17 enero 2022

El circo


 He tenido una semana muy loca con tercera dosis de la vacuna incluida (me han puesto moderna para disimular que la tercera dosis es de viejos), así que escribo rápidamente solo para decir que del 21 al 23 de enero, lo que viene siendo esta semana de jueves a domingo, la editorial Cerbero organiza lo que ha dado en llamar el Circo de las Tres Cabezas.
Quien iba a decir que, después de nueve años diciéndole a mi hija que la iba a vender a un circo la que acabaría en un circo sería yo.
Son tres días de mesas redondas, talleres, actividades y un poco de todo.
Y, por oscuros motivos y seguramente con aviesas intenciones, me han invitado a participar en una charla.
Será el domingo 23 a las seis de la tarde en la Sala Imaginaria.
Sí, yo al principio también pensé que me la estaban colando, pero se ve que la Sala Imaginaria es real
Estarán también las maravillosas Patricia Tablado y Marina Such, y hablaremos de cómo hemos conseguido publicar nuestros respectivos libros (spoiler: implica violencia).
Podéis conseguir vuestras entradas aquí


10 enero 2022

La cabalgata



Quiero empezar el año con buenas noticias: la aspiradora apareció. 
Entonces resultó que el enchufe era raruno y tuvimos que buscar un adaptador, pero esa es otra historia y tendrá que ser contada en otra ocasión.
Probablemente nunca. 
Es que luego se me olvida.
Lo importante de esta semana ha sido la cabalgata de reyes, en la que hemos vuelto a participar después del parón del Año que no Existió. 
No voy a entrar en la polémica sobre si se tendrían que haber prohibido o no: los bares están abiertos sin límite de aforo y las aceras están tomadas por sus mesas, en las que no es necesario ni llevar mascarilla ni mantener la distancia. 
"Pero es que los bares dan dinero".
La cabalgata también. Cada carroza recibe 1000 € para decoración. Un dinerito que se gasta en el barrio, en luces, bridas, purpurina, bridas, telas y bridas. A veces también se compran bridas. 1000 € por carroza son muchos cafés, y además todos los implicados llevan mascarilla todo el tiempo. 
¿Lo de que se compran bridas lo he dicho ya? Es que son maravillosas, valen para todo. 
El caso es que nos dan el camión, lo decoramos (mayormente con bridas) y el día de la cabalgata nos plantamos con toda la ilusión en el tradicional descampado que sirve de aparcamiento, zona de montaje y secadero de jamones, porque no sabéis el frío que hace ahí.
Lo primero que notamos es que había muchísimas cajas de caramelos. Pero muchísimas. O sea, que yo ya tengo experiencia y calculo a ojo. 
-Como en la cabalgata del centro no van a tirar caramelos por el covid, los han repartido entre los barrios.
-Porque en los barrios no hay covid, claro.
-Sí que hay covid -me dijo un señor, muy serio-. Lo que no hay es ricos.
A mí me parecía que, en teoría, lo de darnos los caramelos del centro era ser un poco cabrón, pero en la práctica teníamos más caramelos que nunca (y más grandes, que no veas cómo se notaba los que eran para nosotros desde el principio y los que venían de segunda mano, por así decirlo) y no nos íbamos a quejar.
Entonces más o menos fue cuando empezó a llover. 
Bueno, no a llover, a diluviar. Diluviar nivel los camiones aparcados se bamboleaban bajo las oleadas de lluvia, las decoraciones salieron volando y los niños se pegaron a sus papás como si la vida les fuera en ello.
-Jajaja, cómo se van a poner los que van en el cordón de seguridad -le dije a ZaraJota.
-Tú vas en el cordón de seguridad.
-¿QUÉ?
-Nos ha fallado uno, tienes que bajar tú.
Que conste en acta que a mí me gusta ir en el cordón, porque cuando vas en el camión ves la cara de felicidad de los niños de la calle, pero cuando vas en la calle ves la cara de felicidad de tus hijos en el camión. Lo que pasa es que no iba lo que se dice preparada.
-Estos zapatos se escurren con la lluvia -le dije. 
-Mira qué bien, puedes deslizarte hasta que lleguemos. 
Visto que ZaraJota no se apiadaba de mi sufrimiento, me dispuse a bajar. Pero entonces apareció alguien de la organización. 
-Debido al covid, este año no se podrán lanzar caramelos. 
-¿Qué? Pero se los llevarán entonces, ¿no?
Más que nada porque no puedes encerrar a 50 niños en un camión con 150 kilos de caramelos y decirles que no los toquen.
-No. 
-¡Pero los niños querrán lanzarlos! 
-Bueno, lo que pueden hacer es que se los pueden pasar a los del cordón y los del cordón los van repartiendo a los niños de la calle. 
-Pero...
-Es por motivos de seguridad. 
Y se fue. 
Así fue como acabamos caminando bajo el diluvio universal, peligrosamente cerca de las ruedas, mientras nuestros hijos sacaban medio cuerpo fuera de un camión en marcha para pasarnos los caramelos uno a uno y que se los entregáramos en mano a la gente de la calle.
Y la gente de la calle, que llevaba paraguas pero sólo para ponerlos al revés y cazar más caramelos, no acababa de sentirse satisfecha con el sistema. 
Aparte de que, si el objetivo de todo aquello era evitar aglomeraciones, tener a una persona con un puñado de caramelitos en la mano para repartir no era precisamente la mejor de las ideas, no sé. 
Bueno. 
El caso es que mientras tanto no paraba de llover, mis zapatos estaban encharcados por dentro, mis guantes pesaban tanto que se me caían y todo lo que no estaba cubierto por el abrigo estaba más mojado que la moqueta del Titanic. 
Lo único que me consolaba era que al menos los niños estaban secos, calentitos y pasándolo bien. De vez en cuando miraba hacia el camión y miraba sus caritas sonrientes... hasta que uno de los drapeados que tan artísticamente habíamos colocado no pudo aguantar el peso del agua que llevaba y les reventó justo encima.
Entonces la carita de felicidad se transformó rápidamente en una carita de hipotermia severa. Y mojada. 
-¿No has traído ropa de cambio? -me gritó una de las mamás desde lo alto del camión.
-NOOO -le grité yo desde abajo. 
Y si la hubiera traído estaría en mi mochila, que en esos momentos tenía como diez centímetros de agua en su interior. 
Las mamás del camión envolvieron a los niños en bufandas, entre ellas la mía, pero los niños seguían azuleando por momentos. 
Así que sin parar de corretear a un lado del camión me quité la mochila, se la pasé a ZaraJota, me quité el abrigo, me acerqué al camión, empecé a dar saltitos porque no llegaba, Nena-chan sacó medio cuerpo por encima de la barrera de protección y después de tan sólo media docena de intentos, sin perder en ningún momento el ritmo del camión, la niña consiguió coger el abrigo.
-Póntelo -le dije.
-No quiero. 
-QUE TE PONGAS EL P*T* ABRIGO LA MADRE QUE TE PARIÓ.
-Vale. 
Para entonces yo había entrado misteriosamente en calor y no echaba en falta el abrigo. 
Y ese fue el momento en que el camión decidió pararse, claro.
Os voy a decir una cosa que seguramente os sorprenda, pero estar totalmente sudada en mitad de la calle, en una noche de enero, sin abrigo y con la ropa empapada no es lo que se dice recomendable. Y eso que llevaba un jersey monísimo. Empapado, pero monísimo.
Para cuando acabó la cabalgata, tenía agua encima como para irrigar el Sáhara simplemente haciendo la croqueta por las dunas. Y el agua estaba fría. Y yo también. 
Me llevé a los niños a casa corriendo, nos cambiamos de ropa y pusimos la calefacción a tope. 
Creo que justo a tiempo, porque al día siguiente estaban como nuevos. 
Yo un poco menos. 
Me dolía todo y tenía frío. Emanaba frío. Y estaba muy cansada.
-¿Crees que será covid? -le pregunté a ZaraJota. 
-Depende. ¿Estuviste tirando caramelos?


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Si os quedasteis sin el libro de la vieja y malvada bruja, ya lo tenéis a vuestra disposición en Lektu (y pronto en vuestra librería favorita).




03 enero 2022

La becaria de Papa Noel



En esta casa somos de los Reyes Magos, claro. 
Lo que pasa es que la suegri ha venido alguna vez en navidad y claro, le hace la carta a Papa Noel, que así la pobre mujer puede ver cómo los niños desenvuelven los regalos al menos. 
Lo que pasa es que ya sabes cómo son estas cosas: te meten en la lista una vez y luego no hay manera de que te borren, así que después de eso Papa Noel ha seguido viniendo en navidad aunque mi suegra no estuviera, todos los años. Que no me quejo, porque así los niños tienen algo nuevo para entretenerse hasta que a los Reyes Magos les da por hacer su trabajo, señores, que digo yo que igual era mejor idea traer juguetes al principio de las vacaciones, no cuando hay que volver al cole, pero bueno, la realeza es lo que tiene, que va y viene de Oriente cuando le la da la gana. 
La cosa es que este año íbamos a pasar la navidad en Barcelona, que la verdad es que a mí la navidad en concreto me gusta más en Madrid, pero ZaraJota estaba súper pesado con que llivi dis iñis sin vir i mi midri, ninini, de verdad, ni que fueran familia.
El problema es que cuando ya teníamos todas nuestras cosas en el maletero, y va en serio, que lo único que faltaba era mi neceser (porque me tenía que lavar los dientes), la Generalitat dijo algo así como que igual había que tomar medidas contra la nueva ola de la pandemia. 
Que ya me dirás tú qué tontería, en Madrid no estamos tomando ninguna y vamos a morir todos estamos estupendamente. El caso es que ninguna de las medidas nos impedía ir, pero pensamos que si la Generalitat ponía restricciones a tres días de la navidad es que la cosa se había puesto seria, muy seria. 
Y nos quedamos. 
Pero claro, ya habíamos escrito al departamento de atención al cliente del Polo Norte para que Papa Noel entregara los regalos en Barcelona. Así que Papa Noel tiene que improvisar. 
Lo de los niños es fácil, porque llega a un acuerdo extraoficial con los Reyes Magos. Que luego se habla mucho de las puertas giratorias, pero a veces también sirven para cosas buenas. 
Pero para los papás resulta un poco más difícil. Así que, en un momento de desesperación, la becaria de Papa Noel decide envolver una aspiradora que le acaba de llegar, ponerle una pegatina de "para papá y mamá" y arreando.
El problema es que cuando está a medio envolver, ZaraJota vuelve con los niños antes de lo esperado y sin llamar al timbre antes de entrar, como había prometido le surge un imprevisto, entra en pánico y esconde la aspiradora a toda prisa.
Cuando llega el día 24, la becaria se pasa el día cocinando para que la cena sea lo más parecida a la de la suegri posible y que a nadie le falte nada. Entre una cosa y otra, se hacen las mil. Los niños están borrachos de azúcar y burrito sabanero. Para cuando se duermen, la becaria está que se le caen los párpados para abajo cosa mala.
Entonces empieza a sacar los juguetes del armario donde lo ha puesto "todo junto, para que sea más fácil". Solo los juguetes. Porque la maldita aspiradora no aparece por ninguna parte. 
El ayudante de la becaria de Papa Noel, al que para respetar su anonimato llamaremos ZaraJota, pregunta si ya está todo.
-No, falta una cosa.
-Aquí no hay nada más.
-QUE TIENE QUE ESTAR.
-¿Era muy pequeño? Se ha podido quedar entre los calcetines.
-No, no puede ser.
-Mujer, por poder...
-QUE NO PUEDE SER, QUE ERA UNA P*T* ASPIRADORA.
Uy. 
A las dos de la mañana, el ayudante y la becaria se rinden. Colocan los juguetes de los niños debajo del árbol y se van a dormir. 
A la mañana siguiente, Nene-kun se despierta el primero, como siempre, y viene a nuestra cama.
-Mamá, mamá, Papa Noel ha traído cosas.
-¿Sí? Las habrá pedido la llalli.
-Pues para vosotros no hay nada. 
-Será que se le ha olvidado, nene-kun.
-O que a vosotros no os quiere. 
Eso, encima animando. 

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