11 noviembre 2019

Entrevista de trabajo

Durante los últimos meses he sido muy afortunada porque en vez de buscar trabajo ha sido el trabajo el que me ha ido buscando a mí.
Otra cosa es que luego llegáramos a consumar, pero bueno.
El caso es que hace ya bastante tiempo hice una entrevista para trabajar en una cosa que me molaba mogollón y no solo porque ofrecieran el triple de salario que en mi trabajo anterior por desempeñar aproximadamente un tercio de las funciones, sino porque consistía en hacer cosas buenas por la humanidad.
Y, seamos sinceros, eso rara vez pasa en un trabajo.
Estaba segura de que eso me daría como chorrocientos puntos de karma, y en aquel momento me habrían venido muy bien porque se me había roto el iPad.
El trabajo en cuestión solo tenía una pequeña pega: habría tenido que dejar de escribir. Pero, me dije a mí misma mientras dibujaba corazones alrededor de la cifra del sueldo, estoy a punto de cumplir cuarenta años. Quizá haya llegado el momento de reconocer que aunque nunca dejaré de ser una lorzas, ya no tengo edad de ser una Lorzagirl.
Así que dejé de lado mis tonterías por una vez y me preparé a fondo la entrevista, como corresponde a una persona obsesiva y con la autoestima de una cucaracha adulta. Como la entrevista era en inglés me pasé días hablando inglés con un lápiz atravesao en la boca. Como era para community manager me repasé todas las tendencias del momento (provocándome, probablemente, serias secuelas mentales de paso). Como era para... bueno, os hacéis a la idea.
Pero cuando llegué a la entrevista nada fue exactamente como había previsto.
En primer lugar, no querían saber nada de mi experiencia o de mi formación.
–No hace falta: te vamos a investigar.
–Eh...
–Debido a las peculiares características de nuestra organización tenemos que asegurarnos de que eres de fiar.
ESTOY J*D*D*, pensé. Pero en vez de eso dije:
–Claro, claro.
–De hecho, también vamos a investigar a tu familia, por supuesto.
ESTOY MUY J*D*D*.
–Claro, claro.
–Y nos gustaría que nos facilitaras tu redes sociales, para hacer una comprobación de rutina.
ESTOY SÚPER J*D*D*.
–Claro, aquí están.
Y les di mis redes sociales profesionales, ya sabéis. Esas en las que finjo ser normal.
–¿No tienes más?
Me mordí la lengua.
Decían que me iban a investigar, y de hecho yo había firmado una autorización para que me investigaran. Además, también había firmado una declaración en la que me comprometía a decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.
¿Era mejor callarme y cruzar los dedos para que no me descubrieran?
¿O era mejor ser sincera y cruzar los dedos para que valoraran la honestidad por encima de... bueno, por encima de Lorzagirl?
–Sí. Tengo otra. Lorzagirl.
A los entrevistadores se les escapó una risita.
ESTOY REALMENTE J*D*D*, pensé.
–¿Y cuánta gente puede relacionar esa cuenta contigo?
Hice cuentas mentalmente. Bueno, las hice con los dedos. Está bien, puede que usara la calculadora del móvil.
–Alguna –respondí finalmente, pensando en la gente que vio la charla, en los mecenas del Lorzfunding y en todas las personas a la que me he ido encontrando por la vida, muchas de las cuales tienen la costumbre de llamarme Lorz a gritos.
–Ya veo. ¿Y crees que en esa cuenta has podido decir algo inapropiado alguna vez?
Alguna vez, dice...
–Define "inapropiado" –respondí, intentando ganar tiempo, mientras me repetía a mí misma J*D*D*, J*D*D*, J*D*D*, J*D*D*, J*D*D*.
–Pues si alguna vez has dicho algo vergonzoso, humillante o políticamente incorrecto que haya podido perjudicar tu imagen y que, de entrar a trabajar con nosotros, pudiera perjudicar la nuestra.
–Pues... llevo quince años en redes sociales. No creo que haya dicho algo inapropiado solo alguna vez.
J*D*D* PERO SINCERA, OJO.

04 noviembre 2019

Nada que hacer

Tengo (casi) cuarenta años, dos hijos (relativamente) pequeños y una (casi dos) carrera de letras, así que cuando tomé la decisión de tomar acciones legales contra mi entonces empleador sabía que me arriesgaba a no encontrar trabajo nunca más.
Por eso tardé más de un año en decidirme, supongo, y solo lo hice cuando había acumulado pruebas suficientes para convencer no a un juez, sino a mí misma.
Pero me estoy poniendo seria.
El caso es que pensé que bueno, ya que probablemente no iba a encontrar trabajo nunca más en la vida ever, pensé que podía descansar un poco, ya que no tenía nada que hacer.
A ver, descansar... Quien dice descansar dice ofrecerse como voluntaria en el AMPA, apuntarse a inglés, hacer otro curso de social media, revisar los apuntes de mi oposiciones para ver si me presento, ir al gimnasio, preparar el segundo #Lorzfunding y por supuesto ocuparme de la casa y de los niños porque yo estoy a favor de repartir las tareas de la casa según el tiempo libre de cada uno, y por supuesto en aquel momento yo no tenía nada que hacer.
También fui al SEPE, claro, y me apunté a un curso que me hacía una ilusión loca, pero en la oficina me dijeron que era prácticamente imposible que me cogieran.
–Es un curso del plan de mejora de empleo, para personas en activo, y está muy solicitado. Es posible que tarde un poco.
–No pasa nada, puedo esperar.
Pero bueno, en algo me tenía que entretener porque aparte del AMPA, el inglés, el curso de social media, las oposiciones, el gimnasio, el #Lorzfunding, la casa y los niños no tenía nada que hacer. Así que me puse a mirar todas las cosas que se hacen para emprendedores y, a pesar de que ninguna tenía nada que ver con quemar cosas, encontré varios cursos interesantes, así que me apunté a uno. Por semana.
Nada del otro mundo.
Estaba contemplando mi agenda para noviembre y empezando a plantearme seriamente adquirir un giratiempos cuando me avisaron de que quedaban plazas libres para el curso del SEPE.
–¿Podrías incorporarte mañana?
–Claro que sí –respondí–. ¡Si no tengo nada que hacer!