30 marzo 2020

La plaga

Nena-chan está muy agobiada por la situación.
Le hemos explicado lo que pasa y de vez en cuando le dejamos ver las noticias.
También le dejamos ver las comparecencias del presidente porque no se entera de nada de lo que dice pero un señor tan alto y tan serio sin duda debe de tener razón.
Aún así, ella sigue con el roe roe.
Le hemos dicho que no hay motivos para preocuparse, que se está haciendo todo lo que se puede y que si de verdad quiere hacer algo para luchar contra el coronavirus lo mejor es que ordene su habitación.
Ninguna de las tres ha colado.
Al final, una mañana me arrinconó en la cocina.
-Mamá, ¿y si la cuarentena no se acaba nunca?
-Claro que se va a acabar.
O sea, o se muere el bicho o nos morimos nosotros: tarde o temprano esto se acaba.
-¿Cómo lo sabes?
Estoooooo....
-Bueno, mamá estudió Historia. Sabe todo lo que ha pasado desde el origen de los tiempos.
Cuarta arriba, cuarta abajo.
-¿Desde antes de que hubiera Netflix?
-Probablemente. Y por eso sé que a lo largo del tiempo ha habido muchas plagas, muchas epidemias y muchas cuarentenas, y al final todo pasa.
-¿De verdad ha habido muchas?
-Uy, sí. Muchísimas. Por ejemplo, en la edad media hubo una plaga muy grande y muy mala.
-¿Y la gente se ponía enferma?
-Mucho, morían entre terribles dolores.
-¿Mo... morían?
-Sí, un cuarto de la población mundial murió.
-¿Un... cuarto?
-Eso significa que de cada cuatro personas, una moría. Entre terribles dolores y eso.
-Pe... pero... nosotros somos cuatro.
-¡Pues uno para la saca! ¡Jajajajaja!
-...
-Y eso no fue lo peor: la gente entró en pánico, y cada vez que alguien se ponía enfermo, los vecinos tapiaban las puertas y las ventanas de la casa y le prendían fuego ¡con toda la familia dentro!
-...
-Después de eso, faltaban brazos para trabajar el campo, así que hubo escasez de comida y mucha gente murió de hambre. Los sueldos subieron muchísimo, eso sí.
-...
-¿Lo has entendido, Nena-chan?
-Sí.
-¿A que te sientes mejor?
-No.
Los niños de hoy en día es que no aprecian las lecciones de la historia.

23 marzo 2020

El emprendedurismo

Me dicen por ahí que no he sido lo suficientemente pesada.
Con esto.


No he sido lo suficientemente pesada con esto.
Con otras cosas sí, ¿eh? Que no decaiga la fiesta.
Así que os cuento: me he vuelto tó loca y ahora soy autónoma freelance de las sinergias proactivas.
Me he unido al emprendedurismo.
El emprendedurismo no es exactamente como yo pensaba: para empezar, ZaraJota sigue sin dejarme prender fuego a nada.
Las cosas como son: tampoco he necesitado nunca su permiso.
Y luego, que ha venido la plaga y eso.
Que en sí misma no es que afecte mucho al desarrollo de mi actividad pero, francamente, una pequeña editorial que nace no tiene ninguna oportunidad frente a todas las grandes que, sin duda con la mejor intención, están ofreciendo libros y descargas gratuitas estos días.
Mucho me temo que mi iniciativa empresarial ha nacido muerta (ojalá me equivoque).
Por suerte para mí, mientras dure la cuarentena no tendré que enfrentarme a la realidad y puedo fingirme empresauria todavía unos días más.
¡MUAJAJA! ¡CHÚPATE ESA, REALIDAD!
¡Pero con cuidao, no vayas a pillar algo!
Por el lado positivo, ha sido necesaria una epidemia a nivel mundial y el práctico colapso de la economía para pararme.
Soy el Godzilla del emprendedurismo, y a mucha honra.
En fin, pase lo que pase, dure lo que dure, podéis encontrar mis libros en Lektu.
Y si os da pereza leer, aquí tenéis a ZaraJota haciendo una lectura en directo de Villamatojo I.
Cuidaos, sed buenos y no salgáis a la calle salvo que sea imprescindible.






16 marzo 2020

Somos importantes

Siempre he pensado que, si me tocaba vivir en una situación de emergencia, sentiría miedo.
Estaba preparada para el miedo, o creía estarlo, al menos todo lo preparada que se puede estar.
Sin embargo, lo que realmente sentí la semana pasada fue estupor, desconcierto, descoloque... como cuando te cambian la graduación de las gafas y de pronto se alteran las medidas de la realidad.
Hace unos días, me preguntaba Angua que si estaba usando todo esto de la pandemia como inspiración para escribir.
Ojalá.
Todo es tan raro, tan Terry Gilliam, que si lo escribiera no sería creíble.
Un día llevé a los niños al colegio, y al día siguiente ya no.
Un día bajamos a los columpios, y al día siguiente los columpios aparecieron rodeados de cinta para que nadie los usara.
Un día fui a la compra con total normalidad, y al día siguiente ya no.
Se acabaron todas esas rutinas agotadoras pero necesarias para poner orden en nuestras cabezas: los lunes piscina, los martes música, los miércoles inglés, los jueves música, los viernes ajedrez.
O, pensando en meriendas: lácteo, fruta, bocadillo, fruta, libre (¡pero no bollería industrial!).
O, pensando en pies: zapatillas, zapatos, zapatos, zapatillas, zapatillas.
El último día que salí a la calle, hice una entrevista de trabajo para un puesto al que había que incorporarse hoy, lunes.
Creo que mi cara me delató: de aquí al lunes, pensé, vete tú a saber.
Y también: madre mía, el capitalismo. Y la estupidez. Y las dos cosas combinadas, juntas.
A la vuelta, pasé por Gran Vía. Había mucha gente, como siempre y mucho tráfico como siempre, pero no sonaba como siempre. Parecía como si alguien hubiera bajado el volumen para no molestar a un enfermo o a un niño inquieto que duerme.
Desde entonces, desde casa, hemos visto y oído muchas cosas.
Gente peleándose en los supermercados y seguratas escoltando papel higiénico y gente que viaja y gente que roba mascarillas en urgencias y gente que se mete en un mitin a dar besos sabiendo que está enferma y gente que acapara y gente que difunde bulos y gente que se aprovecha y gente que arrima el ascua a su sardina y gente que sale de cañas o se va al parque o de paseo o a la casa de la playa esparciendo el virus a su paso.
Gente, mucha gente.
La gente es una cosa muy curiosa.
Somos tantos, que hay gente para todo.
Por eso, también hay gente que reparte mascarilla a los hospitales.
Gente que recupera las terrazas de sus casas, habitualmente trasteros al aire libre, como espacios de ocio, y sale a tomar el sol, y se saluda.
Gente que pone carteles en los portales ofreciéndose a ayudar con los niños, los mayores, las mascotas, con lo que sea.
Gente que se organiza para dar comida a quien no puede comprársela.
Gente que ofrece gratuitamente cualquier cosa que se pueda ofrecer online: talleres de bordado, conciertos, libros, asesoramiento, compañía.
Gente que recupera los grupos de whatsapp de padres como centros de apoyo, información y sugerencias de actividades para los niños.
Gente que se organiza para ver una peli a la vez, cada uno en su casa, o tomarse una caña y mandarse la foto, que se reúne virtualmente.
Gente que crea memes porque reírse nunca viene mal.
Gente que no se conoce de nada, preguntándose unos a otros si están bien, si necesitan algo, si pueden ayudar.
Gente que sale a las ventanas a aplaudir, a gritar, a animar. A los demás o a ellos mismos, es difícil saberlo.
Las redes sociales son esto, y existen desde mucho antes que internet.
Y luego, están los niños.
Los niños, al menos los míos, no entienden nada.
Les decimos que cierran el colegio porque hay un virus, pero que no se preocupen, que ellos no se van a poner malitos.
Les decimos que no pueden salir a la calle para no pegárselo a los demás, pero a ver, ¿no me habías dicho que no voy a poner malito? ¿Cómo voy a pegar nada a nadie?
Les decimos que hay que estar en casa con papá y mamá, pero papá y mamá tienen que trabajar y no les hacemos caso.
Les decimos que hagan los deberes, que se estén quietos, que no griten, que no salten en el sofá, que no vean demasiada tele, que ordenen su habitación, que se laven esa cara aunque nadie la va a ver.
El sábado, después de salir al balcón a aplaudir por los sanitarios, les dijimos por primera vez que son importantes.
Que lo que están haciendo, estar en casa y portarse bien o al menos intentarlo, es importante.
Que todo el mundo lo va a recordar.
Que cuando sean mayores, sus hijos y sus nietos les preguntarán cómo fue, cómo lo hicieron, y ellos tendrán que contarles una y otra vez la historia de cuando cerraron los colegios, nos encerramos en casa y colgamos un cartel en el balcón por si había algún niño triste en el edificio de enfrente.




Pd: Perdonadme que me haya puesto intensita, pero si no puedo ponerse así en medio de una pandemia universal ya me diréis cuándo.

09 marzo 2020

Haciendo el #lorzfunding

Mis hijos el #lorzfunding lo llevan regular.
Nena-chan no acaba de entender el concepto.
-Mamá ha puesto una tienda -le dije.
-¿De qué?
-De libros y cosas.
-¿Y cuándo vamos a ir a verla?
-¿Ir? No, la tienda está en internet.
-Ah.
Es el problema de la juventud, que como no vivió la burbuja de las punto com no se emociona con nada.
Empezó a entenderlo mejor a medida que la casa se nos llenaba de cajas.
-¿Y esto?
-Para la tienda de mamá.
-¿Y la gente cómo lo compra?
-Por internet.
-¿Te mandan un whatsapp?
-Algo así.
-Ah.
Pero fue cuando empecé a hacer paquetes cuando lo vio clarísimo. Sobre todo, cuando los paquetes desbordaron mi mesa de trabajo, la mesa del comedor, la mesa de centro y empezaron a apilarse en el pasillo.
-¿Y esto?
-Son cosas que ha comprado la gente en mi tienda.
-¿Se las vas a mandar?
-Sí, por correo.
-Entonces, ¿la gente compra las cosas que tenemos en casa y tú se las mandas?
-Eso es.
-Aaahhh.
Nene-kun, en cambio, vive en un mundo maravilloso en el que le parece perfectamente normal que aparezcan mensajeros con cajas gigantes a cualquier hora, o que todas las superficies de la casa estén invadidas por merchandising, sobres o listas.
No se dio cuenta de que algo raro pasaba hasta que un día me vio haciendo un paquetito.
-Mamá, ¿estás haciendo un regalo?
-Sí, muchos.
En ese momento #Nenekun miró a su alrededor y comprobó que, efectivamente, mi mesa de trabajo había desaparecido debajo de una montaña de paquetes.
-¿Y por qué haces tantos regalos y ninguno es para mi?
Ahí estamos, centrándonos en lo importante.

02 marzo 2020

Caída libre

El autonomismo no se hace solo: yo lo hago con Ratoncito López.
Lo tengo aquí al lado cuando me aburro le doy la brasa hasta que sale y come algo, porque es el típico que come cuando se estresa y se ve que yo le estreso mogollón.
Cómo será la cosa que desde que llegó ha duplicado su tamaño: antes era como una uva, y ahora es casi como dos. En realidad, como dos uvas y dos pasas, porque además de crecer se le han bajado los voluberables.
Ha llegado a tal punto que oye mi voz y se pone al lado del comedero. Y claro, yo lo veo al lado del comedero y le pongo de comer, y el ratón ve comida y come, y yo creo que con la tontería le estoy creando un condicionamiento de esos de los que no tienen nada que ver con lavarse el pelo.
Cuando está despierto, que es algo así como cinco minutos cada dos horas, dedica su tiempo a comer, mirarme con odio e intentar escapar. Más mono él. Está intentando ensanchar un agujerito decorativo que tiene la jaula y para mí que tiene entretenimiento para rato, porque es una placa metálica y eso.
También dedica bastante rato a trepar hasta la trampilla, pero se la encuentra cerrada y se mosquea, y yo le digo mira, si te parece la dejo abierta, pero entonces los niños pueden meter la mano: tú verás.
Entonces se baja como diciendo que cerradita está estupendamente, gracias.
Pues nada, hace unos días estaba limpiando la jaula porque otra cosa no, pero la jaula la tengo siempre como los chorros del oro, y bueno, puede que cogiera el ratón y que el ratón se rebullera como un loco y que me diera miedo de apretar demasiado y que los ojitos le hicieran pop y abrí la mano y una cosa llevó a la otra y el ratón acabó detrás de un mueble del salón.
Lo típico que hace uno un viernes por la mañana.
Aquello me dio muy mala espina porque he tenido experiencias negativas en este sentido.
Me agaché para mirar debajo del mueble, que lo mismo os parece poca cosa, pero no veáis lo que me cuesta plegarme desde que voy al gimnasio.
El ratón estaba ahí y se movía, cosa que me pareció buena señal después de haberse caído desde una altura como de doscientas veces la suya. Intenté retirar el mueble, pero al oír el ruido el ratón se movió y pensé que no era buena idea, que a ver cómo explicaba yo a ZaraJota que el ratón sobrevivió al accidente pero no al intento de rescate.
No sabía muy bien cómo solucionar aquello y la verdad es que no me apetecía correr en círculo agitando los bracitos.
Me senté en el suelo y me llevé las manos a la cara como en el cuadro ese del tío mal dibujado en el puente.
–Ay, Pelotilla... –dije.
Entonces el ratón salió de debajo del mueble, se me acercó y se quedó quieto para que lo cogiera.
Se ve que nos gusta la libertad, pero no tanto como comer.


24 febrero 2020

Piano piano

Me han quitado el baneo del gimnasio y estoy muy indignada porque ahora no me va a quedar más remedio que ir.
El problema es que no se a qué ir.
–A ver, ¿a ti qué es lo que te gusta hacer? –me preguntaron el primer día.
–Nada.
–Mujer, algo te gustará.
–Estirarme en el sofá a leer.
–Algo de deporte.
–Ah... No, nada.
–Entonces lo mejor que puedes hacer es ir probando actividades hasta que encuentres una que te guste.
Yo dudaba seriamente: no se trata de que no me guste una actividad u otra, es que no me gusta la actividad a secas, lo que pasa es que no me gusta llevarle la contraria a gente que puede levantar mi peso con el dedo gordo del pie. Sobre todo teniendo en cuenta mi peso.
Así que primero me apunté a hipopresivos para ver si me gustaba, pero resultó que no tenía absolutamente nada que ver con jugar al tragabolas, y luego me apunté a mantenimiento pero resultó que no tenía absolutamente nada que ver con cambiar bombillas y me empecé a desanimar porque ya había probado por lo menos dos actividades y no me había gustado ninguna, y cuando ya estaba pensando en provocar accidentalmente que me volvieran a banear alguien me recomendó ir a una clase de musculación con los niños.
–Es una sesión para familias, lo que se hace es jugar con pelotitas y cosas así –me dijeron.
Y ME MINTIERON.
Nada más entrar,el monitor dijo que cada adulto tenía que coger un step, una esterilla, dos mancuernas y una barra con sus dos pesas y otra extra suelta. Desde mi punto de vista, solo acarrear todo aquello hasta el hueco que nos habían dejado ya contaba como ejercicio para toda la semana, pero además el monitor pretendía que hiciéramos cosas como ponernos en cuadrupedia que vaya, a mí me gusta mucho Ben-hur y todo eso, pero habiéndose inventado el motor de combustión dime tú a ver qué falta nos hace.
–Muy bien –dijo el monitor, que para mí que padece de optimismo–: ahora quiero que los adultos os pongáis en cuadrupedia, elevéis el brazo izquierdo con la mancuerna de cinco kilos en la mano, la pierna derecha con el step en pino puente inverso y hagáis flexiones con el brazo derecho mientras hacéis la declaración de la renta con el dedo gordo del pie izquierdo y cantáis la Macarena soto voce in crescendo piano piano si arriva lontano.
O algo así. Yo me perdí en el "muy bien", para qué nos vamos a engañar.
–¿Y los niños? –preguntó alguien.
–Los niños que jueguen con las pelotas.
–¿Puedo jugar yo también con las pelotas? –pregunté.
Es que me gusta tocar las pelotas.
–Claro, como prefieras –me dijo el monitor–. Pero entonces será como si no estuvieras haciendo nada.
Parece que al fin he encontrado la actividad perfecta para mí.

17 febrero 2020

La app del gimnasio

Me he apuntado al gimnasio.
En septiembre.
Lo que pasa es que desde entonces he ido poco.
Tres veces. 
No es por falta de ganas: me instalé la app en el móvil, todas las semanas reservaba las clases a las que me gustaría ir... y todas las semanas las iba anulando a medida que el lunes hay reunión del AMPA, el martes la niña tiene anginas, el miércoles tengo un examen, el jueves me traen un paquete del #lorzfunding, el viernes hay tutoría, el sábado... Bueno, os hacéis una idea.
La semana pasada me vi con la agenda del miércoles vacía y me vine arriba: reservé una clase de zumba por la mañana y otra de boxeo en familia por la tarde. Y por supuesto, cuando amaneció el miércoles Nene-kun tenía gripe.
Intenté anular las clases pero cada vez que entraba en la app me salía un mensaje de "en estos momentos no se pueden realizar reservas" y yo le gritaba al móvil que no quería hacer una reserva sino deshacerla, pero el móvil a lo suyo, y seguramente tenía que haber seguido intentándolo pero la verdad es que a la cuarta vez que entré en la app y leí lo de "en estos momentos no se pueden realizar reservas" solté una palabrota muy gorda y ya no volví a entrar...
hasta varios días más tarde, cuando quise reservar y me encontré que debajo de cada clase en lugar de un botón de RESERVA YA había un cuadrado muy negro y muy acusador con la palabra PENALIZADO.
–El gimnasio me ha baneado –le dije a ZaraJota.
–Estoy muy orgulloso de ti: has conseguido que te echen de un sitio ANTES de que hayas conseguido entrar.
–No creo que sea permanente.
Y, cierto como el sol que me da calor, a los pocos días pude volver a hacer reservas.
Reservé una clase de mantenimiento y me dije a mí misma que esta vez iría, pasara lo que pasara y pasase lo que pasase.
Y fui.
Llegué a los tornos de entrada, pasé mi tarjeta, puse el dedo índice en el lector de huellas dactilares porque en ese gimnasio nunca sabe uno si va a hacer zumba o espionaje internacional, y en el lector salió el mensaje: LA HUELLA DACTILAR NO SE CORRESPONDE CON LA TARJETA DEL USUARIO.
Me miré el dedo. Parecía el mismo de siempre.
Miré la tarjeta. Las tarjetas son todas idénticas y tenemos cuatro, una para cada uno, así que el primer día escribí en cada tarjeta la inicial de su titular con rotulador indeleble. Podía haber escrito el nombre completo pero, ¿para qué?
Con una sola letra parecía suficiente.
Hasta aquel momento, allí parada delante de los tornos con la tarjeta en la mano, no se me había ocurrido que ZaraJota y yo tenemos la misma inicial.
Mierdaaa...
Ya no me daba tiempo a volver a casa a por mi tarjeta. Lo único que podía hacer era anular la reserva en la app del móvil pero por supuesto cuando lo intenté me salió un mensaje de error.
Mierdaaa...
Me fui al mostrador de recepción con la cabeza gacha.
–Es queeee... tengo clase ahora, y me he traído la tarjeta de mi marido en lugar de la mía.
–Deberías ponerles algo con rotulador para distinguirlas.
–GRAN IDEA, SÍ, OJALÁ SE ME HUBIERA OCURRIDO.
–Bueno, te puedo hacer un churruflex en el firlollo del whatever para que hoy, de manera excepcional, puedas entrar con la tarjeta de tu marido, pero eso te supondrá una penalización, por supuesto.
–¿Y si me cancelas la reserva?
–Te la puedo cancelar, pero como quedan menos de quince minutos para que empiece la clase te penalizará igual que si no hubieras venido.
–Entiendo. Pues si me vais a poner una penalización haga lo que haga, prefiero quedarme a clase.
–Estupendo. ¡Recuerda que si acumulas dos penalizaciones te baneamos de la app y no puedes hacer reservas!
–Lo sé. Lo sé.
Me fui a la puerta de clase cabreada por mi penalización (por llevar la tarjeta equivocada) pero dispuesta a que no me penalizaran por nada más.
Que me gustaría ir a más de una clase al mes, jo.
Pero en la puerta de clase hay otro lector de tarjetas y por supuesto cuando fui a pasar la mía daba error.
–Qué raro –dijo el monitor–. Dice que no tienes reserva.
–Si yo he reser... Ay, es que es la tarjeta de mi marido y claro, él no ha reservado.
 –Ya veo. Bueno, no te preocupes, puedes entrar de todas formas.
–¿Y cómo sabrá la app que he venido yo?
–No lo sabrá, supongo que te penalizará como si no hubieras venido.
Y luego dicen que quien no hace deporte es porque no quiere.

03 febrero 2020

El parchís interruptus

Por favor, no me juzguéis.
Una tiene sus necesidades y el chocolate solo las cubre hasta cierto punto.

Eran las cuatro de la tarde, los niños estaba jugando tranquilamente en su habitación y se me ocurrió una idea grandiosa, en serio, GRANDIOSA.–Nena-chan –le dije a la nena–, mamá y papá tienen que hablar de una cosa muy importante. Necesito que cuides de Nene-kun un ratito ¿vale?
–Vale.
–Voy a cerrar la puerta de nuestra habitación para que nada nos distraiga, ¿vale?
–Vale.
–¿Podrás cuidar de tu hermano?
–Sí, mamá.
–Muy bien.
Cerré la puerta de su habitación, empujé a ZaraJota hasta nuestra habitación, cerré la puerta y le dije:
–Desnúdate, que vamos a jugar al parchís ahora mismo.
Es que soy una romántica.
–¿Ahora?
–Ahora que están tranquilos y rápido, que no sé cuánto aguantarán.
Nos pusimos a jugar al parchís alegremente, sin preliminares ni nada porque para previo el tiempo que habíamos pasado sin jugar. Y cuando estábamos en lo mejor oímos a los niños gritar. O llorar. O ambas.
–J*d*r.
–No, j*d*r precisamente no.
ZaraJota fue a solventar la crisis, probablemente algo de gran importancia relacionado con que los dos niños querían el mismo pinipon de los ochocientos pinipones que tienen, o el mismo libro de los ochocientos libros que tienen, o el mismo lo que sea de los ochocientos lo que sea que tienen... y al rato volvió a nuestra habitación.
–Ya está, se han quedado tranquilos. ¿Por dónde íbamos?
ZaraJota y yo reanudamos la partida con mucho entusiasmo, porque si seres humanos se desanimaran por la falta de preliminares o las interrupciones sin duda la especie se habría extinguido hace tiempo.
Apenas habíamos tenido tiempo de lanzar los dados cuando alguien empezó a aporrear la puerta de nuestra habitación.
–¡¡¡MAMÁ!!! ¡¡¡TENGO MUCHA HAMBREEE!!!
Y yo también, quise contestar, pero en vez de eso me puse en mi papel y contesté:
–¿Y POR QUÉ NO TE HAS TOMADO EL POLLO A LA HORA DE COMER?
–ES QUE NO QUERIBA MÁS
–¡¡¡PUES HABER QUERIBO!!! ¡¡¡AHORA NO SE COME YA HASTA LA MERIENDA!!!
Nene-kun se batió en retirada y, para mi desgracia, ZaraJota también.
–Va a ser mejor que lo dejemos para luego.
–Eso dijimos el mes pasado.
–Es que he perdido la concentración.
Desde luego los hombres de hoy en día es que se desconcentran con cualquier cosita.
–Bueno, esta noche, ¿vale?
–Vale.
Esa noche los astros nos sonrieron. Los niños se durmieron temprano y cada uno en su cama, no nos lo podíamos creer y tuve que pellizcar varias veces a ZaraJota para asegurarme, hasta que me dijo que si tantas tenía de tocar carne que mejor nos poníamos otra vez con el parchís.
Y eso hicimos, a toda velocidad porque si hay que elegir entre preliminares y rematar la faena se remata la faena, que aquí hemos venido a jugar.
En menos de lo que canta un gallo ya estábamos metidísimos en la partida, con "sí, sí, no pares" por aquí y "no, no, no paro" por allá cuando de pronto oí una vocecita en mi oído. MUY cerca de mi oído.
–Mamá, quiero agua.
Siete años de maternidad me han dejado con nervios de acero, así que simplemente me volví hacia la criaturita de dios y le dije, con mi mejor sonrisa:
–Claro que sí, mi amor, ahora te da papá, que mamá ahora tiene ganas de llorar por dentro.
ZaraJota le dio agua, lo acompañó a la cama y se aseguró de que se quedara dormido... no puedo ni afirmar ni negar que hubiera cloroformo de por medio... y volvió al lecho conyugal.
–Echo de menos cómo era el parchís cuando éramos jóvenes –dijo, metiéndose en la cama.
–¡Pero si ha sido exactamente igual que cuando éramos jóvenes!
–¿Sí? ¿En qué parte?
–Bueno... hemos empezado la partida a las cuatro de la tarde, y a las once de la noche todavía no hemos quedado satisfechos.

27 enero 2020

¿Es que nadie piensa en los niños?

Pues resulta que después de que su ave llegara tres horas tarde, partirse la pierna, cenar con mi familia, que me diera un cólico nefrítico y que ZaraJota me intentara asesinar lanzándome agua hirviendo mi suegra decidió volver a Barcelona antes de tiempo.
Sois gafes y temo por mi integridad física. –Es que no quiero molestar –dijo.
Y se fue. A mí me dio mucha pena, porque al irse tan pronto se perdió lo mejor: cuando a Nena-chan se le pusieron las anginas como dos balones de baloncesto y a mí me dio un brote de eccema en la planta de los pies que me hacía sangrar a casa paso. ¡La cabalgata de reyes!
De pequeña siempre me daban mucha envidia los niños que iban subidos en esas carrozas tan bonitas, con sus disfraces, arrojando caramelos a diestro y siniestro.
Mis hijos no han tenido la oportunidad de disfrutar de un sentimiento tan navideño porque desde hace un par de años el AMPA de su colegio participa en la cabalgata de reyes.
Normalmente la preceden dos meses maravillosos de coordinación, diseño, planificación y manualidades, que terminan en un día de montaje. Requiere sacar tiempo de donde no lo hay, es agotador, te mueres de frío y, sobre todo, se pasa muy bien y se hacen muchos amigos.
Este año las cosas han sido un poco más ajetreadas de lo normal porque con el cambio de gobierno en vez de dos meses hemos tenido uno para hacerlo todo, pero estábamos muy ilusionados porque nuestro cole tiene el nombre de una activista muy famosa, y este año se cumplen 200 años del nacimiento de la activista, y, por supuesto, queríamos dedicar la carroza a la activista en cuestión.
Presuntamente, ¿eh? Todo lo que voy a contar ahora es muy hipotético y muy presunto y cualquier parecido con la realidad es una mera coincidencia.
Pues presuntamente una de las mamás hizo un diseño magnífico, que incluía una frase de la activista famosa. Digamos, para mantener el anonimato de la activista, que la frase era algo así como: "Abrid melones y se cerrarán bocas".
Si no recuerdo mal, la frase se eligió con un criterio totalmente activista y subversivo: es la frase más corta que dijo la buena mujer. Teniendo en cuenta que teníamos que marcar, cortar, lijar, pintar y pegar las letras una a una, "es la frase más corta" nos parecía un motivo perfectamente razonable.
La víspera de la cabalgata cogimos todas nuestras decoraciones y nos plantamos en el descampado donde se aparcan los camiones para decorar el nuestro. El cielo estaba totalmente gris, hacía una temperatura de unos tres grados y estábamos encima de un camión abierto, en mitad del campo, intentando pegar letras con un pegamento que no pegaba nada porque se secaba en cuanto salía del bote. No sé si ha quedado claro, pero hacía frío. Lo voy a repetir: hacía frío.
Bueno, cuando empezamos, así como a las once de la mañana, hacía frío.
Seis horas más tarde, cuando empezó a caer el sol, aquello era la versión en seco de Titanic.
Para entonces yo ya me estaba planteando dejar de creer en la navidad, en los reyes magos y en la temperatura corporal, pero el resto de los papás eran más resilientes que yo y acabaron de decorar la carroza.
Y entonces el presidente del AMPA recibió LA LLAMADA.
En ese momento yo no estaba delante, así que la voy a intentar reconstruirla presunta e hipotéticamente.
–Hola, le llamo de la Junta de Distrito, queríamos hablar de la carroza porque nos han comentado que el tema no es muy festivo.
–Eh... bueno, hay otra carroza que va de vertedero tóxico. Tampoco parece muy festivo.
–Ya, ya, bueno, es que la frase que habéis puesto no es muy adecuada.
–¿"Abrid melones y se cerrarán bocas"?
–Sí, creemos que es muy agresiva y que algunos niños pueden verse afectados.
–Ajá.
–O sea, imaginad a los niños que van a la carroza con toda su ilusión y se encuentran con eso... Creo que deberíais cambiar la carroza.
–Entiendo. Lo que pasa es que hace un mes que aprobasteis el tema de la carroza y que os mandamos el diseño completo, y ahora ya no nos da tiempo a cambiarla.
–Bueno, yo solo te digo que hables con el resto del AMPA y penséis muy bien en lo que queréis hacer.

Cuando el presidente contó la conversación, los amperos presentes, que llevaban todo el p*t* día desafiando la hipotermia para pegar la frasecita, se mostraron reticentes.
–Pero, ¿qué tiene de malo la frase?
–Que no es navideña.
–El año pasado salió un barco vikingo.
–Ya.
–Y aquellos van de abejas.
–Ya.
–Y aquellos todavía no sabemos de qué van.
–Ya.
El AMPA, probablemente afectada por la falta de oxígeno debido al frío, decidió que la frase se quedaba.

Entonces la Junta del Distrito volvió a llamar al presidente.
–Lo hemos estado pensando –dijeron–, y entendemos que no os da tiempo a remodelar toda la carroza, así que os dejamos salir si quitáis la palabra "bocas".
–Pero entonces la frase queda como "abrid melones y se cerrarán".
–Ya.
–¡Pero eso no tiene ningún sentido!
–Bueno, yo solo te digo que hables con el resto del AMPA y penséis muy bien lo que queréis hacer.

El presidente transmitió el mensaje y los amperos presentes pasaron de la reticencia al cachondeo.
–Si quitamos esa palabra se nos queda un trozo vacío.
–Podemos llenarlo con otra cosa que no moleste a la Junta. Como, no sé, lazos a amarillos.
–O un "Welcome refugees".
–Una foto de Greta.
–No, del alcalde.
–Su cara y una p...
Bueno, os hacéis a la idea. Solo añadiré que yo estaba a favor de poner "Abrid melones y se cerrarán chuminos", pero no conseguí ningún voto.
Me discriminan por ser andaluza, obviamente.

Media hora más tarde, la Junta volvió a llamar. Por desgracia, la llamada la contesté yo.
–Hola, me gustaría hablar con el presidente del AMPA.
–Ahora mismo no se puede poner –iba a añadir que estaba ocupado comprando lacitos amarillos, pero me contuve, para que veáis que de vez en cuando tengo instinto de conservación–. Pero soy del AMPA y estoy informada del tema.
–Ah. ¿Y ya habéis pensado muy bien lo que queréis hacer?
–Sí, la frase se queda.
–Creo que deberíais pensarlo mejor.
–Son las ocho de la tarde y la cabalgata sale mañana a las cuatro. No nos da tiempo a cambiarla.
–¿Pero os dais cuenta de que no es apropiada para que la lean los niños? ¿Que puede ser muy fuerte para ellos?
–Esto es Carabanchel. Creo que los niños están curados de espanto.
O sea, Carabanchel es famoso por la cárcel, Rosendo y Manolito Gafotas. La gente de aquí no se tira pedos con olor a lavanda, precisamente.
–Bueno, desde la Junta creemos que la idea es buena, pero que no habéis tenido en cuenta a los niños.
–¿Cómo?
–Que deberíais pensar más en los niños.
Bueno.
Voy a dar un consejo.
Si estás en un distrito donde un colegio necesitó una reforma urgente porque había peligro para los niños, y perteneces a un partido que votó en contra de arreglar el colegio, y estás hablando con un AMPA que tuvo que manifestarse y salir en televisión para que le arreglaras el dichoso colegio, y en concreto con una madre que lleva todo el día pegando letras para que su hijos puedan subirse a una  carroza  y que se comió un bocadillo a media mañana y ya no se acuerda porque tiene tanto frío que no piensa en nada más quizá, a lo mejor, así como teoría loca, no deberías decir cosas como:
"deberíais pensar más en los niños".
Por tu bien te lo digo.
–Hemos pensado en los niños. Y la frase se queda.
–Bueno, os vamos a dar un poco más de tiempo para que penséis bien lo que queréis hacer y os volveremos a llamar.

Después de esta llamada los amperos presentes pensaron, sí. Sobre todo, pensaron mucho en las redes sociales. En concreto, es lo divertido que sería contarlo todo. Pero entonces recibieron la última llamada.
–Dicen que la frase se queda –dijo el presidente–. Dicen que entienden que no nos da tiempo a cambiarla. Pero también dicen que el año que viene tenemos que pensar en los niños.
Porque este año estábamos pensando en los peces, al parecer.








PD: He intentado se comedida, discreta y pensar en los niños. Si algún miembro del AMPA no se siente cómodo con esta entrada, que no dude en decírmelo y la retiraré.

20 enero 2020

Caliente, muy caliente

Vale.
Es verdad que tener unos días de vacaciones y que justo tu suegra decida venir a visitarte, y que su tren llegue tres horas tarde, y que se parta una pierna, y que la lleves a cenar con tu familia y tu abuela se ponga a contar cuando estuvo acariciando una p*ll* de plástico es un poco deprimente, lo que pasa es que yo estaba convencida de que a partir de ahí todo iría a mejor, nos iríamos de excursión, y a comer chocolate con churros, y al cine. 
Sobre todo al cine. 
Porque veréis, yo había quedado con las chicas del club de lectura para ir a ver Mujercitas, que para eso nos (re)leímos el libros hará dos meses o así. El plan era sencillo: ir a ver la película e indignarnos mucho porque el libro es mejor. 
Ya teníamos compradas las entradas, elegido el sitio para la merienda y estaba dándole vueltas a plantarme mi vestido de época cuando, en un alarde de originalidad, lo que me planté fue un cólico nefrítico. 
Por ser original y eso. 
–Vamos a urgencias –dijo ZaraJota.
Pero yo no tenía la menor intención de ir a urgencias. Me gustaría decir que era para no saturar el hospital, o para no dejar a mi suegra sola con una pierna rota y dos niños, o porque tengo una alta tolerancia al dolor... Lo que pasa es que no me gustan las agujas. Y cuando vas a un hospital, no sé por qué, tarde o temprano aparecen las agujas. Y las vías. Y el suero. 
–No, no –le dije–. Mejor prepárame una bolsa de agua caliente.
Porque ¿quién necesita un hospital habiendo bolsas de agua caliente?
Pues mi amante esposo me preparó una bolsa de agua caliente. MUY caliente. La bolsa, no mi amante esposo. Vale, probablemente mi amante esposo también, porque entre la suegra, los niños...
Bueno, que me distraigo. 
ZaraJota me preparó una bolsa con agua MUY caliente, para que me durara calentita mucho rato. Estaba tan caliente que la tuvo que envolver en una toalla para cogerla. Por desgracia, al envolverla no se dio cuenta de que la bolsa, que ya tiene sus años, se había rajado por un lado. Y también por desgracia, cuando se inclinó para ponerme la bolsa en la espalda, lo que hizo fue tirarme agua hirviendo en la barriga. 
Porque ¿quién necesita un hospital habiendo bolsas de agua caliente?
Pues yo. 
Y con urgencia. 




Pd: Como os aprecio, no os voy a enseñar fotos de la quemadura en sus primeros días; prefiero que veáis cómo está ahora, casi un mes después, y que vosotros os imaginéis el resto. 



13 enero 2020

En Toledo, que no hay nada que ver

¡El #relorzfunding se acaba! 
Si no has participado todavía es tu última oportunidad.



Creíamos que mi suegra se habría hecho un esguince o algo así, pero lo que había hecho era partirse el peroné, que es una cosa muy de agradecer cuando estás de vacaciones a 700 kilómetros de donde vives.
–Por suerte vuestra casa tiene ascensor, ¿no? –nos dijo, en un raro intento de optimismo. 
–Bueeeenooooo... –dijimos ZaraJota y yo porque efectivamente el edificio tiene ascensor, y ese ascensor está en el entresuelo, y hay que subir (o bajar, a elección) un tramo de escaleras bastante largo para usarlo. 
Para compensar, le dijimos que no se preocupara porque íbamos a alquilar una silla de ruedas, que es la típica cosa que todo el mundo tiene que hacer al menos una vez en la vida. Lo que pasa es que aquello compensaba poco, porque a la buena mujer no le hacía mucha gracia pasarse las navidades en una silla de ruedas. Que le parecía poco festivo, se ve.
–No te preocupes: le pongo un espumillón y unos globos y en vez de una inválida vas a parecer un árbol de navidad.
–Es que no quiero molestar y ahora os vais a pasar las navidades empujando la silla. 
–No, mujer. ¡Si vivimos en lo alto de una cuesta! Te dejamos en la acera enfilada a Madrid Río y ya te recogemos abajo si eso. 
Por motivos que desconozco, aquello tampoco pareció animarle demasiado. Con lo bonito que está Madrid Río. Y lo fresquito. 
En fin.
Que pensamos que entre lo de estar encerrada en el ave tres horas sin agua, sin luz, sin comida y sin wifi y la fractura de la pierna ya había agotado toda la mala suerte para 2019, 2020 y años venideros, así que no había peligro en llevarla a cenar a casa de mis padres. 
En nochebuena. 
Con toda mi familia.
Y más o menos así fue: todo iba razonablemente bien hasta que por motivos desconocidos mi tía de pronto dijo: 
–¿Os he contado la vez que llevé a la abuela a un sex-shop?
Yo escupí la fanta por la nariz porque estoy muy a favor de que las mujeres vivan su sexualidad libremente, siempre y cuanto no lo cuenten en mitad de la cena de nochevieja con mi suegra delante. 
Además, mi abuela va a cumplir 86 años en febrero y mi tía lleva cumpliendo 30 aproximadamente desde las olimpiadas de Barcelona, así que os podéis imaginar la imagen mental. 
Mi tía se aseguró de que tenía la atención de todo el mundo antes de despejar el trozo de mesa que tenía delante y colocar una lata de cocacola, porque ella es que es actriz y la escenografía la domina estupendamente. 
–Pues nada –empezó a decir, haciendo como que le quitaba el polvo a la lata de cocacola–, que un día la abuela y yo nos fuimos a un sex-shop de Toledo.
–¿Y eso?
O sea, que vivimos todos en Madrid. 
–Pues nada, que estábamos en Toledo, no teníamos nada que hacer y dijimos: pues nos vamos a un sex-shop –porque en Toledo no hay absolutamente nada interesante que ver y en algo tiene que entretenerse una, supongo–. Y llegamos allí y tenían una peaso p*ll*.
Y mi abuela: 
–Yo no he visto cosa igual. 
–Era como dos latas de cocacola, una encima de la otra –corroboró mi tía, señalando la cocacola que tenía delante, en adelante PRUEBA 1.
–Con sus venitas y todo. 
–Era la reproducción de la p*ll* de un actor porno famoso.
Y mi abuela: 
–Era NEGRITA.
Para entonces yo no sabía muy bien donde meterme, pero subirme la silla de ruedas y dejarme caer hasta Madrid Río empezaba a parecerme buena idea.
Pero mi tía era inasequible al desaliento.
–Total, que la abuela empezó a manosear aquello para arriba y para abajo, y yo venga a decirle: Mamá, estate quieta. Y la de la tienda: déjala, déjala a la mujer que disfrute. 
A lo que mi abuela, ya sensiblemente ruborizada pero no por vergüenza sino por los calores internos propios de una señora de casi 86 años que recuerda tiempos felices, añade: 
–Una p*ll* negra.
Francamente, teniendo en cuenta que en teoría aquello era como dos latas de cocacola una encima de la otra, me sorprende que mi abuela recordara el color. 
Mientras tanto mi tía seguía acariciando la lata para arriba y para abajo y narrando la historia como el que cuenta que ha ido a comprar el pan. 
–Total, que allí estaba la abuela venga a manosear aquello y al final me dice: voy a parar ya, que me estoy poniendo cachonda.
A lo que mi abuela añadió, por si nos quedaba alguna duda:
–¡Que me estaba poniendo cachonda!
Por el contrario, a mí la libido se me había quedado reducida a la más mínima expresión. Para siempre. Supongo que para compensar y eso. 
Cuando volvíamos para casa mi suegra, que hasta entonces había estado en estado se shock postraumático, me dijo:
–Tu abuela es muy... dicharachera.
–Está como una cabra, sí.
–A veces, cuando nos hacemos mayores, perdemos un poco la vergüenza.
Cuando nos hacemos mayores, dice. 


06 enero 2020

El conejo de mi madre

Se acaba la navidad, así que será mejor que empiece a contarla por el principio:
la culpa de todo la tiene el conejo de mi madre.
Mi suegra nunca viene en a vernos más de tres o cuatro días, hasta el año pasado. El año pasado la invitamos a venir en navidad y mis padres la invitaron a cenar en su casa en navidad y mi madre preparó conejo al ajillo.
Se ve que a la suegra le gustó, porque este año nos llamó y nos dijo que se venía también en navidad.
Diez días.
–Se nos va a juntar la navidad con la feria de abril –le dije a ZaraJota.
–Ya, es muy raro, nunca quiere estar fuera de su casa tantos días.
–Esto va a ser –dije en un momento de inspiración– por el conejo de mi madre.
–Por favor, Lorz, vamos a dejar el conejo de tu madre en paz.
–Pero piénsalo: nunca había venido tanto tiempo... ¡hasta que se comió el conejo de mi madre!
–De verdad, Lorz, que se me está poniendo mal cuerpo y todo, deja de tocar los co...
–¿...nejos?
–¡LORZ!
ZaraJota se empeñó en explicarme que la suegra quería venir más días para disfrutar de los niños, para estar con él durante todas sus vacaciones, para que le saliera más barato el billete de tren...
Pero a mí no podía engañarme.
Yo sabía la verdad.
Era por el conejo, el conejo de mi madre.
Pasó el tiempo y un buen día la suegra se montó a un ave en Barcelona y poco después llegó a Madrid. Concretamente, un punto indeterminado de la vía entre Méndez Álvaro y Atocha, donde se quedó parado durante tres horas debido a una avería.
En otro tren.
A mí que me lo expliquen.
Que un ave se retrase es muy raro, que se retrase tres horas es más raro aún, y que apaguen las luces y dejen a los pasajeros sin agua, sin comida, sin baño y sin luz durante todo ese tiempo es mucho más raro aún.
Mientras tanto, en la estación de Atocha, ZaraJota pasó las mismas tres horas con dos niños cada vez más hiperactivos e impacientes, sin recibir de renfe más información que “el tren sufre un retraso indefinido”.
–¡Como los genitales de Ken! –le dije a ZaraJota cuando me lo contó por teléfono.
–De verdad que estás pesadita con las partes pudentas de la gente, Lorz.
–¿Lo dices por el conejo de mi madre?
–¡Sí!
–Entonces será mejor que no te diga lo que estoy pensando.
–Mejor.
–Bueno, venga, te lo voy a decir: el año pasado también cenamos almejas.
–Me rindo, de verdad que sí.
En fin, que tan solo siete horas después de haber salido de Barcelona la suegra consiguió salir del tren en Atocha.
Venía hambrienta, venía miccionándose, venía cansada y venía, probablemente, un poco de los nervios.
Así que supongo que es normal que según saliera de la estación metiera el pie en un agujero, se le doblara de mala manera y acabara partiéndose una pierna.
Lo típico que hace uno.
O sea, el papa besaba el suelo cuando aterrizaba, ¿no?
Pues mi suegra lo mismo, pero con un poco menos de elegancia.
ZaraJota llegó a casa jurando en oscuros idiomas arcanos. También podría ser catalán. Viene a ser lo mismo. Me explicó la situación y yo llamé a mis padres para explicársela a ellos.
–Madre –le dije por teléfono–, hay que reorganizar un poco la mesa para navidad.
–¿Y eso?
–Nada, la suegra, que se ha partido una pierna.
–¿Cómo ha sido?
–Pues verás: ¿te acuerdas que el año pasado hiciste conejo?
–Sí, claro, pero...
–Pues por el conejo ha sido.



Pd: Seguimos de #Lorzfunding. Que no se diga que no avisé.