23 enero 2023

Noches de bohemia


Cuando tuvimos a Nena-chan y hablábamos de colecho la gente nos decía: "como la metáis en vuestra cama no la sacaréis nunca de ahí". 
Diez años más tarde, puedo afirmar con total alegría que no solo hemos sacado de nuestra cama a Nena-chan sino también a Nene-kun.
Y entonces llegó el gato.
Desde el principio, ZaraJota y yo estuvimos de acuerdo: el gato en la cama, no.
El que no estuvo de acuerdo fue Jinmu.
A Jinmu le gusta... ¿cómo decirlo? La castidad. Supongo que piensa que si él está castrado "por su bien", los demás también. Y como no puede ir por la vida cortando huevos, pues apuesta por los anticonceptivos de barrera. 
Y la barrera es él. 
No importa qué hagamos ZaraJota y yo: el gato siempre está en medio. Si nos sentamos a ver la tele se pone en medio. Si estamos cerca mientras trabajamos se pone en medio. Si coincidimos en la cocina por motivos ignotos, se pone en medio, y además maúlla. Por si le cae algo, nunca se sabe.
Resumiendo: el gato siempre está en medio.
Salvo una vez, que estábamos jugando al parchís y se puso encima, y entonces le dije a ZaraJota: "parecemos los músicos de Bremen", y por lo que sea eso a ZaraJota le cortó el rollo.
El caso es que ZaraJota y yo ya nos hemos hecho a la idea de que lo nuestro es imposible y que hemos sido separados por el destino. Salvo que el destino es un gato. Y se llama Jinmu.
La cosa ha llegado a tal punto que, en un intento desesperado por tocarnos de vez en cuando, nos metemos en la cama a toda prisa y nos abrazamos en plan fusión nuclear, que de verdad un día vamos a ponernos carbón en medio a ver si con el apretón que le damos lo convertimos en diamante.
Pero el gato no es tonto. O sea, no hay más que ver la vidorra que se pega para darse cuenta de que es el más listo de la casa, si no del universo. Con el tiempo ha desarrollado una técnica que consiste en ponerse en el punto exacto en el que desea estar, sin importarle que nosotros estemos debajo.
Como ya se demostró con el asunto de los músicos de Bremen.
Y luego, deja que las cosas caigan por su propio peso.
Siendo "las cosas" él, y "su propio peso" unos diez kilos.
Es que ha perdido mucho desde que está a dieta.
Como estamos a bajo cero ahora mismo, quizá penséis: "Bueno, al menos os da calorcito". 
PUES NO. 
Porque a medida que el gato baja y su cuerpo gatuno se incrusta entre nuestros cuerpos humanos, arrastra la manta para abajo con él.
Y según la manta baja por un lado, va subiendo por otro. Y el resultado es que acabo siempre durmiendo con el culo al aire, porque es que encima soy tontísima y yo con pantalones de pijama no puedo dormir y me acuesto en bragas.
Pero eso no es lo peor, porque el gato se posiciona siempre de forma que su cabeza queda entre la de ZaraJota y la mía, perfectamente colocada sobre la almohada. Y ME MIRA. TODA LA NOCHE. Porque los gatos son animales nocturnos y de noche no duermen. Solo cazan. Salvo los gatos domésticos gordos y aburguesados. En ese caso solo se meten en tu cama Y TE MIRAN. 
Imaginad que os despertáis en mitad de la noche porque tenéis el culo destapado y se os ha quedado el chichi como Leo agarrado a la tabla, abrís los ojos y lo primero que veis son dos pelotas brillando en la oscuridad.
Y EL RONRONEO.
Porque tú estás ahí en la postura más incómoda posible, con el chichi helao, sin poder dormir, pero el gato ES FELIZ.
Y claro, qué le dices. Que lo disfrute.
Además, no suele durar mucho, porque entre las dos y las tres de la madrugada pasa el camión de la basura y el gato me despierta para que lo veamos juntos.
Que le gustan al gato los camiones de basura, yo qué sé, todos tenemos nuestros kinks.
A mí en verano no me importa porque en nuestra terraza se está estupendamente, pero en invierno y a bajo cero que hemos estado no sé porqué me cuesta más. Pero como el gato maúlla como un poseído hasta que me salgo con él a la terraza y lo último que necesito en esos momentos es que además me despierte a alguno de los niños, pues me salgo a la terraza y veo el camión de la basura con el gato y además lo comentamos ("pues hoy ha pasado más tarde", "pues ese no es el basurero de todos los días") que tengo yo un control de la gestión de residuos urbanos que la verdad es que el ayuntamiento podía pensarse darme una paguita o algo.
Y es es más o menos la rutina de todas las noches, pero es que encima hace un par de días, cuando salimos a ver el camión de la basura entró en casa un bichito. Un mosquito, parecía. Pero debía ser mutante porque de verdad estábamos bajo cero. Que ahora que lo pienso lo mismo no era un mosquito sino un copito de nieve a motor.
Y, como decía anteriormente, los gatos por la noche cazan. Salvo los gatos caseros gordos y aburguesados, que entienden que cazar es algo así como llorar hasta que a su presa le da pena y se introduce ella misma en la boca del depredador, porque lo que es él no se va a mover.
Así que debían de ser como las cuatro de la mañana, estábamos a bajo cero en general y yo en bragas en particular porque me molesta dormir con pantalones, el gato maullaba como un loco, el bichito no se dejaba cazar, yo corría detrás intentando que al menos volviera a salir por donde había entrado, y hacía frío, y sueño, y yo estaba en bragas y sin embargo llovía, y no sé cómo acabé echando al bichito y me volví a la cama a seguir pasando frío allí porque por supuesto que el gato se había puesto en medio otra vez.
Al día siguiente estaba un poco hecha un moco. Hecha varios mocos, en realidad.
-Ay, qué cara traes -me dijeron al llegar a clase.
-Es que no he dormido nada.
-¿Te han dado mala noche los niños?
-Mira, voy a decir que sí porque si cuento lo que ha pasado de verdad me vas a tomar por loca.
 
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09 enero 2023

Noche de paz



Las cosas que hacemos por amor.
Mucha gente no lo sabe, pero en muchos barrios de Madrid la cabalgata de reyes es el 4 de enero. 
La alcaldesa a la que nadie eligió y que llegó al puesto cuando su marido nombró ministro al entonces alcalde, que a su vez la había nombrado a ella vicealcaldesa y por tanto heredó su puesto (todo casualidad, seguro) decidió que esto era necesario para garantizar la seguridad. 
¿La seguridad de quién? Nunca lo sabremos. 
El caso es que en vez de rotar los barrios, o elegirlos cada año por sorteo o lo que fuera, los eligió ya para siempre ella, y qué casualidad que fueron los de rentas bajas, no se podía saber. 
La jugada le salió regulinchi: al no coincidir con la cabalgata "grande", la que se ve por la tele, las cabalgatas de los barrios cada vez atraen a más gente (lo de este año ha sido una locura), son accesibles a más niños de todos los estratos económicos, culturales y sociales. Ya lo comenté en twitter: nunca había visto a tantas mamás con túnica y pañuelo. Sus caras de ilusión y sorpresa están al mismo nivel que las de los niños.
Chúpate esa, dedoalcaldesa.
Bueno, como sin duda sabéis por años anteriores, suelo participar en una de las carrozas de la cabalgata. Por los niños, lo hago por los niños. No es que a mí me haga ilusión ni nada. Que va.
El caso es que al día siguiente siempre estoy al borde de la morición. Pocas horas de sueño, mucho frío, dolor de espalda, agujetas en los brazos de tanto tirar caramelos y en la cara de sonreír (en verdad os digo que si nunca habéis tenido agujetas en la cara de tanto sonreír os está faltando algo en la vida). 
Que no me quejo porque me gusta más que un tonto un lápiz y estoy temiendo el día en que mis hijos digan que ya no quieren subirse porque tendré que poner de excusa al gato o algo, pero es cansado.
El día 5 pensaba remolonear en la cama hasta altas horas de la mañana, como las nueve y media o así, pero en lugar de eso a las ocho de la mañana estaba en correos para recoger un paquete porque al parecer era URGENTÍSIMO que lo recogiera el día 5, no podía esperar a, yo qué sé, el día 9, cuando pase por correos para mis cosas o simplemente por delante cuando llevo a los niños al cole, no sé. 
El paquete era absolutamente gigante. Los brazos no me llegaban de lado a lado. Subía por la calle como una caja con patitas, a las ocho y media de la mañana, bajo cero, cuando me llegó el inconfundible olor a roscón recién hecho y lo seguí hasta una pastelería en la que apenas había una cola de unas veinte o treinta personas.
Bueno, pensé, aprovecho la cola para descansar un rato (la gente de la cola fue súper amable) y de paso me llevo a casa uno de los mejores roscones del barrio. La idea parecía estupenda hasta que la pastelera me dio el roscón y me encontré con que, efectivamente, tenía que llevármelo a casa.
No voy a entrar en detalles de lo que sucedió a continuación; me limitaré a decir que las cajas cuadradas no ruedan grácilmente cuesta arriba por muchas patadas que les des.
Para cuando llegué a casa, mis manos seguían bajo cero pero el resto de mi cuerpo era un bonito exponente del calentamiento global. Las agujetas del día anterior estaban dándolo todo, tenía dolor de cabeza por la falta de sueño y me estaba empezando a pinchar la ciática. De la espalda prefiero no hablar.
Mi plan era llevarme a los niños al mercado de San Isidro, porque nacieron con una tarita mental que les hace adorar ir al mercado y además en el San Isidro siempre tienen animación para niños en estas entrañables fiestas. Pero se me ocurrió abrir la caja y descubrí que no podía porque tenía que hacer horas extra para los Reyes Magos. No voy a negar que me pillé el cabreo del siglo, porque yo ya hice mis horas reglamentarias antes de que los niños empezaran sus vacaciones para poder estar con ellos, y aquello me pareció un abuso real de considerables proporciones. Y luego se me acabó el celo. Y luego, el papel de regalo. Y luego, la paciencia.
Y cuando se me acaba la paciencia discuto con ZaraJota, porque es mi enlace sindical con los Reyes Magos y es la enésima vez que los Reyes Magos nos hacen la misma jugada (aunque debo reconocer que esta no ha sido la peor) y yo pago mi cuota sindical para algo, no sé si me explico. Y nos fuimos a la cama cansados, doloridos y tristes. 
Y NI SIQUIERA NOS PODÍAMOS DORMIR PORQUE ERA DÍA CINCO DE ENERO Y SOMOS PADRES, GUIÑO CODAZO CODAZO.
Los niños estaban nerviosos, claro. Es la noche más importante del año. 
Nene-kun, que se duerme puntualmente a las nueve y media todas las noches, me dijo: 
-Mami, estoy muy nervioso, creo que no voy a poder dorZZZZZZZ...
Y no se supo más.
Nena-chan es más dura de roer. Desde bebé, le cuesta muchísimo dormirse, aunque cuando cae puedes montar muebles a su lado y no se entera (esto ha ocurrido, varias veces). 
Así que nos dispusimos a esperar. Y esperar. Y esperar.
A las diez y media yo, que soy una optimista de la vida, pensé que había ocurrido un milagro: la niña se había dormido. 
ZaraJota cogió el Scalextric y emprendió el camino al salón.
-¿Mami?
Mierda, mierda, mierda...
ZaraJota me lanzó el Scalextric y yo lo oculté tras mi esbelta figura y puse cara de "no llevo un Scalextric escondido a la espalda". Creo que funcionó, porque la niña se volvió a la cama.
Pero despierta, claro.
A las doce seguía despierta.
ZaraJota, ya menos, que hubo un momento que de verdad que pensé mira, le pido a la niña que me ayude y a la mierda todo.
A las doce y media yo ya estaba sujetándome los párpados con palillos. No podía más.
Mira, me dije, me levanto y si la niña me pilla colocando el puñetero Scalextric le digo que todo es un sueño como lo de Resines. 
Y si no cuela, le saco una navaja y le digo que aquí no ha pasado nada y que como lo cuente la rajo, yo qué sé, pero estoy cansadísima, me duele todo y además hace un frío que no es ni medio normal y no encuentro mis zapatillas.
Así que desperté a ZaraJota y colocamos los regalos, que es una de mis cosas favoritas del mundo, colocarlos a escondidas y reírse mucho con cada ruidito que hacemos, y luego volver a la cama calentita a dormir POR FIN.
Entonces el gato empezó a maullar.
Es muy sensible para sus cosas y sus rutinas. Nos avisó cuando se murió Pelotilla. Nos avisó cuando se escapó Nena-chan. Nos avisa todas y cada una de las veces que entra en casa cualquier bichito (lo de cazarlo ya si eso, que se cansa). Y por supuesto nos avisa si de pronto aparecen un montón de cosas en el salón. Repetidas veces. A TODO VOLUMEN. 
-Jinmu, por favor, ven a dormir.
-¡¡¡MIIIIAAAAAAAUUUU!!! ¡¡¡MIIIIAAAAAAAUUUU!!! ¡¡¡MIIIIAAAAAAAUUUU!!! ¡¡¡MIIIIAAAAAAAUUUUUUUUUUU!!! [¡¡¡que me tenéis el salón lleno de mierdaaaaaas!!! ¡¡¡recoged estoooooo!!! ¡¡¡que voy tarde para la siestaaa!!!].
-La madre que te parió, Jinmu.
Nuestra indiferencia obligó a Jinmu a tomar una decisión desesperada: moverse de su sitito. Una vez levantado debió pensar que lo peor ya estaba hecho y la emprendió con todo. 
Desde el dormitorio empezamos a oír golpes, cosas que se caen, cajas arrastradas y maullidos, muchos maullidos.
-Jinmu que me voy a hacer una bufanda contigo, la madre que te parió.
Al fin, y seguramente exhausto por la inacostumbrada actividad, el gato se vino conmigo a la cama y se durmió.
Eran cerca de las tres de la mañana. 
Lo sé porque, apenas unos minutos después, llegó Nena-chan.
-¡Mami, han venido los Reyes!
-...son las tres de la mañana.
-¡El salón está lleno de regalos!
-¿Y están enteros?
-Eh... sí, parece que sí.
-Pues entonces no has visto nada, métete en la cama y a dormir.
-Pero hay...
-NO. HAS. VISTO. NADA.
La niña aprovechó el vacío legal para meterse en mi cama, donde ya estábamos ZaraJota, el gato yo, dormirse y proceder a darnos patadas hasta en el carnet de identidad.
Por suerte, no fue durante mucho tiempo.
Debían ser las siete y media de la mañana cuando se despertó Nene-kun.
-Mami, ¡han venido los Reyes!
-¿Los Reyes? LA REPÚBLICA TENÍA QUE VENIR.

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Escribo libros de todo tipo y algunos son hasta casi buenos. Puedes encontrarlos todos aquí.

26 diciembre 2022

La maleta



Tengo que dejar de ir a Barcelona porque cada vez que voy me pasan cosas.
Es eso o mudarme definitivamente allí y dejar que la magia fluya.
Se aceptan ofertas de trabajo. Sobre todo si son así como de trabajar poco y ganar mucho.
Las cosas sucedieron más o menos así: 
el sábado estuve todo el día atendiendo el puesto en Santa Librada. Cuando llegué a casa, me encontré un montón de pedidos en Lektu, todos de ellos urgentes porque eran para Sus Majestades Los Reyes Magos y ya se sabe que a la realeza no se la puede hacer esperar.
Me acosté a una hora indeterminada de la noche y me levanté a una hora determinada de la noche, en concreto a las 4 de la mañana, porque tenía que coger un ave a las 6 y no podía dormir porque pensaba que me iba a dormir.
Yo qué sé, cosas de madre.
Lo cierto es que mi presencia en Barcelona era completamente innecesaria, pero tenía que llevar unos doscientos libros y en su momento me pareció logiquísimo llevarlos yo misma en una maleta. Una maleta grande. Muy grande. Y pesada. Muy pesada.
Que yo no lo sabía, pero por suerte me lo dijo el primer taxista.
-¡Cuánto pesa esta maleta!
-Sí, ya.
O sea, que mi ascensor está en entreplanta. Para llegar a él hay que bajar un tramo de escaleras y luego para salir de él hay que bajar otro.
El taxista me llevó hasta la estación y pasé el control, y el señor de seguridad me vio maniobrar con la maleta y aunque no se sintió inclinado a ayudarme, sí sintió la imperiosa necesidad de hacer un comentario:
-¡Cuánto pesa esa maleta!
-Sí, ya.
Me dijo lo mismo un señor que me vio subir la maleta al tren, y luego otro al bajarla en Barcelona, y luego el taxista en Barcelona, al que ya ni contesté porque para entonces estaba un poco cansada de arrastrar la maleta. Y de no dormir. Pero sobre todo lo primero.
El taxista me dijo que no me preocupara, que me dejaría lo más cerca posible de Nau Bostik.
El taxista mintió.
Porque llegado un punto se encontró con una maratón popular (yimcama, la llamó, porque es que los catalanes son así, no pueden llamar a las cosas por su nombre, es como un tic que tienen) y la calle cortada.
-Pues te tengo que dejar aquí.
-¿Qué?
-Es que está la calle cortada.
-¿Y la Bostik está en esta calle? 
-No, está como a quince minutos andando, pero no es nada, no te preocupes que es cuesta abajo.
Verás que todavía acabo rodando hasta el mar, con el frío que hace...
-¿Y no puede rodear las calles cortadas?
-...
-¿No?
-Es que soy nuevo con el taxi y no conozco esta zona.
-Está bien.
El taxista bajó la maleta (esta vez se abstuvo de comentar su peso) y me dijo que la Bostik estaba a unos 15 minutos en esa dirección aproximada. Que fueron más porque claro, se ve que cuando hay una maratón no te puedes poner a cruzar las calles con una maleta a rebosar de libros cuando a ti te dé la gana.
Para cuando llegué a la Bostik el brazo me había crecido unos diez centímetros aproximadamente pero había conseguido llegar a mi destino con los libros intactos y luego tuve un día muy bonito salvo el rato en el que intentaron asesinarme pero bueno, eso son detalles insignificantes y ya los contaré en otra ocasión si eso.
Al final del día la maleta pesaba muchísimo menos, cosa que es de agradecer, aunque yo estaba mucho más cansada así que venía a dar lo mismo.
Y al día siguiente cogí de nuevo la maleta y tiré para el metro, porque estaba ya en un plan de cómo alguien me diga que cuánto pesa la maleta se la come. Y del metro al ave. Y del ave al autobús.
Que tuve suerte porque como han reforzado el servicio para la navidad el 34 solo tardó exactamente lo mismo que cualquier otro día. 
Así que llega el autobús y levanto la maleta entre gemidos y gruñidos muy poco femeninos por mi parte, todo hay que decirlo.
-¡Cuanto pesa esa maleta! -me dijo un señor que había aprovechado mi rifirrafe con la gravedad para colarse y, acto seguido, quedarse en todo el medio.
-Sí, sí.
-Es que las mujeres siempre lleváis más cosas de las que necesitáis.
Como opiniones no solicitadas, supongo.

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Esta navidad, salva una maleta y de paso mi espalda: todos mis libros en papel y en digital están en Lektu y en las mejores librerías:
ALCORCÓN
Friki Factoría (Av. de Lisboa, 4 Posterior, Local 13)
ASTORGA
La Isla del Tesoro (C/ Manuel Gullón, 14)
BARCELONA
Librería Merricat (C/ del Rosselló, 55)
GETAFE
Gotham Central (C/ Ferrocarril, 22)
MADRID
Libros de Arena (C/ Capri, 15)
Librería Derivas (C/ Jacinto Verdaguer, 17)
Librería La Fabulosa (C/ del Barco, 40)
OVIEDO
Hangar Rebelde (C/ Arturo Buylla 3)
PLASENCIA
El  Jardín Secreto (C/ Talavera, 21)
SEVILLA
La Casa Tomada (C/ Muro de los Navarros, 68)

12 diciembre 2022

El mojón


 
Pues voy a contar aquí la historia de cuando casi nos parten la cara en Barcelona, por si Twitter se cae que no se pierda para siempre como lágrimas en la lluvia.
Todo empezó cuando nos fuimos a Barcelona a pasar un fin de semana largo. Y tan largo. El plan era salir tempranito y llegar a Barcelona sobre la hora de comer pero, por motivos en los que prefiero no entrar porque a lo mejor estáis comiendo, sobre las once de la mañana estábamos en lo que parecía un polígono industrial, con las pistas de Barajas a la izquierda y un edificio en el que ponía Airbus a la derecha, con un niño en pelota picada esperando bajo la lluvia a que los adultos encontraran ropa seca y limpiaran de vómito el asiento trasero. Y parte del delantero. Y del techo. Que es panorámico, de cristal. Ahí dejo el dato para dar color a la narración.
Así que llegamos a Barcelona tarde. Y cansados. Y con un perfume embriagador, eso también.
Entonces fue cuando nos encontramos con que el barrio se está gentrificando a una velocidad loca y todo es zona verde que mira, si hay que pagar se paga, pero es que además aproximadamente el 210% de las plazas de aparcamiento son ahora para moto, según un estudio avalado por la TBU.
A mí me hubiera encantado ir a Barcelona en moto y aparcar a la primera en alguno de los varios cientos de miles de millones de huecos libres, pero por desgracia había ido en un Picasso de siete plazas y eso ya era más complicado de aparcar, al menos según ZaraJota, porque lo que es yo he leído al menos tres tazas de Mr. Wonderful y sé que querer es poder.
-Muy bien, muy bien -me dijo ZaraJota-. Pues a ver si quieres callarte un poquito. 
Que lo dijo así con retintín, así que pensé que seguramente era la típica cosa que dice queriendo decir otra y no le hice caso, y por eso seguí compartiendo con él absolutamente todo lo que se me pasaba por la cabeza mientras él daba vueltas durante horas. Y horas. Y horas. Y HORAS. Hasta que dio con un huequito para aparcar en batería. Complicado pero suficiente.
Con tan mala suerte de que justo delante se quedó libre otro huequito en batería y rápidamente llegó otro coche para ocuparlo, pero no podía porque nuestro coche sobresalía mucho y no dejaba espacio para maniobrar. 
-¡Échalo más para atrás! -nos gritó el conductor.
-¡No puedo! -contestó ZaraJota-. ¡Hay una piedra! 
-¿Que qué?
-¡UNA PIEDRA!
Para mí que el problema aquí fueron los dos motores de los coches, las ventanillas subidas y que "piedra" suena sospechosamente parecido a "mierda". Porque el coche de delante frenó de pronto, se abrió la puerta del copiloto y se bajó un señor directamente venido de los ochentas (no descartemos que llevara desde entonces intentando aparcar): calvete por delante, mullet por detrás, chupa de cuero con chinchetas, piercings y tatuajes en toda la piel visible y la latita de cerveza en la mano.
El susodicho enfiló hacia nuestro coche, momento que yo aproveché para echar el pestillo de mi puerta porque estaba claro que alguien iba a morir y prefería no ser yo, además ZaraJota lleva más años pagando el seguro de entierro y nos compensa más que se muera él. Que yo lo digo por el bien de nuestra economía doméstica, no porque tenga ningún interés personan en seguir viva.
-Que te eches patrás -le dice el señor a Zarajota.
-Que no puedo, que hay una piedra.
-Que piedra ni que piedra.
-Míralo tú, que si me echo más para atrás me como la piedra.
Y lo dijo ahí con todo su tono quinqui de barrio, porque uno puede dejar la Trinidad, pero la Trinidad nunca te deja a ti. Así que el señor se va para la trasera del coche, sin soltar su lata, y dice:
-Pues sí que hay una piedra.
A lo que yo, que viendo que el peligro ya había pasado me había bajado del coche porque dentro olía mucho a vómito para apoyar a mi marido, añadí.
-En realidad es más bien un mojón.
ZaraJota me miró. En concreto, me miró mal, con ese tipo de mirada que dice: calla, que todavía nos raja por bocazas.
Mister Muller seguía mirando el mojón.
-Esto entre tú y yo lo movemos -le dice a ZaraJota.
Y ZaraJota, ya totalmente entregado al quinquismo: 
-Venga.
-Voy llamando a la ambulancia -les dije yo, por aportar mi granito de arena a la situación.
Entonces va el señor va e intenta mover el mojón. Sin soltar la lata, porque debía ser una lata de poder o algo, pero no lo bastante porque el mojón no se mueve.
-Pues nada, jajajaja.
-Jajajaja.
ZaraJota estaba ya quinqui full power, que solo le faltó darse palmadas en la espalda con el señor y hacer el saludo secreto, de verdad, yo estaba totalmente fascinada con el fenómeno. Mientras tanto, la conductora del otro coche había terminado de aparcar y se bajó con su correspondiente lata de cerveza en la mano. Que a lo mejor para circular por Barcelona es obligatoria, no digo yo que no. 
-Que había una piedra -le dice el señor.
-¿Una piedra?
-Jajajaja, una piedra, jajajaja, bueno, adeu, bona nit.
Y ZaraJota:
-Bona nit, merci.
Y yo: 
-Pero a ver, 'merci' por qué.
Y ZaraJota:
-Pues por no rajarnos, ¿no le has visto las pintas?
Y yo: 
-Ah, sí, jajajajaja, gracias, eh, hasta luego. 
Y así fue como llegamos a la casa de la suegra, cansados, empapados y oliendo a vómito, y nos pregunta:
-¿Habéis aparcado bien?
-Sí, sí.
-Pues es raro, que últimamente está muy difícil aparcar.
Difícil no sé, pero peligroso un rato.



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Este fin de semana tengo sesión doble:
El día 17 estaré todo el día en Santa Librada (Madrid), en la mesa de FoscaNetworks casi todo el día, porque a las 17:00 ZaraJota y yo perpetramos una charla.

El domingo 18, estaré en la Fira de Nadal de La Sagrera (Barcelona), también todo el día, en la mesita de FoscaNetworks.

28 noviembre 2022

La bella Lola


 Ahora que ya sabemos cuáles son las mejores hamburguesas de Barcelona, quizá querréis saber cómo acabó aquella noche. En concreto, cómo acabé en una tórrida relación con la bella Lola. 
La cosa fue que después de comernos unas croquetas (que no unas hamburguesas) a mí se me empezó a caer el párpado cosa mala y dije que quería irme a casa.
Lo que pasa es que no era mi casa, era la de Laia. 
Pero Laia no se quería ir a casa todavía porque decía que quería estar un ratito más con sus amigas. Que no se lo cree ni ella, que todos sabemos que lo que quería era ver en qué acababa el tema de las hamburguesas, pero bueno.
Así que nos fuimos a su casa Sark y yo. En la casa nos recibieron alegremente dos perretes y un gato. 
Bueno, "alegremente" es un decir. Porque si tu ves salir a tu humana con dos desconocidos, vuelven solo los desconocidos, y uno de ellos se mete en la cama de tu humana mientras el otro te dice "ven conmigo de paseo, no seas boba que te va a gustar", lo normal es que sospeches. 
Y mucho. 
El caso es que Sark se fue de paseo con los dos perretes y yo no quiero saber lo que pasó y tampoco lo voy a preguntar, pero cuando llegaron el perrete número 1 se vino para la habitación de Laia, se subió a la cama, me puso el hocico prácticamente en la cara y cuando vio que yo no era la humana habitual salió de la habitación a todo correr.
Entonces volvió a entrar, se subió a la cama, me puso el hocico prácticamente en la cara y cuando vio que yo no era la humana habitual salió de la habitación a todo correr.
Entonces volvió a entrar, se subió a la cama, me puso el hocico prácticamente en la cara y cuando vio que yo no era la humana habitual... bueno, os hacéis a la idea. 
Yo supongo que este es el equivalente perruno a reiniciar el equipo, porque después de unas cuantas veces se rindió y se fue al salón, donde se encontró con el perrete número 2, Lola para los amigos.
Lola no estaba contenta.
Era tarde y su humana se había ido, aparentemente secuestrada por otros dos humanos que le habían okupado la casa.
Luego la habían obligado a salir a hacer caca cuando ella no tenía caca.
Y al volver había dado por hecho que la humana que había en la cama era la suya y todo había vuelto a la normalidad, pero cuando vio aparecer al perrete número 1 (Goliat, se llama, que me acabo de acordar) cabizbajo en el salón dedujo, porque mi Lola es muy lista, que no.
Y entonces empezó a LADRAR.
Pero LADRAR
¿Cómo es posible tanta potencia pulmonar en un cuerpo tan pequeño?
No lo sé.
Al principio esperé que se le pasara, más que nada porque soy una cat person y los perros se me dan regumal. Pensé que Sark se ocuparía, pero los minutos pasaban, los ladridos seguían y Sark no intervenía: así que hice lo que una mujer casada nunca debería hacer: asomarme a su habitación. En plena noche. DESCALZA.
-¿Sark?
La habitación estaba totalmente a oscuras y Sark no contestaba, así que llegué a la conclusión más lógica posible: que le había dado un patatús.*
Desde luego a mí estaba a punto de darme uno, porque estaba muy cansada y no tenía ganas de lidiar con el perrete de Laia y el cadáver de Sark. Por eso hice lo más sensato que se me ocurrió: volver a cerrar la puerta y fingir que no había pasado nada.
Porque no había pasado.
Que yo soy una mujer casada.
Me armé de valor entonces y me dirigí al salón.
-A ver, Lola, deja de ladrar ya...
Que como los vecinos llamen a la policía y vengan y se encuentren con el cadáver de Sark ya sí que no duermo, Lola, y estoy muy cansada.
Para sorpresa propia y ajena, Lola se calló de inmediato.
-Muy bien, muy bien.
La dejé tan tranquila y me volví a la habitación de Laia, pero nada más posar mis delicadas formas sobre las sábanas, Lola empezó a ladrar otra vez.
-Ay, señor...
Me levanté, fui al salón, dije:
-Lola...
Y lola se calló.
-Buena chica.
Me volví a la habitación, me senté en la cam...
-¡GUAU GUAU GUAU GUAU GUAU!
Volví al salón. Empezaba a sentirme como el perrete número uno. 
-A ver, Lorz -me dije-. Usa la lógica. Si estás en la habitación ladra. Si estás en el salón, no. ¿Qué hacemos?
-Dejar que se ocupe Sark. Pero se ha subido a un árbol.
-O está escuchando música con los auriculares puestos -dijo la voz de mi cabeza. Es que es muy lista, a mí no se me habría ocurrido.
-No pienso entrar ahí a averiguarlo -dije-. Que luego se me cae un pelo y viene CSI y la lía. 
La voz de mi cabeza puso los ojos en blanco.
-Entonces supongo que puedes intentar dormir en el salón -dijo.
Por suerte el sofá de Laia es muy grande y tenía mantita, que me había quedado pajarito de andar descalza para arriba y para abajo. Me tumbé en el sofá y Lola se quedó tranquilita.
Supongo que pensó: ha secuestrado a mi humana, ha okupado la casa, pero mañana va a tener las cervicales que se va a arrepentir de haber nacido. Y con eso ya se quedó tranquila.
En el sofá se estaba bien y calentito. Muy calentito. Porque en cuestión de segundos tenía encima al perrete número 1, también conocido como Goliat, y al lado en plan mímame pero sin tocarme al gatete denominado Varsovia. Lola se quedó frita con la satisfacción del deber cumplido.
Este era el cuadro pintoresco cuando apareció Laia, presumiblemente con el estómago lleno de las mejores hamburguesas de Barcelona.
-¿Pero qué haces en el sofá? -me dijo. Bueno, nos dijo. Es que el sofá estaba muy concurrido.
-No te preocupes, no pasa nada, es que me he venido aquí porque creo que Sark se ha muerto.
Ante todo no dramaticemos.



*Sark estaba escuchando música, claro.



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Quedan pocos días para participar en el verkami de Crónicas Funestas
Es para sacar un juego de rol, pero también hay cositas para no roleros como camisetas y libritos y sugus.
¡Apuntarse! 


14 noviembre 2022

Las mejores hamburguesas de Barcelona





Si todo va bien, este fin de semana estaré en Barcelona: el 18 jugando al rol en Daus del Triangle y el 19 en la Sagrera Alternativa.
Y claro, no puedo evitar acordarme de lo que pasó la última vez que estuve en Barcelona.
Era de noche y sin embargo llovía. Vale, no llovía. Pero era de noche. Habíamos acabado de presentar el libro de Laia y salimos de Merricat con la sana intención de buscar un bar para tomarnos algo. Lo que fuera. Hacía calor porque era octubre pero el cambio climático no existe y teníamos sed. Y era de noche. Pero no llovía.
La misión no parecía complicada porque Merricat está puerta con puerta con un bar, pero cuando hicimos amago de sentarnos nos dijeron que no, que cerraban a las 9 y faltaban cinco minutos. 
-Esto en Madrid no pasa -declaré-. En Madrid si necesitas un médico mejor te mueres, pero si necesitas un bar lo tienes cuando quieras.
-Bueno, buscamos otro -dijeron las amigas de Laia.
A fin de cuentas, ¿cómo de difícil puede ser encontrar un bar en Barcelona un viernes por la noche?
Efectivamente, al poco dimos con un bar, absolutamente vacío, con la terraza desierta. Pero cuando hicimos amago de sentarnos llegó una camarera a todo correr.
-¡No podéis sentaros aquí!
-¿Van a cerrar?
-No, acabamos de abrir. Abrimos a las ocho. Hasta la una. 
-Bueno, son las nueve.
-Es que no os podéis sentar aquí.
Miramos alrededor. En la terraza había tres mesas vacías. Todas, para ser más exactos. 
-¿Y en otra mesa?
-No, en ninguna.
-¿Por algo?
-Es que sois ocho.
El grupo, al que a partir de ahora llamaré Laiettes porque era nuestro punto de conexión, intercambió miradas confusas. Durante los tres últimos años pandemial las normativas sobre bares, aforos, grupos y mascarillas han cambiado tantas veces que resultaba difícil seguir el ritmo. Pero en aquel momento se habían levantado todas las restricciones salvo la de usar mascarilla en transporte público.
-Nos podemos sentar en dos mesas separadas...
-No, no, aunque seguís siendo ocho y claro, en la plancha solo caben cuatro hamburguesas. 
Las Laiettes volvimos a intercambiar miradas.
-¿Hamburguesas?
-Claro, porque os sentáis y pedís hamburguesas, y las tengo que hacer de cuatro en cuatro y claro, traigo cuatro y mientras esperáis a las cuatro siguientes se enfrían y luego os quejáis y quién se come la bronca, ¿eh, quién? Pues yo.
-Pero nosotras solo queremos tomar una cerveza y...
-Claro, claro, eso decís ahora, pero luego pedís ocho hamburguesas.
-De verdad que no queremos hamburguesas, solo unas cervezas...
-Pero es que nuestras hamburguesas están riquísimas.
-¿Qué?
-Las mejores de toda Barcelona. ¿Cómo vais a no pedir hamburguesas?
-Creemos que podremos soportarlo.
La camarera bufó.
-Bueno, voy a preguntarle a mi jefe, que yo es que no puedo tomar decisiones porque solo llevo un mes, ¿sabéis?
-A dos no llegas -murmuró una de las Laiettes por lo bajo.
La camarera se fue corriendo otra vez. Las Laiettes nos quedamos de pie en mitad de la calle, intercambiando miradas de confusión y sed. Sobre todo lo segundo.
-Siempre podemos ir a otro bar -sugirió alguien, con poco entusiasmo.
Al rato volvió la camarera, corriendo.
-Que dice mi jefe que os podéis sentar...
-Bien.
-Pero me tenéis que decir ya que vais a comer...
-...de verdad que nosotras solo queríamos beber...
-Pero mujer, algo comeréis, ¿no? ¿Habéis oído hablar de nuestras hamburguesas?
-Sí, algo.
-¡Son las mejores de toda Barcelona!
Las Laiettes, ya sentadas, miraron alrededor en busca de la cámara oculta. 
-De verdad, estamos cansadas, hace calor, solo queremos unas cervezas y...
-¡Enseguida! Os tomo nota de la comida y os traigo las cervezas. ¿Qué queréis comer?
-¿Qué tenéis?
-Hamburguesas. Pero no podéis pedir porque en la plancha solo me caben cuatro y sois ocho.
Una de las Laiettes, sin duda más acostumbrada a las costumbres nativas, tomó la palabra.
-A ver: dinos qué tenemos que pedir para que nos traigas algo de beber.
La camarera se lo pensó. Revisó su cuaderno. Lanzó varias miradas nerviosas a la mesa donde se sentaba el jefe.
-Croquetas.
-Pues trae croquetas.
-¿Algo más? Tengo nachos.
-Pues trae nachos. 
Lo que sea, trae lo que sea. LO QUE SEA.
-¿Todo para compartir? ¿Nadie va a pedir algo de comer? Tenemos las mejores hamburguesas de Barcelona. ¿Queréis que os diga de qué son?
-No, gracias, de verdad, ¿podemos pedir ya la bebida?
-Sí.
-Dos cervezas, una fanta...
-Eeeeeeh, no vayáis tan rápido. Que me he tomado un redbull y estoy muy nerviosa.
-Al menos alguien ha bebido algo -se oyó murmurar por lo bajo.
Otras Laiettes dudaban que la chica se hubiera tomado un redbull.
-Venga, repetimos, dos cervezas, una fanta...
Parecía que el asunto se había resuelto cuando una de las Laiettes pidió...
-Un vaso de agua caliente.
-¿Qué?
-Un vaso de agua caliente. 
-...
-¿Hacéis infusiones?
-Sí: de té rojo, té verde, poleo, manzanilla...
-Muy bien: pues tú me traes el agua caliente como si fuera una infusión, pero no le pones la infusión.
La camarera pareció dudar.
-Tendría que preguntarle a mi jefe...
La punki que había pedido el agua caliente sintió sobre ella la mirada de todas las Laiettes. Era una mirada cargada de terror y de odio. Era una mirada que decía: calla, que la vas a liar.
-Mira, ¿sabes qué? Tráeme una infusión y ya está.
Parecía que lo habíamos conseguido. La camarera se fue corriendo con nuestras comandas. Luego volvió corriendo con nuestras comandas. Las cervezas estaban casi al alcance de nuestra mano cuando la chica tropezó y una de las cervezas salió volando, acabó en el suelo y empezó a echar espuma como un perro rabioso o como, por ejemplo, una Laiette en plena ola de calor porque el cambio climático no existe que llevara una hora esperando por una cerveza.
-¿Estás bien? 
-Sí, sí, me pasa mucho. Antes me he caído también y me he hecho un raspón... ¿queréis verlo?
-¡NO!
-Jajajaja, si no es nada. Bueno, esta ya no sirve, me la llevo. 
La chica recogió la cerveza e hizo amago de irse. 
-¡PERO DEJA EL RESTO, POR DIOS!
-Jajaja, sí.
Lo habíamos conseguido. Teníamos nuestras bebidas. Teníamos unas croquetas. Y unos nachos. La noche era estupenda y estábamos rodeados de gente encantadora y simpática.
-¿Todo bien? -preguntó la camarera antes de retirarse-. ¿No falta nada?
-Todo perfecto, gracias.
-¿Seguro que no queréis una hamburguesa? Están muy buenas.
-Son las mejores de toda Barcelona -aportamos.
A la chica se le iluminaron los ojos con la emoción.
-¿A que sí? Es que tienen fama. 


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Tengo cosas que decir: 
La primera, seguimos con la campaña para sacar el juego de rol de Crónicas Funestas.

La segunda: que el 19 de noviembre participamos en la Festa Major Alternativa de La Sagrera
Y la tercera que, por supuesto, todos mis libros siguen en Lektu.

31 octubre 2022

Halloween 2022


 
Estaba empezando a refrescar. A la vieja y malvada bruja le gustaba el frío. En verano la gente suda y cuando, pongamos por caso, persigues a un niño para comértelo, cuesta más agarrarlo para echarlo al caldero. Porque resbala y eso. Por otra parte, en invierno era más difícil saber si el niño estaba lo bastante gordito como para asarlo, o era un saco de huesos que solo servía para hacer sopa. Eso estaba bien. A la bruja le gustaban las sorpresas, siempre y cuando acabaran con ella tumbada en su camastro, la tripa hinchada de tanto comer, las mandíbulas exhaustas de tanto masticar y los ojitos bizcos por... bueno, la vieja y malvada bruja siempre tenía los ojitos bizcos. Decía que le daban perspectiva.
Aquel primer día de frescor otoñal, la bruja salió de su cabaña, tomó aire puro, empezó a toser por la falta de costumbre (el ambiente en el interior de la cabaña era de todo menos puro, de hecho, en ocasiones se podía cortar con un cuchillo; otras veces hubiera sido necesaria una sierra mecánica) y tuvo que apoyarse en la jamba de la puerta hasta que le pasó el ataque. 
Fue entonces cuando notó que había algo raro en el bosque, y no era el aire puro, una molestia a la que ya estaba más que acostumbrada. Era un sonido... molesto, chillón, irritante, que le ponía los pelos de las verrugas de punta. Parecían... sí, lo eran: risas de niños.
La bruja sintió escalofríos. Una gota de sudor helado resbaló, trabajosamente, por la costra de roña que cubría su espalda. Los niños, de uno en uno y así, cociditos, le resultaban muy agradables. En grupos grandes y poco hechos, qué diantres, literalmente crudos, y encima alegres, ya le parecían un poco peor.
La bruja pensó que tenía que alejarlos de su cabaña de inmediato. No debía resultarle difícil: la gente tendía a evitar esa zona por instinto. Y por sentido del olfato. Sobre todo, lo segundo. 
La vieja y malvada bruja se tiró al suelo e hizo la croqueta por el verdín hasta que sus ropas negras adquirieron un tono más acorde a las labores de ocultación en el bosque. Después, a cuatro patas, de arbusto en arbusto, se aproximó al grupito. Estaba formado por un grupito de niños vestidos como imbéciles, liderado por un imbécil vestido de niño. La bruja los observó, boquiabierta, mientras "montaban el campamento", que básicamente consistía en sacar un trozo de tela de una bolsa plana, lanzarla al aire que se convirtiera en una pequeña casa de tela con un "plop". Pronto el claro estuvo poblado de casas de tela azul y techos redondeados, no mucho más altas que una persona. Esperaba que los niños no crecieran mucho, porque era imposible hacer vida normal ahí.
Acto seguido, los niños encendieron un fuego, cogieron ramitas en las que ensartaron trozos de algo blanco, se sentaron alrededor de la hoguera con las cositas blancas sobre el fuego y empezaron a cantar.
La bruja arrugó el entrecejo. La roña de su cara crujió y la bruja se dislocó un músculo del esfuerzo. Pero arrugó el entrecejo. Estaba claro que aquellos niños formaban un Aquelarre, y que habían decidido instalarse en su territorio. La vieja y malvada bruja jamás habría permitido una afrenta así. Bueno, es cierto que sí permitía las Reuniones Secretas de Plenilunio en el Claro del Bosque Junto a la Peña con Forma de Cabrito, pero eran solo una vez al mes, y si caían en jueves se suspendía para no coincidir con la noche de bingo en la taberna del pueblo.
Pero esto era inadmisible.
Esperó pacientemente a que terminaran de cantar, contaran cuentos supuestamente de miedo y, finalmente, se dirigieran a sus casitas para dormir. Qué clase de brujas dormían de noche, era otro misterio que tendría que resolver. Después de mucho rato de risitas y cuchicheos, por fin, el claro quedó en un silencio solo a ratos interrumpido por algún ronquido.
La bruja se echó las manos a la cabeza, rebuscó entre sus cabellos enmarañados y sacó al murciélago que anidaba ahí. Lo dejó cabeza abajo en una rama, observando el claro con sus ojitos como de canica. La gente, había notado la bruja, tendía a golpearle en la cabeza, y aunque la costra formada por su pelo solía resistir y el murciélago nunca había sufrido el menor daño, ella no deseaba correr riesgos innecesarios.
La bruja entró en la primera casita, agarró de una oreja a la primera bruja invasora / niño vestido de imbécil, y lo sacó de un tirón. Salvo lo que salió no fue un niño. O sí. Pero se había transformado en una especie de capullo de colorinchis, de la misma tela que la casita, del que solo sobresalía la cabeza.
La bruja se quedó estupefacta. Pero no tanto como cuando la cabeza abrió un ojo, luego otro, luego sacó una mano de las profundidades del capullo y lo abrió de arriba a abajo con un suave "ziiiiiiiiip". El niño salió del capullo como si fuera lo más normal del mundo, miró a la bruja de arriba a abajo, se volvió a frotar los ojos y soltó un tremenda carcajada.
-¡Caray! Este año os habéis superado.
La bruja no supo qué contestar. La verdad era que se sentía superada, sí.
-¿No deberíamos despertar a los demás? -preguntó el niño. La bruja abrió la boca y la volvió a cerrar. No estaba segura de si era una trampa-. ¡Eh! ¡Despertad!
De las casitas empezaron a salir niños en diferentes grados de somnolencia. Algunos arrastraban sus capullos como si se tratara de la piel muerta de una serpiente... La bruja se relamió ante la idea de llenar la despensa con todas aquellas pieles. Pero antes tenía problemas más urgentes.
-¿Qué pasa?
-¡Una bruja!
-Jajajaja, este año se han superado.
-¡Venid todos! 
La bruja se encontró perfectamente rodeada de niños. La mayoría la miraban, mientras que algunos se afanaban en encender la hoguera que habían apagado cuidadosamente antes de irse a dormir, y otros aprovechaban la ocasión para sacar más de aquellas cosas blancas y zampárselas crudas.
-Eh... -dijo la bruja, para ganar tiempo.
-Lobatos -intervino el único adulto presente-. Somos lobatos.
La bruja asintió. Cambiaformas, eso lo explicaba todo. 
-Yo soy Tocomojo.
Un coro de risotadas la rodeó, pero el adulto chistó para que se callaran.
-Bienvenida, Tocomojo. ¿has venido para darnos nuestras huellas?
La bruja se estremeció. Estos cambiaformas practicaban una magia oscura y peligrosa.
-No -dijo.
-¡A la hoguera entonces! -gritó uno de los niños.
-¡Sí!
La bruja estaba rodeada de poderosos enemigos. Un sudor frío le recorrió la espina dorsal haciendo un tortuoso recorrido debido a la escoliosis. Hizo un gesto para que el murciélago volviera a refugiarse en las marañas de su pelo. Tenía que salir de allí cuanto antes.
Por desgracia, los malvados cambiaformas no le dieron oportunidad. La rodearon, soltando alaridos, la llevaron a empujones junto a la hoguera, y cuando ya creía que la iban a asar viva, la hicieron sentarse, le pusieron entre las manos un palito con una de esas extrañas cosas blancas, y se sentaron a su alrededor, expectantes.
La bruja se vio indefensa. No sabía qué tenía entre las manos ni qué efecto tendría si intentaba hacer magia. Estaba rodeada y sin posibilidades de escapar. Y tenía que pensar en la seguridad de su murciélago. Tenía que ganar tiempo, con la esperanza de que, al amanecer, los cambiaformas perdieran algo de su energía. Carraspeó, tomó aire, y dijo:
-Había una vez una bruja...
Los cambiaformas emitieron grititos de felicidad. 
Podía conseguirlo,  pensó la bruja. Iba a salir de esta.


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