26 abril 2021

Relajadita



Empiezo a estar un poco harta de los hipopresivos. 
A ver, que tienen muchas ventajas; por ejemplo, la de no hacerte pis encima cuando estornudas, que es una cosa que está muy bien. 
Pero también tienen muchos inconvenientes como, por ejemplo, lo de hacer ejercicio y eso. 
Si no sois madres, quizá os estéis preguntando que es eso de los hipopresivos. Yo también me lo pregunto, porque estaba convencida de que eran ejercicios para el piticlón (chichimnasia) pero en clase suele haber señores que yo juraría que piticlín, lo que se dice piticlín, no tienen, aunque en estos tiempos nunca se sabe.
Quizá debería preguntar aunque, por otra parte, quizá lo mejor sea que me calle, porque ya me miran bastante raro desde el día que me dio un ataque de tos, acabé mareándome y cayéndome al suelo y tuvo que venir ZaraJota (con los dos niños en bañador a rastras) a rescatarme porque no me podía levantar y por las medidas anticovid el monitor no se podía acercar a ayudarme.
O eso dijo, claro.
Los hipopresivos son una cosa muy tonta, porque básicamente consisten en tumbarse en el suelo y respirar pero con dolor. Por todas partes. Que cualquiera diría que el dolor tendría que centrarse en el pecho o, como mucho, en el piticlín (que también), pero es que he llegado a tener agujetas en los dedos de los pies. 
LOS DEDOS DE LOS PIES.
Que yo no sabía ni que teníamos músculos ahí, pero ahora lo tengo clarísimo.
-El problema -me dijo el monitor- es que tienes que ser más constante. 
-Es que solo puedo venir un día a la semana, y a veces ni eso.
-Lo ideal es que vengas a dos sesiones a la semana, como mínimo.
-Puedo hacer dos sesiones el mismo día. 
-Eso no es lo que...
-¿Cómo es la clase de antes? -le pregunté. Que era un pregunta retórica, porque yo ya me había fijado en que las que salían de clase eran un 99% viej...ancianas y que salían como muy frescas, así que ya me imaginaba que la clase no era de alto impacto, precisamente.
-Bastante tranquila.
-¿Será demasiado para mí hacer las dos clases seguidas?
-No, claro que no. Es muy relajadita. De hecho, quizá te venga hasta bien.
-Genial.
El problema, es que no pregunté genial para qué
La semana siguiente, comprobé que me venía genial para, por ejemplo, experimentar un bonito paroxismo de dolor cercano a la muerte mientras las viej...ancianas, sin despeinarse los cardados, hacían cosas como sostenerse en equilibrio perfecto sobre tres dedos (dos de las manos y uno de los pies). Que ya me dirás para qué necesita una viej...anciana semejante virtuosismo, con lo a gusto que estarían en sus casas viendo a Ana Rosa Quintana.
El caso es que la clase "relajadita" resultó ser una clase de pilates+core con cinco minutos de relajación al final, que para cuando llegamos ahí yo no necesitaba relajarme, sino reanimación urgente, pero bueno. Cuando por fin escapé de allí, congratulándome por no haberme dormido mientras supuestamente estábamos meditando, me arrastré hasta la siguiente clase.
-¿Cómo lo llevas? -me preguntó el monitor.
-Perfectamente -le dije, porque las viej...ancianas estaban detrás y todos sabemos que se alimentan del miedo y la debilidad ajenas. Por eso les gusta tanto el descafeinado de bote, obviamente-. Pero creo que la semana que viene probaré algo que sea más de mi estilo.
-¿Cómo qué?
-No sé. ¿Tenéis alguna actividad en la que pueda estar sentada y mirando el móvil?
-Claro que sí -me dijo-. Está en la planta baja, justo donde pone "cafetería". 
Creo que ya he encontrado mi deporte favorito.

- - - - - - - - - - - 
Si estás censado, recuerda que ya puedes votar a Villamatojo para los Premios Ignotus.
¡Gracias por tu apoyo!




19 abril 2021

Benditos errores

 

Hace un par de semanas, en uno de esos días sin cole que han puesto totalmente al azar este año, agarré a los niños por los pelos (es un decir) y me los llevé al jardín botánico, que es una cosa de echar muchas horas gastando poco dinero, y eso siempre está bien.
Hacía un día estupendo, los tulipanes estaban a rabiar de bonitos y el nivel de instagramers por metro cuadrado era tolerable. 
A los niños les flipó, como cada vez que vamos, sea invierno, verano o primavera, y eso que algunas partes todavía estaban cerradas por los daños del temporal Filomena, que es que no nos privamos de nada, la madre que nos parió. 
Dimos un paseo, Nena-chan leyó todos los carteles (TODOS. LOS. FRUTOS. CARTELES),  Nene-kun se asomó a todas las fuentes (TODAS. LAS. FRUTAS. FUENTES) para ver si había peces. 
Y al final acabamos en el Pabellón y ocurrió lo inevitable.
-Mamá, vamos a entrar a la tienda.
-No. 
-Porfiii...
-No hemos venido aquí a comprar nada. 
-¡Sólo queremos ver! ¡Te prometemos que no pediremos nada!
-Siempre decís eso y luego no es verdad. 
-Porfiii...
-He dicho que no y es que no, y se acabó la discusión -dije, poniendo cara de madre. Lo que pasa es que con la mascarilla la cara de madre como que pierde poderes. 
Así que entramos en la tienda, claro.
Si alguna vez vais al botánico, os desaconsejo vivamente entrar en la tienda. O sea: TODO ES BONITO. Las cerámicas son como para morirse de bonitez allí mismo. Y los pañuelos. Y no digo nada de los libros...
-Mamá, ¿nos compras este libro?
-He dicho que no os iba a comprar nada.
-Pero es que es MUY CHULO, mira...
-He dicho que... uy, este lo tienen en La Sombra.


Que no es que lo haya mirado unas cien veces para comprarlo y lo haya acabado dejando porque hemos pasado una racha achuchá ni nada de eso, vaya. 
-Pues vamos a La Sombra y nos lo compras.
-¡De eso nada!
-¡Si está aquí al lado! Porfiii, mamá...
-He dicho que no y es que no. Además, ya os dije que no os iba a comprar nada.
-Lo que dijiste fue que no ibas a comprarnos nada aquí.
Ya está, ya me liaron. 

- - - - - - - - - - - - - 
Todos mis libros (y muchos más) en La Sombra (Madrid), La Casa Tomada (Sevilla) y Lektu (online).
Recordad que el próximo día 23 es el día del libro y las librerías tienen descuentos, promociones y cosas de esas. 

12 abril 2021

Somos la leche

Ser cajera de supermercado es como ser marine: puede que dejes el cuerpo, pero el cuerpo no te deja a ti.
Hace casi quince años qué barbaridad, qué vieja soy que dejé de ser cajera y es que no falla: cada vez que que voy al súper me viene algún viej... anciano a preguntarme alguna cosa. Que a veces hasta tiene que ver con la compra que está haciendo, no digo que no. 
Pues hace unos días estaba yo tan tranquila haciendo la compra cuando se me acercó un viej... anciano y me dijo:
-Niña, ¿dónde está la leche?
La leche estaba ahí mismo. En plan, AHÍ MISMO.
O sea, que aunque seas ZaraJota, que sólo sabe llegar a casa de la madre de Patch, serías capaz de ver la leche. Por que es que además la leche es... bueno, grande. Tipo: ocupar dos o tres palés alegremente, así de grande. 
-¿Ahí? -le dije. 
El señor miró hacia donde yo señalaba, es decir, miró los tres palés de leche y me volvió a mirar, muy enfadado.
-¡No! ¡La leche!
-Eh... está ahí mismo.
-No la veo.
Iba a coger al señor de la manita y acompañarlo tres pasos más allá, dónde estaba mismamente la leche, pero con esto del coronavirus no me pareció adecuado. Así que volví a señalar y dije, muy despacio: 
-Está ahí mismo.
-¡Cómo que está ahí mismo! Señorita, ¿me está tomando el pelo?
A mí no me pasó desapercibido que en cuestión de minutos había pasado de "niña" a "señorita" y empecé a plantearme cuánto tiempo tenía que pasar para que acabara llamándome "señoría" o incluso "su majestad". 
-Pero es que está ahí...
El señor empezó a gritarme toda clase de cosas. Para mi decepción, ninguna de ellas era "su majestad". Con tanto escándalo, el seguridad del supermercado no tardó en aparecer. 
-¿Qué está pasando aquí?
Vi que el viej... anciano tomaba aire y pensé: como no intervenga pronto ya no voy a poder intervenir. Así que puse la mejor de mis sonrisas (que se perdió detrás de la mascarilla, claro), y dije: 
-Aquí el señor, que no ve una leche -y me entró la risa floja. Es que no lo puedo evitar, me hago mucha gracia a mí misma. Probablemente a nadie más, ojo, pero por algún lado hay que empezar.
-La señorita, que le he preguntado dónde está la leche y se ha puesto a tomarme el pelo.
El seguridad me miró y yo intenté poner cara de inocente pero las cosas como son: después de haberme descojonado en su cara por la chorrada que yo misma había dicho había perdido toda la credibilidad.
Me miró de arriba abajo, probablemente decidiendo si merecía la pena llamar a la policía del humor o qué, y se volvió al viej... anciano.
-Yo le acompaño. 
Acompañó el señor hasta que prácticamente podía tocar la leche con la nariz (bueno, con la mascarilla).
-Aquí está.
El señor miró los palés de leche, miró al seguridad, miró a la leche, miró al de seguridad, y cuando ya parecía que se le iba a desenroscar la cabeza con tanto giro dijo:
-Oiga, es que lo que yo estoy buscando son los huevos.
El seguridad me miró desde lejos en plan: hasta los huevos es como me tenéis los dos y yo me apresuré a poner cara de que no conocía al viej... anciano de nada, que la verdad es que con la mascarilla puesta y las gafas empañadas me quedó tirando a regular. 
Le explicó al viej... anciano dónde podía encontrar los huevos, y el anciano partió en esa dirección.
Entonces se acercó una de las cajeras. 
-¿Que ha pasado? -le preguntó al seguridad.
-El viejo ese, que tenía ganas de tocar los huevos. 
Claro, si hago chistes yo mal, pero el seguridad que haga los que quiera.


 - - - - - - - - - - - - 
Todos mis libros, todas mis aventuras en La Sombra, La Casa Tomada y Lektu.

05 abril 2021

Los filetes empanaos


 
No sé si os habéis dado cuenta pero ha sido semana santa, lo que no tengo claro es si la hemos salvado o no porque desde luego estoy como para pillarme otros cuatro días libres.
El caso es que vivo en Madrid, y Madrid es España pero el resto de España no lo sabe porque fue llegar semana santa y se cerraron perimetralmente en plan mira que os queremos mucho pero ya si eso os quedáis en vuestras casas.
El problema es que los madrileños lo de quedarse en su casa lo llevan regular tirando a mal, sobre todo cuando sale el sol un poquitillo. Y claro, Madrid en el fondo es muy pequeña. Y los madrileños son muchos. Y cuando se echan todos a la calle a la vez pues... bueno.
Desde el principio, ZaraJota y yo pensamos que nuestro plan para semana santa sería "Agáchense y cúbranse": vaya, que nos meteríamos en casa y aguantaríamos el tirón.
El problema era que le había prometido a los niños que si sacaban buenas notas les llevaría al zoo, pero no a dejarlos allí, ojo, y claro, se ve que las promesas a los hijos hay que cumplirlas, sobre todo si hay buenas notas de por medio, porque si no como que se desmotivan y eso.
-No pasa nada -le dije a ZaraJota-, vamos el lunes a primera hora, que habrá menos gente.
Así que el martes casi a la hora de comer nos montamos en el coche ZaraJota, los niños, el mantel de cuadros y los filetes empanaos y enfilamos al zoo.
Bueno, "enfilar" quizá sea un término un tanto exagerado porque ZaraJota sólo sabe ir a casa de la madre de Patch y la madre de Patch, dejémoslo claro, no vive en el zoo. Así que en vez de hacer el camino habitual, que es básicamente tirar toparriba hasta Oporto y luego a la derecha, ZaraJota decidió internarse en el mágico mundo de las inmediaciones de la pradera de San Isidro y dimos más vueltas que cuando cambian la disposición del súper y necesitas urgentemente papel higiénico.
Para cuando llegamos al zoo yo ya me estaba arrepintiendo de haber metido el tupper de los filetes empanaos en el maletero, con lo a gusto que me habría pimplado un par o veinticinco en ese momento. Hacía un día estupendo y la Casa de Campo estaba de bote en bote; yo no sé cuánta gente habría allí pero aquello era un no parar, y por supuesto no había aparcamiento ni en el fondo del lago.
-¿Volvemos otro día? -les pregunté a los niños.
-NOOO... 
-¡Nos lo prometiste!
ZaraJota, que estaba dando la enésima vuelta al aparcamiento, suspiró.
La alergia, supongo.
-Podemos ir a Faunia, que siempre está más vacío -dijo.
Para entonces los filetes empanaos llevaban una hora en el maletero a unos 20º y en el coche olía que aquello era un crimen y yo lo único que quería era ponerme a comer filetes como si no hubiera un mañana, pero una promesa es una promesa, sobre todo si hay buenas notas de por medio. 
-Vale. 
El problema es que la madre de Patch tampoco vive en Faunia y claro, así ZaraJota no puede llegar. Y eso que a estas alturas hasta yo sé que vas hasta plaza Elíptica, que es que casi se ve desde mi ventana, giras a la derecha y sigues hasta que ves los carteles.
El caso es que ZaraJota decidió ir a Faunia por la ruta pintoresca y dimos más vueltas que el que se perdió en la isla, que de verdad no sé si es que ese día había más rotondas de lo normal o es que las recorrimos todas varias veces; el caso es que para cuando por fin avistamos Faunia a lo lejos yo ya estaba que me hubiera comido los filetes empanaos, sin empanar, crudos y hasta el pollo sin sacrificar.
-Mira -dijo ZaraJota-, lo que te decía: hay sitio de sobra en el aparcamiento.
Estábamos a punto de cruzar la barrera y parecía que por fin iba a comerme mis filetes empanaos cuando oímos un ruidito como BRUUUUUUAGH en el asiento trasero.
Pensé que Nena-chan había gomitado, porque Nena-chan es muy de gomitar en el coche. Además, Nene-kun hacía rato que se había quedado dormido con la mascarilla puesta y todo. Pero cuando me volví para mirar resultó que me equivocaba en todo, bueno, en todo no: Nene-kun seguía con la mascarilla puesta. Eso sí, el gomito se le escapaba por los lados de una forma que me hizo sospechar que la susodicha ya no estaba cumpliendo su función higiénica reglamentaria.
-AAAAARGGG.
-¿Ha vomitado la nena? -preguntó ZaraJota.
-No. 
-¿Entonces qué?
Obsérvese que ni se le pasó por la cabeza que hubiera potado el niño porque en esta familia cada uno tiene una función: por ejemplo, yo quemo cosas. ZaraJota mira mal. Y Nena-chan gomita.
-¡El niño, el niño! -dije.
-¿Qué le pasa?
-Estoy susio -intervino Nene-kun, que tiene claras sus prioridades y se miraba las manos como si no se acabara de creer lo que veía. Yo no sabía ni qué hacer porque, al tener la mascarilla puesta y estar dormido con la boca abierta, todo aquello había salido a propulsión hacia abajo y hacia arriba. Que hacía abajo todavía tenía solución porque se le cambia la ropa y ya, pero por arriba el pelo se le había empapado hasta la nuca y eso ya como que era más complicado de arreglar.
-¿Aparco en un ladito? -preguntó ZaraJota.
-¿Para huir? 
-Para limpiarlo.
-PERO CÓMO VAMOS A LIMPIAR ESTO, QUE HE TRAÍDO FILETES EMPANAOS, NO UNA MANGUERA.
-¿Nos volvemos a casa?
-Sí -dijo Nene-kun, que en ese momento pareció pensar que las promesas están muy bien, sobe todo si hay buenas notas de por medio, pero no tener una costra de vómito en el pelo está mucho mejor. 
ZaraJota puso rumbo a casa. Más o menos porque, esto os va a sorprender, ZaraJota sólo sabe ir a casa de la madre de Patch y, esto os va a sorprender más aún, la madre de Patch no vive en mi casa. Que lo mismo no habría ido mejor si hubiéramos tirado directamente a la casa de la madre de Patch a bañar al niño y luego ya para nuestra casa si eso, no digo yo que no.
Así fue como, unas tres horas después de haber salido, volvimos a casa sin haber pisado el zoo ni haber tocado los filetes empanaos, que era lo que más me dolía, con una niña totalmente dormida, un niño empapado en fluidos corporales y un tupper de filetes empanados sin tocar.
Así que subimos a casa y metimos al niño con ropa y todo en la bañera y cuando lo saqué de allí, medio turulato todavía de la impresión, me encontré a la nena, que empezaba a reaccionar.
-Pero mamá -me dijo-, ¿no íbamos al zoo?
-Sí, pero ya no.
-Jooo, ¿por qué?
-Por la madre de Patch, que vive donde le da la gana. 




- - - - - - - - - - - - - - - 
Todos mis libros, en la librería La Sombra (Madrid), la Casa Tomada (Sevilla) y Lektu.