25 julio 2022

Echar un guante




La semana pasada fuimos a ver Thorcuatro.
No recuerdo la última vez que fui al cine, normalmente ZaraJota se lleva a los niños para que yo pueda trabajar. O dormir. Pero esta vez íbamos los cuatro, básicamente porque con el calor no se puede trabajar ni dormir y en el cine hay aire acondicionado.
Ir al cine con niños en una experiencia multisensorial que incluye refresco, palomitas, alzador, preguntar ochenta veces si han hecho pis, recordarles otras ochenta que tienen que estar callados...
Antes de que me salgan los niñofóbicos de siempre: por eso vamos cuando la película lleva un tiempo en cartel, siempre en matinal, siempre en sábado, para molestar lo menos posible. Que aún así molestamos, seguramente, pero tus amigos y tú haciendo aspavientos con todas las referencias para que toda la sala se entere de que sabéis de cómics más que nadie también, así que estamos empatados.
El caso es que al poco de empezar la peli (justo antes de que salgan las cabras del espacio, para que nos entendamos sin spoilers), Nene-kun me dice: 
-Mami, papá se ha ido.
Y yo: qué cabrón, que se ha pirado a dormir y me ha dejado aquí con los niños, ten marido para esto.
-Ya volverá. 
En cuanto pise la calle y vea el calor que hace.
-Es que Nena-chan también se ha ido.
-Habrán ido a hacer pis a pesar del medio millón de veces que se lo he dicho.
Mientras tanto, en el exterior, ZaraJota estaba en el baño intentando parar una hemorragia nasal de Nena-chan.
Yo no estaba delante porque estaba en el cine más feliz que una perdiz, así que para poder contároslo he hecho lo que haría cualquier buen periodista: me lo he inventado. 
El caso es que estaba en el baño gastando papel higiénico como si fuera 2019 y aquello seguía saliendo a chorro y sin parar. Ni con agua fría, ni presionando, ni con la madre que lo parió.
Cuando llevaban sus buenos diez minutos jugando al ascensor del Resplandor, a ZaraJota se le ocurrió ir al puesto de palomitas y pedir hielo.
Imaginaros la situación porque tiene mandanga: sábado de julio a las doce de la mañana, la chica de las palomitas aburrida nivel a ver si me muero, y de pronto aparece un señor, por llamarlo algo, sujetando una bola de papel higiénico en la nariz de una niña con un vestido como para estrujarlo un poco y darle el carnet de donante.
Por cierto, donad sangre si podéis que está la cosa muy mala. 
-Perdone -le dijo ZaraJota. Ante todo, educación-. ¿Me podrían dar un poco de hielo?
-Claro, claro, espera que...
La chica dudó porque claro, no le vas a dar hielo en la manorra, que queda como poco higiénico.
-¿Tienes una bolsita o algo, aunque sea de las chuches?
-Las bolsitas de las chuches son de papel. Por lo de contaminar y eso.
ZaraJota pensó que justo lo que necesitaba la niña, que no paraba de sangrar, era que se le deshiciera la bolsa de papel en la cara y se le quedara pegado un montón de pelotillas blancas.
-Mejor que no.
-Espera, ¿te vale un guante?
-Lo que sea, sí.
La chica de las palomitas, a la que mando desde aquí todo mi amor y agradecimiento, cogió uno de los guantes de plástico que usan para manipular alimentos, lo llenó de hielo y se lo dio a ZaraJota, que procedió a aplicárselo a la nena en la cara. Que menos mal que todas las películas estaban empezadas y no entraba nadie, porque yo llego al cine y me encuentro la niña gore con un guante de plástico pegado a la cara y me vuelvo a mi casa por mucho calor que haga.
El caso es que o bien el hielo hizo efecto o la niña se quedó sin sangre, que por la cara que llevaba me parece lo más probable.
Así que se vuelven a la sala. Para que os hagáis una idea, Thor ya le había encontrado utilidad a las cabras del espacio. ¿Se perdieron lo mejor de la película? Sin duda alguna.
-Mami -me dijo el nene-, papá ha vuelto. 
-¿Dónde estabas?
-En el baño, que la nena estaba sangrando por la nariz y no paraba.
-Ostras.
-Lo he intentado todo: he gastado el papel higiénico, los pañuelos, las toallitas húmedas... al final me he ido a donde las palomitas.
-¿Le has taponado la hemorragia con palomitas?
-No, no, ¿por quién me tomas? Ha sido con un guante de plástico.
Ah, claro, mucho más lógico, dónde va a parar.

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Esto es lo típico que te aburres y escribes otro libro.
De momento solo disponible en digital. Es un relato corto de realismo negro, ambientado en la Andalucía rural de los años 80. 
Espero que os guste.  






11 julio 2022

La caja asesina


Esto os va a sorprender pero los libros ya no me caben en casa, en concreto en mi despacho casero de unos 4 metros cuadrados, y me he pillado un trastero, lo que pasa que lo llamo "almacén" porque suena como a más profesional.
Cada dos por tres lo tengo  que reordenar porque los libros entran y salen y lo mismo tengo un hueco que media docena de cajas apiladas.
En la última reorganización, le pedí a ZaraJota que subiera a lo más alto de la estantería más alta de la parte más alta del almacén.
-¿Estás segura?
-Sí, sí, esos libros no tienen salida, ya no me van a hacer falta.
-¿No quieres revisar la caja antes de que la suba?
-No, no, si ya sé lo que hay, son libros defectuosos, machacados por correos, cosas así.
-Esto no parecen...
-En serio, sube la dichosa caja.
-Vale, pero si en algún momento la necesitas me avisas para que la baje.
-Sí, sí.
ZaraJota se fue y yo me quedé en el almacén ordenando cajas: Vayamos por partes I, aquí. Vayamos por partes II, allí. Vayamos por partes III... 
-Uy. 
Vayamos por partes, tercera parte, no aparecía por ninguna parte, valga la redundancia. Abrí todas las cajas una a una, y son muchas cajas. Vaya, que ya llevo unos cuantos libros. No apareció ni un solo ejemplar. Lo que sí apareció, después de revolver todo el almacén y ponerlo patas arriba, fue una caja de libros defectuosos.
-Uy.
Como poseo una inteligencia privilegiada, llegué rápidamente a la conclusión de que la caja que ZaraJota había subido a lo más alto de la más alta estantería no estaba llena de libros defectuosos, sino de ejemplares nuevecitos de Vayamos por partes III.
Caca.
Lo sensato había sido avisar a ZaraJota para que me ayudara a bajar la caja, pero entonces se enteraría de que no estaba llena de libros defectuosos. 
Así que hice lo más maduro y sensato posible: intentar bajarla yo.
O sea, ¿cómo de difícil podía ser?
Después de varios intentos subiéndome a diferentes cajas, estanterías y muebles, descubrí que si me subía a un taburete y estiraba los dedos, rozaba con las yemas el borde de la caja. Me pegué a la estantería como si llevara intenciones deshonestas con ella, me estiré todo lo pude, y con las puntitas de los dedos fui atrayendo la caja hacia el borde.
Seguramente ya os habéis dado cuenta de que mi plan tenía un pequeño fallo. Yo también me di cuenta, enseguida. Concretamente, cuando la caja llegó al borde, lo superó, se me escurrió de entre los dedos y fue a parar de canto sobre mi cara.
Eso dolió.
Por suerte reaccioné rápidamente y conseguí sujetarla antes de que cayera al suelo. El problema fue que entre lo que pesaba y la velocidad de 9,8 m/s que había adquirido según bajaba, casi no pude con ella y me tambaleé en el taburete. Aferré con fuerza la caja entre un brazo y mi barbilla (nunca subestimes la utilidad de una barbilla, sobre todo si tiene papada) y usé la mano libre para aferrarme a una estantería que en ese momento estaba vacía y sin fijar a la pared.
Lo que sucedió a continuación les sorprenderá. 
Salí del almacén a cuatro patas y examiné los datos. Se me estaba hinchando la frente ahí donde había aterrizado la caja, pero por lo demás parecía estar bien.
¡Y ZaraJota no me creía capaz de coger la caja yo sola!
¡Ja!
¡No necesito su ayuda para nada!
Al día siguiente me dolía la vida, sobre todo el cuello, la espalda y el brazo, aunque no el que se había llevado el golpe sino el otro, por llevar la contraria.
Por suerte, por esos días tenía cita telefónica con mi médico de cabecera, que me tenía que dar los resultados de una citología.
-Ya que me llamas -le dije-, ayer tuve un pequeño accidente con una caja...
-¿Y eso?
Le conté al médico toda la peripecia. Cualquier otra persona no se lo habría creído, lo que pasa es que mi médico me conoce.
-Lo raro es -le dije, como si todo lo demás fuera normalísimo- que lo que más me duele es el lado que no es.
-Eso es porque tu cuerpo instintivamente intenta proteger la cabeza.
-Claro, es donde está el cerebro.
-Sí, normalmente sí.
Eh... ¿normalmente?



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El viernes 15 a las 19:00, Sergio Morán, Diego Núñez y una servidora estaremos en Libros de Arena hablando de cosas.
Entrada libre hasta completar aforo. ¡Venirse!