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24 marzo 2025

El alien



Yo estoy a favor de una sanidad pública, gratuita y de calidad. 
El problema es que cuando llevas más de un año con un dolor como si un alien estuviera intentando salir a mordiscos de tu estómago, has ido a tu médico de cabecera y a urgencias incontables veces, y la respuesta ha sido, por decirlo suavemente, variopinta (la último fue: "un dolorcito de barriga que quizá estés exagerando"), como que te dan ganas de coger tus principios y metérselos a alguien por el orto. 
A alguien que lleve bata blanca. O pijama azul. La verdad es que no soy caprichosa. 
Ya sé lo que estáis pensando: "La que hay que hacer es seguir luchando por la sanidad pública".
Y es lo que pienso seguir haciendo, pero por lo que sea para eso necesito seguir viva. Y si os digo la verdad, durante los últimos meses estaba convencida de que me iba a morir; no porque tuviera nada grave, sino porque no estaba recibiendo ninguna atención médica, más allá de recetarme ansiolíticos para mi dolor imaginario mientras me decían que intentara no tomármelos, que lo que tengo que hacer es mantener una actitud más positiva.
Cómo se supone que tienes que mantener una actitud positiva mientras te sientes todo el rato como si un alien estuviera intentando salir a mordiscos de tu estómago pero tienes que hacer vida absolutamente normal porque los médicos insisten en que te lo estás inventando yahoo respuestas. 
El caso es que después de un año me rendí e hice exactamente lo que las personas que están destruyendo la sanidad pública quieren: irme a la sanidad privada.
Porque la sanidad privada no es ni mejor, ni más rápida, ni más eficiente, pero con tal de cobrar al seguro son capaces de extraerle el apéndice a un huevo duro. Que no era mi caso. Pero a lo mejor al alien que intentaba salir a mordiscos de mi estómago le apetecía un huevo duro. O un apéndice. A esas alturas ya me parecía todo bien.
En cuestión de semanas me hicieron analíticas como para alimentar a varios vampiros pobres, ecografías, estudios de la orina (se ve que hay gente para todo) y lo último era la gastroscopia. 
-Con sedación general, no te preocupes -me dijeron.
Yo no me preocupé, al contrario, casi me emociono pensando en que iba a dormir sin sentir el dolor permanente del alien incluso en sueños.
Estaba encantada con la idea.
Al menos hasta que llegué a mi cita y me dijeron que me desnudara por completo.
-¿Para una gastroscopia?
-Y para la colonoscopia.
-¿Qué colonoscopia?
-La que te vamos a hacer. 
-Qué.
-¿Nadie te ha dicho nada?
-No.
A ver, yo no tengo nada en contra de que me profanen los orificios pero no sé, qué menos que avisarme, decirme unas palabritas cariñosas, quizá una cena romántica antes...
-Pero no te preocupes que te vamos a sedar.
-Ah, vale, que lo van a hacer mientras estoy inconsciente, eso mejora la cosa muchísimo...
-Señora, por favor. 
Ese día, entre los nervios y el estómago vacío, tenía al alien dando saltos, así que valoré mis opciones y no me quedó más remedio que aceptar. Me desnudé, me pusieron una vía (esa es otra historia, pero la cuento mejor en persona), me tumbaron en una camilla y me pusieron un tubito por la nariz.
-¿Tenéis algo para las orejas? Quiero batir el récord de orificios profanados simultáneamente.
-Señora, por favor, intente relajarse, la anestesia le hará efecto enseguida.
-Señora será tu fruta madre y la anestesia no me está haciendo ef...
Lo siguiente que recuerdo es que estaba en otra habitación. Una enfermera me dijo que la anestesia tardaba un rato en disiparse y que me lo tomara con calma y le contesté que lo único que quería tomarme con calma era el desayuno, por favor y gracias. 
Salí un poco haciendo eses y me encontré con ZaraJota en la sala de espera. 
-¡Que me ha hecho una colonoscopia! -le grité. Varios pacientes que esperaban para entrar se encogieron en sus asientos.
-¿Qué?
-¡Que me han metido un tubo por el prisonwallet!
-¿Y la gastroscopia?
-También.
-Pues espero que no hayan usado el mismo tubo.
-¡AAAAAAAAAAARG!
-Pero Lorz, no te preocupes por eso, lo importante aquí es que tú tenías razón: es un alien.
-¿Cómo lo sabes?
-Porque cuando hay sondas anales siempre son los aliens.



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Última semana para comprar mis libros en Lektu. 


03 febrero 2025

Resistiré, aunque me meo todo


No sé en qué momento me transformé en una señora mayor y esto se convirtió en un blog de pupeces.
La semana pasada fui al médico a hacerme un estudio urodinámico que, para mi decepción, no consiste en toros con jersey rojo cantando Resistiré.
La última vez que me hicieron una urodinámica de esas, consistió en hacer pis sobre una especie de balanza que te mide la potencia chorril, así que yo iba muy tranquila.
Y con las bragas limpias, por supuesto.
Al médico siempre hay que ir con las bragas limpias, aunque sea el oftalmólogo.
Así que cuál no sería mi sorpresa cuando nada más llegar me dan un consentimiento informado para autorizar sedación, sonda por uretra y ano.
A mí lo de la sedación me parecía bien porque no seré yo quien se niegue a que la droguen. Lo de la sonda por la uretra lo podía entender porque al parecer el pis sale por ahí.
Ahora, lo de la sonda por el ano me dejó un poco de pasta boniato.
-La del ano es para medir y la de la uretra es para llenarte la vejiga de agua -me explicó el... ¿urodinatra? Urodinatra me va bien. Urodinatra. 
Lo del ano lo acepté sin problemas. A fin de cuentas, desde que me lesioné el coxis esa zona me avisa de cuándo va a llover, así que lo de medir cosas con el culo no me resultaba una idea extraña. El tema de usar mi vejiga como un globo de agua me preocupaba más.
-¿El agua está fría? -pregunté.
-Está del tiempo. 
-Estamos a bajo cero.
-...
-¿Y una vueltita en el microndas no se le podía dar?


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11 noviembre 2024

La morfina está sobrevalorada


 Vamos a poner las cartas sobre la mesa: durante los últimos meses, he estado total y absolutamente convencida de que me iba a morir. 
No porque tuviera nada grave, qué va. Estaba bastante segura de que no lo era. El problema era que cuando eres una mujer gordita de mediana edad y no tienes ningún síntoma visible, solo dolor, lo más probable es que te lo estés inventando.
-Vete a casa y si te sigue doliendo tómate un ibuprofeno -te dicen. 
-¿Solo eso?
-Bueno, podrías ir pensando en perder peso.
Que no digo yo que no, pero cuando tienes sientes mucho dolor ahora, lo de "ve perdiendo peso ya si eso" suena un poco como a largo plazo. Y a gordofobia. Pero ese melón no lo vamos a abrir. 
El problema viene cuando después de tomar ibuprofeno sientes más dolor y vuelves a urgencias.
Que quizá os estáis preguntando que por qué no fui a mi médico de cabecera: pues porque fue él quien me derivó a urgencias. para que me hicieran una ecografía urgente. Como su propio nombre indica.
Pero no.
-Pues toma paracetamol -fue la respuesta del médico de urgencias.
-¿Solo eso?
-Bueno, podrías ir pensando en perder peso.
-Ajá.
El dolor empeoró considerablemente con el paracetamol.
El dolor llegaba lo era todo. Vivía con dolor, dormía con dolor, iba a trabajar con dolor y, cuando no podía más, me arrastraba con dolor a urgencias con la esperanza de que se dignaran a, cómo mínimo, hacerme la ecografía que el médico de cabecera había pedido. Pero nada. A lo largo de semanas, el dolor no se fue ni con paracetamol, ni con el diclofenaco, la buscapina, algo llamado odolonta y morfina. Por favor, no me hagáis hablar de la morfina. Está sobrevaloradísima.
Los médicos seguían pensando que mi problema era totalmente imaginario, o postural, o gases, o ansiedad o... espera un momento... espera que estoy viendo que tienes antecedentes de salud mental así que... ¿no lo estarás haciendo por llamar la atención? ¿No? Pueeeeees... ¿has pensado en perder peso?
Yo les pedía que por favor me hicieran una ecografía, que para eso me había mandado mi médico de cabecera, pero no.
-Es que aquí no estamos para diagnosticar.
Que yo eso lo entiendo, de verdad, pero si una persona va a urgencias porque el médico de cabecera considera que necesita una ecografía urgente, le recetas cualquier mierda, y luego sigue teniendo que ir corriendo día tras día porque el tratamiento que le estás poniendo solo sirve para empeorar la situación a lo mejor, a lo mejor, eh, llega un momento de dejar de jugar a la ruleta rusa y hacer una puñetera ecografía. O derivar al servicio normal para que te la hagan. O decirte claramente que estás gorda y ojalá te mueras, y al menos te ahorras los viajes a urgencias, yo qué sé, que están los taxis muy caros.
Durante días, días y días, solo tuve media hora de paz y fue gracias a la morfina (so-bre-va-lo-ra-da, que no os engañen) que me pusieron única y exclusivamente porque intentaron pincharme paracetamol, entré en pánico porque era de las cosas que peor me sentaban y entonces mi marido se vio obligado a intervenir. Entró en boxes, miró al médico a los ojos y le dijo: 
-De verdad le duele mucho. 
Como lo había dicho un hombre, y además estaba delgado, supongo que no les quedó más remedio que hacerle caso.
-Vamos a ponerte morfina. 
-No quiero que me pinchen más al tuntún, quiero que me hagan una ecografía para ver qué pasa.
-No podemos hacerte la ecografía si te duele tanto, te pinchamos morfina y cuando te haga efecto te hacemos la ecografía.
Aquello me pareció bastante razonable. Luego pensé en si le dirán lo mismo a la gente con apendicitis o una pierna partida en ocho trozos, y me pareció menos razonable, pero era lo que había.
-Bueno, vale. 
La morfina, que está sobrevaloradísima, me metió un viaje que la niña del Exorcista lo intenta y se queda corta. Mientras me veía convulsionar como si estuviera fuera de mi cuerpo, solo pensaba que me daba igual con tal de que me hicieran la puta ecografía. Mi marido me sujetaba a la cama y le preguntaba a los médicos si eso era normal y los médicos le decían que sí y se reían pero no me importaba, porque por fin me iban a hacer la puta ecografía. Y creo que se me fue el pis. Lo que fuera por la ecografía, ya casi estaba...
Así me dormí, pensando en la ecografía. 
Cuando el dolor volvió a despertarme, estaba sola otra vez; los niños llevaban muchas horas en casa y el algún momento del subidón le dije a mi marido que se fuera con ellos. Ya no necesitaba la validación de un hombre para que me creyeran. O eso pensaba yo.
El médico se acercó a la cama, todavía riéndose. 
-Qué sueño has echado, ¿eh? ¿Ya no te duele?
Literalmente me había despertado el dolor, pero no estaba yo en posición de llevarle la contraria a nadie.
-Ahora estoy mejor, ¿ya me pueden hacer la ecografía?
-¡Pero si estabas durmiendo tan ricamente hace un segundo! Eso es que ya no te hace falta. Vete para casa y si te duele toma paracetamol.
-¿...solo eso?
-Bueno, perder peso no te iría mal.
 Ah, bueno, pues haberlo dicho antes.



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16 septiembre 2024

El tiempo que necesites



En primer lugar, me gustaría desmentir que me haya pasado todo el verano yendo al médico: también he pasado por la consulta de la enfermera. 
Otra cosa que he hecho ha sido tener cuatro trabajos diferentes.
Pero no a la vez, ¿eh?
Bueno, más o menos. 
Todo empezó porque tenía (¿tengo?) mi trabajo como autónoma pero como me gusta cobrar de vez en cuando (tampoco mucho, una vez al mes o así me va bien) también tenía un trabajito por cuenta ajena a media jornada. 
Entonces me ofrecieron un trabajo a jornada completa. 
Esto os va a sorprender porque le pasa a poca gente, pero a mí lo de trabajar todo el día no me gusta especialmente, o sea, tengo cosas mejores que hacer. Lo que sí me gusta, como decía antes, es cobrar de vez en cuando, especialmente si es cobrar mucho, y por ahí fue por donde me pillaron, que si no de qué. 
Así fue como empecé a hacer cosas terribles como madrugar y relacionarme con otras personas. Bueno, tampoco tanto porque teletrabajaba la mayor parte del tiempo. Pero, al parecer, lo poco que me relacioné fue suficiente para pillar la tos ferina, cosa que seguramente os sorprenda porque es un tema del que apenas he hablado los últimos meses.
No voy a decir que haya estado grave, pero he estado jodida. Como los que me seguís en la red social anteriormente conocida como Twitter seguramente habéis deducido por el humor del que he estado todo el verano. Pero bueno. Mis disculpas a los damnificados: mi única excusa es que he estado realmente jodida. Aunque no lo hubiera estado, al parecer es bastante contagiosa y se puede llevar por delante a las personas de riesgo, así que me tuve que coger la baja cuando no llevaba ni un mes trabajando.
La empresa se portó fenomenal. "Tómate el tiempo que necesites". "Lo importante es que te pongas bien". "No te preocupes por nada". "Te estaremos esperando".
Efectivamente, me estaban esperando: en cuanto me reincorporé me dieron la patada.
Por zoom.
-Tu desempeño del último mes -me dijeron- ha sido inferior al esperado.
-Pero si no he venido a trabajar.
-Tu rendimiento ha sido mucho inferior al de tus compañeros.
-A lo mejor es porque ellos han estado trabajando y yo no.
-Francamente, esperábamos más de ti.
-Yo también esperaba estar sana, la vida te da sorpresas.
-A veces estas cosas pasan, no es culpa de nadie.
-¿Que no es culpa de nadie? Pero si la compañera que se sienta justo al lado de mí avisó de que sus dos hijos estaban con tos ferina grave, ella misma ha tenido síntomas leves, pidió teletrabajar todos los días para no contagiar a nadie, y le dijisteis que no porque "sentaría un mal precedente". Literalmente es culpa vuestra. 
-No puedes demostrarlo.
De verdad que dijeron "no puedes demostrarlo". Como un malo de Scooby Doo. O sea, "no puedes demostrarlo". Que, ciertamente, no puedo. Pero cuando te has pasado días enteros al lado de una persona haciendo cof, cof, que tos más rara tengo, una llega a conclusiones, no sé, llamadme loca.
Mi entonces jefe y el responsable de recursos humanos seguían en la pantalla diciendo cosas cuando ZaraJota abrió una rendijita de la puerta, me señaló el carro de la compra y me dijo muy bajito:
-Me voy a la calle. 
-Mira qué casualidad: yo también. 



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Comprad mis libros, a ver si me quito de madrugar.


02 septiembre 2024

El origen emocional

 

¿Os acordáis que a principios de verano tuve tos ferina?
O quizá no, porque no me hicieron el test. En los ambulatorios no tienen y al hospital no te derivan.
Te dicen: seguramente es tos ferina, o sea, tienes todos los síntomas de la tos ferina y seguramente sea tos ferina, pero para qué vamos a hacerte un test, mejor que vivas esta situación sin la ayuda que supone ponerle un nombre, toma drogas.
Otra cosa que te dicen es que, bien tratada con antibióticos, dura unos 10 días.
El problema fue que un mes más tarde yo seguía teniendo ataques de tos tan fuertes que vomitaba y/o perdía el control de los esfínteres, que es una cosa como que muy buena para la autoestima. 
Así que fui al médico y me dijo algo que estoy totalmente segura que también le habría dicho a un hombre en la misma situación:
-¿No tendrá un origen emocional?
Bueno, creo que ha llegado el momento de insertar unos minutos musicales.
@ilovefarideh

NEW song out today! Who new womens health could hit so hard!

♬ Female Body - Farideh

Un par de días más tarde, me fui con mi familia a un museo cuyo nombre no voy a mencionar para que no me baneen de por vida. Había una exposición sobre el siglo XIX y muchísimos cuadros sobre hospitales, enfermos y enfermedades, así que a lo mejor me sugestioné, yo qué sé. 
El caso es que me puse a toser delante de un Sorolla. No voy a decir cuál para que no le perdáis el respeto y tampoco os penséis que fue en el Museo Sorolla porque está cerrado por reformas y además hay muchos Sorollas por ahí circulando, eh. En préstamo y eso.
Lo importante es que tosí. Tosí una barbaridad. Tosí hasta tener peores perspectivas que los niños que salían en el cuadro. Tosí hasta que... bueno, no voy a entrar en detalles. 
Tosí hasta que la vigilante de la sala se ofreció a cuidar de mis hijos, y mientras les enseñaba los cuadros menos gore y se los explicaba. Tosí hasta que volvió y me dijo que si necesitaba un médico, el museo dispone de uno. 
Entonces fue cuando me sentí lo bastante validada como para irme a urgencias. O sea, si te ofrecen un médico en un museo es que estás mala de verdad, ni psicosomático ni emocional ni hostias.
Cierto es: llevaba un mes largo así, estoy dispuesta a admitir que no era exactamente urgente. Por otra parte, cuando pierdes el control del esfínter delante de un Sorolla como que ya has tocado fondo y te empieza a dar todo un poco igual.
Así que me fui a urgencias dispuesta a darlo todo.
Haz lo que tengas que hacer, me dije, pero consigue que esta gente te haga caso, porque hoy te haces pis delante de un Sorolla y no pasa nada pero mañana a lo mejor potas sobre un Sorolla y no se lo toman tan bien. Por lo que sea. 
Así que me planté en urgencias un poco porque ya sabéis cómo es la tos, que estás al borde de la muerte hasta que llegas a consulta y el médico dice "tose" y tú "¿cof, cof?" porque la puñetera tos decide no salir. Pero debía ser mi día de suerte porque no paraba de toser, tosía tanto que pasé el triaje directamente y luego seguí tosiendo hasta que acabé en boxes y seguí tosiendo hasta que un médico encantador me hizo sentar y me dijo:
-¿Qué te ocurre?
Y pensé: dalo todo. Impresiona a este señor porque es tu única oportunidad de que te hagan caso. 
-Me he hecho pis en tal museo -dije.
-Ah, que no eres de Madrid.
Espera, ¿qué?



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17 junio 2024

La tos felina


Pues resulta que un día empecé a toser y no le di mucha importancia porque me pasa como a Sabina, que siempre me dan ataques de tos en los momentos más inoportunos.

Lo que pasa es que era una tos muy rara. Como de perro pulgoso. O, puestos ya a compararme con un animal, como un gato cuando intenta expulsar una bola de pelo. "Tos felina", decían mis hijos. Tos de gato.
Y luego dejó de ser en momentos inoportunos a ser todo el rato y además con tanta fuerza que vomitaba y me hacía pis encima y ya me empecé a preocupar y pensé, voy a ir al médico, porque en Madrid es una cosa que tenemos. Agua, libertad y médicos.
Bueno, médicos a lo mejor no tanto, porque cuando intenté pedir cita me la daban para dos semanas y pensé: como tenga que esperar lo mismo voy y me muero. Con lo mal que me viene ahora mismo.
Iba a tener que ir a urgencias, que como todo el mundo sabe es algo que no se puede hacer porque luego va el médico a las redes sociales a quejarse en plan "pues no me ha venido una gilipollas a urgencias por un poco de tos".
Eso, si llegaba a ver al médico, porque las chicas del mostrador del ambulatorio son, a ver cómo lo digo suavemente, BORDES QUE TE CAGAS. Es como si pensaran que la gente se pusiera enferma para molestar. O como si creyeran que los enfermos tienen la culpa de todos sus problemas que, llamadme loca, a lo mejor se solventaban no votando a psicópatas mataviejos o, yo qué sé, sindicándose para luchar por sus derechos, cosas más raras se han visto.
El caso es que iba para el ambulatorio más acojonada por tener que pasar por el mostrador que por la tontería esa de estar tosiendo hasta la muerte.
Por lo que sea.
Crucé la puerta del ambulatorio con el culo más apretao que el hueso de un melocotón y las chicas del mostrador me recibieron con la amabilidad habitual.
-QUE TIENES QUE COGER NÚMERO.
-Vale -dije. Y empecé a toser. Tosí tanto que me doblé sobre mi misma, se me escapó el pis (gracias Tena Lady por tanto), vomité en la mascarilla y se me empañaron las gafas, con lo molesto que es eso.
-BUENO NO COJAS NÚMERO EH.
-Vale.
-PERO TAMPOCO TE ACERQUES.
La chica del mostrador estiró el brazo todo lo que pudo para que le dejara la tarjeta sanitaria en una de esas bacinillas de cartón que usan desde el covid para evitar el contacto con las personas humanas.
No vaya a ser que se les pegue algo.
Como la humanidad, por ejemplo.
Aproveché ese momento de atención al paciente inesperada y conseguí decir entre toses:
-Contacto... tos... ferina. 
-¿HAS ESTADO EN CONTACTO CON ALGUIEN CON TOS FERINA?
En realidad había sido un contacto indirecto, y la persona intermedia no había mostrado el menor síntoma y sigue sin mostrarlo hasta la fecha, pero estaba yo como para entrar en detalles.
Asentí con la cabeza.
Lo que, bien pensado, quizá no fuera la mejor ideas cuando tienes vómito embolsado en la mascarilla.
-SIÉNTATE LO MÁS LEJOS POSIBLE Y MANTENTE APARTADA DE TODO EL MUNDO.
-Pero...
-AHORA VIENE ALGUIEN.
Me senté lo más lejos posible y me las apañé para hacer el cambio de mascarilla porque me da a mí que una vez que la has potado de arriba a abajo pierden un poco de eficacia. 
Mientras tanto, en el mostrador se había formado tremendo revuelo. Una de las chicas preguntaba a gritos dónde estaba la caja con sus mascarillas. Otra hablaba por teléfono con no sé quién haciendo aspavientos. La tercera intentaba darle cita a un señor que no le hacía ni caso porque estaba más ocupado en mirarme de reojo y mantener una saludable distancia. Los viejos que hasta hace un minuto antes estaban peleándose por colarse en las analísticas habían hecho piña y me observaban con recelo desde la pared más alejada a mí.
Yo seguía tosiendo mientras me maravillaba por la capacidad de absorción de la braga de incontinencia Tena Lady, que no ha patrocinado este post pero puede empezar cuando quiera.
-AQUÍ ESTÁ LA DOCTORA -me gritaron desde el mostrador.
Y, efectivamente, se me acercó una doctora.
Pero se me acercó poco. Como a dos o tres metros.
-¿Que tienes tos?
No contesté porque no hizo falta, es lo que tiene la tos, que como que se contesta sola.
-AHORA ESCÚCHAME CON MUCHA ATENCIÓN -me dijo-, TÚ MEDICO DE CABECERA EMPIEZA SU JORNADA EN DIEZ MINUTOS. SUBE A LA SALA DE ESPERA SIN ACERCARTE A NADIE Y SIÉNTATE LO MÁS LEJOS POSIBLE DEL RESTO DE LA GENTE. ¿ME HAS ENTENDIDO?
Asentí otra vez. Con la mascarilla limpia me salió mucho mejor. 
-PERFECTO. 
Y salió corriendo.
Estaba absolutamente maravillada por que no me hubieran salido con "eso no es una urgenciaaaa", "por qué no has pedido citaaaa" y todas las lindezas que te suelen decir cuando tienes la osadía de pasar por el ambulatorio, y eché a correr para la consulta de mi médico como si me fuera la vida en ello.
Bueno, estaba tosiendo como si la vida me fuera en ello, así que normal, supongo. 
Me senté lo más lejos que pude del resto de los pacientes, que tampoco fue difícil porque según me iban oyendo toser se apartaban de mí como las aguas del Mar Rojo. 
Y me puse a toser.
Y a toser. 
Y a toser.
Y a toser.
Y a toser. 
Con algo me tenía que entretener, porque se me había olvidado descargarme los Bridgerton. 
Tampoco me hubiera dado tiempo, porque el médico me llamó a una velocidad inaudita que para mí que no habían pasado los diez minutos y ni había empezado su jornada laboral ni nada pero tampoco seré yo quien me queje cuando francamente me estaba ahogando.
-Así que tienes tos.
-¿Tos... ferina?
-Podría ser porque hay un brote y esa tos es muy característica -"Muy felina", pensé para mis adentros-, lo que pasa es que es imposible saberlo.
-¿No... existen... test?
-A ver, existir existen, lo que pasa es que en los ambulatorios ya no hay.
Son como las meigas, los test.
-Si te pusieras muy mal podrías ir al hospital y que te lo hagan.
-¿Cómo... de... mal?
O sea, que yo en ese momento me sentía bastante mal. Por supuesto tenía la tos, los vómitos, la incontinencia, el dolor de cabeza y muscular y las agujetas de tanto toser. Pero sobre todo es que había salido de casa sin desayunar y a mí estar en ayunas me pone un cuerpo horroroso.
-Si te pones tan mal que no puedes ni hablar.
-Entonces... no... hará... falta...
Porque yo puedo estar sin comer, sin contener, sin dormir y sin respirar si hace falta, pero antes de dejar de hablar REVIENTO. 

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18 marzo 2024

La bacteria

 He estado malita. 
Francamente, muy malita.
Me lo he buscado sola, la verdad.
Empecé este verano con dolor de estómago intermitente. Luego era permanente. Luego tuve que empezar a dormir sentada. Luego empezó el dolor en el pecho, como si me lo atravesaran con una lanza.
Luego empezaron los ataques en los que parecía que alguien me cogía el corazón y lo apretara como una pelota antiestrés.
-Esto va a ser una bacteria -me dijo el médico.
Pues menudos brazacos debe tener, pensé. 
Luego, en vísperas de navidad, la niña se hizo un esguince. En algún momento de las cinco horas que estuvo esperando en urgencias porque tenemos libertad, pero no pediatras, se trajo a casa una gripe, covid, ébola, yo qué sé. Ni siquiera nos hicimos la prueba: nos encerramos en casa y ya está.
Debió ser más o menos por entonces cuando cogí la costumbre de dejar de respirar. Por las risas.
Estaba tan bien y de pronto -zas- la supuesta bacteria con brazacos me cerraba la laringe y a tomar viento.
Pero yo a lo mío porque no me parecía para tanto.
Quizá esto os sorprenda, pero fingir que un problema de salud no existe, por lo que sea, no lo hace desaparecer.
Mi sistema habitual de huida hacia adelante (¡montemos un verkami! ¡montemos una Tacitacom! ¡montemos otro verkami! ¡creo que voy a coger un segundo trabajo! ¡montemos una Tietera!, no fue suficiente.
Y las preocupaciones, que las tengo muchas y muy variadas, me dieron la puntilla definitiva.
El caso es que acabé en el hospital.
No tengo un recuerdo muy claro de todo el proceso, aparte de que el café estaba extrañamente bueno, de que alguien me ayudó a darme una ducha con una esponja autojabonosa, de que alguna enfermera me dio de extranjis una manta extra porque tenía frío y al parecer "solo tenía derecho a una" y de que llevaba un aparato en el dedo con un cable que no estaba enchufado a ninguna parte, que acabé quitándome y nadie echó de menos. 
Lo que sí recuerdo es que mientras estaba en boxes había un tío al fondo, fuera de mi vista, que no paraba de gritar que se quería ir a casa.
-¡Me quiero ir a mi casa! ¡Yo me voy! ¡Me quiero ir a mi casa! 
A mí me dolía la cabeza como si me fuera a explotar y le hubiera dado mi bendición para que se largara con mucho gusto, pero las enfermeras tenían sus propias opiniones y le iban explicando con mucha paciencia que no podía irse todavía.
Llevaban así un par de horas cuando vi pasar por mi lado a un tío con chándal, que iba hacia la salida con mucha decisión.
-¿A dónde vas? -le preguntó una enfermera.
-A mi casa. He dicho que me voy y me voy.
-No puedes irte a casa -la enfermera del pasillo miró a la enfermera del mostrador y yo no sé si apretó un botón o qué pero empezaron a aparecer seguratas de la nada.
De la nada.
Porque dinero para médicos no hay porque tenemos libertad, pero dinero para concesiones privadas hay todo el que quieras.
El paciente a la fuga y los seguratas empezaron un rifirrafe que acabó con el paciente en el suelo y tres seguratas apilados encima como en el Twister.
-¿Por qué me hacéis estooooo? -preguntaba el paciente.
-Porque has dicho que te quieres ir.
-¡Pero se lo he dicho a las enfermeraaas, no a vosotroooos!
Que ahí le doy la razón a él, por qué se meten si no es asunto suyo, vamos a ver. 
En ese momento los seguratas se dieron cuenta de que a lo mejor estaban dando una imagen un tanto negativa. Con la buena imagen que tienen los seguratas de toda la vida.
Entonces empezaron a gritar:
-¡LOS BIOMBOOOOS! ¡PONED LOS BIOMBOOOOOOS! ¡QUE NO SE LE VEAAAA!
Que era un poco: verse no sé, pero oírse se ha oído ya hasta en el Zendal, y mira que está lejos porque la libertad es así, para que el que tenga coche de empresa con chófer.
Las enfermeras rodearon la torre de seguratas con cuatro biombos que cogieron de donde primero pillaron, esto es: de las separaciones de boxes. Ahora ya no veíamos al señor que se quería ir pero veíamos más de lo que hubiéramos deseado de los demás. 
Que los camisones de los hospitales tienen muy mala baba.
En medio de aquel desaguisado, apareció mi médico.
-¿Qué tal? -preguntó.
-Estupefacta.
-¿Quieres irte a casa?
-¡NONONONONO! -contesté.
Que ya he visto lo que pasa. 


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Es romántico, tierno y agridulce, un recuerdo de un Madrid que ya no existe.












 


15 enero 2024

El crecimiento



Todo empezó el 23 de diciembre, cuando Nena-chan decidió engordar. 
Todos engordamos en navidad, así que de entrada no le dimos mucha importancia. El problema es que Nena-chan decidió engordar solo en el tobillo. En uno. Que se le pudo como el de un elefante. 
Aquí no somos de juzgar y menos a los elefantes, lo que pasa es que la niña se empezó a quejar de que le dolía, le dolía, le dolía, una cosa lleva a la otra y finalmente acabamos en urgencias. Un 23 de diciembre a las siete de la tarde. 
La sala de espera de pediatría del 12 de octubre era un zulo que estaba hasta arriba con niños sufriendo de afecciones respiratorias y virus varios y como la responsabilidad individual es muy importante no llevaba mascarilla ni uno, aunque la verdad es que con la concentración de miasmas que había allí más que mascarillas habría hecho falta una escafandra.
Cinco horas de experiencia inmersiva más tarde, Nena-chan volvió a casa con el tobillo igual, el diagnóstico "pues ni idea, estará creciendo" y la instrucción de tomar ibuprofeno si le dolía.
Y virus, muchos virus. 
En menos de 24 horas el tobillo de la niña pasó a un segundo plano porque estaba a 39º y no bajaba de ahí ni pidiéndoselo por favor.
Así que hice lo más lógico:
-Esta noche duermes conmigo.
-¿Porque quieres cuidarme toda la noche?
-...sí.
-Es porque estamos bajo cero y doy calor, ¿verdad?
-¡No puedes demostrarlo!
Efectivamente, dormir con la niña me hizo entrar en calor. 
Concretamente, a 39º, durante los tres o cuatro días siguientes.
Para entonces la niña se había recuperado, así que ZaraJota le dijo que era el momento de que se volviera a su cama y él recupera su sitio en el lecho matrimonial.
-¿Para cuidarme? -le pregunté.
-...
-Es por el frío, ¿verdad?
-¡No puedes culparme por hacer lo mismo que tú!
Así que pasamos aquella noche juntos. Lo que sucedió a continuación os sorprenderá. 
Pasada la navidad estábamos todos en un estado lamentable. Bueno, todos no, que Nene-kun es de otra pasta. Entonces llamó mi suegra. O mi cuñada. O mi abuela. Yo qué sé, estaba muy mala. 
-¿Cómo estáis?
-Maaaaaaaaaaal.
-¿Qué os ha pasado?
-Nada, que Nena-chan está creciendo.




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Todavía quedan plazas para participar como expositor en La Tietera. 
Escríbenos a hola@foscanetworks.net








18 diciembre 2023

La operación

Lo de tener la familia lejos es un poco complicado.
Dificulta muchas cosas, como la comunicación.
Otra cosa que dificulta mucho la comunicación es la comunicación. Sobre todo, a través de los grupos de WhatsApp. Porque estamos como en media docena en los que coincidimos con este, pero no con aquel, y contamos esto, pero no aquello... en fin, seguro que os hacéis a la idea. 
El caso es que a veces mis cuñadas empiezan a contarse algo en persona, o en otro grupo en el que no estoy, y luego continúan en el que estamos las tres, o no, y normalmente yo me espero un rato y tarde o temprano me acabo enterando.
O no.
Como el día que operaron a una de mis sobrinas, y no me enteré hasta que me llegó un mensaje de "ya está la niña en quirófano". 
-Oye, ZaraJota, ¿tú sabías que operaban a tu sobrina?
-Primera noticia -y siguió a lo suyo, más feliz que una perdiz.
Así que yo opté por un escueto "¿Y cómo está?", que es una cosa que no puede fallar nunca.
"Como la sirenita", contestó.
Yo me quedé a cuadros. ¿Cómo la sirenita? ¿Qué significa eso? Solo había una explicación posible.
-Creo que a tu sobrina le han cortado las piernas -vale, quizá no era la explicación más probable, pero a dramatismo no me gana nadie.
-¿Cómo le van a cortar las piernas? -respondió ZaraJota.
"Han tardado un rato porque las tenía más grandes de lo que esperaban", añadió mi cuñada.
-¿Ves? Esto lo confirma.
-¿CÓMO VA A CONFIRMAR ESTO NADA?
-porque tu sobrina siempre a tenido buenas piernas, me da una envidia...
-PERO QUÉ TENDRÁ QUE VER ESO CON NADA.
-Y YO QUÉ SÉ. 
-PUES PREGÚNTALE A SU MADRE.
Pero claro, cómo iba yo a preguntarle a su madre cuando llevaba toda la mañana diciéndole cosas al azar como "Pobrecita", "Espero que se recupere pronto" o "¿Qué vais a hacer con todos sus zapatos?", que se iba a dar cuenta de que le estaba siguiendo la corriente como a los locos. Mucho mejor dónde va a parar seguir preguntando cosas al azar como "¿Cuándo le dan el alta o, en su caso, la baja, jojojojojo?". Pero mi cuñada no soltaba prenda. Qué tía. A esta la tortura la KGB y en vez de sacarle información le acaban dando su número pin. 
No había manera. 
Hasta que al final mi cuñada dice: "Ahora solo puede beber líquidos y comer purés".
-A ver si no van a ser las piernas, ZaraJota, que mira que tú eres muy de irte siempre a lo dramático y lo mismo a la chiquilla le han quitado un uñero nada más, no nos volvamos locos. 
Mi cuñada debió verme escribiendo-borrando-escribiendo-borrando y como ya nos conocemos porque al final son muchos años debió atar cabos.
"Le han operado de las amígalas", dijo. 
-...
"Y no puede hablar"
-...
"Como la Sirenita"
Visto así tiene un poco más de sentido, sí.  


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Micro y autoeditados, fanzineros, artesanos y creadores en general: todavía está abierto el plazo para participar como expositor en La Tietera.



04 septiembre 2023

El flusflús

 

Empezamos por el principio: hace quince años que tengo un potho. 
Ese potho ha vivido mucho, pero lo importante es que sigue viviendo. 
Seguía.
Lo tenía en una estantería al lado de una ventana pero sin que le diera el sol directo de la ventana y le debía sentar bien porque crecía y crecía que daba gusto verlo. Cuando alcanzó el metro de altura pensé: cualquier día se me va a caer encima y se lía. 
Así que lo puse en el suelo, en una esquinita en el pasillo.
Y se lio.
O más bien, la lio Jinmu, que decidió abandonar su estado semicomatoso habitual para desenterrar las raíces del potho y pimplárselas.
Supongo que estaban crujientes y fresquitas, no sé. 
Es la primera vez que se come una planta, porque otras veces las ha usado simplemente como para limpiarse los dientes (os ahorraré la descripción) o se ha frotado contra ellas dulcemente con su cuerpo de 13 kilos hasta troncharlas, pero comérselas, nunca.
-A ver, solo porque las esté desenterrando y mordisqueando no significa que se las esté comiendo.
Entonces el gato empezó a hacer unas cacas... ¿cómo describirlas? Líquidas. Naranjas. Y el OLOR... Y como a veces le entraba el apretón y no llegaba al arenero, las hacía POR TODAS PARTES.
Entonces empezó a potar. Pero no por todas partes: al gato le gusta potar específicamente en mis zapatos. Así que yo le oía que empezaba a hacer como arcadas y salía escopeteada a mi dormitorio a poner a salvo todos los zapatos que pudiera, mientras el gato intentaba adelantarse y potar en el que todavía estuviera a su alcance.
Era como el Gran Prix, si hubieran cambiado el agua de la piscina por algo viscoso, apestoso y marrón.
-Vamos a tener que llevarlo al veterinario.
No nos gusta llevarle porque, además de las razones obvias, cada vez que vamos nos dicen que hay que hacerle una analítica porque está gordo.

El gato, imagen de archivo


Lo que pasa que el gato seguía potando y pensamos venga, mis zapatos bien valen una analítica.
Y nos lo llevamos al veterinario.
Ya sabéis cómo son estas cosas: metes al gato en el trasportín y luego lo arrastras por la calle mientras grita MIAAAAUUUUUUUU MIAUUUUUUUUOOOOUOOO.
Que tú sabes que no lo has secuestrado, pero lo parece.
Para cuando llegamos al veterinario estaba tan enfadado conmigo que no me hablaba. De hecho, me había dado la espalda con toda la dignidad. Lo que pasa es que si me da la espalda no sabe si estoy sufriendo por su desprecio o no, así que al rato se dio la vuelta y se dedicó a mirarme con el mayor de los reproches.
No le quedaba nada.
No dejó de mirarme fijamente mientras el veterinario lo sacaba de trasportín, lo pesaba, le miraba las mucosas y los oídos y, especialmente, le introducía el termómetro por el recto.
"Esta te la guardo", decía esa mirada.
-Este gato está gordo -dijo al fin el veterinario.
-Ya.
-Hay que hacerle una analítica porque si está gordo puede tener hígado graso.
Me pareció bastante razonable: a fin de cuentas, lo tiene todo graso.
-O diabetes. ¿Has notado que beba más agua últimamente?
-Pues ahora que lo dices, sí.
-¿Desde cuándo?
-Desde que estamos a 45º a la sombra o así.
-...
-...
-Igualmente hay que hacerle una analítica.
-Vale. 
La mirada que me echó el gato cuando me vio salir de la consulta sin él podría haber cortado el metal y helado los mares. Yo solo pensé que menos mal que no tenía que quedarme, que las agujas me dan mucho repelús.
Me dijeron que la analítica llevaría unos quince minutos así que me fui a la sala de espera y esperé. 
Y esperé. Y esperé. Y esperé...
A la media hora empecé a preguntarme cuánta sangre le estaban sacando a mi gato y por qué, y sobre todo cuánto nos iba a costar aquello, porque los gatetes no tienen seguridad social.
Al cabo de mucho, mucho rato, me llamaron de nuevo a consultar. 
El gato estaba cabreado y el veterinario estaba perplejo.
-Las analíticas han salido bien.
-MUAJAJAJA, STOP GORDOFOBIA.
-... Ha debido sentarle mal algo que ha comido.
-Ya, el potho.
-Bueno, como es poca cosa, solo tienes que dejarlo en ayunas dos días, y darle estos tres tipos diferentes de pastillas, cinco veces al día, durante ocho días.
-Voy a morir, ¿verdad?
Metí al gato en el trasportín y enfilé de vuelta a casa, considerablemente más pobre, y con un ánimo sombrío.
El gato se había hecho pis y vomitado en el trasportín y como es de huesos anchos, iba haciendo la croqueta en sus propios fluidos corporales. Estábamos a unos 45º a la sombra y bueno... bueno.
-Vas a tener que bañarlo -me dijo ZaraJota.
Obsérvese que no dijo "vamos". Aquí cada uno va a proteger su propia vida como puede.
-Creo que ya ha sufrido bastante por hoy, tengo una idea mejor.
La idea fue llenar uno de esos flusflús para regar la plantas como si la vida fuera instagram con agua templada y cada vez que el gato se quedaba quieto le hacía flusflús a toda velocidad intentando mojarlo lo más posible, pensando que así se lamería y se limpiaría solo.
Como constructo teórico, la idea era espectacular.
En la práctica, las cosas no salieron exactamente como yo esperaba. A la tercera vez que le flusfluseé, el gato empezó a huir de mí como de la peste, lo cual es irónico porque el que iba dejando estela a su paso era él. Además, parecía estar demasiado cansado para lavarse. O demasiado ocupado escapando de mí, una de dos. El caso es que, totalmente empapado de agua, pis y potas variadas, se dedicó a esconderse en nuestros armarios, entre los cojines o debajo de las sábanas. 
Al caer la noche, toda la casa olía a... bueno. Olía.
Además el gato, por motivos desconocidos, había empezado a desconfiar de mí y no había forma de acercarse a él para darle las chorromil pastillas, polvitos y el jarabe.
-Creo que lo del flusflús no ha sido buena idea -dijo ZaraJota.
Ahora será culpa del flusflús.




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05 septiembre 2022

El momentito


Dedicado a todo el personal de pediatría del Gómez Ulla, por su profesionalidad, paciencia y humanidad.
Son la caña.



No hay forma suave de decir esto así que lo soltaré sin más: a Nena-chan le han quitado un bulto en la cabeza. Era un bulto exterior, como un lacasito, se lo notamos en navidad, en enero nos dijeron que no era maligno y desaparecería solo, en febrero nos dijeron que no era maligno y desaparecería solo, en junio nos dijeron que no era maligno y desaparecería solo y en julio aquello dejó de ser un lacasito para ser un chocobon.
-Si quieres, te lo quitamos -le dijo el cirujano a la nena, después de decidir que es una niña muy lista y perfectamente capaz de decidir por sí misma.
A la nena que le abrieran la cabeza le apetecía menos cuarenta y tres, sobre todo porque le advirtieron que tendrían que raparle un trozo, o sea, su pelo, pero aquello había empezado a molestarle. Si alguna vez habéis tenido un grano de regla en la barbilla ya sabéis lo que es tener la piel tirante contra hueso. Y aquello era como tres granos de regla, por lo menos. Así que dijo que sí.
Nos explicaron que era una operación sencilla, ambulatoria, entrar y salir, pim, pam.
La niña tenía que ir en ayunas, y por solidaridad y no meterme delante de ella un desayuno de tres platos, yo también. Ya desayunaríamos después si eso, si iba a ser un momento.
Empecé a sospechar que igual iba a tardar más cuando llegamos al hospital y nos dieron una habitación y un pijama de esos de dejar el culo al aire. A la niña le dijeron que tenía que tumbarse en la cama y taparse con las sábanas y la criatura me miraba como pero qué me van a hacer, con el hambre que yo tengo.
-Es por la anestesia general -le expliqué-, hay gente a la que le sienta mal.
Que es que en ayunas sienta todo mal, pienso yo, pero no se lo iba a decir a la niña.
-¿A mí me va a sentar mal?
Le va sentar mal, pensé, es que no lo puede evitar, si hay una ortiga en cien metros a la redonda es capaz de encontrarla y caerse en ella de cara, pobrecita, si es que es clavadita a mí. Pero ¿para qué estamos las madres si no es para mentir a nuestros hijos?
-Claro que no, a ti todo te sienta bien.
Al rato bajamos al quirófano. Bueno, ella. A mí no me dejaron entrar, con lo bien que me hubiera venido un poquito de anestesia general a mí también, con el hambre que tenía a esas horas.
Yo me quedé en la sala de espera. Me habían dicho que sería un momentito, así que no me atrevía a irme a la cafetería a comerme mi ansiedad en forma de ocho bocadillos de panceta, pero al menos en la sala de espera había máquinas con café y guarreridas varias. 
Corrí hacia una en concreto que acababan de rellenar con donuts, y la abracé hasta que una señora con cara de miedo llamó a seguridad. Entonces abrí el monedero y, bueno, me enfrenté al vacío absoluto. 
-Caca.
Nadie tenía para cambiarme, la máquina no admitía billetes ni tarjeta, y no me atrevía a irme a la cafetería porque la operación iba a ser un momentito, así que me quedé mirando la máquina con arrobo. Que rima con adobo. Como el cazón.
Llevaba una hora encadenando este tipo de pensamientos profundos cuando me avisaron de que la niña estaba en la sala de reanimación y podía entrar a verla.
No os voy a engañar: cuando la vi inconsciente, pálida, con las ojeras y los labios del mismo color morado, y con la cara llena de manchas como si hubiera estado abrazando a un pulpo porque le habían sujetado la máscara de la anestesia con esparadrapo y el pegamento le había dado reacción alérgica, porque es que es así de desgraciadita y con lo que no se golpea le provoca reacción, la verdad, es que no lo puede evitar, es clavadita a mí, se me cayó el alma a los pies. Junto al estómago, por lo menos.
Me dijeron que me sentara con ella, y me quedé ahí, viendo cómo intentaba despertarse de la anestesia, como medio dormida lloraba porque le dolía.
-Con todo lo que le hemos metido no le puede doler -me decía la enfermera-, es que a veces el despertar de la anestesia es así.
Su primera resaquilla, pensé, con los lagrimones que me caían para abajo, y me tiene que pillar con el estómago vacío, con lo malo que es eso. Me quedé ahí, cogiéndole la manita. Vale, de vez en cuando también le hacía cosquillas en diferentes partes del cuerpo para ver si reaccionaba. En los pies. No. En la barbilla. No. En el sobaquillo. Nada.
No lo hacía por mí y porque me aburriera, era por el bien de la ciencia y la experimentación.
Al final, la niña consiguió despertarse. Más o menos. 
-¿Cómo estás?
-Maaaal.
-¿Qué te pasa?
-Que tengo mucha hambre y quiero desayunar.
Si es que es clavadita a mí, no lo puede evitar.




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Ya está disponible un nuevo cuentito corto de esos que te dejan el cuerpo regular. 
Solo en digital, en Lektu.









08 agosto 2022

La sopera

En capítulos anteriores...
No hay nada que no se solucione con un buen guantazo.



La cosa es que Nena-chan estuvo casi una semana con unas hemorragias nasales bastante explosivas, del tipo que a estas alturas todavía me voy encontrando salpicaduras en las paredes, que a veces pienso que como entre aquí el equipo del CSI con luminol me enchironan aunque no haya muerto nadie.
Al parecer, cuando un niño pierde, no sé, así sin exagerar, varios cientos de litros de sangre en una semana, luego está como débil.
Pero la nena parecía estar bien, así que una mañana nos fuimos a la casa de mi abuela jugándonos el tipo porque mi padre dice, cito textualmente, que "eso que tu llamas casa de la abuela es también mi casa", y al parecer no somos bienvenidos, pero los niños querían ver a su bisabuela y no íbamos a quedar en un banco en el parque en plena ola de calor, no sé.
La verdad es que igual hubiéramos estado mejor en un banco en el parque porque en casa de mi abuela hace siempre un calor que te mueres. Mi teoría es que en invierno ponen la calefacción central tan fuerte que ya les dura todo el año y a mi abuela no le gusta el aire acondicionado porque dice que le sienta mal.
No me extraña, cuando estás acostumbrado a vivir cual cochinillo en el horno, te bajan la temperatura a 30 grados y te da como repeluco.
Bueno, el caso es que hacía mucho calor, y estuvimos bastante rato porque mi abuela decidió por lo que sea que me tenía que dar mi herencia en vida porque "cuando yo me muera, a saber", cosa que interpreté como que, por lo que sea, no se fía mucho de que mi padre me dé nada, y por lo que sea hay cosas que a ella le hace ilusión que tenga yo en concreto.
Así que salimos de allí con una sopera y un montón de bolsos de ganchillo que hace mi abuela a mano y de los que ya tengo chorrocientos pero creedme: nunca se tienen suficientes bolsos de ganchillo.
En la casa que yo llamo de mi abuela hacía calor, pero lo de la calle ya no tenía nombre. Además la acera en la que daba la sombra estaba entera levantada por obras de esas de quitar aparcamientos sin motivo aparente. Que yo muy a favor de peatonalizar las calles, pero me da la impresión de que más que peatonalizar, terracificamos, y eso ya me parece un poco peor.
Bueno, el caso es que nos tuvimos que ir por la acera del sol, cuesta arriba, en plena ola de calor, a las doce de la mañana, con una sopera, una bolsa de bolsos, una niña y un niño.
Que a lo mejor pensáis que se llevaban a sí mismos pero tienen la costumbre de agarrarse de mi mochila para que les arrastre como si hicieran ski acuático, y empiezan a pesar lo suyo. 
En esas estábamos cuando la niña empezó a decir que tenía mucho calor, mucho calor, mucho calor, no veo, CATAPÚN.
En aquel momento pensé que le había dado un golpe de calor porque era lo que estaba de moda en las noticias. Ahora más bien pienso que fue una bajada de tensión, más que nada porque yo también empecé a tenerlas a su edad y de casta le viene al galgo, sobre todo si además lleva una semana perdiendo sangre a chorro.
Bueno, miré alrededor buscando un banco pero claro, con toda la calle en obras ni banco ni banca, y cuando terminen las obras tampoco porque para qué poner bancos pudiendo poner bares. Solo que en ese tramo de la calle tampoco hay bares, así que arrastré a la niña hasta un escalón mientras cargaba con la sopera, los bolsos y su hermano, que seguía haciendo ski acuático con mi mochila, que una cosa os voy a decir: esa mochila ha salido buenísima. Qué resistencia. 
La nena estaba más blanca de lo habitual, con los labios morados, no conseguía sostener la cabeza y no decía más que incoherencias.
Yo estaba totalmente bloqueada, menos mal que Nene-kun me recordó que mi abuela nos había dado una botella de agua "para el camino". Cogí la botella de agua y se la eché a la niña por encima a ver si le bajaba un poco la temperatura corporal un poco, yo qué sé, yo no paraba de pensar en qué coño iba a hacer con una niña, un niño, una sopera y los bolsos, y ya me veía en una ambulancia con todo aquello, dando soperazos por la M30.
Miré alrededor y vi una tienda de alimentación a unos 20 metros. A todo esto, la casa que yo llamo de mi abuela estaba como a 50, pero había que ir por el sol. Que también podía haber llamado a mi abuela para que viniera, pero a ver qué hago yo con la octogenaria, probablemente con perro incorporado, la niña, el niño, la sopera y los bolsos.
Así que le dije al nene: 
-Cuida de tu hermana. Y de la sopera. Y de los bolsos. 
Y me fui a la tienda de alimentación, donde procedí a comprar un aquarius sin dejar de mirar a todos lados por si venía el de los terrones de azúcar a decirme que soy una mala madre.
Cuando salí de la tienda con el aquarius y una bolsa de chuches, porque si va a venir el de los terrones ya que aproveche el viaje, lo primero que vi fue a un chico hablando con los niños.
Lo primero que pensé es que los pederastas de hoy en día cada vez son más rápidos y me fui para allá en modo madre vengadora, dispuesta a arrancarle los ojos o, como mínimo, darle las chuches para que cuando viniera el de los terrones le pegara a él.
Pero cuando me acerqué vi que solo estaba intentando ayudar (¡o eso quería que creyéramos!) porque por lo visto cuando una persona va al cajero y se encuentra en el escalón una niña inconsciente, un niño acojonado, una sopera y un montón de bolsos por lo que sea se preocupa.
-La niña está devolviendo -me dijo.
Que no haya sido dentro de la sopera, pensé, que tiene muchos recovecos y pinta de limpiarse fatal.
A esas alturas, la niña estaba como para el remake de Casper.
El niño solo nos miraba en plan "y yo para qué habré nacido".
La sopera y los bolsos no decían nada. 
La niña se tomó el aquarius sin que nadie apareciera para pegarnos con un palo, y luego algunas chuches, y conseguimos arrastrarnos hasta un banco a la sombra, la niña, el niño, la sopera, los bolsos y yo.
Cuando se encontró un poco mejor, conseguimos arrastrarnos hasta un bar, la niña, el niño, la sopera, los bolsos y yo.
Y luego hasta casa, la niña, el niño, la sopera, los bolsos y yo.
Y según entramos en casa me dice ZaraJota: 
-¿Dónde vas con esa sopera?
Pues a todas partes, por lo visto. A TODAS PARTES.


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Todos mis libros aquí

25 julio 2022

Echar un guante




La semana pasada fuimos a ver Thorcuatro.
No recuerdo la última vez que fui al cine, normalmente ZaraJota se lleva a los niños para que yo pueda trabajar. O dormir. Pero esta vez íbamos los cuatro, básicamente porque con el calor no se puede trabajar ni dormir y en el cine hay aire acondicionado.
Ir al cine con niños en una experiencia multisensorial que incluye refresco, palomitas, alzador, preguntar ochenta veces si han hecho pis, recordarles otras ochenta que tienen que estar callados...
Antes de que me salgan los niñofóbicos de siempre: por eso vamos cuando la película lleva un tiempo en cartel, siempre en matinal, siempre en sábado, para molestar lo menos posible. Que aún así molestamos, seguramente, pero tus amigos y tú haciendo aspavientos con todas las referencias para que toda la sala se entere de que sabéis de cómics más que nadie también, así que estamos empatados.
El caso es que al poco de empezar la peli (justo antes de que salgan las cabras del espacio, para que nos entendamos sin spoilers), Nene-kun me dice: 
-Mami, papá se ha ido.
Y yo: qué cabrón, que se ha pirado a dormir y me ha dejado aquí con los niños, ten marido para esto.
-Ya volverá. 
En cuanto pise la calle y vea el calor que hace.
-Es que Nena-chan también se ha ido.
-Habrán ido a hacer pis a pesar del medio millón de veces que se lo he dicho.
Mientras tanto, en el exterior, ZaraJota estaba en el baño intentando parar una hemorragia nasal de Nena-chan.
Yo no estaba delante porque estaba en el cine más feliz que una perdiz, así que para poder contároslo he hecho lo que haría cualquier buen periodista: me lo he inventado. 
El caso es que estaba en el baño gastando papel higiénico como si fuera 2019 y aquello seguía saliendo a chorro y sin parar. Ni con agua fría, ni presionando, ni con la madre que lo parió.
Cuando llevaban sus buenos diez minutos jugando al ascensor del Resplandor, a ZaraJota se le ocurrió ir al puesto de palomitas y pedir hielo.
Imaginaros la situación porque tiene mandanga: sábado de julio a las doce de la mañana, la chica de las palomitas aburrida nivel a ver si me muero, y de pronto aparece un señor, por llamarlo algo, sujetando una bola de papel higiénico en la nariz de una niña con un vestido como para estrujarlo un poco y darle el carnet de donante.
Por cierto, donad sangre si podéis que está la cosa muy mala. 
-Perdone -le dijo ZaraJota. Ante todo, educación-. ¿Me podrían dar un poco de hielo?
-Claro, claro, espera que...
La chica dudó porque claro, no le vas a dar hielo en la manorra, que queda como poco higiénico.
-¿Tienes una bolsita o algo, aunque sea de las chuches?
-Las bolsitas de las chuches son de papel. Por lo de contaminar y eso.
ZaraJota pensó que justo lo que necesitaba la niña, que no paraba de sangrar, era que se le deshiciera la bolsa de papel en la cara y se le quedara pegado un montón de pelotillas blancas.
-Mejor que no.
-Espera, ¿te vale un guante?
-Lo que sea, sí.
La chica de las palomitas, a la que mando desde aquí todo mi amor y agradecimiento, cogió uno de los guantes de plástico que usan para manipular alimentos, lo llenó de hielo y se lo dio a ZaraJota, que procedió a aplicárselo a la nena en la cara. Que menos mal que todas las películas estaban empezadas y no entraba nadie, porque yo llego al cine y me encuentro la niña gore con un guante de plástico pegado a la cara y me vuelvo a mi casa por mucho calor que haga.
El caso es que o bien el hielo hizo efecto o la niña se quedó sin sangre, que por la cara que llevaba me parece lo más probable.
Así que se vuelven a la sala. Para que os hagáis una idea, Thor ya le había encontrado utilidad a las cabras del espacio. ¿Se perdieron lo mejor de la película? Sin duda alguna.
-Mami -me dijo el nene-, papá ha vuelto. 
-¿Dónde estabas?
-En el baño, que la nena estaba sangrando por la nariz y no paraba.
-Ostras.
-Lo he intentado todo: he gastado el papel higiénico, los pañuelos, las toallitas húmedas... al final me he ido a donde las palomitas.
-¿Le has taponado la hemorragia con palomitas?
-No, no, ¿por quién me tomas? Ha sido con un guante de plástico.
Ah, claro, mucho más lógico, dónde va a parar.

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Esto es lo típico que te aburres y escribes otro libro.
De momento solo disponible en digital. Es un relato corto de realismo negro, ambientado en la Andalucía rural de los años 80. 
Espero que os guste.  






11 julio 2022

La caja asesina


Esto os va a sorprender pero los libros ya no me caben en casa, en concreto en mi despacho casero de unos 4 metros cuadrados, y me he pillado un trastero, lo que pasa que lo llamo "almacén" porque suena como a más profesional.
Cada dos por tres lo tengo  que reordenar porque los libros entran y salen y lo mismo tengo un hueco que media docena de cajas apiladas.
En la última reorganización, le pedí a ZaraJota que subiera a lo más alto de la estantería más alta de la parte más alta del almacén.
-¿Estás segura?
-Sí, sí, esos libros no tienen salida, ya no me van a hacer falta.
-¿No quieres revisar la caja antes de que la suba?
-No, no, si ya sé lo que hay, son libros defectuosos, machacados por correos, cosas así.
-Esto no parecen...
-En serio, sube la dichosa caja.
-Vale, pero si en algún momento la necesitas me avisas para que la baje.
-Sí, sí.
ZaraJota se fue y yo me quedé en el almacén ordenando cajas: Vayamos por partes I, aquí. Vayamos por partes II, allí. Vayamos por partes III... 
-Uy. 
Vayamos por partes, tercera parte, no aparecía por ninguna parte, valga la redundancia. Abrí todas las cajas una a una, y son muchas cajas. Vaya, que ya llevo unos cuantos libros. No apareció ni un solo ejemplar. Lo que sí apareció, después de revolver todo el almacén y ponerlo patas arriba, fue una caja de libros defectuosos.
-Uy.
Como poseo una inteligencia privilegiada, llegué rápidamente a la conclusión de que la caja que ZaraJota había subido a lo más alto de la más alta estantería no estaba llena de libros defectuosos, sino de ejemplares nuevecitos de Vayamos por partes III.
Caca.
Lo sensato había sido avisar a ZaraJota para que me ayudara a bajar la caja, pero entonces se enteraría de que no estaba llena de libros defectuosos. 
Así que hice lo más maduro y sensato posible: intentar bajarla yo.
O sea, ¿cómo de difícil podía ser?
Después de varios intentos subiéndome a diferentes cajas, estanterías y muebles, descubrí que si me subía a un taburete y estiraba los dedos, rozaba con las yemas el borde de la caja. Me pegué a la estantería como si llevara intenciones deshonestas con ella, me estiré todo lo pude, y con las puntitas de los dedos fui atrayendo la caja hacia el borde.
Seguramente ya os habéis dado cuenta de que mi plan tenía un pequeño fallo. Yo también me di cuenta, enseguida. Concretamente, cuando la caja llegó al borde, lo superó, se me escurrió de entre los dedos y fue a parar de canto sobre mi cara.
Eso dolió.
Por suerte reaccioné rápidamente y conseguí sujetarla antes de que cayera al suelo. El problema fue que entre lo que pesaba y la velocidad de 9,8 m/s que había adquirido según bajaba, casi no pude con ella y me tambaleé en el taburete. Aferré con fuerza la caja entre un brazo y mi barbilla (nunca subestimes la utilidad de una barbilla, sobre todo si tiene papada) y usé la mano libre para aferrarme a una estantería que en ese momento estaba vacía y sin fijar a la pared.
Lo que sucedió a continuación les sorprenderá. 
Salí del almacén a cuatro patas y examiné los datos. Se me estaba hinchando la frente ahí donde había aterrizado la caja, pero por lo demás parecía estar bien.
¡Y ZaraJota no me creía capaz de coger la caja yo sola!
¡Ja!
¡No necesito su ayuda para nada!
Al día siguiente me dolía la vida, sobre todo el cuello, la espalda y el brazo, aunque no el que se había llevado el golpe sino el otro, por llevar la contraria.
Por suerte, por esos días tenía cita telefónica con mi médico de cabecera, que me tenía que dar los resultados de una citología.
-Ya que me llamas -le dije-, ayer tuve un pequeño accidente con una caja...
-¿Y eso?
Le conté al médico toda la peripecia. Cualquier otra persona no se lo habría creído, lo que pasa es que mi médico me conoce.
-Lo raro es -le dije, como si todo lo demás fuera normalísimo- que lo que más me duele es el lado que no es.
-Eso es porque tu cuerpo instintivamente intenta proteger la cabeza.
-Claro, es donde está el cerebro.
-Sí, normalmente sí.
Eh... ¿normalmente?



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El viernes 15 a las 19:00, Sergio Morán, Diego Núñez y una servidora estaremos en Libros de Arena hablando de cosas.
Entrada libre hasta completar aforo. ¡Venirse! 

 

15 mayo 2022

El bulto



Nena-chan tiene un bulto en la cabeza, una cosa que en mi familia es como muy tradicional: recordemos sin ir más lejos a mi tía la tontusilla.
A diferencia de los bultos anteriores el de Nena-chan está por fuera de la cabeza como si le hubieran metido un lacasito entre el cuero cabelludo y el cráneo. Al principio era muy pequeño y nos resistimos a llevar a la niña al pediatra, porque nuestro pediatra es muy de quitarle hierro a todo porque considera que los padres somos unos histéricos y llevamos a los niños al médico por cosas que son perfectamente normales. Nuestras historias con el pediatra son fuente inagotable de diversión, sobre todo cuando te dice que es perfectamente normal que a un bebé de once meses le sangre el ojete, el niño empeora, acabas en urgencias y en médico de urgencias te dice que cómo has esperado tanto para que al niño lo viera un médico, te acusa de negligencia y amenaza con denunciarte, jajajaja, yo es que me parto con mi pediatra.
Seguramente estáis pensando: pues cambia de pediatra. Bueno, ya lo hemos intentado porque en Madrid hay libertad de elección de médico. El problema es que si pides otro pediatra y el otro ya tiene más pacientes de los que puede atender, te rechaza y te vuelves donde estabas. Y se ve que los pediatras en Madrid ya tienen todos más pacientes de los que pueden atender, porque una cosa es la libertad para elegir y otra poner medios para que la gente elija, se ve. 
El caso es que un par de semanas más tarde el bulto había crecido considerablemente y ni siquiera nuestro pediatra podía decir que aquello era normal. Así que pedimos cita y, por supuesto, el pediatra nos dijo que aquello era perfectamente normal. 
-Pero cómo va a ser normal, que como le crezca un poco más va a ir por la calle escorada como una Vespa.
-Bueno, pues será un pelito enquistado. 
-Pero cómo va ser ser un pelito enquistado.
A ver, que llevo toda la vida depilándome con cuchilla, señora, que otra cosa no pero un pelito enquistado lo reconozco.
-Bueno, pues que tome antibióticos diez días.
Aquello ya me tocó la moral, porque una vez el médico me dijo que a veces receta antibióticos "para madres ansiosas", así que sospeché que
1. A Nena-chan no le hacían falta los antibióticos para nada.
2. Me estaba llamando histérica. Otra vez.
Pero yo soy muy bien mandada, y me recordé a mi misma que el pediatra ha estudiado muchos años, y tiene muchos años de experiencia, y seguramente sabe lo que dice mejor que yo, así que durante diez días le dimos a la nena su pauta de antibióticos.
El tratamiento le sentó fenomenal al bulto: se puso de hermoso y de lustroso que daba alegría verlo. Y se veía, ya os digo yo que se veía. Así que volvimos al pediatra y muy a su pesar nos mandó al especialista. 
El especialista miró el bulto de Nena-chan con mucho interés y por todos los ángulos posibles.
-Seguramente es un quiste sebáceo -dijo-. Lo más seguro es que lo haya tenido siempre, pero a veces cuando reciben un golpe se animan y crecen. ¿Se ha dado un golpe en la cabeza últimamente?
A Nena-chan le entró la risa floja. 
A mí me entró la risa floja.
Que no es que nos tomáramos a guasa la cosa, pero es que "Nena-chan" y "darse un golpe" usados en la misma frase es algo así como redundante. Que estamos hablando de una niña que se tropieza andando en llano. Que a veces estamos comiendo y se cae de la silla, no sé si me explico.
-No recuerdo ningún golpe en especial -dije, recuperando la compostura. Poco, las cosas como son. 
-Ha tenido que ser un buen golpe, es imposible que no te hayas dado cuenta.
-Es que se da muchísimos.
El especialista puso cara de ir a llamarme madre negligente, seguramente con razón, porque hasta yo me doy cuenta de que "es que es muy torpe y siempre se está cayendo" suena a madre maltratadora que intenta ocultarlo. O, como mínimo, a madre que se está haciendo las uñas delante de la tele mientras sus hijos juegan con machetes. Así que me apresuré a explicar:
-Siempre se está dando golpes. Recuerdo muchos golpes en las pasadas semanas, pero es que son tantos que no podría decir cuál en concreto ha podido ser el que causara eso.
-Siempre me estoy dando golpes -intervino la niña como para darme apoyo moral.
-¿Tú te acuerdas de algún golpe que haya podido causar eso?
-No, mami, solo uno no.
Nena-chan empezó a reírse, yo empecé a reírme, y el especialista empezó a mirarnos como si se arrepintiera de no haber estudiado Empresariales, por ejemplo.
-Está bien. 
Le pidió a Nena-chan que bajara de la camilla y se sentara en la silla justo delante de su escritorio, y yo me senté a su lado mientras el especialista tecleaba en el ordenador, seguramente registrando que soy una madre maltratadora que le propina golpes en la cabeza a su hija y al día siguiente ni siquiera se acuerda o algo así.
Nena-chan se quedó en la silla muy formal.
-Entonces -insistió el especialista-, ¿no recuerdas nada de ese golpe?
-No -empezó a decir la niña. Entonces fue a recolocarse en el asiento para apoyarse en el apoyabrazos, pero el brazo le resbaló, la nena perdió el equilibrio, pataleó para recuperarlo y no sé muy bien como acabó estampándose contra el escritorio del médico.
-¿Te has hecho daño? -le pregunté, con el tono monocorde de puro rutinario.
-Jajajaja, sí, jajajajaja.
-Es que menuda torta, hija, jajajaja.
-Sí, jajajaja.
-¿Pero cómo te has podido caer de la silla?
Otra vez, añadí para mis adentros.
-Jajaja, mami, ni idea, jajaja.
El especialista nos observaba con la boca abierta. Bueno, eso creo, porque llevaba mascarilla.
Finalmente se volvió hacia su ordenador y dijo, mientras tecleaba:
-Ha podido darse un golpe pero no lo recuerda.
Es que a veces no hay nada como una demostración práctica.



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El 21 de mayo podréis encontrar mis libros en la caseta de Distinta Tinta en el Krunch! de Quadernillos (Alcalá de Henares). 
El mismo día, mis libros y yo misma estaremos en Santa Librada (detrás del Caixaforum de Madrid).
Y el 22 de mayo a las 12:30 estaré firmando en la caseta de Cicely en la Feria del Libro de Alcobendas.