19 noviembre 2018

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-Mamá, quero ese gugeteeeeee.
-Es que lo tiene Nena-chan ahora.
-¡Es que me la quitato!
-No es verdad, Nene-kun. Tú estabas viendo la tele y Nena-chan estaba jugando.
-¡Pero es que lo queroooooo!
-Bueno, vamos a hacer una cosa: ve a Nena-chan y le dices, "Nena-chan, ¿me prestas un rato el juguete, por favor?". Y seguro que te lo presta.
-Vale.
Nene-kun se acerca a Nena-chan con una sonrisa amistosa, y cuando está como a diez centímetros le dice:
 -¡Nena-chan, dame el gutete! -y acto seguido se lo quita y le mete un bofetón.
 -¡Nene-kun! -le digo-. ¡Muy mal! ¡No se quita! ¡No se pega! ¡Eso no es lo que te ha dicho mamá!
Nene-kun me pone cada de inocente.
 -Pero mamá, es que hay que compartiiiiir...
Verás si al final me va a salir communista estalinista...



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12 noviembre 2018

El lolinal

Nene-kun es muy pequeño.
La gente me dice:
-No te preocupes que ya crecerá.
Y yo no me preocupo, pero tampoco puedo negar que la pequeñez de Nene-kun ocasiona leves problemas de logística: por ejemplo, tuvimos que retrasar algunas vacunas porque no daba la talla o, mejor dicho, el peso. Tampoco podía tomar algunos medicamentos, por lo mismo.
Cuando se sienta en los asientos plegables del cine acaba convertido en un sándwich y si se monta en un balancín lo más probable es que acabe experimentando el vuelo sin motor. (Una vez se chocó con el triciclo contra un bordillo y salió disparado, dio una voltereta en el aire y aterrizó en el suelo cuan largo era, o sea, poco, mientras ZaraJota y yo mirábamos ojipláticos, que no sabíamos si recogerlo o puntuar el salto).
Encontrar ropa es un número: lo que le está bien de ancho le está corto, lo que le está bien de largo, se le cae (una de sus primeras frases completas fue "se me caen los lalones"). Encima fue muy precoz con el despañale, que quieras que no el pañal hace bulto, y la única forma de conseguir calzoncillos para ese culete era comprarlos de algodón y lavarlos a 60º para que encogieran.
En los últimos tres años me he hecho una experta mundial en poner elastiquillos, meter anchos y encoger ropa interior.
Debería ponerlo en mi currículum.
Os cuesto esto para que entendáis porqué Nene-kun, con sus tres años ya pasados, no usa el inodoro: básicamente, no le llegan las patas. No, ni con el escalón universal de Ikea.
Pero como nuestra vida está falta de emociones últimamente hemos decidido que va siendo hora de decirle adiós al orinal.
Que estoy del orinal hasta el potorro.
O al menos decirle adiós a la costumbre milenaria de hacer caca en el orinal justo cuando es hora de salir de casa para el colegio.
Por favor. 
Así que le dije a Nene-kun:
-¿Qué te parece si hoy hacemos pipí en el váter?
A lo cual Nene-kun respondió:
-No.
Vale, quizá fuera necesario otro enfoque.
Esa noche, cuando Nene-kun se durmió, subí el orinal al sitio más alto que se me ocurrió, esto es, al mueble que hay encima del lavabo, que es donde ZaraJota me pone el rollo de papel higiénico en curso cuando quiere reírse un rato de lo canija que soy.
El muy c*br*n.
A la mañana siguiente Nene-kun fue a hacer pipí y no encontró el orinal por ninguna parte.
-No tá lolinal. Sa ío -anunció.
Y acto seguido hizo pis en el váter, y ZaraJota y yo le aplaudimos y le dijimos que lo había hecho muy bien, y el niño nos miró en plan mis padres son idiotas, y para mí que esto se hereda.
Por desgracia ZaraJota es mala persona.
Esa tarde bañó a Nene-kun y luego lo puso de pie en nuestra cama para vestirlo, que diréis, pues vaya sitio tan raro, pero cuando tienes un niño al que le gusta saltar cuando está desnudo lo menos que puedes hacer es llevarlo a un sitio donde si se cae caiga en blando, que luego en urgencias hay que dar muchas explicaciones.
Y ¿qué se ve perfectamente cuando saltas desnudo en la cama de nuestro dormitorio?
Lo que hay encima del mueble del baño.
Así es como descubrí lo del papel higiénico, obviamente.  
Nene-kun vino a buscarme corriendo (y desnudo).
-¡Mamá! ¡Tá ahí lolinal! ¡Mira!
Y claro, no me quedó más remedio que fingir sorpresa y bajarlo.
-Anda, ¡mira dónde estaba! ¡Menos mal que lo has encontrado!
LÁGRIMAS NEGRAS EN MI CORAZÓN; SI LO LLEGO A SABER PASAMOS DEL BAÑO.
Dejé que el niño usara el orinal un par de días y después, aprovechando que no estaba en casa, lo metí en un armario. Al orinal, no al niño.
A tomalpolculo. 
Cuando el niño volvió, me dijo:
-Mamá, teno caca.
-Claro, amor, ve a hacer caca.
-Es que no tá lolinal. Sa ío.
-No pasa nada, gordito, tú ya eres muy mayor, ¿a que sí?  ¡No necesitas el orinal para hacer caca!
-Vale.
Nene-kun se fue al baño y volvió dejando estala y con un bulto muy raro en los pantalones.
-Bene-kun, ¿te has hecho caca en los pantalones?
-Shiii.
-¿Y eso por qué?
-Soy mu mayó. No nesesito lolinal. 
Me da que la comunicación ha fallado en algún punto.


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05 noviembre 2018

Los efectos secundarios

Pues esta es la situación.
A la enésima vez que fui al médico de cabecera con una contractura muscular en el cuello y/o la espalda y andando como las muñecas de Famosa se dirigen el portal para regalarle al niño su cariño y su amistad y Jesús en el pesebre sonríe porque está alegre nochebuena de amor, navidad jubilosa, es el mensaje feliz, de las muñecas Famosa, es que una vez que empiezo o la canto entera o no me quedo a gusto, el médico me dijo:
-Esto es por la tensión.
-Ah, por eso voy siempre dando calambre.
-No, por la electricidad no. Por el estrés.
-Ah.
Se ve que cuando estoy en tensión, que es prácticamente siempre, aprieto tanto la mandíbula que me hago daño en el cuello.
Después de saber esto, ZaraJota perdió súbitamente todo interés por el sexo oral. 
-¿Has pasado últimamente por alguna situación estresante? -me preguntó el médico.
-Pues verá...
Seis horas más tarde salí de la consulta con una receta para un antidepresivo, que ahora que lo pienso no sé si era para mí o para el médico, que después de escucharme tenía muy mala cara.
Simultáneamente una persona de mi entorno cuyo nombre no desvelaré para garantizar su derecho a la intimidad también fue al médico porque tenía un derrame en el ojo.
-Hola -dijo-. Soy ZaraJota. Vengo porque tengo un derrame en el ojo.
El médico le miró el ojo y dijo:
-Esto es por la tensión.
-Ya.
Se ve que cuando esta persona anónima cuyo nombre no vamos a mencionar está en tensión los ojitos le hacen "pop".
-¿Has pasado últimamente por alguna situación estresante?
-Defina "últimamente".
Seis horas más tarde la persona anónima salió de la consulta con una receta para un antidepresivo.
Ambos compramos nuestro antidepresivo y lo llevamos a casa.
Yo empecé a tomarlo y me pasé el primer día riéndome como una loca, el segundo en posición fetal mirando la pared con los ojos vacíos, y a partir de ahí, muy bien.
O sea, tampoco es que fuera dando saltos por la calle.
Que tengo la espalda hecha m**rd*. 
Pero de pronto desapareció mi bola de angustia.
Llevaba tanto tiempo ahí que ya no me acordaba de que se podía vivir sin ella.
De hecho, me cuesta mucho escribir sin ella. Me falta como... odio. 
Para ser sincera, no recuerdo haber vivido sin ella. Nunca.
Y además, no notaba ningún efecto secundario.
 Aparte de que me cuesta mucho más escribir personajes repugnantes a los que asesinar brutalmente después. Pero creo que puedo vivir sin eso. 
Estaba encantada con mis pastillitas.
Pero cuando se me acabó la primera caja y fui con mi receta electrónica a comprar más, el farmacéutico me dio unas totalmente diferentes.
-Creo que esto no es -le dije.
-Sí es. Es lo que pone en tu receta.
-Pero lo que yo estaba tomando venía en una caja verde, y esta es rosa.
-Pues lo que tienes recetado es esto.
-¿No será que han cambiado la caja?
-Siempre ha sido así.
-¿Y si la otra vez me dieron un genérico o algo?
-No hay genérico de esto, señora.
-Tiene que haber un error.
El farmacéutico me enseñó la pantalla y efectivamente, me estaba dando exactamente lo que me habían recetado.
Me fui a casa con mis pastillas, un poco confusa.
¿Me habrá cambiando el médico la receta por su cuenta?
¿Se puede hacer eso?
¿Se confundiría el primer farmacéutico?
¿O el segundo?
A lo mejor era lo mismo, pero de dos marcas diferentes, y cada farmacéutico tenía sus manías.
Ni idea.
Bueno, empecé a tomarme mis nuevas pastillas y, definitivamente, aquella no era la misma mandanga.
Me sentaba muy mal.
Ya no es que no pudiera escribir gore, es que todo lo que escribía parecía sacado del BOE. Y la bola de angustia volvió convertida en BOLÓN. Casi no podía respirar. Y solo pensaba en COMER.
Cuando llevaba varios días comiendo donuts coincidí por ahí con la persona anónima de la que hablaba antes.
En concreto, coincidimos en la cama, porque esa noche nuestros hijos habían decidido dormirse cada uno en la suya, para variar.
Y le conté la situación.
-Creo que estas pastillas no son las mismas de antes, pero el farmacéutico dice que son las que tengo en la receta.
-¿Cuáles son?
-Estas.
-No puede ser, nos habían recetado lo mismo a los dos, ¿no?
-No lo sé. ¿Cuál es la tuya?
-Una verde.
-Como la mía. ¿Y te sentaba bien?
-Ah, es que no me la estoy tomando.
-¿Y eso?
-Porque no las encuentro por ninguna parte. Las dejé en tu mesilla y cuando fui a buscarlas la caja verde había desaparecido, solo había una caja rosa.
-Ay.
-No me gusta ese "ay".
-ZaraJota, creo que llevo un mes tomándome tus pastillas.
-Ay.
Bueno, pues después de eso tuve que volver al médico para una consulta "de seguimiento".
No sabía muy bien cómo explicarle la situación porque, admitámoslo, "es que las pastillas de mi marido me sientan mejor que las mías" suena un poco a vieja loca adicta a "Saber vivir".
Y eso, siendo optimista.
Pero el médico se lo tomó muy bien.
Es que ya me conoce y eso. 
-No te preocupes, Lorz, las dos son prácticamente lo mismo.
-¿En serio?
-Sí, solo se diferencian en un efecto secundario sin importancia: la rosa abre el apetito y muchos pacientes engordan cuando la toman.
"Sin importancia", dice.





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29 octubre 2018

Halloween 2018

La vieja y malvada bruja
quiso sacarse un dinero
supo que había una feria
y allá fue con su puchero.
En el centro de la feria
ella montó un tenderete
y puso el puchero al fuego
y empezó a cortar filetes.
Ancas de rana,
muslos de rata,
también una araña
con todas sus patas.
Y mientras cocía
escribió un letrero:
"por una moneda
cuenco de puchero".
Pasó una señora,
pasó un caballero,
miraron con asco
a bruja y puchero.
Pasó una anciana
vio ancas de rana
y salió corriendo
sin bastón ni nada.
¡La bruja mohína
porque ella creía
ser la más mejor
en una cocina!
Pasó un pequeñajo
cubierto de andrajos
miraba el puchero
con cara de anhelo.
La bruja suspira
y sopa le da;
total, va a tirarla,
que le importa ya.
El niño se come
todo el contenido,
la bruja lo observa
comer entre gruñidos.
Termina el primero,
un segundo y un tercero;
la bruja le ofrece
cucharón y puchero.
Se lo come todo,
apura y rebaña,
¡está tan delgado
y tiene tanta gana!
La bruja lo mira,
medita y cavila
si llevarlo a casa
y darle más comida.
Está tan flaquito
ese pobre niño...
necesita comida
y necesita mimos.
Con mucho cuidado
engorda seguro...
¡y entonces la bruja
se lo come crudo!


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22 octubre 2018

Lo del wifi, bonus track

Venga, va.
La última.

Por suerte, no todo en el vida es el wifi: también están los datos del móvil.
Y además, ¿quién se acuerda de internet en vacaciones? 
Yo, j*d*r, yo, quiero internet, NECESITO internet, y me da igual si soy una adicta, ¿me oís? ME DA IGUAAAAAAL...
Lo bueno de las vacaciones en el pueblo es que además se pueden hacer muchísimas cosas chulas. A veces todas el mismo día. 
Es lo que pasa cuando no tienes internet, que te sobra el tiempo por todos lados. 
Había días que nos levantábamos al amanecer, nos íbamos a coger moras y semillas de donpedro (si la próxima primavera empezáis a ver donpedros por Carabanchel ya sabéis de dónde han salido), luego al mercadillo, luego a la compra, a la una estábamos comiendo, y todavía nos daba tiempo a ir a la piscina hasta que caía el sol, volver a casa, ducharnos, pasear por el pueblo, cenar, ir al cine de verano, llegar a casa y decir, anda, si todavía no son las once de la noche y además da igual la hora que sea porque los niños todavía están dando saltos. 
O, como muy sabiamente lo expresó mi madre: "Menos mal que existe Ladybug, porque ya no puedo más"(acto seguido echó la cabeza para atrás y se quedó frita en el sofá).
Cuando los niños se quedaban dormidos por fin me los llevaba a la cama y me quedaba mirando al techo, insomne perdida, con un niño a cada lado.
Empezamos a dormir juntos porque durante los primeros días estuvimos en la casa ciento cien personas (nueve)  y no quedaban camas, pero cuando se fueron todos y me quedé a solas con mi madre siguieron durmiendo conmigo porque esa casa de noche me da un miedo que te c*g*s y no quería dormir sola para que no pasaran miedo por la noche, pobrecitos. 
Pero los niños y el miedo que te c*g*s no eran la razón por la que no podía dormir. 
Tampoco los gritos de los vecinos que hacían barbacoa nocturna debajo de mi ventana un mínimo de diez veces por semana, os lo juro, jamás he visto a una gente que le gustaran tanto las barbacoas, de verdad que su médico tendrían que decirles algo, que se les van a poner las transaminasas por las nubes. 
Si no podía dormir es porque padecía un caso grave de maternitis aguda: estaba tan cansada y me dolía todo tanto que no podía conciliar el sueño, y me quedaba mirando al techo, viendo como giraba lentamente y sin razón alguna la lámpara, o como la araña que tenía también en el techo, justo a la altura de mi cabeza, hacía bolitas con los mosquitos que cazaba y los ponía a curarse como un jamón de bellota, pero en mejor porque las moscas tienen más patas que los cerdos y lógicamente cunde más. 
Así que una noche me tomé media (ahí, locamente) pastilla para dormir antes de irme a la cama. De hecho, ni siquiera era una pastilla para dormir, sino un lorazepam. Bueno, uno no, medio. Que me pierdo yo sola.
Gracias al abuso de estupefacientes caí en la cama como una piedra, con un niño debajo de cada sobaco, y dormí hasta la mañana siguiente, eso sí, pero tuve una pesadilla horrible: soñé que volvía a darle teta al artista antes conocido como Bebé-kun. Mejor dicho, soñé que Nene-kun, aprovechando la nocturnidad, la cercanía y que la camiseta del pijama me quedaba ancha había vuelto a la no-tan-lejana costumbre del buffet libre nocturno.
Cuando me desperté sentí muchísimo alivio: solo había sido una pesadilla. Me cosquilleaban las tetas, pero seguramente era solo sugestión, por la pesadillas. Y tenía la camiseta levantada, pero vaya, con lo que me muevo dormida podía ser cualquier cosa. Y tenía un cerco de leche en la camisera pero bueno, a mí no me gusta exagerar pero quizá sea el momento de que cunda el pánico.
Venga, Lorz, me dije. Mantén la calma.
Piensa que las hormonas son muy hijafrutas.
Es posible que al estar tantos días durmiendo con el niño se hayan, yo qué sé, reactivado de alguna manera.
Además, el artista antes conocido como Bebé-kun estaba a punto de cumplir tres años, y aunque yo no me notaba especialmente mustia por lo rápido que pasa el tiempo y hay que ver, que mi bebé está creciendo y todo eso, más bien al contrario porque han sido tres años larguísimos y difíciles y no veía el fin, era posible que a nivel subconsciente sí.
Seguro que es eso, me dije.
Hormonas, cansancio y penita porque el niño se hace mayor.
Nada de qué preocuparse.
Jajajajajajajaja.
Qué boba.
Estaba riendo histéricamente de buena gana cuando se despertó el niño.
-Hola, gordito.
-Quero sayunar.
-Claro. ¿Quieres colacao?
-No, quero más netita.
Quizá haya llegado el momento de que cunda el pánico. 

15 octubre 2018

Lo del wifi, 7

Previously in Lorz...
Enseñando el matojo a toda la villa.

Pues cuando llevaba tres días en la casa con nosotros mi padre dijo que se volvía a Madrid.
-Tengo que trabajar.
-Pero si tenías dos semanas de vacaciones.
-¡Falso!
-Mira, nos hiciste un cuadrante y todo.
-Bueno, pues... me han llamado. Sí. Eso. Tengo que cancelar mis vacaciones con vosotros y volver a Madrid urgentísimamente.
Y me tiró el router a la cara y salió corriendo y agitando los bracitos.
Se ve que había aparcado lejos o algo, yo qué sé.
Fue mi momento de triunfo: al fin tenía el router en las manos.
Lo abrí, conseguí la contraseña, lo volví a cerrar, lo enchufé para cargarlo y lo encendí...
Y nada.
Pero nada de nada.
Aquello no pillaba señal lo pusiera donde lo pusiera, ni siquiera en el sobrao inquietante, ni siquiera en el alfeizar de la ventana, ni siquiera atándolo a un palo y agitándolo sentada en el alfeizar de la ventana.
Mi padre me había dicho que la señal era mala porque las paredes de la casa son muy gordas, pero el maldito cacharro no pillaba señal ni en la calle, que a lo mejor es que la tecnología ha avanzado tanto que aunque estés en mitad de la plaza el servidor dice "a esa no le des señal, que es la de la casa con paredes gordas", pero vaya, yo diría que no.  y gastando MIS DATOS DE MI TELÉFONO, que si eso no es violencia estructural ya me dirás tú qué es.
Como no podía entretenerme con internet me entretuve haciéndole fotos a las lámparas y a mandárselas a mi padre por whatsapp porque siempre dice que las lámparas de esa casa le dan miedo y pensé PUES SI ME DEJAS SIN WIFI TE VOY A LLENAR EL WHATSAPP DE LÁMPARAS.
Sin rencores.
Entonces fue cuando me di cuenta: el papel de plata.
Estaba en el calentador.



Y pensé: lo mismo no está bien sellado y pusieron papel de plata para evitar que salga el humo.
No es que sea la mejor solución, pero en un momento de emergencia te hace el apaño. 
También había papel de plata en la lámpara de la cocina.

Bueno, pensé, igual el cable estaba un poco pelado y le pusieron papel de plata para taparlo. Que no digo yo que poner algo metálico en una conducción eléctrica sea la mejor de las ideas, pero bueno, yo tampoco soy la más brillante de las personas así que no puedo criticar. 
Más difícil de explicar fue lo de la reja de la cocina. 


Vale, me dije, lo más seguro es que estuviera un poco oxidada y lo hayan tapado con papel de plata para que no manche. A diferencia del calentador y del cable presuntamente pelado aquí si me atreví a investigar, pero no hubo forma: aquello estaba repegao y no hubo forma de quitarlo. 
Daba igual, porque ahora que me había fijado en el papel de plata ya lo veía por todas partes: en la lámpara del pasillo:


En la lámpara del dormitorio: 


En el marco de un cuadro: 



Vale. 
Podía entender que se pusiera un poco de papel de plata en el tubo del calentador. En las lámparas. Incluso en la reja de la cocina. Pero ¿en un cuadro? ¿En el marco de madera? ¿Por qué?
Solo había una explicación posible: mi padre había forrado la casa con papel de plata para evitar que entrara la señal de internet. 
Me fui hasta mi madre con los brazos en jarras. 
-¡Padre ha arruinado mi vida!
-Creía que habíamos dejado esta etapa atrás. Hace como veinte años o así. 
-¡Ha forrado la casa con papel de aluminio para que no coja wifi!
-...
-Mira, mira: el calentador, las lámparas, ¡el cuadro, j*d*r, el cuadro!
-Lorz, eso siempre ha estado así. 
-¡No me lo creo!
Que una ha leído a Stephen King y sabe que cuando algo ha estado siempre así es que ayer no existía. 
-Tengo fotos.
M**rd*.
Mi madre no ha aprendido todavía a usar el filtro beauty del móvil, así que era impensable que hubiera trucado las fotos. No me quedaba más remedio que aceptar la realidad: el papel de plata siempre había estado ahí. 
Pero ¿por qué? 
Después de pensarlo mucho, en plan como diez segundos o así. 
-Creo que ya sé por qué hay tanto papel de plata por todas partes. 
-Por favor no me digas que es una conspiración del gobierno para que no tengas wifi. 
-¡Por supuesto que no! Es para que los extraterrestres no nos lean el cerebro. 
Mi madre se lo pensó también mucho, en plan cinco segundos, puede que diez. 
-Puede ser... Porque como lean el tuyo, nos aniquilan sin dudarlo. 


Fin





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Si quieres. Que no es obligatorio. Ojito cuidao ahí que nos ponemos muy tensos a veces.

08 octubre 2018

Lo del wifi, 6

Previously in Lorz...
Libando rocío con las hadas.


Para tranquilidad de Necio Hutopo lo primero que os voy a decir es que Hermano Mediano estaba en casa tan tranquilo, tirado en el sofá y jugando con la Nintendo Switch.
En su defensa diré que está muy lesionado de varias partes de su cuerpo, que necesita una especie de tobillera para andar, que con la tormenta se le había mojado y que después de quitársela estaba rabiando de dolor y sin poder ponerse de pie.
Hermano Pequeño y yo fuimos a comprarle una tobillera de urgencia en cuanto solucionamos el resto de la papeleta.
Y había mucha papeleta que solucionar.
El carrito tenía como cinco centímetros de agua dentro.
Niños y adultos estábamos ensopados.
Toda la ropa, la merienda, las toallas, los millones de juguetes, todo, estaba chorreando agua.
Parecíamos supervivientes del Titanic.
Y encima mi padre no paraba de hacer preguntas estúpidas.
-Pero ¿por qué no me habéis llamado para que os fuera a recoger con el coche?
Vale, a lo mejor la pregunta no era tan estúpida.
-No se nos ocurrió. 
Puede, PUEDE, que cuando empezara a llover me viera en mitad del campo con dos niños pequeños y entrara en pánico sin tener en cuenta que me rodeaban cuatro adultos más, y que mi padre estaba en casa con el coche perfectamente aparcado y las sillas de los niños puestas.
Puede que Hermano Pequeño también entrara en pánico debido a un razonamiento similar y saliera corriendo con el carrito sin pararse a pensar en nada.
Puede que mi madre llegara a las mismas conclusiones y saliera corriendo también.
Puede que los tres hiciéramos el camino gritando, corriendo y agitando los bracitos mientras la Tita del Puerto y Hermano Mediano nos seguían sin entender qué mosca nos había picado de pronto.
Puede.
Lo importante era que ya estábamos en casa.
Mi madre se puso a bañar a los niños y yo me puse a achicar agua del carro, a tender toallas, a buscar ropa seca, qué se yo.
En algún momento me di cuenta de que estaba tiritando, pero solo pensaba en que los niños no pillaran frío, así que me quité el bañador para no coger lo que mi abuela llama "una infersión en el chichi" y seguí con el vestido mojado en plan comando para arriba y para abajo.
Ya había parado de llover, los niños estaban limpios, secos y tomando leche calentita, y pensé en llevarme el carro a la fuente para limpiarle el barro que tenía por todas partes. Lo arrastré hasta la fuente y lo miré por todas partes: parecía que lo mejor era ponerlo bocabajo y echarle cubos de agua a saco. Me agaché para volcarlo y entonces sentí una brisilla en cierto sitio.
M**rd*.
Cuando volví a casa con el carro limpio me encontré a mi madre en el pasillo.
-Madre -le dije-: no llevo bragas.
-Filla: preferiría no saberlo.
-Creo que los vecinos también, pero no les he dejado elección.



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