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28 abril 2025

Los ciervitos son un primor

 No sé qué pasa que cada vez que subimos a ver a mi suegra tenemos un incidente zoológico
Esta vez no se trató de patos, sino de ciervos.
Sí, la cosa va escalando.
A mí no me gusta exagerar, pero seguramente lo próximo serán elefantes, ballenas o King Kong.
El caso es que fuimos a una cosa que se llama Parc Samà, que es una cosa muy de catalanes ricos del siglo XIX, con plantitas y edificitos y estanquitos y animalitos.
-Pero patos no habrá, ¿no? -pregunté.
-...
-Mierda.
En el parque este puedes comprar comida para dársela a los animales, que a mí de inicio ya me parece un error cósmico porque por lo general cuando compro comida lo que me gusta es comérmela yo, pero bueno. Pensé que a los niños les haría gracia, así que le dije a ZaraJota:
-Compra comida para los animalitos.
Y ZaraJota me dijo: 
-No me gusta que hables así de tus hijos, y además te he visto meter tres weikis en el bolso antes de salir.
-Para los animalitos del parque. 
Y ZaraJota se fue a comprar comida para los animales y volvió con un vaso de cartón lleno de maíz.
-Ah, estupendo, palomitas, solo necesitamos el microondas.
-Es para los animales. 
-Jo.
Mi decepción era doble y comprensible: primero, porque ahora que habíamos sacado el tema me apetecían mucho las palomitas. 
Segundo, porque no entendía cómo íbamos a darle aquello a los ciervos. ¿Tirándolo al suelo como a las gallinas? Mi experiencias previas no me dieron ninguna pista: cuando vamos a Burrolandia, que es una cosa que recomiendo mucho si tienes los epitelios olfativos atrofiados, siempre nos dan zanahorias y lechugas, que puedes agarrar de un ladito mientras el burrito las coge por el otro pero, ¿MAÍZ?
Mientras paseábamos entre los loritos, los patitos, los gansitos y una cosa que parecía un dinosaurio reducido pero con las ansias de matar intactas, le iba dando vueltas al asunto maíz. Tenía una sospecha. 
Y la sospecha se confirmó cuando por fin llegamos a los ciervitos y vi que la gente se ponía el maíz en el hueco de la mano y los ciervitos hacían el equivalente a un french kissing. Pero en la mano. Con ciervos. 
-AAAARGGGGH -pensé. Ojo que solo lo pensé. Decirlo en alto habría arruinado la magia y además estoy intentando educar a mis hijos para que sean valientes y atrevidos y nos les dé asco que un ciervo practique sexo oral con sus manos.
-¿Quién quiere dar de comer a los ciervitos?
-YO NO -exclamaron al unísono. Cuando quieren se llevan fenomenal.
-Venga, si no pasa nada -le dije, y les llené el hueco de las mano de maíz-. Venga, acercar las manitas.
Otra cosa no, pero mis hijos son obedientes. Levantaron las manitas y ofrecieron el maíz a los ciervitos. Pero cuando los ciervitos se acercaron, los niños entraron en pánico, retiraron la mano y el maíz fue a parar al suelo.
-Ooooohhhh.
A los ciervitos les dio igual. Deben estar acostumbrados. Y ser poco escrupulosos, porque se pusieron a hacerle el beso tuerca al suelo hasta que se comieron todo el maíz.
Luego, se quedaron mirándonos con el morro chorreando barro.
-¿Y ese barro? -pregunté. No tenía que haber preguntado.
-Es lo que pasa cuando mezclas babas de ciervo y tierra de suelo.
Repito: no tenía que haber preguntado.
-¿Y esa espuma?
-Creo que es lo que pasa cuando mezclas babas de ciervo y maíz de vaso.
Una vez más: no tenía que haber preguntado. 
-Bueno... -dije, porque era mi deber como madre-, ¿queréis darle más de comer al ciervito?
-NO.
-Pero si no pasa nada. 
-Pues hazlo tú.
-Eh...
Ser madre es una cosa compleja. Quieres que tus hijos sean mejores que tú, que no tengan tus complejos, tus miedos y tus mierdas. Eso te obliga a veces a hacer cosas que preferirías no hacer.
Como darle de comer a un ciervito babeante.
Cogí un puñado de maíz y alargué la mano para ofrecérselo al ciervito. El ciervito me miró un segundo, chorreando barro y espuma por la boca. Cerré los ojos. Todavía estoy muy delicada de la úlcera y cualquier cosa me hace echar la pota. No me hubiera importado porque empiezo a estar muy acostumbrada, pero es que veía al ciervito capaz de comérsela. 
Sospecho que esto habría arruinado la magia por completo.
Así que cerré los ojos y me mantuve impertérrita mientas el ciervo le hacía a mi mano cosas que jamás le había hecho nadie. Con barro, babas y espuma de maíz. Pero tenía que pensar en mis hijos. Tenía que hacerles creer que aquello era una momento mágico.
-AAAAAAAAAARRRRRRRRRG -grité- QUÉ ASCOOOOOOOOO ESTÁ TODO GRUMOSO DE BARROOOOOO PERO QUÉ ES ESOOOOOO DEJA DE CHUPARME POR FAVOOOOOOOR NO QUEDA MÁS MAÍZ QUÉ PRETENDES SACAR DE AHÍ ME MUERO Y ME MUERO Y CREO QUE VOY A POTAR Y LUEGO ME MUERO.
Cuando el ciervo acabó de lo que fuera que estuviera haciendo, me volví hacia los niños, con la mano chorreando babas marrones, y les dije con mi mejor sonrisa:
-¿Veis como no pasa nasa? Ahora probad vosotros.
-NO.
-Jooooooo, hemos venido para nada.
-No, para nada no - contestó ZaraJota-: te he hecho muchas fotos.

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El sábado 17 de mayo a las 18:00 estaré en la 9ª Feria del Libro de Vallecas, firmando toda mi obra en la caseta de la Librería Yume. Podéis comprar mis libros allí mismo con descuento de feria o traer lo que ya tengáis en casa, yo lo firmo todo. 













17 febrero 2025

Cruzeiro do Sul, zona universidad

 


Mi vecina tiene un loro que canta de noche. 
Cantar o la mierda que esa que hacen los loros, que es una cosa como "pi-piu", vaya, pero de noche. 
Antes de que venga nadie a indignarse, a mí no me molesta en absoluto, al contrario. Me hace compañía cuando no puedo dormir y, francamente, me molesta mucho más que ZaraJota, pongamos por caso, esté a mi lado durmiendo tan a gusto cuando yo no puedo. Pero no he venido aquí a esparcir un rencor más que justificado por la calidad del sueño de mi marido Y SU TOTAL INDIFERENCIA HACIA MI SUFRIMIENTO, porque lo llevo discretamente y con total abnegación. 
Además, el pobre bicho, o sea, el loro, no mi marido, no tiene culpa de que no poder conectarse a internet para que se le actualice el reloj y dejar de vivir en hora amazónica, o de dónde coño venga, que probablemente sea el Kiwoko de Islazul, pero él está orgulloso de sus raíces y canta, así a ojo, según el horario de Cruzeiro do Sul, zona universidad, cuarta arriba, cuarta abajo.
Él es feliz con su "pi-piu", yo soy feliz con su "pi-piu", ZaraJota es feliz durmiendo a pierna suelta a sabiendas de que a mí me está costando dormir, en fin, todo el mundo es feliz con el loro desubicao.
La que no parecía muy feliz era la vecina, y lo sé porque le pregunté.
-Tienes un pajarito, ¿no?
-Es un loro y no es mío.
-Ay, es que lo oigo cantar a veces -hice todo lo posible por poner ojitos manga, de verdad, pero es que tengo una úlcera. Casi todas mis miradas son como de que te quiero matar.
-¿Te molesta?
-No, no, que va. Al contrario -hice todo lo posible por sonar sincera, de verdad, pero es que tengo una úlcera. Casi todo lo que digo últimamente suena a que te quiero matar.
Yo creo que no me creyó. 
También creo que es posible que estuviera proyectando en mí sus propios sentimientos hacia el loro.
Y que no eran sentimientos bonitos.
El caso es que creo (digo "creo" para que no penséis que soy una stalker y me paso el día espiando a la vecina)  que empezó a meter al loro en el baño por las noches. El baño es interior y supongo que pensó que si el loro no veía ninguna luz, pero ninguna ninguna, tarde o temprano llegaría a la conclusión de que era de noche. 
Esta estrategia fracasó.
El loro no es tonto.
Aunque no vea luz, él sabe que es de día en alguna parte como, por ejemplo, Cruzeiro do Sul, zona universidad, cuarta arriba, cuarta abajo. Además... bueno. El baño es interior. como he dicho. Solo tiene una ventanita, que da a un respiradero. Como mi baño. Que también tiene una ventanita que da al mismo respiradero, a la misma altura. Frente a frente.
Y bueno, básicamente, así es como todo el edificio empezó a escuchar "pi-piu" cada vez que me levanto a mear.


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28 octubre 2024

La familia normal



Cuando nacieron los niños me dije que haríamos las cosas bien y que todas las comidas las haríamos adecuadamente en una mesa bien puesta, sin ver la tele, para que fuera un momento de calidad con nuestros hijos, todos juntos, como una familia normal.
Esto os va a sorprender pero lo conseguí. Lo conseguí mucho. En casa se ponía la mesa, correctamente, y se comía sin ver la tele, salvo que hubiera un evento especial como Eurovisión, como una familia normal.
Luego llegó la pandemia y todo se fue a la mierda, obviamente.
No sé si fue porque total ya estábamos pasando todo el día juntos y no necesitábamos más momentos de calidad, por favor y gracias; si porque estábamos siempre comiendo y no merecía la pena poner la mesa bien cada vez; porque necesitábamos ver más televisión para abstraernos de todo o porque la mesa de comedor siempre estaba llena de cosas, de deberes, de trabajo, de las mil manualidades para entretener a los niños o qué, pero empezamos a comer en la mesa baja de centro de mala manera, y desde entonces no hemos parado.
De vez en cuando digo que esto no puede seguir así y que tenemos que empezar a comer en la mesa grande como una familia normal. Lo digo bajito, para qué nos vamos a engañar. Además, la mesa de comedor sigue llena de cosas, yo es que no lo entiendo, ¿el cole en casa no se había acabado ya? ¿De dónde salen tantas cosas? En fin.
Hace unos días hicimos un último intento serio.
Recogí las cosas.
-A partir de mañana comemos en la mesa de comedor, como una familia normal -anuncié.
Y pensé que con eso ya estaba.
Para empezar, al día siguiente tuve que volver a recoger todas las cosas que había encima de la mesa.
En serio, ¿de dónde salen tantas cosas?
Luego pusimos la mesa y resultó que no cabía todo.
Luego me di cuenta de que nuestras sillas son incomodísimas. Al menos, bastante más que el sofá.
Pero lo peor fue el gato.
Normalmente el gato, cuando oye que nos sentamos a comer en la diminuta mesa de centro, viene, se sienta en el otra sofá, nos observa hasta que nos sentamos, servimos y empezamos a comer y luego, con aire satisfecho, sabiendo que ha cumplido su misión en la vida, sea la que sea porque todavía estamos por descubrirlo, procede a quedarse cuajado.
Da igual lo alta que esté la tele, lo alto que hablemos, las cosas que se caigan o se derramen.
El gato duerme hasta que terminamos, entonces se estira, se levanta y se come cualquier cosa que se haya caído al suelo. 
Es la ley, así ha sido y será siempre. 
O eso cree él, que llegó a casa después de la pandemia y de que mis sanos propósitos de comer en una mesa como una familia normal se fueran a tomar viento en bicicleta. 
Así que cuando oyó que nos sentábamos a comer, salió del oscuro agujero donde estuviera dormido, todavía con el ojillo un poco pegao de sueño, se subió al sofá, miró hacia la mesita de centro y, bueno, básicamente, entró en shock.
El shock fue lo bastante evidente como para que uno de los niños soltara una carcajada.
El gato, todavía petrificado en el sofá, miró hacia el otro lado y nos vio comiendo en la mesa grande.
Y volvió a entrar en shock.
A partir de ahí entró en bucle. 
Miraba hacia abajo: "Estoy aquí"
Miraba hacia un lado: "Pero ellos no están ahí"
Miraba hacia el otro: "Pero están ahí"
Volvía a mirar hacia abajo: "Pero yo estoy aquí"
Miraba hacia un lado: "Pero ellos no están ahí"
Miraba hacia el otro: "Pero están ahí"
Y así.
La experiencia "comer como una familia normal" estaba siendo de todo menos normal. El gato estaba a punto de desenroscarse la cabeza de tanto girarla. Los niños estaban mirando al gato, totalmente de espaldas a la mesa. Nadie estaba comiendo. Para rematar, alguien estaba narrando toda la escena poniendo vocecitas. Puede que fuera yo. No podéis demostrarlo. Recoger la mesa grande fue un suplicio, porque el sofá pilla en medio del camino a la cocina y hay que rodearlo cada vez. Se había caído comida por todos los doquieres y luego un poco más. Además, todo este jaleo hizo que el gato se saltara su tercera siestita diaria, y estuvo toda la tarde desquiciado, corriendo de un lado a otro, tirando cosas y maullando. No era para menos. Todo su mundo se había visto sacudido, las verdades universales sobre las que se cimentaba su psique habían sido destruidas, el desgano vital se había adueñado de todos sus pensamientos.
Lo que viene siendo un lunes para cualquier ser humano, vaya.
Para la hora de la cena estábamos todos básicamente de los nervios.
-¿Qué mesa ponemos? -preguntaron los niños-, ¿la grande o la pequeña?
-Tendríamos que comer en la grande como una familia normal -dije. El gato seguía corriendo por toda la casa como un desquiciado, chocándose con las paredes de cuando en cuando. El sofá seguía en medio, ligeramente torcido. Había una patata frita encima de un cojín. La mesa volvía a estar cubierta de cosas varias en su completa totalidad. Para rematar, íbamos a cenar puré de brick y empanada prefabricada comprada el día anterior-. Claro que para eso tendríamos que ser normales primero.





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Escribo libros y algunos son hasta medio normales. Encuéntralos aquí.

03 junio 2024

A la hora en punto


 
Vosotros no lo sabéis porque no os lo he dicho nunca, pero mi gato está gordo fuertecito.
Cuando llegó a mi casa pesaba, según su cartilla, 13,5 kilos, que es un peso muy razonable si eres, pongamos por caso, un tigre, pero empieza a ser un poco demasiado para un gato.
El veterinario me echó la bronca como si lo hubiera cebado yo, pero claro, supongo que me vio gorda y la gordura es como el mariconismo, que se pega por contacto, así que dio por hecho que la culpable era yo.
Esto me sentó regular tirando a mal y me tomé como un reto personal que el gato recuperara su peso ideal.
Bueno, su peso ideal no, porque según el veterinario su peso ideal son 7 kilos y a mí me parece que un gato con esta envergadura (jajajaja, en verga dura, jajajaja) si se queda en 7 kilos va a ir desmayándose por las esquinas. 
Así fue como llegó a nuestras vidas el dispensador automático o, como lo llama Patch, el dispiensador.
Al gato, que le retiráramos el comedero y le pusiéramos aquello no le hizo ninguna gracia.
Podría decirse que se cagó en mis muertos pero en realidad donde se cagó fue en mis zapatos. 
Dentro, en todo el medio.
Jamás una mierda de gato había sido depositada con tanta precisión.
Al menos, pensé, el gato sabe quién manda en esta casa.
Los zapatos salieron de nuestras vidas pero el dispensador se quedó.
Más o menos.
Porque el primero vino con un pequeño defecto de fábrica y se adelantaba más o menos un minuto en cada toma, y como eran seis tomas (muy pequeñas, eh) al día se adelantaba seis minutos al día, y a los diez días ya era una hora, y al más ya estaba tomando siete tomas en vez de seis, y a los dos meses ha eran ocho.
Que no es que el gato se quejara.
Él lo llevaba con resignación. O sea, se estaba poniendo gocho, como para quejarse.
Pero a nosotros nos pareció que aquello estaba empeorando el problema, reclamamos al fabricante y nos devolvieron el dinero, que no la paz.
Entonces fue cuando nos regalaron otro dispiensador.
Este funciona perfectamente y además el depósito es tan grande que podemos olvidar de rellenarlo durante semanas.
A veces demasiado.
Hace unos días me desperté a las seis de la mañana con muchísimas ganas de hacer pis.
Esto es raro, porque una de las tomas del dispiensador es a las dos de la mañana, y después de comer el gato siempre necesita desalojar, y cuando necesita desalojar siempre me despierta para que le abra la puerta de la terraza, y yo todas las noches a las dos de la mañana me levanto, voy a la cocina, le explico al gato que la puerta de la terraza está abierta, que es corredera, el gato me dice "ah, sí", y yo ya aprovecho que estoy de pie aprovecho para hacer pis.
Por eso era raro que me despertara a las seis de la mañana con ganas de hacer pis, porque normalmente ya lo tengo hecho de las dos.
Pero ese día el gato no me había despertado.
Pensé que por fin había aprendido a distinguir los estados "abierto" y "cerrado" de la puerta de la terraza y me regocijé en todas las noches de dormir del tirón que me esperaban por delante. El gato, mientras tanto, maullaba delante del comedero.
-No toca hasta las ocho.
-Miau.
-Quedan dos horas.
-Miau.
-Ni miau ni miou, Comes cuando te toque.
A las ocho, el gato se puso pesadísimo pero yo llegaba tarde a trabajar y no le hice ni caso.
A las dos, el gato se puso pesadísimo pero ZaraJota llegaba tarde a recoger a los niños y no le hizo ni caso.
A las ocho (de la tarde) el gato se puso pesadísimo de nuevo.
-Acabas de comer.
-MIAU.
-Hasta las dos no vuelve a tocar.
-MIAU.
-No es culpa mía, es el dispiensador. El malo, el dispiensador, es maaalooo.
Al gato no le convencieron mis argumentos de peso y siguió dando la turra. Como nunca. Se frotaba contra mí, maullaba como un descosido, agredía al dispiensador (le hacía el medievo, que diría también Patch)...
-Tu gato está tontísimo. 
ZaraJota Vino a Ver. 
Cuando ZaraJota Viene a Ver pasan cosas.
-Lorz, el dispiensador está vacío.
-Uy...
-Con razón está tan pesado, se ha debido saltar una toma.
Sí, sí, una.


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El problema de escribir libros es que luego pretendes venderlos. pretendes venderlos. 


06 noviembre 2023

El robo del abrigo

 Vaya por delante que todo esto es culpa de Patchgirl, porque cuando empezó el frío yo saqué el abrigo del armario de los abrigos, en el que mayormente hay disfraces, y la verdad es que olía un poco a guardado, pero como teletrabajo y solo salgo a la calle para ir de mi casa al colegio y del colegio a mi casa y siempre voy andando pues pensé: ya se irá aireando.
Y tanto que se estaba aireando, que por Madrid hemos tenido unos vientos que si pillan a Scarlet O'hara la película hubiera durado diez minutos en vez de tres horas. Lo que pasa es que tenía que irme a Sevilla con Patch y pensé: este abrigo no está lo bastante aireado para pasarse doce horas pegaíta a nadie, seis de ellas en Iryo que eso es como en una lata de sardinas con rueditas.
Así que un par de días antes lo lavé en la lavadora, que lo mismo estáis pensando: pero dónde vas so loca, metiendo el abrigo en la lavadora, pero es que era un abrigo de Primark que compré súper rebajado y me ha salido buenísimo, ya lo había metido en la lavadora un montón de veces, sale estupendo y se seca en un plis. 
Y para que se secara aún más rápido que un plis, lo puse en la barandilla de la terraza, que es donde más da el sol. Y lo pillé con dos pinzas. La experiencia me dice que con dos pinzas es más que suficiente. La experiencia no contaba con semejante vendaval. 
Así que el abrigo un minuto estaba en la terraza y al minuto siguiente no estaba.
-Mierdaaaaa...
La vecina de abajo tenía medio echado el toldo y no podía ver la acera, así que le dije a ZaraJota que bajara un momento a la calle, porque él estaba vestido y yo no. Y porque no estaba segura de, en un momento de despiste, haber recogido yo misma el abrigo y haberlo metido en la nevera o algo así.
Cosas más raras se han visto.
ZaraJota bajó a la calle a todo correr y no se encontró el abrigo en la acera. Ni en la calzada. Ni encima de ningún coche. Así que pensó: a lo mejor está debajo.
Así que se puso a mirar debajo de los coches en lo que vienen siendo cuatro patas y la mirada de las mil yardas porque en fin, el numerito por un abrigo de Primark que como mucho me costó diez euros, pero es que no sabéis lo cómodo que es. Era.
Bueno, pues estaba ZaraJota así en mitad de la calle cuando llegó la vecina y decidió interactuar con él porque tiene fama de ser el simpático de la familia:
-¿Qué ha pasado? ¿Se ha escapado el gato?
-No, el abrigo de mi mujer.
Y así fue como la vecina empezó a evitarle a él también.


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Se viene libro nuevo...





16 octubre 2023

Pipí wars

LAS PIPÍ WARS CONTINUAN.
Ya no sabemos qué hacer: el gato sigue haciéndose pis en el mismo punto exacto de la terraza, todos los días por la mañana. 
Nos recomendaron que echáramos vinagre de limpieza en la zona; se ve que es un olor que a los gatos no les gusta. Debe ser cierto, porque el gato se apresuró a cubrirlo con el olor de su propio pis.
Luego pensamos que a lo mejor quería que le cambiáramos el arenero de sitio, así que pusimos el arenero en el lugar preciso en el que se hacía pis; solo conseguimos que se hiciera pis donde antes había estado el arenero. El arenero volvió a su lugar.
Un día me harté del todo y recurrí a los métodos tradicionales: agarré al gato por el pescuezo, lo arrastré hasta la terraza y le froté los morros contra el pis.
Ojalá nunca lo hubiera hecho. Para empezar, está mal. Pero es que además el gato se lo tomó como una declaración de guerra en toda regla. Creo que decir que no le gustó se queda corto. Se quedó plantado en mitad de la terraza con una mirada fría y calculadora que no le había visto nunca. Le sostuve la mirada. Mi autoridad estaba en juego. El gato sostuvo la mía. Sin guiñar los ojos ni nada, como cuando está a punto de mullirme la teta. Mirándome fijamente, sin mover ni un bigote, levantó el culete y se hizo pis en el mismo sitio, con total frialdad, DESAFIÁNDOME. CON LA URETRA.
Después, sin hacer el menor amago de tapar sus cosas, se alejó sin dedicarme ni una mirada por encima del hombro.
Decidí entonces que la puerta de la terraza permanecería cerrada y que el gato no volvería a hacer pis sin supervisión. No conté con su astucia. El gato me pedía salir a hacer pis, PERO NO HACÍA PIS. Se tumbaba al sol un rato, olisqueaba las plantas, se lavaba meticulosamente, observaba una pelusilla... mientras yo iba contando los minutos: se me va a quemar la comida... voy a llegar tarde a por los niños... tengo... tengo... tengo que parpadear...
En cuanto me despistaba un segundo (porque salía humo del horno, por ejemplo) el gato, rápido como el rayo, se hacía pis en el suelo de nuevo. 
Aquello se me estaba escapando de las manos. Necesitaba una medida urgente, como la castración, lo que pasa es que como el gato ya está castrado no me quedaba nada que cortar. 
Así fue como, en un momento de desesperación, lo pillé haciéndose pis en la terraza y le arreé con el mocho en los morros mientras gritaba, totalmente demente, algo así como "QUE NO SE HACE PIS EN LA TERRAZA, QUE NO, QUE NO, PIS EN LA TERRAZA NO".
Después de aquello, seguramente por la impresión, el gato estuvo unos días sin hacerse pis en el arenero. Se podía intuir que estaba rumiando lo que había ocurrido pero ¿a qué conclusión llegaría? Fueron días de incertidumbre y miedo. El cubo de la fregona siempre estaba lleno y al lado de la terraza, por si acaso. El mimo universo parecía contener la respiración. Esa situación no podía durar mucho más, tarde o temprano l gato o yo tendríamos que mover ficha.
Así, una mañana, los niños vinieron a avisarme.
-Mami, el gato...
-¿Se ha vuelto a hacer pis en la terraza?
-No.
-Menos mal -pensé, saboreando mi triunfo de antemano.
-Pero se ha hecho UNA CACOTAAAAA...
La culpa es mía por no especificar.


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Todos mis libros aquí.



02 octubre 2023

La vuelta al cole


Septiembre siempre es un mes loquísimo.

Están los cumpleaños (el del niño, el de la niña, el mío); está la vuelta al cole; está el cambio de tiempo y el cambio de armario; está descubrir que los niños han crecido durante el verano y la del año anterior no les sirve y "cambio de armario" requiere "compra de armario"; están las reuniones con los nuevos tutores; están la recogida de los libros (bendito plan Accede); está reunir todo el material (maldito Lamela amarillo); está el trabajo, claro, y el otro trabajo; está el último Verkami y claro, como vi que me sobraba tiempo, me metí a organizar la TacitaCon.

Entonces fue cuando el gato empezó a hacerse pis fuera del cagadero. En una esquinita, justo al lado del cagadero. Pero fuera. Todas las mañanas. Todas. Las. Putas. Mañanas.

El primer día pensamos que le había dado un apretón y no le había dado tiempo, así que limpié el pis, recogí la cocina, preparé las meriendas de los niños, les recordé amablemente a gritos unas cincuenta veces que se pusieran los zapatos, cogieran las meriendas, los llevé al colegio, me fui a comprar material escolar o a recoger los libros o a comprar un pantalón de chándal o a preparar cajas para la TacitaCon, hice la comida, recogí a los niños, llevé a la nena a inglés, llevé los niños a casa, estuve toda la tarde trabajando y no le di más importancia. 

El segundo día pensamos que se nos había quedado la puerta de la terraza cerrada sin darnos cuenta, así que limpié el pis, recogí la cocina, preparé las meriendas de los niños, les recordé amablemente a gritos unas cincuenta veces que se pusieran los zapatos, cogieran las meriendas, los llevé al colegio, me fui a comprar material escolar o a recoger los libros o a comprar un pantalón de chándal o a preparar cajas para la TacitaCon, hice la comida, recogí a los niños, llevé a la nena a inglés, llevé los niños a casa, estuve toda la tarde trabajando y no le di más importancia. 

El tercer día pensamos que a lo mejor nos habíamos despistado y tenía el arenero sucio, así que limpié el pis, recogí la cocina, preparé las meriendas de los niños, les recordé amablemente a gritos unas cincuenta veces que se pusieran los zapatos, cogieran las meriendas, los llevé al colegio, me fui a comprar material escolar o a recoger los libros o a comprar un pantalón de chándal o a preparar cajas para la TacitaCon, hice la comida, recogí a los niños, llevé a la nena a inglés, llevé los niños a casa, estuve toda la tarde trabajando y no le di más importancia. 

El cuarto día pensamos que a lo mejor era una forma de llamar nuestra atención porque con el cambio de rutina septembrino le estábamos poniendo la comida un poco más tarde de lo normal, así que limpié el pis, recogí la cocina, preparé las meriendas de los niños, les recordé amablemente a gritos unas cincuenta veces que se pusieran los zapatos, cogieran las meriendas, los llevé al colegio, me fui a comprar material escolar o a recoger los libros o a comprar un pantalón de chándal o a preparar cajas para la TacitaCon, hice la comida, recogí a los niños, llevé a la nena a inglés, llevé los niños a casa, estuve toda la tarde trabajando y no le di más importancia. 

Dos semanas más tarde ya no sabía qué pensar. El puto bicho se había pis todos las mañanas, exactamente en el mismo sitio, exactamente a la misma hora, cuando el resto del día usaba el cagadero sin el menor problema. La puerta de la terraza estaba abierta toda la noche, el cagadero estaba limpio, le poníamos la comida a primerísima hora y aún así se seguía haciendo pis en la esquinita de la terraza. Y luego, nos avisaba para que lo limpiáramos. Y yo lo limpiaba. Y luego recogía la cocina, preparaba las meriendas de los niños, les recordaba amablemente a gritos unas cincuenta veces que se pusieran los zapatos, cogieran las meriendas, los llevaba al colegio, me iba a comprar material escolar o a recoger los libros o a comprar un pantalón de chándal o a preparar cajas para la TacitaCon, hacía la comida, recogía a los niños, llevaba a la nena a inglés, llevaba los niños a casa, estaba toda la tarde trabajando y me comía la cabeza pensando en qué coño le podía pasar al gato.

Hasta que lo busqué por internet. 

Ya, ya. Que parezco nueva. 

"Si su gato empieza a hacerse pis fuera de su arenero, puede deberse a que se encuentra estresado", decía la página web.

ESTRESADO. Que el gato estaba estresado. EL GATO.


O sea. 


El GATO.
-Que dice internet -le dice a ZaraJota- que a lo mejor se mea fuera por estrés.
-¿Por estrés? ¿Nuestro gato?
-Sí, bueno, a lo mejor la procesión va por dentro.
-¡Pues que vaya por dentro del arenero!


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El 14 de octubre estaremos en el increíble HULQ, ¡venirse!



04 septiembre 2023

El flusflús

 

Empezamos por el principio: hace quince años que tengo un potho. 
Ese potho ha vivido mucho, pero lo importante es que sigue viviendo. 
Seguía.
Lo tenía en una estantería al lado de una ventana pero sin que le diera el sol directo de la ventana y le debía sentar bien porque crecía y crecía que daba gusto verlo. Cuando alcanzó el metro de altura pensé: cualquier día se me va a caer encima y se lía. 
Así que lo puse en el suelo, en una esquinita en el pasillo.
Y se lio.
O más bien, la lio Jinmu, que decidió abandonar su estado semicomatoso habitual para desenterrar las raíces del potho y pimplárselas.
Supongo que estaban crujientes y fresquitas, no sé. 
Es la primera vez que se come una planta, porque otras veces las ha usado simplemente como para limpiarse los dientes (os ahorraré la descripción) o se ha frotado contra ellas dulcemente con su cuerpo de 13 kilos hasta troncharlas, pero comérselas, nunca.
-A ver, solo porque las esté desenterrando y mordisqueando no significa que se las esté comiendo.
Entonces el gato empezó a hacer unas cacas... ¿cómo describirlas? Líquidas. Naranjas. Y el OLOR... Y como a veces le entraba el apretón y no llegaba al arenero, las hacía POR TODAS PARTES.
Entonces empezó a potar. Pero no por todas partes: al gato le gusta potar específicamente en mis zapatos. Así que yo le oía que empezaba a hacer como arcadas y salía escopeteada a mi dormitorio a poner a salvo todos los zapatos que pudiera, mientras el gato intentaba adelantarse y potar en el que todavía estuviera a su alcance.
Era como el Gran Prix, si hubieran cambiado el agua de la piscina por algo viscoso, apestoso y marrón.
-Vamos a tener que llevarlo al veterinario.
No nos gusta llevarle porque, además de las razones obvias, cada vez que vamos nos dicen que hay que hacerle una analítica porque está gordo.

El gato, imagen de archivo


Lo que pasa que el gato seguía potando y pensamos venga, mis zapatos bien valen una analítica.
Y nos lo llevamos al veterinario.
Ya sabéis cómo son estas cosas: metes al gato en el trasportín y luego lo arrastras por la calle mientras grita MIAAAAUUUUUUUU MIAUUUUUUUUOOOOUOOO.
Que tú sabes que no lo has secuestrado, pero lo parece.
Para cuando llegamos al veterinario estaba tan enfadado conmigo que no me hablaba. De hecho, me había dado la espalda con toda la dignidad. Lo que pasa es que si me da la espalda no sabe si estoy sufriendo por su desprecio o no, así que al rato se dio la vuelta y se dedicó a mirarme con el mayor de los reproches.
No le quedaba nada.
No dejó de mirarme fijamente mientras el veterinario lo sacaba de trasportín, lo pesaba, le miraba las mucosas y los oídos y, especialmente, le introducía el termómetro por el recto.
"Esta te la guardo", decía esa mirada.
-Este gato está gordo -dijo al fin el veterinario.
-Ya.
-Hay que hacerle una analítica porque si está gordo puede tener hígado graso.
Me pareció bastante razonable: a fin de cuentas, lo tiene todo graso.
-O diabetes. ¿Has notado que beba más agua últimamente?
-Pues ahora que lo dices, sí.
-¿Desde cuándo?
-Desde que estamos a 45º a la sombra o así.
-...
-...
-Igualmente hay que hacerle una analítica.
-Vale. 
La mirada que me echó el gato cuando me vio salir de la consulta sin él podría haber cortado el metal y helado los mares. Yo solo pensé que menos mal que no tenía que quedarme, que las agujas me dan mucho repelús.
Me dijeron que la analítica llevaría unos quince minutos así que me fui a la sala de espera y esperé. 
Y esperé. Y esperé. Y esperé...
A la media hora empecé a preguntarme cuánta sangre le estaban sacando a mi gato y por qué, y sobre todo cuánto nos iba a costar aquello, porque los gatetes no tienen seguridad social.
Al cabo de mucho, mucho rato, me llamaron de nuevo a consultar. 
El gato estaba cabreado y el veterinario estaba perplejo.
-Las analíticas han salido bien.
-MUAJAJAJA, STOP GORDOFOBIA.
-... Ha debido sentarle mal algo que ha comido.
-Ya, el potho.
-Bueno, como es poca cosa, solo tienes que dejarlo en ayunas dos días, y darle estos tres tipos diferentes de pastillas, cinco veces al día, durante ocho días.
-Voy a morir, ¿verdad?
Metí al gato en el trasportín y enfilé de vuelta a casa, considerablemente más pobre, y con un ánimo sombrío.
El gato se había hecho pis y vomitado en el trasportín y como es de huesos anchos, iba haciendo la croqueta en sus propios fluidos corporales. Estábamos a unos 45º a la sombra y bueno... bueno.
-Vas a tener que bañarlo -me dijo ZaraJota.
Obsérvese que no dijo "vamos". Aquí cada uno va a proteger su propia vida como puede.
-Creo que ya ha sufrido bastante por hoy, tengo una idea mejor.
La idea fue llenar uno de esos flusflús para regar la plantas como si la vida fuera instagram con agua templada y cada vez que el gato se quedaba quieto le hacía flusflús a toda velocidad intentando mojarlo lo más posible, pensando que así se lamería y se limpiaría solo.
Como constructo teórico, la idea era espectacular.
En la práctica, las cosas no salieron exactamente como yo esperaba. A la tercera vez que le flusfluseé, el gato empezó a huir de mí como de la peste, lo cual es irónico porque el que iba dejando estela a su paso era él. Además, parecía estar demasiado cansado para lavarse. O demasiado ocupado escapando de mí, una de dos. El caso es que, totalmente empapado de agua, pis y potas variadas, se dedicó a esconderse en nuestros armarios, entre los cojines o debajo de las sábanas. 
Al caer la noche, toda la casa olía a... bueno. Olía.
Además el gato, por motivos desconocidos, había empezado a desconfiar de mí y no había forma de acercarse a él para darle las chorromil pastillas, polvitos y el jarabe.
-Creo que lo del flusflús no ha sido buena idea -dijo ZaraJota.
Ahora será culpa del flusflús.




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05 junio 2023

El queso de oveja

 Pues después de haber hecho unos seiscientos kilómetros de Madrid a Huelva y luego otros cuatrocientos siguiendo la caca, todavía no tuve suficiente. Así que según volvíamos al hotel le dije a ZaraJota:
-Portugal está a solo diez kilómetros. 
-Ni se te ocurra, Lorz. NI SE TE OCURRA. 
Y así fue como acabamos en Portugal. 
-No seas bobo, cenamos en el primer pueblo que veamos y nos volvemos. 
El primer pueblo era pintoresco. Muy pintoresco. Pintoresco nivel lo ves en una película y no entiendes cómo los protagonistas no salen echando virutas de ahí.
Y eso fue lo que hicimos nosotros.
-También podemos cenar en el segundo pueblo que veamos.
Así fue cómo llegamos a un cruce. Y en el cruce había tres carteles en tres direcciones. Y en ninguno ponía la distancia.
-Supongo que los portugueses están acostumbrados a que todo esté cerca.
Nos quedamos ahí en el cruce de la peor carretera hasta que, gracias a la ventana panorámica de nuestro coche (en realidad la vimos por la ventana normal, pero es que me apetecía decirlo) vimos unas casitas así como a nuestra derecha.
-Vamos para allá a ver si hay un bar o algo.
El segundo pueblo de Portugal también era muy pintoresco.
Pintoresco nivel las gallinas tan tranquilas por la calle. Un par de gatos espelistrados las miraban con aburrimiento. Aparte de eso, ni un alma por la calle. Parecía el típico sitio en el que una amable viejecita, lo bastante extraña como para que sospeches pero no lo bastante como para que pienses que estás siendo tonto por sospechar, te ofrece que entres a su casa a tomar un té helado y llamar por teléfono, pero en el té hay drogas, y cuando te despiertas estás atado y amordazado cabeza abajo en un sótano, rodeado de los cadáveres de otros turistas incautos como tú.
Salvo que en este pueblo no había ni viejecita.
-Me parece aquí no va a haber ni un bar...
-Da la vuelta, Lorz.
Yo di la vuelta con una acojone que no veas porque todavía tengo el carnet muy reciente, el coche era muy grande, el espacio reducido y me daba pánico atropellar a una gallina portuguesa y provocar un conflicto internacional que acabara con la expulsión de España de Eurovisión justo ese año, que Blanca Paloma era la clarísima favorita según la opinión imparcial de la misma cadena que la había mandado allí.
Conseguimos salir del pueblo sin lamentar pérdidas gallináceas o gatunas y respiré aliviada porque es que para mí Eurovisión es muy importante porque para la final siempre hacemos fondue y a mí el queso es que me vuelve loca. 
Entonces nos encontramos la oveja. 

La ovejas. La foto se ve fatal pero es que a esas alturas el cristal tenía más mierda que el palo de un gallinero, salvo que aparentemente en Portugal los gallineros no existen porque si no a ver qué hacen las gallinas por la calle, pero bueno.
El caso es que en mitad de la carretera nos encontramos a mamá oveja y a bebé oveja tan pichis. En todo el medio. Avancé un poco a ver si se asustaban y se movían y efectivamente, se movieron. Un metro hacia adelante. 
Avancé otro poco y ellas avanzaron otro poco y avancé un poco y ellas avanzaron otro poco y avancé un poco...
-¡Lorz! ¿Planeas volver a España a dos metros por hora siguiendo una oveja?
-Para empezar, son dos ovejas. Y no, que lo mismo me acusan de secuestro internacional.
Y nos echan de Eurovisión. Con lo que me gusta a mí el queso. 
Así que me desabroché el cinturón y fui a abrir la puerta del coche para bajarme.
-¿PERO LORZ QUÉ HACES?
-Pues habrá que quitarlas de ahí.
-¿Y qué vas a hacer? ¿Cogerlas en brazos?
-Pensaba acercarme y hacerles 'shu, shu'. 
-¿Shu, shu?
-¿QUÉ QUIERES QUE LES DIGA, SI NO HABLO PORTUGUÉS?
Las ovejas nos miraban como las vacas miran al tren, versión ovejas miran al coche. A partir de ahí, las versiones difieren. 
Mi opinión es que al oírme decir 'shu, shu', lo entendieron perfectamente y se apartaron.
La de ZaraJota, que pensaron que estaba loca y decidieron poner tierra de por medio. 
El caso es que se quitaron y pudimos seguir el viaje sin mayor incidencia.
-Espero que estéis orgullosos de mamá -les dije a los niños-: no tengo ni dos meses de carnet y aquí estoy, en Portugal, no atropellando ovejas. 
El caso es que al día siguiente fuimos a la boda y un familiar random se acercó a Nene-kun y le preguntó qué tal el viaje:
-Muy bien -contestó el niño-, y además mamá no atropelló a ninguna oveja. 
Luego me gano fama de cosas.


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Tenemos en marcha no un libro, sino dos: una novela y un cómic, así como recompensas chulas de toda condición. 
Podéis conseguirlas aquí











20 marzo 2023

No es gordo, es fuertecito



Vosotros no lo sabéis porque casi lo no menciono en las redes sociales, pero tengo un gato.
Bueno, técnicamente el gato es de mi madre, y tenerlo, lo que se dice tenerlo, lo tiene siempre ZaraJota encima, pero para que nos entendamos.
El caso es que cuando llegó a mi casa el gato estaba gordo. Gordo nivel pesaba más que Nene-kun. Que hace un par de años tampoco era más difícil: me he comido patatas que pesaban más que Nene-kun. 
Pero esa ya es otra historia.
El caso es que el gato está perpetuamente a dieta, porque cada tres meses vamos al veterinario y nos dice que si no baja de peso le va a a hacer una analítica, y a mí todo lo que empiece por "anal" y tenga que ver con el gato me da mucho cringe.
Nuestro camino ha estado de lleno de dificultades.
Durante una temporada, no bajaba de peso y no sabíamos por qué, hasta que un día, con toda la inocencia, Nene-kun nos dijo "es que cada vez que me pide le pongo".
A partir de ahí, le dijimos al niño que él sería el encargado de ponerle la comida al gato, pero solo una vez al día, por la mañana. 
A las siete de la mañana está el gato maullando en su puerta, no me arrepiento de nada.
Aún así, el gato seguía sin perder peso. 
O, al menos, el peso suficiente para que el veterinario estuviera contento.
Sospecho que los veterinarios son un poco así, nunca están del todo contentos.
Así que esta navidad, los reyes magos le trajeron al gato un comedero antiansia.
Para los que no estéis familiarizados con esto, es un cuenco que tiene ranuras y grumitos varios para que comer sea más difícil, el gato coma más despacio y le dé tiempo a sentirse saciado.
Esa es , la teoría.
El efecto del comedero antiansia fue limitado. En concreto, limitado a cero.
Yo no entendía nada hasta que una vez más, con toda su inocencia, Nene-kun nos dijo:
-No me gusta ese comedero.
-¿Y eso?
-Porque se queda todo en los huequitos, tengo que poner mucha más comida para que se quede por encima y a Jinmu no le cueste comer.
Señor, dame fuerzas.
-Es que le tiene que COSTAR comer. De eso se trata.
-Ahhh...
-A partir de ahora no le pongas de comer hasta que no se haya acabado todo lo de los huequitos, ¿vale?
-Vale.
Y eso hizo: a la mañana siguiente, viendo que había todavía muchas pelotillas en el comedero, pasó de ponerle de comer.
-Mamá me ha dicho que no te ponga -le dijo.
Bien. A mí no me gusta sacar conclusiones precipitadas, vale, pero acto seguido el gato hizo algo que no había hecho nunca: soltar un ñordo en mis zapatos.
Perfectamente dentro.
O sea, yo no quiero ser malpensada, pero teniendo en cuanta que 1 de cada 3 cacas acaba fuera del arenero, QUE ES UNO DE LOS MÁS GRANDES DEL MERCADO, soltar semejante mojonaco en mis bailarinas sin que se saliera nada tuvo que ser un ejercicio de equilibrismo digno del Circo del Sol.
Que no veáis cómo pesaba (y cómo olía) el zapato con aquello dentro, que lo tuve que llevar arrastrando hasta el cubo de basura.
Unos días más tarde, el gato fue a su revisión trimestral y el veterinario se puso muy contento.
-¡Ha perdido medio kilo!
A ver, perdido, lo que se dice perdido, tampoco, que yo tengo muy claro dónde lo ha puesto.

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Tengo libros muy bonitos, pero bonitos y además de fantasía y buenrrolleros solo tengo uno: Crónicas funestas. En papel y en digital. 


23 enero 2023

Noches de bohemia


Cuando tuvimos a Nena-chan y hablábamos de colecho la gente nos decía: "como la metáis en vuestra cama no la sacaréis nunca de ahí". 
Diez años más tarde, puedo afirmar con total alegría que no solo hemos sacado de nuestra cama a Nena-chan sino también a Nene-kun.
Y entonces llegó el gato.
Desde el principio, ZaraJota y yo estuvimos de acuerdo: el gato en la cama, no.
El que no estuvo de acuerdo fue Jinmu.
A Jinmu le gusta... ¿cómo decirlo? La castidad. Supongo que piensa que si él está castrado "por su bien", los demás también. Y como no puede ir por la vida cortando huevos, pues apuesta por los anticonceptivos de barrera. 
Y la barrera es él. 
No importa qué hagamos ZaraJota y yo: el gato siempre está en medio. Si nos sentamos a ver la tele se pone en medio. Si estamos cerca mientras trabajamos se pone en medio. Si coincidimos en la cocina por motivos ignotos, se pone en medio, y además maúlla. Por si le cae algo, nunca se sabe.
Resumiendo: el gato siempre está en medio.
Salvo una vez, que estábamos jugando al parchís y se puso encima, y entonces le dije a ZaraJota: "parecemos los músicos de Bremen", y por lo que sea eso a ZaraJota le cortó el rollo.
El caso es que ZaraJota y yo ya nos hemos hecho a la idea de que lo nuestro es imposible y que hemos sido separados por el destino. Salvo que el destino es un gato. Y se llama Jinmu.
La cosa ha llegado a tal punto que, en un intento desesperado por tocarnos de vez en cuando, nos metemos en la cama a toda prisa y nos abrazamos en plan fusión nuclear, que de verdad un día vamos a ponernos carbón en medio a ver si con el apretón que le damos lo convertimos en diamante.
Pero el gato no es tonto. O sea, no hay más que ver la vidorra que se pega para darse cuenta de que es el más listo de la casa, si no del universo. Con el tiempo ha desarrollado una técnica que consiste en ponerse en el punto exacto en el que desea estar, sin importarle que nosotros estemos debajo.
Como ya se demostró con el asunto de los músicos de Bremen.
Y luego, deja que las cosas caigan por su propio peso.
Siendo "las cosas" él, y "su propio peso" unos diez kilos.
Es que ha perdido mucho desde que está a dieta.
Como estamos a bajo cero ahora mismo, quizá penséis: "Bueno, al menos os da calorcito". 
PUES NO. 
Porque a medida que el gato baja y su cuerpo gatuno se incrusta entre nuestros cuerpos humanos, arrastra la manta para abajo con él.
Y según la manta baja por un lado, va subiendo por otro. Y el resultado es que acabo siempre durmiendo con el culo al aire, porque es que encima soy tontísima y yo con pantalones de pijama no puedo dormir y me acuesto en bragas.
Pero eso no es lo peor, porque el gato se posiciona siempre de forma que su cabeza queda entre la de ZaraJota y la mía, perfectamente colocada sobre la almohada. Y ME MIRA. TODA LA NOCHE. Porque los gatos son animales nocturnos y de noche no duermen. Solo cazan. Salvo los gatos domésticos gordos y aburguesados. En ese caso solo se meten en tu cama Y TE MIRAN. 
Imaginad que os despertáis en mitad de la noche porque tenéis el culo destapado y se os ha quedado el chichi como Leo agarrado a la tabla, abrís los ojos y lo primero que veis son dos pelotas brillando en la oscuridad.
Y EL RONRONEO.
Porque tú estás ahí en la postura más incómoda posible, con el chichi helao, sin poder dormir, pero el gato ES FELIZ.
Y claro, qué le dices. Que lo disfrute.
Además, no suele durar mucho, porque entre las dos y las tres de la madrugada pasa el camión de la basura y el gato me despierta para que lo veamos juntos.
Que le gustan al gato los camiones de basura, yo qué sé, todos tenemos nuestros kinks.
A mí en verano no me importa porque en nuestra terraza se está estupendamente, pero en invierno y a bajo cero que hemos estado no sé porqué me cuesta más. Pero como el gato maúlla como un poseído hasta que me salgo con él a la terraza y lo último que necesito en esos momentos es que además me despierte a alguno de los niños, pues me salgo a la terraza y veo el camión de la basura con el gato y además lo comentamos ("pues hoy ha pasado más tarde", "pues ese no es el basurero de todos los días") que tengo yo un control de la gestión de residuos urbanos que la verdad es que el ayuntamiento podía pensarse darme una paguita o algo.
Y es es más o menos la rutina de todas las noches, pero es que encima hace un par de días, cuando salimos a ver el camión de la basura entró en casa un bichito. Un mosquito, parecía. Pero debía ser mutante porque de verdad estábamos bajo cero. Que ahora que lo pienso lo mismo no era un mosquito sino un copito de nieve a motor.
Y, como decía anteriormente, los gatos por la noche cazan. Salvo los gatos caseros gordos y aburguesados, que entienden que cazar es algo así como llorar hasta que a su presa le da pena y se introduce ella misma en la boca del depredador, porque lo que es él no se va a mover.
Así que debían de ser como las cuatro de la mañana, estábamos a bajo cero en general y yo en bragas en particular porque me molesta dormir con pantalones, el gato maullaba como un loco, el bichito no se dejaba cazar, yo corría detrás intentando que al menos volviera a salir por donde había entrado, y hacía frío, y sueño, y yo estaba en bragas y sin embargo llovía, y no sé cómo acabé echando al bichito y me volví a la cama a seguir pasando frío allí porque por supuesto que el gato se había puesto en medio otra vez.
Al día siguiente estaba un poco hecha un moco. Hecha varios mocos, en realidad.
-Ay, qué cara traes -me dijeron al llegar a clase.
-Es que no he dormido nada.
-¿Te han dado mala noche los niños?
-Mira, voy a decir que sí porque si cuento lo que ha pasado de verdad me vas a tomar por loca.
 
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09 enero 2023

Noche de paz



Las cosas que hacemos por amor.
Mucha gente no lo sabe, pero en muchos barrios de Madrid la cabalgata de reyes es el 4 de enero. 
La alcaldesa a la que nadie eligió y que llegó al puesto cuando su marido nombró ministro al entonces alcalde, que a su vez la había nombrado a ella vicealcaldesa y por tanto heredó su puesto (todo casualidad, seguro) decidió que esto era necesario para garantizar la seguridad. 
¿La seguridad de quién? Nunca lo sabremos. 
El caso es que en vez de rotar los barrios, o elegirlos cada año por sorteo o lo que fuera, los eligió ya para siempre ella, y qué casualidad que fueron los de rentas bajas, no se podía saber. 
La jugada le salió regulinchi: al no coincidir con la cabalgata "grande", la que se ve por la tele, las cabalgatas de los barrios cada vez atraen a más gente (lo de este año ha sido una locura), son accesibles a más niños de todos los estratos económicos, culturales y sociales. Ya lo comenté en twitter: nunca había visto a tantas mamás con túnica y pañuelo. Sus caras de ilusión y sorpresa están al mismo nivel que las de los niños.
Chúpate esa, dedoalcaldesa.
Bueno, como sin duda sabéis por años anteriores, suelo participar en una de las carrozas de la cabalgata. Por los niños, lo hago por los niños. No es que a mí me haga ilusión ni nada. Que va.
El caso es que al día siguiente siempre estoy al borde de la morición. Pocas horas de sueño, mucho frío, dolor de espalda, agujetas en los brazos de tanto tirar caramelos y en la cara de sonreír (en verdad os digo que si nunca habéis tenido agujetas en la cara de tanto sonreír os está faltando algo en la vida). 
Que no me quejo porque me gusta más que un tonto un lápiz y estoy temiendo el día en que mis hijos digan que ya no quieren subirse porque tendré que poner de excusa al gato o algo, pero es cansado.
El día 5 pensaba remolonear en la cama hasta altas horas de la mañana, como las nueve y media o así, pero en lugar de eso a las ocho de la mañana estaba en correos para recoger un paquete porque al parecer era URGENTÍSIMO que lo recogiera el día 5, no podía esperar a, yo qué sé, el día 9, cuando pase por correos para mis cosas o simplemente por delante cuando llevo a los niños al cole, no sé. 
El paquete era absolutamente gigante. Los brazos no me llegaban de lado a lado. Subía por la calle como una caja con patitas, a las ocho y media de la mañana, bajo cero, cuando me llegó el inconfundible olor a roscón recién hecho y lo seguí hasta una pastelería en la que apenas había una cola de unas veinte o treinta personas.
Bueno, pensé, aprovecho la cola para descansar un rato (la gente de la cola fue súper amable) y de paso me llevo a casa uno de los mejores roscones del barrio. La idea parecía estupenda hasta que la pastelera me dio el roscón y me encontré con que, efectivamente, tenía que llevármelo a casa.
No voy a entrar en detalles de lo que sucedió a continuación; me limitaré a decir que las cajas cuadradas no ruedan grácilmente cuesta arriba por muchas patadas que les des.
Para cuando llegué a casa, mis manos seguían bajo cero pero el resto de mi cuerpo era un bonito exponente del calentamiento global. Las agujetas del día anterior estaban dándolo todo, tenía dolor de cabeza por la falta de sueño y me estaba empezando a pinchar la ciática. De la espalda prefiero no hablar.
Mi plan era llevarme a los niños al mercado de San Isidro, porque nacieron con una tarita mental que les hace adorar ir al mercado y además en el San Isidro siempre tienen animación para niños en estas entrañables fiestas. Pero se me ocurrió abrir la caja y descubrí que no podía porque tenía que hacer horas extra para los Reyes Magos. No voy a negar que me pillé el cabreo del siglo, porque yo ya hice mis horas reglamentarias antes de que los niños empezaran sus vacaciones para poder estar con ellos, y aquello me pareció un abuso real de considerables proporciones. Y luego se me acabó el celo. Y luego, el papel de regalo. Y luego, la paciencia.
Y cuando se me acaba la paciencia discuto con ZaraJota, porque es mi enlace sindical con los Reyes Magos y es la enésima vez que los Reyes Magos nos hacen la misma jugada (aunque debo reconocer que esta no ha sido la peor) y yo pago mi cuota sindical para algo, no sé si me explico. Y nos fuimos a la cama cansados, doloridos y tristes. 
Y NI SIQUIERA NOS PODÍAMOS DORMIR PORQUE ERA DÍA CINCO DE ENERO Y SOMOS PADRES, GUIÑO CODAZO CODAZO.
Los niños estaban nerviosos, claro. Es la noche más importante del año. 
Nene-kun, que se duerme puntualmente a las nueve y media todas las noches, me dijo: 
-Mami, estoy muy nervioso, creo que no voy a poder dorZZZZZZZ...
Y no se supo más.
Nena-chan es más dura de roer. Desde bebé, le cuesta muchísimo dormirse, aunque cuando cae puedes montar muebles a su lado y no se entera (esto ha ocurrido, varias veces). 
Así que nos dispusimos a esperar. Y esperar. Y esperar.
A las diez y media yo, que soy una optimista de la vida, pensé que había ocurrido un milagro: la niña se había dormido. 
ZaraJota cogió el Scalextric y emprendió el camino al salón.
-¿Mami?
Mierda, mierda, mierda...
ZaraJota me lanzó el Scalextric y yo lo oculté tras mi esbelta figura y puse cara de "no llevo un Scalextric escondido a la espalda". Creo que funcionó, porque la niña se volvió a la cama.
Pero despierta, claro.
A las doce seguía despierta.
ZaraJota, ya menos, que hubo un momento que de verdad que pensé mira, le pido a la niña que me ayude y a la mierda todo.
A las doce y media yo ya estaba sujetándome los párpados con palillos. No podía más.
Mira, me dije, me levanto y si la niña me pilla colocando el puñetero Scalextric le digo que todo es un sueño como lo de Resines. 
Y si no cuela, le saco una navaja y le digo que aquí no ha pasado nada y que como lo cuente la rajo, yo qué sé, pero estoy cansadísima, me duele todo y además hace un frío que no es ni medio normal y no encuentro mis zapatillas.
Así que desperté a ZaraJota y colocamos los regalos, que es una de mis cosas favoritas del mundo, colocarlos a escondidas y reírse mucho con cada ruidito que hacemos, y luego volver a la cama calentita a dormir POR FIN.
Entonces el gato empezó a maullar.
Es muy sensible para sus cosas y sus rutinas. Nos avisó cuando se murió Pelotilla. Nos avisó cuando se escapó Nena-chan. Nos avisa todas y cada una de las veces que entra en casa cualquier bichito (lo de cazarlo ya si eso, que se cansa). Y por supuesto nos avisa si de pronto aparecen un montón de cosas en el salón. Repetidas veces. A TODO VOLUMEN. 
-Jinmu, por favor, ven a dormir.
-¡¡¡MIIIIAAAAAAAUUUU!!! ¡¡¡MIIIIAAAAAAAUUUU!!! ¡¡¡MIIIIAAAAAAAUUUU!!! ¡¡¡MIIIIAAAAAAAUUUUUUUUUUU!!! [¡¡¡que me tenéis el salón lleno de mierdaaaaaas!!! ¡¡¡recoged estoooooo!!! ¡¡¡que voy tarde para la siestaaa!!!].
-La madre que te parió, Jinmu.
Nuestra indiferencia obligó a Jinmu a tomar una decisión desesperada: moverse de su sitito. Una vez levantado debió pensar que lo peor ya estaba hecho y la emprendió con todo. 
Desde el dormitorio empezamos a oír golpes, cosas que se caen, cajas arrastradas y maullidos, muchos maullidos.
-Jinmu que me voy a hacer una bufanda contigo, la madre que te parió.
Al fin, y seguramente exhausto por la inacostumbrada actividad, el gato se vino conmigo a la cama y se durmió.
Eran cerca de las tres de la mañana. 
Lo sé porque, apenas unos minutos después, llegó Nena-chan.
-¡Mami, han venido los Reyes!
-...son las tres de la mañana.
-¡El salón está lleno de regalos!
-¿Y están enteros?
-Eh... sí, parece que sí.
-Pues entonces no has visto nada, métete en la cama y a dormir.
-Pero hay...
-NO. HAS. VISTO. NADA.
La niña aprovechó el vacío legal para meterse en mi cama, donde ya estábamos ZaraJota, el gato yo, dormirse y proceder a darnos patadas hasta en el carnet de identidad.
Por suerte, no fue durante mucho tiempo.
Debían ser las siete y media de la mañana cuando se despertó Nene-kun.
-Mami, ¡han venido los Reyes!
-¿Los Reyes? LA REPÚBLICA TENÍA QUE VENIR.

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28 noviembre 2022

La bella Lola


 Ahora que ya sabemos cuáles son las mejores hamburguesas de Barcelona, quizá querréis saber cómo acabó aquella noche. En concreto, cómo acabé en una tórrida relación con la bella Lola. 
La cosa fue que después de comernos unas croquetas (que no unas hamburguesas) a mí se me empezó a caer el párpado cosa mala y dije que quería irme a casa.
Lo que pasa es que no era mi casa, era la de Laia. 
Pero Laia no se quería ir a casa todavía porque decía que quería estar un ratito más con sus amigas. Que no se lo cree ni ella, que todos sabemos que lo que quería era ver en qué acababa el tema de las hamburguesas, pero bueno.
Así que nos fuimos a su casa Sark y yo. En la casa nos recibieron alegremente dos perretes y un gato. 
Bueno, "alegremente" es un decir. Porque si tu ves salir a tu humana con dos desconocidos, vuelven solo los desconocidos, y uno de ellos se mete en la cama de tu humana mientras el otro te dice "ven conmigo de paseo, no seas boba que te va a gustar", lo normal es que sospeches. 
Y mucho. 
El caso es que Sark se fue de paseo con los dos perretes y yo no quiero saber lo que pasó y tampoco lo voy a preguntar, pero cuando llegaron el perrete número 1 se vino para la habitación de Laia, se subió a la cama, me puso el hocico prácticamente en la cara y cuando vio que yo no era la humana habitual salió de la habitación a todo correr.
Entonces volvió a entrar, se subió a la cama, me puso el hocico prácticamente en la cara y cuando vio que yo no era la humana habitual salió de la habitación a todo correr.
Entonces volvió a entrar, se subió a la cama, me puso el hocico prácticamente en la cara y cuando vio que yo no era la humana habitual... bueno, os hacéis a la idea. 
Yo supongo que este es el equivalente perruno a reiniciar el equipo, porque después de unas cuantas veces se rindió y se fue al salón, donde se encontró con el perrete número 2, Lola para los amigos.
Lola no estaba contenta.
Era tarde y su humana se había ido, aparentemente secuestrada por otros dos humanos que le habían okupado la casa.
Luego la habían obligado a salir a hacer caca cuando ella no tenía caca.
Y al volver había dado por hecho que la humana que había en la cama era la suya y todo había vuelto a la normalidad, pero cuando vio aparecer al perrete número 1 (Goliat, se llama, que me acabo de acordar) cabizbajo en el salón dedujo, porque mi Lola es muy lista, que no.
Y entonces empezó a LADRAR.
Pero LADRAR
¿Cómo es posible tanta potencia pulmonar en un cuerpo tan pequeño?
No lo sé.
Al principio esperé que se le pasara, más que nada porque soy una cat person y los perros se me dan regumal. Pensé que Sark se ocuparía, pero los minutos pasaban, los ladridos seguían y Sark no intervenía: así que hice lo que una mujer casada nunca debería hacer: asomarme a su habitación. En plena noche. DESCALZA.
-¿Sark?
La habitación estaba totalmente a oscuras y Sark no contestaba, así que llegué a la conclusión más lógica posible: que le había dado un patatús.*
Desde luego a mí estaba a punto de darme uno, porque estaba muy cansada y no tenía ganas de lidiar con el perrete de Laia y el cadáver de Sark. Por eso hice lo más sensato que se me ocurrió: volver a cerrar la puerta y fingir que no había pasado nada.
Porque no había pasado.
Que yo soy una mujer casada.
Me armé de valor entonces y me dirigí al salón.
-A ver, Lola, deja de ladrar ya...
Que como los vecinos llamen a la policía y vengan y se encuentren con el cadáver de Sark ya sí que no duermo, Lola, y estoy muy cansada.
Para sorpresa propia y ajena, Lola se calló de inmediato.
-Muy bien, muy bien.
La dejé tan tranquila y me volví a la habitación de Laia, pero nada más posar mis delicadas formas sobre las sábanas, Lola empezó a ladrar otra vez.
-Ay, señor...
Me levanté, fui al salón, dije:
-Lola...
Y lola se calló.
-Buena chica.
Me volví a la habitación, me senté en la cam...
-¡GUAU GUAU GUAU GUAU GUAU!
Volví al salón. Empezaba a sentirme como el perrete número uno. 
-A ver, Lorz -me dije-. Usa la lógica. Si estás en la habitación ladra. Si estás en el salón, no. ¿Qué hacemos?
-Dejar que se ocupe Sark. Pero se ha subido a un árbol.
-O está escuchando música con los auriculares puestos -dijo la voz de mi cabeza. Es que es muy lista, a mí no se me habría ocurrido.
-No pienso entrar ahí a averiguarlo -dije-. Que luego se me cae un pelo y viene CSI y la lía. 
La voz de mi cabeza puso los ojos en blanco.
-Entonces supongo que puedes intentar dormir en el salón -dijo.
Por suerte el sofá de Laia es muy grande y tenía mantita, que me había quedado pajarito de andar descalza para arriba y para abajo. Me tumbé en el sofá y Lola se quedó tranquilita.
Supongo que pensó: ha secuestrado a mi humana, ha okupado la casa, pero mañana va a tener las cervicales que se va a arrepentir de haber nacido. Y con eso ya se quedó tranquila.
En el sofá se estaba bien y calentito. Muy calentito. Porque en cuestión de segundos tenía encima al perrete número 1, también conocido como Goliat, y al lado en plan mímame pero sin tocarme al gatete denominado Varsovia. Lola se quedó frita con la satisfacción del deber cumplido.
Este era el cuadro pintoresco cuando apareció Laia, presumiblemente con el estómago lleno de las mejores hamburguesas de Barcelona.
-¿Pero qué haces en el sofá? -me dijo. Bueno, nos dijo. Es que el sofá estaba muy concurrido.
-No te preocupes, no pasa nada, es que me he venido aquí porque creo que Sark se ha muerto.
Ante todo no dramaticemos.



*Sark estaba escuchando música, claro.



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Quedan pocos días para participar en el verkami de Crónicas Funestas
Es para sacar un juego de rol, pero también hay cositas para no roleros como camisetas y libritos y sugus.
¡Apuntarse! 


28 marzo 2022

El impacto

Hace un par de semanas estuve con ZaraJota y los niños en Barcelona.
Lo recuerdo perfectamente: fue justo después de que empezara la Tercera Guerra Mundial y el precio de la luz se multiplicara por dos y justo antes de que el cielo se tiñera de rojo, lloviera barro y la huelga de los transportistas causara desabastecimiento en los supermercados.
Una semana pandemial cualquiera, vaya.
Nos llovió sin parar durante días, pero no íbamos a dejar que algo tan simple como un aguacero nos detuviera. Es lo bueno de estar en guerra con un tío que tiene bombas atómicas: que relativizas mucho.
Así que nos echamos los cuatro a la calle, y acabamos en el parque de la Ciudadela, o parc de la Ciutadella en el idioma nativo. El parque es muy bonito y sospecho que debe serlo más cuando la temperatura está por encima de los 10ºC y no diluvia, pero no seré yo quien juzgue las costumbres aborígenes, y menos cuando en Madrid lleva tres semanas sin parar de llover, que ya no sé si me compensa más coger el paraguas o echar branquias.
Además en el parque había PATITOS.

 os patitos eran monísimos y había muchísimos, que digo yo que si me hubiera echado uno al bolso no lo habría notado nadie, pero ZaraJota adivinó mis intenciones y se adelantó:
-NO.
-¿Qué?
-Sea lo que sea que estás pensando: NO.
-Jooo, yo solo quería un patito.
-No. 
-Uno chiquitiiito, chiquitiiito.
-Que no.
-Yo lo cuidaré.
-Eso dijiste del gato.
-Ahora será culpa mía que el gato te quiera más a ti.
-QUE NO Y PUNTO.
-Jo. 
-Eres peor que los niños. Anda, tira, que hay mucho parque para ver. Y las manos donde yo las vea.
-Jo.
Empezamos a caminar así agradablemente bajo la lluvia y acabamos en un estanquito. En el estanquito también había patitos, pero una mirada de ZaraJota me impidió hacer comentarios al respecto. De montar, en cambio, la mirada no decía nada.
-¡Montemos en barca! -dije.
-NO.
-Vengaaa...
-Tú solo quieres acercarte a los patitos. 
-¡Nooo! El único deseo de mi corazón es que pases tiempo de calidad con los niños.
Y llevarme un patito. Pero vaya, la mierda del tiempo también.
-¡¡¡Sííí!!! ¡¡¡Papi!!! ¡¡¡Vamos en barca!!!
-¿Ves?
ZaraJota puso los ojos en blanco. Lo hace mucho. Creo que es por la alergia.
-Venga. Pero yo remo, que tú eres capaz de naufragar en un estanque.
-Gracias. 
-No era un halago, Lorz.
-Jo.
Nos montamos en la barca y ZaraJota empezó a remar. Esta como Saúl Craviotto. Bueno, la verdad es que no, pero soñar es gratis. El caso es que nos acercó hacia una islita que había en medio del estanque. 
Atención a la fecha, que se nota que me la he currado.
El caso es que en la islita había un pato ENORME. Enorme. O sea, que stop gordofobia y todo eso, pero aquello no era un pato: era un avestruz con las piernas cortas.
-Jajaja, niños, mirad qué pato más grande.
-¡Es verdad!
-¿Es el papá pato?
-¡Pachín!
-Mamááá...
Nena-chan es que es muy así, como de avergonzarse de mí.
El caso es que mientras estábamos ahí haciendo el tonto, bueno, vale, solo yo hacía el tonto, pero lo hacía como para todos, llegaron a la islita dos patos de tamaño normal. Y se pusieron a discutir con el pato grande. No sé de qué, pero debía ser algo muy tremendo, porque el pato gordo gritó: 
-¡CUAC, CUAC! 
Y echó a volar con mucha dignidad sin mirar siquiera.
Por desgracia, nuestra barca estaba justo delante.
El pato nos vio. Nosotros vimos al pato. A partir de ahí, todo ocurrió a cámara lenta. 
El pato abrió los ojos de par en par. Luego, el pico, pero el cuac que pretendía emitir murió en su garganta. Extendió las alas e intentó frenar, pero no había espacio suficiente. Entonces intentó dar marcha atrás. 
Esto os va a sorprender pero resulta que los patos no pueden volar marcha atrás. La maniobra solo sirvió para ofrecer una mayor superficie de impacto. En concreto, contra mi cara.
-Ay.
El impacto o, mejor dicho, el impato, fue épico. El pato era grande. El pato volaba a gran velocidad. El pato estaba mojado. El pato estaba frío. Eso fue lo peor. 
Fue como si me dieran un fregonazo y me dieran con el mocho en toda la cara.
Salvo que el pato olía peor.
Después de semejante choque, el pato voló hasta una barca y estiró la pata.
Literalmente: primero una, luego la otra. Luego un ala, luego la otra.
Creo que estaba valorando los daños.
Mirad cómo disimula.

Mientras, en la barca nosotros también valorábamos los daños. El pato había impatado contra mí, pero había tenido patós: a Nene-kun, que estaba a mi lado, lo había pateado mientras intentaba evitar el golpe. El niño estaba totalmente epatado. Mientras, Nena-chan se quejaba de que el pato no hubiera impatado con ella: es lo típico de los hermanos, solo están contentos si quedan empatados. 
A mí me iba a dar un patatús. 
Zarajota, por su parte, estaba tranquilo.
-Bueno, Lorz -me dijo-, ¿no decías que querías llevarte un patito?
-Sí. 
-¡Pues te has llevado un patazo!
Eso, encima cachondeo.



Editado mismo día, pero más tarde.
Al ver la foto, varias personas me han informado que no se trataba de un pato, sino de una oca. 
Anna me ha explicado además que hay un blog sobre el tema
Estaré atenta por si escriben una entrada del tipo "Gorda golpea a oca con la cara" o similar.


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