30 noviembre 2020

Jinmu: un post de cacas


Pensaba que mi madre se resistiría a la idea, pero cuando le dije que me quería quedar con Jinmu le pareció bien. Muy bien. Demasiado bien. Sospechosamente bien, incluso.
De hecho, me puso al gato en brazos y salió corriendo y agitando los bracitos. Desde entonces no la he vuelto a ver, no me responde al teléfono y en su casa me dicen que ya no vive allí. 
No sé qué ha podido ocurrir, la verdad.
Bueno, el caso es que me traje el gato a casa.
Al principio todo fue bien. Jinmu es un gato muy cariñoso. Mucho. Muchísimo. Lo tenemos siempre encima de nuestras personas humanas, nuestros papeles, nuestros teclados. Se frota contra nosotros (poca broma con esto, que pesa más que Nene-kun y en una de estas me lo va a aviar) y, si no le estamos haciendo caso, nos mira y ronronea. Sí, él sólo y sin que lo toquen.
Creo que es un poco pasivo agresivo. 
El caso es que al principio no nos pareció mal del todo, porque es 2020 y todos estamos muy necesitados de amor. El problema es que a lo largo de los días nos dimos cuenta de una circunstancia: 
el gato no estaba haciendo caca.
La comida era la misma que en la casa de mi madre (literalmente la misma, me llevé el saco), así que fuimos probando otras cosas: le cambiamos el arenero, le cambiamos la arena, le cambiamos el cacharro del agua...
Pero nada funcionó. Pasada una semana, el gato seguía sin hacer caca. 
Bueno, no realmente. 
El gato hacía caca.
Lo que no atinaba era a expulsarla adecuadamente
Cuando ya llevaba una semana sin expulsar caca, la caca empezó a desbordarse por sí sola. 
Lo siento, ya avisé de que esto era un post de cacas.
Como decía, se le desbordaba e iba cayendo en pegotes por donde el gato pasaba que, como he dicho anteriormente, eran nuestras personas humanas, nuestros papeles, nuestros teclados. 
También mi almohada y mi ropa limpia. 
En fin, no entraré en detalles: me limitaré a decir que pasamos una semana muy entretenida.
Y apestosa. 
Pero sobre todo, entretenida.
Además, como era una caca muy densa, se le quedaba pegada al trasero. Nos dimos cuenta porque, de pronto, el gato olía a caca en plan: a todas horas. 
-Gato, hueles a pedo -le decía, y me miraba en plan: pues yo no he sido.
Así que empecé a limpiarle el culo con toallitas de bebé, que por suerte es algo que en esta casa tenemos en abundancia. 
Lo que pasa es que, por razones que se me escapan, al gato no le gustaba que le agarrara entre mis piernas, le abriera de patas y le aplicara una toallita húmeda y helada en los genitales. 
El gato es un poco maniático, si me preguntas mi opinión. 
La cosa mejoró un poco cuando empecé a calentar las toallitas entre las manos antes de limpiarle.
Bueno, un poco no. Mejoró mucho. Casi parecía que el gato lo gozaba. 
Ahora me siento sucia y no de caca.
Creía que había resuelto el problema cuando el gato empezó a supurar un líquido negro y apestoso por una oreja.
-¡La caca! -le dije a ZaraJota-, ¡se le sale hasta por las orejas!
ZaraJota contempló a Jinmu, que en ese momento supuraba cosas negras y apestosas por el 50% de sus orificios. 
-¿No será aquello que te dijo tu madre de los oídos?
A ZaraJota es es que le encanta hacerse como el superior. 
-Anda, pues es verdad.
Así que a partir de ese momento, además de recoger pegotes secos de seca por doquier y limpiarle el culo con una toallita húmeda (pero calentita), tenía que ponerle gotas en el oído y después estar pendiente para limpiarle el líquido que supuraba con un pañuelito.
Empezaba a sospechar que mi madre me había tangado y que tendría que haber elegido a cualquier de los otros tres gatos disponibles. 
Mis sospechas se confirmaron cuando me madre me llamó, una semana después, desde un teléfono oculto y cifrado de extremo a extremo. 
-¿Qué tal con el gato?
-No sé, mamá, no estoy segura de que yo pueda con...
-¡SANTA RITA, RITA...!
Y entonces colgó el teléfono, y ahora nunca sabré cómo acaba la frase.






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23 noviembre 2020

Jinmu

Pues parece que he perdido una tía pero he ganado un gato. 


La cosa fue así: 
La Tita tiene dos gatos. Tenía. O sea, los gatos siguen, la que no está es la Tita. 
Su último y único deseo fue que sus minonis no acabaran en un refugio, así que mi madre dijo:
-No te preocupes que yo me los quedo.
Mi madre ya tenía dos gatos y un piso pequeño, pero no pasa nada porque mi madre es una optimista de la vida y además nadie se interesó por heredar esa parte concreta de las pertenencias de la Tita, qué cosas. 
Así que cogió a los dos gatos, los metió en el coche sin endrogar, porque el veterinario les dijo que no era recomendable dados los problemas de salud que tienen (los gatos, no mi madre) y se hizo 700 kilómetros en coche con mi padre, dos gatos y la rana croando debajo del agua. 
Lo normal que hace uno un lunes durante una pandemia mundial.
Volviendo a los cuatro gatos, yo ahí vi una ventana de oportunidad que aquello no era ventana, era un ventanal, un escaparate, un rosetón gótico.
-Ay -le dije a ZaraJota-, mi pobre madre ahora, en ese piso tan pequeño, con cuatro gatos.
-Sí -respondió ZaraJota, porque él es así como parco en palabras y eso. 
-Pero claro, el refugio ni se plantea -insistí.
-Por supuesto: tu madre no cabe en las jaulas.
-Y Hermano Mediano ya tiene gatos.
-Claro, claro.
-Y Hermano Pequeño ya tiene gatos.
-Claro, claro.
-Los único que no tenemos gatos somos nosotros.
Dicho esto, ZaraJota tuvo un microinfarto cerebral asistólico con ictus de parranda y dengue parayá.
-Lorz...
-¡Es una buena obra! ¡Piensa en mi madre!
-¡Precisamente de ella me estoy acordando ahora, sí!
-¡Sólo sería uno! 
-¿Uno?
-Uno chiquitiiito, chiquitiiito...
ZaraJota, que ya se había visto con dos gatos, de pronto la idea de que sólo fuera uno no le parecía ni tan mal.
-¿Cuál?
-Bueno, obviamente no vamos a separar a los minonis de la Tita, porque ya han tenido bastantes cambios en su vida y eso. Tendría que ser uno de los de mi madre.
-¿CUÁL?
Durante los tres meses que vivimos con mis padres el año pasado, ZaraJota tuvo ocasión de conocer a los dos gatos de mi madre. Íntimamente. 
-Bueno, ya sabes cómo es Niobe, que se asusta de todo. Si la sacamos de su ambiente le puede dar un patatús. Así que...
-No...
-Sólo puede ser Jinmu, claro. 
-NO. JINMU NO.
-Pero...
-Mira, Lorz: acepté tener una cobaya; acepté tener un hámster; acepto tener UN gato, dadas las circunstancias... ¿Pero tiene que ser justo el gato de quince kilos que se pasa el día encima de mí tirándose pedos?
No respondas, Lorz, que es una pregunta con trampa...


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Os recuerdo que todos mis libros en papel están en La Sombra.
Pedidlos ahora, que luego viene la navidad y todo son prisas.

















16 noviembre 2020

La Tita del Puerto



Hoy voy con un poco de retraso.
Más del normal, vaya. 
Estoy un poco en shock todavía, porque la Tita del Puerto falleció la semana pasada de putocáncer.
Ha sido muy rápido: un día estaba bien, y de pronto estaba ingresada. 
Mi madre, que había ido al Puerto para acompañarla en otra prueba médica que no tenía absolutamente nada que ver, decidió que no hacía falta que fuéramos porque, por supuesto, Ella Puede Sola Con Todo
También por supuesto, mi padre y yo decidimos que No le Íbamos a Hacer Ni Puto Caso y en cuanto resolvimos nuestro asuntos nos plantamos allí.
Vaya por delante que no fue fácil. Tenemos trabajos, niños, gatos y la tontería esa del COVID y del confinamiento. También tenemos la cabeza muy dura: de algo nos tenía que servir.
Pensamos que sería largo, y nos organizamos: yo estaría una semana, Hermano Mediano la siguiente... 
No nos hizo falta llegar más allá. Yo sólo llegue a quedarme en el hospital una noche, que empecé viendo series y acabé vigilando ansiosamente la respiración de la Tita.
Me aterrorizaba tener que ser yo quien llamara a mi madre para decirle que su hermana se había ido. 
La Tita sabía qué le pasaba y que no tenía solución. Cuando se quedaba con mi madre, dejaba salir toda su frustración y su rabia. A mí sólo me dijo que la noticia la tenía "un poco deprimidilla".
Le quedaban menos de 24 horas de vida, así que supongo que estar "un poco deprimidilla" se le puede perdonar. 
La Tita sólo pidió dos cosas: morfina para no sufrir y que no le quitaran la dentadura postiza, porque no le gustaba que la vieran sin ella ("Parezco una vieja").
Mi madre y yo nos aseguramos de las dos cosas, y de que siempre hubiera con ella una persona que la tomara de la mano y le hablara con cariño.
Si no fuera por el putocovid habrían sido muchas más. 
Supongo que por eso, aunque estoy muy jodida, también siento mucha paz. Se ha ido, pero se ha ido con dignidad, cariño y la dentadura puesta. 
Lo único que le ha faltado han sido unos añitos más.




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La próxima semana volveremos de risas, lo prometo. 

09 noviembre 2020

Mensaje subliminal



Hace unos días en la secta el club de lectura decían algo de escribir una canción para fomentar el libro como regalo de navidad y mira, una canción no, pero he escrito un poema. 
Tiene un poco de publicidad subliminal pero es tan discreta que no creo que a nadie le moleste. 
Dice así:

Tarde o temprano 
nos van a confinar
aprovecha ahora 
o lo vas a lamentar:
compra libros.
Busca una librería
independiente
verás como te atienden
alegremente:
compra libros.
Hay librerías
muy pequeñitas
lo están pasando mal
están solitas:
compra libros.
Seguro que en tu barrio
hay alguna chiquitita
sólo tienes que hacerle 
una visita:
compra libros.
Y si te autoconfinas
responsablemente
seguro que te atienden
telefónicamente:
compra libros.
Los libros molan mucho,
los libros son geniales,
con los libros viajas 
sin límites perimetrales:
compra libros.


Ahora sólo necesito que alguien le ponga música y a Eurovisión.

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Mis libros ya sabéis dónde están, pero seguro que en la librería de tu barrio los tienen incluso mejores. 

02 noviembre 2020

Halloween 2020


 
La vieja y malvada bruja se levantó un día, estiró sus carnes fofas, sus huesos crujientes y sus músculos atrofiados, se rascó el pandero (luego se olió los dedos, por supuesto), abrió la puerta de la cabaña y no vio nada.
Nada de nada.
Pero nada, nada, nada. 
Todo el bosque había desaparecido, tragado por una niebla banca, densa, helada, silenciosa, inquietante.
La vieja y malvada bruja hizo una mueca que, sin duda, ella consideraba una sonrisa. A la vieja y malvada bruja le gustaban las cosas densas, heladas, silenciosas e inquietantes.
Sin embargo, cuando tomó aire con fuerza y aquella niebla inundó sus pulmones amorfos, la sensación no fue agradable, ni siquiera para sus estándares.
Tosió un poco y un largo velón púrpura resbaló desde su nariz hasta su barbilla, cayó hasta el suelo y se transformó en un duendecillo feliz.  
Oh, no, pensó la bruja, quitándose una bota y aplastando al duendecillo de un zapatazo.
Volvió al interior de la cabaña y recogió del suelo un trapo viejo, largo, negro y apestoso, de origen y antigüedad desconocida, se tapó la boca y la nariz con él y se lo anudó en la nuca, por debajo de la masa de pelos grasientos. 
La bruja salió de nuevo al bosque y se adentró en la niebla. Avanzaba casi a tientas, con las manos por delante para no golpearse con las ramas bajas de los árboles.
En un par de ocasiones se encontró con animalitos del bosque aterrados, rodeados de duendecillos felices que cantaban, bailaban, les decían "¿Estás triste? No estés triste" y les animaban a salir más, arreglarse un poquito, distraerse, hacer amigos, lo normal.
La vieja y malvada bruja estaba aterrada, y por primera vez en su vida le parecía mal.
Cuando llegó al pueblo y lo descubrió (es un decir, porque no se veía nada) envuelto en la niebla, la bruja se temió lo peor. Se ajustó el trapo viejo para que le cubriera bien nariz y boca y se adentró en las calles. No tardó en encontrarse con el primer duendecillo feliz, y pronto encontró montones, corriendo felizmente, cantando felizmente, saltando felizmente y aterrando felizmente a los aldeanos.
En la plaza, media docena de duendecillos rodeaban a la viuda oficial del pueblo y a sus doce hijos huérfanos de padre y les explicaban que si su problema era ser pobre, lo que tenían que hacer era dejar de ser pobres. ¿Por qué no dejaban de ser pobres? Cualquiera podía dejar de ser pobre si quería.
En la tahona, más duendecillos felices lanzaban puñados de harina a la panadera, mientras le gritaban, entre risas, una jerigonza absurda sobre que para triunfar en el marcado debía pensar fuera de la caja. La vieja y malvada bruja no se quedó el tiempo suficiente para descubrir fuera de qué caja.
A la lechera le gritaban que podía dejar de ser gorda si comía sano, ¿por qué no comía sano?; al cura, que no debes vestir para el trabajo que tienes sino para el que aspiras; al alcalde, que hoy puede ser un gran día si lo intentas, y al viejo lisiado que pedía a la puerta de la iglesia, que no existen las limitaciones del cuerpo, sólo las de la mente.
Llegado este punto, la vieja y malvada bruja ya no estaba aterrada, sino cabreada como una mona. Una mona cabreada. Con pulgas cabreadas. Que hubiera dormido poco y comido menos. 
Así estaba. 
Se coló en la casa del cura, agarró un taburete, un cucharón y una olla; volvió al centro de la plaza, se encaramó al taburete y empezó a golpear la sartén con el cucharón. Se retiró el trapo viejo de la cara y  cuando se aseguró de tener la atención de todos los duendecillos, gritó:
-IROS A LA MIERDA TODOS, COÑO.
Los duendecillos felices abandonaron a sus víctimas y empezaron a reunirse en torno a la vieja y malvada bruja.
-¿Estás triste? -dijo uno-. No estés triste.
La bruja lo recogió con el cucharón y lo echó a la olla.
-Serías muy guapa si te arreglaras un poquito -dijo otro, y la bruja lo pescó también.
-O si perdieras unos kilos -dijo otro-. ¿Quieres que te dé diez consejos para comer sano? 
La bruja no le hizo caso y lo echó a la olla. 
-¿Estás triste? -preguntó otro-. No estés triste.
-Puedes conseguir todo lo que te propongas...
-Sólo tienes que esforzarte.
Así, uno a uno, todos los duendecillos acabaron en la olla. La bruja la tapó con el trapo que había usado para taparse la boca.
La niebla había desaparecido, el sol había salido y se había quedado un día estupendo para hacer duendecillos a la brasa. 



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