¿Sabéis las toallitas antivaho para las gafas? Todas las mañanas, justo antes de salir de casa, cojo las gafitas de Nene-kun y las limpio con su gamuza correspondiente, y luego las froto a conciencia con las toallitas antivaho, para que no se le empañen cuando salga a la calle con la mascarilla puesta. Ya que estoy, cojo las mías y hago lo mismo. Somos la familia con las gafas más limpias y antivaho del planeta. Y además nos quedan bien. El problema es que "justo antes de salir de casa" suele ser como a las 8:30 de la mañana y yo voy (más o menos) todos los días (relativamente) al gimnasio así como a las 6:45, que por circunstancias inexplicables no estoy yo de humor para toallitas antivaho. Bastante que me acuerdo de respirar. Así que claro, según salgo a la calle se me empañan las gafas. Así que, por lo general, me las quito y voy hasta el gimnasio con ellas en la mano porque total, a esas horas ni pasan coches, ni gente, y si me voy dando cabezazos contra las esquinas tampoco me ve nadie. Además así me va dando el fresco en los ojitos y lo mismo hasta me espabilo, cosas más raras se han visto. En el gimnasio no tengo ese problema porque cada máquina tiene su cubículo y me puedo quitar la mascarilla, que además tienen un colgador y todo para dejarla, que digo yo que si todo el mundo la va dejando ahí el colgador tiene más miasmas que un pañuelo de segunda mano.
Que lo mismo resulta más higiénico guardarse la mascarilla en el entreteto, pillada con el sujetador, pero bueno.
A lo que iba.
Resulta que el lunes volví del gimnasio a la maravillosa hora de las ocho de la mañana, con las gafas en la mano y todo iba bien hasta que salí del ascensor.
Porque en mi casa el ascensor está en una entreplanta, y para usarlo hay que subir (o bajar) seis escalones. Y ahí estaba yo bajando mis seis escalones con mis gafas en la mano y mis seis dioptrías en los ojos cuando alguien, probablemente con aviesas intenciones, me cambió un escalón de sitio.
Y volé.
Toda mi vida pasó antes mis ojos, lo que pasa es que como no llevaba las gafas me la perdí. Lo que no me perdí fue la pared del pasillo, esa me la comí entera. Y luego me comí la pared opuesta. Y luego me comí el suelo.
Luego que si engordo.
-Ay...
ZaraJota, que sin duda había estado acechando detrás de la puerta para ver si venía ya y me llevaba a los niños al colegio, salió al rescate.
-¿Te has caído?
-Ay...
-¿Puedes levantarte?
-Ay...
Entonces salió la vecina. La vecina es una mujer muy rubia y muy guapa y estaba estupenda hasta en pijama mientras que yo estaba en chándal haciendo la cucaracha panza arriba en mitad del pasillo.
-¿Te has caído? Espera que te ayudo.
Entre la vecina y ZaraJota consiguieron ponerme en pie y luego me arrastré hasta el sofá.
Entonces llegaron los niños.
-Mamá, ¿qué ha pasado?
-Nada, que he volado. Por un breve instante, me he entregado a la ingravidez, he desafiado las leyes de la física y he sido libre, ¿me oyes? LIBRE.
Quizá lo haya contado ya, pero estoy yendo al gimnasio todos los días.
Más o menos. Porque, ¿quién no tiene un ratito para ir al gimnasio todos los días? O sea, si quitas lo de despertar a los niños, recordarles, insistirles, rogarles, suplicarles y finalmente soltarles un bocinazo para que desayunen, se laven los dientes y se vistan, llevarles al cole, trabajar, recoger a los niños del cole, darles de comer, trabajar otro ratito, llevar a los niños a extraescolares, preparar la cena y la comida del día siguiente, darles de cenar, recordarles, insistirles, rogarles, suplicarles y finalmente soltarles un bocinazo para que se laven los dientes, se pongan el pijama, se vayan a la cama y se duerman, y eso cuando no hay además que limpiar, planchar, ir a la compra, al dentista, al pediatra, a comprar por enésima vez escarpines para la piscina (¿qué c*ñ* hacen con ellos? ¿se los comen o qué?) o cualquier otra cosa, ¿quién no tiene un ratito para ir todos los días al gimnasio?
De pronto necesito echarme un rato.
A mí me costó, pero como todo es posible si te esfuerzas por fin encontré el ratito perfecto: de siete a ocho de la mañana.
Lo voy a decir otra vez:
de siete a ocho de la mañana.
Sí, de verdad necesito echarme un rato. Ahora mismo.
Para estar en el gimnasio a las siete de la mañana más o menos consciente me tengo que levantar a una hora que no voy a decir porque estoy en contra de la violencia innecesaria.
Tampoco voy a entrar en el frío que hace por la calle a ella hora, ni lo solitaria y vacía que está la calle, porque entonces me entran ganas de ponerme en posición fetal debajo de la cama y no me acuerdo de la última vez que me paré a barrer pelusas en esa área concreta de la casa.
Y no mencionaré la cantidad de trabajo adicional que supone ir al gimnasio, desde preparar la bolsa la noche antes hasta lavar y doblar una cantidad extra de ropa.
Todo eso no importa porque yo estoy realmente motivada.
Porque la salud es muy importante, ¿eh?
Y mantenerse en forma.
Y la Organización Mundial de la Salud recomienda hacer al menos media hora de ejercicio al día.
Y, sobre todo, porque a esa hora me pierdo la hora de desayuno/lavado/vestido de los niños, que es un p*t* infierno y me quita las ganas de vivir desde primera hora de la mañana.
Ya está, ya lo he dicho.
Es posible que esto me convierta en mala madre pero no lo hago por mí, lo hago por la Organización Mundial de la Salud y para que ZaraJota pase tiempo de calidad con sus hijos.
De calidad cero, en concreto.
Por si esta no fuera suficiente motivación, cuando llegué al gimnasio el primer día me encontré con que hay pantallas individuales con acceso a Netflix delante de cada máquina.
Lo voy a repetir:
pantallas individuales con acceso a Netflix.
Por qué los gimnasios insisten en promocionarse con la tontería de la salud y ponerse en forma cuando podían estar hablando de esto es un misterio para mí.
-¿Y cómo funciona? -le pregunté al encargado de la mañana, con lágrimas de emoción en los ojos. Yo, no él. Él quizá tuviera lágrimas en los ojos, pero del madrugón.
-¿Tienes cuenta de Netflix?
-Sí.
-Pues nada, entras en tu sesión y ves lo que quieras.
-¿Lo que quiera? -las lágrimas de emoción eran ya como puños.
-Claro.
-¿En serio? ¿Algo que no sea Vivo o la Patrulla Canina?
-Lo que quieras.
-Pero cinco minutos o así, ¿no? Luego vendrá alguien y me obligará a cambiar a Vivo o la Patrulla Canina, ¿no?
El encargado de la mañana, visiblemente acostumbrado a estas escenas, me miró fijamente y me dijo:
-Puedes ver lo que quieras, todo el tiempo que quieras, sin interrupciones.
Aquello fue como la conversión de san Pablo. De rodillas en el suelo, juré lealtad al gimnasio para el resto de mi vida. No recordaba la última vez que podía haber visto lo que yo quisiera y sin interrupciones. Levantarme de madrugada y hacer ejercicio parecía un pequeño precio a pagar.
Sin embargo, después de unas semanas en las que la motivación no flaqueó ni por un momento, me encontré con que mi viejo enemigo volvía a la carga.
Vale, también en otros sitios como el cuero cabelludo, las manos o la hucha. Pero, a efectos del gimnasio, vamos a centrarnos en la planta de los pies.
Al principio intenté seguir yendo al gimnasio de todas maneras, porque estaba muy motivada. Y porque tenía la temporada 10 de Walking Dead a medias, vale, eso también.
Pero a medida que iban pasando los días y se me iban cayendo trozos del cuerpo por doquier, quedó claro que para zombis ya tenía de sobra conmigo, gracias.
Acepté mi derrota con la elegancia que me caracteriza.
Acordándome de la madre que parió a todo, para empezar.
-Míralo por el lado positivo -me dijo ZaraJota-: así podrás desayunar con los niños.
Eso, encima hurga en la herida.
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Este jueves a las 19:30 estaré en Libros de Arena con Marina Such para hablar de nuestras cosas y quizá de su libro, si nos da tiempo y eso.
La entrada es gratuita pero para garantizar las medidas de seguridad, distancia y todo el asunto pandemial, es necesario confirmar asistencia en hola@foscanetworks.net
Apuntarse y venirse, que como mínimo nos reiremos un rato.
Empiezo a estar un poco harta de los hipopresivos.
A ver, que tienen muchas ventajas; por ejemplo, la de no hacerte pis encima cuando estornudas, que es una cosa que está muy bien.
Pero también tienen muchos inconvenientes como, por ejemplo, lo de hacer ejercicio y eso.
Si no sois madres, quizá os estéis preguntando que es eso de los hipopresivos. Yo también me lo pregunto, porque estaba convencida de que eran ejercicios para el piticlón (chichimnasia) pero en clase suele haber señores que yo juraría que piticlín, lo que se dice piticlín, no tienen, aunque en estos tiempos nunca se sabe.
Quizá debería preguntar aunque, por otra parte, quizá lo mejor sea que me calle, porque ya me miran bastante raro desde el día que me dio un ataque de tos, acabé mareándome y cayéndome al suelo y tuvo que venir ZaraJota (con los dos niños en bañador a rastras) a rescatarme porque no me podía levantar y por las medidas anticovid el monitor no se podía acercar a ayudarme.
O eso dijo, claro.
Los hipopresivos son una cosa muy tonta, porque básicamente consisten en tumbarse en el suelo y respirar pero con dolor. Por todas partes. Que cualquiera diría que el dolor tendría que centrarse en el pecho o, como mucho, en el piticlín (que también), pero es que he llegado a tener agujetas en los dedos de los pies.
LOS DEDOS DE LOS PIES.
Que yo no sabía ni que teníamos músculos ahí, pero ahora lo tengo clarísimo.
-El problema -me dijo el monitor- es que tienes que ser más constante.
-Es que solo puedo venir un día a la semana, y a veces ni eso.
-Lo ideal es que vengas a dos sesiones a la semana, como mínimo.
-Puedo hacer dos sesiones el mismo día.
-Eso no es lo que...
-¿Cómo es la clase de antes? -le pregunté. Que era un pregunta retórica, porque yo ya me había fijado en que las que salían de clase eran un 99% viej...ancianas y que salían como muy frescas, así que ya me imaginaba que la clase no era de alto impacto, precisamente.
-Bastante tranquila.
-¿Será demasiado para mí hacer las dos clases seguidas?
-No, claro que no. Es muy relajadita. De hecho, quizá te venga hasta bien.
-Genial.
El problema, es que no pregunté genial para qué.
La semana siguiente, comprobé que me venía genial para, por ejemplo, experimentar un bonito paroxismo de dolor cercano a la muerte mientras las viej...ancianas, sin despeinarse los cardados, hacían cosas como sostenerse en equilibrio perfecto sobre tres dedos (dos de las manos y uno de los pies). Que ya me dirás para qué necesita una viej...anciana semejante virtuosismo, con lo a gusto que estarían en sus casas viendo a Ana Rosa Quintana.
El caso es que la clase "relajadita" resultó ser una clase de pilates+core con cinco minutos de relajación al final, que para cuando llegamos ahí yo no necesitaba relajarme, sino reanimación urgente, pero bueno. Cuando por fin escapé de allí, congratulándome por no haberme dormido mientras supuestamente estábamos meditando, me arrastré hasta la siguiente clase.
-¿Cómo lo llevas? -me preguntó el monitor.
-Perfectamente -le dije, porque las viej...ancianas estaban detrás y todos sabemos que se alimentan del miedo y la debilidad ajenas. Por eso les gusta tanto el descafeinado de bote, obviamente-. Pero creo que la semana que viene probaré algo que sea más de mi estilo.
-¿Cómo qué?
-No sé. ¿Tenéis alguna actividad en la que pueda estar sentada y mirando el móvil?
-Claro que sí -me dijo-. Está en la planta baja, justo donde pone "cafetería".
Pues he de decir que el miércoles pasado me levanté, preparé a los niños para el cole, me adecenté yo misma y cuando ya estaba para salir de casa me desplomé en plan no puedo con la vida. ZaraJota me dio un par de toquecitos con el palo de la escoba, comprobó que respiraba y se fue al colegio a llevar a los niños, porque con lo que cuesta vestirlos y eso una vez que están preparados estos van al cole aunque se hunda la tierra. Lo que pasa es que una tiene conciencia social y esas cosas, y al poco me di cuenta de que quizá no era la mejor de las ideas. "Creo que los niños no deberían ir al cole hoy", le escribí a ZaraJota, que ya estaba en la calle desafiando a los elementos. Bueno, como estaba floja y usé el micro el mensaje era algo así: "Cruz de los piños nado se rían las coles. Hoy", pero ZaraJota cogió a los niños y se dio la vuelta porque él es así y me lee el pensamiento. Acallada mi conciencia social, llamé a mi centro de salud y me contestaron a la primera, para que luego digan las lenguas maledicientes. Es verdad que me contestaron para decirme que mi médico no me podía atender, pero ese es un detalle sin importancia. Me dijeron que ya me llamarían y efectivamente, tan sólo seis horas después me llamó una señora muy amable.
-Te vas a venir mañana y te hacemos una PCR.
-Vale.
Para entonces yo ya tenía la conciencia social que echaba humo, porque justo el día de antes había estado:
En Motteau, con una amiga que, para más inri, acaba de tener un bebé.
En La Sombra, donde estuve firmando libros, moví un par de cajas y lamí el pomo de la puerta, como es mi costumbre.
En el gimnasio, donde, por cierto, también me mareé, pero lo achaqué a la cosa esa de hacer ejercicio, que a mí que me digan lo que quieran pero sano, sano, no me parece.
En la depilación láser, pero sólo para las piernas. Que a la hora de pillar el coronavirus daría igual, pero a la hora de salir en Telemadrid no es lo mismo que haber ido para que te depilen el ojete.
En la panadería, comprando el pan.
En el colegio, por supuesto, en la puerta de los pequeños y en la de los mayores, a la hora de la entrada y la de la salida.
Con una mamá a la que le llevé una bolsa de ropa.
-Como tenga coronavirus -le dije a ZaraJota- van a aislar a medio Madrid por mi culpa.
-Espera -me dijo- que todavía tienes que llegar hasta el centro de salud.
Debido a circunstancias de la vida y a que somos unos pachorros, nuestro centro de salud está a unos tres kilómetros de casa.
-¿Qué hago? ¿Me voy en autobús?
-Mejor en autobús que en el metro, ¿no?
-Claro, no vaya a ser que coja el metro y me contagie...
Por suerte, al día siguiente estaba mejor y me fui andando, porque no hay nada mejor que una caminata de tres kilómetros cuando te encuentras lo bastante mal como para que tu médico piense que podrías tener coronavirus.
Llegué razonablemente compuesta y me hicieron la PCR en un momento. Un momento muy largo. Como de una hora o así.
Sobre la PCR en sí misma sólo le voy a dar una estrella, porque a mí eso de que me penetren orificios así de pronto y sin unas flores o unos bombones antes por lo menos me parece súper frío.
Al menos debo reconocer que los resultados fueron muy rápidos.
-Tu test es negativo -me dijo la enfermera apenas un par de horas después.
-¿Y puedo hacer un trabajo para recuperar o algo?
-...No.
-Jo.
ZaraJota, en cambio, se puso muy contento.
-¡Qué bien!
-Pues sí, los niños pueden volver al cole mañana.
-Es verdad... Oye, y si no era coronavirus, ¿qué tenías?
Primero tuve un #relorzfunding que, ocho meses después, estoy a punto de dar por terminado.
Luego monté una empresa. La primera semana de marzo parecía un momento estupendo para hacerlo. SPOILER: no lo fue. No, definitivamente no lo fue.
Con todo, me he apañado para escribir, corregir, maquetar y publicar una docena de libros, y para colaborar en otros tantos.
Viendo como avanzaba la cosa también conocida como coronavirus, hice lo mismo que media España: mascarillas. Y ya que estaba, camisetas y otras cosas.
Como todos, también he aprendido a llevar la logística de la casa saliendo lo menos posible. Por primera vez en mi vida, he planificado menús completos con una semana de antelación, me he ido a la compra con una lista detalladísima y he aprendido a calcular el uso medio de papel higiénico por persona y día.
Por supuestísimo, he hecho pan todos los días.
Me he acostumbrado a las videollamadas en todo tipo de plataformas, al #videoclub de lectura, a las clases online y vía youtube.
Todo esto, por supuesto, con los niños en casa. Dos niños acostumbrados a estar de un lado para otro de 9 a 21 horas de lunes a viernes porque cuando no hay piscina hay música y cuando no hay música hay el cumple de algún amiguito, de pronto, encerrados en casa día tras día.
Como todas las madres y algún padre, he tenido que ser maestra, jefa de estudios, monitora de tiempo libre, psicóloga, animadora sociocultural, logopeda, cocinera, limpiadora, sargento, ordeno y mando. Las veinticuatro horas del día y sin dejar de trabajar ni un momento.
Y aunque he descubierto, también como mucha gente, que estar en casa es maravilloso (quién nos lo iba a decir...) lo cierto es que también estoy mentalmente agotada.
Necesito unas vacacioncillas.
Por supuesto, seguiré en Twitter porque soy una adicta.
Además, mis libros siguen a la venta en papel en la librería La Sombra de Madrid, que durante todo el mes de agosto envía gratis a toda la península los pedidos superiores a 25 €.
También los podéis encontrar en formato electrónico en Lektu.
Nos vemos de nuevo el 31 de agosto, si el mundo no se acaba antes.
Me han quitado el baneo del gimnasio y estoy muy indignada porque ahora no me va a quedar más remedio que ir.
El problema es que no se a qué ir.
–A ver, ¿a ti qué es lo que te gusta hacer? –me preguntaron el primer día.
–Nada.
–Mujer, algo te gustará.
–Estirarme en el sofá a leer.
–Algo de deporte.
–Ah... No, nada.
–Entonces lo mejor que puedes hacer es ir probando actividades hasta que encuentres una que te guste.
Yo dudaba seriamente: no se trata de que no me guste una actividad u otra, es que no me gusta la actividad a secas, lo que pasa es que no me gusta llevarle la contraria a gente que puede levantar mi peso con el dedo gordo del pie. Sobre todo teniendo en cuenta mi peso.
Así que primero me apunté a hipopresivos para ver si me gustaba, pero resultó que no tenía absolutamente nada que ver con jugar al tragabolas, y luego me apunté a mantenimiento pero resultó que no tenía absolutamente nada que ver con cambiar bombillas y me empecé a desanimar porque ya había probado por lo menos dos actividades y no me había gustado ninguna, y cuando ya estaba pensando en provocar accidentalmente que me volvieran a banear alguien me recomendó ir a una clase de musculación con los niños.
–Es una sesión para familias, lo que se hace es jugar con pelotitas y cosas así –me dijeron.
Y ME MINTIERON.
Nada más entrar,el monitor dijo que cada adulto tenía que coger un step, una esterilla, dos mancuernas y una barra con sus dos pesas y otra extra suelta. Desde mi punto de vista, solo acarrear todo aquello hasta el hueco que nos habían dejado ya contaba como ejercicio para toda la semana, pero además el monitor pretendía que hiciéramos cosas como ponernos en cuadrupedia que vaya, a mí me gusta mucho Ben-hur y todo eso, pero habiéndose inventado el motor de combustión dime tú a ver qué falta nos hace.
–Muy bien –dijo el monitor, que para mí que padece de optimismo–: ahora quiero que los adultos os pongáis en cuadrupedia, elevéis el brazo izquierdo con la mancuerna de cinco kilos en la mano, la pierna derecha con el step en pino puente inverso y hagáis flexiones con el brazo derecho mientras hacéis la declaración de la renta con el dedo gordo del pie izquierdo y cantáis la Macarena soto voce in crescendo piano piano si arriva lontano.
O algo así. Yo me perdí en el "muy bien", para qué nos vamos a engañar.
–¿Y los niños? –preguntó alguien.
–Los niños que jueguen con las pelotas.
–¿Puedo jugar yo también con las pelotas? –pregunté.
Es que me gusta tocar las pelotas.
–Claro, como prefieras –me dijo el monitor–. Pero entonces será como si no estuvieras haciendo nada.
Parece que al fin he encontrado la actividad perfecta para mí.
Me he apuntado al gimnasio. En septiembre.
Lo que pasa es que desde entonces he ido poco. Tres veces.
No es por falta de ganas: me instalé la app en el móvil, todas las semanas reservaba las clases a las que me gustaría ir... y todas las semanas las iba anulando a medida que el lunes hay reunión del AMPA, el martes la niña tiene anginas, el miércoles tengo un examen, el jueves me traen un paquete del #lorzfunding, el viernes hay tutoría, el sábado... Bueno, os hacéis una idea.
La semana pasada me vi con la agenda del miércoles vacía y me vine arriba: reservé una clase de zumba por la mañana y otra de boxeo en familia por la tarde. Y por supuesto, cuando amaneció el miércoles Nene-kun tenía gripe.
Intenté anular las clases pero cada vez que entraba en la app me salía un mensaje de "en estos momentos no se pueden realizar reservas" y yo le gritaba al móvil que no quería hacer una reserva sino deshacerla, pero el móvil a lo suyo, y seguramente tenía que haber seguido intentándolo pero la verdad es que a la cuarta vez que entré en la app y leí lo de "en estos momentos no se pueden realizar reservas" solté una palabrota muy gorda y ya no volví a entrar...
hasta varios días más tarde, cuando quise reservar y me encontré que debajo de cada clase en lugar de un botón de RESERVA YA había un cuadrado muy negro y muy acusador con la palabra PENALIZADO.
–El gimnasio me ha baneado –le dije a ZaraJota.
–Estoy muy orgulloso de ti: has conseguido que te echen de un sitio ANTES de que hayas conseguido entrar.
–No creo que sea permanente.
Y, cierto como el sol que me da calor, a los pocos días pude volver a hacer reservas.
Reservé una clase de mantenimiento y me dije a mí misma que esta vez iría, pasara lo que pasara y pasase lo que pasase.
Y fui.
Llegué a los tornos de entrada, pasé mi tarjeta, puse el dedo índice en el lector de huellas dactilares porque en ese gimnasio nunca sabe uno si va a hacer zumba o espionaje internacional, y en el lector salió el mensaje: LA HUELLA DACTILAR NO SE CORRESPONDE CON LA TARJETA DEL USUARIO.
Me miré el dedo. Parecía el mismo de siempre.
Miré la tarjeta. Las tarjetas son todas idénticas y tenemos cuatro, una para cada uno, así que el primer día escribí en cada tarjeta la inicial de su titular con rotulador indeleble. Podía haber escrito el nombre completo pero, ¿para qué?
Con una sola letra parecía suficiente.
Hasta aquel momento, allí parada delante de los tornos con la tarjeta en la mano, no se me había ocurrido que ZaraJota y yo tenemos la misma inicial.
Mierdaaa...
Ya no me daba tiempo a volver a casa a por mi tarjeta. Lo único que podía hacer era anular la reserva en la app del móvil pero por supuesto cuando lo intenté me salió un mensaje de error.
Mierdaaa...
Me fui al mostrador de recepción con la cabeza gacha.
–Es queeee... tengo clase ahora, y me he traído la tarjeta de mi marido en lugar de la mía.
–Deberías ponerles algo con rotulador para distinguirlas.
–GRAN IDEA, SÍ, OJALÁ SE ME HUBIERA OCURRIDO.
–Bueno, te puedo hacer un churruflex en el firlollo del whatever para que hoy, de manera excepcional, puedas entrar con la tarjeta de tu marido, pero eso te supondrá una penalización, por supuesto.
–¿Y si me cancelas la reserva?
–Te la puedo cancelar, pero como quedan menos de quince minutos para que empiece la clase te penalizará igual que si no hubieras venido.
–Entiendo. Pues si me vais a poner una penalización haga lo que haga, prefiero quedarme a clase.
–Estupendo. ¡Recuerda que si acumulas dos penalizaciones te baneamos de la app y no puedes hacer reservas!
–Lo sé. Lo sé.
Me fui a la puerta de clase cabreada por mi penalización (por llevar la tarjeta equivocada) pero dispuesta a que no me penalizaran por nada más.
Que me gustaría ir a más de una clase al mes, jo.
Pero en la puerta de clase hay otro lector de tarjetas y por supuesto cuando fui a pasar la mía daba error.
–Qué raro –dijo el monitor–. Dice que no tienes reserva.
–Si yo he reser... Ay, es que es la tarjeta de mi marido y claro, él no ha reservado.
–Ya veo. Bueno, no te preocupes, puedes entrar de todas formas.
–¿Y cómo sabrá la app que he venido yo?
–No lo sabrá, supongo que te penalizará como si no hubieras venido.
Y luego dicen que quien no hace deporte es porque no quiere.
El sueño de mi vida era depilarme las ingles con láser.
Bueno, no.
En realidad el sueño de mi vida era que me dieran un Oscar, me da igual en qué categoría (siempre que sea una de las chulas, no de las que dan durante los anuncios), subirme al escenario, decir que no me lo esperaba, que no tengo nada preparado... y sacarme del escote un taco de papel continuo con el guion de unas seis horas de discurso.
Pero, a falta de Oscar, lo de depilarme las ingles con láser podía valer.
Así que me fui a uno de esos sitios de aspecto inocente donde te prometen librarte del pelo de las ingles para siempre y dije:
–Hola, quiero depilarme las ingles con láser.
–Muy bien, muy bien, pero no hacía falta que se bajara los pantalones todavía.
–Ah.
–Mire, la depilación de las ingles sale a treinta euros la sesión, pero ahora mismo tenemos una oferta para zona íntima que sale muchísimo más barato y que te incluye el pubis y la zona perianal.
–¿La zona periQUÉ?
–Perianal.
–...
–El culo.
–Ah... pero yo no tengo pelos en el culo.
–Créeme: todas tenemos pelos en la zona perianal.
Le dije que me lo pensaría y me fui a casa a mirarme el culo con un espejo a darle vueltas al asunto.
No estaba segura de querer hacerme la depilación definitiva de la zona perianal.
Primero, todavía no estaba convencida de tener pelos en el culo porque por más que me retorcí espejo en mano no vi ninguno.
Segundo, me daba la impresión de que quemarse los pelos del culo con láser tenía que doler infinito.
Y tercero, pero no por ello menos importante, no me quitaba de la cabeza las sabias enseñanzas del refranero español: Digan lo que digan, los pelos del culo abrigan.
Por supuesto, y como seguramente la señora de la clínica había previsto, al final pesó más el argumento de la oferta, y un maravilloso día me fui a que me depilaran tó lo de abajo con láser.
La verdad es que iba muy tranquila. Es cierto que para cualquier persona normal, desnudarse de cintura para abajo, subirse a una camilla y que una desconocida te haga cosas (dolorosas) en los bajos puede resultar un poco violento, pero claro, yo no soy una persona normal: soy una madre. Cuando has pasado por dos embarazos, lo de subirse a una camilla y despatarrarse con el matojo al viento ya es que ni te altera.
¿Y las descargas del láser?
Por favor. Por ahí ha pasado una cabeza. Y QUÉ CABEZA.
Así que la depilación frontal la llevé razonablemente bien y ya estaba dispuesta a levantarme de la camilla cuando la depiladora me dijo:
–Espera, que falta la zona perianal.
–No, no, si no hace falta.
–Mujer, ya que la has pagado.
–PUES SI LA HE PAGADO LA QUIERO.
Que no se vive una década con un catalán sin que se te pegue algo.
–Muy bien, pues ponte boca abajo.
Yo me puse boca abajo con muy buena disposición porque nunca hay que llevarle la contraria a una persona que está a punto de achicharrarte el ojete con un láser.
–Separa las piernas...
Y las separé, lo que pasa es que yo soy así como de carnes abundantes y culo prieto (la zumba es muy mala para eso) y claro, allí no se veía el fondo, así que la pobre criatura tuvo que apartar los cachetes con gran dificultad y, sospecho, mantenderlos separados apuntocándolos con un palo.
Entonces tuvo que rasurar con maquinilla porque a ver, aquello debía ser como la selva virgen, jamás tocada por cera, maquinilla o pinza de depilar alguna. De ahí salió pelo como para rellenar una almohada, creo, y digo creo porque yo no lo vi, porque seguía boca abajo con el culo en pompa, pero me hago una idea aproximada porque de pronto vi a la esteticista enchufando una aspiradora de mano y dirigiéndose hacia mi trasero con cara de determinación.
Y después de eso vino el láser.
Cuando la buena mujer terminó y mis cachetes volvieron a reunirse, me senté en la camilla y me puse a mirar el vacío mientras me replanteaba mi vida.
O sea, ¿quienes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿De verdad era tan necesario que me depilara el ojete?
Entonces la esteticista me dijo:
–Bueno, te dejo sola para que te vistas.
Claro, no vaya a ser que sienta mi intimidad invadida o algo así.
–Hola, Lorz, ¡cuánto tiempo!
–Sí, tenemos que quedar más.
–Cuando tú quieras, ¡yo ahora estoy en paro y tengo todo el tiempo del mundo!
–Pues podemos quedar alguna mañana a tomar un café.
–No, por las mañanas imposible, estoy haciendo un curso de cosas.
–Pues por las tardes.
–Por las tardes cuando quieras.
–Genial, podíamos quedar el lunes que viene.
–¡Claro! Ay, espera, no, los niños tienen piscina.
–Oh, vaya. Pues el martes.
–Música.
–¿Miércoles?
–Catalán. No preguntes.
–¿Jueves?
–Zumba.
–No voy ni a preguntar por el viernes.
–Música.
–¿Y los findes?
–¡Totalmente libres!
–¡Genial! ¡Quedamos el finde!
–...
–Acabas de decir que totalmente libres...
–Este sábado tengo una cena con mi familia. ¡Pero el domingo lo tenemos libre!
–¿En serio?
–¡En serio!
–¡Quedemos el domingo!
–...espera, que justo este domingo tenemos un taller.
–Ah.
–Pero tenemos que quedar.
–Claro que sí, cuando te venga bien.
–Cuando tú quieras, ¡yo ahora estoy en paro y tengo todo el tiempo del mundo!
Desde que nos mudamos a la casa nueva no han parado de ocurrirnos desgracias: sin ir más lejos, la semana pasada nos apuntamos al gimnasio.
La decisión tiene una cierta lógica, porque resulta que apuntar solo a los niños a la piscina costaba más o menos lo mismo que apuntarnos los cuatro a todo, pero, como le dije a ZaraJota, a veces en la vida hay cosas más importantes que el dinero. Como, por ejemplo, pasar la tarde en el sofá viendo Netflix, por decir lo primero que se me ha venido a la cabeza. Pero todos mis argumentos cayeron en saco roto y, contra mi expresa voluntad, ZaraJota, los niños y yo acabamos apuntados al gimnasio.
–No pienso ir –declaré.
–Pero Lorz –dijo la recepcionista, que para mí que las entrenan en la CIA o algo así–, ya que estás pagando aprovecha y vente a alguna actividad. Mira, tenemos yoga, pilates...
–No, no, no y NO.
–También tenemos actividades en familia –insistió la recepcionista, que es que huelen la debilidad porque si no es que no me lo explico–, podrías venir con los niños.
–¡¡¡Sí, mamá, yo quiero ir contigo!!!
–Pero Nena-chan, si no sabes ni a qué...
–Pero yo QUIEROOOO...
Así fue como, sin haberle hecho yo nada malo a nadie en la vida, acabé en una clase de zumba en familia.
Bueno, acabamos.
Se ve que ZaraJota no se atrevía a dejarme sola zumbando.
–Que conste que solo he venido para hacer control de daños –me dijo–. Sabes perfectamente que no me gusta bailar, ni la gimnasia, ni estar con otras personas, ni que me vean en público contigo. Y a la primera broma que hagas con el nombre de la clase aquí te quedas porque lo que es yo me voy.
–¿Pero te irías... zumbando?
–¡¡¡LORZ!!!
–Vale, vale, ya paro.
Lo cierto es que ZaraJota no se tendría que haber preocupado porque yo hiciera chistes: en el momento en el que empezó la clase se me quitaron las ganas de bromear. Y de hablar. Y de seguir viviendo. Lo único que me preocupaba era no sufrir un triple infarto coronario-cerebral mientras intentaba seguir los pasos de la profesora.
Cuando terminó la primera canción me dolían hasta los dientes de leche, que se me debieron caer allá por 1986.
Y no exagero: de verdad se me empezaron a caer en 1986.
Me dolían las piernas.
Me dolían los brazos.
Me dolían los párpados.
Pero lo que más me dolía era la traición de ZaraJota, que estaba dándolo absolutamente todo en la clase.
ZaraJota haciendo zumba. Dramatización.
–¡Me dijiste que no te gustaba bailar! –le dije.
–Y no me gusta.
–¿ENTONCES QUÉ C*Ñ* ESTÁS HACIENDO?
–¿Esto? No lo puedo evitar: llevo el ritmo en el cuerpo.
–¿Se podría decir que estás... zumbado?
Y encima va y se enfada.
ZaraJota me ha dicho que se iba a duchar y lleva media hora en el baño, que no quiero ni pensar en lo que estará haciendo allí (lo más probable es que se haya quedado dormido de pie mientras se ducha).
Y yo iba a escribir algo, pero solo se me ocurre una cosa y no sé si es buena idea, probablemente no.
Ahora que Bebé-kun ya no mama cada hora nos hemos apuntado a matronatación, que es eso de que llevas a tu bebé a la piscina y lo lanzas al agua y nada perfectamente y entonces comprendes que la Madre Naturaleza es sabia y todos estamos en perfecta comunión con ella, y entonces te dan ganas de tomarte un tinto, porque siempre que oyes la palabra "comunión" te entran ganas de beber tinto, aunque nunca entenderás por qué.
Lo que pasa es que algo hemos debido hacer mal, porque la primera vez que solté a Bebé-kun en el agua en vez de nadar se hundió del todo y encima el monitor se enfadó conmigo, y por más que intenté explicarle que con esa actitud JAMÁS iba a entrar en comunión (mmmm... tinto) con la naturaleza no me hizo caso, y Bebé-kun acabó envuelto en diversas capas de gomaespuma: un churro anudado en la cintura, una placa metida en el bañador y unos manguitos de la talla del niño.
Y cuando digo que los manguitos eran de la talla del niño me refiero a que eran de su tamaño. Exactamente su mismo tamaño.
El monitor me dijo que lo sostuviera por la tripa, pero entre todo aquello yo no veía la tripa por ninguna parte, y además después del experimento de lanzarlo al agua el niño como que me había cogido manía: cada vez que me acercaba empezaba a darme manotazos y a gritar. Así que me pasé prácticamente toda la clase fingiendo que lo sostenía, mientras La-Bola-De-Gomaespuma-Antes-Conocida-Como-Bebé-kun nadaba de un lado para el otro él solo, canturreando.
La primera sesión, quitando el tema del hundimiento, fue un completo éxito: Bebé-kun estaba encantado. Bueno, esto fue hace ya cuatro o cinco meses, en una época en la que el pobre chiquillo hacía poco más que llorar y retorcerse de dolor, así que verlo reírse durante media hora a la semana a mí me parecía lo más de lo más.
-Vamos a seguir yendo -le dije a ZaraJota, en casa, mientras preparaba la comida.
ZaraJota suspiró.
-Sabes que eso implica hacer algunos sacrificios.
-Lo sé, lo sé... Pero he estado pensando mucho, y creo que puedo hacerlo.
-¿Hablar con otras mamás? ¿En el vestuario? ¿Como si fueras normal?
-Lo que sea por Bebé-kun -le contesté con lágrimas en los ojos.
Es que estaba picando cebolla.
Pues bien, los meses pasaron y no os lo vais a creer, pero seguimos con las clases de matronatación, sin cejar en nuestro empeño, y poco a poco fuimos conociendo a otras mamás y a sus enanos, e incluso mantuve conversaciones con ellas. Conversaciones normales de persona normal.
Bueno, de persona normal no, de madre. Pero de madre normal.
Hasta la semana pasada.
El día de la clase nos levantamos tempranísimo, como siempre.
Desayunamos a toda prisa, como siempre.
Preparamos todos los arreos, como siempre.
Salimos corriendo a matronatación, como siempre.
Llegamos al vestuario, como siempre.
Le puse el bañador a Bebé-kun, como siempre.
Me despeloté, como siempre.
Me vino la regla a chorro, como siem... ¡ME C*G* EN TÓ LO QUE SE MENEA!
El vestuario estaba a rebosar de mamás y sus respectivos niños, y yo estaba ahí en plan, bueno, ya os imagináis, y Bebé-kun había salido corriendo mientras agitaba mis braguitas (manchadas de ya-sabéis-qué) en la mano, que ahora que los pienso la culpa va a ser de su padre por ponerle Dragon Ball.
En fin, no voy a entrar en detalles. El caso es que volví a casa una hora antes.
-Uy -me dijo ZaraJota-, ¿es cosa mía o es que hoy has vuelto antes de lo normal?
Estoy de 26 semanas, que en klingon significa estar algo así como de seis meses.
Un poco menos, en realidad.
Me quedan todavía tres meses de embarazo y en estos momentos estoy así:
Bueno, esta foto es de la semana pasada; esta semana ya no me he podido hacer porque se me sale la tripa del espejo.
Y mi ombligo, esa víctima inocente, está... bueno, está a punto de dejar de estar:
La gente por la calle ya ha empezado a preguntarme si me queda poquito y yo ni les pego ni nada, lo cual dice mucho de mí.
En concreto, dice mucho de mi pérdida de movilidad.
Cuando les digo que me quedan todavía tres meses me dan palmaditas en la espalda; supongo que para ver si soy como un bote de ketchup y el niño sale ya por el otro lado, no lo sé.
Al médico la barrigota no parece preocuparle demasiado, pero está empeñado en que no gane más peso.
-¡Si solo he hecho tres kilos! -protesté en la última visita. Se supone que entre placenta, líquido amniótico, bebé y... bueno, tetas, un embarazo implica algo así como como un kilo extra al mes. En seis meses he hecho tres. Eso significa que Bebé-kun ha ganado los otros tres a mi costa.
Pero el médico lo veía de otra forma.
-Ni uno tenías que haber hecho.
Y me puso a dieta, que no es mala idea así en general, pero si sumas todo lo que las embarazadas no pueden comer por estar embarazadas y todo lo que yo no puedo comer por estar a dieta, el resultado es que básicamente me alimento de agua con un chorrito de limón. Eso sí: ahorro muchísimo.
El médico también me recomendó que hiciera deporte.
-¡Estupendo! Siempre he querido hacer puenting.
-Eh... mira, tú anda mucho y ya está.
Pero lo de andar está difícil porque estamos a algo así como 35º, y yo tengo la tensión muy baja y me mareo, y además tendría que ir a andar con Bebé-chan y en cuanto llevamos un rato enseguida me dice TOY CANCHADA QUERO BRACHOS MAMÁ, y entonces la cojo en brazos, y estamos a algo así como a 35º y yo tengo la tensión muy baja y me mareo, y hace un par de semanas me desplomé en la calle con Bebé-chan en BRACHOS, y desde entonces como que le he cogido tirria al tema de andar sin necesidad. Manías tontas que coge una.
Entonces pensé en ir a la piscina pero me dijeron que el curso de natación para embarazadas termina en junio, que para mí que está un poco mal planteado el tema pero yo no digo nada porque no soy partidaria de criticar a los demás solo porque sean tontos del culo.
Descartada la piscina, la única opción que cuadraba con mis horarios era el pilates.
-¿Me enseñarán a matar con las manos desnudas?
-Eh... no -dijo la recepcionista del gimnasio-. Pero te ayudará a reforzar tu suelo pélvico.
-¿Y podré matar con el suelo pélvico desnudo?
-Eh... no.
Pues vaya mierda.
La recepcionista, ajena a mi decepción, empezó a explicarme cómo iban las clases.
-En realidad no es una clase específica para embarazadas -me dijo.
-¿Entonces?
-Es una clase mixta, vienen alumnos de básico, de avanzado, con lesiones específicas... La monitora hace algunos ejercicios comunes, y otros específicos para las necesidades de cada uno. Pero tú no te preocupes, que ya me encargo yo de avisar a la monitora de que estás embarazada.
Avisar, dice. Ni que estuviera ciega, la tía.
Los primeros días fueron muy bien. La monitora me dijo que de entrada yo podía hacer todos los ejercicios, y que si había alguno que no, me avisaría.
Así que yo iba haciendo todos los ejercicios, hasta que en alguno la monitora gritaba:
-¡LORZ! ¡ESTE NO LO HAGAS! ¡POR DIOS!
Y yo no lo hacía.
Un día, cuando ya llevaba un par de semanas, vino una monitora diferente. Se presentó y nos dijo que tendría en cuenta nuestras peculiaridades, y empezó la clase.
-Ahora vamos a hacer el no sé qué -decía-. Fulanita, tú no.
O bien:
-Ahora vamos a hacer el no sé cuántos -decía-. Menganita, tú no.
Y llegó un momento en el que dijo:
-Ahora vamos a hacer el ejercicio de la vela.
El ejercicio de la vela consiste en tumbarse, levantar la piernas hasta que se quedan en posición vertical, subir la espalda hasta que queda en posición vertical, y luego flexionar las rodillas.
¿Que qué?
Esto:
En fin. Como no me habían dicho nada, yo levanté mis piernas. Bien.
Luego levanté la espalda. Bien.
Luego flexioné las rodillas. Bien.
Y luego perdí el equilibrio y mis rodillas cayeron sobre mí cara, pero antes toparon con mi tripa y ahí me quedé, hecha una bola, y ni para adelante ni para detrás. -So-co-rro... -dije.
La monitora vino a mi lado y me ayudó a desenredarme y a quedarme tumbada, y luego se ofreció a ayudarme a repetirlo para que saliera bien.
-Creo que no debería hacer este ejercicio -le dije.
-¿Por qué? ¿Tienes alguna lesión?
-Eh... no. Tengo una preñez.
-¿En serio? No me había dado cuenta.
Pues lo mismo sí que había que avisar a las monitoras...
Interrumpimos la programación habitual porque hoy es el Día del Libro. ¡Bien! ¡Bien! ¡Fiesta! Y para celebrarlo, voy a hablar del libro que últimamente centra todos mis pensamientos (los dos), este:
Sí, ya, no es que sea muy glamuroso...
Y como es un libro muy largo, voy a hablar de la historia que más me ha gustado, la de Los Doce Trabajos de Heracles.
Heracles era un héroe griego al que posteriormente se le conocería como Hércules, posiblemente porque sonaba más comercial. Heracles realizó una serie de hazañás a las órdenes de su primo Euristeo, que además era el rey de la Argólida. No me preguntéis dónde está la Argólida. La he estado buscando en Google Maps y no sale. El motivo por el que realizó dichos trabajos no está muy claro, aunque recientes investigaciones sugieren que la gente se aburría mucho antes de que se inventara el WOW.
La primera prueba que le puso Euristeo a Heracles fue derrotar el león de Nemea, un monstruo malo malísimo de la muerte que asolaba la región. Heracles lo mata, lo despelleja, usa su cráneo como casco y su piel como vestimenta. Tenía que ir monísimo. Cuando fue a entregarle el botín a Euristeo, éste se fue por la patilla de ver lo bruto que era su primo, y le dijo que no hacía falta que entrara en la ciudad, si eso que dejara el botín a las puertas y ya lo recogería o algo.
La segunda prueba fue derrotar a la hidra de Lerna, una serpiente acuática mala malísima de la muerte, con varias cabezas y aliento venenoso, que por razones que nadie llega a comprender no tenía amigos. Heracles intentó cortarle las cabezas, pero le volvían a crecer, lo que, si alguien me pregunta mi opinión, es muy práctico. Como vio que no podía con ella le pidió ayuda a su sobrino Yolao, que fue cauterizando las heridas según Heracles cortaba las cabezas para que no volvieran a crecer. Cuando fue a contárselo a su primo, Euristeo le dijo que este trabajo no contaba porque había recibido ayuda, aunque fuera de Yolao, que con ese nombre debía ser bastante moñas.
La tercera prueba fue capturar al jabalí de Erimanto, una bestia mala malísima de la muerte. No debió de ser gran cosa, francamente, después de un león y una hidra, no sé, el jabalí como que te sabe a poco.
La cuarta prueba fue enfrentarse a la cierva de Cerinia, un animal malísimo de la muerte que asolaba las cosechas. Venga, va, ¿en serio? Vale lo del león. Vale lo de la hidra. Vale lo del jabalí. ¿Una cierva? ¿Qué es lo peor que puede hacerte? ¿Mirarte con ojos de Bambi hasta que llores? Vaya m**rda de prueba.
La quinta prueba fue matar a las aves del lago Estínfalo. Esto está degenerando cosa mala. Lo siguiente será cazar un ratón o abrir un bote de mayonesa, ya lo verás.
La sexta prueba fue limpiar los establos de Augias. Menos mal. Augias era el rey de Élide, y tenía los establos hechos una caca. Literalmente. Además, como el estiércol estaba acumulado en los establos el campo no se abonaba y no le crecía ni un matojillo. Esta parte no la entiendo. Se ve que las ovejas de Augias sólo hacían caca indoor, o que si hacían caca en el campo la recogían y la echaban en el establo, las muy c*br*n*s. Sea como sea, Euristeo ordenó a Heracles que limpiara los establos. Se ve que quería humillarlo obligándole hacer un trabajo servil, aunque determinados expertos (yo) sospechan que cuando se levantaba airecillo de poniente debía llegar el tufo del establo a toda Grecia. Heracles acordó su salario con Augias, y después derribó las paredes del establo, cavó una zanja e hizo que dos ríos pasaran por allí y limpiaran todo. Se ve que Augias se negó a pagarle porque no quedó contento con el trabajo. Ahí tengo que darle la razón: primero se lo destroza, luego se lo inunda, le cae una multa por vertido ilegal al río y encima se le resfrían las ovejas. Un desastre. Euristeo tampoco quiso contarlo como trabajo, porque, como seguramente habréis notado a estas alturas, el pobre era un poco tocapelotas.
La séptima prueba era capturar vivo al toro de Creta, un bicho malo, malísimo, etc., etc... Heracles lo apresó y lo llevó a Grecia para ofrecérselo a Hera, pero Hera lo rechazó. A ver, es que como mascota debía ser pelín incómodo. Así que Heracles lo liberó. El resultado de esta prueba es que el toro malo malísimo de la muerte en lugar de estar dando por c*l* en Creta, lo estaba en Grecia. Euristeo debía estar encantado.
La octava prueba era capturar las yeguas del rey de Diomedes. Y cuando digo capturar, lo que quiero decir es robar. Las yeguas se alimentaban de carne humana. Heracles consiguió que devoraran a su dueño y cuando ya estaban saciadas se las llevó a Euristeo. La pregunta es, ¿cúando vuelvan a tener hambre qué?
La novena prueba era capturar el cinturón de la reina de las Amazonas. A estas alturas la fama le precedía y la reina decidió darle el cinturón voluntariamente. Esto dejó al público sumamente frustrado, así que Hera provocó una lucha entre los hombres de Heracles y las Amazonas, y se produjo el obligatorio baño de sangre. Ya sé lo que os estáis preguntando: ¿A qué espera la HBO para hacer una serie sobre esto?
La décima prueba era capturar los bueyes de Gerión, custodiados por un gigante con tres cuerpos y tres cabezas. Espera, si tenía tres cuerpos y tres cabezas, ¿no serían tres gigantes? ¿O uno que se movía muy rápido? El único interés de esta prueba es que Heracles levantó a sus paso las dos columnas de Hércules: el peñón de Gibraltar y el de Ceuta, que entonces no se llamaban así, claro. Heracles le llevó el ganado a Euristeo que lo sacrificó en honor de Hera.
La undécima (o oncécima) prueba fue secuestrar al can Cerbero, un perro de tres cabezas que custodiaba la puerta del infierno. No sé si cuenta como secuestro porque le pidió permiso al propietario, así que fue más bien un préstamo. En el infierno Heracles se encontró a un montón de colegas, entre ellos al rey Meleagro, que le contó su historia y Heracles, conmovido, le prometió casarse con su hermana Deyanira. Así que el tal Meleagro ve aparecer en el infierno a un tío bestia con un modelito de piel de león, y le dice, "oyes, que sufro mogollón, me ayudaría bastante si te casaras con mi hermana". La opinión de la hermana nos la trea fresca, claro. Pero es que además, imaginaros el numerito: -Oyes, que he estado hablando con tu hermano muerto, y que dice que me case contigo. -Pues es la peor excusa para ligar que he oido nunca. Total que Heracles coge al perro y se lo lleva a Euristeo, que se asustan tanto que le dice que si eso que mejor lo devuelva al Infierno, y ya irá a verlo en fines de semana alternos o algo.
Y por fin la última, la duodécima (o docécima) prueba: las manzanas de oro de las Hespérides. Gea le regaló a Hera unas manzanas de oro, y Hera las mandó plantar en su jardín, haciendo que las custodiaran un dragón malo malísimo de la muerte y, ejem, tres ninfas. A estas alturas de la historia Hera iba corta de monstruos, por lo que se ve. De camino, Heracles mató y torturó a un par de personas más, y de paso liberó a Prometeo, que estaba encadenado a una roca donde un águila le comía los higadillos cada día. Prometeo, muy agradecido, le contó a Heracles que no debía coger las manzanas por sí mismo, porque sólo las podía coger Atlante. ¿Por qué? Eh... ¡lo hizo un mago! Atlante era un gigante que había sido castigado por Zeus a sostener el cielo sobre sus hombros. Heracles se ofreció a sostenerlo un ratito a cambio de que le cogiera las manzanas. El gigante aceptó, pero cuando tuvo las manzanas en la mano le dijo a Heracles: -Oyes, que si eso ya te quedas tú ahí sujentando el cielo, y ya le llevo yo las manzanas al plasta de tu primo. Heracles vio que le acababan de tangar e ideó una estratagema. -Vaaaaaaale -le dijo-, pero si me voy a quedar más rato por aquí será mejor que coja una almohadilla cervical o algo. ¿Te importa sostener el cielo un ratito mientras busco una? -Vale. Y sí, Atlante volvió a coger el cielo sobre sus hombros. Muy listo no era, el chaval. En cuanto se vió libre, Heracles cogió las manzanas y salió corriendo a todo correr a casa del primo. -Mira, que te he traído unas manzanas. -Pues ya no las quiero. Así que Heracles se las ofreció a Hera. -¿Ofrecer? ¡Si ya eran mías! Lo que hay que aguantar.
Para los griegos, el héroe personificó los valores atléticos de la competición, la superación y el esfuerzo, y también el triunfo de la astucia sobre la fuerza, lo que explica la frecuencia de su representación en la Antigüedad.
A mí, personalmente, me parece un vándalo, pero claro, como no soy griega, a lo mejor es que no lo estoy entendiendo bien.
Este fin de semana hemos estado en Barcelona en un viaje exprés.
Para aprovechar mejor el tiempo, viajamos en Ave; personalmente le tengo declarado la guerra porque los inodoros son muy altos y para hacer pis tengo que trepar al lavabo e inclinarme peligrosamente mientras el tren avanza a 300 km/h, aunque en este caso he tenido que claudicar porque hay que admitir que es lo más rápido que hay.
Y, para aprovechar todavía más el tiempo, decidimos coger el Ave que sale a las 6:30 de la mañana.
La estación de Atocha, a las 6:30 de la mañana.
Llegados a la estación, descubrimos con horror que en la cola para enseñar los billetes se encontraba todo un equipo juvenil de baloncesto, al que para mantener su anonimato llamaremos Estudiantes.
No me malinterpreten: seguro que son unos chicos estupendos. Pero cuando has dormido cuatro horas y tienes que meterte en un vagón de tren a las 6:30 de la mañana lo último que necesitas es un montón de adolescentes hiperactivos haciendo cosas de adolescentes, como concursos de eructos, p*j*s en grupo o pincharse heroína en los ojos, lo normal a esas edades.
Ojo, que no digo que estos adolescentes en concreto lo hicieran.
-Espero que no les toque en nuestro vagón-le dije a ZaraJota™.
-No te preocupes, seguro que esos van en primera.
Conseguimos pasar el control (duda existencial: porqué te hacen pasar el equipaje por los rayos X si el segurata está, invariablemente, de charla con el de mantenimiento y no mira la pantalla ni por casualidad), enseñar los billetes, subir al vagón y encontrar nuestros asientos.
Estaba amodorrándome lentamente cuando empezaron a entrar en el vagón adolescentes altísimos en chándal.
-No te preocupes Lorz, no son los del equipo de baloncesto que hemos visto antes.
-¿No?
-No, son de otro.
Efectivamente, eran de otro equipo, al que para mantener su anonimato llamaremos Real Madrid.
-No irán a Barcelona a jugar los unos contra los otros, ¿no?
-Los misterios del deporte son insondables, Lorz.
Tengo que reconocer que hace un tiempo manejo la teoría de que en realidad los adolescentes no son malas personas: es más, puede que ni siquiera sean personas.
Estos en concreto eran demasiado altos, las rodillas les topaban en los asientos, no paraban de removerse, se llamaban a gritos unos a otros, en un momento dado hubo una trifulca por unos auriculares y, llegado el momento cumbre, empezaron a contar chistes guarros. Primero los clásicos: que si el teto, que si la piragua... Luego empezaron a innovar.
-¿Te han hecho alguna vez una bisabuela?
-¿Una bisabuela?
-La mamá de la mamá de la mamá.
Francamente, puedo perdonar que el chiste sea guarro, que lo cuenten a gritos, incluso que me pateen el asiento para demostrar su entusiasmo, pero lo de que no tenga gracia es demasiado.
-Pobre entrenador. Lo deben tener frito. No puedo imaginar lo que deber ser intentar poner orden a estas fieras.
Así, en general, no me gusta jugar a los videojuegos. Creo que el problema es que tengo muy poca resistencia a la frustración: cuando el juego es difícil o se me da mal, enseguida lo dejo. Es que no entiendo dónde está la diversión. La vida ya es difícil, ¿no? Hay que trabajar y estudiar arte y aprender inglés y aprobar una oposición y sacarse el carnet de conducir y limpiar y planchar y cocinar y hacer caso de la familia y escribir en el blog y actualizar el facebook y twittear y escribir guiones y preparar vestuario y cantar y doblar y grabar y editar y youtubear y quedar con los amigos y ver las noticias y leer y ser amable con la portera y pagar los recibos y hacer la declaración de la renta y tratar a tu pareja como si la quisieras y dar una buena educación a tus vástagos.
Espera, vastago es un sinónimo de cobaya, ¿verdad?
Bueno, da igual. En el improbable caso de que me quede tiempo libre prefiero leer o ver alguna serie; lo último que necesito es preocuparme también porque un hortera con bigote salte sobre una p*t* seta gigante. Por ejemplo. Pero como soy una mujer de contrastes, hace poco he decidido comprarme una Wii. Me gusta como suena el nombrecito, ¿qué pasa? Me hacía gracia la idea de decir cosas como "me he comprado una güiiiiiiiiiiii" moviendo los bracitos. Cada uno se divierte como puede. Después de una búsqueda intensiva por la web, mis opciones se redujeron a dos: comprarla en la FACK o en el Triangulito Verde. Lo de la FACK no me apetecía porque estoy tirando a cabreada con esta tienda desde El Asunto Mocedades.
-flashback: El Asunto Mocedades.
Bastante antes de navidad hice dos pedidos por internet: uno a una página inglesa y otro a la FACK.
El pedido de la página inglesa tardó tres días, me lo trajeron a casa y no me cobraron gastos de envío. El pedido de la FACK tardó tres semanas, tuve que ir a recogerlo yo, y me cobraron gastos de envío.
En el momento pensé que merecía la pena porque aunque tuviera que ir yo no es lo mismo perder la tarde entera buscando por toda la tienda que tener el pedido preparadito y esperándote. Luego resultó que habían perdido parte del pedido y que tuve que volver tres veces y hacer una cola de una hora cada vez, y dejé de verle el lado bueno. Mientras tanto, ZaraJota™, por su lado, había hecho otro pedido. Su pedido tardó sólo un mes en llegar. El sábado siguiente a la recepción del aviso fuimos a recogerlo y nos dijeron que lo habían devuelto al almacén "porque hace más de un mes desde que se realizó el pedido, y si no se recoge en el plazo indicado se devuelve".
fin del flashback-
Después El Asunto Mocedades, incomprensiblemente, le he cogido manía a la FACK. No es que el Triangulito Verde sea mi tienda favorita, pero bueno. Después de conseguir encontrar la sección de videojuegos, que, por algún extraño motivo, está blindada, y de acechar durante bastante rato, conseguimos captar la atención de uno de los señores dependientes. -¿Qué desean? -dijo el señor. -¡La paz en el mundo! -No, Lorz, lo otro -intervino ZaraJota™. -Ah, sí. Quiero una Wii. -¿Cuál quiere? Lorzconsejo: a la hora de vender, conviene evitar las preguntas abiertas, escogiendo en su lugar preguntas en las que haya un número limitado de respuestas y que permitan conducir la decisión del cliente. -No sé. ¿Hay más de una? -Sí, claro. Lorzconsejo: proporciona información útil sobre el producto y adelántate a las necesidades del cliente. -Ah... Silencio incómodo. Miro al vendedor, el vendedor me mira. -¿Y cuáles son? -interviene ZaraJota™. -Es que las tenemos en el almacén. Lorzconsejo: Ofrece ejemplos que ilustren los beneficios del producto. En caso de que sea posible, haz una demostración. O al menos enseña la p*t* caja, en lugar de mantenerla en la trastienda como si fuera un artículo de contrabando. -Bueno, eh... yo quería una que viene con el Mario Kart. -Ah, ya. Pero es que esa es la roja. Lorzconsejo: da facilidades. Evita palabras que expresen negatividad o dificultad como "problema", "pero", "no", "imposible", "oigo voces", ect. -Pues esa entonces. -¿La van a comprar? Lorzconsejo: da por hecho que el cliente va a adquirir el producto. Transmite la sensación de estás tan convencido de sus ventajas que es imposible que el cliente no lo quiera. Si esto te resulta muy difícil, intenta, al menos, no disuadir a los clientes que vienen decididos a comprar.
-Sí. -¿Cuál, la blanca o la negra? Lorzconsejo: intenta fingir que escuchas a tu interlocutor. Te será util no sólo para conseguir la venta, sino en tu vida en general, especialmente con tu pareja y con tu madre. -La roja, ¿no? -¿Roja? No existe ninguna Wii roja. Lorzconsejo: si vas a reirte del cliente, hazlo después de que haya firmado y sin que se note.
He vuelto al gimnasio después de una larga ausencia (exámenes, trabajo, familia, vagancia) y ahora empiezo a comprender como se sentía Anakin después de que Obi-Wan le diera una paliza, le cortara las piernas, le arrojara a la lava y matara a su conejito.
Mucha pupita.
Es un gimnasio estupendo, solo para chicas, y especializado en... ejem... lorzas. Concretamente en la eliminación de las lorzas. La verdad es que por fuera más que un gimnasio parece la sede de una secta, porque está llena de rótulos: "entrena con nosotras", "sé tu misma", "haremos que te sientas satisfecha con tu cuerpo".
No estoy muy segura de ser yo misma, pero lo otro es verdad. Es decir, cuando llevas un cuarto de hora arrastrándote sobre el step empiezas a pensar que la verdad es que tu cuerpo tampoco está tan mal, y que para qué vas a esforzarte en cambiarlo. Sobre todo después de descubrir que además de resistencia, careces de ritmo, habilidad, flexibilidad, capacidad pulmonar y, en breve, de conciencia.
Además todo el mundo sabe que el gimnasio sólo se va a ligar y, si no hay suerte, mirar los bíceps de los tíos, y en este sólo veo un montón de chicas resoplando y escupiendo sangre. Yo entre ellas. Hay un espejo enooooooorme que cubre toda una pared. Cuando estás trotando o haciendo flexiones o abdominales o pesas o fingiendo que te has muerto para que el trainer te deje en paz miras al frente y piensas, jo, esa tía está como una foca... lleva el mismo chandal que yo, pero le queda de pena... mira como le asoman las bragas cuando se agacha... jo, si también son como las mías... y encima no para de mirarme, la gorda copiona...
Andá, que soy yo...
Total, que me duele tó, y estoy pensando en rendirme y dejarlo.
Pero me da pereza.
No sé en que momento se me ocurrió la gran idea de aprender a patinar, pero, a diferencia de los demás seres humanos, no surgió cuando tenía seis años, sino a los veinticuatro, que ya me vale, ya. Esta misma tarde, a la salida del trabajo, he ido a comprarme los patines, unos patines fabulosos, en línea.
Me dada un poco de vergüenza, así que he tomado aire, me he plantado delante del dependiente, y le he soltado del tirón:
-Hola, quiero unos patines lo más barato posible, porque sólo los voy a usar una vez; seguro que no vivo lo suficiente para una segunda.
-¿No sabes patinar? -me ha preguntado, muy amable, el chaval, y yo he negado con la cabeza-. No te preocupes: es como esquiar.
Qué bien, he pensado. Tampoco sé esquiar.
Diez minutos después tenía una caja enorme, que he paseado por medio Madrid, con el calor que hace. Me ha costado un güevo pasarla por los tornos del metro, y otro güevo más bajar con ella por las escaleras, porque además hoy he recogido las gafas nuevas (con nueva graduación), y el cálculo de las distancias me costaba un poco más de lo habitual.
Al fin he llegado a casa, y he conseguido meter los patines en una mochila. Incluso mi hermano, con su 43-44, lo ha conseguido. Y luego, al Retiro. Tenemos un patinódromo a cien metros, en el parque de la Arganzuela, pero no queríamos encontrarnos a nadie que nos pudiera reconocer, y además está todo en obras.
El Retiro estaba desierto, por suerte para nuesta dignidad; sólo una pareja dándose el lote.
Tanto mejor. Ni mi hermano ni yo sabemos patinar. En serio.
Así que hemos llegado, nos hemos puesto los patines y hemos intentado levantarnos.
Lo siguiente que recuerdo es que mi hermano gateaba panza arriba en el suelo mientras yo me abrazaba a una farola. Algo fallaba, aunque no sabíamos qué. Miré alrededor (buscando algo más a lo que agarrarme, por si la farola no era suficiente); la pareja había decidido que mirarnos era más interesante que darse el lote. Desde luego hay gente que no tiene claras sus prioridades.
Luego, mejoramos. Es cierto que a peor no podíamos ir.
Mi hermano se desplaza con bastante velocidad, aleteando de vez en cuando.
Yo he dejado las farolas: ahora me aferro a mi novio. Él no lo admite, pero se lo está pasando en grande, el muy malvado, con eso de ser imprescindible para mi verticalidad.
Hemos seguido practicando cerca de hora y media. Me duele todo el cuerpo. pero no voy a rendirme. Los jedi no se rinden.
Mañana más.
Y con un poco de suerte conseguiré que mi culo y mi cabeza lleven la misma dirección.