29 noviembre 2021

El verano de las contrariedades, 7

 Este verano han pasado muchas más cosas tristes, pero creo que como "7" rima con "viene King Kong y te la mete" va siendo el momento de parar.
Además, también han pasado cosas buenas. 
Por ejemplo, un día fuimos a la verbena del pueblo, que este año por el asunto covid era en un recinto vallado, y nos la encontramos cerrada por un concierto. 
Nene-kun, con esos ojitos y esa vocecita que dios y los genes, mayormente los genes, le han dado, dijo:
-Mami, ¿no podemos entrar?
Y por lo que sea el de la entrada dijo venga, padrentro, y tuvimos toda la verbena casi para nosotros solos (conté seis niños más): castillo hinchable, caballitos, piscina de bolas...
Cuando los niños querían montar en algo, venía el de la feria y lo ponía en marcha hasta que se quisieran bajar, pero sin estridencia ninguna, sólo con el concierto de fondo.
Otro día nos fuimos a Cádiz en barco y nos volvimos en tren después de recorrerlo todo en un día de cielo azul magnífico. Casi todas las tardes estuvimos en la playa; el resto del tiempo, los niños se quedaban jugando en el patio con otros niños del edificio; entraban y salían de casa sin dar ninguna explicación mientras yo trabajaba. Si quería saber por dónde andaban, asomaba la cabeza por la terraza y los veía o alguna vecina me gritaba por dónde andaban.
También nos compramos un Monopoly, pero está defectuoso: no he conseguido ganar ni una sola vez (aunque en una ocasión me apañé para comprar una calle de cada color y bloqueé la partida durante horas). 
Nene-kun creció locamente; la piel atópica de Nena-chan se curó magníficamente (la sustituyeron unos cuantos millones de picaduras de mosquitos); el gato engordó porque se nos olvidó la comida de dieta y le estuvimos comprando de la normal y Zarajota y yo conseguimos dormir un número razonable de horas porque los niños caían rendidos por la noche.
En un momento dado dije: las cuentas no salen, necesito otro trabajo porque con el autonomismo no llego, y el trabajo me encontró en menos de 24 horas. Tengo 41 años y dos hijos, imaginaos la suerte.
Y luego, por supuesto, estuvieron los cumpleaños de los niños.
Es posible que, llegado ese momento, yo cometiera dos errores.
El primero fue la grandiosa idea de decorar el salón con globos. Muchos globos. Como unos 200 o así. A soplido limpio. 
Una cosa os voy a decir: la capacidad pulmonar la tengo estupenda.
El caso es que empecé a inflar globos y como hacía un poco de corriente a la que me despistaba se estaban escapando por la terraza. 
-De eso nada, con lo que me está costando inflarlos.
Así que puse una barrera en la habitación de los niños y empecé a tirar los globos dentro. Un globo, dos globos, tres globos, CIEN GLOBOS, GLOBOS HASTA LA CINTURA, GLOBOS POR TODAS PARTES, GLOBOS CONQUISTANDO EL MUNDO Y SOMETIÉNDOLO A SU VOLUNTAD.


Cuando los niños vieron aquello llegaron a la conclusión de que decorar es contingente, mientras que un cuarto lleno de globos hasta la altura del sobaco es totalmente necesario.
Y quizá fue lo mejor, porque luego vino la debacle de las velas. 
A ver: las cosas hay que hacerlas proporcionadas. Por ejemplo compras doscientos globos, lo suyo es comprar 200 velas. 
Para empezar.

Sí, es una tarta del mercadona. Si Nene-kun quería una tarta decente que no hubiera nacido en agosto, que en Madrid está todo cerrado. Y sí, las velas están encima de la tarta, pero éramos solo nosotros cuatro y nuestras miasmas ya las tenemos más que compartidas, gracias por preguntar.
Bueno, pues no me cabían todas las velas, pero puse todas las que pude, que cuando terminé de clavar velas no quedaba más tarta que la de las esquinas.
Y claro, luego las encendí.
-¿Tengo que apagarlas? -preguntó Nene-kun, sin mucha convicción.
-No, no.
-Jaja, menos mal, mamá.
-O sea: hasta que no cantemos cumpleaños feliz no puedes soplar.
-...
Empezamos a cantar cumpleaños feliz mientras las llamas de las distintas velas convergían en un único punto, retroalimentándose y creciendo hasta convertirse en una llamarada épica que fue visible desde la estación espacial internacional. Nene-kun iba poniendo cara de circunstancias, primero, y de derrota anticipada, después. Mientras, ZaraJota y yo íbamos mirando discretamente al techo para asegurarnos de que la columna de humo no dejaba marca, pero con la luz cegadora de las velas era imposible estar seguro.
Acabamos de cantar el cumpleaños feliz y Nene-kun se armó de heroísmo para soplar.
-¡NO, NO, NO, NO! Falta que no cumple uno, que no cumple dos, que no...
Por suerte Nene-kun solo cumplía seis años, porque la situación de la tarta, entre la columna de fuego y la masa de cera de colorinchis derretida, empezaba a ser preocupante.
-¡Ahora! 
Nene-kun sopló y sopló y sopló y por lo que sea aquello no se apagó. 
-¿Necesitas ayuda?
-Sííí.
Así fue como acabamos soplando los cuatro para apagar aquello, y aún así nuestro trabajo nos costó. Por si a alguien le preocupa la idea de cuatro personas soplando sobre comida en tiempos de coronavirus, os diré que a) somos grupo burbuja y b) después de todos los agujeros, las llamas y la cera calcinada la tarta no estaba como para comérsela.
-Creo que pusiste demasiadas velas, mamá. 
Mi familia es que es así, muy de echarme la culpa cada vez que hay un incendio intencionado provocado por mí en casa.
Yo prefiero pensar que puse poca tarta. 



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El sábado 11 de diciembre estaré en Efímera Librería Pop-up con mis libritos y lo que se tercie. ¡Venirse! 




 





22 noviembre 2021

El verano de las contrariedades, 6




Que se me había olvidado contar lo de la medusa.
Pues si no fue el primer día que estuvimos en la playa debió ser el segundo, que a Nena-chan le picó una medusa.
Que es que se metió en el agua y zasca, la medusa estaba más sorprendida que la niña, así os lo digo.
La única medusa que tenía que haber ese día en la playa y se fue directa a ella. Mejor aún: es que la tenía yo sujeta debajo del brazo como a un cochino jabalín (a la niña, no a la medusa) y la medusa, que es un bicho con cero movilidad y que literalmente flota donde le lleve la corriente, se apañó para esquivarme a mí y darle solo a la nena.
A tomar viento la estadística de la picación medusística de ese verano.
En resumen, que la niña pasó a una velocidad inaudita de estar dando saltos a estar dando gritos.
-Una medusa. 
Pues nada, cogí a la niña en brazos, la aparté de la única medusa que había aquel día en la bahía de Cádiz y la sujeté bajo el agua.
Vale, le dejé la cabeza fuera. 
-¿Dónde te ha picado?
-¡BUAAAAAA!
Como no paraba de retorcerse y gritar no conseguía ver si tenía algo o no. Que lo mismo yo había pensado que le había picado una medusa y era un pedo atravesao, yo qué sé. Pero la niña no se dejaba ver nada.
Entonces se acercó una señora. Así, como son las señoras en la Puntilla, con su moño en lo alto de la cabeza.
-¿Que la pazao? ¿Lapicao una meduza?
-Sí, una medusa.
-Ea, no paza ná, shiquilla.
Nena-chan se quedó mirando a la señora sin entender nada porque le ha saludo a su padre y no habla andaluz.
-Eso, Nena-chan, no pasa nada.
-¡ES QUE ME DUELE MUCHOOO! 
-Quédate ebajo lagua y verah como ze te va carmando -dijo otra señora.
-¿Has oído, Nena-chan? Te tienes que quedar en el agua. 
-NOOO... QUIERO SALIIIIR...
-Cusha, ¿qué la pazao?
-Que la picao una meduza. 
-Ezo que ze quede ebajo lagua y verá cómo ze le va pazando.
-Ezo le disho.
Nena-chan miró para arriba, se encontró con cuatro cabezas de madre mirándola fijamente y se quedó callada de la impresión. Supongo que por que estábamos todas sin mascarilla, además. Lo que pasa es que con la ventolera que hace siempre en esa playa no hay peligro de contagio, porque según asoma el virus por la punta de la nariz traspone a Tarifa.
-¿Estás mejor?
-Nooo...
-¿Zabe lo que va mu bien paezo? Elehtí.
Nena-chan y yo sentimos que la perplejidad nos embargaba.
-¿Cómo?
-Elehtí. Elehtí del Mercadona.
-¡El stick! 
-Ezooo. Yo ziempre llevo uno en el borzo, lo que paza eh que ze ma gahtao.
-No zagahtao, mamá, toavía queda -dijo una niña que rondaba por ahí, sacando elehtí del borzo. La madre le lanzó una mirada que la dejó tiesa y replanteándose sus elecciones vitales durante un buen rato. Luego cogió elehtí y le frotó a Nena-chan el brazo, que se le estaba empezando a poner como si se hubiera hecho un tatuaje. En concreto, un tatuaje de la picadura de una medusa. Tenía la piel que se le podían contar los tentáculos del bicho, pobrecita mía.
Entonces se me ocurrió que a lo mejor a Nena-chan le daba alergía elehtí. O sea, que estamos hablando de una niña que una vez tuvo una reacción alérgica a un yogur natural.
-Creo que vamos a ir al puesto de socorro. Porque hay un puesto de socorro, ¿verdad?
-Zí, muhé. Cómo no va habé.
Cogí a la niña del brazo que no parecía a punto de caerse y me la llevé al puesto de socorro. 
El puesto de socorro estaba lejos.
Pero muy lejos.
Al menos para ir andando así como a las doce de la mañana en pleno junio.
La niña seguía llorando, el brazo se seguía hinchando y yo estaba en plan a ver cómo le explico a ZaraJota que el primer día de playa y ya hemos tenido que ir a urgencias cuando nos encontramos a una señora con uniforme del ayuntamiento, que os digo desde ya que como modelito para estar en un paseo marítimo a las doce de la mañana en pleno junio no es exactamente lo más práctico.
-Hola -le dije-, estamos buscando el puesto de socorro.
-Ah, zí, un poco máh palante eh.
-Vale, gracias. 
-Pero ehtá cerrao.
-¿Perdón?
-Que ehtá cerrao.
-¿Y eso?
-Mujé, eh que el puehto zocorro no abre hahta que entre er verano.
-Es 15 de julio.
-Ea.
Por un momento me planteé llevarme a la niña al ambulatorio, pero Nena-chan parecía estar mejor. Se ve que el paseo la había tranquilizado. O que había perdido toda la sensibilidad del brazo, una de las dos. Así que le propuse que nos tomáramos una fanta (de limón) y llamamos a ZaraJota a contarle qué había pasado.
-Papá, me ha picado una medusa.
-Ay, pobreta. ¿Y quién se ha llevado el susto más grande, tú o la medusa?
-Jajajaja, la medusa.
Al menos estamos todos de acuerdo en eso. 


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¡No dejes las compras de navidad para el último momento! 

08 noviembre 2021

El verano de las contrariedades, 5

Voy a ir acabando, que nos va a durar el verano hasta diciembre. 
A todas las desgracias anteriores les sumamos una lógica preocupación por el gato.
Para empezar, lo habíamos drogado, metido en un tren y luego soltado en una casa desconocida que conservaba el olor, los pelos y los juguetes de dos gatos que no estaban ahí. 
Era de esperar que el gato estuviera estresado. 

Bueno, al menos los primeros días y eso. 
Que le costara relajarse.

Que no encontrara su sitio.
Que se quitara de enmedio. 

Que echara de menos sus juguetes.
No sé, lo normal. 
El caso es que, además del trauma provocado por el viaje, a los pocos días desarrolló una infección de oído probablemente por la necrosis debida a la falta de movimiento que le incomodaba mucho. 

Bueno, la verdad es que hasta que no empezó a supurar un líquido negro por la oreja no notamos nada, para qué nos vamos a engañar. Así que buscamos un veterinario por allí por el Puerto y nos lo llevamos para que le miraran la oreja. 
El problema es que, como suele ocurrir, los veterinarios se distraen con los detalles insignificantes.
-Este gato está gordo. 
-No está gordo, está fuertecito. 
-Fuertecito en su obesidad. 
-Es de huesos anchos. 
-Y de grasa ancha también, para no desentonar. 
-El caso es que tiene una infección en el oído. 
El veterinario dejó de mirar las lorzas del gato y se centró en el oído.
-¿Le ha pasado más veces?
-Sí, a menudo.
-Es porque tiene el canal auditivo muy delgado. 
Los veterinarios es que son así: si estás gordo porque estás gordo, si estás delgado porque estás delgado, nada les parece bien. 
-¿Y qué podemos hacer?
-Bueno...
La propuesta del veterinario era que cada doce horas cogiéramos al gato y le hiciéramos tragar una pastilla, manteniéndole la boca cerrada hasta que se la tragara. Después, y aprovechando que el gato estaría ya relajado, teníamos que limpiarle los oídos con un liquido especial y bastoncillos, y después, por si se había quedado con ganas de más, había que echarle unas gotas.
Mañana y noche, durante diez días nada más. 
La verdad, no sabría deciros si la experiencia era más traumática para el gato o para nosotros. 

Vale, sí, para nosotros. 
Diez días más tarde cogí al gato, considerablemente más resabiado, todo hay que decirlo, y volví al veterinario. El veterinario le inspeccionó cuidadosamente los oídos durante un buen rato. 
-Y bien -pregunté al final-, ¿cómo lo ves?
-Gordo. 
La cosa es criticar. 


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¡Últimos días para conseguir el libro de la vieja y malvada bruja!
Y el murcielaguche, claro. 











01 noviembre 2021

Halloween 2021




Había una vez una niña
que no paraba de hablar
su madre decía: "Para", 
y era incapaz de parar.
Charlaba recién despierta,
parloteaba todo el día
y sólo por no callar
hablaba mientras dormía.
Su madre, muy preocupada,
mil doctores consultó
y ni el más sabio de ellos
una solución le dio.
La mujer, desesperada,
y con jaqueca creciente, 
decidió al fin seguir
el consejo de la gente. 
"En el bosque hay una bruja", 
repetían las vecinas,
"que todo lo soluciona,
y si no, se lo cocina". 
Una de ellas llevó un perro,
que sólo sabía morder:
la bruja le echó un vistazo 
y lo convirtió en suflé.
Otra tenía un marido
muy propenso a la violencia: 
con él hizo una paella
digna de las de Valencia. 
Y la tercera le habló
de unas ladillas voraces,
a la bruja consultó y...
mejor no entrar en detalles. 
La mujer cogió a la niña
que seguía parloteando
y se internó en el bosque
con su hijita de la mano. 
Caminaron sin descanso
durante horas eternas...
eternas como lo era
la energía de esa lengua. 
Al fin en medio del claro
dieron con la guarida
donde la malvada bruja 
iba pasando su vida.
La mujer llamó a la puerta,
salió la bruja enseguida, 
y la mujer le explicó
sus problemas y sus cuitas.
"Esta niña es un pozo, 
no, es un río de palabras,
que no deja de manar, 
bruja, ¿puedes ayudarla?"
La bruja se rascó el pandero
con sus uñas negras y largas.
"Mujer", dijo al cabo,
"te libraré de tu carga".
La mujer se echó a llorar
y corrió despavorida
no fuera a ser que la bruja
le devolviera a su hija. 
La bruja metió a la niña
en una jaulita de oro.
No le gustaban los niños
más siempre había querido un loro. 




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Todas las aventuras de la vieja y malvada bruja están a punto de convertirse en un libro precioso. ¡Consigue el tuyo antes de que sea tarde! 







25 octubre 2021

El verano de las contrariedades, 4

El caso es que nos fuimos para el Puerto de Santa María mi madre, los dos niños, el gato (drogado) y yo.
En tren, claro. 
La cosa fue mal desde el principio porque, para empezar, el gato no se durmió sino que se quedó mirando al vacío y multiplicó su ya considerable peso por varios millones. No había quien moviera el dichoso trasportín, aquello pesaba varios megatones y además como la gente no respeta el espacio personal ajeno ni en pandemia y el cacharro es muy mono y parece una maleta, el pobre bicho se llevó más patadas que otra cosa. 
Además, el tren salió media hora tarde. 
Y como nosotros somos como de agobiarnos y llegar una hora antes a todas partes, pues allí que estuvimos en la estación más de una hora con mi madre, los dos niños y el gato (drogado), de pie porque en Madrid todo lo gratis da COVID, incluidos los bancos de la estación y por lo visto el aire acondicionado también, porque aquello parecía una sauna. 
Una sauna MUY llena. 
Al fin nos llaman a embarcar, que íbamos ya como si volviéramos de la vuelta al mundo, nos subimos al tren y por supuesto nuestros asientos iban separados. 
Que ya lo sabíamos, porque habíamos mirado los billetes y eso, pero esperábamos que algún alma caritativa se ofreciera a hacernos el cambio. 
Pues se ve las almas caritativas también dan COVID, como lo gratis, así que acabamos desperdigados a lo largo de dos vagones, mi madre, los dos niños, el gato (drogado) y yo, que para mí que el gato fue el que tuvo mejor viaje, literal y metafóricamente hablando, porque lo que es yo acabé baldada de correr pasillo arriba, pasillo abajo para asegurarme de que los niños no molestaran a sus acompañantes, los acompañantes no molestaran a los niños y el gato no se hiciera tertuliano de Telecinco.
Para cuando llegamos al Puerto, por supuesto, no había taxis en la parada de taxis porque para qué va a haber taxis en la parada de taxis de una estación de tren, en la playa, en pleno verano, cuando llega un tren que ha parado en Madrid, Córdoba y Sevilla, no sé si me explico.
Así que esperamos, esperamos y esperamos mi madre, los dos niños, el gato (cada vez menos drogado) y yo. No pasa nada, sólo eran las tres de la tarde en mitad de julio, y sólo estábamos parados en mitad de un aparcamiento. 
Al final apareció un taxi, que yo ya estaba pensando en irme al piso andando, porque no sería la primera vez y no está tan lejos, pero es que me hacía mucho pipí y me daba miedo que al tirar del trasportín se me fuera el puntillo, que ya era lo que me faltaba. 
Bien.
Lo importante es que después de tan solo ocho horas de viaje llegamos al piso mi madre, los dos niños, el gato (totalmente despierto y bastante nervioso) y yo. 
Hermano Pequeño había estado toda una semana y se había ido esa misma mañana, así que contaba con encontrarme el piso en un estado de mínima habitabilidad. 
Y bueno, depende de lo que consideres habitable, así era.
El caso es que la cama de matrimonio estaba sin hacer, con el colchón al aire, cosa que cuando llegas de un viaje de ocho horas con tu madre, dos niños y un gato (acojonado, debajo de la mesa), desmoraliza bastante, motivo por el cual yo siempre cambio las sábanas antes de irme y dejo la cama hecha. 
Al parecer esa había sido la intención, porque habían lavado las sábanas e incluso las habían tendido, si por tender entiendes hacer una pelota y encajarla entre las dos cuerdas del tendedero como cuando eres pequeño y el balón acababa en el alero de la vecina. 
El váter estaba pringoso. Esto fue de lo que más de desconcertó, porque Hermano Pequeño me había dicho que no había tenido tiempo de fregarlo bien y le había dado con las toallitas del baño de Mercadona, que mira, para unas prisas ni tan mal. Yo las uso a menudo, de hecho. Por eso no acababa de entender cómo podían haber soltado esa pringue. ¿Las toallitas del baño caducan? ¿Se habrían puesto malas con la humedad? No entendía nada... Hasta que descubrí que la Tita no tenía toallitas de baño. Lo que tenía en el baño eran toallitas desmaquillantes. Y ni siquiera eran de Mercadona, eran de Lancome o Vichy, no me acuerdo bien pero son las dos marcas que le gustaban a ella para los potingues de la cara. Así que el váter limpio, lo que se dice limpio, no estaba... pero te dejaba la piel del culo estupenda. 
Mientras yo miraba el váter con estupor, los niños se quejaban de que no funcionaba la tele. Ahí ya empecé a llorar por dentro porque mi salud física y mental estaba pidiendo a gritos que los niños se entretuvieran un rato viendo la tele. Empecé a tocar todos los botones, estupefacta. Mi tía era bastante analógica, si algo tenía esa tele es que era fácil. Dos meses antes, yo misma había podido verla sin problema y ahora... nada. Hicieron falta unos cien mensajes a Hermano Pequeño para descubrir que le había parecido una idea estupenda colocar un ChromeCast. Y lo era, ojo. Lo que hubiera sido una idea estupenda también es que nos lo dijera, no sé. Por ponerle una pega y tal. 
Para entonces yo estaba que me iba a dar un infarto de miocardio. Y todavía no había entrado en la cocina, en cuyo suelo había un puñado de hojas secas (de dónde habían podido salir esas hojas en una zona con humedad del 99 millones por ciento, es un completo misterio) y unas marcas en el suelo como si alguien hubiera arrastrado la basura dejando un reguero a su paso. 
Creo que ese fue el momento en que decidí entregarme a la bebida y abrí la nevera. 
Salvo que no hizo falta, porque ya estaba abierta. 
Y como era una nevera de una cierta edad, al parecer el motor no había podido compensar el calor que entraba y había optado por hacer la suicidación. 
Para que quede claro: al abrir la nevera me golpeó una bofetada de calor. El interior de la nevera estaba como para gratinar macarrones. A las seis (SEIS) botellas de vino tinto abiertas y a medias que encontré en el interior les hubiera venido bien un poquito de azúcar, canela y unas peritas de San Juan para hacer un postre estupendo. 
-Lo escamocho -dije.
-Pero mira qué detalle -dijo mi madre-, nos ha comprado la merienda. 
Yo no podía comprender porqué una porción de tarta de queso, a repartir entre mi madre, los dos niños, el gato (que declinó generosamente) y yo, que llevaba además unas seis horas calentándose en la nevera era una buena noticia, pero claro, yo es que no soy nada detallista y ese tipo de sutilezas se me escapan.
Quizá por eso más que agradecida por el detalle estaba enfurecida por todo lo demás. Yo es que tengo mucho carácter, de toda la vida me lo han dicho. 
El caso es que respiré hondo, tracé un plan de acción, y para compensar mi mal humor les dije a los niños que al día siguiente comeríamos lasaña. 
A los niños les encanta "la saña". ZaraJota siempre dice que es porque "saña con gusto no pica". 
La lasaña es buena, la lasaña es tu amiga. 
La lasaña te reconforta y te hace olvidar todos tus males. 
Al menos, hasta que descubres que el horno no sólo no funciona, sino que cada vez que intentas encenderlo te salta los plomos de toda la casa...
-ME C*G* EN LA VIDA ENTERA, C*Ñ* YA, QUÉ C*J*N*S HAGO AHORA CON LA P*T* LASAÑA DE LOS H**V*S. 
Bueno... supongo que siempre me queda la opción de calentarla en la nevera. 




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18 octubre 2021

El verano de las contrariedades, 3


Lo voy contando todo desordenado porque es un poco así como está en mi cabeza. 


Empezamos el verano dándole cristiana sepultura a la Tita del Puerto que, recordemos, se había muerto un montón de meses antes pero no sé qué de una pandemia, así que la incineramos y la dejamos en su urna hasta que pudiéramos hacer cosas locas como entrar más de tres personas al cementerio. 
Así que era julio y estábamos en Córdoba un sábado por la mañana y todavía teníamos que hacer 50 kilómetros hasta el pueblo con dos niños de punta en blanco que tienen la costumbre de vomitar y/o sangrar por la nariz cada vez que se montan en el coche, así que lo primero que hice, después de ponerlos de punta en blanco, fue envolverlos en toallas. 
Sí, siempre llevamos un montón de toallas en el coche. Somos ese tipo de gente. 
Colocamos a los niños en las sillitas que parecía aquello que nos dedicábamos a la cría del gusano de seda de tamaño extra y salimos para el pueblo con tiempo de sobra para llegar. 
Salvo que nada más salir pillamos un camión cisterna y en esas carreteras de dios no nos quedó más remedio que hacer la travesía a la trepidante velocidad de treinta kilómetros por hora, que yo miraba para atrás, a los niños, y pensaba: o se convierten en mariposas o se derriten, pero estos no llegan al pueblo. 
Así que yo había planeado llegar un poco antes para que los niños recorrieran un poco el cementerio y fueran asimilando a la familia poco a poco, pero cuando llegamos ya estaban todos allí y a los niños les entró la timidez a la gente y yo no sabía muy bien dónde meterme porque había contado con usar a los niños de escudos humanos porque yo lo de interactuar con gente lo llevo regular tirando a mal. 
Y eso que, en realidad, no había tanta gente. Por ejemplo, una de las hermanas de la fallecida, junto con toda su familia, optó por no ir. Que a ver, es normal, porque viven a una cierta distancia. De unos 500 metros, aproximadamente. Pero es cuesta arriba, ojo con eso.
Quien sí estaba es le buene persone, que ya sé que la estáis esperando. 
Incluso había llevado flores, de su parte y de parte de sus nietes. Lo repitió unas cuantas veces, supongo que para que quedara claro que de parte de su hije no, yo qué sé. 
Le buene persone parecía pensar que aquello era un intercambio de regalos o algo así, porque después de decir que había llevado flores de su parte y de sus nietes preguntó si le dábamos la urna. 
Mi madre, que lo mismo estaba un poco tensa porque ella es mucho de tensionarse cuando se le muere una hermana de pronto en mitad de una pandemia, la otra no aparece en el entierro y le buene persone le repite cien veces que ha llevado flores de su parte y de sus nietes (pero de su hija no), se aferraba a la urna de las cenizas que era como para dar la enhorabuena al fabricante por la resistencia del recipiente. 
-No, no te doy la urna. 
-¿Y la bolsa de la urna? 
-N... ¿qué? 
-La bolsa de la urna.
La bolsa de la urna era una bolsa marrón como las que te dan en la Tagliatella para llevarte las sobras, sólo que en vez de Tagliatella pone TANATORIO DE EL PUERTO  y en vez de las sobras te llevas los restos. 
-¿Para qué quieres la bolsa de la urna? 
-Para tener un recuerdo de la muerte de la Tita. 
A mí eso me dio mucha pena. Pobrecita, pensé, que necesita recuerdos de la muerte de la Tita. Normal, como no fue a verla ni al hospital, ni al tanatorio, ni a la misa, pues no tiene ninguno, no como los que sí estuvimos allí, que tenemos de sobra y nos sobran la mitad, si tengo que ser sincera. 
Mi madre debió pensar lo mismo.
Eso o cortocircuitó, una de dos. 
El caso es que sacó la urna y le dio la bolsa, que digo yo que le tenía que haber cobrado al menos los cinco céntimos, como en el súper, pero bueno. 
Le buene persone aprovechó el momento para coger carrerilla. 
-¿Y cuándo me vais a dar lo que me corresponde?
Ahí tuve que tomarme un momento para contar hasta diez, porque desde mi punto de vista (seguramente equivocado) lo que le corresponde es una guantá con la mano abierta y estoy dispuesta a dársela cuando quiera, que además siempre llevo gel hidroalcohólico en el bolso para desinfectarme antes y después. 
-¿Lo que te corresponde? 
-Sí, de las cosas de la Tita. 
-Bueno, es que no te corresponde nada.
Que ya lo debería saber porque firmó las escrituras del testamento. Después de presuntamente intentar engañarnos para que presuntamente le pagáramos por ello. 
Motivo por el cual yo, que había estado haciendo campaña para que le mandáramos aunque sea algún recuerdo personal, perdí las ganas de seguir campañeando, no sé si me explico. 
-Pero me tenéis que devolver los regalos que le hice. 
Se ve que cuando te mueres es como cuando rompes con el novio y le devuelves la Nancy de la legión. Yo no tenía ni idea, pero parece bastante razonable, así que he estado buscando los dichosos regalos por todas partes hasta enterarme de que como se los mandaba para ablandarla antes de pedirle cosas, a la Tita le daban tanta rabia que los tiraba o los donaba. Así que ya podía yo buscar hasta que me salieran canas en el chichi, que no iban a aparecer. 
Bueno. 
El caso es que los del ayuntamiento decidieron intervenir. 
-Si ya están todos, vamos a proceder. 
Que es julio en Córdoba, son las once de la mañana y aquí no hay ni una sombra, coñoyá. 
Así que arrebatan la urna de las manos de mi madre, que de tanto apretarla la tenía como fusionada, la meten en el nicho y se ponen a pegar un trozo de pladur con lo que parece una pistola de silicona, mientras todos miramos al infinito con cara de circunstancias porque aquello más que un entierro solemne parecía un domingo en el Leroy Merlín. 
Para agravar las cosas, le buene persone se abrió paso hasta la primera fila y empezó a hacer como que lloraba. 
Pero no le sale. 
No le sale. 
Se nos empiezan a escapar risillas por lo bajo, los amigos de la familia no entienden nada, los niños flipan infinito...
Aquello empieza a ser bastante incómodo, así que una vez más los del ayuntamiento, benditos sean, terminan de colocar la lápida y acuden al rescate.
-¿Les ayudamos a poner las flores delante? 
Que no era su obligación, ojo. Pero para mí que estaban un poco living con el tema y no se querían ir.
-Sí, gracias, gracias.
Entonces interviene le buene persone, totalmente recuperada de su... um... momento Razzie. 
-MIS FLORES JUSTO DELANTE, EN EL CENTRO, QUE SE VEAN.
Claro que sí, las flores de los infelices que, entre otras cosas, están pagando el entierro, ya si eso. 
¿Y las que han llevado los niños? ¿Las que han elegido personalmente y cargado desde Madrid?
LOS NIÑOS QUE ESPABILEN, ESTO ES LA JUNGLA Y MIS FLORES VAN DELANTE. 
Los del ayuntamiento nos miran y les miramos en plan: lo que le señore diga, y tengamos la fiesta en paz. 
Así que se ponen a colocar flores mientras le buene persone les grita: 
-¡Ese no! ¡El otro! EL OTRO. El que tienes ahí
Porque le buene persone quería a la Tita lo bastante para que sus flores estuvieran en presidencia, pero no lo bastante como para cogerlas ella misma y moverlas medio metro a la derecha, se ve. 
En ese momento los deudos asistentes ya estaban abiertamente convulsionando de risa, que dios bendiga las mascarillas porque así podíamos frotarnos los ojos de vez en cuando y fingir que era emoción contenida. 
Total, que acaba el numerito, mi madre lee unas palabras, Nena-chan y yo cantamos una canción (en contra de mi criterio, no fue la de "Con los dedos de las manos, con los dedos de los pies") y dimos aquello por terminado oficialmente pero claro, la gente seguía allí y yo estaba en plan y ahora qué, porque no tengo mucha experiencia invitando a gente a entierros, y lo más parecido que se me ocurría era cuando los invité a mi boda, pero como no tenía pingüinos a mano pensé pues nada, voy a darles las gracias por haber venido. 
-Menganito, gracias por venir. 
Y le buene persone, pegada a mi oreja y sin mediar provocación por mi parte.
-Yo habría ido a cuidar a la Tita, pero mi marido está muy malo y no puedo separarme de él ni un minuto. 
Que hasta la persona con la que yo estaba hablando, que no la conocía de nada, miró alrededor, claramente pensando "y dónde está su marido ahora, señora". 
A dios pongo por testigo que la gilipollez que había dicho generó una onda expansiva de tal calibre que hizo saltar los sismógrafos de todo el hemisferio norte. Puede que incluso sea responsable de la erupción del volcán. Ahí lo dejo para que los expertos estudien la posibilidad. 
-Ni un minuto -repitió le buene persone, con menos convicción.
El impacto fue tan grande que ni le buene persone pudo ignorarlo. 
-Está solo ahora, claro -gruesos goterones de sudor resbalaban por su frente. Había caído en su propia trampa, y lo sabía-. Voy a tener que irme con él -terminó, con un hilo de voz que olía a desesperación y derrota. 
La vimos salir por la puerta del cementerio, cabizbaja. 
Nada más perderse de vista, un amigo de la Tita (ya sabéis, un amigo, GUIÑO GUIÑO CODAZO CODAZO), que había venido desde Madrid expresamente, quiso colocar el ramo de flores que había traído, y por cuestiones de falta de espacio y logística, sin quererlo ni buscarlo, el ramo acabó delante de todos, justo en el centro. 
Porque a veces la justicia poética existe, y las cosas acaban bien.   


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Pretendemos sacar el libro de la vieja y malvada bruja. Y tenemos peluches








11 octubre 2021

El verano de las contrariedades, 2


A ver cómo cuento esto...

Antes del drama del Bichopollo tuvimos otro percance.
Mi madre se volvió a Madrid y ZaraJota no venía hasta el día siguiente. 
Yo tenía que pasar una (1) unidad de noches sola con los niños en la casa de la Tita del Puerto.
¿Qué podía salir mal?
No me acuerdo qué hicimos los tres solos todo el día, pero al llegar la noche yo estaba que me moría muerta matada. Estaba tan cansada que en lugar de ponerme el pijama me quedé con la camiseta vieja 90% agujeros que llevaba y las bragas (limpias), que por lo menos eran tipo culotte y de color gris, porque si llegan a ser tipo bragafaja y de color nude habría sido fatal para los acontecimientos posteriores que narraré a continuación. 
Me tumbé en la cama y me quedé KO hasta que así como a la una de la mañana sentí la llamada de la naturaleza y no pude ignorarla, porque el asunto de parir me ha dejado el muelle flojo y estoy como para presentarme a un casting de Tena Lady.
Total que me levanto y al pasar por delante de la habitación de los niños veo como una luz de ultratumba que parecía aquello cuando el niño del Sexto Sentido se mete en la tienda de campaña, que casi me hago pis en mis bragas tipo culotte de color gris, lo que sin duda habría sido fatal para el desarrollo de los acontecimientos posteriores.
-¡Nena-chan! ¿Qué estás haciendo?
-Nada.
-¿No estarás jugando videojuegos con la tablet debajo de las sábanas?
-Nooo...
-...
-Es que...
-Mira, estoy muy cansada. Mañana cuando venga papá lo hablas con él.
Cogí la tablet, apagué la luz, me volví a mi habitación y me quedé KO otra vez.
Me despertó un portazo. 
Ya está el lerdo del gato intentando salir a la terraza a través de la puerta cerrada, pensé.
Jinmu empezó a maullar. Insistentemente.
Ya está el lerdo del gato intentando dar pena a la puerta de la terraza para que se abra sola, pensé.
Pero Jinmu no paraba de maullar, así que al final me levanté. 
-¿Qué te pasa? ¿La puerta es mala y no se abre?
El gato me llevó hasta la puerta de la calle, sin parar de maullar. 
-Esta puerta no, Jinmu. 
-Miau.
-De verdad, me estáis dando la noche. Haz lo que quieras, yo me voy a dormir.
Pero antes de dormir me asomé al cuarto de los niños.
Costumbre, supongo. A ver si estaban dormidos y eso. 
Como era de esperar, Nene-kun estaba dormido. 
Y Nena-chan no estaba.
-¿Nena-chan?
La busqué por toda la casa, gritando en bajito
Porque lo último que necesitaba era que se despertara su hermano, claro. 
Así que gritaba en bajito que, dadas las circunstancias, resultaba especialmente frustrante. 
La busqué por toda la casa, debajo de las camas, de los armarios, me asomé a la terraza por si se hubiera asomado al jardín y se hubiera caído, y no estaba por ninguna parte, ni siquiera dentro de la nevera, ni dentro del váter, ni en el carro de la compra y cuando ya empezaba a pensar que simplemente se había evaporado oí gritos en el portal. 
Cogí las llaves, la mascarilla y el móvil y salí disparada escaleras abajo.
En el portal, a oscuras, había unas pareja joven en estado de shock después de encontrarse a Nena-chan en el hueco de las escaleras en plan niña de la curva, que ahora lo pienso y me da la rosa floja pero me pasa a mí y me quedo tiesa del infarto allí mismo. 
-¿Habéis visto a una niña? ¿Por dónde ha ido?
-Ha salido corriendo...
La casa de la Tita del Puerto está en un edificio con un patio central grande al que dan todos los portales. Los niños adoran ese patio, están a su aire como en un parque, pero sin peligro. 
Al menos, eso parecía de día. 
De noche, y con Nena-chan desaparecida, yo sólo pensaba en todos los recovecos, escaleras, barandillas y el dichoso acceso al aparcamiento. 
-¿Dónde?
Los vecinos captaron la situación enseguida.
-Yo miro por el patio.
-Yo voy a dar una vuelta a la manzana.
Yo me quedé en mitad del patio y llamé a la policía. 
Ahora que lo pienso la conversación, entre el gaditano cerrado del policía y mi histeria total y absoluta debió ser como para escucharla. Y analizarla gramaticalmente. Pero sobre todo como para escucharla.
Mientras hablaba con el policía empecé a pensar con mayor claridad. 
Los vecinos la estaban buscando en los alrededores, la policía estaba avisada, yo tenía que centrarme en lo importante: 
1. Volver a casa y asegurarme de que Nene-kun seguía dormido. 
2. Ponerme sujetador, porque una cosa es estar en la calle en bragas y otra muy distinta que una mujer de mi edad salga a la calle sin sujetador.
En el piso, el niño estaba dormido y el gato seguía inquieto, maullándole a la puerta. 
Me puse el sujetador, porque una puede ser una histérica pero es una histérica decente, mientras iba contestando a las preguntas del policía: un metro veinte. Ojos azules. El pelo corto, la toman por niño. Un niño guapísimo, ¿sabe usted? No conoce la zona, y al lado hay un pinar, y más allá el mar, y en medio una carretera, y es viernes por la noche, y la gente viene de la playa con un par de copas, y ella nunca ha cruzado sola la calle...
-No se preocupe, señora, un coche patrulla la ha localizado en la glorieta.
Imaginaos el panorama: viernes, una y media de la madrugada. A un lado, un bloque de vecinos. Al otro, un pinar totalmente a oscuras. En mitad de la calle, una loca de metro sesenta de altura y ochenta kilos de peso, más fácil de saltarla que de rodearla, con los pelos de recién despierta, la mascarilla empapada de tanto llorar, una camiseta 90% agujeros, las tetas bamboleando a pesar del sujetador (porque una es una mujer decente), las bragas culotte color gris y las chanclas naranja fosforito ideales para correr por la calle como si la vida te fuera en ello.
Por motivos desconocidos, cuando los policías me vieron acercarme hicieron barrera delante de Nena-chan. 
Entonces fue cuando se me ocurrió que a lo mejor, sólo a lo mejor, no estaban a favor de que me la llevara. Que se habían encontrado a una niña sola en mitad de la calle a la una de la mañana en estado de pleno desconsuelo y, como mínimo, pensaban que tenía unos padres negligentes. Quizá cosas peores.
No iban a dejar que volviera a casa así como así. 
Me senté en un escalón, totalmente en shock. Sólo podía llorar y llorar. Una chica se sentó a mi lado y me explicó que la niña estaba bien, que ella y sus amigas se la habían encontrado por la calle y habían avisado a la policía. La chica era guapísima y sus amigas eran guapísimas y yo estaba en bragas culotte (color gris) sentada en un bordillo y Nene-kun estaba solo en casa y la policía no me dejaba acercarme a mi hija y no podía parar de llorar y llorar. 
-Señora -dijo uno de los policías-, la documentación. 
-¿Qué?
-El dni. 
-Pe... pero cómo voy a tener el dni si estoy EN BRAAAAGAS... BUAAAAA... QUE HE SALIDO CO-CORRIENDO DE CAAAAASA... ESTOY EN BRAAAAAGAS.... EN MEDIO DE UN PINAAAAAAR... BUAAAAAA... 
Al verme tratar con las figuras de autoridad, sin duda impresionada por mi saber estar y mi compostura, Nena-chan esquivó el placaje del otro policía y vino a abrazarme.
Es posible que eso nos salvara el culo a las dos. 
Metafóricamente, al menos, porque la verdad es que sentarse en un bordillo en mitad de un pinar en unas bragas culotte (color gris) no es lo que se dice muy cómodo.
Los policías se relajaron, empezaron a sonreír (debajo de las mascarillas) y a bromear y me tomaron los datos. 
Para entonces, mi mayor preocupación había pasado a ser Nene-kun, solo en casa, porque los dramas no se priorizan solos, hay que priorizarlos. 
Nene-kun duerme como una piedra toda la noche, pero tiene la costumbre de venirse totalmente dormido a mi cama, todas las noches, a las dos en punto. 
Y las dos en punto se acercaban. 
-Bueno, deberíamos ir tirando para casa -les dije a los policías-, que he dejado solito al hermano pequeño.
-Claro, claro -dijeron los policías. 
No me lo podía creer. La niña estaba a salvo, los servicios sociales no se la habían llevado, podíamos volver a casa.
Y entonces Nena-chan intervino.
-No es verdad, mamá, no está solo.
Imaginarse el panorama y la cara de los policías que habían estado a punto de dejar que la niña se fuera con una loca en bragas. 
-Cla-claro que está solito, Nena-chan -le dije, mirando de reojo a los policías-, papá no viene hasta ma-mañana.
Yo no leo el pensamiento pero que los policías estaban pensando en registrar la casa por si el papá era un traficante de drogas, armas o cosas peores, como risketos estaba claro como el agua. 
-Pero está Jinmu.
Los policías me echaron una mirada que si las sospechas mataran me habrían dejado muriente para el resto de mi vida.
-Jinmu -atiné a decir- es el gato
Los policías se rieron, Nena-chan se rio, yo me reí. 
Volvimos a casa. Nene-kun estaba dormido en exactamente la misma postura, Nena-chan no tardó en estar dormida también. A mí me costó más, y soñé toda la noche con que Nena-chan era un bebé que empezaba a andar y se escapaba. 
Lo cuento así como para rellenar un poco, porque obviamente no tiene ninguna relación con esta historia. 
A la mañana siguiente, Nena-chan y yo le contamos la aventura a su hermano. 
-¿Y tuviste miedo? -preguntó al final.
-Mucho, porque estaba solita en la calle.
-Pues yo estuve solito en casa -dijo, muy orgulloso de sí mismo- ¡y no tuve nada de miedo!


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