28 septiembre 2020

La vuelta al cole

 


La vuelta al cole bien, gracias. 
Os voy a ahorrar mi opinión sobre Lord Vetinari la presidenta de la comunidad de Madrid y su gestión, que básicamente ha consistido en decir "que se haga la luz" y a esperar que la luz se haga mágicamente, sin plantearse por un momento cómo, ni facilitar medios, ni proponer ideas, ni dar tiempo a ponerlas en práctica porque todo se hace a última hora, mal y, por motivos que no acabo de entender, ofendiendo al mayor número de madrileños posible.
Bueno, al mayor número no. Solo a los que no les votan.
Por si habéis estado viviendo en Marte durante el último mes y os habéis perdido el sainete, aquí os dejo el resumen de Polònia:





Si ya estáis al tanto de que Madrid es España, porque qué es Madrid sino España dentro de España, y España es Madrid, y Madrid es Madrid... y Barajas... paso directamente a contaros mi peripecia. 
Septiembre suele ser el peor mes para la carga maternomental: se junta el cambio de temporada (probar la ropa del año pasado, disponer de la que se ha quedado pequeña, adquirir nueva), la vuelta al cole (no voy a abrir ese melón, pero la cantidad de minitareas asociadas a la vuelta al cole es infinita) y, en nuestro caso, los cumpleaños de los niños (fiesta, regalos, familia, amiguitos) y de dos sobrinos (que no hacen nada malo, las criaturas, pero están lejos y requiere un poco de organización).
Y este año, además, el coronavirus. 
La madre que lo parió. 
El colegio, que ha solucionado con mucha imaginación todos los problemas que Lord Vetinari la comunidad no ha tenido a bien considerar, convocó una reunión informativa por tandas, al aire libre y manteniendo las distancias.
-Los niños -nos dijeron- entrarán a diferentes horas según el curso en el que estén, y saldrán también a diferentes horas.
Eso nos pareció muy sensato, aunque los primeros días se me olvidó más de una vez que Nene-kun salía antes y el pobre se quedó más tirado que una loncha de chóped en un recreo de los ochenta. 
-Les tomaremos la temperatura a la entrada. Salvo que la comunidad todavía no nos ha facilitado los termómetros. Y no sabemos cuándo nos los van a dar. Así que de momento, tomarles la temperatura en casa.
Eso también nos pareció muy sensato, lo que pasa es que el que tenga hijos ya sabe cómo son las mañanas y que lo último que necesitas es, además, pararte a poner termómetros. Además, y os aseguro que yo no lo creía posible, se nos acabó la pila del termómetro después de tan solo quince años de uso. Debe ser la obsolescencia programada esa. Y bueno, ya sabéis lo que pasa con las pilas: que no te acuerdas de comprarlas nunca.
Así que yo si veía que los niños se levantaban con ganas de hablar daba por hecho que estaban estupendamente y para el cole.
Además, los termómetros de la comunidad llegaron antes de lo esperado (teniendo en cuenta que yo apostaba por que no llegarían nunca) y empezaron a tomarles la temperatura en la puerta enseguida, así que una cosa menos. 
-A la hora de entrar, cada curso formará una cola junto a la puerta, manteniendo el acceso despejado y la distancia de seguridad en todo momento.
Ahí me entró la risa floja, porque ya me conozco yo cómo funciona el tema de mantener el acceso despejado: los primeros que llegan se colocan a un ladito ordenadamente, y los que vienen tarde ven la puerta despejada y se colocan ahí porque "no hay nadie" o "es que como estabas lejos no sabía si estabas esperando" o porque patatas, directamente.
La distancia de seguridad entre padres ya si eso.
-Después de tomarles la temperatura, los niños se limpiarán los zapatos en una alfombrilla desinfectante y luego en una zona de secado. 
Eso me pareció muy bien. Además, mis hijos ya están acostumbrados porque en la piscina tienen el mismo sistema. El primer día que fuimos, el monitor les dijo que se pusieran en la alfombra e hicieran el Michael Jackson. Nena-chan le miró de arriba a abajo y me preguntó quién era Michael Jackson, y creo que el monitor todavía está llorando debajo de una mesa, pero aparte de eso todo bien.
-Se limpiarán las manos con gel hidroalcohólico y subirán a su clase.
Creo que ahí iba un "ordenadamente" pero la seño no fue capaz de decirlo y mantener la seriedad.
-En la clase habrá siempre una ventana y una puerta abierta.
Teniendo en cuenta dónde está el colegio y que alguna mañana hemos visto temperaturas de -5º en la glorieta, este último punto me parece una burda estratagema para poner de moda los fachalecos, pero bueno. 
-Los niños se lavarán las manos mínimo cinco veces al día. 
En septiembre hay jornada intensiva y sólo van cuatro horas. Echad la cuenta vosotros mismos.
La seño ya la debe tener echada, porque añadió: "Y si queda tiempo entremedias ya intentaremos dar clase si eso".
-Los niños deberán traer una mascarilla puesta y otra de recambio, además de una bolsita de tela para guardar la mascarilla (la puesta, no la de recambio) mientras se toman la merienda.
Ostras, que además de todo tienen que merendar. Calculo cinco minutos de clase diaria, y eso si ninguno se hace pis.
-La merienda tiene que venir de tal forma que la puedan abrir sin ayuda, ya que las seños tenemos que intentar, dentro de lo posible, no tocarla.
Adiós, yogur. Adiós, batido. Adiós, tuppers que cierran perfecta y herméticamente. Hola, liquidillos misteriosos y migas en el fondo de la mochila. 
-Los niños deberán traer sus propios pañuelos, toallitas, gel y jabón.
Bueno, como no van a necesitar libros porque no les va a quedar tiempo para la clase, tendrán sitio de sobra en la mochila.
-No se puede compartir. No se puede prestar. No se puede ser afectuoso.
A la mierda los tres pilares básicos de la educación infantil. No lo digo yo, lo dijo la seño, pero más educadamente.  
Bueno, no os aburro con más detalles. 
El caso es que las seños nos dejaron con la tranquilidad de que el cole era un espacio seguro (física y, lo más importante, psicológicamente, dadas las circunstancias), de que intentarían hacer su trabajo lo mejor posible y que si todos poníamos un poquito de nuestra parte todo iría razonablemente bien.
Las mamás nos volvimos a casa, preparamos toda la impedimenta de mascarillas, bolsitas, geles, jabones y la madre que no trajo a todos y también preparamos a nuestros hijos, o al menos yo lo hice. 
Les expliqué que el cole iba a ser un poco diferente este año, que tenían que seguir nuevas normas, que no se preocuparan porque si hacían caso a la seño todo iría bien.
Los niños fueron al cole el primer día y salieron encantados de la vida porque tenemos unos profesionales de la docencia que no nos los merecemos.
-Mamá, mamá, ¡lo he hecho todo súper bien!
Nena-chan es así, de autoestima generosa.
-¿De verdad?
-¡Sí! 
-No me he quitado la mascarilla, no he tocada nada, me he quedado en mi sitio y me he lavado las manos.
-¿Con gel o con jabón?
-Una vez con gel y las demás con jabón.
-¿En el baño?
-Sí.
-Anda, qué bien -entonces me acordé de que todavía no habíamos llevado el material, que suele incluir rollos de papel de cocina para estos menesteres-. Oye, ¿y cómo te las has secado?
-¡En la sudadera!
Vale, vamos a morir todos. 


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Si estás convencido de que todo va a salir bien (pero poco) necesitas una de estas

21 septiembre 2020

El sello de aprobación


Como seguramente sepáis todos los que me hayáis visto llorar en Twitter, Correos no ha estado funcionando demasiado bien. 
A ver, partimos de la base de que Correos no ha funcionado demasiado bien nunca. O sea, se supone que el servicio que ofrecen es enviar cosas, pero cuando vas a enviar algo y te dicen "si no quieres que se pierda por el camino es mejor que lo envíes certificado" llega un momento en el que más que un servicio parece una extorsión.
Pero bueno, en condiciones normales sabes que pagas el impuesto revolucionario certificado y las cosas llegan.
El problema es que este año no está siendo muy normal, no sé sí lo habéis notado. 
La madre que lo parió. 
Así que cuando llegó el momento de enviar las recompensas del #relorzfunding, allá por febrero, las cosas no salieron exactamente como esperaba.
Primero, todo lo que envié a finales de febrero y principios de marzo vino devuelto. 
¿Por qué?
"Ausente de domicilio".
Es decir: según Correos, durante el mes de marzo de 2020, en pleno estado de alarma y con el confinamiento más estricto, no pudo entregar los paquetes porque los mecenas no estaban en su puñetera casa. 
Que a ver, pongamos por caso que los mecenas son un poco sinvergüenzas, no digo yo que no, y que alguno estuviera bailando la conga en la calle cuando estaba prohibido, pero ¿todos? Pues no sé, me cuesta un poco creerlo, la verdad.
Visto lo visto, detuve el envío de recompensas y esperé a tiempos mejores.
Los tiempos mejores todavía no han llegado porque sigue siendo 2020 y eso, pero al menos pasados unos meses nos desconfinaron y retomamos los envíos.
Y ojo, que algunos llegaron. Pero aproximadamente el 20% no. Esta vez, el motivo no era "ausente de domicilio" sino, en la mayoría de los casos, "no recogido en oficina". 
Después de hablar con varios mecenas, llegué a la conclusión de que no habían recogido los paquetes porque Correos no les había dejado aviso en el buzón de que tuvieran que recoger nada y como resulta que no son adivinos pues no se les había ocurrido pasar por la oficina a ver si tenían algo. 
(Y si lo hubieran hecho, les habrían dicho que no podían darles nada sin el aviso).
Entonces llegó agosto y alcanzamos una nueva fase en la que los paquetes ni llegaban ni volvían y no teníamos ni idea de lo que había pasado. 
Os cuento todo esto para poneros en antecedentes de lo que ocurrió a continuación.
En septiembre, y cuando yo empezaba a estar un poco hasta las narices de Correos, del #relorzfunding y de la rana cantando debajo del agua, empecé a encontrarme avisos en el buzón porque al parecer, el destinatario no estaba en casa cuando le fueron a llevar el paquete pero yo tampoco cuando vinieron a devolvérmelo, a pesar de que mi marido trabaja en casa y sólo sale a tirar la basura, y yo sólo salgo a llevar a los niños al colegio y hacer la compra y además normalmente la que le abre la puerta al cartero soy yo. 
Pero bueno, supongo que, ciertamente, si estoy abajo abriéndole la puerta al cartero no estoy en mi casa para que me entreguen el paquete: un punto para ti, Correos.
En fin. 
El caso es que acumulé avisos de correos y cuando ya tenía un taco que era como el tomo de la A de la enciclopedia me fui a la oficina feliz como una lombriz. 
-No podemos darte estos paquetes-me dijeron-: están a nombre de FoscaNetworks.
En aquel momento maldije muy mucho y por lo bajo la idea de usar pegatinas para ahorrarme poner el nombre del remitente.
Por suerte iba preparada.
Yo siempre voy preparada.
O sea: tengo hijos y son un poco trolls.
Más me vale ir preparada.
-Ah, claro, pero he traído toda esta documentación que demuestra que puedo operar en su nombre.
-Eso no me sirve.
Ahí reconozco que bufé un poco por lo bajo porque si la documentación le sirve a Hacienda, a la Seguridad Social e incluso a Correos para hacerme la tarjeta Correos que usé para enviar por Correos los mismos paquetes que ahora estaba intentando recuperar en Correos, no entendía por qué no le podía servir a Correos. 
Pero bueno.
-Está bien: ¿qué necesitaría para demostrar que puedo operar en nombre de FoscaNetworks?
-Un sello.
-¿Cómo?
-Un sello de caucho. 
-Tiene que ser una broma.
-Ya sabes, con el mando de madera y las letritas; lo mojas en tinta y...
Salí de la oficina que no sabía si reírme o si llorar o qué. 
Después de toda la documentación que había llevado... ¿les parecía más fiable un sello?
Pero si se pueden hacer hasta con una patata...
De hecho, hace meses que compuse un sello para mandarlo a hacer, pero todavía no lo había encargado porque me parecía que en el siglo XXI ya lo teníamos superado.
En fin. Salí de la oficina de Correos y ya que estaba al lado me metí en el Lidl a comprar patatas para hacer un sello porque había visto que tenían cosas para la vuelta al cole y pensé que dadas las circunstancias por todos conocidas serían lexatines o algo así.
Resultó que lexatines no había, en cambio tenían sellos para marcar la ropa.
Nada más verlos me entró la risa floja.
Puedo, pensé, ir a casa, donde tengo unos iguales para marcar la ropa de mis hijos, componer un sello y volver a Correos mañana. 
Ooo, puedo comprar otro, componerlo aquí mismo y llevarme los dichosos paquetes del #relorzfunding hoy.
Así que compré el sello, lo compuse sobre la marcha, sellé los avisos de correos y volví a la oficina. 
Reconozco que me sentía un poco estafadora de la vida. Me sudaban las palmas de las manos y un sudor frío recorría mi espina dorsal porque he leído mucho Stephen King. Le enseñé los avisos sellados a la señorita de la ventanilla y le dirigí mi mejor sonrisa inocente, aunque ella jamás lo supo porque llevaba la mascarilla puesta, claro.
-Pero esto... 
ES UN SELLO DEL LIDL PARA MARCAR LA ROPA DE LOS NIÑOS Y LO ACABO DE MONTAR YO MISMA EN UN BANCO DE LA CALLE ESTÁ BIEN LO CONFIESO POR FAVOR NO LLAME A LA POLICÍA...
-¿Sí?
-Se han olvidado de autorizarte. ¿Ves? Además de poner el sello, la empresa tiene que rellenar el campo de "Autorizo a...".
Está bien, Lorz, tranquilízate: todo está bien. Te han pedido un sello de la empresa y tú has hecho un sello para la empresa, por fin. No hay que ponerse nervioso. Es perfectamente válido ya que, entre otras cosas, en cualquier caso tendrías que ser tú la que encargara el puñetero sello.
Compórtate con naturalidad y todo irá bien.
-Entonces, ¿la empresa sólo tiene que rellenar ese campo?
Muy bien, Lorz. Disimula.
-Eso es.
-Estupendo. ¿Me presta ese boli un momento?
Adiós al disimulo.


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14 septiembre 2020

La vida interior

 
―He pillado lombrices en el pueblo ―le dije a ZaraJota.
―Ya lo sé ―me contestó, muy despacio, el verano pasado.
El verano pasado volví del pueblo con lombrices. El médico me dijo que lo más seguro era que me lo hubieran pegado los niños, pero mis hijos no tenían ni tuvieron absolutamente ningún síntoma de vida interior.
Sin embargo, como habíamos hecho muchas excursiones, nos habíamos sentado a comer bocatas en cualquier lado, nos habíamos bañado en el río, habíamos comido moras directamente de la mata y por supuesto sin lavar y habíamos compartido merienda con prácticamente todos los niños de la calle pensé que bueno, simplemente me había tocado y punto. Me tomé las pastillas, dejé que el genocidio siguiera su curso y al poco tiempo estaba como siempre: muerta por dentro.
―No ―le insistí a ZaraJota―; este año también he pillado lombrices.
―Es imposible. 
Este año, por ya-sabéis-qué, no ha habido excursiones, ni bocatas, ni río, ni moras, no compartir. 
Aunque lo hubiera habido, nos lavamos las manos con tal frecuencia que cualquier intento de invasión parasitaria habría fracasado por puro aburrimiento.
―Eso sólo puede significar una cosa ―dijo ZaraJota.
―¿Que en realidad era el marido el que le mandaba el ramito de violetas?
―...no. Que tienen que estar en algún lado dentro de la casa.
―Pero entonces todos tendríamos lombrices.
Desde el principio del verano, prácticamente toda mi familia ha pasado, por turnos, temporadas en la casa.
―Tiene que haber algo en la casa que sólo hagas tú...
―¿Escribir novelas de zombis?
―...parece poco probable que puedas pillas lombrices por escribir novelas, sean de zombis o de cualquier otra cosa.
―Bueno, el primer Villamatojo lo escribí en trozos de papel higiénico.
―Pero estaba sin usar, ¿no?
―...
―Olvídalo, no quiero saberlo. A ver, piensa qué has podido tocar que no toque nadie más.
―Bueno, los niños y tú no subís al sobrao.
―Pero tu familia sí.
Es una verdad universalmente conocida que en el baño del sobrao es donde mejor se hace popó. 
―Yo subo a tender y a poner la lavadora.
―Tu madre también. 
―Y uso mucho la pila.
―Los niños también.
Cuando no tengo ropa sucia suficiente para poner la lavadora, la meto en la pila, le echo un poco de jabón de lagarto y agua y luego pongo a los niños a "pisar la uva".
Algún día van a necesitar un psiquiatra muy caro, lo presiento.
Pero al pensar en la pila me había acordado de una cosa.
―Bebo agua directamente del grifo de la pila.
Mis padres sólo beben agua embotellada, mis hijos no llegan al grifo, ZaraJota no sube al sobrao y bueno, básicamente no hay nadie tan idiota como para beber de ahí.
―¡Pero Lorz!
―¡El agua de ese grifo sabe mejor!
―¡Pues ahora ya sabes por qué!
Tenía que avisar a mis padres para que no se les ocurriera beber del grifo del sobrao. Así que les llamé y les dije que volvía a tener lombrices.
―Tu gusto en mascotas es de lo más particular ―me dijeron.
―Ya van dos años seguidos, estoy casi segura de la que las pillo por beber agua del grifo de la pila.
―Es imposible, el grifo es nuevo.
―¿Sí?
―Sí, lo cambié yo mismo hace dos ver...
―Ajá. 
Cuando tuvieron oportunidad, mis padres desmontaron el grifo.
―No tienes ni idea de lo que ha salido de ahí.
―Bueno, a ver: un poco de idea me hago.
O sea, que todavía tengo el pompis un poco on fire.
―Menos mal ―le dije después a ZaraJota―, que me he dado cuenta antes de ir a que me hagan la depilación láser en el piticlín.
―Mujer, no pasa nada: le dices que aproveche y haga tiro al blanco: ¡piñum, piñum!
No estoy segura de que sea así como funciona el tema...

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07 septiembre 2020

La siesta

 Pues estaba yo tan tranquila sin meterme con nadie un sábado por la tarde, durmiendo la siesta en bragas cuando de pronto mi abuela me llamó por teléfono. 
Al principio no me alarmé demasiado porque mi tía (la que vive con mi abuela) y yo nos llamamos igual y mi abuela se confunde a menudo cuando marca.
Lo que pasa es que cuando respondí a la llamada me encontré con que mi abuela estaba llorando. Eso me alarmó un poco más porque mi abuela sólo llora en navidad cuando se toma una copita de vino blanco y se le sube a la cabeza, y la verdad es que me parecía un poco pronto para empezar a celebrar la navidad pero bueno, los supermercados cada vez traen antes los turrones así que por qué no va mi abuela a celebrar la navidad en pleno agosto si le da la gana.
-Niña -me dijo-, que estoy en el hospital.
Ahí ya sí que me empecé a preocupar un poco, porque mi abuela es la típica que siempre está muy mala pero nunca está muy mal, y al hospital va de visita si eso.
-¿Que te ha pasado?
-Naaa... un mareíllo.
Y tenía que ser justo cuando mi padre está a 700 kilómetros, mi tía está a 700 kilómetros (pero no con mi padre) y yo estoy durmiendo la siesta en bragas, claro.
-Voy.
-No hace falta.
¿Entonces para qué me llamas cuando estoy durmiendo la siesta en bragas?, pensé, pero no lo dije porque no quiero que mi abuela sepa que duermo la siesta en ropa interior, a ver si se va a pensar que soy una pervertida o algo.
-Que voy.
-Niña, si con el coronavirus no te van a dejar pasar.
-Mira, se entera mi padre de que me has llamado desde el hospital y no he ido de inmediato y no tengo campo para correr. Voy ahora mismo y si hace falta espero en un banco en la calle.
Llegado este punto empecé a correr por toda mi casa corriendo y agitando los bracitos porque claro, normalmente la que llama desde el hospital a los demás soy yo y nunca me he encontrado en la situación contraria así que no tenía muy claro qué hacer.
Y luego, claro, estaba el covid. De lo primero que me acordé es de que al principio de los tiempos pandémicos se habían pedido donaciones de cepillos y pasta de dientes, "kits de higiene", para los pacientes. Luego me acordé de David Ramírez, que le hizo a su churrings un paquete con calzoncillos y pensé: eso es, tengo que llevarle a mi abuela bragas limpias.
-Pero vamos a ver -me dijo ZaraJota-. ¿Cuánto rato lleva tu abuela en el hospital?
-Me ha dicho que acaba de llegar.
-Entonces a lo mejor es un poco pronto para empezar a pensar en kits de higiene y bragas limpias, ¿no crees?
A mí me parecía que ZaraJota no estaba entendiendo la gravedad del problema, pero decidí seguirle la corriente porque cuando se pone en plan sensato está supersexi.
En ese momento fue cuando me di cuenta de que a lo mejor la que no tenía bragas limpias era yo.
O sea, tenerlas tenía. Lo que pasaba era que llevaba unas dos semanas sin atender la colada y toda la ropa limpia estaba amontonada de cualquier manera y encontrar unas bragas podía llevarme un buen rato.
-Vamos a ver -volvió a intervenir ZaraJota-, ¿qué tienen de malo las bragas que llevas? ¡Te las has puesto esta misma mañana!
-¡Pues que cuando uno va al hospital tiene que ponerse bragas limpias!
-Estoy razonablemente seguro de que la regla, estrictamente, solo se refiere al paciente.
-Oh.
Así fue como acabé en el hospital donde me aseguraron que, efectivamente, mi abuela estaba bien, que solo había sido un mareo, que le darían el alta enseguida y que, aunque por supuesto no podía pasar a verla por el covid, podía quedarme en la sala de espera hasta que la liberaran.
Rápidamente llamé a ZaraJota para darle la buena nueva.
-De todas formas -le dije- creo que debería quedarme esta noche con ella.
-Claro, no hay problema.
-Hombre, tanto como que no hay problema...
-¿Por qué lo dices? ¿Qué ha pasado?
-Pues nada, que no me he traído bragas limpias.


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Ya podéis encontrar Vayamos por partes 1 y 2 tanto en La Sombra como en Lektu.





31 agosto 2020

La tarta de la abuela


 


31 de diciembre de 2019: 
-Este año va a ser súper especial: cumplo cuarenta años de vida, quince de blog, diez años de matrimonio y uno desde que me metí en el último berenjenal y todo coincide con el cumpleaños de los niños así que voy a hacer UN VÍDEO y UNA FIESTA e invitaremos a TODOS nuestros amigos y haremos una FLASH MOB y luego ZaraJota y yo nos iremos de VIAJE solitos los dos y entonces...

10 de marzo de 2020:
-A LA MIERDA TODO.

Visto lo visto, pensé que a lo mejor era fijarme una meta más modesta, como por ejemplo, hacer la tarta de galletas que hacía mi abuela cuando éramos pequeños. 
Sólo había un pequeño problema: no me acordaba de cómo se hacía. 
Me puse a bichear por internet y encontré aproximadamente un millón de recetas de tartas de galletas. ¡Hasta yo he publicado una
Pero ninguna llevaba exactamente la crema que yo recordaba, y que llevaba, si mi memoria no me engaña: un chorrito de anís, huevos,un chorrito de anís, mantequilla, un chorrito de anís, azúcar, un chorrito de anís y, aunque no estoy segura del todo, un chorrito de anís.
Lo que no conseguía recordar era si tenía que echarle chocolate en polvo o en tableta de postres, las cantidades exactas y si el chorrito de anís había que echarlo con porrón o con manguera.
Así que recurrí a ese pozo de sabiduría insondable que es Twitter y fuimos cerrando el cerco. ¿Por qué la tarta de mi abuela es totalmente diferente a la que hacían mi madre y mis tías? Ah, porque ella tenía un librito de recetas, venía de regalo con su batidora Moulinex. Rápidamente alguien ató cabos y dijo: pues esta
Todo parecía indicar que la receta esa esa, pero después de leerla llegué a la conclusión de que no. Para empezar, sólo lleva 10 ml de licor. Además, no me sonaba nada lo de la harina de maíz. 
Todo apuntaba a que mi abuela había empezado siguiendo la receta de Moulinex pero que con el paso del tiempo la había ido adaptando según dios y Anís del Mono le iban dando a entender. 
Llegado este punto empezaba a estar desesperada. O sea, cumplir 40 años de vida y 10 de casada en plena pandemia, sin poder celebrarlo ni con tus amigos ni con tu familia es una caca de la Vaca Paca y no me quejaba porque es posible que este 2020 hayan pasado cosas peores, pero al menos, como mínimo, quería hacer la tarta de mi infancia, jo. 
Así que tomé una decisión desesperada: le pregunté a mi familia. Seguramente estáis pensando que podía haber empezado por ahí, pero es que mi familia es... complicada
"Todas las familias, son complicadas, Lorz". Bueno, cuando vuestra familia haya dado para, no sé, quince años de blog de anécdotas venís y me lo contáis, pero de momento voy a dar por hecho que mi familia es más complicada de lo habitual. Y la abuela de la tarta a la que me refiero está en, digamos, el epicentro de la complicación. Por eso al principio me daba un poco de miedo abrir la caja de los truenos pero luego pensé mira, tengo cuarenta años y si no me la empieza a sudar todo ya no sé a qué espero. 
Así que al final le pregunté a mi madre. Tenía grandes esperanzas puestas en ella porque mi madre tiene un archivador de recetas. No una libretita, no una carpetita. UN P*T* ARCHIVADOR. Porque recortaba las recetas de todas las revistas que pillaba y luego las escribía a máquina y les pegaba la foto y luego cuando tuvo ordenador las pasó a ordenador y cuando la tecnología avanzó incluso les puso una foto.
Pero mira tú por donde, justo la receta de mi abuela no la tiene.
-Esa receta no la tengo porque a mí esa tarta nunca me gustó.
Mi madre es que es así, sutil como una apisonadora.
-¿Y la Tita del Puerto?
-Tampoco.
-¿Le has preguntado o es la mente colmena la que habla?
-La mente colmena no sabe a qué te refieres, la mente colmena se reiniciará ahora.
Viendo que no iba a conseguir nada por esa parte, opté por preguntarle a mi otra tía a la que, dicho sea de paso, hacía como una semana que le habían abierto la cabeza, quitado una válvula de los años 80, puesto otra y vuelto a cerrar, así que lo mismo no estaba como para aguantar muchas gilipolleces, la mujer. 
-Oye, tú no tendrás la receta de la tarta de galleta de la abuela, ¿por casualidad?
-...
-¿Tita?
-Lorz, no necesitas receta para eso -me explicó, muy despacito para que lo asimilara bien-, pones una capa de galletas, luego otra de crema, luego otra de galletas...
"Que pareces tonta", le faltó decir. 
-Ya, ya, si lo que no me acuerdo es de cómo hacía la crema.
-Ah, no, eso ni idea.
Jo.
Me iba a rendir ya cuando recibí un mensaje de Bichejo:
una tarrina de mantequilla...
decía. 
Y yo: 
-¿Que si quiero o que si tengo?
-La receta de la tarta, Lorz.
Ah. 

Así que por fin tenía la receta de la crema, que no de la tarta porque, como sabiamente me dijo mi tía, eso es poner una capa de galletas y otra de crema:
una tarrina de mantequilla
un vaso de azúcar menos dos dedos
tres huevos
una tableta de chocolate para postres

Es tan fácil como:
Derrites el chocolate, esto tiene que ser lo primero para que se vaya enfriando.
Bates las claras a punto de nieve.
Mezclas el chocolate, la mantequilla, el azúcar y las yemas.
Añades las claras muy despacio. 

Luego mojas las galletas en anís, leche y anís y vas poniendo capas.

Como la tarta está mejor de un día para el otro, me puse a hacerla la víspera del cumpleaños. 
Lo que pasa es que cuando tuve los ingredientes delante, pensé que quizá no estuviera a la altura del paladar refinado de los niños del siglo XXI, así que empecé a hacer cambios; por ejemplo, en vez de chocolate para postres usé chocolate con leche y en vez de un vaso de azúcar le eché medio y en vez de remojar las galletas en leche con anís las remojé sólo en leche y en vez de...
-¿Estás intentando decirme -me preguntó ZaraJota- que después de estar buscando la receta durante meses, cuando por fin te has puesto a cocinar has hecho lo que te ha dado la gana?
-Hombre, si lo dices de esa manera...

El caso es que la tarta quedó bien, pero no era como yo la recordaba.
-A lo mejor es porque no has seguido la receta -sugirió ZaraJota, que es muy de regodearse en el sufrimiento ajeno.
-No es eso... creo que en el fondo yo lo que quería era volver a sentir lo mismo que cuando era pequeña y mi abuela me hacía la tarta. Pero supongo que eso es imposible, porque en realidad lo que me ponía tan contenta era ser niña, y que fuera mi cumpleaños, y que mi abuela me hiciera una tarta...
-...y que le echara una botella entera de anís.
Vale, sí, igual eso influía también.



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25 agosto 2020

40



Miro el calendario y descubro con horror que hoy, de entre todos los días posibles, cumplo cuarenta años. Sí, así es. Lo he comprobado con la agenda, el teléfono y el ordenador, incluso he mirado la fecha de nacimiento de mi DNI. Todo concuerda. Ya no hay vuelta atrás. 
En pleno ataque de pánico me he puesto a pensar (creo) y me he dado cuenta de que, aunque mi cuerpo no parece verse afectado (de momento) a todos los efectos ya soy demasiado vieja para hacer un montón de cosas. 
Entre ellas, probablemente, seguir manteniendo un blog que empecé, con casi estas mismas palabras, hace ya quince años. 
QUINCE AÑOS.
Eso son un montón de años, si no me creéis intentad contarlos: necesitáis las dos manos y un pie; o los dos pies y una mano, cada uno lo que prefiera, que yo en las fantasías sexuales de la gente no me quiero meter. 
En estos quince años, me he vuelto un poco mayor para seguir autodenominándome girl, creo yo. Es decir, cuando tienes una hija que ya va en bicicleta sin ruedines (sí, todo esto era una triste excusa para presumir de que mi hija ya no necesita ruedines), un hijo que ya garrapatea y un hamster (no ha hecho nada especial últimamente, sólo lo menciono para que no se ponga celoso), igual ha llegado el momento de asumir que ya no eres una chica, sino una mujer.

En concreto, una de mediana edad, canija, gordita y de Carabanchel. 

Por eso, a principios de años había decidido que en cuanto cumpliera cuarenta dejaría el blog.
O sea, los blog ya ni siquiera están de moda. De hecho, no estoy segura de que sigan existiendo. Es más: es probable que haya vuelto a confundir el pegamento con el dentífrico y ahora mismo esté alucinando y creyendo que escribo cuando en realidad lo que estoy haciendo es abrazar un cactus.

Otra vez. 

Como decía, el caso es que yo había planeado dar un cierre a Lorzagirl porque, últimamente, me cuesta ponerme en su piel. Nos conocemos desde hace demasiado tiempo y somos como un matrimonio viejo que ha oído sus propias batallitas demasiadas veces. 

A veces le dijo: Lorz, te repites.
Y ella me contesta: A mí no me mires, que solo soy una voz en tu cabeza.
Y yo le dijo: Deberíamos parar antes de que esto degenere.
Y ella me contesta: Estás hablándole a una voz en tu cabeza, yo creo que ya ha degenerado de sobra.

Con todo... coincidiréis conmigo en que si algo ha hecho el 2020 por nosotros es echar por tierra todos nuestros planes. 

Nuestros planes, nuestra economía, nuestra esperanza de vida, nuestra fe en la raza humana... el 2020 tiene tierra para todos. Nunca mejor dicho.

Además, yo también había planeado perder peso y he hecho cinco kilos (más), así que al peo con los planes, las resoluciones y los buenos propósitos. Y tengo tantas cosas que contar todavía... Tengo un millón de historias que son demasiado largas para un tuit y demasiado cortas para un libro; algo así como un trillón de anécdotas; y pensamientos estúpidos como para llenar de palabras el mundo.
Así que creo que me quedaré por aquí petardeando un poco más. 
Otros quince años o así, si de mí depende.


03 agosto 2020

Vacaciones mentales

He tenido un año movidito. 
Vaya, como todos. 
Primero tuve un #relorzfunding que, ocho meses después, estoy a punto de dar por terminado.
Luego monté una empresa. La primera semana de marzo parecía un momento estupendo para hacerlo. SPOILER: no lo fue. No, definitivamente no lo fue.
Con todo, me he apañado para escribir, corregir, maquetar y publicar una docena de libros, y para colaborar en otros tantos.
Viendo como avanzaba la cosa también conocida como coronavirus, hice lo mismo que media España: mascarillas. Y ya que estaba, camisetas y otras cosas. 
Como todos, también he aprendido a llevar la logística de la casa saliendo lo menos posible. Por primera vez en mi vida, he planificado menús completos con una semana de antelación, me he ido a la compra con una lista detalladísima y he aprendido a calcular el uso medio de papel higiénico por persona y día.
Por supuestísimo, he hecho pan todos los días.
Me he acostumbrado a las videollamadas en todo tipo de plataformas, al #videoclub de lectura, a las clases online y vía youtube.
Todo esto, por supuesto, con los niños en casa. Dos niños acostumbrados a estar de un lado para otro de 9 a 21 horas de lunes a viernes porque cuando no hay piscina hay música y cuando no hay música hay el cumple de algún amiguito, de pronto, encerrados en casa día tras día.
Como todas las madres y algún padre, he tenido que ser maestra, jefa de estudios, monitora de tiempo libre, psicóloga, animadora sociocultural, logopeda, cocinera, limpiadora, sargento, ordeno y mando. Las veinticuatro horas del día y sin dejar de trabajar ni un momento. 
Y aunque he descubierto, también como mucha gente, que estar en casa es maravilloso (quién nos lo iba a decir...) lo cierto es que también estoy mentalmente agotada.
Necesito unas vacacioncillas.

Por supuesto, seguiré en Twitter porque soy una adicta.
Además, mis libros siguen a la venta en papel en la librería La Sombra de Madrid, que durante todo el mes de agosto envía gratis a toda la península los pedidos superiores a 25 €. 
También los podéis encontrar en formato electrónico en Lektu

Nos vemos de nuevo el 31 de agosto, si el mundo no se acaba antes. 
Y recordad: