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28 abril 2025

Los ciervitos son un primor

 No sé qué pasa que cada vez que subimos a ver a mi suegra tenemos un incidente zoológico
Esta vez no se trató de patos, sino de ciervos.
Sí, la cosa va escalando.
A mí no me gusta exagerar, pero seguramente lo próximo serán elefantes, ballenas o King Kong.
El caso es que fuimos a una cosa que se llama Parc Samà, que es una cosa muy de catalanes ricos del siglo XIX, con plantitas y edificitos y estanquitos y animalitos.
-Pero patos no habrá, ¿no? -pregunté.
-...
-Mierda.
En el parque este puedes comprar comida para dársela a los animales, que a mí de inicio ya me parece un error cósmico porque por lo general cuando compro comida lo que me gusta es comérmela yo, pero bueno. Pensé que a los niños les haría gracia, así que le dije a ZaraJota:
-Compra comida para los animalitos.
Y ZaraJota me dijo: 
-No me gusta que hables así de tus hijos, y además te he visto meter tres weikis en el bolso antes de salir.
-Para los animalitos del parque. 
Y ZaraJota se fue a comprar comida para los animales y volvió con un vaso de cartón lleno de maíz.
-Ah, estupendo, palomitas, solo necesitamos el microondas.
-Es para los animales. 
-Jo.
Mi decepción era doble y comprensible: primero, porque ahora que habíamos sacado el tema me apetecían mucho las palomitas. 
Segundo, porque no entendía cómo íbamos a darle aquello a los ciervos. ¿Tirándolo al suelo como a las gallinas? Mi experiencias previas no me dieron ninguna pista: cuando vamos a Burrolandia, que es una cosa que recomiendo mucho si tienes los epitelios olfativos atrofiados, siempre nos dan zanahorias y lechugas, que puedes agarrar de un ladito mientras el burrito las coge por el otro pero, ¿MAÍZ?
Mientras paseábamos entre los loritos, los patitos, los gansitos y una cosa que parecía un dinosaurio reducido pero con las ansias de matar intactas, le iba dando vueltas al asunto maíz. Tenía una sospecha. 
Y la sospecha se confirmó cuando por fin llegamos a los ciervitos y vi que la gente se ponía el maíz en el hueco de la mano y los ciervitos hacían el equivalente a un french kissing. Pero en la mano. Con ciervos. 
-AAAARGGGGH -pensé. Ojo que solo lo pensé. Decirlo en alto habría arruinado la magia y además estoy intentando educar a mis hijos para que sean valientes y atrevidos y nos les dé asco que un ciervo practique sexo oral con sus manos.
-¿Quién quiere dar de comer a los ciervitos?
-YO NO -exclamaron al unísono. Cuando quieren se llevan fenomenal.
-Venga, si no pasa nada -le dije, y les llené el hueco de las mano de maíz-. Venga, acercar las manitas.
Otra cosa no, pero mis hijos son obedientes. Levantaron las manitas y ofrecieron el maíz a los ciervitos. Pero cuando los ciervitos se acercaron, los niños entraron en pánico, retiraron la mano y el maíz fue a parar al suelo.
-Ooooohhhh.
A los ciervitos les dio igual. Deben estar acostumbrados. Y ser poco escrupulosos, porque se pusieron a hacerle el beso tuerca al suelo hasta que se comieron todo el maíz.
Luego, se quedaron mirándonos con el morro chorreando barro.
-¿Y ese barro? -pregunté. No tenía que haber preguntado.
-Es lo que pasa cuando mezclas babas de ciervo y tierra de suelo.
Repito: no tenía que haber preguntado.
-¿Y esa espuma?
-Creo que es lo que pasa cuando mezclas babas de ciervo y maíz de vaso.
Una vez más: no tenía que haber preguntado. 
-Bueno... -dije, porque era mi deber como madre-, ¿queréis darle más de comer al ciervito?
-NO.
-Pero si no pasa nada. 
-Pues hazlo tú.
-Eh...
Ser madre es una cosa compleja. Quieres que tus hijos sean mejores que tú, que no tengan tus complejos, tus miedos y tus mierdas. Eso te obliga a veces a hacer cosas que preferirías no hacer.
Como darle de comer a un ciervito babeante.
Cogí un puñado de maíz y alargué la mano para ofrecérselo al ciervito. El ciervito me miró un segundo, chorreando barro y espuma por la boca. Cerré los ojos. Todavía estoy muy delicada de la úlcera y cualquier cosa me hace echar la pota. No me hubiera importado porque empiezo a estar muy acostumbrada, pero es que veía al ciervito capaz de comérsela. 
Sospecho que esto habría arruinado la magia por completo.
Así que cerré los ojos y me mantuve impertérrita mientas el ciervo le hacía a mi mano cosas que jamás le había hecho nadie. Con barro, babas y espuma de maíz. Pero tenía que pensar en mis hijos. Tenía que hacerles creer que aquello era una momento mágico.
-AAAAAAAAAARRRRRRRRRG -grité- QUÉ ASCOOOOOOOOO ESTÁ TODO GRUMOSO DE BARROOOOOO PERO QUÉ ES ESOOOOOO DEJA DE CHUPARME POR FAVOOOOOOOR NO QUEDA MÁS MAÍZ QUÉ PRETENDES SACAR DE AHÍ ME MUERO Y ME MUERO Y CREO QUE VOY A POTAR Y LUEGO ME MUERO.
Cuando el ciervo acabó de lo que fuera que estuviera haciendo, me volví hacia los niños, con la mano chorreando babas marrones, y les dije con mi mejor sonrisa:
-¿Veis como no pasa nasa? Ahora probad vosotros.
-NO.
-Jooooooo, hemos venido para nada.
-No, para nada no - contestó ZaraJota-: te he hecho muchas fotos.

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El sábado 17 de mayo a las 18:00 estaré en la 9ª Feria del Libro de Vallecas, firmando toda mi obra en la caseta de la Librería Yume. Podéis comprar mis libros allí mismo con descuento de feria o traer lo que ya tengáis en casa, yo lo firmo todo. 













13 mayo 2024

Nunca más



Después de pasar la noche en un Alsa y el día despachando en Vitoria, tuve que volverme a Madrid en un Alsa.
Estaba a punto de subirme cuando descubrí que a la misma hora salían dos: uno que iba directo y otro que hacía seis paradas. Un escalofrío recorrió mi espina dorsal mientras miraba el billete.
Efectivamente, tenía el de las seis paradas.
Jo.
No os puedo contar el viaje porque lo único que recuerdo es que no me senté en mi sitio. Fue por una buena obra: para que una madre y una hija se sentarán juntas. Bueno, es verdad que lo hice para que la madre no se sentara conmigo. Pero eso ellas no lo saben. 
Llegué a Madrid sobre las once de la noche, me subí a un taxi y empecé a dar cabezadas:
-Aunque me duerma no me secuestre, ¿eh? -le dije al taxista.
-No, no. Cuando llegue a su casa la despierto.
-O no, eh, tampoco nos pongamos extremistas. 
Llegué a casa como a las doce e hice POM en la cama.
-Necesito dormir treinta horas seguidas -fue lo último que pensé. 
Siete horas más tarde, cuando sonó el despertador, me acordé de la topota madre de todo el mundo. Especialmente de la topota madre del Krunch, y de la topota madre de mi yo del pasado, que pensó que era buena idea hacer dos festivales el mismo fin de semana porque "cosas más locas hemos hecho".
Claro que sí.
CUANDO TENÍAMOS VEINTE AÑOS, HIJA MÍA.
Hasta la hora de comer, que como sabemos es todas las horas, fui una especie de zombi que hacía la croqueta por el aparcamiento mientras suplicaba que alguien acabara con su sufrimiento. A partir de esa hora, el azúcar y cafeína hicieron su efecto y empecé a parecerme a una persona racional, cosa que, viniendo de mí, tiene mérito. 
-No volveré a hacer esto nunca más -le dije a ZaraJota.
-¿Nunca? ¿Estás segura?
-Bueno, nunca después del fin de semana de mayo ese en el que me he vuelto a apuntar a dos festivales.
-No, si ya lo sabía yo...


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Escribo libros y luego tengo que venderlos.
Esta semana estaré: 
El sábado de 10:30 a 20:30 en Santa Librada (Impect Hub Alameda, c/ Alameda 22, Madrid)
El domingo de 12:00 en LibroMatik (Gondomatik, c/ Gondomar 20, Valladolid)
Todos los días en Lektu.

29 abril 2024

Evasión o Vitoria

 Todo empezó en el momento en el que pensé que podía ir a volver a Vitoria en el día. 
En autobús. 
Con una maleta tipo mamotreta hasta arriba de libros. 
Era un plan sin fisuras: coger la línea 5, que no tiene ascensores ni rampas ni escaleras mécanicas, en Urgel, ir hasta Oporto y hacer trasbordo hasta la línea 6, que no tiene ascensores ni rampas y solo algunas escaleras mecánicas, ir hasta Avenida de América, no sé si tiene ascensores o rampas o escaleras mécanicas, coger el autobús que sale de Madrid a las 0:30 y llega a Vitoria a las 5:30, esperar en la estación hasta las 9, caminar unos 40 minutos hasta el Zabaliburu, vender libros toda la mañana, coger el autobús de las 17:45, que hace nada menos que 6 paradas por aproximadamente todos los pueblos de España, llegar a Madrid a las 23:30, coger la línea 6 en Avenida de América, ir hasta Oporto, coger la línea 6 hasta Oporto, no tiene ascensores ni rampas y solo algunas escaleras mécanicas, coger la línea 5 hasta Urgel...
Por suerte, rápidamente me di cuenta de que era una locura: ¿por qué ir en metro si ZaraJota podía dejarme en Avenida de América dos horas antes de que saliera el autobús? 
Así fue como, después de haber trabajado de 9 a 6, sin haber dormido siesta, acabé con una maleta mamotreta hasta arriba de libros en la estación de autobuses, dos horas antes de que saliera el mío.
Yo era optimista. 
Tengo una gran facilidad para dormir donde y como sea, y contaba con echarme mis buenas cinco horitas de sueño en el autobús. 
Contaba mal.
Para empezar, la gente iba viendo vídeos, series o lo que fuera, que yo no me meto en la vida de nadie, sin auriculares. Las películas y las series las llevaba medio bien, o sea, desde cuándo una película nos ha impedido quedarnos fritos. Pero los vídeos de Tiktok eran como si me pusieran el despertador cada treinta segundos. Y que conste que era capaz de dormirme los 29 segundos de entre medias, pero cuando llevaba un rato aquello empezó a ser tortura. El joven amable que llevaba al lado, que fue amabilísimo todo el rato, también se dormía de vez en cuando, se derrengaba y una de sus manos acababa debajo de mis posaderas, así que yo cada vez me iba sentando más al borde del asiento y acabé como una gallina en un gallinero.
Estaba ya con un cachete al borde del abismo cuando me empecé a encontrar mal. Realmente mal. En el momento pensé en una bajada de tensión, pero ahora creo más bien que se me crujieron las cervicales sin motivo aparente. Vértigos. En un Alsa. A las tres de la mañana y llegando a Burgos.
El joven amable que se sentaba a mi lado debió notar algo, porque me preguntó si me encontraba bien.
-Nooo...
Entonces fue cuando muy respetuosamente me tocó el brazo y me dijo:
-Estás caliente.
"Y húmeda", pensé para mis adentros, porque una no se harta de leer novela romántica sin que le queden secuelas permanentes. Además, es verdad que estaba empapada en sudor de pronto.
-Estoy un poco mareada.
-¿Quieres comer algo? Tengo para darte.
Llegado ese punto me abstuve de hacer comentarios. Está clarísimo que tengo la mente súper sucia y que no me merezco la amabilidad ni de propios ni de extraños.
-No, no, ahora cuando lleguemos a Burgos me tomo algo.

O no. 
En la estación de autobuses de Burgos solo había una máquina estropeada y lo único que se podía tomar era el fresco. Eso sí, se podía tomar a raudales, porque el termómetro marcaba 3º y en la estación corría una brisa marina de lo más estimulante. Tan estimulante que se me quitaron los calores, los sudores, los vértigos y no se me quitaron las ganas de dormir porque yo de eso tengo siempre.
Cuando me volví a subir al autobús, el joven amable me preguntó si me encontraba mejor.
-Sí, sí, yo creo que ahora podré dormir un poco.
Entonces se subió el busero de reemplazo.
Se plantó en mitad del pasillo y a grito pelao nos dijo:
-BUENO, SEÑORES VIAJEROS, MANTENGAN VIGILADAS SUS PERTENENCIAS EN TODO MOMENTO PORQUE EN ESTE TRAYECTO SUELE VIAJAR MUCHO CHORIZO Y YO NO ME HAGO RESPONSABLE. AHORA QUE COMO PILLE A ALGUIEN CON LAS MANOS EN LA MASA VA DERECHO AL CUARTELILLO AUNQUE ME TENGA QUE QUEDAR CON EL AUTOBUS ESPERANDO HASTA QUE VENGA LA GUARDIA CIVIL. ¿ESTÁ CLARO?
Lo único que me ha quedado claro es que hoy no se duerme.







04 diciembre 2023

Wiii

 


Hace unos días estuve en Barcelona.
No importa cuándo leas esto, siempre estuve en Barcelona hace unos días. Últimamente paso tanto tiempo allí que estoy pensando en mudarme, lo que pasa es que claro, el agua en Madrid es como sus fachas: inigualable. 
El problema de Barcelona es que vas y luego tienes que volver.
La estación de Sants es una cosa que en sí misma podría justificar un 155 y hasta un 156. No hay sitio para los trenes, así que el embarque se demora hasta el último minuto, lo que provoca que tampoco haya sitio para los pasajeros. Que la zona de larga distancia sea un corralito de cristal pegado a una pared de cristal no ayuda, sobre todo en verano. La gente, siendo gente, tampoco ayuda demasiado. 
Y los baños. LOS BAÑOS.
Y esas escaleras estrechísimas. Y esos ascensores. Es un todo.
Así que os podéis imaginar mi reacción cuando por fin llegue a mi asiento y resultó que no estaba fijo en el suelo.
-Jijijijijiji...
Me explico. Como es sabido, los trenes tienen dos cabezas, una a cada lado. Es como si fuera una serpiente que va por el bosque buscando una parte de su cola, pero en vez de su cola encuentra otra cabeza. De esta forma pueden llegar a una estación en una dirección (con la cara A, digamos), y volver en otra (con la cara B). Para que los pasajeros no vayan de espaldas, los asientos giran sobre sí mismos (los antiguos simplemente movían el respaldo, era una maravilla de diseño eso). Salvo en compañías como Iryo, donde ponen la mitad de los asientos en un sentido y la mitad en otro, y tienes un 50% de posibilidades de ir de espaldas durante tres horas, nueva de cada diez fisioterapeutas lo recomiendan.
El caso es que me asiento estaba en la dirección correcta, o sea, palante, pero no estaba fijo. 
Y giraba.
Vaya si giraba. 
Como las tazas locas.
Así que yo hice lo que cualquier adulto responsable haría:
-¡Wiiiiiiii!
Sé lo que estáis pensando: Jaja, qué exagerada eres.
Pues por eso hice un vídeo.

(De hecho, varios, pero este es el único en el que no se le ve la cara a los otros pasajeros)
Estaba ahí, grabando vídeos y haciendo wiiiii cuando llegó la persona que tenía que ocupar el asiento de al lado. 
Ahora que lo pienso, quizá llegó antes, porque se ve su abrigo en el vídeo, pero yo estaba muy concentrada haciendo wiiii. 
Y esa persona dijo, y de verdad que no me lo invento:
-¿Qué fantasía es esta?
-El asiento está suelto y gira.
-¿Y qué hacemos?
-Pues de momento grabar un vídeo, que se lo he contado a mi familia y no se lo creen.
-¿Quieres que te lo grabe yo para que salgas mejor?
En ese momento pensé que esa persona era mi alma gemela, de verdad os lo digo. Una pena que yo sea una mujer casada y decente y que estuviera muy ocupada haciendo wiiii con el asiento.
-No, gracias, ya está. Ahora cuando termine de colocarse la gente aviso a una azafata y que lo arregle.
-¿Seguro? Mira que esto parece divertido.
-Sí, es que quiero cenar.
Que a lo mejor cenar en un asiento rotatorio en un tren que alcanza los trescientos kilómetros hora no es es la mejor de la ideas, no sé. 
-Vale, vale. 
Mi compañero de asiento se quitó educadamente de en medio, supongo que para dejarme hacer wiiii a gusto, cosa que le agradezco enormemente porque sus piernas habrían hecho de tope con el asiento de delante y no habría girado con tanta alegría.
En esas estaba cuándo apareció la azafata.
-A ver, ¿qué asiento está suelto? 
Entonces fue cuando me di cuenta de que los asientos de al lado también giraban, y que uno de los pasajeros se nos había adelantado avisando a la azafata.
-¿Los vuestros también están sueltos?
-Sí -me dijo el pasajero.
-¿Y NO HABÉIS HECHO WIII?
La gente es que nunca deja de sorprenderme.

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Estoy de campaña para sacar un nuevo libro. Apuntaos, que luego será tarde. Señora. Demasiado tarde. Señora. 




05 junio 2023

El queso de oveja

 Pues después de haber hecho unos seiscientos kilómetros de Madrid a Huelva y luego otros cuatrocientos siguiendo la caca, todavía no tuve suficiente. Así que según volvíamos al hotel le dije a ZaraJota:
-Portugal está a solo diez kilómetros. 
-Ni se te ocurra, Lorz. NI SE TE OCURRA. 
Y así fue como acabamos en Portugal. 
-No seas bobo, cenamos en el primer pueblo que veamos y nos volvemos. 
El primer pueblo era pintoresco. Muy pintoresco. Pintoresco nivel lo ves en una película y no entiendes cómo los protagonistas no salen echando virutas de ahí.
Y eso fue lo que hicimos nosotros.
-También podemos cenar en el segundo pueblo que veamos.
Así fue cómo llegamos a un cruce. Y en el cruce había tres carteles en tres direcciones. Y en ninguno ponía la distancia.
-Supongo que los portugueses están acostumbrados a que todo esté cerca.
Nos quedamos ahí en el cruce de la peor carretera hasta que, gracias a la ventana panorámica de nuestro coche (en realidad la vimos por la ventana normal, pero es que me apetecía decirlo) vimos unas casitas así como a nuestra derecha.
-Vamos para allá a ver si hay un bar o algo.
El segundo pueblo de Portugal también era muy pintoresco.
Pintoresco nivel las gallinas tan tranquilas por la calle. Un par de gatos espelistrados las miraban con aburrimiento. Aparte de eso, ni un alma por la calle. Parecía el típico sitio en el que una amable viejecita, lo bastante extraña como para que sospeches pero no lo bastante como para que pienses que estás siendo tonto por sospechar, te ofrece que entres a su casa a tomar un té helado y llamar por teléfono, pero en el té hay drogas, y cuando te despiertas estás atado y amordazado cabeza abajo en un sótano, rodeado de los cadáveres de otros turistas incautos como tú.
Salvo que en este pueblo no había ni viejecita.
-Me parece aquí no va a haber ni un bar...
-Da la vuelta, Lorz.
Yo di la vuelta con una acojone que no veas porque todavía tengo el carnet muy reciente, el coche era muy grande, el espacio reducido y me daba pánico atropellar a una gallina portuguesa y provocar un conflicto internacional que acabara con la expulsión de España de Eurovisión justo ese año, que Blanca Paloma era la clarísima favorita según la opinión imparcial de la misma cadena que la había mandado allí.
Conseguimos salir del pueblo sin lamentar pérdidas gallináceas o gatunas y respiré aliviada porque es que para mí Eurovisión es muy importante porque para la final siempre hacemos fondue y a mí el queso es que me vuelve loca. 
Entonces nos encontramos la oveja. 

La ovejas. La foto se ve fatal pero es que a esas alturas el cristal tenía más mierda que el palo de un gallinero, salvo que aparentemente en Portugal los gallineros no existen porque si no a ver qué hacen las gallinas por la calle, pero bueno.
El caso es que en mitad de la carretera nos encontramos a mamá oveja y a bebé oveja tan pichis. En todo el medio. Avancé un poco a ver si se asustaban y se movían y efectivamente, se movieron. Un metro hacia adelante. 
Avancé otro poco y ellas avanzaron otro poco y avancé un poco y ellas avanzaron otro poco y avancé un poco...
-¡Lorz! ¿Planeas volver a España a dos metros por hora siguiendo una oveja?
-Para empezar, son dos ovejas. Y no, que lo mismo me acusan de secuestro internacional.
Y nos echan de Eurovisión. Con lo que me gusta a mí el queso. 
Así que me desabroché el cinturón y fui a abrir la puerta del coche para bajarme.
-¿PERO LORZ QUÉ HACES?
-Pues habrá que quitarlas de ahí.
-¿Y qué vas a hacer? ¿Cogerlas en brazos?
-Pensaba acercarme y hacerles 'shu, shu'. 
-¿Shu, shu?
-¿QUÉ QUIERES QUE LES DIGA, SI NO HABLO PORTUGUÉS?
Las ovejas nos miraban como las vacas miran al tren, versión ovejas miran al coche. A partir de ahí, las versiones difieren. 
Mi opinión es que al oírme decir 'shu, shu', lo entendieron perfectamente y se apartaron.
La de ZaraJota, que pensaron que estaba loca y decidieron poner tierra de por medio. 
El caso es que se quitaron y pudimos seguir el viaje sin mayor incidencia.
-Espero que estéis orgullosos de mamá -les dije a los niños-: no tengo ni dos meses de carnet y aquí estoy, en Portugal, no atropellando ovejas. 
El caso es que al día siguiente fuimos a la boda y un familiar random se acercó a Nene-kun y le preguntó qué tal el viaje:
-Muy bien -contestó el niño-, y además mamá no atropelló a ninguna oveja. 
Luego me gano fama de cosas.


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Tenemos en marcha no un libro, sino dos: una novela y un cómic, así como recompensas chulas de toda condición. 
Podéis conseguirlas aquí











22 mayo 2023

La caca

 La cosa era que les habíamos prometido a los niños unas romería con 1500 caballos y, es de suponer, sus correspondientes monturas.
Google nos había abandonado a nuestra suerte y las indicaciones de los nativos no fueron de mucha ayuda. Pero, por suerte, al llegar a la carretera comarcal vimos la luz. 
Bueno, la luz no. Lo que vimos fue una enorme cantidad de caca de caballo. ENORME. Creedme, 1500 caballos hacen MUCHA caca. 
-¡Tengo una idea! -dije.
-Oh, no -dijo ZaraJota.
-¡Sigamos la caca!
-Lo sabía...
-Si seguimos la caca, tarde o temprano llegaremos a los caballos.
"Follow the money and see where it goes", canturreó la radio en ese momento, como para darme la razón. 
-O la seguiremos en sentido contrario y nos alejaremos más de ellos.
-¡Entonces nos daremos la vuelta y la seguiremos en dirección contraria!
-Vamos a ver, Lorz. Nos hemos levantado a las seis de la mañana, hemos tardado diez horas en hacer seiscientos kilómetros, ¿y pretendes que hagamos a saber cuánto tiempo más solo para seguir UN BUEN MONTÓN DE MIERDA?
-Síííííí.
-Haz lo que quieras. 
Y así fue como empezamos a seguir el rastro de bosta. De vez en cuando la perdíamos y pensábamos en retroceder, pero Nene-kun estaba atento y la volvía a localizar. 
-¡Sigue la caca, sigue la caca! 
Que me sentía un poco como la Rebe, solo que mi caca era literal.
Y esto os va a sorprender, porque la primera sorprendida fue yo, pero así fue como llegamos a la romería.
Una hora después de que los caballos se hubieran ido o así. 
Así que nos bajamos del coche y les dije a los niños: 
-Lo siento, no vamos a ver a los caballos.
-Joooo, ¿por quééééé?
-Porque ya se han ido.
-¿A dónde?
-A hacer sus cosas de caballos y eso.
-¡Pues seguimos la caca y ya está!
Me temo que he sentado un mal precedente. 




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¡Tenemos un libro nuevo (o dos) en marcha! 


08 mayo 2023

La Carretera de la Muerte

 El finde pasado estuvimos de boda.
En Huelva. 
A 700 kilómetros.
Nuestra idea era cogernos cuatro días para ir y volver con calma, pero pasaron cosas y acabamos solo con dos. 
No pasa nada. "Salimos el sábado tempranito y ya está".
Efectivamente, salimos de Madrid a las seis de la mañana. Bueno, "salimos" quizá sea exagerar demasiado. Lo intentamos. Porque, al parecer, todos los madrileños del mundo y parte del extranjero habían tenido la misma idea que nosotros para aprovechar el puente del dos de mayo.
Luego el tráfico estaba imposible por la gente que bajaba a las motos.
Luego pillamos un accidente y tráfico lento. 
Luego los alrededores de Córdoba estaban colapsados porque eran las cruces
Luego los alrededores de Sevilla estaban colapsados porque era la feria.
Luego a lo mejor nos perdimos.
El caso es que cuando llegamos a nuestro destino eran casi las cinco de la tarde y teníamos el culo que no sabíamos si estábamos de pie o sentados.
-¿Han venido a la romería? -nos preguntó el señor del hotel.
-No, hemos venido a morirnos.
-Y a la playa -me recordó Nena-chan, y yo maldije la hora en la que le dije que si llegábamos temprano podíamos ir a la playa.
-La playa es otra media hora en coche -le dije-, y no sé cuánto más puede soportar mi culo.
-La romería ehtá a solo die minutoh -nos dijo el del hotel-. Eh mu bonita, se reúnen 1500 caballoh en la ermita.
-¿Vamos a la romería?
-¡Sííííííí!
-Está bien: ¿cómo se llega a la romería?
-Eh mu fási: guegún salen der pueblo, ahí bahando, guegún salen, hay doh carreterah que van al mihmo pueeblooo. Hay una que eh la antigua, esa no, ¡esa no! Que eh una carretera antigua y ehtá mu mala, unoh basheeee... La otra, la que no eh la carretera vieha. La güena. Cohen la carrtera palante hahta que vean que se bifurca pa un lao y pa otro: poh sigan de frente...
Yo me hacía perdido en el "Eh mu fási", pero confiaba en ZaraJota, que sonreía y asentía con mucha convicción,  y sobre todo confiaba en google, y en los carteles de la romería que había visto en la puerta del hotel. 
Cuando el buen señor acabó con sus explicaciones y nos dispusimos a salir, le pregunté si se había enterado.
-De nada, ya sabes que no hablo andaluz.
-Mierda. 
-Pero he visto un cartel de la romería en la puerta, seguro que pone dónde es.
-¡Sííí!
Noooo.
El cartel no solo no ponía donde era la romería, sino que la fijaba para el fin de semana siguiente.
-Pero...
-Yo qué sé, pueblos. 
Decidimos buscar la romería de todas maneras. Salimos del pueblo y evitamos la Carretera de La Muerte hasta que llegamos al siguiente pueblo y decidimos preguntar a los nativos. 
-¿La romería?
-¿A la romería quieren ih? -el nativo parecía sorprendido. Como si le pareciera extraño que alguien quisiera ir a la romería. 
-Sí, sí, a la romería.
-Güeno, poh sigan rehto parriba hahta el almendro...
-¡Qué gran turrón!
-ZaraJota, por dios, cállate...
-...y juhto anteh del almendro cohen el carri hahta la romería. 
Seguimos recto para arriba y no vimos ningún almendro mismamente dicho. Lo que sí nos encontramos fue otro pueblo llamado El Almendro.
-¡Qué gran turrón!
-ZaraJota, por dios, cállate...
Ahí fue cuando decidimos preguntar a los nativos de nuevo.
-¿La romería?
-¿A la romería quieren ih? -de nuevo, el nativo parecía sorprendido-. Güeno, poh lo mah rápido es tirá por aquí por el carri. 
-¡Eso, eso! ¡El carril que sale de El Almendro!
-¡Qué gran turrón!
-ZaraJota, por dios, cállate...
-Poh ese mihmo de ahí.
Y nos metimos por el carril. A pesar de que la palabra "carril" nos tendría que haber puesto sobre aviso. Pero no. Porque el tonto nace pero con mucho esfuerzo también se hace.
El carril era un camino de tierra y pedruscos, que no llegaría a dos metros de ancho pero compensaba con el largo, las curvas, las revueltas, las subidas y las bajadas y, sobre todo, la nube de polvo que nos envolvía mientras el GPS del móvil nos decía "UBICACIÓN DESCONOCIDA, POR FAVOR, VUELVAN A UNA VÍA TRANSITABLE" con creciente pánico en la voz.
-Mami, ¿estamos en la Carretera de la Muerte?
-¡Por supuesto que no! 
-Menos mal.
-Esto no llega a carretera, como mucho es el Camino de Cabras de La Muerte.
Entre las infinitas horas de autopista y los baches yo ya tenía el culo como el corcho, pero nuestro esfuerzo tuvo su recompensa: después de tan solo media hora conseguimos llegar a una ermita rodeada de casitas blancas. Y un puesto de bomberos. Y un cuartelillo de la guardia civil. Pero cero unidades de caballos. O de personas, ya que estamos. 
-¿Esto es la romería?
-...
Dando vueltas en círculo, conseguimos dar con dos señores, DOS, que estaban en la puerta de una casita tomándose un gin tonic. 
-¿Es esto la romería? -preguntamos.
-Sí, claro.
Miramos alrededor para asegurarnos de que la explanada seguía totalmente vacía. Igual es que venimos de la capital y estamos acostumbrados a las aglomeraciones, pero la concurrencia nos parecía un poco... escasa. 
-¿Y los caballos?
-¿Loh caballoh? Ah, eso eh en el pueblo de al lado, en la romería. Ehto es La Romería. Eh como se llama ehta sona.
-...
-Pero si quieren pueden pasa a tomarse algo.
-Eh, no gracias, los niños tienen la ilusión de ver los caballos.
-Hombre, claro, eso es mu fasil: salen der pueblo, ahí bahando, guegún salen, hay doh carreterah...
Ya está, vamos a morir aquí. 


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24 abril 2023

La película

Pues estaba yo en Barcelona, no diré que tranquila, pero sí más o menos relajada porque mi tren salía con retraso. Presuntamente. Porque la verdad es que no sabíamos si llegaría a salir. 
Tenía que haber salido a las 13:50 y había recibido un correo diciendo que saldría con cuarenta minutos de retraso, así que a las 14:00 intenté pasar el control de equipaje.
En el control de equipaje me dijeron que era demasiado pronto.
-Pero cómo que demasiado pronto, si el tren sale en media hora.
-En media hora dice, jajaja.
-Pero...
-Anda, pasa, jajaja, media hora.
Aunque yo soy de naturaleza dulce y confiada, aquello me hizo desconfiar. Que en los paneles todavía no apareciera anunciado mi tren, también. Pero lo que de verdad terminó de escamarme fue que unas azafatas estuvieran intentando ordenar a los cienes y cienes de personas que estaban esperando sus respectivos trenes.
La temperatura de la estación rondaba por entonces los 800 grados, con un 100.000% de humedad relativa, y a los genios de la organización se les ocurrió colocarnos en una fila. Luego hizo falta otra fila paralela. Y luego otra. Y luego, otra. 
-¿Hace falta que esperemos aquí? -le pregunté a una de las azafatas. 
-Sí, porque así estáis preparados para subir en cuanto llegue el tren.
-¿Y eso cuando va a ser?
-¡BOMBA DE HUMO!
Así que allí estábamos, unas chorromil personas de pie, recociéndonos en nuestros propios jugos, mirando con querencia los bancos vacíos, el baño y la cafetería (cerrada, por cierto), todo lejos de nuestro alcance.
A medida que pasaba el tiempo, nos empezamos a sentar en el suelo, pero cada vez que lo hacíamos nos decían que nos levantáramos, que el tren estaba a punto de llegar y teníamos que bajar. Pero el tren no llegaba, y nos volvíamos a sentar, y nos volvían a decir que no, y así una otra vez, que aparte de empezar a cantar "me pongo de pie, me pongo de pie" entre dientes, al día siguiente tenía los glúteos como piedras.
Cuando llevábamos unas dos horas así, por megafonía anunciaron que por fin podíamos bajar. La gente empezó a aplaudir pero poco porque no sabíamos exactamente cuánto tiempo teníamos para subirnos al tren, así que fue un aplauso pero en carga. Y entonces, como era de esperar porque esa estación está mal diseñada y de esa burra no me bajo, se formó tremendísimo tapón. Y, cuando el tapón se deshizo y por fin llegamos al andén, lo que nos encontramos no fue nuestro tren. Y, cuando las azafatas empezaron a gritarnos que nuestro tres estaba más adelante, empezamos a correr otras vez.
La parte buena es que cuando por fin me senté en mi sitio ya había quemado/sudado la hamburguesa (y la mostaza) y tenía una sed que me hubiera lamido el sobaco por mojarme un poco la lengua aunque fuera. 
-¿Dónde está la cafetería? -pregunté a otra azafata.
-Unos treinta o cuarenta vagones más para allá.
-Ay, señor.
-Pero está cerrada.
-¿Por qué?
-Porque no abre hasta quince minutos después de la hora de salida.
-¡Pero la hora de salida fue hace más de dos horas! -intenté decir. Pero como tenía la lengua súper seca. lo que dije fue algo así como "zezo za zoza ze zaziza zue zaze zaz ze zoz zozaaaaas!". 
-Lo siento, tendrá que esperar. 
-Ay. 
"Aprovecha y descansa", me dijo entonces ZaraJota por mensaje. 
Y pensé: pues tiene razón.
Que para intentar beber agua del inodoro siempre hay tiempo.
Entonces fue cuando llegó la familia japonesa. Bueno, la verdad es que no sé si eran japoneses y además hablaban un inglés como de Dowton Abbey, pero tenían como todas las ondas de japoneses guays. Hasta que descubrí que tenían que compartir una mesa con ellos. Y que debajo de la mesa habían puesto sus maletas. 
En su defensa debo decir que no había otro sitio para meter las maletas. En la mía, que yo tampoco tenía otro sitio para meter mis piernas. Estaba ahí haciendo el pequeño saltamontes pero en versión sentada, que a lo mejor por eso también al día siguiente tenía los glúteos como para partir nueces con la hucha.
Acababa de colocarme cuando avisaron por megafonía de que la cafetería ya estaba abierta y me dispuse a ir a por agua, lo que pasa es que en vez de eso volví con leche, en concreto la que me di porque estos trenes tienen los asientos como en escalón y claramente yo no me había dado cuenta porque después de saltar grácilmente sobre la noponsesa de mi lado me di tremenda toña contra los asientos del otro lado del pasillo.
-Ay...
Los noponsesa se lanzaron sobre mí para ponerme en pie y preguntarme si estaba bien mientras yo les decía que sí, que sí, porque ante todo dignidad. Luego me arrastré hasta la cafetería, mucho rato. Porque estaba muy lejos. Para cuando llegué allí había cola porque al parecer durante las dos horas que habíamos pasado esperando todos habíamos sentido crecer las mismas necesidades. 
Y luego encima no me pude beber el agua, porque se me estaba hinchando la muñeca y una tiene prioridades, como, por ejemplo, usar la botella fría para rebajar el dolor. Que era la mano de sostener el móvil y eso. 
Volví a mi coche y pasé se nuevo sobre la noponsesa, que estaba totalmente dormida y le sentó regular que la despertara.
-¿Quieres que te cambie el sitio? -me preguntó la noponsesa de delante en un inglés que habría humillado a lady Mary.
-No, no, es la última vez que os molesto, perdona.
Y entonces el tren se paró.
-Por razones técnicas, nos vemos obligados a realizar una parada -dijeron por megafonía.
Y el tren siguió parado. 
Rato.
Y rato.
Y rato.
Se me acabó el agua. 
Y rato.
Y más rato.
Empecé a tener ganas de ir al baño. 
Y más rato.
Y mucho más rato. 
No podía aguantarme. 
A mi lado, la noponsesa estaba totalmente dormida.
Además, le había prometido que no me iba a mover más. 
Pero el tren seguía parado y yo tenía las piernas encogidas, presionando sobre mi vejiga y...
-Perdona, ¿me dejas pasara vez?
Los noponseses murmuraron algo entre ellos. No lo entendí pero seguro que era algo así como que conmigo Doraemon tenía curro para un rato. 
Fui al baño y volví ("perdona, necesito pasar otra vez, lo siento, ahora sí que es la última, te lo juro") y me senté de nuevo en mi asiento.
Entonces pensé en ver una serie pero al móvil solo le quedaba algo así como el 15% de batería.
¿CÓMO?
Bueno, lo había puesto a cargar por la noche, y desde entonces llevaba horas dándole a twitter, a whatsapp y a las fotos así que... Empecé a revolverme en mi asiento, buscando el enchufe. 
Llevo muchos trenes (y autobuses) a mis espaldas, y ya soy una experta en localizar enchufes: bajo los brazos, entre los asientos, bajo los asientos, en la pared... pero aquella vez, por más que me revolvía, no daba con el enchufe por ninguna parte.
La noponsesa de delante me vio revolverme como si me estuviera dando un mal y suspiró:
-¿Te ocurre algo?
-Nada, que no encuentro el enchufe.
-Este tren solo tiene enchufes en los pasillos -me dijo la noponesa de delante con una sonrisa. Una sonrisa AMENAZADORA. Una sonrisa que decía "¿has visto Ringu, hija de la gran fruta? pues como vuelvas a despertar a mi amiga lo de Ringu te va a parecer una película de la Patrulla Canina". 
Y yo sonreí y asentí y durante el resto del viaje me concentré en existir lo menos posible.
Cuando llegué a Madrid no me sentía las piernas, me dolía el culo y un brazo y, sobre todo, estaba cansada como si hubiera hecho el camino andando.
-¿No has podido dormir? -me preguntó ZaraJota.
-Nooo...
-Bueno, al menos habrás podido ver una película. 
Bueeeno...




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Pues a lo mejor me he levantado, me he tropezado, he rebotado contra varios asientos y ahora se me está hinchando la muñeca. 🤦🤦🤦
Por cuestiones técnicas nos vemos obligados a detenernos en un punto indeterminado entre un almacén de Amazon y una fábrica de Pikolin.
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Se me está acabando la batería y en estos asientos no hay enchufes. Yo no digo nada pero la senda de la locura está siendo pavimentada a toda velocidad.