11 febrero 2019

Una tarde en el museo

Este año nos hemos hecho amigos del Museo del Prado porque somos de ese tipo de personas que solo hacemos amigos a cambio de dinero.
El primer día iba muy ilusionada porque El Prado me gusta más que a un tonto un lápiz, entre otras cosas porque tiene calefacción y por esas fechas estábamos bajo cero. Nena-chan estaba muy ilusionada porque le molan las princesas y visitar a Margarita de cuando en cuando. ZaraJota estaba ilusionado porque le gusta ir a sitios donde nadie nos conoce y no pueden relacionarnos.
Y Nene-kun estaba de mal humor.
Probablemente necesitaba una siesta, no digo yo que no. Está durmiendo mal últimamente porque intenta subir la media nacional de mocos per capita el solito.
Así que entramos, dejamos la mochila en consigna, empezamos a ver el museo y a los cinco minutos o así Nene-kun empezó a gritar que quería beber agua.
–¡QUERO AGUAAAAAA! ¡QUERO AGUAAAAAAA!
Nos habían confiscado el agua a la entrada, así que salimos corriendo a un baño y le ayudamos a beber agua en el lavabo.
Seguimos recorriendo el museo y a los cinco minutos o así Nene-kun empezó a gritar que quería agua. Otra vez.
–¡QUERO AGUAAAAAA! ¡QUERO AGUAAAAAAA!
Salimos corriendo al baño. Otra vez.
–¡NOOOO! ¡QUERO AGUA DE VERDAAAAAAA! ¡EN UN VASOOOOOOO!
Intentamos convencerlo de que el agua de grifo es DE VERDAD pero no hubo forma, así que salimos corriendo otra vez hacia consigna para recuperar la mochila donde siempre llevamos un vaso de plástico porque ya sabemos que Nene-kun es muy especial con sus cosas.
Volvimos a pasar el control con el vaso de plástico, nos fuimos al baño, llenamos el vaso, Nene-kun se bebió el agua, pidió más, se la bebió de nuevo, dijo "Yatá", secamos el vaso y reanudamos la visita al museo, que ya habíamos cruzado de lado a lado tres veces, para que luego digan que no se puede ver El Prado en una tarde.
Pensé que a la tercera va la vencida y que podríamos empezar una visita decente.
Por fin.
Pero no.
Ya os he dicho que Nene-kun tenía un mal día.
–Mamá, disiste que íbamos a ver cosas chulas.
–Esto es muy chulo, ¿no?
–No, son pinturas nada más.
–Pero son muy chulas, ¿no?
–No. Quero cosas chulas.
–Vale. ¿Quieres ver un tesoro? Es superchulo.
–Sí. Pinturas no, solo chulo, ¿vale?
–Vale.
Nos volvimos a cruzar el museo de lado a lado para ver el tesoro del Delfín, que antes estaba en un sótano en unas estanterías del tipo que usan las abuelas para guardar los recordatorios de las comuniones y ahora está en una sala que parece una nave espacial.
A los niños les flipó todo.
Nene-kun no paraba de preguntar.
–¿Qué es eso?
–Una copa.
–Aaah. ¿Y eso?
–Otra copa.
–Aaah.¿Y eso?
–Otra copa.
Y así dos vueltas a la nave espacial, con visita intermedia al baño para beber más agua, dios bendiga al vaso de plástico.
Pasadas las vueltas de rigor, optamos por irnos. Solo que estábamos totalmente desorientados, así que nos metimos en un ascensor.
–Yo le doy al botón –dijo Nene-kun apenas un segundo antes de darle al botón de alarma.
¿Cómo decir esto suavemente?
Empezó a sonar la alarma.
Mucho.
Y después, a todo volumen, algo así como 
"LLAMANDO A LA CENTRAL DE ALARMAS. POR FAVOR, ESPERE A SER ATENDIDO. TUUUUUUUU. TUUUUUUU. TUUUUUUUU...".
ZaraJota y yo nos miramos con cara de pasmo, pero Nene-kun no cejaba en su empeño.
–No se cierra puerta. Le doy otra vez.
–¡¡¡NOOOOO!!!
Ha llegado el momento de felicitar a los vigilantes de sala, porque llegaron walkie en ristre a una velocidad prodigiosa.
–El niño... le ha dado al botón... normalmente no están tan bajos...
–Es que esto no es un ascensor, es un montacargas para sillas de ruedas.
–Estooooo... es que estábamos en el tesoro del Delfín... nos hemos desorientado... queríamos salir...
–Y la salida está en otra dirección.
No, si al final nos quitarán el carnet de amigos en la primera visita.

04 febrero 2019

Los pajaritos

Total, que nos fuimos a Barcelona al bautizo de uno de los niños más guapos del universo. 
Fue un viaje exprés: creo que no llegamos a estar fuera ni veinticuatro horas. De hecho íbamos tan justos de tiempo que alquilamos un coche para movernos más rápido. 
Que el dios del transporte público nos perdone.
Encima llegamos tan tarde que ZaraJota tuvo que salir corriendo para la oficina de alquiler de coches porque cerraba en veinte minutos o así, mientras yo cruzaba Sants ligeramente más despacio, con un gripazo que no veía, los dos niños a rastras (Nene-kun dormido y con unos mocarros que le caían barbilla abajo, Nena-chan renqueando por un esguince y con un flemón), las maletas, la bolsa con la merienda, en fin, los cien quilos de impedimenta obligatorios para cualquier madre. 
Conseguimos llegar a la oficina, montar las sillas de los niños que venimos cargando desde Madrid porque la oficina de alquiler "no garantiza la disponibilidad", nos montamos en el coche, atamos a los niños con los variados sujetatrones de las sillas y arrancamos. 
Y como al medio minuto o así, ZaraJota me dice: 
–Lorz, pon el tontón, que no sé ir. 
–No sabes ir. 
–No.
–A casa de tu madre. 
ZaraJota tuvo la decencia de parecer avergonzado. 
–Es que Barcelona ha cambiado mucho en los últimos años. 
–Estamos en la Diagonal. Lleva cayendo en selectividad unos cuarenta años o así. 
–¿Y qué?
–QUE NO HA CAMBIADO UNA M**RD*.
Estábamos debatiendo amistosamente si la Diagonal ha cambiado una m*rd* o no cuando se pusieron a nuestra altura dos furgonetas blindadas de los mossos. 
Ya está, me dije, hemos herido su orgullo nacional o algo, con tanta Diagonal y tanta m**rd* en la misma frase. Nos paramos en un semáforo, las lecheras se pararon a nuestro lado y el copiloto de la primera bajó la ventanilla, se asomó y nos hizo pincitas con las manos. 
–ZaraJota, el mosso te está intentando decir algo. 
–¿A mí?
–Eso o está bailando "Los pajaritos", pero no me parecen horas. 
ZaraJota se volvió hacia el mosso, le sonrió y le levantó la mano en plan "gracias por avisar" y los mossos se fueron y nos dejaron allí. 
–¿Qué querían? –le pregunté a ZaraJota. 
–Uy, ni idea. 
–"Los pajaritos", te lo digo yo, que se le veía muy animado.
Llegamos a casa de mi suegra sanos y salvos gracias al tontón y al día siguiente nos fuimos al bautizo del nene, que era en un pueblo. Primero a la iglesia, luego a un bar, luego a un restaurante, de lado a a lado con el coche. Debían ser como las doce de la noche e íbamos en dirección contraria por un polígono porque es que Barcelona ha cambiado mucho y eso cuando me dice ZaraJota: 
–Uy. 
–¿Qué pasa?
–Te vas a reír. 
–Son las doce de la noche, llevo diez horas con unos zapatos de tacón nuevos, tengo fiebre y vamos en dirección contraria por un polígono industrial a oscuras.
–Por eso. Ya sé por qué está todo tan oscuro: resulta que el botón al que le estaba dando no era el de las luces. 
–¿Y qué era?
–Bueno, lo único que puedo decirte es que no era ni el asiento eyector ni las luces. 
–Lo mismo era eso lo que nos quería decir el mosso. 
–Seguramente. 
Me gustaba más la opción de "Los pajaritos", para qué nos vamos a engañar.