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28 febrero 2022

Día de Andalucía

Debido a circunstancias poco claras, la pasada semana me enteré de que para celebrar el día de Andalucía, los colegios andaluces ofrecen a los niños, y no tan niños, un "desayuno andaluz" que suele consistir en un mollete (un tipo de plan plano y muy blandito) con aceite y, según los casos, tomate, manteca colorá o jamón.
Me parece una absoluta vergüenza, y esto es así por dos motivos.
Primero, que pasé doce puñeteros años en centros educativos andaluces y es la primera vez que oigo hablar de eso. Me parece súper injusto. Vale, es cierto que cuando yo empecé a ir al colegio sólo se habían celebrado dos días de Andalucía, y lo mismo el tema estaba un poco verde todavía. Recuerdo claramente a doña Rosalía, mi maestra de párvulos, poniendo un casete con el himno porque era una cosa muy nueva y todavía no se lo sabía. De tocarlo con la flauta ni hablamos, por suerte para doña Rosalía, que no tenía la culpa de nada, pobre mujer.
Ni yo tampoco, eh. Por eso pensé que si el mundo fuera justo, la Junta de Andalucía me haría llegar los doce molletitos que me corresponden con efecto retroactivo. No preocuparse, que no me los comería todos de una sentada: congelaría dos o tres para otro día. 
Luego pensé que, puestos a pedir pan con aceite, yo lo que quería de verdad era un joyo
Un joyo es una fantasía de pan, aceite y azúcar que se le daba a los niños para merendar antiguamente y que les daba energía como para que fueran ciegos hasta la hora de cenar.
Solo lleva tres ingredientes: pan, aceite y azúcar.
El pan puede ser de barra, aunque con lo que está bueno de verdad es con lo que en mi pueblo se llama mingo y en el resto del mundo, bollo sevillano, porque los sevillanos si no son el centro de atención van y revientan, eso es así. Yo no he encontrado mingos para hacer el fotocall (Mercadona, hay una ventana de oportunidad ahí) y he usado una barra de pan de toda la vida, de las que en Madrid llaman pistola porque yo qué sé, le echan algo al agua que les afecta a largo plazo, otra cosa no se me ocurre.
El primer paso es sacar el migajón. No preocuparse que aquí no se tira nada. El migajón se guarda que ya veréis que le encontramos utilidad rapidito. 
Luego echamos aceite en el agujero (el hoyo o "joyo").
El aceite cuanto más bueno mejor, parece una perogrullada pero llevo ya casi veinte años en internet y ya me veo venir al que le echa el aceite de haber frito croquetas y luego viene quejándose de que está malísimo.
Tiene que ser aceite apto para consumo humano, a poder ser, y preferentemente aceite de oliva virgen extra, así con todas las letras, porque como dijo el filósofo Lucio Anneo Seneca, ya en el siglo I:

Si lo llama AOVE
no te lo folles.

A lo que Muhammad ibn Ahmad ibn Muhammad ibn Rushd, conocido por sus contactos de Tinder como Averroes, añadió: 

AOVE la torta que tienes, con tos los deos estiraos y la palma haciendo hueco, pa que suene.

Aclarado este punto, hay que echar el aceite en el hoyo con cuidadito de que se empapen bien las paredes. Que quede la cantidad justa, sin que haya pan seco ni charco al fondo, requiere de mucho entrenamiento. Las primeras veces lo más probable es que haya aceite de más: pues nada, lo volcamos en el platito, que para eso lo hemos puesto debajo.
No preocuparse que no se va a desperdiciar tampoco.


Lo siguiente es echar el asuquita que ahí os dejo elegir la azúcar blanquilla que más rabia os dé. En mi época los malotes se echaban colacao en vez de azúcar, así que no nos vamos a poner puristas ahora.
La idea es que se reparta por todo el agujero, como no se puede ver en esta foto porque la he hecho con la luz apagada y luego le he metido todos los filtros que había, pero si os imagináis una tostada de aceite con un poquito de azúcar por encima pues es eso pero como en redondo.
Para asegurarme de que queda bien de azuquitar, yo que soy moderada en todos mis actos los que hago es rellenar todo el joyo con azúcar y luego lo vuelco en el plato para que caiga el sobrante. 
No preocuparse que eso tampoco se desperdicia.
El resultado es pan con aceite y azúcar pero en mejor porque según comes se va cayendo todo para abajo y cuando llegas al fondo tienes una costra de aceite y azúcar que te deja viendo doble una semana.
Y por si no fuera bastante, todavía tenemos toda la miga para mojar sopitas en lo que hemos ido dejando en el plato, que no estamos para tirar comida y además estamos en edad de crecer. 
A lo ancho, sobre todo.


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¡Que me voy a Barcelona! 
Mis libros ya están en La Insôlita, y el día 11 estaré yo en persona humana para esto:


Gratuito y por zoom, sólo hay que pedir el enlace a La Sombra.


¡Venirse! (A todo)



20 diciembre 2021

Perritos calientes



Una cosa que no os recomiendo en la vida es tener hijos.
Con inquietudes. Tener hijos con inquietudes
Por ejemplo, mirad los míos: entre el ajedrez, el inglés, la piscina y la música no paran por casa. Que me parecería muy bien, pero como son pequeños yo tengo que ir con ellos y no paro tampoco.
Con lo que me gusta a mí estar en mi casa, preferiblemente sentada y viendo la tele.
Una de las pocas cosas buenas que ha tenido la pandemia es que hemos conseguido reducir las extraescolares y nos hemos quedado sólo con música.
Bueno, y la piscina. 
Pero me voy a centrar en la música porque es lo que hace llorar al niño Jesús. Bueno, al niño Jesús no sé, pero a mí me trae por la calle de la amargura. Porque los dos niños van al mismo centro, por ahí bien, pero no van los mismos días, ni las mismas horas, ni tienen que llevar las mismas cosas cada día, ni entran por la misma puerta. 
Para que os hagáis una idea: la nena va los lunes por una puerta y lleva trombón, y los martes por otra y lleva el libro de música; los miércoles va el nene con el carillón, y entra por una puerta, que no es la misma por la que entra los viernes cuando va con el cuaderno pautado. Los horarios de clase y los profesores también son diferentes cada día. 
Lo único que siempre es igual es que durante la clase no me da tiempo a volver a casa y me quedo una hora rondando por ahí, haciendo recados o sentada en un banco o cuando estamos bajo cero en una cafetería muy bonita y que os recomiendo mucho, salvo que no queráis engordar, que en ese caso mejor que no.
Las cosas como son, a veces el que lleva a los niños a clase es Zarajota. Por ejemplo, el jueves pasado.
Porque el jueves pasado, después de la clase de música los niños querían ir al club de lectura de Dinokid en La Sombra. Y de paso, como se demostró posteriormente, torturar al autor, pero esa ya es otra historia. 
El caso es que ZaraJota y Nena-chan llegarían a casa sobre las ocho de la tarde, y tenían que salir para el videoclub sobre las ocho y media, lo que me dejaba un margen muy pequeño para darles de cenar.
Pensé que lo mejor sería tener la cena preparada ya cuando llegaran, y que lo que se comerían más rápido y sin protestar sería perritos calientes, pero claro, la gracia de los perritos calientes es comérselos calientes. Así que se me ocurrió dejarlos preparados con su pan y su salchicha dentro y meterlos en el horno a baja temperatura para que se mantuvieran calentitos.
Lo que sucedió a continuación les sorprenderá. 
Lo primero fue que se rompió una cuerda del tendedero. Le puede pasar a cualquiera pero me pasó a mí con el tendedero lleno y los perritos calientes en el horno. Mientras recogía ropa del suelo de la terraza, a unos cuatro grados y en manga corta, por supuesto, saltó la luz de casa. 
Con un montón de calcetines en las manos, entré en casa pero no se veía un cojón y por una vez en la vida no tenía el móvil a mano para hacer de linterna. Lo único que encontré fue una velita a pilas que Nena-chan había puesto en el belén de playmobil. Cogí la vela, la puse encima de los calcetines y fui al salón, donde Nene-kun estaba en la oscuridad más absoluta y llorando en bajito porque él es así, no le gusta molestar. 
Le di la vela al niño y me fui a la entrada para subir el diferencial de la luz, pero al levantar el brazo se me cayeron todos los calcetines y es que además no sé ni para qué lo intento, que mido metro y medio y la caja de la luz está como a dos metros o así, que aprovecho para decir que tendría que ser ilegal, pero bueno. 
Recogí los calcetines del suelo y con ellos en brazos me fui al baño a coger el escalón de plástico de Ikea que tenemos todos, que a dios pongo por testigo de que su un día cobran conciencia y deciden dominar el mundo estamos completamente jodidos. 
Volví a la entrada, me subí al escalón, levanté el brazo, se me volvieron a caer todos los calcetines, llegué a la conclusión de que a la mierda los calcetines, le di al diferencial, seguimos a oscuras, me bajo del escalón, me tropiezo con los calcetines, ya sabía yo que tenía que haberlos recogido, abro la puerta, pues no, hay luz, no es una avería general, intento cerrar la puerta, no cierra porque hay un calcetín, quito el calcetín, cierro la puerta, me subo al escalón, le doy al diferencial y esta vez sí se hace la luz, alabado sea el señor.
Me voy a la terraza, a cuatro grados en manga corta y estoy a medio tender los calcetines cuando Nene-kun me llama. 
-Mamiii...
Voy a salón con los calcetines en brazos. 
-¿Qué paaasa?
-La tele no funciona.
Me cagontó lo que se menea, la tele nueva, que nos la hemos cargado con el salto de luz. 
Cojo el mando, se me caen los calcetines, recojo los calcetines, suelto el mando porque no es el de la tele, ¿por qué tenemos tantos mandos?, cojo el mando de la tele, enciendo la tele, sale una pantalla que no entiendo, apago la tele, se me caen los calcetines, recojo los calcetines, enciendo la tele.
-¡La has arreglado, mamá!
-Ya, es que soy un genio. 
-¿Por eso sale humo de la cocina?
MIERDAAAAAAA...
Justo en ese momento aparece Zarajota.
-¿Qué le ha pasado a los perritos?
-Que los he metido en el horno para mantenerlos calientes.
-Quizá hubiera sido mejor que los mantuvieras comestibles.
Ya estamos con los detalles insignificantes. 


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Libros de Arena y La Sombra (Madrid)
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31 agosto 2020

La tarta de la abuela


 


31 de diciembre de 2019: 
-Este año va a ser súper especial: cumplo cuarenta años de vida, quince de blog, diez años de matrimonio y uno desde que me metí en el último berenjenal y todo coincide con el cumpleaños de los niños así que voy a hacer UN VÍDEO y UNA FIESTA e invitaremos a TODOS nuestros amigos y haremos una FLASH MOB y luego ZaraJota y yo nos iremos de VIAJE solitos los dos y entonces...

10 de marzo de 2020:
-A LA MIERDA TODO.

Visto lo visto, pensé que a lo mejor era fijarme una meta más modesta, como por ejemplo, hacer la tarta de galletas que hacía mi abuela cuando éramos pequeños. 
Sólo había un pequeño problema: no me acordaba de cómo se hacía. 
Me puse a bichear por internet y encontré aproximadamente un millón de recetas de tartas de galletas. ¡Hasta yo he publicado una
Pero ninguna llevaba exactamente la crema que yo recordaba, y que llevaba, si mi memoria no me engaña: un chorrito de anís, huevos,un chorrito de anís, mantequilla, un chorrito de anís, azúcar, un chorrito de anís y, aunque no estoy segura del todo, un chorrito de anís.
Lo que no conseguía recordar era si tenía que echarle chocolate en polvo o en tableta de postres, las cantidades exactas y si el chorrito de anís había que echarlo con porrón o con manguera.
Así que recurrí a ese pozo de sabiduría insondable que es Twitter y fuimos cerrando el cerco. ¿Por qué la tarta de mi abuela es totalmente diferente a la que hacían mi madre y mis tías? Ah, porque ella tenía un librito de recetas, venía de regalo con su batidora Moulinex. Rápidamente alguien ató cabos y dijo: pues esta
Todo parecía indicar que la receta esa esa, pero después de leerla llegué a la conclusión de que no. Para empezar, sólo lleva 10 ml de licor. Además, no me sonaba nada lo de la harina de maíz. 
Todo apuntaba a que mi abuela había empezado siguiendo la receta de Moulinex pero que con el paso del tiempo la había ido adaptando según dios y Anís del Mono le iban dando a entender. 
Llegado este punto empezaba a estar desesperada. O sea, cumplir 40 años de vida y 10 de casada en plena pandemia, sin poder celebrarlo ni con tus amigos ni con tu familia es una caca de la Vaca Paca y no me quejaba porque es posible que este 2020 hayan pasado cosas peores, pero al menos, como mínimo, quería hacer la tarta de mi infancia, jo. 
Así que tomé una decisión desesperada: le pregunté a mi familia. Seguramente estáis pensando que podía haber empezado por ahí, pero es que mi familia es... complicada
"Todas las familias, son complicadas, Lorz". Bueno, cuando vuestra familia haya dado para, no sé, quince años de blog de anécdotas venís y me lo contáis, pero de momento voy a dar por hecho que mi familia es más complicada de lo habitual. Y la abuela de la tarta a la que me refiero está en, digamos, el epicentro de la complicación. Por eso al principio me daba un poco de miedo abrir la caja de los truenos pero luego pensé mira, tengo cuarenta años y si no me la empieza a sudar todo ya no sé a qué espero. 
Así que al final le pregunté a mi madre. Tenía grandes esperanzas puestas en ella porque mi madre tiene un archivador de recetas. No una libretita, no una carpetita. UN P*T* ARCHIVADOR. Porque recortaba las recetas de todas las revistas que pillaba y luego las escribía a máquina y les pegaba la foto y luego cuando tuvo ordenador las pasó a ordenador y cuando la tecnología avanzó incluso les puso una foto.
Pero mira tú por donde, justo la receta de mi abuela no la tiene.
-Esa receta no la tengo porque a mí esa tarta nunca me gustó.
Mi madre es que es así, sutil como una apisonadora.
-¿Y la Tita del Puerto?
-Tampoco.
-¿Le has preguntado o es la mente colmena la que habla?
-La mente colmena no sabe a qué te refieres, la mente colmena se reiniciará ahora.
Viendo que no iba a conseguir nada por esa parte, opté por preguntarle a mi otra tía a la que, dicho sea de paso, hacía como una semana que le habían abierto la cabeza, quitado una válvula de los años 80, puesto otra y vuelto a cerrar, así que lo mismo no estaba como para aguantar muchas gilipolleces, la mujer. 
-Oye, tú no tendrás la receta de la tarta de galleta de la abuela, ¿por casualidad?
-...
-¿Tita?
-Lorz, no necesitas receta para eso -me explicó, muy despacito para que lo asimilara bien-, pones una capa de galletas, luego otra de crema, luego otra de galletas...
"Que pareces tonta", le faltó decir. 
-Ya, ya, si lo que no me acuerdo es de cómo hacía la crema.
-Ah, no, eso ni idea.
Jo.
Me iba a rendir ya cuando recibí un mensaje de Bichejo:
una tarrina de mantequilla...
decía. 
Y yo: 
-¿Que si quiero o que si tengo?
-La receta de la tarta, Lorz.
Ah. 

Así que por fin tenía la receta de la crema, que no de la tarta porque, como sabiamente me dijo mi tía, eso es poner una capa de galletas y otra de crema:
una tarrina de mantequilla
un vaso de azúcar menos dos dedos
tres huevos
una tableta de chocolate para postres

Es tan fácil como:
Derrites el chocolate, esto tiene que ser lo primero para que se vaya enfriando.
Bates las claras a punto de nieve.
Mezclas el chocolate, la mantequilla, el azúcar y las yemas.
Añades las claras muy despacio. 

Luego mojas las galletas en anís, leche y anís y vas poniendo capas.

Como la tarta está mejor de un día para el otro, me puse a hacerla la víspera del cumpleaños. 
Lo que pasa es que cuando tuve los ingredientes delante, pensé que quizá no estuviera a la altura del paladar refinado de los niños del siglo XXI, así que empecé a hacer cambios; por ejemplo, en vez de chocolate para postres usé chocolate con leche y en vez de un vaso de azúcar le eché medio y en vez de remojar las galletas en leche con anís las remojé sólo en leche y en vez de...
-¿Estás intentando decirme -me preguntó ZaraJota- que después de estar buscando la receta durante meses, cuando por fin te has puesto a cocinar has hecho lo que te ha dado la gana?
-Hombre, si lo dices de esa manera...

El caso es que la tarta quedó bien, pero no era como yo la recordaba.
-A lo mejor es porque no has seguido la receta -sugirió ZaraJota, que es muy de regodearse en el sufrimiento ajeno.
-No es eso... creo que en el fondo yo lo que quería era volver a sentir lo mismo que cuando era pequeña y mi abuela me hacía la tarta. Pero supongo que eso es imposible, porque en realidad lo que me ponía tan contenta era ser niña, y que fuera mi cumpleaños, y que mi abuela me hiciera una tarta...
-...y que le echara una botella entera de anís.
Vale, sí, igual eso influía también.



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03 agosto 2020

Vacaciones mentales

He tenido un año movidito. 
Vaya, como todos. 
Primero tuve un #relorzfunding que, ocho meses después, estoy a punto de dar por terminado.
Luego monté una empresa. La primera semana de marzo parecía un momento estupendo para hacerlo. SPOILER: no lo fue. No, definitivamente no lo fue.
Con todo, me he apañado para escribir, corregir, maquetar y publicar una docena de libros, y para colaborar en otros tantos.
Viendo como avanzaba la cosa también conocida como coronavirus, hice lo mismo que media España: mascarillas. Y ya que estaba, camisetas y otras cosas. 
Como todos, también he aprendido a llevar la logística de la casa saliendo lo menos posible. Por primera vez en mi vida, he planificado menús completos con una semana de antelación, me he ido a la compra con una lista detalladísima y he aprendido a calcular el uso medio de papel higiénico por persona y día.
Por supuestísimo, he hecho pan todos los días.
Me he acostumbrado a las videollamadas en todo tipo de plataformas, al #videoclub de lectura, a las clases online y vía youtube.
Todo esto, por supuesto, con los niños en casa. Dos niños acostumbrados a estar de un lado para otro de 9 a 21 horas de lunes a viernes porque cuando no hay piscina hay música y cuando no hay música hay el cumple de algún amiguito, de pronto, encerrados en casa día tras día.
Como todas las madres y algún padre, he tenido que ser maestra, jefa de estudios, monitora de tiempo libre, psicóloga, animadora sociocultural, logopeda, cocinera, limpiadora, sargento, ordeno y mando. Las veinticuatro horas del día y sin dejar de trabajar ni un momento. 
Y aunque he descubierto, también como mucha gente, que estar en casa es maravilloso (quién nos lo iba a decir...) lo cierto es que también estoy mentalmente agotada.
Necesito unas vacacioncillas.

Por supuesto, seguiré en Twitter porque soy una adicta.
Además, mis libros siguen a la venta en papel en la librería La Sombra de Madrid, que durante todo el mes de agosto envía gratis a toda la península los pedidos superiores a 25 €. 
También los podéis encontrar en formato electrónico en Lektu

Nos vemos de nuevo el 31 de agosto, si el mundo no se acaba antes. 
Y recordad: 

06 abril 2020

El aprovisionamiento



Me he hecho una experta en aprovisionamiento durante la plaga.
Es más: estoy haciendo un estudio de qué se agota antes y por qué, para legárselo a las generaciones futuras.
Pensaba que, una vez declarado el estado de emergencia, lo primero que se agotaría en los supermercados serían las latas de fabada litoral y de melocotón en almíbar.
Es que soy de pueblo.
Sin embargo, la realidad ha superado una vez más a la ficción y hemos vivido escasez de los productos más absurdos que uno imaginarse pueda.

Como todos sabemos, lo primero que se agotó fue el papel higiénico.
La prima de ZaraJota tenía una teoría al respecto:
¿Por qué necesitamos tanto papel higiénico? Pues porque uno estornuda y diez se hacen caca.
Vale, no es una teoría. Es un chiste. Presuntamente. Nos lo mandó mientras estaba ingresada por COVID, así que no se lo vamos a tener en cuenta.

Mi madre tenía otra:
El papel higiénico es más grande, y caben menos unidades por palé. Seguramente se han vendido menos paquetes de papel higiénico que de cervezas, por ejemplo, pero en el papel higiénico se nota más. Y claro, una vez que se empieza a ver que no hay papel, la gente entra en pánico y acapara.

Otra teoría, que leí en algún artículo y no recuerdo cuál:
En las películas, cuando hay un apocalipsis la gente llena los carros de papel higiénico (es grande, barato, no pesa, y no hace ruido ni daño si se cae durante el rodaje) y esa imagen se ha quedado grabada en el imaginario colectivo de tal forma que, en cuanto nos anuncian el apocalipsis, llenamos el carro de papel higiénico.

Yo tengo otra teoría:
Se hace mucha caca cuando no tienes nada que hacer más que ver la tele y comer. Pero mucha, mucha.

Ahora el papel higiénico ya no falta, pero sigue estando rodeado de una especie de aura de artículo de lujo: en algunos supermercados lo ponen en los frontales, al lado de las cajas, para que se vea que hay.


Lo siguiente que eché en falta fue la leche, al menos durante los primeros días: llegamos al extremo que solo se encontraba leche marca Día. Saquen sus propias conclusiones.
Lo de la leche tiene su lógica: la leche en brick dura mucho y con los niños en casa se consume a una velocidad cercana a la de la luz: en mi casa caen cerca de dos litros al día, catorce a la semana, y si la intención es no salir a la compra en dos semanas necesitamos... bueno, no tengo la calculadora a mano pero yo diría que muchos.

Luego empezó a faltar la harina.
Desde mi punto de vista tardamos mucho en llegar a este punto, o sea, ¿dónde está la generación de la posguerra cuando se necesita? Con harina y un par de cosas más se pueden hacer un montón de cenas de pobre. Quizá no tengan la aprobación de los mejores nutricionistas, pero el virus tampoco y mira lo bien que le va.
Sin embargo, la harina no se agotó para hacer buñuelos, sino para hacer pan.
Científicos de todo el mundo han estudiado este fenómeno y todavía no saben si es una muestra de compromiso con la política de salir de casa lo menos posible o que somos todos tontos del culo, pero esperan llegar a una conclusión en breve.

Lógicamente, si nos ponemos a hacer pan como locos, lo siguiente que falta es la levadura. Pero a lo bestia. En estos momentos es imposible encontrar levadura de ningún tipo y el FMI se plantea eliminar el patrón oro y crear un nuevo sistema monetario basado en los sobrecitos de Royal.

Pero cuando Dios te quita la levadura, Youtube te da tutoriales de masa madre. Y ¿con qué se hace la masa madre? Con harina integral.
La harina integral desapareció de nuestras vidas, y ahora mismo es tan difícil de encontrar como el vellocino de oro, la ciudad perdida de Atlantis o la levadura.

También han desaparecido algunos tipos de pasta, pero no todos. Algunos días hay solo espaguetis y al siguiente puede haber solo caracolas, es un misterio. Curiosamente, no ha habido escasez de tomate frito y/o triturado. ¿Con qué os estáis haciendo los macarrones, so degenerados?


Hasta aquí las cosas a las que les veo una cierta lógica. Ahora entramos en Villa Maracas.

Es imposible encontrar jabón de manos en gel. El normal de toda la vida. PERO VAMOS A VER. Que sí, que nos han dicho que nos lavemos mucho las manos, y me alegra ver que todos os las estáis lavando mucho, pero con un poco de lógica.
Vaya, que si estás en casa todo el día rascándote los huevos y sin contacto ninguno con el mundo exterior para qué te vas a lavar las manos cada media hora, que se te va a caer la piel. Sobre todo teniendo en cuenta que, hasta donde sabemos, los testículos no son transmisores de coronavirus.

Otra cosa que ha desaparecido sin motivo aparente son las natillas de fresa, probablemente porque es una guarrería que no le gusta a nadie salvo a ZaraJota (no descarto que sea gay). El caso es que hay de todos los sabores menos de fresa.

La lejía y el sanitol. A no ser que estéis aprovechando el confinamiento para hacer limpieza y/o asesinar discretamente a vuestras familias, es totalmente inexplicable.

Las palomitas de maíz. Espero que tarde o temprano alguien exija responsabilidades a Netflix, HBO y Disney+.

El maíz en lata. Vosotros sabéis que con eso no se pueden hacer palomitas, ¿verdad? Que os veo capaces.

Por último, y para mi total desconcierto, han desaparecido los calabacines.
Pero a ver. Que yo entiendo que estamos en una situación muy difícil, que hay que liberar tensiones y todo eso... pero usad un satisfyer, que es mucho más higiénico, por favor.







Pd: Mis libros siguen disponibles en Lektu.

23 marzo 2017

La dichosa merienda

Dos trabajos.
Dos niños.
Dos horas de transporte público diarias.
Pero lo que REALMENTE me impide actualizar con más frecuencia es que a pesar de tener mis dos cuentas de gmail perfectamente instaladas, hay días en que Google no reconoce la de lorzagirl@gmail.com y no hay manera de acceder al blog.


Estoy harta de las meriendas del colegio.
Ya está, ya lo he dicho.
Hay veces en las que pienso que nos quedan diez años de colegio con sus correspondientes meriendas y me entra una congojo existencial muy gordo.
Técnicamente, la culpa no es de la merienda.
Es decir, la merienda no tiene la culpa de que mi despertador suene a las 6:30, pero Bebé-kun se aferre a la teta hasta las 7:30, y luego tenga que hacer el desayuno, la merienda y mi tupper a toda prisa, con el niño todavía colgando del pecho y la niña negándose a colaborar.
Y desde luego, la merienda no tiene culpa de que después de todo el esfuerzo, Nena-chan no se la coma.
Y eso que lo he probado todo.
Incluido un aproximado millón de veces que he abierto la nevera en el último momento, he visto que no quedaba nada de fruta, y le he metido en la mochila un zumo (sí, con azúcar) y cuatro galletas (sí, con azúcar).
Ni el otro millón de veces aproximado que, en las mismas circunstancias, le he metido una gelatina de esas de chupar. 
Solo soy humana, y además no consigo que me funcione el giratiempos. 
Primero le compré unos tupper monísimos (de Frozen) y no se comía la merienda.
-Es que la mamá de Amiga-chan le pone la merienda en una bolsa de PLÁSTICO.
-¡Pero tu tupper mola más que una bolsa de plástico!
-¡Es que le pone una pinza ROSA! ¡Y le escribe COSAS!
Después de dirigirle mentalmente un par de apelativos a la madre de Amiga-chan, renuncié a los tuppers de Frozen. Pero Nena-chan seguía sin comerse la merienda.
-Es que el plátano estaba asqueroso ASQUEROSO -me dijo un día. Viendo el aspecto del plátano, tenía toda la pinta de que "alguien" se hubiera sentado encima.
-Es que la manzana me picaba en la boca -probablemente porque después de pasar ocho horas a una temperatura de 22 ºC en una bolsa de plástico había macerado hasta alcanzar estatus de sidra.
-Es que no queriba pera -eso es de vez en cuando, que tiene un día sincero.
Entonces empecé a ser creativa.
Le cortaba los sandwiches con un cortapastas de figuras.
Le ponía tomatitos cherry con queso picado.
Le hacía dibujos con rotulados en el plátano.
Por cierto, mala idea. Con el calor despinta. 
Le hacía bocaditos de galleta integral y queso de untar.
Y, el gran golpe maestro: volví a meterle la merienda en un tupper cuyo principal atractivo era... ¡pertenecer a su hermano!
Vivir para ver. 
Cada vez que introducía en el menú algo nuevo funcionaba un par de veces (no consecutivas) y luego volvíamos a las andadas.
-Nena-chan, no te has comido los tomatitos...
-Es que SIEMPRE me pones tomatitos y mis amigas disen que eso no puede ser.
Primero: una vez por semana no es siempre.
Segundo: nos espera una adolescencia terrible.
A la mañana siguiente le pregunté directamente qué quería merendar, porque total, toda resistencia es fútil.
-No lo sé.
-A ver, ¿qué te gusta?
-Lo que tú no me prepares.
-Sí, ya me voy dando cuenta.
Nena-chan se lo pensó un poco.
-Un día mi amiga trajió unos sereales con leche DENTRO. Yo QUIERO.
-Pero entonces te los habré preparado yo y ya nos los querrás, ¿no?*
-...
-Tengo una idea: como estoy casi segura de que la otra niña le pide a su mamá lo mismo que te hago yo a ti, vamos a seguir como hasta ahora y lo compartís.
-¡NOOOOOO! Yo quiero lo mío para mí. Pero que sea lo de ella.
Creo que a partir de ahora voy a optar por el robo organizado de meriendas.






*Efectivamente, cuando le compré los cereales no los quiso.








23 diciembre 2012

El bizcocho navideño II y ya

Previously in Lorz...
-Lorz -dijo mi madre-, he leído lo último que has escrito. 
M**rd*.
-Está bien, dame la colleja.
-No, no... lo digo porque he visto que en los comentarios te han pedido la receta del salmorejo y no has contestado. 
-Ya, es que mi ordenador me da problemas para comentar en blogger, y además Bebé-chan no me deja mucho tiempo para pelearme con el pop-up. 
-Mujer, dile algo, pobre criatura, mira que no haberse comido nunca un buen salmorejo, eso ni es vida ni es nada...
-Vale...

Para hacer salmorejo necesitas:
Pan duro. 
Tomates. 
Un pimiento. 
Un diente de ajo. 
Aceite, un buen chorro.  
Vinagre, un chorrito. 
Sal. 

Las instrucciones son aptas para todos los públicos:
Cortar el pan en trozos y ponerlo en un recipiente con un poco de agua para que se humedezca. 
Pelar el ajo.
Cortar a trozos el resto de los ingredientes (quitándole al pimiento el rabo y las pepitas). 
Mezclarlo todo y triturarlo con la batidora hasta formar una crema uniforme y sin grumos. 
Servir frío y decorado con huevo duro y jamón del güeno picadito por encima. 

El problema del salmorejo no es la ejecución sino la cantidad: depende mucho de lo duro que esté el pan, la madurez y la calidad de los tomates...
Yo lo que hago es empezar con media barra y el resto de los ingredientes menos el tomate, y luego voy añadiendo tomates poco a poco hasta conseguir "el punto". 
Me temo que es cuestión de práctica. 
Espero haber servido de ayuda. 
Y ahora, volvemos de nuevo a la guerra del polvorón. 


La cosa no quedó ahí. El tema del bizcocho para la cena de navidad volvía a salir cada vez que se mencionaba la cena de navidad. Y eso es mucho, ¿eh? Porque en mi familia hablar de comida nos gusta más que comer.
Mucho más.
-Pero a ver -repetía mi madre-, ¿cómo lo vas a hacer?
-Un bizcocho normal sin nada.
-¿Sin chocolate?
-Que sí, que sí, sin chocolate.
-Pero, ¿sin nada?
-Sin nada.
-¿No le irás a echar fresas ni cosas raras de esas?
Yo estaba pensando en echarle un puñado de pasitas, para hacerlo un poco más festivo. Sin confesarlo, taché mentalmente las pasas de la lista.
-Sin nada.
-¿Ni vainilla?
-Sin nada.
-Es que a veces la gente le echa vainilla de esa, y luego todo sabe a industrial-industrial. No le eches nada industrial-industrial, ¿eh?
Por favor que alguien me explique cómo se puede hacer eso, porque hasta los huevos ecológicos de corral los llevan al supermercado en camión. A mí esto de lo industrial-industrial me descolocó tanto que durante un par de segundos estuve tentada de presentarme en la cena de navidad con un cuenco de harina.
-¿Esto qué es? -diría mi madre.
-Tu bizcocho. ¿No lo querías sin nada? Pues devuélveme el cuenco, que me han dicho que los cuencos de plástico son industriales-industriales.
En vez de eso, respiré hondo, y con toda la paciencia que pude reunir, le dije tranquilamente:
-¡SIN NADA, J*D*R, SIN NADA! ¿QUÉ PARTE DE "SIN NADA" NO TE ESTÁ QUEDANDO CLARA? 
Mi madre me miró sin parpadear un par de segundos.
Ya, está, parece que lo está asimilando, pensé.
-Pero... no le echarás chocolate, ¿no?
O puede que no.
-Lo voy a hacer como el de Lala. Exactamente igual. ¿Te parece bien? -le dije al final.
Lala era mi bisabuela, y hacía el mejor bizcocho-normal-sin-nada del mundo mundial.
La receta es para tontos:

Ingredientes:
1 sobre de levadura
4 huevos

Editado: me dicen que son 3 huevos. Ni idea, yo siempre le echo 4 y me sale bien. Bueno, por lo general se quema, pero eso no tiene nada que ver con los huevos. 
Por llegar a una solución de compromiso, digamos que para hacer el bizcocho hay que echarle huevos y, ocasionalmente, el contenido de varios extintores. 

1 yogurt de limón
El envase del yogurt sirve de medida para el resto de ingredientes:
1 vaso de aceite
2 vasos de azúcar
3 vasos de harina


Preparación:
Precalentar el horno.
Mezclar todos los ingredientes a mogollón hasta conseguir una especie de papilla liquidorra.
Engrasar un molde con mantequilla o aceite para que no se pegue.
Verter la papilla liquidorra en el molde.
Meter el molde en el horno sin tirar la masa.
Hornear. En mi horno es bastante con media hora a 200 ºC. No respondo por otros hornos.

El bizcocho de Lala, conocido por el resto de los mortales como "bizcocho de vasito" o "bizcocho de yogurt" está buenísimo, aunque para mi gusto es demasiado simple para postre de navidad. Al final, después de unas negociaciones que ríete tú del proceso de paz de Oriente Medio, mi madre me dio permiso para que lo adornara con un poco de azúcar. Para darle forma al adorno, me fui a un todoacién y me compré un "Surtido de cortagalletas con diseño navidad", que traía:

Una estrella.
 Por la estrella que guió a los Reyes Majos.



Una estrella fugaz.
Por la estrella que guió a los Reyes Majos. Otra vez.



Un oso.
 Porque la navidad es amor, ¿no? Y los osos son amorosos, ¿no? Pues eso.



Un elefante y un hipopótamo.

Porque el Papa ha dicho que en el portal de Belén no había ni mula ni buey, pero de elefantes e hipopótamos no ha dicho nada, ¿no? Para la próxima que especifique.



Y por último, pero no por ello menos importante...
Un útero.
Eh...
Bueno, pues nada...


¡Feliz útero a todos, 
e hipopótamo a los hombres de buena voluntad! 






19 diciembre 2012

El bizcocho navideño I

Hoy me voy a jugar la vida, que lo sepais. Ni Kosovo ni Bosnia: el auténtico periodismo de guerra es escribir sobre mi madre.

 Mi madre cocina muy bien.
 Bien, primero hazle un poco la pelota para que se ablande. 
 Y en navidad hace auténticas maravillas. Hace años se dio cuenta de que no merecía la pena luchar a muerte contra el pavo porque nos atiborrábamos a canapés y el pavo se quedaba entero. Siguiendo la lógica, lo que hizo mi madre fue multiplicar el número y la variedad de canapés, hasta que el plato principal se convirtió en algo que hace por si acaso, pero que invariablemente acaba quedando para comer al día siguiente.
 El arte que se da mi madre con los canapés es legendario. Hace tartaletas de salmorejo, montaditos de solomillo con cebolla caramelizada, tostadas de jamón ibérico con huevo de codorniz, cremas para untar que se inventa ella misma...
Resumiendo: la cena de navidad de mi madre nos deja a todos con las patas temblando. Lo único que falla es el postre.
 -En Navidad hay que comer polvorones -dice mi madre, y planta la bandeja en mitad de la mesa con mucha decisión.
 Los polvorones sólo le gustan a mi abuela. Por desgracia, a la altura del postre mi abuela ya se ha tomado media copita de vio blanco (no necesita más) y está más interesada en cantar villancicos tradicionales que en los polvorones. El resultado es que los polvorones se quedan sin tocar.
 -Yo no sé para qué compro polvorones -dice mi madre-, si luego no os los coméis.
A lo mejor es porque no nos gustan, ¿eh? cosas más raras se han visto.
 Hace años, así como quien no quiere la cosa, empecé a llevar una caja de bombones a la cena de navidad.
-Mujer -decía mi madre-, no hace falta que traigas nada, si ya tenemos polvorones.
 Pues por eso, madre, por eso...
Cada navidad los bombones se acababan, y los polvorones se volvían a quedar enteros.
 -Mis hijos son más tontos -decía mi madre-, no les gusta más que el chocolate.
Si no recuerdo mal, mis hermanos son muy aficionados a las natillas y al arroz con leche, ZaraJota™ a la tarta de queso, y yo a la de manzana. En general creo que nos apuntamos a todo lo dulce, con una única excepción: los p*t*s polvorones.
 El año pasado, aprovechando que mi madre no estaba, di un paso mas en la guerrilla antipolvorón y preparé una tarta sacher. El éxito de la tarta me dio el valor necesario para avanzar en la campaña antipolvorón y anunciarle a mi madre que este año iba a preparar un bizcocho.
-Pero que no sea de chocolate, ¿eh? -me dijo-. Que a mí el chocolate no me gusta.
Pues coma polvorones, madre, coma polvorones.


 Continuará...

19 noviembre 2012

La tribu entera

Hay un proverbio que dice que para educar a un niño hace falta la tribu entera.
Lo que no te dice es que tribu es, ni si va la tribu a tu casa o tienes que buscarla tú, ni si lo cubre la seguridad social o qué.
Bien pensado, es una m**rd* de proverbio, olvidadlo.
La cuestión es que estás tan ricamente en el hospital, donde te lo dan todo hecho, hasta que un día de pronto te dan a tu bebé y te mandan a casa.
Y cuando llegas a casa, el bebé, que se ha pasado los tres días de ingreso hospitalario durmiendo y comiendo como un bendito, empieza a llorar de pronto. A ser posible, a las tres de la mañana, que es una hora muy buena para estas cosas.
Entonces es cuándo te haces La Gran Pregunta:

¿ahora qué hago yo con esto? 

Cuando llega el momento de la verdad ni los libros, ni las clases de preparación al parto, ni todos los consejos no solicitados que has ido recibiendo contra tu voluntad durante el embarazo te sirven de nada.

Entonces es cuando recurres a la tribu.

En las tribus se suele considerar a los viej.. ancianos como a los más sabios. Por eso la primera opción debería ser consultar con las matriarcas de la familia. Pero no lo es. Porque cuando consultas con las matriarcas de la familia te encuentras cosas como esta:
-En mis tiempos teníamos un remedio buenísimo para los cólicos de los bebés -te dice la bisabuela de la criatura un día.
-¿De verdad? -preguntas con lágrimas de emoción en los ojos, porque llevas tres días sin dormir por culpa de los p*t*s cólicos.
-Sí, pruébalo que es infalible. Necesitas tres plumas de dodo, pelos de mamut, puntas de flecha...
...Y una máquina del tiempo, aparentemente.

Por eso cuando tienes un problema lo normal no es acudir a los viej... ancianos de la familia, sino a tu madre.
Algo sabrá la mujer, te dices, a fin de cuentas me ha criado a mí y mira como he salido.
El problema es que luego lo piensas con más calma y cambias el tono de la frase:
¿Algo sabrá la mujer? Sí, sí. Me ha criado a mí... ¡y mira como he salido!
Así que un día te llega tu pobre madre y te dice:
-¿Sabes lo que es buenísimo para los cólicos?
Y ni corta ni perezosa le contestas:
-¡¡¡NI LO SÉ NI ME IMPORTA!!!
Y se lo toma a mal. Las madres son así, se enfadan por cualquier tontería.
Espera, ahora yo también soy una madre... Creo que voy a tener que empezar a replantearme algunos conceptos.

Aparte de la madre propia, también está la madre del padre de la criatura, por lo general denominada suegra. Las suegras también pueden dar buenos consejos.
A fin de cuentas, ellas también han tenido hijos, ¿no?
Y tan mal no han debido salir, cuando te has casado con uno de ellos, ¿no?
El problema es que a las suegras hay que llevarles la contraria por cuestión de principios. Llevar la contraria a la suegra es una costumbre universal que existe desde el principio de los tiempos y cambiarla podría suponer el fin de la civilización tal y como la conocemos.
De todas formas, los consejos de mi suegra tampoco me convencían demasiado.
-En mis tiempos -explicó una vez-, cuando un niño estaba estreñido se le introducía por el ano un tallo de geranio engrasado con aceite de oliva.
-¿Y daba resultado?-pregunté.
-De inmediato.
No me extraña: me imagino al pobre bebé de turno, mirando de reojo al geranio y pensando "será mejor que haga caca pronto, que es el último tallo del geranio y en el resto de las macetas hay cactus".
La costumbre del geranio rectal me pareció tan bestia que un par de días más tarde se la conté a mi madre.
-¡Que barbaridad! -dijo.
-Ya, ya, es que antes se hacían unas cosas...
-Desde luego... ¡si eso se ha hecho toda la vida con perejil!
Nota mental: no volver a comprar perejil, nunca se sabe en que culo puede haber estado.







Editado por alusiones (otra vez):
Vamos a dejarlo claro, que luego vienen los servicios sociales y pasa lo que pasa. 
A Bebe-chan NO le hemos metido nada por el c*l*. 
Durante las clases de preparación al parto, la enfermera nos dijo que si el bebé estaba estreñido se le podía introducir por el recto un bastoncillo de los oídos lubricado con vaselina. Aunque es más higiénico que el perejil tampoco lo hago porque me da mucho repelús; prefiero hacer los ejercicios y los masajitos que nos enseñó una enfermera maravillosa llamada Charo. 
(¡Hola Charo!)
En cualquier caso, Bebé-chan no tiene problemas de estreñimiento, sino de "cólicos", que es como los pediatras dicen "no tengo ni idea, ya se le pasará". 
Los cólicos consisten en que el bebé se pone histérico durante un rato todas las tardes. Como nadie sabe ni lo que son ni por qué, no hay un remedio universal: depende de cada niño. En el caso de Bebé-chan, el remedio consiste en sentarla en el regazo mirando al frente y mecernos en la butaca mientras le canto "Susanita tiene un ratón" en bucle. 
Es la única canción que funciona, probablemente porque lleva anís, que es muy bueno para los gases. 
Sea por lo que sea, Miliki tiene mi agradecimiento eterno.






22 diciembre 2011

La tarta Towsend

Una mañana al teacher se le ocurrió darnos para leer un texto sobre la historia de la tarta Sacher™.
Para que luego digan que no se tortura en las escuelas. ¡Hablar de tartas de chocolate a las 11 de la mañana cuando no has desayunado debería ser delito!
Después de aquello me entró un antojo tremendo de tarta Sacher™. Es lo que tiene. Pero, tal y como habíamos leído en clase, la receta es secreta y sólo se puede conseguir una porción de auténtica tarta Sacher™ en Viena.
Jo...
Claro que, siempre hay imitaciones. En internet hay un montón de recetas, y como tenía un antojo enorme decidí crear mi propia versión, usando esta como base.
Ante todo, que quede claro que lo he hecho NO es una tarta Sacher™, no sea que venga la SGAE ahora a crujirme por cocinar.

Por eso lo primero es darle un nombre diferente:

LA TARTA TOWSEND

Porque la primera vez que la hice llevé un trozo a casa de Towsend y Sheena para que lo probaran, pero Sheena no llegó a probar ni un trocito.
Nadie sabrá nunca lo ocurrido, pero la mayoría de los expertos opinan que Towsend olió el chocolate y se escondió dentro de la lavadora para comérselo él solo, mientras repetía "mi tesoro, mi tesoro".
O algo así.
Más tarde me dijo que la tarta "estaba hecha del material con el que se fabrican los sueños", pero ya no sé si lo decía en serio o había tragado suavizante sin querer y le estaba afectando al cerebro.

Allá vamos:

Para la base necesitas, por orden de aparición:
1 tableta de chocolate para fundir
100 gramos de mantequilla, con margarina también queda estupenda
6 huevos
100 gramos de azúcar
un puñao de almendras (decir "puñao" es correcto si se usa como unidad de medida)
100 gramos de harina
un sobre de levadura
una cucharada de canela
un poco de sal



Ave Cesar, morituri te salutan.

Como no tengo báscula, ni falta que me hace, tengo dos opciones: usar la Wii Balance Board o uno de esos cacharritos de medir.

Para la mantequilla uso un sistema de aproximación matemática: si la tarrina es de 500 gramos, la mitad son 250, y la mitad 125, y así sucesivamente.

Creo que he perdido un par de fotos. En algún punto hay que triturar las almendas... Es posible que estuviera tan emocionada triturando que se me haya olvidado hacer las fotos.
Jo, un maravilloso recuerdo que nunca volverá.

Bueno, lo primero es lo primero:
Se parte el chocolate en trozos y se pone a derretir en una perolita a fuego lento. Mira que mono.

A mí me gusta echarle un chorrito de leche, queda más cremoso y tarda más en pegarse.

Aún así, a la que te descuides se pega. Hay que remover y remover...
Cuando esté todo derretido añadimos la mantequilla y seguimos removiendo.


Hasta que quede una pasta cremosa y uniforme. O algo.
Apagamos el fuego y, haciendo uso de una gran fuerza de voluntad, dejamos el chocolate aparte para que se enfríe.
Mientras tanto, cogemos los huevos, los casca... eh... mientras tanto separamos las claras y las yemas.

Anda mira, el gueto de los huevos.

Ahora hay que montar las claras a punto de nieve. Se puede hacer a manita o con un cacharrito de montar claras, que es mucho más rápido.

Al mío lo llamo Dalek Chef.

¡AMASAAAR! ¡AMASAAAR!

Las claras tienes que quedar así. Si les echas un poquitito diminuto de sal es más rápido.
Todos los demás ingredientes se mezclan con las claras. Así, a mogollón.

Bueno, para ser sinceros, es mejor batir primero las yemas, después añadir el azúcar, y poco a poco todo lo demás, porque si no en lugar de una "masa uniforme" te quedan "ñoscos de dudoso aspecto".

Cuando me pasa esto (o sea, cada vez que hago la tarta), añado mantequilla derretida hasta que la masa tiene aspecto de masa:

Mucho mejor.
Ahora añadimos el chocolate.

Y cuando todo está bien mezclado, añadimos las claras.

Muy despacito, y usando una espátula para remover...

...porque si lo haces deprisa o con brusquedad todo el trabajo de Dalek Chef se deshace, y Dalek Chef se enfada, y, creedme, no queréis ver a Dalek Chef enfadado: una vez me pillé un dedito con las varillas en movimiento y no veas lo que duele.
El resultado es una especie de cerveza de lodo.
Y ahora lo de siempre, embardurnamos un molde con alguna sustancia pringosa para que la tarta no se pegue...


Llegado este punto es cuando me doy cuenta de que se me ha olvidado precalentar el horno.
En mi horno de la Srta. Pepis bastan 20 minutos a 180 grados.
Metemos el molde con cuidado de no tirarnos la masa encima.
No es que me haya pasado nunca. No. Que va. ¡Malditos moldes de silicona flácida!
Eso sí, después se te queda un brillito en el pelo monísimo.

Y ahora mucho ojito. Esta tarta cuece rapidísimamente. En este horno de juguete está lista en 30 minutos a 180 grados, de los hornos de los demás no me atrevo a opinar.
Mientras se hace, aprovechamos para recoger la cocina.
No sé muy bien cómo, pero el chocolate suele llegar a lugares insospechados:


Cuando la tarta esté lista, la sacamos del horno y esperamos a que se enfríe.



Y cuando esté bien fria la cortamos por la mitad con un cuchillo y evitando los deditos para que quede así.


Ahora embadurnamos las mitades con mermelada. Este es el paso más importante porque la mermelada es fruta, así que cuenta para las cinco porciones de fruta al día, y además es light,
¡así que TODA la tarta es light!
Para que luego digan que la comida sana no está rica.


Cuando está todo bien empapado de mermelada unimos las dos mitades como si fuera un bocadillo.

Y ahora cubrimos de chocolate; repitiendo los pasos del principio: calentamos en una perolita una tableta de chocolate, una bola de mantequilla y un poco de leche y... TA-DÁ!!!

Seguramente os estáis preguntando para qué he puesto la tarta sobre un andamio...
Para que el chocolate chorree libremente en vez de rebosar por el plato.


Dejamos que el chocolate chorree bien y cuando esté un poco más consistente pasamos la tarta a un plato.

Llegado a este punto la tarta se puede comer, pero no sé, como que le falta algo...
Lleva huevos, mantequilla, chocolate, harina, azúcar, sí... pero lleva muy poca mermelada. No conseguiremos una dieta auténticamente sana y equilibrada sin alcanzar las cinco piezas de fruta al día.
Pues a ver como meto yo cinco piezas de fruta en una tarta tan pequeña...

¡Ah, pues ya está!

Decimos que es un pino que da manzanas de colores y ya está.









¡FELIZ NAVIDAD PARA QUIENES CREAN EN ELLO
Y GRAN PITANZA PARA LOS QUE NO!

16 octubre 2011

Lentejas

Le dije a Hermano Pequeño que por su santo le iba a regalar un vale para ir a una clase de cocina pero no me ha dado tiempo a ir a comprarlo. Mejor que mejor: si lo piensas detenidamente, ¿no es mucho mejor que te enseñe a cocinar tu dulce hermanita?
Y vamos a empezar, por razones puramente sentimentales, con las lentejas.
Las he odiado toda la vida.
Mi madre hacía lentejas todos los lunes. Entiendo que planificar las comidas de toda la semana es un rollo, madre, pero ¿TODOS LOS P*T*S LUNES? Con el tiempo, las lentejas me acabaron sabiendo a lunes y, por si eso no fuera poco, me sentaban horrorosamente mal: era acabar de comerlas y me iba por la patilla. Hay gente que cuando tiene problemas para ir al baño come ciruelas o toma zumo de naranja en ayunas: a mí me basta con comer las lentejas de mi madre. Las conchas codan me hacen el mismo efecto. Todavía no he descubierto porqué: en cuanto lo descubra pienso patentarlo.
Años más tarde, cuando empecé a cocinar lentejas por mí misma, descubrí que el efecto patilla no lo provocaban las lentejas, sino el laurel que mi madre le echa en cantidades industriales.
¿Llevarán laurel las conchas codan?
Eliminado el efecto patilla, empecé a cocinar lentejas cualquier día, y dejaron de saberme a lunes. Ahora las lentejas me gustan mucho, lo bastante como para hacerlas incluso (madre, tápate los oidos) en domingo.

Vamos a ello.

Para dos personas necesitas:
- Medio vaso de lentejas.
- Un cuarto de cebolla.
- Un tomate.
- Medio pimiento.
- Un diente de ajo.
- Morcilla y chorizo.
- Patatas.
- Zanahorias.
- Aceite, sal, pimentón.

La ventaja de esta receta es que la mitad de los ingredientes los puedes conseguir gratis poniéndole ojitos a tu madre: el aceite de sus olivitos, el chorizo y la morcilla del pueblo, el pimentón de la Vera. Si le echas mucho morro también puedes coger de su nevera el resto de los ingredientes, pero intenta que no te pillen.

Lo primero de todo es llenar un vaso con lentejas hasta la mitad y después llenarlo de agua. Tu madre las pone en remojo el día de antes. O lo intenta. La mayor parte de las veces se le olvida: por eso algunas veces la has oído levantarse de de madrugada y correr a la cocina gritando “¡las lentejas! ¡que se me han olvidado las lentejas!”. Yo las pongo el mismo día, generalmente cuando voy a la cocina a desayunar, aunque después de un par de lapsus ya he descubierto que con una hora antes te sobra. Las lentejas absorben el agua y crecen hasta llenar todo el vaso.

Pelamos el diente de ajo y picar la cebolla, el tomate y el pimiento en trocitos pequeños.
Cuando picas cebolla, por lo general, los ojos te van a llorar. Hay un truco infalible para evitarlo: que lo haga otra persona mientras tú te vas a otra habitación a ver la tele.

Lorzconsejo: si te quedas en la misma habitación, el truco no funciona.

Cuando lo tengas picado, cubres el fondo de una olla con aceite y lo pones a calentar.

Lorzconsejo: en algunas recetas te dirán “fuego medio”, “fuego alto”. Como ya nos conocemos, lo vamos a hacer todo con el fuego al mínimo. Por si acaso. Estudia atentamente los dibujos de los botones de tu cocina antes de empezar.

Para saber si el aceite está caliente, lo más eficaz es meter un dedo.
¡ES BROMA! ¡ES BROMA!
Sabes que el aceite está caliente porque parece más líquido y transparente.
Y sin haberlo planeado, me ha salido un pareado.

Una vez que el aceite esté caliente echamos el diente de ajo, la cebolla, el tomate y el pimiento, tapamos la olla y dejamos que se haga bien, removiendo de vez en cuando. Ten en cuenta que para remover tendrás que levantar la tapa.

Lorzconsejo: no remuevas con el dedo. Especialmente si lo has usado antes para comprobar la temperatura del aceite.

Cuando la cebolla esté transparente y el pimiento tenga un color verde apagado el sofrito estará listo.

Es muy importante saber hacer bien esta parte porque la mayoría de los platos tradicionales que nos parecen tan complicados no son más que un sofrito al que se le han añadido más cosas. Por ejemplo, si a este sofrito le añades un bote de tomate triturado, pimienta, orégano y sal tienes salsa para macarrones como la que hace tu madre.

A continuación le echamos el chorizo y la morcilla. Si decides echarlos enteros, ten en cuenta que hay que pincharlos un poco para que no exploten. En mi caso la morcilla siempre explota. No sé porqué. Miles de científicos del mundo se han interesado por el tema sin encontrar respuesta. Supongo que hay cosas que el ser humano no está preparado para comprender.

Tapamos la olla y lo dejamos unos minutos para que suelten grasilla. Después añadimos un vaso de agua y la pastilla de avecrem. Hay muchos tipos de pastillas de avecrem: algunas ni siquiera son de la marca avecrem. Para las lentejas me gusta usar una de verduras o de carne. Nunca uses una de pescado.

Lorzconsejo: hay que quitarte el envoltorio a la pastilla de avecrem antes de echarla a la olla.

Pela la patata y córtala en dados. Ten en cuenta que si los dados son muy grandes tardarán mucho en cocerse y si son muy pequeños se desharán.

Pela o raspa la zanahoria, quita el ombliguito del principio y córtala en rodajas. A no ser, claro, que tu cobaya se haya comido la última zanahoria, en una muestra más de su total falta de respeto y consideración hacia los sentimientos de los demás.

Cuando el mejunje que tenemos al fuego haga blup-blup añadimos las patatas, la zanahoria y a nuestras amigas las lentejas.

Lorzconsejo: Sólo las lentejas. Retira el agua sobrante y el vaso antes.

Echamos un poco de sal y pimentón. Mejor poco que mucho, siempre podemos corregir después.
Tapamos la olla y la dejamos a fuego lento haciendo blup-blup. De vez en cuando removemos un poco, porque las c*br*n*s de las lentejas tienen tendencia a pegarse, y no entre sí, que sería lo más normal, sino al fondo de la olla.
Jijiji, rima con p*ll*.

El tiempo de cocción depende mucho de la cocina. Por lo general, no suelo necesitar más de media hora, pero antes tenía un fogón eléctrico y tenía que empezar tres días antes.
Deja que se vayan haciendo a fuego lento, removiendo de vez en cuando y añadiendo agua si ves que se empiezan a convertir en cemento marrón.
Sabrás cuando han terminado de hacerse porque tu cocina empezará a oler rico-rico y las lentejas estarán blanditas.

Lorzconsejo: para saber si las lentejas están blandas hay que probarlas. Y probarlas consiste en comer una cucharada de lentejas, NO en aplastarlas contra la encimera, aunque admito que así también es posible comprobar si están blandas.







Bueno, pues estas son las instrucciones, pero para cocinar realmente bien necesitas algo más, el Lorconsejo definitivo:
Nadie nace sabiendo, nadie aprende sin ayuda y para hacer algo bien hay que hacerlo mal muchas veces.
Miramos a nuestras madres y pensamos que no merece la pena aprender a cocinar porque nunca lo haremos tan bien como ellas... porque no estábamos presentes mientras aprendían, y no vimos todas las veces que tuvieron que tuvieron que repetir las croquetas hasta que les salieron tan bien como cuando vas a casa los domingos.
Y si nuestras madres pudieron, ¿por qué no lo vamos a poder hacer nosotros?
Todo es cuestión de intentarlo.
Ensayo y error, nene.
Y sí, cada vez que te equivoques y le prendas fuego a las cortinas de la cocina toda tu familia se va a reir de ti (yo la primera, MUA-JA-JA).
Piensa que el único que rompe los platos es el que los friega, es decir, que si te has equivocado, es porque lo has intentado, y de eso va la vida, ¿no? de intentar mejorar un poco casa día.



Ups, me he vuelto a pasar de seria... ¡rápido, que alguien cuente un chiste de pollos!


Pd: hoy es el cumpleaños de mi mamá.


Editado 16/10/2011 10:25
Aunque parezca mentira, me pongo colorada cuando me miras.
No, no era eso.
Aunque parezca mentira, hay gente que no sabe lo que es una
concha codan.
Las conchas codan son dos bizcochos planos y redondos unidos por una capa de chocolate. Es como si alguien hubiera visto las
galletas príncipe y hubiera dicho "dos galletas con chocolate enmedio, que buena idea, pero yo lo voy a hacer con tortas que lo de las galletitas es como para nenazas".
Las conchas codan son un clásico de la infancia, como los
phoskitos o el bollycao pero con menos glamour porque no traen pegatinas.
Digamos que el bollycao era lo que te podías comprar cuando elegías tú, y la concha codan es lo que te compraba tu abuela. Están igual de ricas, pero te estropean la imagen en el recreo.