es porque se hacen un esguince, a ver.
Si al menos la recompensa final (que te contraten) fuera atractiva pues a lo mejor haces el esfuerzo, pero dos semanas sin contrato y sin cobrar para que luego quizá te contraten por el salario mínimo para trabajar en un horario sin determinar de lunes a domingo en un polígono a 10 minutos andando del transporte público más cercano, como que te da más pereza. 
Total, que la gente abandona porque es que no quiere trabajar. 
En fin.
El caso es que empiezo el curso por teleformación, con mi propio equipo porque si no te hacen ni contrato no te van a dar un equipo, y con mi propio correo por lo mismo, así que de pronto empecé a recibir información confidencial en mi correo personal, cosa que todavía me tiene de pasta boniato. 
De hecho, cuando finalmente me largué seguí recibiendo mails con información confidencial igualmente hasta el final del curso, lo que me lleva a pensar:
-Que, efectivamente, la formación podría haber sido un mail, si se hubieran molestado en enviar a la vez todos los adjuntos.
-Que le cobraron al cliente (o pidieron subvención) por mi formación completa.
-Que a lo mejor hay negocio en hacer cursos de estos, sacar información confidencial y luego venderla en la deep web y por eso la gente abandona tanto.
Al menos, era en casa, porque estar de 8 a 16, con media hora para comer, para que te lean por zoom una presentación que te han mandado a tu correo personal porque no tienes ni contrato ni remuneración es una cosa que crispa al más pintado, de verdad os lo digo, al menos así yo podía echar el rato haciendo Duolingo. Además, era solo de lunes a viernes. 
O eso nos habían dicho.
Porque solo habían pasado dos días cuando la formadora nos dijo:
-Hoy me tengo que ir antes por un imprevisto familiar. 
-Ohhhh...
Lo sé: soy una hipócrita.
-Pero no os preocupéis, que las horas que falte hoy las podemos recuperar el sábado.
-¿Que QUÉ?
-Si hace falta, el domingo también.
A ver que yo lo entienda: ya estoy dedicando ocho horas al día, sin contrato y sin cobrar, a verte leer por zoom una presentación que yo ya me leí en cinco minutos porque te juro que no da para más, y quieres que vengamos en fin de semana para recuperar ¿el qué? ¿las ganas de abolir el capitalismo?
Si las mías están intactas, por favor y gracias. 
Por supuesto que el sábado me conecté a la formación. Soy una mujer responsable y comprometida con mi trabajo. Además, estaba picada con una tía en Duolingo que no paraba de adelantarme cada vez que yo me ponía el número uno de la división amatista, y gracias a la formación le enseñé QUIÉN MANDA AQUÍ.
Luego pensé que probablemente sea una niña de 10 años que camina tres hora todos los días desde su favela para pillar wifi gratis en el Starbucks más cercano y aprender un idioma que la ayude a escapar de la miseria y me sentí un poco peor, pero durante unos segundos mi victoria fue épica. ÉPICA.
Para el segundo lunes de formación estaba hasta las narices y encima nos hicieron ir presencialmente solo para descubrir que:
-La formadora estaba en su casa debido a un imprevisto familiar.
-Nos iba a dar la formación por zoom igualmente.
-Nos habían hecho ir a un polígono y caminar diez minutos desde el transporte público más cercano para sentarnos a cada uno delante de un ordenador y recibir la formación igualmente por zoom.
-Los ordenadores no funcionaban porque como la gente abandona los cursos porque no quiere trabajar no sabían cuánta gente se iba a presentar ese día, así que no habían dado la orden de dar de alta nuestro usuarios hasta que pasaron lista.
-Nos íbamos a pasar toda la mañana mirando el salvapantallas porque a saber cuándo le salía de ahí a IT ponerse con los tickets y dar de alta a nuestros usuarios.
Llevaba dos horas mirando la pantalla en silencio porque nos regañaron cuando intentamos hablar entre nosotras, cuando me mandaron una mensaje de un trabajo decente diciendo que si quería incorporarme al día siguiente no tenía más que firmar el contrato que ya me habían mandado por mail. 
Me levanté, dije que tenía que salir un momento, y eché a correr gritando y agitando los bracitos. 
Cuando llegué a casa, firmé el contrato e incluso había hecho el curso de prevención de riesgos laborales del otro trabajo, mandé un mensaje al anterior. 
"Lo siento, no voy a poder seguir con la formación"
"¿Y eso?"
"Nada, un imprevisto familiar"


- - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - 
Cuando no estoy haciendo Duolingo también escribo, corrijo, maqueto y publico libros míos y ajenos. Encuéntralos aquí.



30 septiembre 2024

Entornos retadores



Una de las cosas buenas de que te despidan por zoom es que, mientras me estaban contando cuánto les había decepcionado poniéndome enferma durante el mes de prueba, yo ya estaba echando currículums. 
Dios bendiga la doble pantalla. 
Porque el caso es que el despido me dejaba en una situación complicada. Como todos sabéis, gracias al malvado Perro Sanxe en España todo el mundo vive de paguitas y por eso los camareros no quieren trabajar en régimen de semi esclavitud a cambio del salario mínimo.
Lo que pasa es que en el SEPE todavía no se han enterado, y para cobrar el paro hay que cumplir una serie de condiciones. 

La primera es haber trabajado una serie de meses, a más meses, más prestación, con un mínimo trabajado de, si no recuerdo mal, un año.

La segunda es que te hayan despedido. No cobras el paro si te vas tú. Nunca.

Y luego hay una menos conocida: si te vas voluntariamente de un trabajo, tienes que trabajar al menos tres meses y ser despedido para recuperar el derecho a la prestación. 

Yo me había ido voluntariamente del trabajo anterior hacía solo mes y medio, así que estaba bastante jodida. Y no solo por las secuelas de la tos ferina. Que también.
No estaba para perder el tiempo.
Así que mientras recursos humanos me explicaba que hay personas que simplemente no encajan, en concreto las que se ponen enfermas durante el mes de prueba, yo ya estaba dándole al botón de "enviar solicitud" de Infojobs así por lo bajini.
Esa misma tarde ya tuve una entrevista. 
Al día siguiente, cinco. 
Al siguiente, ya tenía tres trabajos para elegir.
Agarré el que me dejaba más tiempo para seguir buscando (os adelanto, para que no os preocupéis, que en menos de una semana tenía un trabajo decente) y, obviamente, seguí buscando.
Para mi sorpresa, siendo principios de verano, había muchísimas ofertas.
El problema era identificar ofertas de qué.
Quizá es porque soy muy antigua, pero en mis tiempos las ofertas de trabajo ponían:
- Lugar de trabajo
- Horario de trabajo
- Salario o al menos banda salarial
- Y lo más loco de todo: en qué consiste exactamente el trabajo.
Ahora te encuentras cosas como:

"Área de Madrid"
El área metropolitana de Madrid tiene 4610 metros cuadrados. La comunidad de Madrid, 8030. 
Llamadme loca pero si tengo que trasladarme todos los días necesito que me concreten un poco más.

"Dentro de la franja horaria de 8:00 a 24:00"
Lo que quiere decir que puedes entrar a trabajar a cualquier hora entre las ocho de la mañana y las cuatro de la tarde, no sé, a mí como que no me aclara mucho.

"Salario según valía"
Esta es mi favorita porque implica que si te pagan una mierda es porque vales una mierda.
Claro, que puede ser peor: hay empresas que anuncian alegremente "salario mínimo". Que mira, yo entiendo que para las empresas familiares y las pymes más pymes, la subida del salario mínimo a 1034 €, tan rápida además, ha sido una faena. Que no hay panadería de pueblo que esté para pagarte eso, vale. Pero no os estoy hablando de la ferretería de tu tío Paco en una aldea de Cuenca, sino de grandes empresas cuyos beneficios aparecen publicados en los periódicos y que dicen alegremente "salario mínimo" como si encima hubiera que aplaudirles por cumplir la ley, y ni se les cae la cara de vergüenza ni nada, al contrario. Me recuerdan un poco a los señoritos que se negaron a plantar en los años treinta y luego les decían a los jornaleros que si tenían hambre comieran república; solo que ahora es un "Pues Perro Sanxe me obliga a pagarte esto" y mira, no, la ley te obliga a no pagar menos que eso, pero por encima puedes hacer lo que quieras, que eres tontísimo.

Pero me estoy yendo por las ramas.
Lo más loquísimo de todo es la descripción del puesto, en la que puedes encontrar cosas como:

"¡Te damos la bienvenida al trabajo de tus sueños!"
Esto es para una oferta de teleoperador. Que es un trabajo muy digno y que me ha dado de comer muchos años, pero decir "el trabajo de mis sueños" quizá sea exagerar un poco. 

"¿Tu cometido? Ser feliz y hacer felices a los clientes"
Esto no estoy segura de para qué tipo de trabajo es, saque cada uno sus propias conclusiones.

"Estamos tan convencidos de que te enamorarás trabajando con nosotros, que pronto querrás que tus amigos también quieran ser parte de esta aventura"
De verdad que no hace falta promocionar los trabajos como si fueran una secta, si con ofrecer condiciones dignas ya estamos contentos.

"Trabajar con nosotros se traduce en oportunidad"
¿Qué?

"Apostamos por el talento que tiene como base entornos de trabajo retadores"
Ni siquiera sé en qué idioma está escrito esto. 

Y mi actual favorita:

"Nos gustaría que supieras que todo esto que te contamos, no lo decimos solo nosotros".
Ajaaaaa...



- - - - - - - - - - - - - - - 
Cuando no estoy ocupada buscando un trabajo de verdad también escribo, corrijo, maqueto y publico libros míos y ajenos. Encuéntralos aquí.




16 septiembre 2024

El tiempo que necesites



En primer lugar, me gustaría desmentir que me haya pasado todo el verano yendo al médico: también he pasado por la consulta de la enfermera. 
Otra cosa que he hecho ha sido tener cuatro trabajos diferentes.
Pero no a la vez, ¿eh?
Bueno, más o menos. 
Todo empezó porque tenía (¿tengo?) mi trabajo como autónoma pero como me gusta cobrar de vez en cuando (tampoco mucho, una vez al mes o así me va bien) también tenía un trabajito por cuenta ajena a media jornada. 
Entonces me ofrecieron un trabajo a jornada completa. 
Esto os va a sorprender porque le pasa a poca gente, pero a mí lo de trabajar todo el día no me gusta especialmente, o sea, tengo cosas mejores que hacer. Lo que sí me gusta, como decía antes, es cobrar de vez en cuando, especialmente si es cobrar mucho, y por ahí fue por donde me pillaron, que si no de qué. 
Así fue como empecé a hacer cosas terribles como madrugar y relacionarme con otras personas. Bueno, tampoco tanto porque teletrabajaba la mayor parte del tiempo. Pero, al parecer, lo poco que me relacioné fue suficiente para pillar la tos ferina, cosa que seguramente os sorprenda porque es un tema del que apenas he hablado los últimos meses.
No voy a decir que haya estado grave, pero he estado jodida. Como los que me seguís en la red social anteriormente conocida como Twitter seguramente habéis deducido por el humor del que he estado todo el verano. Pero bueno. Mis disculpas a los damnificados: mi única excusa es que he estado realmente jodida. Aunque no lo hubiera estado, al parecer es bastante contagiosa y se puede llevar por delante a las personas de riesgo, así que me tuve que coger la baja cuando no llevaba ni un mes trabajando.
La empresa se portó fenomenal. "Tómate el tiempo que necesites". "Lo importante es que te pongas bien". "No te preocupes por nada". "Te estaremos esperando".
Efectivamente, me estaban esperando: en cuanto me reincorporé me dieron la patada.
Por zoom.
-Tu desempeño del último mes -me dijeron- ha sido inferior al esperado.
-Pero si no he venido a trabajar.
-Tu rendimiento ha sido mucho inferior al de tus compañeros.
-A lo mejor es porque ellos han estado trabajando y yo no.
-Francamente, esperábamos más de ti.
-Yo también esperaba estar sana, la vida te da sorpresas.
-A veces estas cosas pasan, no es culpa de nadie.
-¿Que no es culpa de nadie? Pero si la compañera que se sienta justo al lado de mí avisó de que sus dos hijos estaban con tos ferina grave, ella misma ha tenido síntomas leves, pidió teletrabajar todos los días para no contagiar a nadie, y le dijisteis que no porque "sentaría un mal precedente". Literalmente es culpa vuestra. 
-No puedes demostrarlo.
De verdad que dijeron "no puedes demostrarlo". Como un malo de Scooby Doo. O sea, "no puedes demostrarlo". Que, ciertamente, no puedo. Pero cuando te has pasado días enteros al lado de una persona haciendo cof, cof, que tos más rara tengo, una llega a conclusiones, no sé, llamadme loca.
Mi entonces jefe y el responsable de recursos humanos seguían en la pantalla diciendo cosas cuando ZaraJota abrió una rendijita de la puerta, me señaló el carro de la compra y me dijo muy bajito:
-Me voy a la calle. 
-Mira qué casualidad: yo también. 



- - - - - - - - - - - - - 

Comprad mis libros, a ver si me quito de madrugar.


11 mayo 2020

Las modas



El jueves pasado estaba yo tan tranquila intentando escribir un libro, corregir otro, maquetar un tercero; controlar que Nena-chan hiciera los deberes, que Nene-kun recogiera la habitación, que Ratoncito López no tirara más arena fuera de la jaula, que la lavadora terminara bien porque últimamente le ha dado por no centrifugar y, sobre todo, intentando que nadie molestara a ZaraJota, que estaba en otra habitación teletrabajando, cuando el susodicho ZaraJota salió de la susodicha habitación, se metió en el baño y empezó a devolver locamente y por doquier.
Vaya por dios, con lo tranquila y relajadita que yo estaba.
Se ve que a algunas personas el corona les empieza con diarrea y vómitos, y además ZaraJota llevaba días muy cansado, que se echaba hasta a dormir la siesta sin ser él del sur de Despeñaperros ni nada.
En fin, que por precaución y mientras conseguíamos contactar con su médico (o él con nosotros), lo mandé aislado a su habitación y, cada vez que salía para el baño, yo iba detrás con el sanitol y la bayeta en la mano porque total, tampoco es como si estuviera ocupada ni nada.
Además, les expliqué a los niños que tenían que mantenerse alejados de papá.
-¿Por qué? -preguntó Nena-chan.
-Porque está malito y como no sabemos si es coronavirus vamos a tomar todas las precauciones por si acaso.
-¿Papá tiene coronavirus?
-Podría tener coronavirus, pero no lo sab...
-¡YO NO QUIERO QUE PAPÁ SE MUERA! -Nena-chan empezó a llorar, o sea, LLORAR, locamente-. ¡NO QUIERO QUE SE MUERA!
-Eh... vamos a ver... No sabemos si tiene corona. Pero aunque tuviera corona, no se tiene por qué morir.
-¡PERO TODO EL MUNDO SE MUERE CON EL VIRUS!
-No es verdad, todo el mundo no. Y papá es joven, está sano y fuerte, seguro que a él no le pasa nada.
-¿Seguro?
-Seguro.
-Pero otra gente sí se muere.
-Sí, pero papá no.
-¡PERO YO NO QUIERO QUE SE MUERA NADIE!
En ese momento dramático estábamos cuando llamó el médico para hacer telediagnóstico que, perdonadme que os diga, del 1 al 10 me parece fiable en un -23.
ZaraJota la explicó los síntomas y el médico le dijo que tomara paracetamol y mucha agua, que perdonadme que os diga pero es lo mismo que te dicen para prácticamente todo desde un resfriado común hasta el ébola, pero bueno.
-Pregúntale si puede ser corona -le dije a ZaraJota-, que estoy gasta el piticlín de perseguirte con el sanitol en la mano.
ZaraJota le preguntó al médico si los síntomas que tenía podían ser de coronavirus.
-No -le contestó el médico-, probablemente no.
-¿Cómo que probablemente?
O sea, que primero nos dijeron que si no empezaba con fiebre no era corona, luego que si no empezaba con tos no era corona, y a estas alturas parece que hasta un padrastro podría ser un síntoma temprano.
-Que lo más probable es que no, hombre, que ahora parece que todo tenga que ser covid, como se ha puesto de moda...
Me pregunto por qué.




Pd: conseguí terminar el libro y ya está disponible en Lektu, con todos los demás.

23 marzo 2020

El emprendedurismo

Me dicen por ahí que no he sido lo suficientemente pesada.
Con esto.


No he sido lo suficientemente pesada con esto.
Con otras cosas sí, ¿eh? Que no decaiga la fiesta.
Así que os cuento: me he vuelto tó loca y ahora soy autónoma freelance de las sinergias proactivas.
Me he unido al emprendedurismo.
El emprendedurismo no es exactamente como yo pensaba: para empezar, ZaraJota sigue sin dejarme prender fuego a nada.
Las cosas como son: tampoco he necesitado nunca su permiso.
Y luego, que ha venido la plaga y eso.
Que en sí misma no es que afecte mucho al desarrollo de mi actividad pero, francamente, una pequeña editorial que nace no tiene ninguna oportunidad frente a todas las grandes que, sin duda con la mejor intención, están ofreciendo libros y descargas gratuitas estos días.
Mucho me temo que mi iniciativa empresarial ha nacido muerta (ojalá me equivoque).
Por suerte para mí, mientras dure la cuarentena no tendré que enfrentarme a la realidad y puedo fingirme empresauria todavía unos días más.
¡MUAJAJA! ¡CHÚPATE ESA, REALIDAD!
¡Pero con cuidao, no vayas a pillar algo!
Por el lado positivo, ha sido necesaria una epidemia a nivel mundial y el práctico colapso de la economía para pararme.
Soy el Godzilla del emprendedurismo, y a mucha honra.
En fin, pase lo que pase, dure lo que dure, podéis encontrar mis libros en Lektu.
Y si os da pereza leer, aquí tenéis a ZaraJota haciendo una lectura en directo de Villamatojo I.
Cuidaos, sed buenos y no salgáis a la calle salvo que sea imprescindible.






16 marzo 2020

Somos importantes

Siempre he pensado que, si me tocaba vivir en una situación de emergencia, sentiría miedo.
Estaba preparada para el miedo, o creía estarlo, al menos todo lo preparada que se puede estar.
Sin embargo, lo que realmente sentí la semana pasada fue estupor, desconcierto, descoloque... como cuando te cambian la graduación de las gafas y de pronto se alteran las medidas de la realidad.
Hace unos días, me preguntaba Angua que si estaba usando todo esto de la pandemia como inspiración para escribir.
Ojalá.
Todo es tan raro, tan Terry Gilliam, que si lo escribiera no sería creíble.
Un día llevé a los niños al colegio, y al día siguiente ya no.
Un día bajamos a los columpios, y al día siguiente los columpios aparecieron rodeados de cinta para que nadie los usara.
Un día fui a la compra con total normalidad, y al día siguiente ya no.
Se acabaron todas esas rutinas agotadoras pero necesarias para poner orden en nuestras cabezas: los lunes piscina, los martes música, los miércoles inglés, los jueves música, los viernes ajedrez.
O, pensando en meriendas: lácteo, fruta, bocadillo, fruta, libre (¡pero no bollería industrial!).
O, pensando en pies: zapatillas, zapatos, zapatos, zapatillas, zapatillas.
El último día que salí a la calle, hice una entrevista de trabajo para un puesto al que había que incorporarse hoy, lunes.
Creo que mi cara me delató: de aquí al lunes, pensé, vete tú a saber.
Y también: madre mía, el capitalismo. Y la estupidez. Y las dos cosas combinadas, juntas.
A la vuelta, pasé por Gran Vía. Había mucha gente, como siempre y mucho tráfico como siempre, pero no sonaba como siempre. Parecía como si alguien hubiera bajado el volumen para no molestar a un enfermo o a un niño inquieto que duerme.
Desde entonces, desde casa, hemos visto y oído muchas cosas.
Gente peleándose en los supermercados y seguratas escoltando papel higiénico y gente que viaja y gente que roba mascarillas en urgencias y gente que se mete en un mitin a dar besos sabiendo que está enferma y gente que acapara y gente que difunde bulos y gente que se aprovecha y gente que arrima el ascua a su sardina y gente que sale de cañas o se va al parque o de paseo o a la casa de la playa esparciendo el virus a su paso.
Gente, mucha gente.
La gente es una cosa muy curiosa.
Somos tantos, que hay gente para todo.
Por eso, también hay gente que reparte mascarilla a los hospitales.
Gente que recupera las terrazas de sus casas, habitualmente trasteros al aire libre, como espacios de ocio, y sale a tomar el sol, y se saluda.
Gente que pone carteles en los portales ofreciéndose a ayudar con los niños, los mayores, las mascotas, con lo que sea.
Gente que se organiza para dar comida a quien no puede comprársela.
Gente que ofrece gratuitamente cualquier cosa que se pueda ofrecer online: talleres de bordado, conciertos, libros, asesoramiento, compañía.
Gente que recupera los grupos de whatsapp de padres como centros de apoyo, información y sugerencias de actividades para los niños.
Gente que se organiza para ver una peli a la vez, cada uno en su casa, o tomarse una caña y mandarse la foto, que se reúne virtualmente.
Gente que crea memes porque reírse nunca viene mal.
Gente que no se conoce de nada, preguntándose unos a otros si están bien, si necesitan algo, si pueden ayudar.
Gente que sale a las ventanas a aplaudir, a gritar, a animar. A los demás o a ellos mismos, es difícil saberlo.
Las redes sociales son esto, y existen desde mucho antes que internet.
Y luego, están los niños.
Los niños, al menos los míos, no entienden nada.
Les decimos que cierran el colegio porque hay un virus, pero que no se preocupen, que ellos no se van a poner malitos.
Les decimos que no pueden salir a la calle para no pegárselo a los demás, pero a ver, ¿no me habías dicho que no voy a poner malito? ¿Cómo voy a pegar nada a nadie?
Les decimos que hay que estar en casa con papá y mamá, pero papá y mamá tienen que trabajar y no les hacemos caso.
Les decimos que hagan los deberes, que se estén quietos, que no griten, que no salten en el sofá, que no vean demasiada tele, que ordenen su habitación, que se laven esa cara aunque nadie la va a ver.
El sábado, después de salir al balcón a aplaudir por los sanitarios, les dijimos por primera vez que son importantes.
Que lo que están haciendo, estar en casa y portarse bien o al menos intentarlo, es importante.
Que todo el mundo lo va a recordar.
Que cuando sean mayores, sus hijos y sus nietos les preguntarán cómo fue, cómo lo hicieron, y ellos tendrán que contarles una y otra vez la historia de cuando cerraron los colegios, nos encerramos en casa y colgamos un cartel en el balcón por si había algún niño triste en el edificio de enfrente.




Pd: Perdonadme que me haya puesto intensita, pero si no puedo ponerse así en medio de una pandemia universal ya me diréis cuándo.

18 noviembre 2019

Los marcapáginas

Hace algún tiempo, en ese lugar donde hoy los montes se visten de espino, trabajé en un sitio donde los ordenadores eran tan viejos, tan, tan viejos, que en la pegatina del servicio técnico el teléfono no llevaba prefijo.
En serio.
Mi ordenador en concreto era tan viejo, tan, tan viejo, que si tecleaba a mi velocidad normal el word se bloqueaba porque no podía procesarlo.
Tan, tan viejo, que trataba las imágenes con paint, porque no podía soportar nada más potente.
Tan, tan viejo, que cuando tenía que buscar algo en google usaba mi propio móvil, porque tardaba menos.
Así de viejo.
Y, por supuesto, la pantalla estaba hecha polvo. Tenía un arañazo que iba de lado a lado, perdía el color en algunas partes y a veces la imagen se veía combada, pero no pasa nada porque total, solo me dedicaba a corregir, no es que necesitara ver bien los textos ni nada por el estilo.
Para mí lo más irritante era que se bamboleaba.
Parece una tontería, pero pasarte diez horas diarias mirando una pantalla arañada, combada, decolorada y oscilante a veces puede llegar a provocarte dolor de cabeza. Si lo combinas con una silla que tienes que mantener apoyada contra la pared porque si no se le cae el respaldo, puede llegar a provocarte problemas de espalda y cervicales.
O eso me han dicho.
Bueno, el caso es que después de mucho investigar y trastear, llegué a la conclusión de que el problema era el brazo que sostenía la pantalla. Era un brazo articulado y estaba tan dado de sí que no se sostenía. No tenía remedio, y lo único que se me ocurrió para no acabar mareada todos los días era apuntocar la pantalla con algo: tenía que ser lo bastante fuerte como para que aguantara el peso, pero lo bastante blando como para que acolchara la pantalla. Por suerte, dadas las características del trabajo, la respuesta estaba por todas partes: papel. Cartulina, a ser posible.
Usé tacos de papel usado, tarjetas de presentación y marcapáginas, aunque me daba una pena terrible porque el peso de la pantalla los acababa destrozando y cada poco tiempo los tenía que cambiar. Pero el caso es que así mantenía el brazo de la pantalla, y eso hacía mi vida considerablemente más fácil.
En esas estaba cuando, debido a una serie de circunstancias, la empresa en la que trabajaba hizo algo así como, yo qué sé, unos 5000 marcapáginas con simbología nazi.
Bueno, a ver, tampoco exageremos.
Quien dice simbología nazi dice una esvástica, ya sabéis, la típica esvástica negra que pones sobre un fondo rojo y blanco y que no es nazi en absoluto. Y solo eran unas 5000.
Y además, ¿a quién no le ha pasado alguna vez que ha mandado a imprimir unas 5000 esvásticas por error?
El caso es que, por motivos que no acabo de entender, los lectores no querían esos marcapáginas. Y mira que eran gratis y a los lectores todo lo que es gratis se les antoja, ¿eh? Pues no.
Y los libreros tampoco los querían, y eso que siempre están pidiendo cosas para repartir a los clientes. Pues nada. Por qué se negaban a repartir esvásticas entre sus clientes es todavía un misterio para mí.
Así que las podres, rechazadas esvásticas estuvieron circulando por la oficina durante un año o así, hasta que se tomó la decisión de tirarlas. Tal cual: bajar al contenedor de papel de la calle y dejar la caja allí.
Lo que pasa es que, no sé por qué, pero no me acababa de parecer una buena idea abandonar en la calle una caja con el logo de la empresa y llena a rebosar de esvásticas.
Manías que tiene una.
Además, a mí me venían muy bien los marcapáginas para sostener el brazo de mi pantalla, que cada vez estaba más vencido. Así que pedí que me dejaran quedarme con los marcapáginas.
–Pero Lorz –me dijeron–, no queremos tener la caja con las esvásticas rondando con la oficina.
–No pasa nada, en mi cajonera caben.
Y las metí todas en mi cajonera.
Apenas un par de meses después me fui de la empresa. Y cuando digo que me fui, es que me fui: un buen día me levanté, recogí todas mis cosas y salí por la puerta sin decir ni adiós.
Lo único que dejé atrás fueron los marcapáginas con las esvásticas, porque pensé que a quien me sustituyera le harían más falta que a mí.
Por lo de la pantalla y eso.
Pasado un tiempo, alguien abrió mi cajonera por fin y se encontró toda aquella simbología nazi perfectamente colocada en formación.
–Lorz –me preguntó esa persona más tarde–, ¿se puede saber por qué tenías el escritorio lleno de esvásticas?
–Ah, sí, es que me hacían falta.
–¿Para qué?
–Pues para tener el brazo en alto, por supuesto.
¿Para qué si no?

11 noviembre 2019

Entrevista de trabajo

Durante los últimos meses he sido muy afortunada porque en vez de buscar trabajo ha sido el trabajo el que me ha ido buscando a mí.
Otra cosa es que luego llegáramos a consumar, pero bueno.
El caso es que hace ya bastante tiempo hice una entrevista para trabajar en una cosa que me molaba mogollón y no solo porque ofrecieran el triple de salario que en mi trabajo anterior por desempeñar aproximadamente un tercio de las funciones, sino porque consistía en hacer cosas buenas por la humanidad.
Y, seamos sinceros, eso rara vez pasa en un trabajo.
Estaba segura de que eso me daría como chorrocientos puntos de karma, y en aquel momento me habrían venido muy bien porque se me había roto el iPad.
El trabajo en cuestión solo tenía una pequeña pega: habría tenido que dejar de escribir. Pero, me dije a mí misma mientras dibujaba corazones alrededor de la cifra del sueldo, estoy a punto de cumplir cuarenta años. Quizá haya llegado el momento de reconocer que aunque nunca dejaré de ser una lorzas, ya no tengo edad de ser una Lorzagirl.
Así que dejé de lado mis tonterías por una vez y me preparé a fondo la entrevista, como corresponde a una persona obsesiva y con la autoestima de una cucaracha adulta. Como la entrevista era en inglés me pasé días hablando inglés con un lápiz atravesao en la boca. Como era para community manager me repasé todas las tendencias del momento (provocándome, probablemente, serias secuelas mentales de paso). Como era para... bueno, os hacéis a la idea.
Pero cuando llegué a la entrevista nada fue exactamente como había previsto.
En primer lugar, no querían saber nada de mi experiencia o de mi formación.
–No hace falta: te vamos a investigar.
–Eh...
–Debido a las peculiares características de nuestra organización tenemos que asegurarnos de que eres de fiar.
ESTOY J*D*D*, pensé. Pero en vez de eso dije:
–Claro, claro.
–De hecho, también vamos a investigar a tu familia, por supuesto.
ESTOY MUY J*D*D*.
–Claro, claro.
–Y nos gustaría que nos facilitaras tu redes sociales, para hacer una comprobación de rutina.
ESTOY SÚPER J*D*D*.
–Claro, aquí están.
Y les di mis redes sociales profesionales, ya sabéis. Esas en las que finjo ser normal.
–¿No tienes más?
Me mordí la lengua.
Decían que me iban a investigar, y de hecho yo había firmado una autorización para que me investigaran. Además, también había firmado una declaración en la que me comprometía a decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.
¿Era mejor callarme y cruzar los dedos para que no me descubrieran?
¿O era mejor ser sincera y cruzar los dedos para que valoraran la honestidad por encima de... bueno, por encima de Lorzagirl?
–Sí. Tengo otra. Lorzagirl.
A los entrevistadores se les escapó una risita.
ESTOY REALMENTE J*D*D*, pensé.
–¿Y cuánta gente puede relacionar esa cuenta contigo?
Hice cuentas mentalmente. Bueno, las hice con los dedos. Está bien, puede que usara la calculadora del móvil.
–Alguna –respondí finalmente, pensando en la gente que vio la charla, en los mecenas del Lorzfunding y en todas las personas a la que me he ido encontrando por la vida, muchas de las cuales tienen la costumbre de llamarme Lorz a gritos.
–Ya veo. ¿Y crees que en esa cuenta has podido decir algo inapropiado alguna vez?
Alguna vez, dice...
–Define "inapropiado" –respondí, intentando ganar tiempo, mientras me repetía a mí misma J*D*D*, J*D*D*, J*D*D*, J*D*D*, J*D*D*.
–Pues si alguna vez has dicho algo vergonzoso, humillante o políticamente incorrecto que haya podido perjudicar tu imagen y que, de entrar a trabajar con nosotros, pudiera perjudicar la nuestra.
–Pues... llevo quince años en redes sociales. No creo que haya dicho algo inapropiado solo alguna vez.
J*D*D* PERO SINCERA, OJO.

04 noviembre 2019

Nada que hacer

Tengo (casi) cuarenta años, dos hijos (relativamente) pequeños y una (casi dos) carrera de letras, así que cuando tomé la decisión de tomar acciones legales contra mi entonces empleador sabía que me arriesgaba a no encontrar trabajo nunca más.
Por eso tardé más de un año en decidirme, supongo, y solo lo hice cuando había acumulado pruebas suficientes para convencer no a un juez, sino a mí misma.
Pero me estoy poniendo seria.
El caso es que pensé que bueno, ya que probablemente no iba a encontrar trabajo nunca más en la vida ever, pensé que podía descansar un poco, ya que no tenía nada que hacer.
A ver, descansar... Quien dice descansar dice ofrecerse como voluntaria en el AMPA, apuntarse a inglés, hacer otro curso de social media, revisar los apuntes de mi oposiciones para ver si me presento, ir al gimnasio, preparar el segundo #Lorzfunding y por supuesto ocuparme de la casa y de los niños porque yo estoy a favor de repartir las tareas de la casa según el tiempo libre de cada uno, y por supuesto en aquel momento yo no tenía nada que hacer.
También fui al SEPE, claro, y me apunté a un curso que me hacía una ilusión loca, pero en la oficina me dijeron que era prácticamente imposible que me cogieran.
–Es un curso del plan de mejora de empleo, para personas en activo, y está muy solicitado. Es posible que tarde un poco.
–No pasa nada, puedo esperar.
Pero bueno, en algo me tenía que entretener porque aparte del AMPA, el inglés, el curso de social media, las oposiciones, el gimnasio, el #Lorzfunding, la casa y los niños no tenía nada que hacer. Así que me puse a mirar todas las cosas que se hacen para emprendedores y, a pesar de que ninguna tenía nada que ver con quemar cosas, encontré varios cursos interesantes, así que me apunté a uno. Por semana.
Nada del otro mundo.
Estaba contemplando mi agenda para noviembre y empezando a plantearme seriamente adquirir un giratiempos cuando me avisaron de que quedaban plazas libres para el curso del SEPE.
–¿Podrías incorporarte mañana?
–Claro que sí –respondí–. ¡Si no tengo nada que hacer!

14 octubre 2019

Todo el tiempo del mundo

–Hola, Lorz, ¡cuánto tiempo!
–Sí, tenemos que quedar más.
–Cuando tú quieras, ¡yo ahora estoy en paro y tengo todo el tiempo del mundo!
–Pues podemos quedar alguna mañana a tomar un café.
–No, por las mañanas imposible, estoy haciendo un curso de cosas.
–Pues por las tardes.
–Por las tardes cuando quieras.
–Genial, podíamos quedar el lunes que viene.
–¡Claro! Ay, espera, no, los niños tienen piscina.
–Oh, vaya. Pues el martes.
–Música.
–¿Miércoles?
–Catalán. No preguntes.
–¿Jueves?
–Zumba.
–No voy ni a preguntar por el viernes.
–Música.
–¿Y los findes?
–¡Totalmente libres!
–¡Genial! ¡Quedamos el finde!
–...
–Acabas de decir que totalmente libres...
–Este sábado tengo una cena con mi familia. ¡Pero el domingo lo tenemos libre!
–¿En serio?
–¡En serio!
–¡Quedemos el domingo!
–...espera, que justo este domingo tenemos un taller.
–Ah.
–Pero tenemos que quedar.
–Claro que sí, cuando te venga bien.
–Cuando tú quieras, ¡yo ahora estoy en paro y tengo todo el tiempo del mundo!

02 septiembre 2019

No te preocupes, Nena-chan

Hay dos verdades inmutables en la vida:
que cuando te quedas sin trabajo tienes que ir al INEM
y
que cuando eres madre tienes que ir a todas partes con los niños colgando.

De la combinación de ambas resulta que la semana pasada tuve que ir al INEM con los niños colgando. Los dos. Íbamos de camino en el metro cuando me di cuenta de que todavía no les había contado nada.
Bueno, alguna cosa sí.
Les había dicho que a partir de ahora mamá iba a pasar más tiempo con ellos y que iba a intentar trabajar más desde casa. Pero no les había dicho por qué.
Así que pensé que era mejor prevenir porque ya me veía en la oficina del INEM diciendo que no tengo trabajo y a Nena-chan replicando que sí tengo trabajo, que le dije que iba a trabajar en casa, que siempre que estoy con el ordenador le digo que estoy trabajando (si se os ocurre otra forma de ver series me lo contáis) y lo mismo en vez de con una prestación acababa con una sanción, qué se yo.
Así que se lo dije claramente.
–Nena-chan, ahora vamos a un sitio muy importante donde me van a hacer muchas preguntas.
–¿Por qué?
–Porque mamá ya no tiene trabajo.
Creo que si le hubiera dicho que es adoptada se lo hubiera tomado mejor.
–¿POR QUÉ YA NO TIENES TRABAJO, MAMÁ?
–Es un poco largo de contar...
–Pero mamá, ¿QUÉ VAMOS A HACER AHORA? ¡¡¡NO TIENES TRABAJO!!!
La nena estaba llorando como una magdalena en mitad del metro y yo la miraba en plan si lo sé no le digo nada, y al mismo tiempo me arrepentía de no llevar gorra porque entre los gritos, los lloros y el "mi mamá no tiene trabajo" lo mismo la pasamos y nos sacamos unas perrillas.
–No pasa nada, Nena-chan, mamá está muy contenta porque así podremos vernos más y además seguro que encuentro otro trabajo en seguida.
–¡Pero ya no verás a tus amigas del trabajo!
–Bueno, seguro que podemos quedar algún día a merendar.
Lemon pie. En Living in London. Sin presiones.
–¡Pero a mí me gustaba mucho ir a tu oficina!
De hecho, Nena-chan apenas iba últimamente a mi oficina, que en poco tiempo ha pasado de "oficina children friendly" a "la conciliación es una enfermedad tropical".
–Bueno, iremos de visita algún día.
–Pero ya no podremos colarnos en la caseta de la feria.
Lo que le gusta a esta niña ser casetera de la Feria del Libro no es ni medio normal.
–Bueno, se me ocurre mucha gente que nos dejaría entrar en la suya.
–¡Pero ya no podrás hacer libros!
–¡¡¡JA!!! De eso nada, en 2020 hay #Lorzfunding sí o sí.
[Busca desesperadamente un sitio para tocar madera].
–Pero, pero... ¡ES QUE YO QUERÍA TRABAJAR CONTIGO CUANDO FUERA MAYOR!
–Bueno, Nena-chan, no te preocupes por eso.
–¿No?
–Claro que no. No se espera que cuando tú seas mayor HAYA trabajo para nadie.
Ya está, arreglado.

13 agosto 2018

Pelokiwi

Pues después del embarazo y con la lactancia y eso se me empezó a caer el pelo a saco.
Pero no sabéis cómo.
Era muy deprimente, sobre todo cuando me quedaba parada debajo de una lámpara, que se me veía el cartón cosa mala. Así que tomé una decisión muy loca, y me corté el pelo al estilo Mary Margaret.
Está feo que yo lo diga pero me quedaba fenomenal de la muerte y, lo que es más importante, los niños dejaron de llamarme "señora".
El problema es que como tengo el pelo de rata así como de rata fino y liso tal cual una rata todos los días se me levantaba con pelos de rata de loca. 
-¡Me voy a dejar el pelo largo otra vez! -anuncié.
Estaba sola en la ducha y quedó un poco raro, y eso me pareció una buena señal.
-Pero -dijo la voz de mi madre en mi cabeza- el problema de dejártelo largo es que te saldrán... RABILLOS.
Oh, los rabillos.
Hasta la mujer más empoderada tiempla al escuchar su nombre.
Rabillos.
Esa temida etapa en la que el pelo no es lo bastante corto para ser corto ni lo bastante largo para ser largo, y por detrás pareces un vendedor de coca de los años ochenta.
-No me importa -le grité a la voz de mi madre en mi cabeza- aprovecharé el verano para pasar la etapa de los rabillos. Me haré coletitas y moñitos y de todas formas estaré casi un mes sola en la oficina y otro de vacaciones. Puedo hacerlo. VOY A VENCER A LOS RABILLOS.

Veinticuatro horas más tarde...
-ZaraJota, rápame la cabeza.
-No.
-Por favor, por favor, por favor, no aguanto más...
-¿Por qué no vas a la peluquería y que te lo corten bien?
-Porque JURÉ por mi propia sangre que aguantaría la etapa de los rabillos.
-Estabas hablando sola en la ducha, Lorz.
-¡Por favor!
-Vale, mañana, si sigues estando loca, te cortaré el pelo.
-¡NO! ¡MAÑANA NO! ¡AHORA!
-Son las once de la noche, Lorz,
-¿Cuándo nos ha detenido eso?
-Si no te rapo la cabeza no me vas a dejar dormir, ¿verdad?
-Verdad.
ZaraJota suspiró. Ya sabéis que es asmático y eso.
Me encaramé en un taburete en mitad del baño mientras ZaraJota buscaba la maquinilla de cortar el pelo. En ese momento los niños, que en teoría, EN TEORÍA, estaban dormidos salieron de su habitación.
-¿Qué estáis sasiendo, mamá?
-Probablemente divorciarnos.
-Queremos verlo.
-¡TÍ! ¡QUEREMOS LERLO!
-Vale.
Los niños se sentaron en el pasillo para observar la operación. ZaraJota montó la maquinilla y la puso al nueve.
-¿Estás segura? -me preguntó.
-Sí.
-¿Segura, segura?
-¡Segura!
ZaraJota metió la maquinilla y empezó a caer pelo por todos lados y ahí lo mismo sí que tuve un momento en plan ay, ay, pero qué he hecho, pero cuando levanté la cabeza y me miré en el espejo descubrí que me estaba quedando sorprendentemente bien.
-ME GUSTA MOGOLLÓN -dije poniendo ojitos manga.
Y entonces la maquinilla se paró.
-¿Qué pasa?
-Parece que se ha quedado sin batería.
-¡ARG!
Llevaba aproximadamente la mitad de la cabeza y en lugar de un suave y sedoso kiwi parecía un caniche con tiña.
-No te preocupes, tiene cargador.
Pero resultó que el dichoso aparatito no funciona mientras carga.
Y tarda SIGLOS en cargar.
Y ya eran cerca de las doce de la noche.
-No puedo ir a trabajar así -le dije a ZaraJota.
-Puedes ponerte una bolsa de papel en la cabeza.
-No sé si es muy profesional.
-Tenemos una con el logo de la empresa.
-...
-Puedo intentar arreglártelo con las tijeras.
Así fue como descubrimos que no todas las tijeras sirven para cortar el pelo.
Muy mal, IKEA, muy mal.
Al final ZaraJota acabó dándome trasquilones con las tijeras del pescado.
El resultado, a la mañana siguiente fue exactamente este.

Y digo exactamente porque me levanté así, y no hubo manera de cambiarlo ni con la ducha, ni con gomina, ni con laca ni aplastándolo con una piedra: siempre volvía a la misma forma.
Lo reconozco: el aspecto no era exactamente el deseado. Pero era TAN suave que me tenía que contener para no pasarme el día acariciándome la cabecita a mí misma.
-¡Soy mi propia parcelita de césped! -le dije a ZaraJota.
ZaraJota no contestó y me metió la bolsa de papel en la mochila por si acaso.
Cuando volví de trabajar parecía ansioso.
-Quizá deberías acariciarme un poco la cabeza -le dije-: es muy relajante.
-¿Qué te han dicho en el trabajo?
-Ay, ¡les ha gustado muchísimo!
-¿En serio?
-Sí: ¡no paraban de reírse!





¿Te ha gustado? Pulsa aquí.

16 abril 2018

Un poco más, Lorz

Estoy sufriendo viviendo una etapa de trabajo intensivo.
Justo mientras escribo esto se cumplen tres meses desde que empecé a trabajar entre cincuenta y sesenta horas semanales, salvando la semana santa que me volví tó loca y me fui cuatro días a Barcelona.
La gente, que se coge vacaciones y así va el país. 
La verdad, si no me gustara tanto lo que hago no sé si habría aguantado...
Y si no fuera tan cabezota y tan absolutamente incapaz de reconocer cuando estoy agotada. 
Entre semana, cuando llego a casa los niños están o dormidos o muy cansados y de mal humor.
Como yo, vaya. 
Y los fines de semana intento estar con ellos de día y quedarme trabajando de noche, pero no acaba de funcionar del todo bien porque paso más tiempo con ellos, sí, pero estoy tan cansada y tan irritable que sería mejor que no lo pasara.
O eso dice la culpa de madre trabajadora™.
Y me voy durmiendo por todas partes.
La semana pasada estuve en un evento austenita que me hacía una ilusión loca, pero había estado trabajando hasta las cinco de la mañana, así que a media tarde empecé a cabecear y me tuve que ir a casa. De camino me dormí en el autobús, y cuando abrí el ojo ya iba camino a cocheras.
-¡Eso te pasa por ir mirando el móvil! -me gritó el busero.
-¡SÍ, ESO, IBA MIRANDO EL MÓVIL, POR ESO HA SIDO! -le contesté yo, secándome la baba de la barbilla.
Al menos esta vez no iba vestida de época...
Lo que peor llevo es que he tenido que aparcar todos mis proyectos personales: otro Quiero volver, otro Villamatojo, una saga épica que me encontré en un cajón y, lo que más ilusión me hacía, otro #Lorzfunding. También los proyectos de otras personas, que estaba corrigiendo con mucha emoción.
Bueno, no, eso no es lo peor.
Lo peor es que ahora en casa cocina ZaraJota.
Que yo llevo la fama pero vaya...
Lo primero que hizo fue cuscús. Siguió las instrucciones de la receta paso a paso, literalmente. Tan literalmente que el primer paso era "hidrate el cuscús siguiendo las instrucciones del envase", y como tengo la costumbre de meter el cuscús en un tarro transparente, ZaraJota hizo exactamente lo que ponía ahí, que es absolutamente nada. Jamás había comido una gravilla tan sabrosa.
Por suerte tengo reservas acumuladas estratégicamente en todo el cuerpo y entre eso y los trozos de galleta que los niños esconden en mi cama creo que podré resistir una temporada.
Resistir es bueno, resistir es divertido, resistir aleja a los señores de la bata blanca.
El caso es que entre unas cosas y otras últimamente no me siento muy Lorzagirl.
De hecho me imagino a Lorzagirl con los brazos en jarras y mirada de desaprobación.
Vale, puede que los señores de la bata blanca no anden tan lejos como parece...
Pero ya queda poco.
Tres días más y recuperaré mi preciada anormalidad.
O empezaré a valorar más a los señores de la bata blanca.

Gracias por seguir en antena.
(También podéis seguirme en twitter. que escribo más)

05 febrero 2018

Más teletrabajo

La gripe de Nena-chan ha sido eterna.

Se nota que Nena-chan es más mayor y me ha estado dejando trabajar en casa sin mayores problemas: hace un par de años mi teletrabajo consistía en atender a la niña toda la mañana y en cuanto llegaba ZaraJota salir corriendo a la casa vacía de algún familiar para trabajar hasta bien entrada la noche.
En esta ocasión le pude explicar la situación directamente.
-Nena-chan, mamá tiene que trabajar y tienes que estar muy tranquilita. ¿Prefieres pintar o ver una peli?
-Pintar.
 Nena-chan se sentó a pintar a mi lado mientras yo trabajaba.
Aguantó en silencio y a lo suyo un par de horas, pero se ve que al final ya no pudo más con la intriga.
-Mamá, ¿cuándo vas a empezar a trabajar?
-Eh... llevo trabajando todo este rato.
-Jajaja, ¡si solo estás leyendo!
"Solo", dice. "SOLO".
-No estoy solo leyendo. Mira -le dije, y le enseñé un folio todo marcado con correcciones.
-Aaaah, que también pintas con los colores.
-No estoy...
-Es que me habías disido que estabas sasiendo un libro.
-Estoy haciendo un libro.
-Es que los libros no se sasen así.
-¿Ah, no?
-No, porque la seño me ha enseñado a saser libros, ¿quieres que te enseñe?
-Me voy a arrepentir pero sí.
-Pues coges un montón de papeles y los cortas pequeñitos y luego les pones una grapa en un lado y ya está.
-Eh... vale. Bueno, eso es lo que está haciendo mamá: todos estos papeles luego, eh... los coge alguien y, estoooo... les pone pegamento por un lado y hace un libro.
Más o menos.
-Aaaaah... ¿y será un libro bonito o como los que haces tú siempre?
Creo que Nena-chan ya está lista para volver a colegio.

29 enero 2018

Teletrabajo

Nena-chan está con gripe.
Gripa, que dice Necio Hutopo.
Cuando empezó a quejarse pensamos que sería un resfriadillo de un día o dos, pero ha estado en casa una semana.
Y diréis, pues vaya.
Y yo diré, pues vaya también, porque un niño que no va al cole es un adulto que tiene que faltar al trabajo gastando días de sus vacaciones (porque solo es ausencia justificada si el niño está ingresado, y aún así solo tres días, así que si tienes un niño con cáncer, por ejemplo, que por suerte NO es el caso, tu vida laboral está más jodida que Calamardo en El Brillante. "Conciliación", lo llaman).
Bueno.
Pues como resulta que soy una de las afortunadas de la vida que trabajan en un sitio donde lo único que les importa es que trabajes y les da igual si lo haces en la oficina, en casa, en un parque o colgando cabeza abajo del Dragon Kahn, cogí mis papelitos y mis cosas y me fui a casa dispuesta a teletrabajar.
Trabajar en casa con un niño enfermo es fácil: solo tienes que asegurarte de que el niño está lo bastante enfermo. Una buena fiebre que lo deje planchado en la cama es la mejor opción. La afonía también da buenos resultados.
El problema es cuando el niño está enfermo, pero no lo bastante como para dormir todo el día. Como cuando tiene conjuntivitis. O cuando tiene una gripe muy gorda, pero durante un par de horas al día la medicación le hace efecto y se anima.
Por si acaso, decidí preparar el terreno.
-Nena-chan -le dije-, hoy es un día especial porque estás malita y mamá tiene que trabajar... ¿quieres -suspiré- que te deje mi casita de muñecas?
A Nena-chan se le iluminaron los ojitos.
Mi casita lleva cinco años y medio escondida en un armario PARA QUE NI P*T* DIOS LA TOQUE, J*D*R, QUE ES MÍA, reservada para cuando la niña sea un poco más mayor.
-Vale.
-Pero la vas a tratar con cuidado, ¿verdad? Porque COMO LA ROMPAS O DAÑES DE ALGUNA FORMA O MANERA TE JURO POR TÓ LO QUE SE MUEVE QUE TE VOY A DESTROZAR LA VIDA ya eres una niña mayor.
-Claro que sí.
La casita con sus muebles y su conejo.

La niña se puso a jugar y yo me puse a trabajar y al rato apareció Hermano Pequeño, que venía a jugar con la niña un rato para asegurarse de que yo me podía concentrar.
-Anda -le dijo a Nena-chan-, qué casita tan bonita.
-Es de mamá, me la ha dejado porque hoy es un día espesial.
-Ah, vale. ¿Puedo jugar contigo?
-Es que solo hay una muñeca.
-Vaya, es que me gustaría mucho jugar contigo.
-Bueno, puedes ser esta vaca de goma.
-Pero esta vaca no es de Sylvanian...
-LO TOMAS O LO DEJAS.
-Vale, vale... 'Hola, soy una vaca'.
-Las vacas no hablan.
-¡Tú eres un conejo!
-Pero soy un conejo MAMÁ.
-¿Y las vacas qué son?
-Pues vacas -ojos en blanco de Nena-chan.
-Bueno, al menos déjame que entre en la casita.
-No, no...
-Ahora no me digas que las vacas no entran en la casa PORQUE MIRA, TÚ ERES UN CONEJO.
-¡Un conejo mamá!
-LOS CONEJOS SE COMEN LAS CORTINAS.
-¡No es verdad!
-Y hacen CACA.
Vale, me lo estoy inventando todo. Pero fue más o menos así, y me estaban poniendo la cabeza como un bombo.
-Bueno, se acabó -les dije-. Si bajo a la juguetería -vivimos muy cerca de una, es horrible- y subo otro conejito, ¿ME DEJARÉIS VIVIR?
-Vale.
Bajé a la juguetería.
Ya sé lo que me vais a decir: comprar el buen comportamiento de los hijos con juguetes está MAL.
Pero técnicamente no estaba comprando el buen comportamiento de mis hijos, sino el de Hermano Pequeño, así que no pasa nada.
La señora juguetera me enseñó el conejo un conejo, pero entonces vi esto:

Y pensé, mira, ya que voy a comprar el buen comportamiento de Hermano Pequeño, al menos lo quiero ver dándole a la escobilla con el conejo.
Pero cuando llegué a casa y abrimos la caja resultó que el baño no traía conejo incluido.
Hermano Pequeño se d*sp*ll*b*.
-¿No se te ha ocurrido mirar si el muñeco estaba incluido?
-¡No! ¡He visto la escobilla y he pensado que ya no se le podía pedir más a la vida!
-Pues sigo sin tener muñeco!
-Pero ahora puedes jugar a ser UN VÁTER.
-Lo has hecho aposta, ¿verdad?
A Hermano Pequeño intentó ser un váter durante un rato pero la experiencia debió ser una m**rd* (ja, ja) porque al rato se fue.
Eso o que tenía que trabajar, o un examen o una operación de cerebro, yo qué sé, si la mitad de las veces no le escucho cuando habla.
Nena-chan se quedó jugando con la casita tranquilamente, tan tranquilamente que estuve trabajando un par de horas en absoluto silencio, y de hecho habría seguido más si no llega a ser porque estiré la mano para coger el marcador amarillo y no estaba en el punto exacto donde suelo dejarlo QUE ES EXACTAMENTE SU SITIO Y NO ME VENGÁIS CON QUE TENGO MANÍAS PORQUE NO PODÉIS DEMOSTRARLO.
Miré entonces un poco más lejos y vi a Nena-chan con el rotulador en una mano y el conejo en la otra.
-¡Pero Nena-chan! 
-¿Qué?
-¿Qué le has hecho al conejo? 
-Nada. 
-¿Y por qué es fosforescente?
-Ah, lo he pintado con el rutulador. 
-¡Te dije que trataras la casita con cuidado!
-Por eso he pintado EL CONEJO.  
Bien pensado, tiene razón. 

28 septiembre 2016

Las vacaciones del horror, 5

Previously in Lorz...
This girl is on fireeeeee! 


No estoy segura de estar contando las cosas en el orden correcto...
El caso es que volvimos a Madrid. Todavía me quedaba una semana de vacaciones y decidí que las iba a disfrutar a tope.
Así que me levanté temprano, hice la comida, cogí a los niños y me fui a hacienda.
Más o menos. Cuando llegué a la calle pensé que no sabía si había cerrado la puerta, que no me acordaba, creía que sí, pero no estaba segura al 100%, ¿y si no la había cerrado?
Volví a subir con los dos niños y todo, pero no pasa nada porque lo hago todos los días.
Estoy mal de la cabeza, ya lo sé.
Cuando llegué a la calle por segunda vez pensé que no sabía si después de hacer la comida había apagado el fuego, que no me acordaba, creía que sí pero no estaba segura al 100%, ¿y si no lo había apagado?
Pero esta vez fui firme.
Lorz, me dije, no puedes ser tan insegura. Que pareces g*l*p*ll*s, subiendo y bajando tres veces para cada salida. Seguro que has apagado el fuego, igual que habías cerrado la puerta y creías que no... Un momento, he comprobado que había cerrado la puerta la primera vez, pero ¿y  si cuando la he abierto para comprobar que estaba cerrada me la he dejado abierta? Quizá debería subir y...
¡LORZ! Retiro lo que de que pareces g*l*p*ll*s. ERES g*l*p*ll*s.
Ni se te ocurra volver a subir.
Y deja de hablar sola, que la gente te está mirando.
Está bien, haré lo que me dice la voz de mi cabeza para demostrarle a los vecinos que no estoy loca...
Me fui a hacienda.
-Hola, es que soy trabajadora por cuenta ajena a tiempo completo, y me ha salido un trabajo extra, y lo quiero todo superlegal, y que cómo lo hago.
-Me parece muy bien, señora, pero yo soy el bedel.
Uy, mierda.
Me fui a la ventanilla.
-Hola, es que soy trabajadora por cuenta ajena a tiempo completo, y me ha salido un trabajo extra, y lo quiero todo superlegal, y que cómo lo hago.
-Tienes que darte de alta como autónoma. 
-¡Pero va a a ser un trabajo superpuntual, y voy a cobrar poquísimo! ¡Probablemente incluso menos que lo que vaya a pagar de autónomos!
-Ya, no te merece la pena. Lo mejor es que no lo hagas.
-Eh... pero... es que yo he leído que si es puntual y vas a cobrar menos que con el salario mínimo interprofesional y además ya estás cotizando todo lo que tienes que cotizar a la seguridad social, pues que no tengo que darme de alta como autónomo.
El funcionario puso los ojos en blanco.
-No sabes lo harto que estoy de forocoches.
-Eh... no lo he leído en forocoches.
Vaya, ni siquiera tengo cuenta en forocoches. No está demostrado, al menos.
-Mira, si vas a cobrar poco lo mejor es que no lo hagas porque no te va a compensar.
Ahí, animando al emprendedor.
Me fui bastante disgustada, porque jo, si los propios funcionarios tienen esta actitud, no me extraña que la gente trabaje en negro. Y como mucha gente curra en negro, el resto tenemos que compensar pagando más impuestos, y hay gente que no puede pagar tanto y curra en negro, y se va haciendo una bola gorda, gorda, gordaaaaa...
Iba pensando en esto cuando me metí en el ascensor con los niños colgados y me llegó un olor a chamusquina.
Ay.
AY.
Pensé mientras el ascensor subía lentamente los cuatro pisos.
El descansillo del cuarto estaba lleno de humo.
SÚPER AY.
Y cuando abrí la puerta de casa había MÁS humo.
Y cuando miré la olla...
cuando miré la olla...


lo que yo decía, trabajando en negro.






Pd: Milagrosamente, lo único que resultó dañado fue la olla, que acabó en la basura. Tuvimos que comer, cenar y dormir fuera de casa. Ha pasado más de un mes y la cocina sigue oliendo a quemado.



Continuará...

16 abril 2016

El cinturón de castidad

Era hora de salir para el cole, los dos niños estaban llorando por motivos desconocidos, llovía y yo no encontraba mi cinturón. 
Por eso cuando vi el cinturón de ZaraJota, solito y desvalido, aproveché la oportunidad y me lo puse. 
Total, él tiene muchos, porque cada vez que vamos de vacaciones se olvida de meter alguno en la maleta, y tiene que comprarse otro en destino. Y diréis, ¿para qué se compra otro? ¿no lleva uno puesto? No. ZaraJota nunca lleva puesto cinturón cuando viaja, porque debe tener cara de sospechoso o algo y siempre que pasa el control del aeropuerto acaba en un aparte rodeado de guardias de seguridad. Así que ha optado por no ponerse cinturón, y cuando llega el turno de la exploración rectal puede bajarse los pantalones muchísimo más rápido. 
Total, que me puse el cinturón y me fui a trabajar, y como siempre llegué haciéndome pipí, porque desde que nació Bebé-kun tengo el muelle un poco flojo y subir escaleras hace que me entre una incontinencia muy mala. Pero cuando quise ir al baño me dijeron que había una avería y no lo podríamos usar hasta pasadas un par de horas. 
Qué horas más largas. 
Primero crucé las piernas, luego los pies, luego los dedos de los pies y hasta el alma hubiera cruzado. Cuando ya estaba pensando en hacer pis en la papelera y echarle la culpa a otro por fin tuvimos permiso para ir al baño.
Obviamente, fui corriendo y agitando los bracitos pero con dignidad, sin gritar "¡QUE ME MEO TOAAAA!" ni nada. Una vez en el baño fui a desabrocharme el cinturón y no pude. 
Jijiji.
Venga, hombre...
Jijiji.
Si ha entrado tiene que salir. 
Jijijiji.
Pues no sale.
Jijiji.
Me hago mucho pipí.
Salí del baño, cogí unas tijeras y corté el puto cinturón. 
Luego me deshice de las pruebas, por supuesto. No iba a dejar que me descubrieran. 
Esa noche vi a ZaraJota preparándose la ropa y se me empezó a escapar la risa.
-Tranquila, Lorz -me dije-. No te delates. 
-¡Pero se va a dar cuenta! -me contesté a mí misma.
-Lo más probable es que piense que lo ha perdido -me contesté a la contestación. Jo, esto es muy complicado, voy a tener que poner nombre a mis voces. El problema es el de siempre: primero les pones nombre y al final te las acabas quedando. 
-Pero...
-De pero nada. 
-Lorz -dijo entonces ZaraJota -. ¿Te das cuenta de que estoy aquí mismo y oigo todo lo que dices?
-Es tu palabra contra las mías. Y además, es culpa del cinturón por atascarse. 
-¿Que cinturón?
-El que había encima de la mesilla. Me lo puse y se atascó y no salía, y lo tuve que cortar porque me hacía mucho pipí.
-Pues yo me lo puse ayer sin problema. 
-Pues será que la hebilla me odia, porque se ha atascado y no había manera de abrirla. 
-Pero tú sabes que la hebilla es decorativa y se abre por el lado, ¿verdad?
Ya salió el listo que todo lo sabe. 

30 enero 2016

La OTRA venganza de los Reyes Majos, que tardé casi un mes en descubrir

Es una verdad universalmente conocida 
que los seres humanos no están hechos 
para soportarse sin interrupción 
durante períodos prolongados de tiempo.
Lorz Austen


No me malinterpretéis: si por mí fuera, estaría con los niños siempre. Lo que pasa es que a veces hay que echarse un poco de menos para no echarse de más. 
Esta semana pasada me he reincorporado mi puesto laboral, y ahora todo el mundo me pregunta cómo lo llevo "con los niños y tal".
Pues lo llevo exactamente igual que cuando no trabajaba, solo que ahora estoy obligada, por contrato, a estar en un sitio donde pretenden que pase un bien número de horas sentada. 
La vida a veces es maravillosa.
Es más: en las ocasiones que estoy de pie, ¡nadie espera que me balancee rítmicamente! Por el contrario, si alguien me sorprende en el cuarto de la fotocopiadora balanceándome y tarareando, ¡les parece hasta raro y todo! 
Yo misma me siento rarísima. Por ejemplo: ¿siempre había tenido dos brazos? Estaba convencida de que mi cuerpo de componía de pierna izquierda, niña derecha, brazo derecho y niño izquierdo... Y ahora me miro los brazos y me digo: "Mira, si hay dos. Son tan largos y paralelos... Pueden levantar grandes pesos, aunque ellos mismos son tan ligeros...". 
Otra cosa que he descubierto es que todavía tengo reflejo: entre que llevo meses sin mirarme al espejo y que estoy viendo todas las series de vampiros a mi alcance no estaba segura de tenerlo todavía. Pero ahí está. No es que me alegre especialmente: la primera vez que te miras al espejo después de varios meses de maternidad se produce el Efecto Qué:
Qué pelos llevo.
Qué cara.
Qué tripa. 
Y qué pintas... 
No me puedo creer que haya estado saliendo así a la calle, menos mal que siempre voy con el bebé, que es un escudo deflector estupendo.
Lo del pelo tiene fácil arreglo: te lo rapas y punto. Volverá a crecer, o casi mejor que no crezca, que no estoy para ir mucho a la peluquería.
Lo de la cara es peor: cuando te has pasado cinco meses mirando sin descanso la carita perfecta de un bebé y de pronto miras la propia es difícil no hacer comparaciones. La falta de sueño, de alimentación y de cuidado tampoco ayuda mucho. Por cierto, ¿alguien sabe si es normal que la crema hidratante tenga una capita como de pelusilla verde por encima? Juraría que no estaba ahí cuando me la compré, pero hace tanto tiempo que no estoy segura del todo. 
De la tripa prefiero no hablar. Me siento como esa bolsa de plástico vieja y arrugada que alguien olvidó y flota llevada por el viento, solo que está llena de piedras y en vez de flotar se arrastra penosamente cuesta arriba. Así. Eso sí, para compensar tengo un escote estupendo. Bueno, casi todo el tiempo. A lo largo del día, y según cuántas horas lleve el enano sin comer, mi delantera evoluciona desde "pasita arrugada" hasta "ubre reventona". Calculo que mi mejor momento es a media mañana o así.  
Lo de la ropa ha sido lo peor. Me he pasado los últimos meses alternando vaqueros viejos, en su mayoría con costras de pintura de dedos seca que no se va por mucho que las lave, y camisetas con el cuello cedido y de fácil acceso pectoral. Un par de días antes de reincorporarme al trabajo abrí el armario, esquivé en plan Matrix los murciélagos que salían espantados, y me puse a buscar algo ponible. Después de un rato, mis estándares de calidad se rebajaron a "cualquier cosa que no esté manchada de pintura de dedos y/o fluidos corporales, o al menos que no se note mucho y/o no huela". 
Encontré un único pantalón, y, como no tengo mucho tiempo de andar probándome cosas, me lo llevé a la tienda y compré uno exactamente igual. Pero cuando me lo llevé a casa, no me cabía. 
En serio, ¿cómo es posible? ¡Si era la misma talla y todo! Pues no me entraba ni la punta del pie. 
Volví a la tienda para cambiarlo, y le expliqué a la dependienta lo que pasaba. 
-Es que no lo entiendo -le dije-. ¡Tendrían que ser idénticos! Pero los viejos me caben y los nuevos, no. 
-Buenos, seguramente a medida que tú has ido engordando tus pantalones han ido cediendo. 
Todavía no sé lo que pretendía insinuar. 
Además, estaba preocupada por el tema de los zapatos, básicamente porque llevo mucho tiempo recorriendo el mundo con unas zapatillas viejas y comodísimas, y estaba segura de que el día que las dejara para ponerme otra cosa me iban a doler los pies a lo grande. Por suerte los Reyes Majos ya habían pensado en esa posibilidad, y me habían traído unas zapatillas. 
Comodísimas. 
Bueno. 
Más o menos. 
Por algún extraño motivo, la izquierda era mucho más cómoda que la derecha, que además se me salía todo el rato, como si me estuviera grande. 
Jo, pensaba. Estoy amorfa perdida. No sabía yo que el embarazo te cambiara tanto el cuerpo. ¡Hasta los pies me los ha dejado tontos! 
Al final, un día me harté de que se me saliera la dichosa zapatilla y la cogí para ver si es que se me había movido la plantilla o algo. 
Y no, la plantilla estaba perfectamente bien. 
El resto de la zapatilla, en cambio...


 

16 octubre 2013

La plancha y el planchazo

 Recientemente he cambiado de trabajo.
A mejor, creo.
Eso espero.
Ohdiosmíoquéhehechoquéhehechoquéhehecho...
El cambio de trabajo ha supuesto un cambio de horarios, el cambio de horarios un cambio de rutinas y el cambio de rutinas nos ha llevado al total y absoluto caos doméstico durante un par de semanas.
A la tercera semana me rendí.
-ZaraJota™ -le dije- yo no puedo seguir así.
-Pues baja la pierna izquierda, que ya te dije que ir a la pata coja a todas partes era una estupidez.
-¡Eso no! ¡La casa!
-¿Qué le pasa?
ZaraJota™ se perdió algunos capítulos de Barrio Sésamo y es incapaz de distinguir los conceptos limpio/sucio, ordenado/desordenado y planchado/arrugado.
A lo largo de los años he ido elaborando algunos trucos memotécnicos* como

si al suelo te quedas pegado
necesita un buen fregado

también

si no puedes caminar
las cosas hay que ordenar

y mi favorito

¿ES QUE ERES TONTO O QUÉ?**

-Es que llego tarde a casa y no me cunde.
-Ya, a mí tampoco.
-Tenemos que buscar a alguien que nos limpie -dije.
-¿Aquí? ¿En casa?
-No, en casa de otro. ¡Pues claro que en casa!
-Es que me da cosa que venga una extraña a limpiar a casa mientras no estamos.
-Pues que venga cuando estamos.
-Es que también me da cosa.
-Pues nada, ¿eh? Ya lo hago yo todo si eso.
-Vale.
-¡DE VALE NADA! Mira, si no quieres que venga nadie a limpiar nos apañamos nosotros, pero necesito ayuda con algo. Con lo que sea -y entonces se me ocurrió la genial idea-. ¿Qué te parece si buscamos a alguien que nos planche? Le llevamos la ropa a su casa, la recogemos allí, y nos ahorramos un montón de tiempo.
Para mí fue una decisión muy dolorosa porque me encanta planchar. Eso de tener algo arrugado y dejarlo todo lisito y dobladito... pero lo cierto es que desde que Bebé-chan se ha vuelto móvil planchar no sólo es más difícil (le gusta tirar del cable de la plancha) sino que además no sirve de nada (le gusta subirse a los montones de ropa recién planchada y, estooo, reinventarla).
Una vez que nos pusimos de acuerdo, el siguiente paso fue encontrar quien nos planchara. Para eso pedimos informes a la Vecina Redonda, a la que llamamos así porque:
a) es más ancha que alta
b) somos incapaces de recordar cómo se llama
La Vecina Redonda nos recomendó a la Vecina del Pelo Rizado a la que llamamos así porque:
a) tiene el pelo rizado
b) somos incapaces de recordar cómo se llama
-Se acaba de quedar en paro, la pobre, con un niño que tiene -nos dijo-, le hemos dado varios trabajillos para que limpie aquí y allí, porque toda la ayuda que le podamos dar es poca.
Y así fue como una tarde acabé llamando a la puerta de la Vecina del Pelo Rizado.
-Hola -le dije-, soy Lorz, del 4º.
-¿La que ha inundado todos los pisos de la otra escalera?
-¡No han sido todos, sólo los pares!
-...
-Bueno, que vengo a preguntarte si te viene bien plancharme un poco.
-¿Cómo? ¿A h*st**s?
-Eh... no, te traigo la ropa y... bueno, tú la planchas y... esteeeeee... claro... bueno, eh... yo te pagaría y...
-¿Pero tú te crees que yo estoy para plancharle a nadie?
-Eh... bueno... es que me han dicho que estabas en paro y...
-¿QUE TE HAN DICHO QUÉ?
-... que estabas en paro... 
-¿Quién te ha dicho eso?
¡La Vecina Redonda! M**rd*, no puedo decirle eso.
-Nadie.
-Pues dile a quien haya sido que yo tengo trabajo, y más del que necesito. Menuda la gracia, por una vez que le limpio a las vecinas por hacerles el favor y ahora me salen con estas. ¡En paro! ¡Yo no estoy en paro! ¿Te ha quedado claro?
No del todo: ¿me vas a planchar o no?




*"Memotécnico" significa "técnicas para memos" en klingon.
** ¡O qué! ¡O qué!

25 julio 2013

Vamos a la playa calienta el sol (probablemente capítulo 1, tengo mucha fe en mis padres)

La semana que viene estaré de vacaciones con mis padres, y todos sabemos lo que eso significa: 
¡MACROSAGA!



Una de las ventajas de la inestabilidad laboral es que ya no me pongo nerviosa el primer día de trabajo: total, ¡he tenido tantos! 
En mi primer día en este trabajo estaba feliz como una perdiz. 
En realidad no. Ya os contaré lo que le pasó a Bebé-chan justo justo justo ese día.  
O quizá no. He recibido amenazas, ¿sabéis? 
De momento nos quedamos con que estaba feliz como una perdiz esparciendo el caos a mi alrededor cuando me llamaron de recursos humanos. 
-¿Lorz?
-Sí, soy yo. 
-Te llamo de recursos humanos. 
Ya lo sé: lo ponía al principio. M**r*, tengo que dejar de hacerme spoilers a mí misma.
-Hola recursos humanos, ¿qué ocurre? 
-Estoy viendo que no has pedido las vacaciones. 
-Bueno, es que soy nueva y me parecía un poco feo. 
Imagina la situación: "hola, hoy es mi primer día, ¿cuándo son mis vacaciones?" Tal y como están las cosas eran capaces de contestarme "ahora mismo y para siempre". 
-Pues es que tienes que pedirlas. 
-Vale, vale, ahora las pido. 
-No, no, ahora no. Estás fuera de plazo. Tenías que haberlas pedido antes del 30 de mayo. 
-¡Sí el 30 de mayo no había empezado a trabajar!
Ni había hecho la entrevista.
Ni siquiera había echado el curriculum. 
¡Si no estaba ni publicada la oferta de empleo! 
-Las normas son para todos, Lorz, no podemos hacer excepciones. 
Ni siquiera con la gente que todavía no trabaja aquí, por lo visto. 
-Bueno, ¿qué hacemos entonces con mis vacaciones?
-Te las asignamos directamente desde recursos humanos. 
-Vale, vale... ¿cuándo?
-La semana que viene. 
-¡Anda ya!
-Es el único hueco que queda. 
-¡Pero es que acabo de empezar a trabajar! ¡No puedo irme de vacaciones!
-Si querías otras fechas haberlo pedido dentro de plazo. 

El día de antes de irme de vacaciones volvieron a llamarme. 
-Lorz, ¿mañana te vas de vacaciones?
-Sí. 
-No, no puedes. 
-¿Perdón?
-No puedes irte de vacaciones. ¡Si acabas de entrar!
-Pero...
-Pero nada. Menudo disparate. ¡Imagina que no pasas el periodo de prueba!

Inciso: ¿imagina que QUÉ?

-Está bien, pues no me las cojo. 
-Mujer, ¿cómo no te las vas a coger? A ver, ¿cuándo las quieres?
-¿Cómo que cuando?
-Sí, dime cuándo las quieres y yo te las pongo.
-Creí que no quedaba hueco. 
-Mujer, si hace una semana ni siquiera trabajabas aquí: no se va a notar mucho si te vas. 
Gracias, me siento muy apreciada. 

Unos días antes de irme de vacaciones-esta-vez-sí-de-verdad me llamó mi abuela. 
-Hola nieta, ¿cómo estás?
-Pues nada, aquí...
-Claro, como este año no tendrás vacaciones. 
-Sí que tengo, la semana que viene. 
-¡Anda ya! ¡Si acabas de empezar! 
Ya salió la lista que todo lo sabe. 



Pd: adoro mi nuevo trabajo.