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12 julio 2021

¡Vacunada!




Pues nada, ya tengo la vacuna.
Bueno, solo la primera dosis. Que soy joven y eso. 
Vale, la segunda me toca la semana que viene, pero quién lleva la cuenta.
Como decía, ya tengo la vacuna y estoy tan contenta que incluso he empezado a abrazar a algunas personas seleccionadas. Con las mascarilla puesta y sin gozarlo, por si acaso.
Para conseguir cita sólo necesité apuntarme al bot de telegram que te avisa de cuando se abre tu tramo de edad, tener permanentemente abierta la página de autocita y actualizarla cada treinta segundos o así. 
Pero así como de soslayo y eso, fingiendo desinterés. 
Cuando por fin se pudo, además, ZaraJota y yo tuvimos la inmensa suerte de autocitarnos mismo día, mismo sitio, con tan solo media hora de diferencia. 
-¿Y qué hacemos con los niños? -me preguntó.
-¿Ese día o en general desde que nacieron?
-Ese día.
-Ah, porque si es desde que nacieron todavía no tengo la más remota idea... Pues que se queden con mi madre un rato. 
Porque claro, si no contamos a los gatos, mis padres y los niños son cuatro personas, que es lo que está (estaba) permitido en interiores por esas fechas. 
-O toda la tarde -me dijo ZaraJota, poniendo voz sexi. Bueno, la suya normal. 
-Ahora que lo dices, quizá deberían quedarse a dormir. Por si la vacuna nos da reacción y eso.
-Claro, reacción
Porque hay una cosa de la que se habla muy poco, y es el daño que ha hecho la pandemia, y en concreto el confinamiento, a la vida sexual de las parejas con hijos pequeños. 
Así que os lo voy a decir yo: TODO. 
Los niños pandemial no se cansan como antes. Pasan menos tiempo en el parque, hacen las extraescolares por zoom, llegan temprano a casa, si es que llegaron a salir. Los niños pandemial llegan a la noche frescos como una lechuga. Los niños pandemial no se duermen jamás
Y, cuando se duermen, es un sueño ligero, con terrores y pesadillas. Pero no me voy a meter en cómo la pandemia les está jodiendo el cerebro a los niños, que entonces no acabo nunca. 
Por desgracia, los papás pandemial siguen haciendo cosas como trabajar y las tareas domésticas, por lo que llegan a la noche como siempre. 
Y sí, ya sé que en teoría se puede jugar al parchís de día. Pero yo no tengo el cuerpo ya como para hacerlo bajo el mueble del fregadero, qué queréis que os diga.
Volviendo a la vacuna, ZaraJota y yo pensamos que lo mejor era que los niños se fueran a pasar la noche con mis padres. Por si la vacuna nos daba reacción y eso. 
GUIÑO, GUIÑO, CODAZO, CODAZO. 
Voy a confesar aquí y ahora que, en el fondo, yo creía que la vacuna no nos daría reacción ninguna. La mayor parte de la gente que conozco sólo ha tenido dolor en el punto del pinchazo, rigidez en el brazo o, en el peorcísimo de los casos, una noche de febrícula y dolor de cabeza. Así que era optimista al respecto.
ZaraJota y yo nos fuimos al Winzip Center o como se llame, nos pusimos nuestra vacuna y salimos de allí dispuestos a jugar al parchís hasta echar el techo abajo según llegáramos a casa. 
Habíamos esperado los quince minutos de rigor y no habíamos notado absolutamente nada, así que éramos optimistas. Íbamos en el metro tan felices, con nuestros pensamientos sucios y todo eso, cuando de pronto sentí lo que se podría describir como un golpe de remo.
De pronto no tenía energía ni para hablar y eso, viniendo de mí, es mucho. No recuerdo casi nada del trayecto y cuando llegué a casa me metí en la cama con escalofríos, dolor muscular y preciosas alucinaciones en la que me sentaba sobre un tupper y saltaba desde un trampolín para participar en una carrera.
Seguro que Freud tendría mucho que decir al respecto.
El caso es que, tres días más tarde, cuando por fin empecé a reconectar con la realidad (dentro de mis posibilidades) llegué a la conclusión de que si la vacuna le sienta mal a una de cada equismil personas, yo había sido una de las afortunadas. Y a mucha honra, porque si he cubierto el cupo yo, a lo mejor no tiene que cubrirlo una persona de riesgo.
La estadística es así, no me lo estoy inventado yo.
-Espero -me dijo ZaraJota-, que al menos sea efectiva contra el virus.
-Pues contra el virus no sé -le dije-, pero como anticonceptivo es efectivísima. 


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Si has participado en el Verkami de Crónicas Funestas: enhorabuena, deberías recibir tu recompensa este viernes como muy tarde.

Si no, y te has quedado con las ganas, puedes conseguir tu ejemplar de Crónicas Funestas en papel aquí


05 julio 2021

Amor de madre



Me dan miedo las alturas.
Ya está, ya lo he dicho.
En realidad, si os fijáis, a casi todos los torpes nos dan miedo las alturas. Porque claro, si a ras de suelo eres capaz de tropezarte en llano y abrirte la cabeza, a diez metros por encima no te quiero ni contar. 
El caso es que normalmente lo llevo bien porque como soy bajita y eso nunca estoy demasiado por encima del nivel del mal, pero la cosa empezó a complicarse con el parque de atracciones. 
Que además al principio ni tan mal, porque mientras los niños midieron menos de un metro sólo podrían montarse en atracciones rollo repollo y yo tan contenta. Y cuando Nena-chan superó el metro, ella se iba con ZaraJota a las atracciones chungas y yo me sacrificaba y me quedaba con Nene-kun en las rollo repollo, porque soy una madre abnegada de esas.
Pero claro, tarde o temprano Nene-kun tenía que crecer. 
Pequeño traidor.
Y en cuanto levantó tres palmos del suelo, quiso montarse en las mismas atracciones que su hermana. 
Y, para mi desgracia, a determinadas alturas de niño, es imprescindible que se suban a las atracciones acompañados de un (presunto) adulto. Uno por niño. 
La madre que les parió. 
Y debido a circunstancias de la vida, tengo dos hijos pero un solo ZaraJota. 
Y ZaraJota ya se estaba subiendo con Nena-chan.
Así que me tocó subirme a las atracciones "de mayores" con Nene-kun.
A ver, no a todas. 
Desde el principio le dije: Niño, el amor de madre no tiene límite, salvo que sí lo tiene y está en la atracción del tronquito que se despeña por una catarata
El niño lo entendió perfectamente (quizá fueran mis ojos inyectados en sangre, quizá los espasmos de terror que recorrían mi cuerpo, jamás lo sabremos) y me dijo que quería montarse en una especie de naves espaciales que giran alrededor de una columna, ni muy alto ni muy rápido, o eso me pareció desde abajo.
-Venga, creo que tengo suficiente amor de madre como para eso -le dije.
Quizá fuera una afirmación un tanto apresurada, no digo yo que no. 
Me di cuenta según nos subimos y descubrí que la navecita no tenía ni un mísero cinturoncito, y que tenía que sentarme rodeando con mis piernas a Nene-kun, que yo muy a favor de proteger a mis hijos con mi cuerpo y eso pero mucho más a favor de no tener que protegerlos en absoluto, sobre todo si mi propia integridad física está en juego. 
Pero cómo el amor de madre está para usarlo, me senté, rodeé al nene con las patorras y me aferré a la estructura de la navecita como chinche a calconcillos. 
-Ah, pues no está tan mal -dije, pasados unos segundos.
-Mamá, todavía no ha arrancado.
-Entonces, ¿todavía estoy a tiempo de BAJARME?
-Jajajaja, mamá, qué tonterías dices.
-Tonterías los cojones. 
Iba a saltar de la nave cuando se puso en marcha y pensé que a lo mejor no era buena idea del todo, así que apreté las patas hasta que el niño empezó a amoratarse de cuello para arriba y me pegué a la chapa de aquello que habría hecho un soplete para despegarme. 
Y cerré los ojos. Y pensé: si no lo ves, no existe. Podía fingir que estábamos en el autobús. Sí, eso era. Por suerte, Nene-kun es un niño callado e introspectivo, que habla poco y bajito, y que no iba a sacarme de mi lugar feli...
-¡ESTO NO PARA DE SUBIR! -gritó a los pocos segundos.
-¿Que qué?
-EL SUELO ESTÁ SÚPER ABAJO, MAMÁ.
-Ay, dios.
-MIRA ESE ÁRBOL, QUÉ CHIQUITITO SE VE.
-Preferiría no verlo.
-PARECÍA QUE ÍBAMOS A CHOCAR, PERO NO HEMOS CHOCADO.
-Gracias por ofrecerme esa evocadora imagen, hijo mío.
-¡¡¡SEGUIMOS SUBIENDO!!!
-¿En serio?
-¡¡¡ESTAMOS SÚPER ALTO!!! ¿TE IMAGINAS QUE NOS CAEMOS AHORA, MAMÁ? ¿EH? SERÍA MUY GRACIOSO.
-Jajajaja, sí, me parto. 
-OOOOOH, YA BAJAMOS. QUÉ PENA, ¿VERDAD, MAMÁ?
-Uy, sí qué lastima.
-¿TE IMAGINAS QUE AHORA BAJAMOS DE GOLPE CONTRA EL SUELO?
-Sí, perfectamente, gracias.
-JOPETAS, YA ESTAMOS. ¿MAMÁ? YA SE HA ACABADO, MAMÁ. SUELTA... LA... CHAPA...
Hicieron falta tres personas y un ZaraJota para arrancar mis frías manos aterradas de la navecita, pero aparte de eso creo que salí de allí con bastante dignidad. Desde luego, los niños no debieron de notar nada, porque según pisé tierra se me acercó Nena-chan y me dijo:
-Mamá, ¿ahora podemos montar en la montaña rusa de la araña?
-A mí me encantaría, Nena-chan.
-¿De verdad?
-Lo que pasa es que no estoy segura de quererte lo suficiente. 


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Durante los meses de julio y agosto, la librería La Sombra está de promoción. 
Aprovechad, que tienen todos mis libritos. 






28 junio 2021

Cerdita


La cosa era que teníamos que tirar un colchón viejo. 
Pero viejo, viejo. 
Para que os hagáis una idea, normalmente cuando le decimos a mi abuela que algo está roto o que habría que cambiarlo siempre dice: "Pero si está nuevo". 
Que yo lo entiendo, que cuando tienes 87 años todo lo que no sea la piedra Rosetta te parece recién comprado, pero es que la tele "nueva", por poner un ejemplo, tiene el teletexto en latín, vamos a ver.
Pues el caso es que mis padres le dijeron a la abuela que habían comprado un colchón nuevo y que iban a tirar el viejo y mi abuela dijo que muy bien, que ya le iba haciendo falta, así que el colchón debía de tener más años que el timbre de Atapuerca.
Así que mis padres compraron el colchón nuevo y todo bien, salvo que había que deshacerse del viejo. Y el viejo estaba en el pueblo. Y el pueblo está a doscientos kilómetros. Y, para complicarlo más, el ayuntamiento sólo recoge muebles viejos las noches de los miércoles. Y, como lo fácil nos da urticaria, mi padre trabaja los miércoles. Por la tarde.
Así fue como llegamos al pueblo un miércoles a las diez de la noche porque claro. Y digo "llegamos" porque yo la visión de mis padres bajando el colchón del Cid por la escalerilla de caracol y luego arrastrándolo a oscuras por todo el pueblo no me la quería perder por nada del mundo, así que me apunté. Con los niños. Y ZaraJota también habría ido, pero es que tenía que ir a un concierto de los Hombres G.
Total, que llegamos mis padres, los niños y yo al pueblo así como a las diez de la noche de un miércoles cualquiera a tope con la idea de tirar el colchón, y me dice mi padre: 
-Espera un momento, que voy a preguntar si podemos bajarlo a la calle o no.
Que a mí aquello me dio muy mala espina, porque me da la impresión de que es la típica cosa que uno ya se trae preguntada de casa, no sé. 
Efectivamente, mi padre volvió al rato con cara de circunstancias: 
-Que no podemos tirar el colchón esta noche porque están rodando una película, Cerdita.
-Oye, que tampoco hace falta insultar.
-No, que la película se llama Cerdita. Va del bulling y eso. Le dieron un Goya este año.
-Pues sí que avanza rápido la piratería, que no han terminado de grabarla y ya tiene hasta un Goya. 
-No, no, el premio se lo dieron porque era un corto.
-Ya, el típico "al menos es cortito". 
-Y ahora están haciendo el largo.
-Vale pero, entonces, ¿podemos tirar el colchón o no?
Que no es por nada, pero ya habíamos bajado el dichoso colchón por la dichosa escalera, causando dos víctimas mortales (un cuadro caído y un escalón partido, sí, partido, que mis padres decían que dormían mal porque el colchón era viejo, pero después de ver el escalón empiezo a pensar que era porque el colchón estaba hecho de cemento armado), y sólo de pensar que teníamos que volverlo a subir me entraban unos sudores fríos muy malos.
-Mañana, pero tiene que ser a primera hora, que van a cerrar el centro por el rodaje.
-¿A primera hora cuándo?
-Antes de las ocho. 
Por entonces yo todavía no había visto el corto, pero empezaba a sospechar que a lo mejor la tal Cerdita se merecía todo el bullying que le estuvieran haciendo. Y luego un poco más. Mis padres me debieron notar algo en la cara, porque rápidamente dijeron:
-No te preocupes, lo podemos dejar abajo hasta mañana.
-Menos mal. 
A la mañana siguiente, cuando me levanté, el colchón había desaparecido.
-Ya nos lo hemos llevado -me dijo mi madre muy sonriente-. Nosotros solos.
-¿Cómo?
-Con un patinete.
-¡Pero haberme esperado!
-¡Que lo teníamos que tirar antes de que empezaran a grabar!
Yo no quise decir nada, pero así a ojo y sin saber cómo será la película creo que ganaría mucho con dos viejos empujando un colchón de los años cincuenta subido a un patinete por esas calles de pedruscos y cuestas, pero bueno. Ahí dejo la idea por si todavía no han terminado de grabar y le sacan partido.
-Además, teníamos que sacar el coche de la placita, que van a rodar ahí.
-Pero... ¡por ahí es por donde salimos!
Técnicamente, la calle tiene otra salida. Pero es cuesta arriba, Cerdita, cuesta arriba
-Pues vamos a tener que irnos para Madrid prontito, que si no nos vamos a quedar encerrados, jajaja.
A mí la idea de quedarme encerrada en la casa del pueblo con mis padres, mis hijos y cero internet me causaba una inquietud profunda nivel: la última vez que pasó escribí Villamatojo, esa gran historia de humor. 
-Será mejor que vaya a comprar el pan ya -dije.
Así que a las nueve de la mañana cogí a los dos niños y los arrastré fuera de la casa a comprar pan. Porque yo de ese pueblo no he salido jamás sin queso, pan y lombrices: son las normas, no me las he inventado yo.
Por suerte, la placita estaba todavía desierta, pero la iglesia estaba rodeada de gente bohemia y de mal vivir. 
Bueno, había muchos técnicos de iluminación y sonido y esas cosas y un señor dirigiendo el tráfico y vigilando que los lugareños no se pimplaran el catering, y la iglesia tenía las puertas abiertas de par en par y estaba de bote en bote, que no sabía yo si la habían llenado con extras del rodaje o cotillas del lugar. 
-¿Podemos pasar por aquí, que vamos a comprar el pan? -le pregunté a un joven amable que había por allí.
-Claro, si estáis en silencio.
A ver, Cerdita querida:
Puedo bajar un colchón a altas horas de la noche para nada, puedo madrugar, puedo salir de casa cuesta arriba, puedo cargar con las maletas hasta las afueras porque no se puede aparcar en el centro... pero no me pidas que me calle, que hay sacrificios que no estoy dispuesta a hacer.







Os dejo por aquí el corto y un disclaimer: la piscina suele estar mucho más limpia de lo que se ve aquí.
Y sí, hay que meterse en ella con cangrejeras o similar, que si no te dejas la planta de los pies.

21 junio 2021

En este viaje




Ya está aquí.
Y con aquí, me refiero a todas partes. Doquiera que se posen mis ojos, no hay más que cajas y cajas de libros que se extienden hasta el horizonte.
Salvo que no hay horizonte, sólo cajas.
Crónicas Funestas llegó a casa la semana pasada. De hecho, llegó varias veces, porque el señor repartidor no conseguía aparcar ni en doble fila (mi calle es complicada), así que durante un buen rato estuve sentada en el portal viendo cómo la furgoneta pasaba hacia arriba y hacia abajo hasta que se quedó libre un carga y descarga.
Para entonces yo empezaba a estar un poco nerviosa, porque llevaba como media hora en el portal con un cúter en la mano y llorando a todo llorar porque Nene-kun está a punto de graduarse de infantil y cada vez que me llega un mensaje del grupo de whatsapp de padres me pongo a echar el moco y la verdad es que no os lo recomiendo, porque cuando las mascarillas se mojan de pronto todo huele como a perro mojado y además que para mí como que pierden eficacia.
Que a mí me daba todo igual, pero había un señor de una inmobiliaria enseñando un piso, y las visitas iban llegando puntualmente cada quince minutos, y se encontraban a una loca gritando en plan Spanish drama con un cúter (rosa) en la mano, y por lo que sea no se llevaban una buena impresión.
Y eso que me había puesto pantalones y todo.
Total, que repartidor consiguió aparcar en un vado al final de la calle y llegar a la puerta de casa con una carretilla en la que había apilado unas cinco cajas, y le dije así toda sobrada: 
-Déjalas aquí mismo, que ya las subo yo.
Porque justo ese día estaba con las cervicales jodidas y mogollón de vértigos y náuseas pero cuándo nos ha frenado eso. Además, estaba deseando quedarme sola para abrir las cajas, que para eso me había traído el cúter. Aparte de para espantar posibles compradores, claro.
-¿Segura?
-Pues claro. Sólo son cinco cajas. 
-En este viaje
-¿Cómo que en este viaje? ¿Hay más cajas?
-Claro, tengo un montón más en la furgoneta. Es un tochaco, sólo caben seis libros en cada caja.
-¿Y cuántas cajas hay?
-¿Cuántos libros eran?
-...
-...
-Pensándolo mejor, creo que deberías subirlos tú -le dije. Pero por no herir sus sentimientos, ¿eh? Que yo habría podido perfectamente. 
El señor repartidor subió los libros (¿alguna vez he dicho que mi casa tiene ascensor, pero que está en entreplanta y que vayas donde vayas te comes un mínimo de seis escalones) y volvió a bajar al portal, donde estaba yo todavía porque no había querido ocupar el ascensor.
Vale, y porque después de subir unos treinta tochacos no estaba segura de si seguiría funcionando y me apetecía cero quedarme encerrada.
-Voy a hacer otro viaje -me dijo.
-Claro. ¿Quieres que me quedé aquí para sujetarte la puerta o algo?
El señor repartidor me miró de arriba abajo, con mi pañuelito de colores, mi mascarillas de unicornios y mi cúter rosa antes de contestar. 
-Anda, sube a ver los libros, que se nota que tienes ganas.
Creo que es lo más bonito que me han dicho jamás. 


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Os recuerdo que si queréis un algo extra podéis escribir a foscanetworks@gmail.com. 
¡Los envíos ya están en proceso, atentos a los buzones!

14 junio 2021

Menos que un topo


Desde hace un tiempo, Nene-kun se queja de que no ve bien la pizarra. 
Como las quejas empezaron justo cuando le cambiaron de sitio y le apartaron de su Muy Mejor Amiga De La Vida(tm), al principio no le di importancia.
No me juzguéis, pero llevo todo el curso oyendo a las mamás decir que su hijo no ve bien la pizarra justo y precisamente desde que le han sentado al lado del conflictivo de la clase, así que igual estoy un poco insensibilizada ya ante el tema.
Pero como sigo siendo madre y ligeramente obsesiva, empecé a fijarme y, ciertamente, el niño se frota los ojitos cuando lee (MI BEBÉ YA LEE MI BEBÉ YA LEE NO ME LO PUEDO CREER ME AHOGO TOMA UNA BOLSA LORZ RELAJA Y RESPIRA EN LA BOLSA), otras veces, le señalo una letra y lee la de al lado. Y de vez en cuando se come los marcos de las puertas. Y a veces, cuando juega a "The floor is la lava", se come el suelo también porque "creía que la mesa estaba más cerca". Pero el remate fue el día que vino y me preguntó:
-Mamá, ¿qué significa HOOO?
-¿Cómo se escribe?
-Una hache y tres os.
-Ni idea, a ver, enséname dónde lo has leído... Nene-kun, aquí pone HOCICO.
-No, mira: HOOO.
-Vale, no ves un mojón.
Así que pedí cita en el pediatra, pero ya sabéis el refrán: contra el vicio de pedir está la virtud de no dar. Gracias a la maravillosa gestión de la sanidad pública que está haciendo nuestra amada presidenta, lo que obtuve fue el siguiente mensaje: "No hay cita disponible en los siguientes quince días". 
Todo bien.
Luego que si vamos a urgencias por tonterías pero, llamadme loca, hay cosas que no pueden esperar quince días. O que si esperas quince días te echan bronca porque "esto habría que haberlo mirado antes". 
Que no era mi caso, pero otras veces lo ha sido.
En fin. 
El caso es que mi pediatra es negacionista de tratar las enfermedades, así en general, así que cuando conseguí hablar por teléfono con él dijo lo de siempre:
-Eso es normal.
También me dijo que era normal: cuando Nene-kun sangraba por el culete, cuando se le empezaron a deshacer los dientes nada más salir, cuando pesaba siete kilos con un año. Y a mí me hubiera gustado creérmelo, pero luego vas a urgencias por una caída, por ejemplo, y te acusan de negligencia porque el niño tiene problemas sin tratar, y te dicen que van a consultar si tiene que intervenir un asistente social, y te dejan en la sala de espera llorando como una gilipollas hasta que deciden que no has hecho nada malo y te devuelven a tu hijo.
Así que, por lo que fuera, pensé que era mejor insistir.
-Pero que no ve la pizarra.
-Eso dice él.
-Y se frota los ojos cuando lee.
-Eso es alergia.
-¿A qué? ¿A no ver las letras? Además se va comiendo las paredes.
-Eso es falta de calcio.
-El otro día se abrazó a una farola y le dijo: 'mamá, ¿qué hay de merendar?'.
-Esta bien, vente para aquí y miro.
Así que cogí al niño y me fui para el centro de salud.
El pediatra estaba solo y aburrido y más feliz que en toda su vida.
-Hola, Nene-kun. A ver, ponte aquí y vamos a leer el panel que hay en la pared de enfrente. Porque ya sabes leer, ¿no?
-Bueno, no TODAS las letras. 
Nene-kun lleva casi dos años ya aprendiendo una letra detrás de otra. Ahora que ha acabado, desconfía y parece pensar que cualquier día va a llegar al cole y tendrá que aprenderse otra.
-Venga, pues empieza por la fila de arriba. 
Nene-kun leyó sin problema las tres primeras líneas y luego puso cara de concentración.
-Ahora esta -le animó el pediatra.
Nene-kun puso la mirada acero azul, sin decir nada.
-Eso es que no sabe leer -me dijo el pediatra, que sin duda estudió en la misma facultad que el del chiste de la araña*-. Vamos a probar con los colores.
En el panel de los colores, Nene-kun "leyó" sin problema las dos primeras líneas, pero al llegar a la tercera empezó a decir el color a la derecha del que el pediatra estaba señalando. 
Que también el pediatra menudo cuajo, ponerse a señalar colores con un bic cristal escribe normal delante de una pantalla iluminada, que aquello parecía una bola de discoteca.
-Eso es que no se sabe los colores -me dijo el pediatra. 
De la segunda a la tercera línea, ese conocimiento se ha borrado por arte de magia de su cabeza.
-O que no los ve.
Así, como teoría loca.
-A ver, yo si quieres te derivo al oculista...
-Sí, quiero.
-...pero cuando los niños son tan pequeños les tienen que dilatar la pupila; es la única forma de saber si ven bien: como no saben leer...
-¡Que sabe leer!
-Le echan unas gotas en los ojos y es muy desagradable.
Cuando Nene-kun tenía once meses hubo que hacerle una colonoscopia, que por un error del pediatra se hizo sin anestesia. Creo que podemos manejar unas gotas.
-Nene-kun es muy valiente.
-Ya, pero luego estará de mal humor y te va a dar la tarde.
No como cuando le hicieron la colonoscopia sin anestesia, que estuvo toda la tarde cantando fandanguillos, claro.
-Creo que puedo asumir el riesgo.
-A ver, de verdad, si quieres te derivo, pero yo creo que es mejor esperar unos meses, que si no se va a pasar todo el verano con gafas, pobrecito. 
Llevo gafas desde poco antes de cumplir los seis años (qué casualidad, la misma edad que Nene-kun) y tengo casi cuarenta y uno, así que estoy relativamente segura de que he pasado por algún verano. También lo estoy de que lo único malo de las gafas en verano es cuando te las quitas para meterte en la piscina y no sabes si estás agarrada a un flotador o a la depuradora.
-¿Y no irá a peor si lo dejamos sin tratar?
-Es que le vas a poner gafas ahora y lo que va a hacer es romperlas. 
Llevo gafas desde poco antes de cumplir los seis años y creo que se me han roto tres veces, y siempre en circunstancias absolutamente inevitables, seas niño, adulto o Supermán. También es cierto que las tenía que cambiar tan a menudo por las subidas de graduación que no me daba tiempo a romperlas.
-Pues se le compran otras. 
-Bueno, pues nada, si te empeñas te doy cita, pero yo me esperaría a después del verano.
El pediatra me dio el volante para el especialista y Nene-kun y yo salimos de allí reboleados, no se fuera a arrepentir. 
Se suponía que me tenían que llamar para citarme, y que la llamada tardaría, como mucho, tres días, pero como tenemos la mejor presidenta del mundo mundial y vivimos en libertad, una semana más tarde ya dije mira, voy a llamar yo si eso.
-A ver... -me dijeron- pues la cita ya para después del verano.
-Habéis hablado con mi pediatra, ¿verdad?







*Un científico estudia el comportamiento de las arañas. 
El primer día, le arranca una pata, le dice: Araña, ven. Y la araña, con sus siete patas, va.
"La araña mantiene sus capacidades motoras", anota el científico en su libreta.
Al día siguiente le arranca otra pata y le dice: Araña, ven. Y la araña, con sus seis patas, va.
"Sigue manteniendo sus capacidades motoras", anota al científico.
Al día siguiente le arranca otra y lo mismo, y al otro, otra y lo mismo.
La araña siempre va, cada vez más perjudicada pero va.
Al fin, el octavo día, le arranca la octava pata y dice: Araña, ven. Y la araña no va. 
El científico lo piensa detenidamente y anota: 
"La araña se ha vuelto sorda". 



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Se supone (cruzo los dedos) que esta semana recibiré por fin los primeros ejemplares de Crónicas Funestas, que deberían tener este aspecto gracias a la absolutamente maravillosa Gisselle Anderson:

Y si todo va bien, voy a empezar a enviar las recompensas de inmediato. 
Si participasteis en el Verkami y os habéis quedado con ganas de algo (una taza, un delantal, una bolsa, un ejemplar extra del libro para usarlo de pisapapeles, los que sea) es el momento de pedirlo, bien usando el propio formulario de contacto de la campaña, bien escribiendo directamente a hola@foscanetworks.net.

31 mayo 2021

La timidez



Hace unos días iba yo tan tranquila por la calle cuando... Vale, no iba tan tranquila porque iba con Nena-chan, que como es tímida a la gente va narrando a gritos todo lo que ve, oye o piensa. Yo lo llamo "monólogo exterior" y os aseguro que puede llegar a aturdir hasta el punto de que a ratos me tengo que sentar porque me mareo. 
El caso es que íbamos por la calle y se nos acercó un señor que vendía collares.
-Hello -dijo.
Yo le hice el gesto universal de gracias, no nos interesa, pero Nena-chan no estaba para gestos universales.
-Hello.
-Oh, do you speak English. 
-A little. 
"A little", dice. Nena-chan no ha hablado "a little" en su vida, ni en inglés, ni en español, y de verdad que con tal de darle a la sinhueso es capaz de hablar hasta el suajili. Pero no a little, a LOTTLE.
-Where are you from?
-Well..
-Pero Nena-chan, cómo que well, que vivimos en Carabanchel. Que hemos venido en metro y estábamos discutiendo si volver a casa en bus o andando, que well ni que well.
Yo esperaba que el señor de los collares se diera por vencido pero no, porque nadie sobrevive en la calle vendiendo collares sin un buen sexto sentido para detectar quién maneja el tinglado.
-But you speak English very well!
-Yes, sometimes.
"Sometimes" los cojones, que esta niña no ha hablado sometimes jamás, que habla hasta dormida, por el amor de dios.
-Venga, Nena-chan, que tenemos prisa -el señor de los collares me ignoró otra vez, así que añadí-: hurry up.
Que vea que yo también hablo idiomas y eso.
-So, do you want a necklace?
Nena-chan miró los collares y se lo pensó en plan uy, uy, a ver cómo quedaría esto en mi instagram. Que no tiene, pero es que las nuevas generaciones son así. 
-No, but that's very nice of you. 
THAT'S VERY NICE OF YOU. O sea, ¿de dónde se saca estas cosas? ¿Por qué puede aprender palabrotas, como los otros niños?
Así que nos despedimos del señor como si hubiéramos estado tomando el té con la reina de Inglaterra y nos subimos al bus, porque de pronto me sentía agotadísima. 
Nena-chan se quedó muy callada, cosa rara en ella. Se va a quedar frita, pensé. Pero no.
-Oye, mamá -me dijo de pronto-, ¿tú crees que soy rara?
A ver qué le digo yo ahora. 


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10 mayo 2021

Saldremos mejores


Una de las cosas que echo de menos del confinamiento era que las viej...ancianas estaban escondidas en posición fetal debajo de sus viejicamas.
Ahora entre que las están vacunando y que se ve la luz al final del túnel han vuelto a las calles y tienen  como una alegría de vivir que da escalofríos. 
Sin ir más lejos, el otro día estaba en la cola de la charcutería cuando se me acercó una viej...anciana muy sonriente. Bueno, con la mascarilla no sé si sonreía o no, pero tenía un brillo aciago en la mirada, eso seguro.
-Niña, ¿te importa que pase delante, que tengo cita para la vacuna y voy a llegar tarde?
Una persona inteligente habría respondido:
-Señora, si tiene cita para vacunarse qué hace aquí comprando chóped.
El problema es que a mí en la vida se me puede acusar de muchas cosas, pero de inteligente todavía no.
-Claro, pase usted primero, que vacunarse es lo más importante -dije, sintiéndome a tope de-esta-saldremos-mejores.
-Yo también tengo cita para la vacuna -dijo otra viej...anciana.
-Y yo -dijo otra.
Aquello ya me empezó a escamar porque bueno, me parecía como mucha casualidad.
-¿Para hoy? -pregunté.
-No, para hoy no -dijo una.
-Yo para la semana pasada -dijo la otra.
-¿Y qué tal? -le pregunté-. ¿Algún efecto secundario?
-Nada, un poco de dolor en el brazo y ya.
-A mi madre le dio como un gripazo, pero le duró veinticuatro horas y ya.
-¿Cuál le pusieron?
-Creo que la...
-¡EJEM!
El charcutero nos miraba de brazos cruzados, y con una expresión que parecía decir que ojalá se hubiera hecho taxista, que era lo que quería su padre.
-Yo sólo quiero un cuarto de pavo -dijo una de las viej...ancianas.
-Venga -dije-, usted primero. 
A la viej...anciana se le iluminó la mirada como si el Eko estuviera en oferta 2x1. 
-¡NIÑA! QUE NOS TOCA -le gritó a su hija, que estaba esperando en otra parada-. Yo sólo quiero cuarto de pavo. Y mi hija quiere un cuarto DE TODO.
Pues no sé si de esta saldremos mejores, lo que es seguro es que saldremos a las mil.



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03 mayo 2021

Cuestión de tamaño



Llevamos unos días de lo más animaditos.
Se nos ha roto la lavadora.
Se nos ha roto la tele. 
Se nos ha roto mi rodilla.
Lo de la lavadora lo llevamos bien porque se rompió exactamente tres días antes de que caducara la garantía y nos la han cambiado por una igual.
Salvo que, como no había igual, la que nos han traído es de un modelo nuevo, que tiene un programa ultrasilencioso y dos kilos más de carga. 
No seré yo quién se queje.
Lo de la rodilla un poco peor porque a mí por lo general me gusta ser capaz de moverme y eso. 
Además, dados los tiempos pandemial que corren, no sabía si irme al ambulatorio, al hospital o a llorar a una esquina, y no me cogían el teléfono en ninguna parte, así que al final me planté en el ambulatorio.
-Tendrías que haber ido al hospital -me dijo el de recepción.
-Lo sabía. 
-No, a ver, el protocolo dice que si el ambulatorio está abierto vayas al ambulatorio, lo que pasa que en caso de traumatismo venís aquí y lo que hacemos es mandaros al hospital para una radiografía, así que mejor que vayas directamente.
-Bueno, mi marido está en la puerta con el coche, me puede llevar ahora mismo.
-No, lo siento, una vez que estás aquí tenemos que atenderte aquí.
-Pero...
-Que no.
A mí me empezó a entrar una angustia vital muy grande de pensar que tendría que esperar horas en la sala de espera del ambulatorio sólo para que me mandaran a hacer más horas de espera en el hospital, pero por suerte el médico que me atendió tuvo en cuenta mis inquietudes:
-Esto te ha pasado por gorda.
-¿Perdón?
-Estas rodillas, que te duelen por gorda.
Respiré muy hondo porque llevo siendo gorda toda mi vida adulta pero la rodilla sólo me duele desde que me caí por las escaleras estando embarazada y me la espampurrié, y sólo cuando va a cambiar el tiempo, y sólo después de haber pasado muchas horas de pie o cargando cajas como en la mudanza.
Y casualmente, en los dos días anteriores había a) cambiado el tiempo, b), pasado muchas horas de pie y c) cargado muchas cajas, así que en fin, probablemente la obesidad contribuya, pero lo mismo hay que tener en cuenta otros factores también.
Como decía, respiré hondo.
-Bueno -le dije-, eso no es algo que pueda resolver ahora, así que qué hacemos.
Así fue como acabé con una venda de lado a lado, drogas duras y la orden de "reposar", que a mí me entró una risa floja que casi me muero allí mismo.
Lo de la tele fue más complicado porque, para empezar, por lo general no tenemos el menor interés en la tele y con el ordenador nos apañamos perfectamente, lo que pasa es que después de varios días llegamos a la conclusión de que nuestros hijos ya llevan una vida lo bastante rara como para, además, ir al cole diciendo que en casa no hay tele.
Y, dadas mis circunstancias, la tarea recayó en ZaraJota. 
-He pensado -me dijo-, que podemos aprovechar para comprar una un poquito más grande.
-Vale, mientras nos quepa donde tenemos la vieja me parece bien. 

La tele vieja

En caso es que ZaraJota partió rumbo al centro comercial más cercano y volvió con una caja ENORME. Y cuando digo enorme, me refiero a que me llegaba por la nariz y si extendía los brazos no la abarcaba de lado a lado.
-Pero qué coj...
-No te preocupes, ya sabes que las cajas siempre son enormes, que luego todo es corchopán. 
-PERO CÓMO VA A SER CORCHOPÁN TODO ESO, QUE VA A COSTAR LA PROTECCIÓN MÁS QUE LA TELE.
-De verdad, no te preocupes, que la he medido y es sólo unos centímetros más ancha que la vieja.
-¿No habrás medido en pulgadas?
-No, de verdad, es cuestión de unos pocos centímetros, nada más
-Bueno, bueno. 
Dejé a ZaraJota instalando la tele nueva y me fui a reposar y a respirar dentro de una bolsa de papel hasta que me llamó.
-¡Ya la tengo instalada! ¡Ven a verla!
Así que me arrastré hasta el salón y me encontré con esto:

-PERO QUE COÑ...
-Ya te dije que era más grande que la otra.
-ME DIJISTE QUE ERA "SÓLO UNOS CENTÍMETROS" MÁS GRANDE QUE LA OTRA.
-Sí, son sólo unos centímetros. Como unos cuarenta o así. 
La culpa es mía por no preguntar.


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19 abril 2021

Benditos errores

 

Hace un par de semanas, en uno de esos días sin cole que han puesto totalmente al azar este año, agarré a los niños por los pelos (es un decir) y me los llevé al jardín botánico, que es una cosa de echar muchas horas gastando poco dinero, y eso siempre está bien.
Hacía un día estupendo, los tulipanes estaban a rabiar de bonitos y el nivel de instagramers por metro cuadrado era tolerable. 
A los niños les flipó, como cada vez que vamos, sea invierno, verano o primavera, y eso que algunas partes todavía estaban cerradas por los daños del temporal Filomena, que es que no nos privamos de nada, la madre que nos parió. 
Dimos un paseo, Nena-chan leyó todos los carteles (TODOS. LOS. FRUTOS. CARTELES),  Nene-kun se asomó a todas las fuentes (TODAS. LAS. FRUTAS. FUENTES) para ver si había peces. 
Y al final acabamos en el Pabellón y ocurrió lo inevitable.
-Mamá, vamos a entrar a la tienda.
-No. 
-Porfiii...
-No hemos venido aquí a comprar nada. 
-¡Sólo queremos ver! ¡Te prometemos que no pediremos nada!
-Siempre decís eso y luego no es verdad. 
-Porfiii...
-He dicho que no y es que no, y se acabó la discusión -dije, poniendo cara de madre. Lo que pasa es que con la mascarilla la cara de madre como que pierde poderes. 
Así que entramos en la tienda, claro.
Si alguna vez vais al botánico, os desaconsejo vivamente entrar en la tienda. O sea: TODO ES BONITO. Las cerámicas son como para morirse de bonitez allí mismo. Y los pañuelos. Y no digo nada de los libros...
-Mamá, ¿nos compras este libro?
-He dicho que no os iba a comprar nada.
-Pero es que es MUY CHULO, mira...
-He dicho que... uy, este lo tienen en La Sombra.


Que no es que lo haya mirado unas cien veces para comprarlo y lo haya acabado dejando porque hemos pasado una racha achuchá ni nada de eso, vaya. 
-Pues vamos a La Sombra y nos lo compras.
-¡De eso nada!
-¡Si está aquí al lado! Porfiii, mamá...
-He dicho que no y es que no. Además, ya os dije que no os iba a comprar nada.
-Lo que dijiste fue que no ibas a comprarnos nada aquí.
Ya está, ya me liaron. 

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Recordad que el próximo día 23 es el día del libro y las librerías tienen descuentos, promociones y cosas de esas. 

12 abril 2021

Somos la leche

Ser cajera de supermercado es como ser marine: puede que dejes el cuerpo, pero el cuerpo no te deja a ti.
Hace casi quince años qué barbaridad, qué vieja soy que dejé de ser cajera y es que no falla: cada vez que que voy al súper me viene algún viej... anciano a preguntarme alguna cosa. Que a veces hasta tiene que ver con la compra que está haciendo, no digo que no. 
Pues hace unos días estaba yo tan tranquila haciendo la compra cuando se me acercó un viej... anciano y me dijo:
-Niña, ¿dónde está la leche?
La leche estaba ahí mismo. En plan, AHÍ MISMO.
O sea, que aunque seas ZaraJota, que sólo sabe llegar a casa de la madre de Patch, serías capaz de ver la leche. Por que es que además la leche es... bueno, grande. Tipo: ocupar dos o tres palés alegremente, así de grande. 
-¿Ahí? -le dije. 
El señor miró hacia donde yo señalaba, es decir, miró los tres palés de leche y me volvió a mirar, muy enfadado.
-¡No! ¡La leche!
-Eh... está ahí mismo.
-No la veo.
Iba a coger al señor de la manita y acompañarlo tres pasos más allá, dónde estaba mismamente la leche, pero con esto del coronavirus no me pareció adecuado. Así que volví a señalar y dije, muy despacio: 
-Está ahí mismo.
-¡Cómo que está ahí mismo! Señorita, ¿me está tomando el pelo?
A mí no me pasó desapercibido que en cuestión de minutos había pasado de "niña" a "señorita" y empecé a plantearme cuánto tiempo tenía que pasar para que acabara llamándome "señoría" o incluso "su majestad". 
-Pero es que está ahí...
El señor empezó a gritarme toda clase de cosas. Para mi decepción, ninguna de ellas era "su majestad". Con tanto escándalo, el seguridad del supermercado no tardó en aparecer. 
-¿Qué está pasando aquí?
Vi que el viej... anciano tomaba aire y pensé: como no intervenga pronto ya no voy a poder intervenir. Así que puse la mejor de mis sonrisas (que se perdió detrás de la mascarilla, claro), y dije: 
-Aquí el señor, que no ve una leche -y me entró la risa floja. Es que no lo puedo evitar, me hago mucha gracia a mí misma. Probablemente a nadie más, ojo, pero por algún lado hay que empezar.
-La señorita, que le he preguntado dónde está la leche y se ha puesto a tomarme el pelo.
El seguridad me miró y yo intenté poner cara de inocente pero las cosas como son: después de haberme descojonado en su cara por la chorrada que yo misma había dicho había perdido toda la credibilidad.
Me miró de arriba abajo, probablemente decidiendo si merecía la pena llamar a la policía del humor o qué, y se volvió al viej... anciano.
-Yo le acompaño. 
Acompañó el señor hasta que prácticamente podía tocar la leche con la nariz (bueno, con la mascarilla).
-Aquí está.
El señor miró los palés de leche, miró al seguridad, miró a la leche, miró al de seguridad, y cuando ya parecía que se le iba a desenroscar la cabeza con tanto giro dijo:
-Oiga, es que lo que yo estoy buscando son los huevos.
El seguridad me miró desde lejos en plan: hasta los huevos es como me tenéis los dos y yo me apresuré a poner cara de que no conocía al viej... anciano de nada, que la verdad es que con la mascarilla puesta y las gafas empañadas me quedó tirando a regular. 
Le explicó al viej... anciano dónde podía encontrar los huevos, y el anciano partió en esa dirección.
Entonces se acercó una de las cajeras. 
-¿Que ha pasado? -le preguntó al seguridad.
-El viejo ese, que tenía ganas de tocar los huevos. 
Claro, si hago chistes yo mal, pero el seguridad que haga los que quiera.


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05 abril 2021

Los filetes empanaos


 
No sé si os habéis dado cuenta pero ha sido semana santa, lo que no tengo claro es si la hemos salvado o no porque desde luego estoy como para pillarme otros cuatro días libres.
El caso es que vivo en Madrid, y Madrid es España pero el resto de España no lo sabe porque fue llegar semana santa y se cerraron perimetralmente en plan mira que os queremos mucho pero ya si eso os quedáis en vuestras casas.
El problema es que los madrileños lo de quedarse en su casa lo llevan regular tirando a mal, sobre todo cuando sale el sol un poquitillo. Y claro, Madrid en el fondo es muy pequeña. Y los madrileños son muchos. Y cuando se echan todos a la calle a la vez pues... bueno.
Desde el principio, ZaraJota y yo pensamos que nuestro plan para semana santa sería "Agáchense y cúbranse": vaya, que nos meteríamos en casa y aguantaríamos el tirón.
El problema era que le había prometido a los niños que si sacaban buenas notas les llevaría al zoo, pero no a dejarlos allí, ojo, y claro, se ve que las promesas a los hijos hay que cumplirlas, sobre todo si hay buenas notas de por medio, porque si no como que se desmotivan y eso.
-No pasa nada -le dije a ZaraJota-, vamos el lunes a primera hora, que habrá menos gente.
Así que el martes casi a la hora de comer nos montamos en el coche ZaraJota, los niños, el mantel de cuadros y los filetes empanaos y enfilamos al zoo.
Bueno, "enfilar" quizá sea un término un tanto exagerado porque ZaraJota sólo sabe ir a casa de la madre de Patch y la madre de Patch, dejémoslo claro, no vive en el zoo. Así que en vez de hacer el camino habitual, que es básicamente tirar toparriba hasta Oporto y luego a la derecha, ZaraJota decidió internarse en el mágico mundo de las inmediaciones de la pradera de San Isidro y dimos más vueltas que cuando cambian la disposición del súper y necesitas urgentemente papel higiénico.
Para cuando llegamos al zoo yo ya me estaba arrepintiendo de haber metido el tupper de los filetes empanaos en el maletero, con lo a gusto que me habría pimplado un par o veinticinco en ese momento. Hacía un día estupendo y la Casa de Campo estaba de bote en bote; yo no sé cuánta gente habría allí pero aquello era un no parar, y por supuesto no había aparcamiento ni en el fondo del lago.
-¿Volvemos otro día? -les pregunté a los niños.
-NOOO... 
-¡Nos lo prometiste!
ZaraJota, que estaba dando la enésima vuelta al aparcamiento, suspiró.
La alergia, supongo.
-Podemos ir a Faunia, que siempre está más vacío -dijo.
Para entonces los filetes empanaos llevaban una hora en el maletero a unos 20º y en el coche olía que aquello era un crimen y yo lo único que quería era ponerme a comer filetes como si no hubiera un mañana, pero una promesa es una promesa, sobre todo si hay buenas notas de por medio. 
-Vale. 
El problema es que la madre de Patch tampoco vive en Faunia y claro, así ZaraJota no puede llegar. Y eso que a estas alturas hasta yo sé que vas hasta plaza Elíptica, que es que casi se ve desde mi ventana, giras a la derecha y sigues hasta que ves los carteles.
El caso es que ZaraJota decidió ir a Faunia por la ruta pintoresca y dimos más vueltas que el que se perdió en la isla, que de verdad no sé si es que ese día había más rotondas de lo normal o es que las recorrimos todas varias veces; el caso es que para cuando por fin avistamos Faunia a lo lejos yo ya estaba que me hubiera comido los filetes empanaos, sin empanar, crudos y hasta el pollo sin sacrificar.
-Mira -dijo ZaraJota-, lo que te decía: hay sitio de sobra en el aparcamiento.
Estábamos a punto de cruzar la barrera y parecía que por fin iba a comerme mis filetes empanaos cuando oímos un ruidito como BRUUUUUUAGH en el asiento trasero.
Pensé que Nena-chan había gomitado, porque Nena-chan es muy de gomitar en el coche. Además, Nene-kun hacía rato que se había quedado dormido con la mascarilla puesta y todo. Pero cuando me volví para mirar resultó que me equivocaba en todo, bueno, en todo no: Nene-kun seguía con la mascarilla puesta. Eso sí, el gomito se le escapaba por los lados de una forma que me hizo sospechar que la susodicha ya no estaba cumpliendo su función higiénica reglamentaria.
-AAAAARGGG.
-¿Ha vomitado la nena? -preguntó ZaraJota.
-No. 
-¿Entonces qué?
Obsérvese que ni se le pasó por la cabeza que hubiera potado el niño porque en esta familia cada uno tiene una función: por ejemplo, yo quemo cosas. ZaraJota mira mal. Y Nena-chan gomita.
-¡El niño, el niño! -dije.
-¿Qué le pasa?
-Estoy susio -intervino Nene-kun, que tiene claras sus prioridades y se miraba las manos como si no se acabara de creer lo que veía. Yo no sabía ni qué hacer porque, al tener la mascarilla puesta y estar dormido con la boca abierta, todo aquello había salido a propulsión hacia abajo y hacia arriba. Que hacía abajo todavía tenía solución porque se le cambia la ropa y ya, pero por arriba el pelo se le había empapado hasta la nuca y eso ya como que era más complicado de arreglar.
-¿Aparco en un ladito? -preguntó ZaraJota.
-¿Para huir? 
-Para limpiarlo.
-PERO CÓMO VAMOS A LIMPIAR ESTO, QUE HE TRAÍDO FILETES EMPANAOS, NO UNA MANGUERA.
-¿Nos volvemos a casa?
-Sí -dijo Nene-kun, que en ese momento pareció pensar que las promesas están muy bien, sobe todo si hay buenas notas de por medio, pero no tener una costra de vómito en el pelo está mucho mejor. 
ZaraJota puso rumbo a casa. Más o menos porque, esto os va a sorprender, ZaraJota sólo sabe ir a casa de la madre de Patch y, esto os va a sorprender más aún, la madre de Patch no vive en mi casa. Que lo mismo no habría ido mejor si hubiéramos tirado directamente a la casa de la madre de Patch a bañar al niño y luego ya para nuestra casa si eso, no digo yo que no.
Así fue como, unas tres horas después de haber salido, volvimos a casa sin haber pisado el zoo ni haber tocado los filetes empanaos, que era lo que más me dolía, con una niña totalmente dormida, un niño empapado en fluidos corporales y un tupper de filetes empanados sin tocar.
Así que subimos a casa y metimos al niño con ropa y todo en la bañera y cuando lo saqué de allí, medio turulato todavía de la impresión, me encontré a la nena, que empezaba a reaccionar.
-Pero mamá -me dijo-, ¿no íbamos al zoo?
-Sí, pero ya no.
-Jooo, ¿por qué?
-Por la madre de Patch, que vive donde le da la gana. 




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22 marzo 2021

Chichifresco

Hace un par de semanas o así salí a la calle en marga corta porque hacía un sol maravilloso. 
Por desgracia para mí, también hacía un viento maravilloso y una maravillosa temperatura de unos 12º, pero como llegaba tarde a la depilación láser y además la clínica está aquí al lado me dije que no importaba.
Cambié súbitamente de opinión cuando llegué a la clínica, ya con una ligera hipotermia, y me acordé de que entre los protocolos covid y los rayos láser siempre tienen que tener la sala bien fresquita y muy ventilada. Para cuando me despeloté y me pusieron hielo en mis partes sensibles yo ya estaba como el mamut que se encontraron en Siberia. 
Eso sí, no me dolió nada de nada.
El caso es que, sin motivo aparente, al día siguiente tenía febrícula y dolor de garganta.
-Esto va a ser alergia -le dije a ZaraJota. 
ZaraJota puso los ojos en blanco y suspiró, probablemente porque está con alergia también.
La cuestión es que al día siguiente Nene-kun amaneció también con fiebre, dolor de garganta y los ojitos vidriosos. Ahí ya me empecé a preocupar más.
Porque tenía que trabajar y eso y la verdad es que desde enero entre Filomena y los confinamientos varios he dado algo así como tres horas de trabajo, pero bueno.
El niño en sí me preocupaba cero porque he estudiado Medicina en la Universidad de la Vida y sé que si un niño tiene energía para saltar en el sofá al ritmo de la Patrulla Canina es que no está en riesgo de muerte inmediato.
A no ser que se caiga y se abra la cabeza, vaya. 
El caso es que con el protocolo covid, si un hermano tiene "síntomas" el resto no pueden ir al cole, así que me vi con los dos niños en casa otra vez y me entró un telele otra vez. 
Por suerte en el centro médico nos atendieron (telefónicamente) esa misma mañana.
-¿Qué síntomas tiene el niño? -preguntaron.
-Febrícula y dolor de garganta.
-¿Hay alguien más en la familia que tenga síntomas?
-Sí, yo, pero...
-¿Has notado dolor de espalda o de articulaciones?
Llevo colechando desde 2012. Para mí que la pregunta era un poco superflua.
-Sí, pero...
-¿Mareos?
No tengo tensión. Así os lo digo.
-Sí, pero...
-Pues ven que te hacemos una PCR. 
-¿Y el niño?
Porque si caigo yo CAEMOS TODOS.
-Cuando le llame su pediatra.
-¿Y no puedo ir yo cuando llame el pediatra?
-Lorz, por favor, madura
Así que, convenientemente abrigada, me fui a hacerme mi segunda PCR.
Debo decir que desde octubre pasado hasta ahora las cosas han mejorado mucho y está todo mucho mejor organizado; en el ambulatorio han montado un triaje donde separan a los sospechosos covid de lo que no, y a los sospechosos se les hace PCR, medición de oxígeno, tensión y electro así, del tirón; para cuando terminas de pasar por la cadena de montaje ya tienes el resultado de la PCR y sabes si tienes covid o cualquier otra cosa que nadie se molesta en diagnosticar porque es 2021 y solo existen dos posibilidades: o tienes covid o no lo tienes. 
Y punto. 
El caso es que por la tarde le tocó a nene-kun, que en principio se negaba a hacerse "un APCR" y acabó siendo súper valiente. 
Los dos dimos negativo y nos pusimos muy contentos, sobre todo yo, que podría librarme de ambos niños el siguiente día lectivo y con suerte trabajar más de cinco minutos seguidos.
-Mañana -le dije al niño-, le tenemos que contar a la seño lo valiente que has sido.
-Sí.
Nene-kun es que es de pocas palabras. 
-¿Le vas a contar a todos tus amiguitos qué te han hecho?
-Sí.
-A ver: cuéntame lo que les vas a decir.
-Pues que me han hecho un APCR para ponerme coronavirus.
Creo que vamos a tener que trabajar un poco en esa versión de los hechos. 



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Hoy lunes a las 11:54 se acaba el plazo para participar en el verkami de Crónicas Funestas.
El libro lo he escrito yo, así que mi opción sobre el mismo es un poco parcial.
Lo que sí os puedo decir que los diseños de Laura S. Maquilón para la bolsa y las tazas y las ilustraciones de Gisselle Anderson para el libro son fantasía pura.
Venirse y apuntarse antes de que sea demasiado tarde.









15 marzo 2021

Una semana

 


Es hecho universalmente conocido que en el preciso instante en que termina el tiempo para participar en una campaña de crowdfunding, el creador de la misma recibe media docena de correos electrónicos con asunto: QUIERO PARTICIPAR EN EL VERKAMI Y NO ME DEJA, o bien QUIERO PARTICIPAR EN EL VERKAMI Y SE ME HA PASADO EL PLAZO, o bien ME HUBIERA GUSTADO PARTICIPAR PERO NO AVISASTE. 
En serio. 
Llevo ya unos cuantos crowdfunding a mis espaldas (para mí o para otros) y pasa cada vez. Cada vez.
Y me he jurado que esta vez no.
NADIE SE QUEDA ATRÁS EN MI GUARDIA.
Así que os recuerdo: 

Que tengo en marcha un crowdfunding para financiar la publicación en papel de Crónicas Funestas.

Crónicas Funestas ya se publicó en digital y por partes en Lektu, y que ahora se trata de sacar un tochaco en papel. Según el último recuento tiene 822 páginas, algunas de ellas ilustradas por la maravillosa Gisselle Anderson, cuyos diseños podéis curiosear aquí
El libro narra las aventuras de Coso Abripio, un chaval que escapa de su pueblo después de que su familia sufra un accidente.
Bueno, en realidad mueren en un incendio.
Pero es un incendio accidental.
Vale, sí, lo provocó Coso. 
Lo importante es que Coso llega a la ciudad de Möho, que hace honor a su nombre, encuentra trabajo en un tugurio denominado Farolillo Rojo, y conoce a una persona que cambiará su vida para siempre. 
El destino de Coso acaba ligado al del reino. Si eso es algo bueno o malo todavía está por ver...

Crónicas Funestas tiene aventuras, humor, fantasía, romance y muchos incendios, todos ellos accidentales.
Nunca se puedo demostrar nada. 
Tarde o temprano estará el librerías (mejorando lo presente) pero las recompensas no. 
Y las recompensas son una gozada, con dibujos de Laura S. Maquilón, ganadora del concurso público convocado por las autoridades de Möho para diseñar el logo de la ciudad.
Dicho logo todavía no se ha hecho público debido a un incidente relacionado con un quítame allá ese incendio, pero sí os puedo enseñar el que realizó para el Farolillo Rojo, y que actualmente se usa en el menaje del, ejem, restaurante.


También hay delantales, cuadernos, bolsas, chapas y sugus, claro.

En resumen: queda una semana para participar en el crowdfunding de Crónicas Funestas y hacerse con un ejemplar de mi primera novela, la niña de mis ojos, la historia de Coso Abripio. 




08 marzo 2021

Seguro, seguro

 


Pues el caso es que conseguí comunicar al banco que mi tía había fallecido, y sólo hizo falta un viaje de 800 kilómetros para conseguir el certificado de matrimonio de mis abuelos (totalmente ilegible por culpa de una riada de hace cincuenta años) y el de nacimiento de sus hijas, y otro viaje de 1400 kilómetros para entregar la documentación presencialmente en la oficina. 
Lo normal de cada jueves en mitad de una pandemia. 
El caso es que en ese viaje, también me enteré de que la Tita tenía un seguro de accidentes y claro, había que llamar para cancelarlo.
-Hola, llamo para comunicar el fallecimiento de un cliente.
-¿Es usted la titular?
-¿PERO CÓMO VOY A SER LA TITULAR, EN SERIO, QUÉ OS PASA A TODOS?
-Es que se llama usted igual. 
-¡Pero estoy viva! ¡Digo yo que eso tendría que darle una pista!
-Está bien, está bien. ¿Ha fallecido de covid?
-¿Qué más da?
-Es que si ha fallecido de covid no le cubre.
-Ha sido cáncer. ¿Eso sí le cubre?
-No, su tía no tenía contratado el seguro de fallecimiento.
-¿Entonces para que me pregun...? Da igual, yo sólo quiero darla de baja.
-¿Estuvo hospitalizada?
-Sí, ¿por?
-Su seguro cubre la hospitalización pero...
-No me lo diga: tiene que llamar el titular.
-Sí, durante los primeros cinco días de hospitalización.
-Pero cómo iba a llamar la pobre mujer, si fue a hacerse una revisión rutinaria y le dijeron que le quedaban cuatro días de vida... Da igual, lo único que quiero es cancelar la póliza, de verdad.
-De acuerdo. ¿Es usted la titular?
La titular no sé, pero con cada llamada me siento morir un poco, la verdad.


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El lunes 8 a las 21:15 estaré en directo en el instagram de la Librería La Sombra.
No tengo muy claro qué pinto allí ni de qué vamos a hablar pero seguro que nos reímos un rato.
¡Venirse!



 




01 marzo 2021

Papeleo

 

Os voy a dar un consejo: no os muráis nunca, que luego es todo mucho papeleo.
Quizá estéis pensando que os da igual, porque no lo tendréis que hacer vosotros. Bueno, eso nunca se sabe.
Cuando la Tita del Puerto y del Sur murió, mi madre se encargó de la mayor parte del papeleo. También se encargó de coger la lista de contactos de su móvil e ir avisando a todos sus amigos, porque como fue tan rápido la mayoría no se había enterado ni de que estaba enferma y le seguían mandando memes de gatitos al whatsapp. Os podéis imaginar el papelón.
A mí me tocó la tarea, comparativamente más agradable, de comunicar el fallecimiento en el banco.
Sólo eso. Ni siquiera quería saber el estado de sus cuentas, o tocarlas para nada; solo bloquear las tarjetas y asegurarme de que los recibos se seguían pagando hasta que se resolviera todo. 
Y como la oficina me pillaba unos setecientos kilómetros más allá de mi área de confort, lo que hice fue llamar a atención al cliente. 
-Hola, llamo para informarme de cómo comunicar el fallecimiento de uno de sus clientes.
-¿Es usted la titular de la cuenta?
-Eh... no, la titular ha fallecido.
-Tiene que llamar la titular de la cuenta.
-Pero...
-Es por protección de datos. 
-Si yo no quiero que me den ningún dato, soy yo la que llama para comunicar el dato de que la titular ha fallecido. Y ni siquiera quiero que hagan nada, solo que me informen de qué tengo que hacer.
-Pues nos tiene que llamar la titular. 
-Está bien, está bien. No soy la titular, pero aparezco como autorizada en la cuenta.
-¿Sí?
-Sí, mi tía me autorizó hace como un millón de años.
-¿La fallecida le autorizó?
-Sí. 
-En ese caso no puedo ayudarle.
-¿Por qué?
-Porque usted es la autorizada de la fallecida, y ahora la cuenta pertenece a los herederos; tendría que llamar la autorizada de los herederos.
-Para eso tendría que poder comunicarles que mi tía ha fallecido. En lo que a ustedes respecta, mi tía sigue viva.
-Pues entonces que llame ella.
Claro, cómo no se me había ocurrido antes.


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¡Seguimos de verkami! 
Intentamos sacar Crónicas Funestas en papel
Tenemos tazas, delantales, cuadernos y, si llegamos a 5000 €, sugus para todos los mecenas.