30 marzo 2020

La plaga

Nena-chan está muy agobiada por la situación.
Le hemos explicado lo que pasa y de vez en cuando le dejamos ver las noticias.
También le dejamos ver las comparecencias del presidente porque no se entera de nada de lo que dice pero un señor tan alto y tan serio sin duda debe de tener razón.
Aún así, ella sigue con el roe roe.
Le hemos dicho que no hay motivos para preocuparse, que se está haciendo todo lo que se puede y que si de verdad quiere hacer algo para luchar contra el coronavirus lo mejor es que ordene su habitación.
Ninguna de las tres ha colado.
Al final, una mañana me arrinconó en la cocina.
-Mamá, ¿y si la cuarentena no se acaba nunca?
-Claro que se va a acabar.
O sea, o se muere el bicho o nos morimos nosotros: tarde o temprano esto se acaba.
-¿Cómo lo sabes?
Estoooooo....
-Bueno, mamá estudió Historia. Sabe todo lo que ha pasado desde el origen de los tiempos.
Cuarta arriba, cuarta abajo.
-¿Desde antes de que hubiera Netflix?
-Probablemente. Y por eso sé que a lo largo del tiempo ha habido muchas plagas, muchas epidemias y muchas cuarentenas, y al final todo pasa.
-¿De verdad ha habido muchas?
-Uy, sí. Muchísimas. Por ejemplo, en la edad media hubo una plaga muy grande y muy mala.
-¿Y la gente se ponía enferma?
-Mucho, morían entre terribles dolores.
-¿Mo... morían?
-Sí, un cuarto de la población mundial murió.
-¿Un... cuarto?
-Eso significa que de cada cuatro personas, una moría. Entre terribles dolores y eso.
-Pe... pero... nosotros somos cuatro.
-¡Pues uno para la saca! ¡Jajajajaja!
-...
-Y eso no fue lo peor: la gente entró en pánico, y cada vez que alguien se ponía enfermo, los vecinos tapiaban las puertas y las ventanas de la casa y le prendían fuego ¡con toda la familia dentro!
-...
-Después de eso, faltaban brazos para trabajar el campo, así que hubo escasez de comida y mucha gente murió de hambre. Los sueldos subieron muchísimo, eso sí.
-...
-¿Lo has entendido, Nena-chan?
-Sí.
-¿A que te sientes mejor?
-No.
Los niños de hoy en día es que no aprecian las lecciones de la historia.

23 marzo 2020

El emprendedurismo

Me dicen por ahí que no he sido lo suficientemente pesada.
Con esto.


No he sido lo suficientemente pesada con esto.
Con otras cosas sí, ¿eh? Que no decaiga la fiesta.
Así que os cuento: me he vuelto tó loca y ahora soy autónoma freelance de las sinergias proactivas.
Me he unido al emprendedurismo.
El emprendedurismo no es exactamente como yo pensaba: para empezar, ZaraJota sigue sin dejarme prender fuego a nada.
Las cosas como son: tampoco he necesitado nunca su permiso.
Y luego, que ha venido la plaga y eso.
Que en sí misma no es que afecte mucho al desarrollo de mi actividad pero, francamente, una pequeña editorial que nace no tiene ninguna oportunidad frente a todas las grandes que, sin duda con la mejor intención, están ofreciendo libros y descargas gratuitas estos días.
Mucho me temo que mi iniciativa empresarial ha nacido muerta (ojalá me equivoque).
Por suerte para mí, mientras dure la cuarentena no tendré que enfrentarme a la realidad y puedo fingirme empresauria todavía unos días más.
¡MUAJAJA! ¡CHÚPATE ESA, REALIDAD!
¡Pero con cuidao, no vayas a pillar algo!
Por el lado positivo, ha sido necesaria una epidemia a nivel mundial y el práctico colapso de la economía para pararme.
Soy el Godzilla del emprendedurismo, y a mucha honra.
En fin, pase lo que pase, dure lo que dure, podéis encontrar mis libros en Lektu.
Y si os da pereza leer, aquí tenéis a ZaraJota haciendo una lectura en directo de Villamatojo I.
Cuidaos, sed buenos y no salgáis a la calle salvo que sea imprescindible.






16 marzo 2020

Somos importantes

Siempre he pensado que, si me tocaba vivir en una situación de emergencia, sentiría miedo.
Estaba preparada para el miedo, o creía estarlo, al menos todo lo preparada que se puede estar.
Sin embargo, lo que realmente sentí la semana pasada fue estupor, desconcierto, descoloque... como cuando te cambian la graduación de las gafas y de pronto se alteran las medidas de la realidad.
Hace unos días, me preguntaba Angua que si estaba usando todo esto de la pandemia como inspiración para escribir.
Ojalá.
Todo es tan raro, tan Terry Gilliam, que si lo escribiera no sería creíble.
Un día llevé a los niños al colegio, y al día siguiente ya no.
Un día bajamos a los columpios, y al día siguiente los columpios aparecieron rodeados de cinta para que nadie los usara.
Un día fui a la compra con total normalidad, y al día siguiente ya no.
Se acabaron todas esas rutinas agotadoras pero necesarias para poner orden en nuestras cabezas: los lunes piscina, los martes música, los miércoles inglés, los jueves música, los viernes ajedrez.
O, pensando en meriendas: lácteo, fruta, bocadillo, fruta, libre (¡pero no bollería industrial!).
O, pensando en pies: zapatillas, zapatos, zapatos, zapatillas, zapatillas.
El último día que salí a la calle, hice una entrevista de trabajo para un puesto al que había que incorporarse hoy, lunes.
Creo que mi cara me delató: de aquí al lunes, pensé, vete tú a saber.
Y también: madre mía, el capitalismo. Y la estupidez. Y las dos cosas combinadas, juntas.
A la vuelta, pasé por Gran Vía. Había mucha gente, como siempre y mucho tráfico como siempre, pero no sonaba como siempre. Parecía como si alguien hubiera bajado el volumen para no molestar a un enfermo o a un niño inquieto que duerme.
Desde entonces, desde casa, hemos visto y oído muchas cosas.
Gente peleándose en los supermercados y seguratas escoltando papel higiénico y gente que viaja y gente que roba mascarillas en urgencias y gente que se mete en un mitin a dar besos sabiendo que está enferma y gente que acapara y gente que difunde bulos y gente que se aprovecha y gente que arrima el ascua a su sardina y gente que sale de cañas o se va al parque o de paseo o a la casa de la playa esparciendo el virus a su paso.
Gente, mucha gente.
La gente es una cosa muy curiosa.
Somos tantos, que hay gente para todo.
Por eso, también hay gente que reparte mascarilla a los hospitales.
Gente que recupera las terrazas de sus casas, habitualmente trasteros al aire libre, como espacios de ocio, y sale a tomar el sol, y se saluda.
Gente que pone carteles en los portales ofreciéndose a ayudar con los niños, los mayores, las mascotas, con lo que sea.
Gente que se organiza para dar comida a quien no puede comprársela.
Gente que ofrece gratuitamente cualquier cosa que se pueda ofrecer online: talleres de bordado, conciertos, libros, asesoramiento, compañía.
Gente que recupera los grupos de whatsapp de padres como centros de apoyo, información y sugerencias de actividades para los niños.
Gente que se organiza para ver una peli a la vez, cada uno en su casa, o tomarse una caña y mandarse la foto, que se reúne virtualmente.
Gente que crea memes porque reírse nunca viene mal.
Gente que no se conoce de nada, preguntándose unos a otros si están bien, si necesitan algo, si pueden ayudar.
Gente que sale a las ventanas a aplaudir, a gritar, a animar. A los demás o a ellos mismos, es difícil saberlo.
Las redes sociales son esto, y existen desde mucho antes que internet.
Y luego, están los niños.
Los niños, al menos los míos, no entienden nada.
Les decimos que cierran el colegio porque hay un virus, pero que no se preocupen, que ellos no se van a poner malitos.
Les decimos que no pueden salir a la calle para no pegárselo a los demás, pero a ver, ¿no me habías dicho que no voy a poner malito? ¿Cómo voy a pegar nada a nadie?
Les decimos que hay que estar en casa con papá y mamá, pero papá y mamá tienen que trabajar y no les hacemos caso.
Les decimos que hagan los deberes, que se estén quietos, que no griten, que no salten en el sofá, que no vean demasiada tele, que ordenen su habitación, que se laven esa cara aunque nadie la va a ver.
El sábado, después de salir al balcón a aplaudir por los sanitarios, les dijimos por primera vez que son importantes.
Que lo que están haciendo, estar en casa y portarse bien o al menos intentarlo, es importante.
Que todo el mundo lo va a recordar.
Que cuando sean mayores, sus hijos y sus nietos les preguntarán cómo fue, cómo lo hicieron, y ellos tendrán que contarles una y otra vez la historia de cuando cerraron los colegios, nos encerramos en casa y colgamos un cartel en el balcón por si había algún niño triste en el edificio de enfrente.




Pd: Perdonadme que me haya puesto intensita, pero si no puedo ponerse así en medio de una pandemia universal ya me diréis cuándo.

09 marzo 2020

Haciendo el #lorzfunding

Mis hijos el #lorzfunding lo llevan regular.
Nena-chan no acaba de entender el concepto.
-Mamá ha puesto una tienda -le dije.
-¿De qué?
-De libros y cosas.
-¿Y cuándo vamos a ir a verla?
-¿Ir? No, la tienda está en internet.
-Ah.
Es el problema de la juventud, que como no vivió la burbuja de las punto com no se emociona con nada.
Empezó a entenderlo mejor a medida que la casa se nos llenaba de cajas.
-¿Y esto?
-Para la tienda de mamá.
-¿Y la gente cómo lo compra?
-Por internet.
-¿Te mandan un whatsapp?
-Algo así.
-Ah.
Pero fue cuando empecé a hacer paquetes cuando lo vio clarísimo. Sobre todo, cuando los paquetes desbordaron mi mesa de trabajo, la mesa del comedor, la mesa de centro y empezaron a apilarse en el pasillo.
-¿Y esto?
-Son cosas que ha comprado la gente en mi tienda.
-¿Se las vas a mandar?
-Sí, por correo.
-Entonces, ¿la gente compra las cosas que tenemos en casa y tú se las mandas?
-Eso es.
-Aaahhh.
Nene-kun, en cambio, vive en un mundo maravilloso en el que le parece perfectamente normal que aparezcan mensajeros con cajas gigantes a cualquier hora, o que todas las superficies de la casa estén invadidas por merchandising, sobres o listas.
No se dio cuenta de que algo raro pasaba hasta que un día me vio haciendo un paquetito.
-Mamá, ¿estás haciendo un regalo?
-Sí, muchos.
En ese momento #Nenekun miró a su alrededor y comprobó que, efectivamente, mi mesa de trabajo había desaparecido debajo de una montaña de paquetes.
-¿Y por qué haces tantos regalos y ninguno es para mi?
Ahí estamos, centrándonos en lo importante.

02 marzo 2020

Caída libre

El autonomismo no se hace solo: yo lo hago con Ratoncito López.
Lo tengo aquí al lado cuando me aburro le doy la brasa hasta que sale y come algo, porque es el típico que come cuando se estresa y se ve que yo le estreso mogollón.
Cómo será la cosa que desde que llegó ha duplicado su tamaño: antes era como una uva, y ahora es casi como dos. En realidad, como dos uvas y dos pasas, porque además de crecer se le han bajado los voluberables.
Ha llegado a tal punto que oye mi voz y se pone al lado del comedero. Y claro, yo lo veo al lado del comedero y le pongo de comer, y el ratón ve comida y come, y yo creo que con la tontería le estoy creando un condicionamiento de esos de los que no tienen nada que ver con lavarse el pelo.
Cuando está despierto, que es algo así como cinco minutos cada dos horas, dedica su tiempo a comer, mirarme con odio e intentar escapar. Más mono él. Está intentando ensanchar un agujerito decorativo que tiene la jaula y para mí que tiene entretenimiento para rato, porque es una placa metálica y eso.
También dedica bastante rato a trepar hasta la trampilla, pero se la encuentra cerrada y se mosquea, y yo le digo mira, si te parece la dejo abierta, pero entonces los niños pueden meter la mano: tú verás.
Entonces se baja como diciendo que cerradita está estupendamente, gracias.
Pues nada, hace unos días estaba limpiando la jaula porque otra cosa no, pero la jaula la tengo siempre como los chorros del oro, y bueno, puede que cogiera el ratón y que el ratón se rebullera como un loco y que me diera miedo de apretar demasiado y que los ojitos le hicieran pop y abrí la mano y una cosa llevó a la otra y el ratón acabó detrás de un mueble del salón.
Lo típico que hace uno un viernes por la mañana.
Aquello me dio muy mala espina porque he tenido experiencias negativas en este sentido.
Me agaché para mirar debajo del mueble, que lo mismo os parece poca cosa, pero no veáis lo que me cuesta plegarme desde que voy al gimnasio.
El ratón estaba ahí y se movía, cosa que me pareció buena señal después de haberse caído desde una altura como de doscientas veces la suya. Intenté retirar el mueble, pero al oír el ruido el ratón se movió y pensé que no era buena idea, que a ver cómo explicaba yo a ZaraJota que el ratón sobrevivió al accidente pero no al intento de rescate.
No sabía muy bien cómo solucionar aquello y la verdad es que no me apetecía correr en círculo agitando los bracitos.
Me senté en el suelo y me llevé las manos a la cara como en el cuadro ese del tío mal dibujado en el puente.
–Ay, Pelotilla... –dije.
Entonces el ratón salió de debajo del mueble, se me acercó y se quedó quieto para que lo cogiera.
Se ve que nos gusta la libertad, pero no tanto como comer.


24 febrero 2020

Piano piano

Me han quitado el baneo del gimnasio y estoy muy indignada porque ahora no me va a quedar más remedio que ir.
El problema es que no se a qué ir.
–A ver, ¿a ti qué es lo que te gusta hacer? –me preguntaron el primer día.
–Nada.
–Mujer, algo te gustará.
–Estirarme en el sofá a leer.
–Algo de deporte.
–Ah... No, nada.
–Entonces lo mejor que puedes hacer es ir probando actividades hasta que encuentres una que te guste.
Yo dudaba seriamente: no se trata de que no me guste una actividad u otra, es que no me gusta la actividad a secas, lo que pasa es que no me gusta llevarle la contraria a gente que puede levantar mi peso con el dedo gordo del pie. Sobre todo teniendo en cuenta mi peso.
Así que primero me apunté a hipopresivos para ver si me gustaba, pero resultó que no tenía absolutamente nada que ver con jugar al tragabolas, y luego me apunté a mantenimiento pero resultó que no tenía absolutamente nada que ver con cambiar bombillas y me empecé a desanimar porque ya había probado por lo menos dos actividades y no me había gustado ninguna, y cuando ya estaba pensando en provocar accidentalmente que me volvieran a banear alguien me recomendó ir a una clase de musculación con los niños.
–Es una sesión para familias, lo que se hace es jugar con pelotitas y cosas así –me dijeron.
Y ME MINTIERON.
Nada más entrar,el monitor dijo que cada adulto tenía que coger un step, una esterilla, dos mancuernas y una barra con sus dos pesas y otra extra suelta. Desde mi punto de vista, solo acarrear todo aquello hasta el hueco que nos habían dejado ya contaba como ejercicio para toda la semana, pero además el monitor pretendía que hiciéramos cosas como ponernos en cuadrupedia que vaya, a mí me gusta mucho Ben-hur y todo eso, pero habiéndose inventado el motor de combustión dime tú a ver qué falta nos hace.
–Muy bien –dijo el monitor, que para mí que padece de optimismo–: ahora quiero que los adultos os pongáis en cuadrupedia, elevéis el brazo izquierdo con la mancuerna de cinco kilos en la mano, la pierna derecha con el step en pino puente inverso y hagáis flexiones con el brazo derecho mientras hacéis la declaración de la renta con el dedo gordo del pie izquierdo y cantáis la Macarena soto voce in crescendo piano piano si arriva lontano.
O algo así. Yo me perdí en el "muy bien", para qué nos vamos a engañar.
–¿Y los niños? –preguntó alguien.
–Los niños que jueguen con las pelotas.
–¿Puedo jugar yo también con las pelotas? –pregunté.
Es que me gusta tocar las pelotas.
–Claro, como prefieras –me dijo el monitor–. Pero entonces será como si no estuvieras haciendo nada.
Parece que al fin he encontrado la actividad perfecta para mí.

17 febrero 2020

La app del gimnasio

Me he apuntado al gimnasio.
En septiembre.
Lo que pasa es que desde entonces he ido poco.
Tres veces. 
No es por falta de ganas: me instalé la app en el móvil, todas las semanas reservaba las clases a las que me gustaría ir... y todas las semanas las iba anulando a medida que el lunes hay reunión del AMPA, el martes la niña tiene anginas, el miércoles tengo un examen, el jueves me traen un paquete del #lorzfunding, el viernes hay tutoría, el sábado... Bueno, os hacéis una idea.
La semana pasada me vi con la agenda del miércoles vacía y me vine arriba: reservé una clase de zumba por la mañana y otra de boxeo en familia por la tarde. Y por supuesto, cuando amaneció el miércoles Nene-kun tenía gripe.
Intenté anular las clases pero cada vez que entraba en la app me salía un mensaje de "en estos momentos no se pueden realizar reservas" y yo le gritaba al móvil que no quería hacer una reserva sino deshacerla, pero el móvil a lo suyo, y seguramente tenía que haber seguido intentándolo pero la verdad es que a la cuarta vez que entré en la app y leí lo de "en estos momentos no se pueden realizar reservas" solté una palabrota muy gorda y ya no volví a entrar...
hasta varios días más tarde, cuando quise reservar y me encontré que debajo de cada clase en lugar de un botón de RESERVA YA había un cuadrado muy negro y muy acusador con la palabra PENALIZADO.
–El gimnasio me ha baneado –le dije a ZaraJota.
–Estoy muy orgulloso de ti: has conseguido que te echen de un sitio ANTES de que hayas conseguido entrar.
–No creo que sea permanente.
Y, cierto como el sol que me da calor, a los pocos días pude volver a hacer reservas.
Reservé una clase de mantenimiento y me dije a mí misma que esta vez iría, pasara lo que pasara y pasase lo que pasase.
Y fui.
Llegué a los tornos de entrada, pasé mi tarjeta, puse el dedo índice en el lector de huellas dactilares porque en ese gimnasio nunca sabe uno si va a hacer zumba o espionaje internacional, y en el lector salió el mensaje: LA HUELLA DACTILAR NO SE CORRESPONDE CON LA TARJETA DEL USUARIO.
Me miré el dedo. Parecía el mismo de siempre.
Miré la tarjeta. Las tarjetas son todas idénticas y tenemos cuatro, una para cada uno, así que el primer día escribí en cada tarjeta la inicial de su titular con rotulador indeleble. Podía haber escrito el nombre completo pero, ¿para qué?
Con una sola letra parecía suficiente.
Hasta aquel momento, allí parada delante de los tornos con la tarjeta en la mano, no se me había ocurrido que ZaraJota y yo tenemos la misma inicial.
Mierdaaa...
Ya no me daba tiempo a volver a casa a por mi tarjeta. Lo único que podía hacer era anular la reserva en la app del móvil pero por supuesto cuando lo intenté me salió un mensaje de error.
Mierdaaa...
Me fui al mostrador de recepción con la cabeza gacha.
–Es queeee... tengo clase ahora, y me he traído la tarjeta de mi marido en lugar de la mía.
–Deberías ponerles algo con rotulador para distinguirlas.
–GRAN IDEA, SÍ, OJALÁ SE ME HUBIERA OCURRIDO.
–Bueno, te puedo hacer un churruflex en el firlollo del whatever para que hoy, de manera excepcional, puedas entrar con la tarjeta de tu marido, pero eso te supondrá una penalización, por supuesto.
–¿Y si me cancelas la reserva?
–Te la puedo cancelar, pero como quedan menos de quince minutos para que empiece la clase te penalizará igual que si no hubieras venido.
–Entiendo. Pues si me vais a poner una penalización haga lo que haga, prefiero quedarme a clase.
–Estupendo. ¡Recuerda que si acumulas dos penalizaciones te baneamos de la app y no puedes hacer reservas!
–Lo sé. Lo sé.
Me fui a la puerta de clase cabreada por mi penalización (por llevar la tarjeta equivocada) pero dispuesta a que no me penalizaran por nada más.
Que me gustaría ir a más de una clase al mes, jo.
Pero en la puerta de clase hay otro lector de tarjetas y por supuesto cuando fui a pasar la mía daba error.
–Qué raro –dijo el monitor–. Dice que no tienes reserva.
–Si yo he reser... Ay, es que es la tarjeta de mi marido y claro, él no ha reservado.
 –Ya veo. Bueno, no te preocupes, puedes entrar de todas formas.
–¿Y cómo sabrá la app que he venido yo?
–No lo sabrá, supongo que te penalizará como si no hubieras venido.
Y luego dicen que quien no hace deporte es porque no quiere.