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31 julio 2025

Veinte años de lorzedad 31 y adiós


Foto de EmeA. Bueno, EmeA tomó la foto.
La que sale en la foto soy yo. O EmeA. 
O quizá EmeA y yo seamos realmente la misma persona.
Hace tanto tiempo que es difícil saberlo.


31 julio 2005, hace veinte años

Empieza la cuenta atrás

Miro el calendario y descubro con horror que en veinticinco días cumpliré veinticinco años. Sí, así es. Lo he comprobado con la agenda, el teléfono y el ordenador; incluso he mirado la fecha de nacimiento de mi DNI. Todo concuerda. Ya no hay vuelta atrás. En pleno ataque de pánico me he puesto a pensar (creo) y me he dado cuenta de que, aunque mi cuerpo no parece verse afectado de momento, a todos los efectos ya soy demasiado vieja para un montón de cosas, a saber:

-Presentar un programa de la MTV.

-Tener un lío pseudoplatónico con Lobezno/Carcayú/Wolverine/Parche o como quiera Stan Lee que se llame ahora.

-Ser una supernena. Incluso había elegido un nombre: Bufas. Empieza por B.

-Recibir una carta informándome de que soy una bruja y que a partir de septiembre empezaré a estudiar en un nuevo y maravilloso colegio, que no nombraré porque es un secreto que no debo compartir con muggles (JA). Por otra parte, todavía estoy a tiempo de solicitar el puesto de profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras y poner fin a mi vida de aquí a junio.

-Ser una niña prodigio. Cualquiera pensaría nada más verme que lo que es un prodigio es que haya llegado a adulta, pero en el mundo del espectáculo eso no es suficiente.

-Convertirme en una ninja de la Villa Oculta de la Hoja.

-Hacerme contorsionista. Es muy práctico, por ejemplo, para mirarse el propio culo sin ayuda de un espejo.

-Que el Conde Olaf sea mi tutor e intente apoderarse de mi enoooorme fortuna. A la mierda. Me conformo con tener una enoooorme fortuna.

-Ser una deportista de elite de cualquier deporte que no sea petanca. Debe ser muy divertido, todo el día anunciando maquinillas de afeitar y pepsi.

-Que despierte mi poder mutante. Mi única esperanza es meter una araña en el micro y después encabronarla para que me pique, pero es que las muy guarras se lo huelen, y no hay manera de pillar ninguna. No veas como corren en cuantito me ven, y, lógicamente, al tener más patas corren más que yo. Cuatro veces más, que no es poco, y a ras del suelo, con lo que no ofrecen resistencia al aire, mientras que yo con mi metro sesenta y mis sesenta y cinco kilos tengo a toda la atmósfera en mi contra.

Pero lo peor de todo, sin duda, peor incluso que no haber sido descubierta por un ojeador de beisbol mientras jugaba el partido de los domingos justo el día que mi padre, un ejecutivo superocupado, comprendía el verdadero sentido de la navidad y decidía venir a verme jugar es que de aquí a un año mi carnet joven perderá validez y tendré que pagar la entrada completa cuando vaya al cine.




31 julio 2025, hoy

Empieza la cuenta atrás

Miro el calendario y descubro con horror que en veinticinco días cumpliré cuarenta y cinco años. Sí, así es. Lo he comprobado con la agenda, el teléfono y el ordenador; incluso he mirado la fecha de nacimiento de mi DNI, y de paso me he dado cuenta de que ya solo tengo que renovarlo cada diez años. Resulta que soy mayor, muy mayor; de hecho, soy veinte años mayor que cuando pensaba que ya era demasiado vieja para hacer un montón de cosas.
Me temo que esa lista ha crecido con los años.
Como yo. Lo que pasa es que yo he crecido, sobre todo, a lo ancho. Eso también afecta a las cosas que ya no puede hacer una, por lo que sea.
Kilos aparte, es verdad que empiezo a estar crecidita para muchas cosas.
Las más dolorosa de admitir es esta:

Soy demasiado mayor para seguir jugando a que escribo, especialmente un diario, especialmente público, especialmente desde que no es anónimo.

También lo soy para ignorar que avanzamos hacia un mundo cada vez más literal, con menos sentido del humor y menor capacidad para distinguir la realidad de la ficción, con cada vez más gente que solo sabe compensar sus propias deficiencias con malismo hacia los demás. Y no hablo precisamente de "los jóvenes de hoy en día", sino que de gente ya talludita, que se aferra a un humor que no entiende para juzgar a personas que no conoce.

Desde luego, soy demasiado mayor para tener paciencia con los señoros que "me descubren" cuando llevo veinte años escribiendo y sienten la imperiosa necesidad de validarme con su aprobación de la forma más ofensiva y condescendiente posible.

Y, sobre todo, soy demasiado mayor para seguir quitando tiempo a mi familia, a mis hijos y a mi propio descanso.
Especialmente lo último.
Estoy muy cansada, como solo se puede estar después de 20 años haciendo comedia de tu propia vida, especialmente cuando esa vida no ha sido particularmente divertida ni especialmente fácil.

Ha llegado el momento de madurar.
Ha llegado el momento de cerrar esta etapa.
Ha llegado el momento de centrarme en mi familia, en mi trabajo, en mi futuro, en mí.
Escribir aquí ha sido una experiencia maravillosa, durante años.
Este blog me ha sacado de agujeros profundos, me ha descubierto posibilidades, me ha abierto puertas y, sobre todo, me ha ayudado a encontrar una familia: empezando por un marido, ZaraJota, con quien me he apañado para fabricar dos hijos; siguiendo por muchísimos amigos, conocidos, una red de apoyo enorme, a veces invisible, pero siempre presente.
Para una persona que ha crecido escuchando variantes de "cómo eres, así nunca te va a querer nadie", exponerse en internet y no solo a pesar de eso, sino gracias a eso, hacer amigos (no hablemos ya de hacer hijos) significa un mundo.
Quiero daros gracias a todos, a todes y especialmente a todas por haber estado ahí a lo largo de los años.
Por las risas que hemos compartido en los buenos momentos y todo el apoyo que me habéis dado en los malos.
Por haberme ayudado a creer en mí.
La Lorz que se va de blogger no es la misma que la Lorz que vino, y eso es gracias a vosotros.
Ha sido un placer conoceros.
Espero seguir viéndoos en el cielito.
El blog de Lorzagirl se despide recordándoos, por última vez, que podéis encontrar mis libros, esos libros que existen gracias a vosotros, aquí.

    

12 mayo 2025

El apagón



Seguramente no os acordáis porque fue hace ya tres o cuatro apocalipsis, pero ha habido un apagón. 
Concretamente el 28 de abril aproximadamente a las 12:30.
Yo estaba intentando escribir cuando se me fue la luz y no le di importancia porque siempre nos salta la luz cuando pongo a la vez el radiador y el horno. Siempre me digo que es la última vez que pasa y que me acordaré para la próxima y siempre se me olvida hasta que vuelve a saltar. El caso es que pensé: ya lo he vuelto a hacer.
Que ese día no estuvieran encendidos ni el radiador ni el horno me pareció un detalle sin importancia. 
"Me estoy superando a mí misma", pensé. 
Mientras tanto, ZaraJota estaba teletrabajando. Su primera reacción al quedarse sin luz fue apagar el radiador y el horno, pero se los encontró ya apagados, así que salió al pasillo de la comunidad y vio que estaba sin luz también.
-Lorz, esta vez te has superado a ti misma -me dijo.
Así que siguió el protocolo establecido para esas ocasiones y mandó un mensaje a su grupo de trabajo.
"Me he quedado sin luz".
Varias personas contestaron: "Y yo también".
El problema es que esas algunas de esas personas no vivían en la misma ciudad. Ni siquiera en la misma comunidad autónoma. Algunas, ni siquiera en comunidades autónomas colindantes.
-Uy.
De momento todavía teníamos datos en el móvil, pusimos 24 horas y vimos en directo la cara del presentador cuando le contaron lo que acababa de pasar y cuando él lo contaba a su vez.
-Uy.
Pero los datos empezaban a fallar. 
-Uy.
-Vamos a comprar un transistor -le dije a ZaraJota. 
Yo tenía uno en la cocina, pero se lo presté a la niña un momento y ahora tengo dos y medio y ninguno funciona. El transistor era lo único que me faltaba en mi equipo prepper: tengo cerillas, velas, linterna, un cargador de móvil solar, comida preparada y papel higiénico.
No estoy loca, es que acabo de publicar un libro sobre una sociedad sin suministro eléctrico y en cuanto te pones a investigar sobre el tema te da por pensar cosas. Y no son cosas bonitas.
El caso es que bajamos corriendo a comprar un transistor.
-Solo puedo cobrar en efectivo -nos dijo la dependienta-, me he quedado sin luz.
-Es nacional, por eso estamos comprando el transistor.
-Uy -dijo la dependienta. Y acto seguido se escondió un transistor para ella debajo del mostrador. 
Encendimos en transistor y con él en la mano y acordándome fuertemente de mi abuelo, que se pasaba los veranos a un transistor pegado, fuimos a por los niños. 
El niño no nos preocupaba demasiado. 
Puede que haya tenido mis desavenencias con el colegio, pero lo cierto es que desde que empezamos allí han pasado por: el derrumbe de parte del tejado, la obra subsiguiente, la pandemia, Filomena, un par de obras más, varios robos masivos, una inundación y dos meses seguidos de lluvia sin poder bajar a los niños al recreo. Y siempre, siempre, han reaccionado rápido, bien y con eficacia.
De hecho, llegaron a enviar un correo tranquilizando a los padres y explicándoles cómo iban a actuar. 
Acto seguido nos quedamos sin internet y yo en concreto no lo recibí hasta pasadas ocho horas, pero el caso es que lo hicieron.
Lo de la nena estaba más complicado.
Obviamente, el metro estaba cerrado, pero lo que no esperábamos era que también se hubiera cerrado el túnel bajo la M30. Básicamente, solo podía volver a casa andando.
No es que fuera peligroso. 
Había pasado menos de una hora desde el apagón y en Marqués de Vadillo ya había policías controlando el tráfico. Se veía que la circulación era difícil, pero no imposible. Había muchísima gente en la calle, toda la que normalmente va por debajo de la calle, supongo, pero caminaba a lo suyo, sin prisa, sin pausa, a veces intercambiando miradas de circunstancias. Otro apocalipsis. Pues nada, esta semana ya hemos cumplido.
El problema es que el sentido de orientación de la nena es... bueno. Es. La queremos mucho. 
Y sin GPS.
Y sin semáforos. 
Y con doce años. 
Y con tendencia a desmayarse cuando hace calor. 
Y qué calor hacía, dos meses lloviendo y justo el día del apagón... menos mal, porque solo faltaba que lloviera.
Le mandamos un mensaje: Espera en la puerta, vamos a buscarte.
Confiamos en que le llegara y si no, no pasaba nada, su padre estaría en la puerta antes de que ella saliera
Teníamos tiempo de sobra, no salía hasta las dos.
Pasada la una y media recibí una llamada suya. De puro milagro, porque internet no iba y la línea telefónica estaba regulinchi.
Esto fue lo que yo escuché:
-Mami -la niña parecía histérica. No sabemos por qué es, pero por teléfono siempre suena absolutamente histérica. Ya sabemos, por ocasiones anteriores, que normalmente no está histérica, pero en ese momento sospecho que lo estaba-. ¿Mami? GSGKFSFGSÑFHGSÑ profesores FSÑGFGKSJFÑKJSFGÑKJSFJG atentado GÑSFSLFJGSJFLGH no hay clase GGSÑJHGSFJGH calle...
Mi úlcera bien, gracias. 
-QUÉDATE EN LA PUERTA, QUÉDATE EN LA PUERTA, QUÉDATE EN LA PUERTA -empecé a gritar, esperando que le llegara alguna.
-GSÑFSÑFGKSFNLSJH mis amigas SJGFJÑSKJGSGHSJKGHSJLG 
-QUÉDAOS EN LA PUERTA, TODAS, QUEDAOS EN LA PUERTA, YO AVISO A LOS PAPÁS, EN LA PUERTA, EN LA PUERTA...
Se cortó.
Y esa fue la última vez que hablé con ella. 
Bien, bien, la úlcera súper bien.
Mientras tanto, el niño salió del colegio.
Estaba tan tranquilo. Al parecer la profe les había dicho que aprovecharan la feliz ocasión para ordenar las cajoneras. Si yo hubiera sabido que un apagón nacional podía servir para que los niños ordenaran habría cortado el suministro yo misma. Con los dientes.
De hecho, no descarto hacerlo en un futuro. 
-Hoy es un día especial -le dije-. Vamos andando a casa porque el metro está cerrado.
-Joooo...  hace mucho calor. 
-¡Pero es mejor! Así vemos lo que pasa por la calle. Es muy importante que nos fijemos en todo, hoy es un día histórico.
La cara del niño fue un poema. Un poema épico. Con muchas estrofas.
Tiene nueve años. 
Hace poco descubrimos que no recuerda NADA previo a la pandemia.
-¿Otro día histórico?
-Sí.
Suspiró.
-¿Qué comemos? 
-Es lunes: lentejas. 
-Entonces vale. 
Al menos tiene claras sus prioridades.


- - - - - - - - - - - - - - 

El próximo 17 de mayo a partir de las 18 horas estaré en la caseta 9, librería Yume, de la Feria del libro de Vallecas. El resto del fin de semana estaré en el Krunch en el CC. Cuadernillos.
¡Venid a verme antes de que el mundo se acabe (otra vez)!














13 mayo 2024

Nunca más



Después de pasar la noche en un Alsa y el día despachando en Vitoria, tuve que volverme a Madrid en un Alsa.
Estaba a punto de subirme cuando descubrí que a la misma hora salían dos: uno que iba directo y otro que hacía seis paradas. Un escalofrío recorrió mi espina dorsal mientras miraba el billete.
Efectivamente, tenía el de las seis paradas.
Jo.
No os puedo contar el viaje porque lo único que recuerdo es que no me senté en mi sitio. Fue por una buena obra: para que una madre y una hija se sentarán juntas. Bueno, es verdad que lo hice para que la madre no se sentara conmigo. Pero eso ellas no lo saben. 
Llegué a Madrid sobre las once de la noche, me subí a un taxi y empecé a dar cabezadas:
-Aunque me duerma no me secuestre, ¿eh? -le dije al taxista.
-No, no. Cuando llegue a su casa la despierto.
-O no, eh, tampoco nos pongamos extremistas. 
Llegué a casa como a las doce e hice POM en la cama.
-Necesito dormir treinta horas seguidas -fue lo último que pensé. 
Siete horas más tarde, cuando sonó el despertador, me acordé de la topota madre de todo el mundo. Especialmente de la topota madre del Krunch, y de la topota madre de mi yo del pasado, que pensó que era buena idea hacer dos festivales el mismo fin de semana porque "cosas más locas hemos hecho".
Claro que sí.
CUANDO TENÍAMOS VEINTE AÑOS, HIJA MÍA.
Hasta la hora de comer, que como sabemos es todas las horas, fui una especie de zombi que hacía la croqueta por el aparcamiento mientras suplicaba que alguien acabara con su sufrimiento. A partir de esa hora, el azúcar y cafeína hicieron su efecto y empecé a parecerme a una persona racional, cosa que, viniendo de mí, tiene mérito. 
-No volveré a hacer esto nunca más -le dije a ZaraJota.
-¿Nunca? ¿Estás segura?
-Bueno, nunca después del fin de semana de mayo ese en el que me he vuelto a apuntar a dos festivales.
-No, si ya lo sabía yo...


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Escribo libros y luego tengo que venderlos.
Esta semana estaré: 
El sábado de 10:30 a 20:30 en Santa Librada (Impect Hub Alameda, c/ Alameda 22, Madrid)
El domingo de 12:00 en LibroMatik (Gondomatik, c/ Gondomar 20, Valladolid)
Todos los días en Lektu.

29 abril 2024

Evasión o Vitoria

 Todo empezó en el momento en el que pensé que podía ir a volver a Vitoria en el día. 
En autobús. 
Con una maleta tipo mamotreta hasta arriba de libros. 
Era un plan sin fisuras: coger la línea 5, que no tiene ascensores ni rampas ni escaleras mécanicas, en Urgel, ir hasta Oporto y hacer trasbordo hasta la línea 6, que no tiene ascensores ni rampas y solo algunas escaleras mecánicas, ir hasta Avenida de América, no sé si tiene ascensores o rampas o escaleras mécanicas, coger el autobús que sale de Madrid a las 0:30 y llega a Vitoria a las 5:30, esperar en la estación hasta las 9, caminar unos 40 minutos hasta el Zabaliburu, vender libros toda la mañana, coger el autobús de las 17:45, que hace nada menos que 6 paradas por aproximadamente todos los pueblos de España, llegar a Madrid a las 23:30, coger la línea 6 en Avenida de América, ir hasta Oporto, coger la línea 6 hasta Oporto, no tiene ascensores ni rampas y solo algunas escaleras mécanicas, coger la línea 5 hasta Urgel...
Por suerte, rápidamente me di cuenta de que era una locura: ¿por qué ir en metro si ZaraJota podía dejarme en Avenida de América dos horas antes de que saliera el autobús? 
Así fue como, después de haber trabajado de 9 a 6, sin haber dormido siesta, acabé con una maleta mamotreta hasta arriba de libros en la estación de autobuses, dos horas antes de que saliera el mío.
Yo era optimista. 
Tengo una gran facilidad para dormir donde y como sea, y contaba con echarme mis buenas cinco horitas de sueño en el autobús. 
Contaba mal.
Para empezar, la gente iba viendo vídeos, series o lo que fuera, que yo no me meto en la vida de nadie, sin auriculares. Las películas y las series las llevaba medio bien, o sea, desde cuándo una película nos ha impedido quedarnos fritos. Pero los vídeos de Tiktok eran como si me pusieran el despertador cada treinta segundos. Y que conste que era capaz de dormirme los 29 segundos de entre medias, pero cuando llevaba un rato aquello empezó a ser tortura. El joven amable que llevaba al lado, que fue amabilísimo todo el rato, también se dormía de vez en cuando, se derrengaba y una de sus manos acababa debajo de mis posaderas, así que yo cada vez me iba sentando más al borde del asiento y acabé como una gallina en un gallinero.
Estaba ya con un cachete al borde del abismo cuando me empecé a encontrar mal. Realmente mal. En el momento pensé en una bajada de tensión, pero ahora creo más bien que se me crujieron las cervicales sin motivo aparente. Vértigos. En un Alsa. A las tres de la mañana y llegando a Burgos.
El joven amable que se sentaba a mi lado debió notar algo, porque me preguntó si me encontraba bien.
-Nooo...
Entonces fue cuando muy respetuosamente me tocó el brazo y me dijo:
-Estás caliente.
"Y húmeda", pensé para mis adentros, porque una no se harta de leer novela romántica sin que le queden secuelas permanentes. Además, es verdad que estaba empapada en sudor de pronto.
-Estoy un poco mareada.
-¿Quieres comer algo? Tengo para darte.
Llegado ese punto me abstuve de hacer comentarios. Está clarísimo que tengo la mente súper sucia y que no me merezco la amabilidad ni de propios ni de extraños.
-No, no, ahora cuando lleguemos a Burgos me tomo algo.

O no. 
En la estación de autobuses de Burgos solo había una máquina estropeada y lo único que se podía tomar era el fresco. Eso sí, se podía tomar a raudales, porque el termómetro marcaba 3º y en la estación corría una brisa marina de lo más estimulante. Tan estimulante que se me quitaron los calores, los sudores, los vértigos y no se me quitaron las ganas de dormir porque yo de eso tengo siempre.
Cuando me volví a subir al autobús, el joven amable me preguntó si me encontraba mejor.
-Sí, sí, yo creo que ahora podré dormir un poco.
Entonces se subió el busero de reemplazo.
Se plantó en mitad del pasillo y a grito pelao nos dijo:
-BUENO, SEÑORES VIAJEROS, MANTENGAN VIGILADAS SUS PERTENENCIAS EN TODO MOMENTO PORQUE EN ESTE TRAYECTO SUELE VIAJAR MUCHO CHORIZO Y YO NO ME HAGO RESPONSABLE. AHORA QUE COMO PILLE A ALGUIEN CON LAS MANOS EN LA MASA VA DERECHO AL CUARTELILLO AUNQUE ME TENGA QUE QUEDAR CON EL AUTOBUS ESPERANDO HASTA QUE VENGA LA GUARDIA CIVIL. ¿ESTÁ CLARO?
Lo único que me ha quedado claro es que hoy no se duerme.







24 abril 2023

La película

Pues estaba yo en Barcelona, no diré que tranquila, pero sí más o menos relajada porque mi tren salía con retraso. Presuntamente. Porque la verdad es que no sabíamos si llegaría a salir. 
Tenía que haber salido a las 13:50 y había recibido un correo diciendo que saldría con cuarenta minutos de retraso, así que a las 14:00 intenté pasar el control de equipaje.
En el control de equipaje me dijeron que era demasiado pronto.
-Pero cómo que demasiado pronto, si el tren sale en media hora.
-En media hora dice, jajaja.
-Pero...
-Anda, pasa, jajaja, media hora.
Aunque yo soy de naturaleza dulce y confiada, aquello me hizo desconfiar. Que en los paneles todavía no apareciera anunciado mi tren, también. Pero lo que de verdad terminó de escamarme fue que unas azafatas estuvieran intentando ordenar a los cienes y cienes de personas que estaban esperando sus respectivos trenes.
La temperatura de la estación rondaba por entonces los 800 grados, con un 100.000% de humedad relativa, y a los genios de la organización se les ocurrió colocarnos en una fila. Luego hizo falta otra fila paralela. Y luego otra. Y luego, otra. 
-¿Hace falta que esperemos aquí? -le pregunté a una de las azafatas. 
-Sí, porque así estáis preparados para subir en cuanto llegue el tren.
-¿Y eso cuando va a ser?
-¡BOMBA DE HUMO!
Así que allí estábamos, unas chorromil personas de pie, recociéndonos en nuestros propios jugos, mirando con querencia los bancos vacíos, el baño y la cafetería (cerrada, por cierto), todo lejos de nuestro alcance.
A medida que pasaba el tiempo, nos empezamos a sentar en el suelo, pero cada vez que lo hacíamos nos decían que nos levantáramos, que el tren estaba a punto de llegar y teníamos que bajar. Pero el tren no llegaba, y nos volvíamos a sentar, y nos volvían a decir que no, y así una otra vez, que aparte de empezar a cantar "me pongo de pie, me pongo de pie" entre dientes, al día siguiente tenía los glúteos como piedras.
Cuando llevábamos unas dos horas así, por megafonía anunciaron que por fin podíamos bajar. La gente empezó a aplaudir pero poco porque no sabíamos exactamente cuánto tiempo teníamos para subirnos al tren, así que fue un aplauso pero en carga. Y entonces, como era de esperar porque esa estación está mal diseñada y de esa burra no me bajo, se formó tremendísimo tapón. Y, cuando el tapón se deshizo y por fin llegamos al andén, lo que nos encontramos no fue nuestro tren. Y, cuando las azafatas empezaron a gritarnos que nuestro tres estaba más adelante, empezamos a correr otras vez.
La parte buena es que cuando por fin me senté en mi sitio ya había quemado/sudado la hamburguesa (y la mostaza) y tenía una sed que me hubiera lamido el sobaco por mojarme un poco la lengua aunque fuera. 
-¿Dónde está la cafetería? -pregunté a otra azafata.
-Unos treinta o cuarenta vagones más para allá.
-Ay, señor.
-Pero está cerrada.
-¿Por qué?
-Porque no abre hasta quince minutos después de la hora de salida.
-¡Pero la hora de salida fue hace más de dos horas! -intenté decir. Pero como tenía la lengua súper seca. lo que dije fue algo así como "zezo za zoza ze zaziza zue zaze zaz ze zoz zozaaaaas!". 
-Lo siento, tendrá que esperar. 
-Ay. 
"Aprovecha y descansa", me dijo entonces ZaraJota por mensaje. 
Y pensé: pues tiene razón.
Que para intentar beber agua del inodoro siempre hay tiempo.
Entonces fue cuando llegó la familia japonesa. Bueno, la verdad es que no sé si eran japoneses y además hablaban un inglés como de Dowton Abbey, pero tenían como todas las ondas de japoneses guays. Hasta que descubrí que tenían que compartir una mesa con ellos. Y que debajo de la mesa habían puesto sus maletas. 
En su defensa debo decir que no había otro sitio para meter las maletas. En la mía, que yo tampoco tenía otro sitio para meter mis piernas. Estaba ahí haciendo el pequeño saltamontes pero en versión sentada, que a lo mejor por eso también al día siguiente tenía los glúteos como para partir nueces con la hucha.
Acababa de colocarme cuando avisaron por megafonía de que la cafetería ya estaba abierta y me dispuse a ir a por agua, lo que pasa es que en vez de eso volví con leche, en concreto la que me di porque estos trenes tienen los asientos como en escalón y claramente yo no me había dado cuenta porque después de saltar grácilmente sobre la noponsesa de mi lado me di tremenda toña contra los asientos del otro lado del pasillo.
-Ay...
Los noponsesa se lanzaron sobre mí para ponerme en pie y preguntarme si estaba bien mientras yo les decía que sí, que sí, porque ante todo dignidad. Luego me arrastré hasta la cafetería, mucho rato. Porque estaba muy lejos. Para cuando llegué allí había cola porque al parecer durante las dos horas que habíamos pasado esperando todos habíamos sentido crecer las mismas necesidades. 
Y luego encima no me pude beber el agua, porque se me estaba hinchando la muñeca y una tiene prioridades, como, por ejemplo, usar la botella fría para rebajar el dolor. Que era la mano de sostener el móvil y eso. 
Volví a mi coche y pasé se nuevo sobre la noponsesa, que estaba totalmente dormida y le sentó regular que la despertara.
-¿Quieres que te cambie el sitio? -me preguntó la noponsesa de delante en un inglés que habría humillado a lady Mary.
-No, no, es la última vez que os molesto, perdona.
Y entonces el tren se paró.
-Por razones técnicas, nos vemos obligados a realizar una parada -dijeron por megafonía.
Y el tren siguió parado. 
Rato.
Y rato.
Y rato.
Se me acabó el agua. 
Y rato.
Y más rato.
Empecé a tener ganas de ir al baño. 
Y más rato.
Y mucho más rato. 
No podía aguantarme. 
A mi lado, la noponsesa estaba totalmente dormida.
Además, le había prometido que no me iba a mover más. 
Pero el tren seguía parado y yo tenía las piernas encogidas, presionando sobre mi vejiga y...
-Perdona, ¿me dejas pasara vez?
Los noponseses murmuraron algo entre ellos. No lo entendí pero seguro que era algo así como que conmigo Doraemon tenía curro para un rato. 
Fui al baño y volví ("perdona, necesito pasar otra vez, lo siento, ahora sí que es la última, te lo juro") y me senté de nuevo en mi asiento.
Entonces pensé en ver una serie pero al móvil solo le quedaba algo así como el 15% de batería.
¿CÓMO?
Bueno, lo había puesto a cargar por la noche, y desde entonces llevaba horas dándole a twitter, a whatsapp y a las fotos así que... Empecé a revolverme en mi asiento, buscando el enchufe. 
Llevo muchos trenes (y autobuses) a mis espaldas, y ya soy una experta en localizar enchufes: bajo los brazos, entre los asientos, bajo los asientos, en la pared... pero aquella vez, por más que me revolvía, no daba con el enchufe por ninguna parte.
La noponsesa de delante me vio revolverme como si me estuviera dando un mal y suspiró:
-¿Te ocurre algo?
-Nada, que no encuentro el enchufe.
-Este tren solo tiene enchufes en los pasillos -me dijo la noponesa de delante con una sonrisa. Una sonrisa AMENAZADORA. Una sonrisa que decía "¿has visto Ringu, hija de la gran fruta? pues como vuelvas a despertar a mi amiga lo de Ringu te va a parecer una película de la Patrulla Canina". 
Y yo sonreí y asentí y durante el resto del viaje me concentré en existir lo menos posible.
Cuando llegué a Madrid no me sentía las piernas, me dolía el culo y un brazo y, sobre todo, estaba cansada como si hubiera hecho el camino andando.
-¿No has podido dormir? -me preguntó ZaraJota.
-Nooo...
-Bueno, al menos habrás podido ver una película. 
Bueeeno...




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Pues a lo mejor me he levantado, me he tropezado, he rebotado contra varios asientos y ahora se me está hinchando la muñeca. 🤦🤦🤦
Por cuestiones técnicas nos vemos obligados a detenernos en un punto indeterminado entre un almacén de Amazon y una fábrica de Pikolin.
3
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Se me está acabando la batería y en estos asientos no hay enchufes. Yo no digo nada pero la senda de la locura está siendo pavimentada a toda velocidad.