19 julio 2021

Vacaciones


Se hace saber que esta interfecta semoviente que les escribe estará de vacaciones (o similar) mentales hasta el 2 de agosto, reponiendo fuerzas (e ideas) para afrontar el nuevo curso como corresponde. 

Por supuesto que seguiré en Twitter, donde no hace falta tener cuenta para cotillear, simplemente seguir el enlace anterior. Mi abuela lo hace, y eso que tiene más años que el timbre de la puerta de Alcalá.

Además, a estas alturas ya he escrito un buen puñado de libros, la mayoría de los cuales te dejan el cuerpo regular pero bueno, la mitad de lo que comemos en los chiringuitos de playa también y aún así volvemos, así que por qué no.

Si queréis recordar los viejos tiempos, hay tres recopilaciones de las entradas antiguas del blog, Vayamos por partes 1, 2 y 3. Incluyen material adicional y dibujitos de ZaraJota. 


Si os van el terror de ambientación rural con zombis, ahí está Villamatojo. Lo escribí para que diera mucho miedo, pero la mayor parte de las personas que lo leen aseguran que es de humor, así que sospecho que hice algo mal, pero por más vueltas que le doy no acabo de entender el qué.


Madrid 2004 es lo más parecido a una historia romántica que soy capaz de escribir. Al menos nadie la acusa de ser humorística, así que por ahí vamos bien. Está ambientada en el Madrid de los atentados y la boda real. 


Quiero volver es... el libro más difícil de explicar. Porque cualquier cosa que os diga es spoiler. Y a nadie le gustan los spoiler. Salvo a mí, que escribí un libro a tope de spoiler. Hasta el título es spoiler. Así que bueno, yo qué sé. Va de dos chicas que se conocen en un internado, se hacen amigas y acaban metiéndose en un buen lío. Con flashbacks. Lo demás tenéis que descubrirlo porque es parte de la gracia.


Y, por supuesto, está Crónicas Funestas, que se financió vía crowdfunding a principios de año y que debe estar llegando a la casa de los mecenas justo esta semana. Inicialmente se publicó por partes en digital y ahora las he reunido en un tochaco de ochocientas páginas y tapa dura, con ilustraciones, mapa, árbol genealógico y material adicional. Cuenta las aventuras y desventuras de Coso Abripio, desde que su familia sufre un desafortunado accidente y debe huir a la fabulosísima ciudad de Möho, famosa por... bueno, quizá sea mejor no entrar en detalles. 


Todos o casi están disponibles en la Casa Tomada (Sevilla), La Sombra (Madrid) y Lektu (online). 

Nos vemos en un par de semanitas. 

12 julio 2021

¡Vacunada!




Pues nada, ya tengo la vacuna.
Bueno, solo la primera dosis. Que soy joven y eso. 
Vale, la segunda me toca la semana que viene, pero quién lleva la cuenta.
Como decía, ya tengo la vacuna y estoy tan contenta que incluso he empezado a abrazar a algunas personas seleccionadas. Con las mascarilla puesta y sin gozarlo, por si acaso.
Para conseguir cita sólo necesité apuntarme al bot de telegram que te avisa de cuando se abre tu tramo de edad, tener permanentemente abierta la página de autocita y actualizarla cada treinta segundos o así. 
Pero así como de soslayo y eso, fingiendo desinterés. 
Cuando por fin se pudo, además, ZaraJota y yo tuvimos la inmensa suerte de autocitarnos mismo día, mismo sitio, con tan solo media hora de diferencia. 
-¿Y qué hacemos con los niños? -me preguntó.
-¿Ese día o en general desde que nacieron?
-Ese día.
-Ah, porque si es desde que nacieron todavía no tengo la más remota idea... Pues que se queden con mi madre un rato. 
Porque claro, si no contamos a los gatos, mis padres y los niños son cuatro personas, que es lo que está (estaba) permitido en interiores por esas fechas. 
-O toda la tarde -me dijo ZaraJota, poniendo voz sexi. Bueno, la suya normal. 
-Ahora que lo dices, quizá deberían quedarse a dormir. Por si la vacuna nos da reacción y eso.
-Claro, reacción
Porque hay una cosa de la que se habla muy poco, y es el daño que ha hecho la pandemia, y en concreto el confinamiento, a la vida sexual de las parejas con hijos pequeños. 
Así que os lo voy a decir yo: TODO. 
Los niños pandemial no se cansan como antes. Pasan menos tiempo en el parque, hacen las extraescolares por zoom, llegan temprano a casa, si es que llegaron a salir. Los niños pandemial llegan a la noche frescos como una lechuga. Los niños pandemial no se duermen jamás
Y, cuando se duermen, es un sueño ligero, con terrores y pesadillas. Pero no me voy a meter en cómo la pandemia les está jodiendo el cerebro a los niños, que entonces no acabo nunca. 
Por desgracia, los papás pandemial siguen haciendo cosas como trabajar y las tareas domésticas, por lo que llegan a la noche como siempre. 
Y sí, ya sé que en teoría se puede jugar al parchís de día. Pero yo no tengo el cuerpo ya como para hacerlo bajo el mueble del fregadero, qué queréis que os diga.
Volviendo a la vacuna, ZaraJota y yo pensamos que lo mejor era que los niños se fueran a pasar la noche con mis padres. Por si la vacuna nos daba reacción y eso. 
GUIÑO, GUIÑO, CODAZO, CODAZO. 
Voy a confesar aquí y ahora que, en el fondo, yo creía que la vacuna no nos daría reacción ninguna. La mayor parte de la gente que conozco sólo ha tenido dolor en el punto del pinchazo, rigidez en el brazo o, en el peorcísimo de los casos, una noche de febrícula y dolor de cabeza. Así que era optimista al respecto.
ZaraJota y yo nos fuimos al Winzip Center o como se llame, nos pusimos nuestra vacuna y salimos de allí dispuestos a jugar al parchís hasta echar el techo abajo según llegáramos a casa. 
Habíamos esperado los quince minutos de rigor y no habíamos notado absolutamente nada, así que éramos optimistas. Íbamos en el metro tan felices, con nuestros pensamientos sucios y todo eso, cuando de pronto sentí lo que se podría describir como un golpe de remo.
De pronto no tenía energía ni para hablar y eso, viniendo de mí, es mucho. No recuerdo casi nada del trayecto y cuando llegué a casa me metí en la cama con escalofríos, dolor muscular y preciosas alucinaciones en la que me sentaba sobre un tupper y saltaba desde un trampolín para participar en una carrera.
Seguro que Freud tendría mucho que decir al respecto.
El caso es que, tres días más tarde, cuando por fin empecé a reconectar con la realidad (dentro de mis posibilidades) llegué a la conclusión de que si la vacuna le sienta mal a una de cada equismil personas, yo había sido una de las afortunadas. Y a mucha honra, porque si he cubierto el cupo yo, a lo mejor no tiene que cubrirlo una persona de riesgo.
La estadística es así, no me lo estoy inventado yo.
-Espero -me dijo ZaraJota-, que al menos sea efectiva contra el virus.
-Pues contra el virus no sé -le dije-, pero como anticonceptivo es efectivísima. 


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Si has participado en el Verkami de Crónicas Funestas: enhorabuena, deberías recibir tu recompensa este viernes como muy tarde.

Si no, y te has quedado con las ganas, puedes conseguir tu ejemplar de Crónicas Funestas en papel aquí


05 julio 2021

Amor de madre



Me dan miedo las alturas.
Ya está, ya lo he dicho.
En realidad, si os fijáis, a casi todos los torpes nos dan miedo las alturas. Porque claro, si a ras de suelo eres capaz de tropezarte en llano y abrirte la cabeza, a diez metros por encima no te quiero ni contar. 
El caso es que normalmente lo llevo bien porque como soy bajita y eso nunca estoy demasiado por encima del nivel del mal, pero la cosa empezó a complicarse con el parque de atracciones. 
Que además al principio ni tan mal, porque mientras los niños midieron menos de un metro sólo podrían montarse en atracciones rollo repollo y yo tan contenta. Y cuando Nena-chan superó el metro, ella se iba con ZaraJota a las atracciones chungas y yo me sacrificaba y me quedaba con Nene-kun en las rollo repollo, porque soy una madre abnegada de esas.
Pero claro, tarde o temprano Nene-kun tenía que crecer. 
Pequeño traidor.
Y en cuanto levantó tres palmos del suelo, quiso montarse en las mismas atracciones que su hermana. 
Y, para mi desgracia, a determinadas alturas de niño, es imprescindible que se suban a las atracciones acompañados de un (presunto) adulto. Uno por niño. 
La madre que les parió. 
Y debido a circunstancias de la vida, tengo dos hijos pero un solo ZaraJota. 
Y ZaraJota ya se estaba subiendo con Nena-chan.
Así que me tocó subirme a las atracciones "de mayores" con Nene-kun.
A ver, no a todas. 
Desde el principio le dije: Niño, el amor de madre no tiene límite, salvo que sí lo tiene y está en la atracción del tronquito que se despeña por una catarata
El niño lo entendió perfectamente (quizá fueran mis ojos inyectados en sangre, quizá los espasmos de terror que recorrían mi cuerpo, jamás lo sabremos) y me dijo que quería montarse en una especie de naves espaciales que giran alrededor de una columna, ni muy alto ni muy rápido, o eso me pareció desde abajo.
-Venga, creo que tengo suficiente amor de madre como para eso -le dije.
Quizá fuera una afirmación un tanto apresurada, no digo yo que no. 
Me di cuenta según nos subimos y descubrí que la navecita no tenía ni un mísero cinturoncito, y que tenía que sentarme rodeando con mis piernas a Nene-kun, que yo muy a favor de proteger a mis hijos con mi cuerpo y eso pero mucho más a favor de no tener que protegerlos en absoluto, sobre todo si mi propia integridad física está en juego. 
Pero cómo el amor de madre está para usarlo, me senté, rodeé al nene con las patorras y me aferré a la estructura de la navecita como chinche a calconcillos. 
-Ah, pues no está tan mal -dije, pasados unos segundos.
-Mamá, todavía no ha arrancado.
-Entonces, ¿todavía estoy a tiempo de BAJARME?
-Jajajaja, mamá, qué tonterías dices.
-Tonterías los cojones. 
Iba a saltar de la nave cuando se puso en marcha y pensé que a lo mejor no era buena idea del todo, así que apreté las patas hasta que el niño empezó a amoratarse de cuello para arriba y me pegué a la chapa de aquello que habría hecho un soplete para despegarme. 
Y cerré los ojos. Y pensé: si no lo ves, no existe. Podía fingir que estábamos en el autobús. Sí, eso era. Por suerte, Nene-kun es un niño callado e introspectivo, que habla poco y bajito, y que no iba a sacarme de mi lugar feli...
-¡ESTO NO PARA DE SUBIR! -gritó a los pocos segundos.
-¿Que qué?
-EL SUELO ESTÁ SÚPER ABAJO, MAMÁ.
-Ay, dios.
-MIRA ESE ÁRBOL, QUÉ CHIQUITITO SE VE.
-Preferiría no verlo.
-PARECÍA QUE ÍBAMOS A CHOCAR, PERO NO HEMOS CHOCADO.
-Gracias por ofrecerme esa evocadora imagen, hijo mío.
-¡¡¡SEGUIMOS SUBIENDO!!!
-¿En serio?
-¡¡¡ESTAMOS SÚPER ALTO!!! ¿TE IMAGINAS QUE NOS CAEMOS AHORA, MAMÁ? ¿EH? SERÍA MUY GRACIOSO.
-Jajajaja, sí, me parto. 
-OOOOOH, YA BAJAMOS. QUÉ PENA, ¿VERDAD, MAMÁ?
-Uy, sí qué lastima.
-¿TE IMAGINAS QUE AHORA BAJAMOS DE GOLPE CONTRA EL SUELO?
-Sí, perfectamente, gracias.
-JOPETAS, YA ESTAMOS. ¿MAMÁ? YA SE HA ACABADO, MAMÁ. SUELTA... LA... CHAPA...
Hicieron falta tres personas y un ZaraJota para arrancar mis frías manos aterradas de la navecita, pero aparte de eso creo que salí de allí con bastante dignidad. Desde luego, los niños no debieron de notar nada, porque según pisé tierra se me acercó Nena-chan y me dijo:
-Mamá, ¿ahora podemos montar en la montaña rusa de la araña?
-A mí me encantaría, Nena-chan.
-¿De verdad?
-Lo que pasa es que no estoy segura de quererte lo suficiente. 


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Durante los meses de julio y agosto, la librería La Sombra está de promoción. 
Aprovechad, que tienen todos mis libritos.