19 septiembre 2022

La otra

Soy una persona a la que le pasan cosas. 
Yo suelo decir que me pasan cosas porque hago cosas. Es decir, que si tu vida es perfectamente normal es difícil que te pasen cosas que se salgan de lo normal. Pero claro, luego voy a poner la lavadora, que es algo así como lo más normal del mundo, me resbalo con una minúscula gotita de agua, me quedo suspendida en el aire mientras toda la ropa sucia que llevaba en brazos flota a mi alrededor, y acabo con el culo encajado en el cesto de la ropa sucia, que revienta bajo mi abundancia, y entonces ZaraJota me dice: "A ver si lo que no es normal eres tú". 
Me lo dice con cariño, eh. Que si no fuera por mi se aburriría muchísimo y además él no sabe cocinar así que más le vale aguantarse con lo que hay si quiere comer caliente.
Bueno, todo esto viene porque una vez fui a una bar, que es también una de las cosas más normales en esta nuestra capital del reino, tierra de la libertad y del mejor agua del mundo, que digo yo que si el agua es tan buena por qué tanto empeño en beber cerveza, pero bueno.
El bar se llama La Maripepa y lleva ahí toda la vida pero se ve que cerró en algún momento y luego reabrió o yo qué sé, las cosas de bares siempre me han parecido muy complicadas.
El caso es que una tarde de sábado fui a un bar, que es una de las cosas más normales del mundo, pero como no bebo cerveza fui a una feria de fanzines. Ahí a lo mejor lo de la normalidad se va un poco a tomar viento, las cosas como son.
Estaba yo con mis libritos en la feria de fanzines del sótano, y de pronto una señora cuya identidad no mencionaré para proteger su anonimato me dijo: 
-Tenemos una propuesta que hacerte.
Yo no estoy muy acostumbrada a salir pero no hay que ser muy listo para darse cuenta de que semejante  frase, dicha en el sótano de un bar, no puede augurar nada bueno. O sea, que soy una mujer casada y eso. 
-No te preocupes que no es nada malo.
Pues vaya. Debo estar perdiendo mi atractivo. Pero bueno, mejor, porque a mí rechazar impetuosos pretendientes se me da fatal, por eso llevo doce años casada con ZaraJota. 
Pensé que la persona anónima iba a proponerme que le vigilara el puesto mientras ella se iba al baño o subía a la barra a por cervezas, o que me iba a pedir que le cambiara la silla porque otra cosa no, pero tengo un don para fichar y apropiarme de la silla más cómoda que haya en varios kilómetros a la redonda. 
-Claro, lo que sea.
Menos lo de la silla, eh. Que te acabo de conocer.
-Pues nada, que te íbamos a proponer que nos escribieras un libro.
En esos tiempos lejanos (enero 2022) todavía llevábamos mascarilla, cosa que agradezco infinitamente porque me quedé con la boca abierta.
-¿Que qué?
-Que nos escribas un libro.
-¿Yo?
-Sí, tú-tú. No Lorzagirl. Tú con tu nombre.
Me quedé un poco de pasta boniato porque bueno, Lorzagirl ha escrito algunos libros, pero no es como si fueran libros de verdad, o sea, los publica FoscaNetworks. Y la otra... bueno, la otra no ha escrito ninguno. O sea, ¿a quién le importa lo que escriba la otra?
Y encima un libro por encargo para que lo publique una editorial así como las de verdad.
Me pareció una locura.
Así que dije que sí, claro. porque una cosa es tener miedo y otra muy distinta tener cabeza.
Y así es como hemos llegado a esta terrible situación en la que el día 28 de septiembre, Lorzagirl y la otra presentan un libro en la librería La Fabulosa de Madrid. 


Es un libro muy bonito que me ha ayudado a reconciliar las dos partes de mí misma, así que solo por eso estoy contenta. Si además venís a verme, más contenta todavía. ¡Os espero! 






05 septiembre 2022

El momentito


Dedicado a todo el personal de pediatría del Gómez Ulla, por su profesionalidad, paciencia y humanidad.
Son la caña.



No hay forma suave de decir esto así que lo soltaré sin más: a Nena-chan le han quitado un bulto en la cabeza. Era un bulto exterior, como un lacasito, se lo notamos en navidad, en enero nos dijeron que no era maligno y desaparecería solo, en febrero nos dijeron que no era maligno y desaparecería solo, en junio nos dijeron que no era maligno y desaparecería solo y en julio aquello dejó de ser un lacasito para ser un chocobon.
-Si quieres, te lo quitamos -le dijo el cirujano a la nena, después de decidir que es una niña muy lista y perfectamente capaz de decidir por sí misma.
A la nena que le abrieran la cabeza le apetecía menos cuarenta y tres, sobre todo porque le advirtieron que tendrían que raparle un trozo, o sea, su pelo, pero aquello había empezado a molestarle. Si alguna vez habéis tenido un grano de regla en la barbilla ya sabéis lo que es tener la piel tirante contra hueso. Y aquello era como tres granos de regla, por lo menos. Así que dijo que sí.
Nos explicaron que era una operación sencilla, ambulatoria, entrar y salir, pim, pam.
La niña tenía que ir en ayunas, y por solidaridad y no meterme delante de ella un desayuno de tres platos, yo también. Ya desayunaríamos después si eso, si iba a ser un momento.
Empecé a sospechar que igual iba a tardar más cuando llegamos al hospital y nos dieron una habitación y un pijama de esos de dejar el culo al aire. A la niña le dijeron que tenía que tumbarse en la cama y taparse con las sábanas y la criatura me miraba como pero qué me van a hacer, con el hambre que yo tengo.
-Es por la anestesia general -le expliqué-, hay gente a la que le sienta mal.
Que es que en ayunas sienta todo mal, pienso yo, pero no se lo iba a decir a la niña.
-¿A mí me va a sentar mal?
Le va sentar mal, pensé, es que no lo puede evitar, si hay una ortiga en cien metros a la redonda es capaz de encontrarla y caerse en ella de cara, pobrecita, si es que es clavadita a mí. Pero ¿para qué estamos las madres si no es para mentir a nuestros hijos?
-Claro que no, a ti todo te sienta bien.
Al rato bajamos al quirófano. Bueno, ella. A mí no me dejaron entrar, con lo bien que me hubiera venido un poquito de anestesia general a mí también, con el hambre que tenía a esas horas.
Yo me quedé en la sala de espera. Me habían dicho que sería un momentito, así que no me atrevía a irme a la cafetería a comerme mi ansiedad en forma de ocho bocadillos de panceta, pero al menos en la sala de espera había máquinas con café y guarreridas varias. 
Corrí hacia una en concreto que acababan de rellenar con donuts, y la abracé hasta que una señora con cara de miedo llamó a seguridad. Entonces abrí el monedero y, bueno, me enfrenté al vacío absoluto. 
-Caca.
Nadie tenía para cambiarme, la máquina no admitía billetes ni tarjeta, y no me atrevía a irme a la cafetería porque la operación iba a ser un momentito, así que me quedé mirando la máquina con arrobo. Que rima con adobo. Como el cazón.
Llevaba una hora encadenando este tipo de pensamientos profundos cuando me avisaron de que la niña estaba en la sala de reanimación y podía entrar a verla.
No os voy a engañar: cuando la vi inconsciente, pálida, con las ojeras y los labios del mismo color morado, y con la cara llena de manchas como si hubiera estado abrazando a un pulpo porque le habían sujetado la máscara de la anestesia con esparadrapo y el pegamento le había dado reacción alérgica, porque es que es así de desgraciadita y con lo que no se golpea le provoca reacción, la verdad, es que no lo puede evitar, es clavadita a mí, se me cayó el alma a los pies. Junto al estómago, por lo menos.
Me dijeron que me sentara con ella, y me quedé ahí, viendo cómo intentaba despertarse de la anestesia, como medio dormida lloraba porque le dolía.
-Con todo lo que le hemos metido no le puede doler -me decía la enfermera-, es que a veces el despertar de la anestesia es así.
Su primera resaquilla, pensé, con los lagrimones que me caían para abajo, y me tiene que pillar con el estómago vacío, con lo malo que es eso. Me quedé ahí, cogiéndole la manita. Vale, de vez en cuando también le hacía cosquillas en diferentes partes del cuerpo para ver si reaccionaba. En los pies. No. En la barbilla. No. En el sobaquillo. Nada.
No lo hacía por mí y porque me aburriera, era por el bien de la ciencia y la experimentación.
Al final, la niña consiguió despertarse. Más o menos. 
-¿Cómo estás?
-Maaaal.
-¿Qué te pasa?
-Que tengo mucha hambre y quiero desayunar.
Si es que es clavadita a mí, no lo puede evitar.




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