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12 mayo 2025

El apagón



Seguramente no os acordáis porque fue hace ya tres o cuatro apocalipsis, pero ha habido un apagón. 
Concretamente el 28 de abril aproximadamente a las 12:30.
Yo estaba intentando escribir cuando se me fue la luz y no le di importancia porque siempre nos salta la luz cuando pongo a la vez el radiador y el horno. Siempre me digo que es la última vez que pasa y que me acordaré para la próxima y siempre se me olvida hasta que vuelve a saltar. El caso es que pensé: ya lo he vuelto a hacer.
Que ese día no estuvieran encendidos ni el radiador ni el horno me pareció un detalle sin importancia. 
"Me estoy superando a mí misma", pensé. 
Mientras tanto, ZaraJota estaba teletrabajando. Su primera reacción al quedarse sin luz fue apagar el radiador y el horno, pero se los encontró ya apagados, así que salió al pasillo de la comunidad y vio que estaba sin luz también.
-Lorz, esta vez te has superado a ti misma -me dijo.
Así que siguió el protocolo establecido para esas ocasiones y mandó un mensaje a su grupo de trabajo.
"Me he quedado sin luz".
Varias personas contestaron: "Y yo también".
El problema es que esas algunas de esas personas no vivían en la misma ciudad. Ni siquiera en la misma comunidad autónoma. Algunas, ni siquiera en comunidades autónomas colindantes.
-Uy.
De momento todavía teníamos datos en el móvil, pusimos 24 horas y vimos en directo la cara del presentador cuando le contaron lo que acababa de pasar y cuando él lo contaba a su vez.
-Uy.
Pero los datos empezaban a fallar. 
-Uy.
-Vamos a comprar un transistor -le dije a ZaraJota. 
Yo tenía uno en la cocina, pero se lo presté a la niña un momento y ahora tengo dos y medio y ninguno funciona. El transistor era lo único que me faltaba en mi equipo prepper: tengo cerillas, velas, linterna, un cargador de móvil solar, comida preparada y papel higiénico.
No estoy loca, es que acabo de publicar un libro sobre una sociedad sin suministro eléctrico y en cuanto te pones a investigar sobre el tema te da por pensar cosas. Y no son cosas bonitas.
El caso es que bajamos corriendo a comprar un transistor.
-Solo puedo cobrar en efectivo -nos dijo la dependienta-, me he quedado sin luz.
-Es nacional, por eso estamos comprando el transistor.
-Uy -dijo la dependienta. Y acto seguido se escondió un transistor para ella debajo del mostrador. 
Encendimos en transistor y con él en la mano y acordándome fuertemente de mi abuelo, que se pasaba los veranos a un transistor pegado, fuimos a por los niños. 
El niño no nos preocupaba demasiado. 
Puede que haya tenido mis desavenencias con el colegio, pero lo cierto es que desde que empezamos allí han pasado por: el derrumbe de parte del tejado, la obra subsiguiente, la pandemia, Filomena, un par de obras más, varios robos masivos, una inundación y dos meses seguidos de lluvia sin poder bajar a los niños al recreo. Y siempre, siempre, han reaccionado rápido, bien y con eficacia.
De hecho, llegaron a enviar un correo tranquilizando a los padres y explicándoles cómo iban a actuar. 
Acto seguido nos quedamos sin internet y yo en concreto no lo recibí hasta pasadas ocho horas, pero el caso es que lo hicieron.
Lo de la nena estaba más complicado.
Obviamente, el metro estaba cerrado, pero lo que no esperábamos era que también se hubiera cerrado el túnel bajo la M30. Básicamente, solo podía volver a casa andando.
No es que fuera peligroso. 
Había pasado menos de una hora desde el apagón y en Marqués de Vadillo ya había policías controlando el tráfico. Se veía que la circulación era difícil, pero no imposible. Había muchísima gente en la calle, toda la que normalmente va por debajo de la calle, supongo, pero caminaba a lo suyo, sin prisa, sin pausa, a veces intercambiando miradas de circunstancias. Otro apocalipsis. Pues nada, esta semana ya hemos cumplido.
El problema es que el sentido de orientación de la nena es... bueno. Es. La queremos mucho. 
Y sin GPS.
Y sin semáforos. 
Y con doce años. 
Y con tendencia a desmayarse cuando hace calor. 
Y qué calor hacía, dos meses lloviendo y justo el día del apagón... menos mal, porque solo faltaba que lloviera.
Le mandamos un mensaje: Espera en la puerta, vamos a buscarte.
Confiamos en que le llegara y si no, no pasaba nada, su padre estaría en la puerta antes de que ella saliera
Teníamos tiempo de sobra, no salía hasta las dos.
Pasada la una y media recibí una llamada suya. De puro milagro, porque internet no iba y la línea telefónica estaba regulinchi.
Esto fue lo que yo escuché:
-Mami -la niña parecía histérica. No sabemos por qué es, pero por teléfono siempre suena absolutamente histérica. Ya sabemos, por ocasiones anteriores, que normalmente no está histérica, pero en ese momento sospecho que lo estaba-. ¿Mami? GSGKFSFGSÑFHGSÑ profesores FSÑGFGKSJFÑKJSFGÑKJSFJG atentado GÑSFSLFJGSJFLGH no hay clase GGSÑJHGSFJGH calle...
Mi úlcera bien, gracias. 
-QUÉDATE EN LA PUERTA, QUÉDATE EN LA PUERTA, QUÉDATE EN LA PUERTA -empecé a gritar, esperando que le llegara alguna.
-GSÑFSÑFGKSFNLSJH mis amigas SJGFJÑSKJGSGHSJKGHSJLG 
-QUÉDAOS EN LA PUERTA, TODAS, QUEDAOS EN LA PUERTA, YO AVISO A LOS PAPÁS, EN LA PUERTA, EN LA PUERTA...
Se cortó.
Y esa fue la última vez que hablé con ella. 
Bien, bien, la úlcera súper bien.
Mientras tanto, el niño salió del colegio.
Estaba tan tranquilo. Al parecer la profe les había dicho que aprovecharan la feliz ocasión para ordenar las cajoneras. Si yo hubiera sabido que un apagón nacional podía servir para que los niños ordenaran habría cortado el suministro yo misma. Con los dientes.
De hecho, no descarto hacerlo en un futuro. 
-Hoy es un día especial -le dije-. Vamos andando a casa porque el metro está cerrado.
-Joooo...  hace mucho calor. 
-¡Pero es mejor! Así vemos lo que pasa por la calle. Es muy importante que nos fijemos en todo, hoy es un día histórico.
La cara del niño fue un poema. Un poema épico. Con muchas estrofas.
Tiene nueve años. 
Hace poco descubrimos que no recuerda NADA previo a la pandemia.
-¿Otro día histórico?
-Sí.
Suspiró.
-¿Qué comemos? 
-Es lunes: lentejas. 
-Entonces vale. 
Al menos tiene claras sus prioridades.


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El próximo 17 de mayo a partir de las 18 horas estaré en la caseta 9, librería Yume, de la Feria del libro de Vallecas. El resto del fin de semana estaré en el Krunch en el CC. Cuadernillos.
¡Venid a verme antes de que el mundo se acabe (otra vez)!














14 abril 2025

Coche amarillo

 


Iba yo por la calle tan tranquila y sin meterme con nadie cuando Nene-kun gritó: 
-¡COCHE AMARILLO!
Y procedió a meterme tremenda colleja que a mí no me gusta exagerar, pero tuve que recoger del suelo mis amígdalas y volvérmelas a poner. 
Pesa veinte kilos pero está fuerte, el enano. 
-Pero qué te pasa.
-Que he visto un coche amarillo.
-Ah.
-El primero que ve un coche amarillo gana un punto -me explicó Nena-chan
-¿Y la colleja?
-Para que quede claro.
-Ah.
Como parecía que esto era importante para ellos, intenté sumarme al juego.
Vale, quería darles collejas impunemente, eso también.
-¡Coche amarillo! -gritaba.
-Mami, tienes que gritar a la vez que das la colleja, no vale y ganamos un punto los demás.
-¡Coche amarillo!
-Mami, tienes que dar la colleja en el hombro, no vale y ganamos un punto los demás.
-¡Coche amarillo!
-Mami, es un camión, no vale y ganamos un punto los demás.
-¡Coche amarillo!
-Mami, ya te lo hemos dicho muchas veces, las bicis de Glovo no valen y ganamos un punto los demás.
-¡Coche amarillo, coche amarillo, coche amarillo, coche amarillo!
-Mami, nos has traído a correos a propósito, no vale y ganamos un punto los demás.
Empezaba a tener la impresión de que no iba a ganar nunca. 
Al menos, mientras los niños estuvieran delante. 
Así que busqué un medio alternativo: el grupo familiar de whatsapp.

-Mami, ¡no vale! 
-¿Por qué?
-¡Porque tenemos que estar delante!
A mí eso me pareció un simple tecnicismo y decidí que no me iba a rendir. 


-¡MAMI, QUE ASÍ NO VALE!


-¡MAMI, QUE ASÍ NO VALE!


-¡MAMI, QUE ASÍ NO VALE!


-¡MAMI, ESO NI SIQUIERA ES UN COCHE!
Desde luego, está claro que siempre van a tener una excusa.




20 enero 2025

Lo sabe


 Nena-chan ya lo sabe
Ya sabéis. 
Lo de los reyes y eso. 
Lo sabe desde hace tiempo, obviamente, pero hasta que no ha entrado al instituto no lo hemos hecho oficial. En fin. Ahora que lo sabe-sabe, le propuse que comprara ella algunos regalos de su parte. Alguna cosilla, solo, para que ella estuviera en el ajo también, pero sin gastarse mucho dinero.
-Calcetines -le dije-, son baratos y siempre hacen falta.
Le pareció bien y un día nos fuimos a un centro comercial la niña, su monederito y yo a comprar calcetines en secreto.
Al principio la cosa fue bien: 
-Estos para Nene-kun, que le gusta mucho Dragonball.
-Perfecto.
-Estos para papá. 
-Pero si tienen gatos. 
-Ya.
-Papá odia a los gatos.
-JAJAJAJAJA, por eso.
-Vale, son tus regalos y no me voy a meter, tú elige libremente.
-Y estos para ti.
-¿Esos? Como me compres eso no me lo pongo, así te lo digo, eso tiene una pinta de rascar cosa mala y encima a ver con qué convino yo el verde aguacate y el amarillo pollo. Coge esos de ajolotes, que por lo menos son rosa.
-¡Pero mamá! ¡No puedes elegirlo tú!
-¿Por qué no? 
-¡Porque entonces no es sorpresa para ti! 
-Bueno, he venido a comprarlos contigo y luego te tengo que ayudar a envolverlos. Mucha sorpresa no esperarías que fuera...
-No sé... Bueno, supongo que no importa porque luego tendrás más regalos, ¿no?
-¿Y quién crees que los coloca debajo del árbol cuando os dormís?
-...
Me da la impresión de que lo sabe, pero se lo plantea lo justito.





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El plazo para participar como expositor (editoriales, librerías, autoeditados, artesanos, artistas, creadores...) estará abierto hasta el 26 de enero.






06 enero 2025

La Nintendo de segunda mano


Mi marido tenía muchos cómics de grapa.
Pero muchos, muchos.
Algo así como cuatro armarios a rebosar. 
A mí no me importaba porque soy una persona muy comprensiva. Además, los tenía en casa de su madre. 
A su madre, por lo que fuera, le importaba un poco más que a mí, pero lo llevaba con resignación.
Hasta que vendió la casa, claro.
A mí me parecía que lo justo era que los cómics se quedaran donde estaban, ya que llevaban tanto tiempo ahí que probablemente eran necesarios para mantener la integridad estructural del edificio, pero al parecer los nuevos propietarios no estaban de acuerdo. Sus oscuros y seguramente muy egoístas motivos tendrían, yo qué sé. 
Así que este verano Zarajota tuvo que recoger sus cómics, que pasaron a habitar en nuestro maletero.
Es un maletero muy grande, las cosas como son. Lo que pasaba era que tampoco podían quedarse ahí para siempre, porque estaban empezando a causar daños permanentes en la suspensión y eso. 
Entonces Zarajota hizo lo más serio, maduro y responsable: subirlos a Wallapop y cambiarlos por una Nintendo Switch de segunda mano.
Y por casi todos los Asterix, todos los Terry Pratchett, varios mandos, un par de muñequitos y a saber cuántas cosas más. Sospecho que Zarajota es la única persona de España a la que le renta Wallapop.
Da igual, lo importante para esta historia es la Nintendo. 
-¿Qué te has agenciado una Nintendo? -le dije cuando la vi.
-¡Es para los niños! 
-Pues no pensarás dársela ahora, que acaba de ser su cumpleaños y ya han tenido un montón de regalos, y ahora vas y le das una consola que los vas a malacostumbrar, de eso nada, que luego se creen que las cosas aparecen en casa mágicamente.
-La podemos guardar para Reyes.
Así fue como la Nintendo pasó a habitar en el armario a perpetuidad.
Uy, como los cómics.
Tres meses más tarde, Zarajota estaba de la Nintendo en el armario hasta el mismísimo Switch.
-Yo creo -dijo- que en vez de los Reyes podía traerla Papa Noel. 
-Pero Papa Noel solo trae los regalos que le pide tu madre, igual que los Reyes solo traen los regalos que pedimos nosotros. Es la ley.
Zarajota miró al armario una mirada ansiosa.
Torturada, diría yo.
-¿Y cómo van a saber los niños quién le ha pedido quién?
Así fue como el 24 de diciembre, con nocturnidad y alevosía, cambiamos los regalos que la llallí había pedido por una Nintendo Switch de segunda mano comprada en Wallapop.
En perfecto estado, eso sí.
Sospecho que este años los Reyes Magos me van a traer una mierda pinchada en un palo, y lo peor es que me lo mereceré. 
El 25 de diciembre por la mañana, los niños se levantaron, abrieron el regalo y, en lugar de quedar ojipláticos de la emoción, preguntaron con evidente desconfianza: 
-¿La llalli nos ha pedido una videoconsola?
La llalli es que tiene fama de ser bastante analógica, las cosas como son.
-Pues sí, pues sí -les contesté con toda la calma, mientras mi yo interior corría en círculo agitando los bracitos-. Habrá que llamarla luego a darle las gracias, ¿no, Zarajota?
-¡NO! Estooo... quiero decir, que ahora estará dormida y eso.
Entonces fue cuando mi cuñada decidió enviar un vídeo. Dando a entender, así como quien no quiere la cosa, que la familia estaba despierta. 
-Mierda.
-Voy... -dijo Zarajota-, voy a la terraza a hablar por teléfono un segundo. 
-¡Voy contigo!
Y nos salimos los dos a la terraza, lo típico un 25 de diciembre a las nueve de la mañana cuando estás a bajo cero. 
-¿Pero qué haces?
-Llamar a mi madre para avisarle de que le ha pedido una Nintendo a Papa Noel. 
-¡Pero que los niños van a sospechar!
-A ver, Lorz, que tienen doce y nueve años. Yo creo que a estas alturas ya deben saber quién regala qué.
-¡Pues que nos lo expliquen a los demás, que nos hemos perdido hace un rato!


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25 noviembre 2024

En bragas y camiseta



Lo de tener una hija que va al instituto está siendo todo un viaje lleno de descubrimientos. 
El mayor y principal de todos es que de pronto Todo Es Culpa Mía Siempre. 
Esto me ha pillado por sorpresa, porque yo pensaba que al llegar al instituto tendría más autonomía y por tanto yo tendría menos responsabilidades, pero de alguna forma hemos pasado a Algo Ha Salido Mal Le Puede Pasar A Cualquiera Vamos a Arreglarlo Juntas a Todo Es Culpa Mía Siempre.
Esto va a ser por la LOMLOE, seguro. 
Puto Perro Sanxe.
Como si se levanta tarde es culpa mía y si no desayuna es culpa mía y si no lleva chándal en día de educación física es culpa mía y si se le olvida la merienda es culpa mía y si no se peina es culpa mía, el resultado natural de las cosas es que, aunque entro a trabajar nueve horas más tarde, todos los días me levanto a las siete a asegurarme de que no hago nada mal que pueda ser culpa mía luego. 
No voy a entrar en el tema de si esto es mentalmente sano o no.
O tienes una hija adolescente o estás cuerda, pero las dos cosas no se puede. 
Irónicamente, esto es algo que no hacía cuando el año pasado iban al colegio, y que no hago con su hermano pequeño, que sigue yendo al colegio. 
Como decía, esto va a ser por la LOMLOE.
De vez en cuando tengo momentos de lucidez en los que me doy cuenta de que esto no puede ser.
Me levanto a las siete aunque entre a trabajar nueve horas más tarde, me aseguro de que desayune, se ponga el chándal, que se lleve la merienda, se peine... o sea, como todos los días, pero sin parar de soltarle la chapa durante todo el proceso:
-Es que no puede ser, yo tendría que estar durmiendo, donde vas con vaqueros que es martes, ya eres lo bastante mayor para hacer esto sola, coge la merienda, no sé dónde tienes la cabeza, el abrigo...
Lo sé, soy la peor madre del mundo.
Ya lo deduje yo sola cuando me di cuenta de que Todo Es Culpa Mía Siempre.
Una mañana, me vine arribísima y le dije: 
-Vas tardísimo. Cualquier día Amiga-chan se va a ir sin ti.
Porque queda con Amiga-chan para irse juntas, eh. A ver si os penséis que le doy la patada en la puerta y espero que llegue el instituto sola. No: le doy la patada en la puerta y espero que llegue al instituto acompañada.
Total, que le dije: 
-Vas tardísimo. Cualquier día Amiga-chan se va a ir sin ti -y añadí- y te vas a tener que ir tú sola.
Y Nena-chan se fue.
Lo siguiente que sé es que empezó a sonar un pitido.
El pitido resultó ser el móvil de Nena-chan, en concreto, una llamada entrante en el móvil de Nena-chan.
Que no se había llevado, porque yo estaba tan ocupada echándole la peta que no le había recordado que lo cogiera, como hago todos los días.
ZaraJota atinó a contestar la llamada. 
Era Amiga-chan.
-Que estoy esperando a Nena-chan y no viene.
-Pero si bajó hace un rato...
A partir de ahí todo está un poco borroso. 
Puede que entrara en shock.
No era la primera vez que Nena-chan desaparecía, las cosas como son. Puede que la vez anterior me dejara traumita.
Estuve meses con miedo a dormir porque soñaba que Nena-chan era un bebé y se perdía.
Por lo que sea.
El caso es que recuerdo vagamente decirle a Amiga-chan que no esperara, que tirara para el instituto ella sola, y que ya nos encargábamos del tema.
Ni siquiera se me ocurrió pensar en que la niña no podía tirar sola porque no lo había hecho nunca.
Estaba en shock.
También estaba en bragas y camiseta.
¿Por qué estas cosas siempre me pillan así?
Ni idea.
Me fui a la habitación e intenté vestirme pero era incapaz.
Estaba en shock, ¿vale? 
Amiga-chan tiró para el instituto con su padre, que no tenía previsto para nada darse ese paseo pero no iba a dejar la chiquilla sola y además se ofreció a mirar si veía a Nena-chan por el camino.
ZaraJota salió a ver si la encontraba por el barrio. Cero pruebas cero dudas de que lo hizo corriendo en círculos mientras agitaba los bracitos.
Yo seguía en bragas y camiseta.
Lo único que se me ocurría era esperar a las ocho y llamar al instituto a ver si había llegado.
El padre de Amiga-chan no la había visto en la puerta, así que...
Esperé a que empezaran las clases y llamé al instituto.
Seguía en bragas y camiseta.
-Hola, jeje, soy la madre de Nena-chan, jeje, es que ha habido un malentendido y, jeje, no sabemos si ha llegado a clase hoy, jeje, jeje, ¿me lo podrías confirmar? Es de primero...
-Voy a mirar -fue la respuesta. Por el tono, estoy razonablemente segura de que puso los ojos en blanco y pensó "todos los años hay una". Pero fue a mirar, y me confirmó que Nena-chan había llegado a clase y estaba perfectamente bien.
Bueno, al menos lo había estado hasta que la celadora apareció en clase y le dijo delante de todo el mundo que su madre estaba llamando por teléfono en plan loca de la colina.
Alabado sea el señor. 
Cuando la niña salió de clase, tuvimos una charla con ella. 
Ante todo, le dejamos claro que estábamos muy orgullosos de que hubiera sido capaz de llegar sola. Lo único, le dijimos, era que había que pulir algunos detalles porque, bueno, básicamente casi nos morimos del susto. Nosotros, la amiga, la familia de la amiga...
Otro día os hablo de mi úlcera.
-Es que no entiendo por qué te fuiste sola -le dijo Zarajota.
-Bueno, llegué a donde siempre y Amiga-chan no estaba, así que pensé que se había ido sin mí.
-¡Amiga-chan nunca se iría sin ti! ¿De donde has sacado semejante idea?

[Voz en off]: 
Vas tardísimo. Cualquier día Amiga-chan se va a ir sin ti...
se va a ir sin ti...
sin ti...
sin ti...
sin ti...

Vale, Todo Es Culpa Mía Siempre, lo admito.



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Se acerca la navidad y seguro que tenéis que hacer regalos de compromiso a gente que os cae mal.
Elegid libros de editoriales independientes y os aseguraréis de que hacéis feliz al menos a una persona: a la editora.






















 

28 octubre 2024

La familia normal



Cuando nacieron los niños me dije que haríamos las cosas bien y que todas las comidas las haríamos adecuadamente en una mesa bien puesta, sin ver la tele, para que fuera un momento de calidad con nuestros hijos, todos juntos, como una familia normal.
Esto os va a sorprender pero lo conseguí. Lo conseguí mucho. En casa se ponía la mesa, correctamente, y se comía sin ver la tele, salvo que hubiera un evento especial como Eurovisión, como una familia normal.
Luego llegó la pandemia y todo se fue a la mierda, obviamente.
No sé si fue porque total ya estábamos pasando todo el día juntos y no necesitábamos más momentos de calidad, por favor y gracias; si porque estábamos siempre comiendo y no merecía la pena poner la mesa bien cada vez; porque necesitábamos ver más televisión para abstraernos de todo o porque la mesa de comedor siempre estaba llena de cosas, de deberes, de trabajo, de las mil manualidades para entretener a los niños o qué, pero empezamos a comer en la mesa baja de centro de mala manera, y desde entonces no hemos parado.
De vez en cuando digo que esto no puede seguir así y que tenemos que empezar a comer en la mesa grande como una familia normal. Lo digo bajito, para qué nos vamos a engañar. Además, la mesa de comedor sigue llena de cosas, yo es que no lo entiendo, ¿el cole en casa no se había acabado ya? ¿De dónde salen tantas cosas? En fin.
Hace unos días hicimos un último intento serio.
Recogí las cosas.
-A partir de mañana comemos en la mesa de comedor, como una familia normal -anuncié.
Y pensé que con eso ya estaba.
Para empezar, al día siguiente tuve que volver a recoger todas las cosas que había encima de la mesa.
En serio, ¿de dónde salen tantas cosas?
Luego pusimos la mesa y resultó que no cabía todo.
Luego me di cuenta de que nuestras sillas son incomodísimas. Al menos, bastante más que el sofá.
Pero lo peor fue el gato.
Normalmente el gato, cuando oye que nos sentamos a comer en la diminuta mesa de centro, viene, se sienta en el otra sofá, nos observa hasta que nos sentamos, servimos y empezamos a comer y luego, con aire satisfecho, sabiendo que ha cumplido su misión en la vida, sea la que sea porque todavía estamos por descubrirlo, procede a quedarse cuajado.
Da igual lo alta que esté la tele, lo alto que hablemos, las cosas que se caigan o se derramen.
El gato duerme hasta que terminamos, entonces se estira, se levanta y se come cualquier cosa que se haya caído al suelo. 
Es la ley, así ha sido y será siempre. 
O eso cree él, que llegó a casa después de la pandemia y de que mis sanos propósitos de comer en una mesa como una familia normal se fueran a tomar viento en bicicleta. 
Así que cuando oyó que nos sentábamos a comer, salió del oscuro agujero donde estuviera dormido, todavía con el ojillo un poco pegao de sueño, se subió al sofá, miró hacia la mesita de centro y, bueno, básicamente, entró en shock.
El shock fue lo bastante evidente como para que uno de los niños soltara una carcajada.
El gato, todavía petrificado en el sofá, miró hacia el otro lado y nos vio comiendo en la mesa grande.
Y volvió a entrar en shock.
A partir de ahí entró en bucle. 
Miraba hacia abajo: "Estoy aquí"
Miraba hacia un lado: "Pero ellos no están ahí"
Miraba hacia el otro: "Pero están ahí"
Volvía a mirar hacia abajo: "Pero yo estoy aquí"
Miraba hacia un lado: "Pero ellos no están ahí"
Miraba hacia el otro: "Pero están ahí"
Y así.
La experiencia "comer como una familia normal" estaba siendo de todo menos normal. El gato estaba a punto de desenroscarse la cabeza de tanto girarla. Los niños estaban mirando al gato, totalmente de espaldas a la mesa. Nadie estaba comiendo. Para rematar, alguien estaba narrando toda la escena poniendo vocecitas. Puede que fuera yo. No podéis demostrarlo. Recoger la mesa grande fue un suplicio, porque el sofá pilla en medio del camino a la cocina y hay que rodearlo cada vez. Se había caído comida por todos los doquieres y luego un poco más. Además, todo este jaleo hizo que el gato se saltara su tercera siestita diaria, y estuvo toda la tarde desquiciado, corriendo de un lado a otro, tirando cosas y maullando. No era para menos. Todo su mundo se había visto sacudido, las verdades universales sobre las que se cimentaba su psique habían sido destruidas, el desgano vital se había adueñado de todos sus pensamientos.
Lo que viene siendo un lunes para cualquier ser humano, vaya.
Para la hora de la cena estábamos todos básicamente de los nervios.
-¿Qué mesa ponemos? -preguntaron los niños-, ¿la grande o la pequeña?
-Tendríamos que comer en la grande como una familia normal -dije. El gato seguía corriendo por toda la casa como un desquiciado, chocándose con las paredes de cuando en cuando. El sofá seguía en medio, ligeramente torcido. Había una patata frita encima de un cojín. La mesa volvía a estar cubierta de cosas varias en su completa totalidad. Para rematar, íbamos a cenar puré de brick y empanada prefabricada comprada el día anterior-. Claro que para eso tendríamos que ser normales primero.





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Escribo libros y algunos son hasta medio normales. Encuéntralos aquí.

01 julio 2024

La secretaría virtual



 Un día estás embarazada y al siguiente estás matriculando a tu hija en el instituto, eso es así.

Ay, me acuerdo de cuándo yo misma me matriculé en el instituto, allí de cuerpo presente, con mi triple formulario y el libro de familia y la fotocopia del libro de familia y el carnet de identidad y la fotocopia del carnet de identidad y el graduado escolar y la fotocopia del graduado escolar y mi padre y la fotocopia de mi pad... no, espera, eso no. 

Que a lo mejor estáis pensando "ay, los jóvenes de hoy en día [del siglo pasado] que van a matricularse con sus padres". Bueno, probad a vivir a 15 kilómetros de carretera comarcal de nivel tres del instituto y luego me lo contáis.

Que como sería la carretera que un par de año más tarde llovió (ese año tocaba) y se la llevó enterita por delante, nos pusieron una nueva, pero cuatro años más tarde volvió a llover y se la volvió a llevar. 

Entonces fue cuando se plantearon la solución más lógica: poner el instituto en el mismo pueblo.

Y yo sé que no os lo vais a creer, pero cuatro años más tarde volvió a llover y el agua se llevó por delante el instituto.

Pero volviendo a lo que iba, había que matricular a la niña en el instituto. Que ha sido difícil de elegir porque entre lo que está haciendo el ayusismo ilustrado con los recortes y lo que está haciendo el ayusismo ilustrado con la ideología está el patio regular tirando a mal, y encima hay pocas plazas.

Yo recordaba vagamente que la matrícula del colegio la tuvimos que hacer presencial un martes de 11:15 a 12:30 o algo así, lo que en la consejería de educación consideran conciliación familiar. 

(No me digáis que "es que las personas que trabajan en secretaría también tienen derecho a conciliar", que eso ya lo sé yo, por eso me alegra tanto que trabajen de 8 a 15. Un horario en el que podrían atenderte alegremente a primera hora, por ejemplo, sin necesidad de que te ausentes del trabajo a mitad de jornada o te tengas que pedir el día completo, no sé).

Pero pensaba que era una cosa de los colegios, no sé, una tradición ancestral como la de mandar una circular un domingo a las nueve de la noche pidiendo que al día siguiente vayan todos con una camiseta verde de topos fucsia "como las que todos tenemos en casa". Sobre todo que quede claro que no están pidiendo nada que se salga de lo común.

Pensaba que los institutos serían más como la universidad que, a ver, hace muchos años que no piso ninguna, pero recuerdo LA REVOLUCIÓN cuando en el año 2000 hicimos la matrícula por primera vez directamente por ordenador. En un ordenador de la sala de informática de la propia facultad, no nos flipemos con el tema, pero ya por ordenador. Puede que tardáramos horas en hacer cada matrícula. Puede que tardáramos aún más en recibir la confirmación por correo electrónico. Puede que luego imprimiéramos el comprobante en papel continuo. No fue bonito. Hubo víctimas en ambos bandos. Pero lo hicimos.

Como han pasado más de veinte años de eso, llegué a la conclusión, quizá precipitada, de que las cosas habrían mejorado bastante. Por ejemplo, ahora no hay que conectarse a internet con un cable, marcar y esperar mientras el módem hace ÑIIIIIIIIIIIIIIIIIIUÑIÑIÑIIIIIIIIIIIIIIUUUUUUÑIIIIIII y deja sin teléfono a tus padres. 

Reforzó mi idea el hecho de que el propio instituto recomendara realizar la matrícula online para evitar aglomeraciones. Y que en su propia web tuviera un enlace a la secretaría virtual para hacer la matrícula online.

Pero empecé a sospechar cuando me descargué el formulario de matrícula y me encontré con estas instrucciones: 



¿Fotocopias? ¿Reverso? ¿UNA FOTOGRAFÍA A TAMANO CARNET?

Bueno, vamos a mantener la calma. Seguramente está ahí para las pocas, poquísimas personas que todavía entreguen la matrícula en papel. Vaya, habría que ser tonto para ir en persona, pudiendo hacerlo online.

Seguro que más adelante me pide que suba esos documentos en pdf o algo así.

Y, efectivamente, había un pdf. Pero los campos no eran rellenables.


Que yo cogí y de todas maneras lo rellené con el botoncito de la cajita, pero vaya, sin saber yo nada de eso, luego esas respuestas no se pueden descargar, ¿no? O sea que yo relleno el pdf, y luego en el instituto se tienen que poner a copiar campo por campo en el programa que ellos tengan. Porque tendrán algún programa, ¿verdad? ¿VERDAD?

Bueno, en cualquier caso, eso no era problema mío, yo con subirlo a la secretaría virtual ya está...

Estupendo.
La otra alternativa que daba el centro era enviar la documentación por correo electrónico. 
Me parecía que mandar documentación y toda la información relativa a un menor por correo electrónico y sin encriptar era, como mínimo, peligroso, pero desde luego cualquier cosa mejor que ir a hacer la matrícula presencialmente, o sea, habiendo posibilidad de hacerla online, tendría que ser tonta perdida.
Así que lo mandé por correo. Pero luego me puse a pensar: ¿y si no sirve?
La web dice que se puede hacer por correo electrónico así que con eso tendría que valer. Pero es que la misma web que dice que se puede gestionar por la secretaría virtual, no sé, a lo mejor no es la fuente más fiable del mundo. 
Todavía me quedaba una tercera vía: el teléfono. También estaba en la web del instituto, como la sugerencia de usar la secretaría virtual o la de mandar la documentación por correo, pero al menos la respuesta sería inmediata.
-Hola, estamos intentando hacer la matrícula online y...
-A mí que me cuenta, yo soy el conserje.
Y así fue como acabé acudiendo presencialmente a secretaría.


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¿Sabéis quién tiene también problemas no resueltos con la informática? Baddo.








15 abril 2024

Hola, maja, ¿cómo estás?

 Diciembre de 2023

-Cieliamor...
Tenía que haber sospechado. Siempre que ZaraJota me llama así es porque quiere algo. 
-Qué.
-¿Tenemos algo programado para el 20 de abril?
-¿Del noventa? -para mi generación es imposible oír "20 de abril" y no completar con "del noventa", eso sí que es adoctrinamiento y lo demás son tonterías-. No, de momento no, está muy cerca del día del libro pero para entonces nuestra parte, que es enviar los libros, estará terminada.
-Ah, genial, es que quiero ir a un concierto de Celtas Cortos. Hacen otro el 19, pero claro, habiendo el 20 de abril hay que ir a ese. 
Para los que me leéis desde fuera de España, Celtas Cortos son un grupo de música que tiene una canción llamada "20 de abril del 90".

La canción va de un tóxico que va a llorarle a su exnovia porque todos sus amigos han madurado mientras él sigue comiendo Doritos en el sótano de sus padres. La canción se podía haber llamado 20 de noviembre del 75 y habrían tenido muchos problemas con la audiencia nacional, pero me habrían facilitado mucho la vida, como se verá a continuación. 
-Claro, vete el día 20, no creo que nos surja nada. ¿Vas con las Fruitis?
-No, no, con la niña.
-¿Qué niña?
-...la nuestra...
-¿CÓMO QUE LA NUESTRA?
-Es que le gustan mucho.
-PERO CÓMO LE VAN A GUSTAR MUCHO.
Que tienen edad para ser sus abuelos. Por no hablar de que la última vez que fuimos a un concierto de Celtas Cortos olía fuertemente a... incienso. Salimos muy relajados, eso sí.
-Que sí, que sí, que me dijo que tenía muchas ganas de verlos en concierto y claro, yo por acompañarla... Que a mí ni me apetece ni nada... Uy, uy, mira que pereza. Yo por la niña todo. Pero si nos coincide con algo no vamos.
-No, no, no tenemos nada, y si surge algo ya nos apañaremos, raro será que surja todo a la vez.

Abril de 2024
-Bueno, entonces el día 20 yo me voy a Vitoria para el Zabaliburu y tú te vas a Alcalá para el Krunch, el 21 estamos los dos en el Krunch, el 22 me voy a Barcelona para Sant Jordi.*
-Entendido, solo una cosa: ¿a qué hora vuelves de Vitoria?
-Teniendo en cuenta que voy y vuelvo en el día, en bus, para estar el domingo también en el Krunch, yo diría que entre tarde y muy tarde.
Tarde y mal, añadí para mis adentros. Que una ya no tiene edad para pasar la noche en un Alsa.
-Pues a ver qué hago con el niño.
-Será con los niños, y te los puedes llevar al Krunch a echar el día, que les gusta más que a un tonto un lápiz.
-No, no, solo con el niño, porque con la niña me voy al concierto.
Sudores fríos recorrieron mi espina dorsal. Claro que si hubieran recorrido la espina dorsal de otro no me habría enterado.
-Qué concierto.
-El de Celtas Cortos, ¿te acuerdas? 20 de abril.
-Del noventa -terminé. Porque los condicionamientos paulovianos son así, no se desconectan ni cuando estás en una crisis vital extrema.
-Puedo revender las entradas, lo que pasa es que le hace tanta ilusión a la niña...
-Claro, claro.
A la niña.



*Por suerte para nuestra protagonista acabó cancelando ese viaje, aunque sus libros si estarán en Sant Jordi, buscadlos bien. 
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Venid a vernos, necesitaremos todo vuestro apoyo vital, especialmente en forma de cafeína.








15 enero 2024

El crecimiento



Todo empezó el 23 de diciembre, cuando Nena-chan decidió engordar. 
Todos engordamos en navidad, así que de entrada no le dimos mucha importancia. El problema es que Nena-chan decidió engordar solo en el tobillo. En uno. Que se le pudo como el de un elefante. 
Aquí no somos de juzgar y menos a los elefantes, lo que pasa es que la niña se empezó a quejar de que le dolía, le dolía, le dolía, una cosa lleva a la otra y finalmente acabamos en urgencias. Un 23 de diciembre a las siete de la tarde. 
La sala de espera de pediatría del 12 de octubre era un zulo que estaba hasta arriba con niños sufriendo de afecciones respiratorias y virus varios y como la responsabilidad individual es muy importante no llevaba mascarilla ni uno, aunque la verdad es que con la concentración de miasmas que había allí más que mascarillas habría hecho falta una escafandra.
Cinco horas de experiencia inmersiva más tarde, Nena-chan volvió a casa con el tobillo igual, el diagnóstico "pues ni idea, estará creciendo" y la instrucción de tomar ibuprofeno si le dolía.
Y virus, muchos virus. 
En menos de 24 horas el tobillo de la niña pasó a un segundo plano porque estaba a 39º y no bajaba de ahí ni pidiéndoselo por favor.
Así que hice lo más lógico:
-Esta noche duermes conmigo.
-¿Porque quieres cuidarme toda la noche?
-...sí.
-Es porque estamos bajo cero y doy calor, ¿verdad?
-¡No puedes demostrarlo!
Efectivamente, dormir con la niña me hizo entrar en calor. 
Concretamente, a 39º, durante los tres o cuatro días siguientes.
Para entonces la niña se había recuperado, así que ZaraJota le dijo que era el momento de que se volviera a su cama y él recupera su sitio en el lecho matrimonial.
-¿Para cuidarme? -le pregunté.
-...
-Es por el frío, ¿verdad?
-¡No puedes culparme por hacer lo mismo que tú!
Así que pasamos aquella noche juntos. Lo que sucedió a continuación os sorprenderá. 
Pasada la navidad estábamos todos en un estado lamentable. Bueno, todos no, que Nene-kun es de otra pasta. Entonces llamó mi suegra. O mi cuñada. O mi abuela. Yo qué sé, estaba muy mala. 
-¿Cómo estáis?
-Maaaaaaaaaaal.
-¿Qué os ha pasado?
-Nada, que Nena-chan está creciendo.




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Todavía quedan plazas para participar como expositor en La Tietera. 
Escríbenos a hola@foscanetworks.net








08 mayo 2023

La Carretera de la Muerte

 El finde pasado estuvimos de boda.
En Huelva. 
A 700 kilómetros.
Nuestra idea era cogernos cuatro días para ir y volver con calma, pero pasaron cosas y acabamos solo con dos. 
No pasa nada. "Salimos el sábado tempranito y ya está".
Efectivamente, salimos de Madrid a las seis de la mañana. Bueno, "salimos" quizá sea exagerar demasiado. Lo intentamos. Porque, al parecer, todos los madrileños del mundo y parte del extranjero habían tenido la misma idea que nosotros para aprovechar el puente del dos de mayo.
Luego el tráfico estaba imposible por la gente que bajaba a las motos.
Luego pillamos un accidente y tráfico lento. 
Luego los alrededores de Córdoba estaban colapsados porque eran las cruces
Luego los alrededores de Sevilla estaban colapsados porque era la feria.
Luego a lo mejor nos perdimos.
El caso es que cuando llegamos a nuestro destino eran casi las cinco de la tarde y teníamos el culo que no sabíamos si estábamos de pie o sentados.
-¿Han venido a la romería? -nos preguntó el señor del hotel.
-No, hemos venido a morirnos.
-Y a la playa -me recordó Nena-chan, y yo maldije la hora en la que le dije que si llegábamos temprano podíamos ir a la playa.
-La playa es otra media hora en coche -le dije-, y no sé cuánto más puede soportar mi culo.
-La romería ehtá a solo die minutoh -nos dijo el del hotel-. Eh mu bonita, se reúnen 1500 caballoh en la ermita.
-¿Vamos a la romería?
-¡Sííííííí!
-Está bien: ¿cómo se llega a la romería?
-Eh mu fási: guegún salen der pueblo, ahí bahando, guegún salen, hay doh carreterah que van al mihmo pueeblooo. Hay una que eh la antigua, esa no, ¡esa no! Que eh una carretera antigua y ehtá mu mala, unoh basheeee... La otra, la que no eh la carretera vieha. La güena. Cohen la carrtera palante hahta que vean que se bifurca pa un lao y pa otro: poh sigan de frente...
Yo me hacía perdido en el "Eh mu fási", pero confiaba en ZaraJota, que sonreía y asentía con mucha convicción,  y sobre todo confiaba en google, y en los carteles de la romería que había visto en la puerta del hotel. 
Cuando el buen señor acabó con sus explicaciones y nos dispusimos a salir, le pregunté si se había enterado.
-De nada, ya sabes que no hablo andaluz.
-Mierda. 
-Pero he visto un cartel de la romería en la puerta, seguro que pone dónde es.
-¡Sííí!
Noooo.
El cartel no solo no ponía donde era la romería, sino que la fijaba para el fin de semana siguiente.
-Pero...
-Yo qué sé, pueblos. 
Decidimos buscar la romería de todas maneras. Salimos del pueblo y evitamos la Carretera de La Muerte hasta que llegamos al siguiente pueblo y decidimos preguntar a los nativos. 
-¿La romería?
-¿A la romería quieren ih? -el nativo parecía sorprendido. Como si le pareciera extraño que alguien quisiera ir a la romería. 
-Sí, sí, a la romería.
-Güeno, poh sigan rehto parriba hahta el almendro...
-¡Qué gran turrón!
-ZaraJota, por dios, cállate...
-...y juhto anteh del almendro cohen el carri hahta la romería. 
Seguimos recto para arriba y no vimos ningún almendro mismamente dicho. Lo que sí nos encontramos fue otro pueblo llamado El Almendro.
-¡Qué gran turrón!
-ZaraJota, por dios, cállate...
Ahí fue cuando decidimos preguntar a los nativos de nuevo.
-¿La romería?
-¿A la romería quieren ih? -de nuevo, el nativo parecía sorprendido-. Güeno, poh lo mah rápido es tirá por aquí por el carri. 
-¡Eso, eso! ¡El carril que sale de El Almendro!
-¡Qué gran turrón!
-ZaraJota, por dios, cállate...
-Poh ese mihmo de ahí.
Y nos metimos por el carril. A pesar de que la palabra "carril" nos tendría que haber puesto sobre aviso. Pero no. Porque el tonto nace pero con mucho esfuerzo también se hace.
El carril era un camino de tierra y pedruscos, que no llegaría a dos metros de ancho pero compensaba con el largo, las curvas, las revueltas, las subidas y las bajadas y, sobre todo, la nube de polvo que nos envolvía mientras el GPS del móvil nos decía "UBICACIÓN DESCONOCIDA, POR FAVOR, VUELVAN A UNA VÍA TRANSITABLE" con creciente pánico en la voz.
-Mami, ¿estamos en la Carretera de la Muerte?
-¡Por supuesto que no! 
-Menos mal.
-Esto no llega a carretera, como mucho es el Camino de Cabras de La Muerte.
Entre las infinitas horas de autopista y los baches yo ya tenía el culo como el corcho, pero nuestro esfuerzo tuvo su recompensa: después de tan solo media hora conseguimos llegar a una ermita rodeada de casitas blancas. Y un puesto de bomberos. Y un cuartelillo de la guardia civil. Pero cero unidades de caballos. O de personas, ya que estamos. 
-¿Esto es la romería?
-...
Dando vueltas en círculo, conseguimos dar con dos señores, DOS, que estaban en la puerta de una casita tomándose un gin tonic. 
-¿Es esto la romería? -preguntamos.
-Sí, claro.
Miramos alrededor para asegurarnos de que la explanada seguía totalmente vacía. Igual es que venimos de la capital y estamos acostumbrados a las aglomeraciones, pero la concurrencia nos parecía un poco... escasa. 
-¿Y los caballos?
-¿Loh caballoh? Ah, eso eh en el pueblo de al lado, en la romería. Ehto es La Romería. Eh como se llama ehta sona.
-...
-Pero si quieren pueden pasa a tomarse algo.
-Eh, no gracias, los niños tienen la ilusión de ver los caballos.
-Hombre, claro, eso es mu fasil: salen der pueblo, ahí bahando, guegún salen, hay doh carreterah...
Ya está, vamos a morir aquí. 


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20 marzo 2023

No es gordo, es fuertecito



Vosotros no lo sabéis porque casi lo no menciono en las redes sociales, pero tengo un gato.
Bueno, técnicamente el gato es de mi madre, y tenerlo, lo que se dice tenerlo, lo tiene siempre ZaraJota encima, pero para que nos entendamos.
El caso es que cuando llegó a mi casa el gato estaba gordo. Gordo nivel pesaba más que Nene-kun. Que hace un par de años tampoco era más difícil: me he comido patatas que pesaban más que Nene-kun. 
Pero esa ya es otra historia.
El caso es que el gato está perpetuamente a dieta, porque cada tres meses vamos al veterinario y nos dice que si no baja de peso le va a a hacer una analítica, y a mí todo lo que empiece por "anal" y tenga que ver con el gato me da mucho cringe.
Nuestro camino ha estado de lleno de dificultades.
Durante una temporada, no bajaba de peso y no sabíamos por qué, hasta que un día, con toda la inocencia, Nene-kun nos dijo "es que cada vez que me pide le pongo".
A partir de ahí, le dijimos al niño que él sería el encargado de ponerle la comida al gato, pero solo una vez al día, por la mañana. 
A las siete de la mañana está el gato maullando en su puerta, no me arrepiento de nada.
Aún así, el gato seguía sin perder peso. 
O, al menos, el peso suficiente para que el veterinario estuviera contento.
Sospecho que los veterinarios son un poco así, nunca están del todo contentos.
Así que esta navidad, los reyes magos le trajeron al gato un comedero antiansia.
Para los que no estéis familiarizados con esto, es un cuenco que tiene ranuras y grumitos varios para que comer sea más difícil, el gato coma más despacio y le dé tiempo a sentirse saciado.
Esa es , la teoría.
El efecto del comedero antiansia fue limitado. En concreto, limitado a cero.
Yo no entendía nada hasta que una vez más, con toda su inocencia, Nene-kun nos dijo:
-No me gusta ese comedero.
-¿Y eso?
-Porque se queda todo en los huequitos, tengo que poner mucha más comida para que se quede por encima y a Jinmu no le cueste comer.
Señor, dame fuerzas.
-Es que le tiene que COSTAR comer. De eso se trata.
-Ahhh...
-A partir de ahora no le pongas de comer hasta que no se haya acabado todo lo de los huequitos, ¿vale?
-Vale.
Y eso hizo: a la mañana siguiente, viendo que había todavía muchas pelotillas en el comedero, pasó de ponerle de comer.
-Mamá me ha dicho que no te ponga -le dijo.
Bien. A mí no me gusta sacar conclusiones precipitadas, vale, pero acto seguido el gato hizo algo que no había hecho nunca: soltar un ñordo en mis zapatos.
Perfectamente dentro.
O sea, yo no quiero ser malpensada, pero teniendo en cuanta que 1 de cada 3 cacas acaba fuera del arenero, QUE ES UNO DE LOS MÁS GRANDES DEL MERCADO, soltar semejante mojonaco en mis bailarinas sin que se saliera nada tuvo que ser un ejercicio de equilibrismo digno del Circo del Sol.
Que no veáis cómo pesaba (y cómo olía) el zapato con aquello dentro, que lo tuve que llevar arrastrando hasta el cubo de basura.
Unos días más tarde, el gato fue a su revisión trimestral y el veterinario se puso muy contento.
-¡Ha perdido medio kilo!
A ver, perdido, lo que se dice perdido, tampoco, que yo tengo muy claro dónde lo ha puesto.

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Tengo libros muy bonitos, pero bonitos y además de fantasía y buenrrolleros solo tengo uno: Crónicas funestas. En papel y en digital. 


05 febrero 2023

Cambio, cambio


 En el cole de mis hijos, los niños "mayores", con autorización de sus padres, pueden conseguir una tarjeta roja que les permite salir solos del colegio para ir a casa, sin necesidad de que los padres vayan a recogerlos.
Mis hijos tienen la suerte de que su madre puede ir a recogerlos todos los días, pero claro, lo que mola es ser mayor y salir del cole enseñando la tarjeta roja al conserje, así que mis hijos lo que quieren es tener la tarjeta roja y caminar por la calle en libertad.
Se lo estaba comentando un día al padre de Amiga-chan, a la que también llevan y traen, y nos dijo:
-Pues nosotros a veces vamos con los walkies; ellos van delante y yo les voy diciendo "a la izquierda, a la derecha", y así se piensan que van solos, pero yo voy tranquilo porque no los pierdo de vista.
Y pensé: uy, qué idea más buena. 
ZaraJota desenterró los walkies, los cargamos, y al siguiente lunes nos fuimos con ellos al colegio: los niños unos metros adelantados con uno, y yo a una distancia prudencial con otro.
Y nos fue muy bien.
Hasta que salimos a la calle.
-Rojo 1 a Rojo 2, ¿me recibes? Cambio.
-¡Te recibo!
-¡Cambio! Cambio.
-Jajajaja, ¿por qué dices "cambio" dos veces?
-¡Hay que decir "cambio" cuanto terminas de hablar? Cambio.
-Vale, cambio, cambio.
-¡Solo una vez! Cambio.
-Ah, vale.
-¡Que digas "cambio"! Cambio.
-Pero mamááá, ¿lo tengo que decir dos veces o no?
-¡Que digas "cambio" cada vez que acabes lo que tengas que decir! ¡Una sola vez! ¡Cambio!
-Jooo, es que cada vez me dices una cosa, mamá, es que primero dices que diga cambio, luego que lo diga dos, veces, luego que solo una, luego que dos veces otra vez, mamá, ponte de acuerdooo!
-Señor dame fuerzas...
Fue más o menos entonces cuando empezamos a oír voces. Bueno, una voz.
-QUE ME DICE EL CLIENTE QUE PREGUNTES EN RECEPCIÓN, CAMBIO.
-¿Qué has dicho, mamá?
-Yo no he dicho nada, cambio.
-¿ME OYES, VEINTINUEVE?
-Que sí, que has dicho algo de una recepción.
-Pero desde cuándo yo soy un señor, vamos a ver.
-Entonces, ¿no tenemos que preguntar en recepción, mami?
-¿Pero qué recepción? ¡Cambio!
-Lo que tú has dicho, mamá. Cambio.
-No, no tenéis que preguntar nada en recepción. Cambio.
-CENTRALITA, POR FAVOR, ¿TENGO QUE PREGUNTAR EN RECEPCIÓN O NO?, CAMBIO.
-VEINTINUEVE, PREGUNTE EN RECEPCIÓN, CAMBIO.
-¿Y nosotros, mami? ¿Tenemos que preguntar en recepción?
-QUE NO TENÉIS QUE PREGUNTAR EN RECEPCIÓN, CAMBIO.
-Entonces, mami, si antes has dicho que preguntáramos en recepción y ahora que no tenemos que preguntar en recepción, ¿podemos decir que ha habido un... cambio? Cambio.
-Que yo no he dicho nada... cambio.
-VEINTINUEVE, PARECE QUE TENEMOS ALGUNA INTERFERENCIA. VAMOS A CAMBIAR A LA FRECUENCIA CINCO, ¿ME RECIBES? PASAMOS A FRECUENCIA CINCO.
-Mami, ¿cómo se cambia de frecuencia?
-¿Para qué queréis cambiar la frecuencia ahora?, cambio.
-Porque lo ha dicho la voz del señor.
-POR FAVOR, VEINTINUEVE, CONFÍRMAME QUE PASAMOS A LA FRECUENCIA CINCO.
-¿Ves, mami?
-¡¡¡Nosotros no cambiamos de frecuencia, porque si ellos se van a la cinco y nosotros nos vamos a la cinco volvemos a estar todos juntos, para eso nos quedamos todos en la que estamos y no tengo que quitarme el guante para darle al botoncito, que estamos a tres bajo cero!!! ¡¡¡Cambio!!!
-CENTRALITA, RECIBIDO, PASAMOS A LA TRES, CAMBIO.
-VEINTINUEVE, POR FAVOR, PASA A LA CINCO, CAMBIO.
-¿Nosotros también, mami?
-¡Que digas "cambio"!
-Vale, cambio.
-¡Que no cambies, cambio!
-Pero mamiii, ¡si tu cambias y nosotros no cambiamos perdemos la conexión contigo!
Me pregunto si eso sería tan grave ahora mismo.


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Dos novedades: 
Un cuentito breve, solo en digital: La niña de los lirios, ambientado en la Andalucía rural de los ochenta.
Y por fin vuelve Crónicas Funestas en papel, de momento en Lektu y pronto en librerías.





23 enero 2023

Noches de bohemia


Cuando tuvimos a Nena-chan y hablábamos de colecho la gente nos decía: "como la metáis en vuestra cama no la sacaréis nunca de ahí". 
Diez años más tarde, puedo afirmar con total alegría que no solo hemos sacado de nuestra cama a Nena-chan sino también a Nene-kun.
Y entonces llegó el gato.
Desde el principio, ZaraJota y yo estuvimos de acuerdo: el gato en la cama, no.
El que no estuvo de acuerdo fue Jinmu.
A Jinmu le gusta... ¿cómo decirlo? La castidad. Supongo que piensa que si él está castrado "por su bien", los demás también. Y como no puede ir por la vida cortando huevos, pues apuesta por los anticonceptivos de barrera. 
Y la barrera es él. 
No importa qué hagamos ZaraJota y yo: el gato siempre está en medio. Si nos sentamos a ver la tele se pone en medio. Si estamos cerca mientras trabajamos se pone en medio. Si coincidimos en la cocina por motivos ignotos, se pone en medio, y además maúlla. Por si le cae algo, nunca se sabe.
Resumiendo: el gato siempre está en medio.
Salvo una vez, que estábamos jugando al parchís y se puso encima, y entonces le dije a ZaraJota: "parecemos los músicos de Bremen", y por lo que sea eso a ZaraJota le cortó el rollo.
El caso es que ZaraJota y yo ya nos hemos hecho a la idea de que lo nuestro es imposible y que hemos sido separados por el destino. Salvo que el destino es un gato. Y se llama Jinmu.
La cosa ha llegado a tal punto que, en un intento desesperado por tocarnos de vez en cuando, nos metemos en la cama a toda prisa y nos abrazamos en plan fusión nuclear, que de verdad un día vamos a ponernos carbón en medio a ver si con el apretón que le damos lo convertimos en diamante.
Pero el gato no es tonto. O sea, no hay más que ver la vidorra que se pega para darse cuenta de que es el más listo de la casa, si no del universo. Con el tiempo ha desarrollado una técnica que consiste en ponerse en el punto exacto en el que desea estar, sin importarle que nosotros estemos debajo.
Como ya se demostró con el asunto de los músicos de Bremen.
Y luego, deja que las cosas caigan por su propio peso.
Siendo "las cosas" él, y "su propio peso" unos diez kilos.
Es que ha perdido mucho desde que está a dieta.
Como estamos a bajo cero ahora mismo, quizá penséis: "Bueno, al menos os da calorcito". 
PUES NO. 
Porque a medida que el gato baja y su cuerpo gatuno se incrusta entre nuestros cuerpos humanos, arrastra la manta para abajo con él.
Y según la manta baja por un lado, va subiendo por otro. Y el resultado es que acabo siempre durmiendo con el culo al aire, porque es que encima soy tontísima y yo con pantalones de pijama no puedo dormir y me acuesto en bragas.
Pero eso no es lo peor, porque el gato se posiciona siempre de forma que su cabeza queda entre la de ZaraJota y la mía, perfectamente colocada sobre la almohada. Y ME MIRA. TODA LA NOCHE. Porque los gatos son animales nocturnos y de noche no duermen. Solo cazan. Salvo los gatos domésticos gordos y aburguesados. En ese caso solo se meten en tu cama Y TE MIRAN. 
Imaginad que os despertáis en mitad de la noche porque tenéis el culo destapado y se os ha quedado el chichi como Leo agarrado a la tabla, abrís los ojos y lo primero que veis son dos pelotas brillando en la oscuridad.
Y EL RONRONEO.
Porque tú estás ahí en la postura más incómoda posible, con el chichi helao, sin poder dormir, pero el gato ES FELIZ.
Y claro, qué le dices. Que lo disfrute.
Además, no suele durar mucho, porque entre las dos y las tres de la madrugada pasa el camión de la basura y el gato me despierta para que lo veamos juntos.
Que le gustan al gato los camiones de basura, yo qué sé, todos tenemos nuestros kinks.
A mí en verano no me importa porque en nuestra terraza se está estupendamente, pero en invierno y a bajo cero que hemos estado no sé porqué me cuesta más. Pero como el gato maúlla como un poseído hasta que me salgo con él a la terraza y lo último que necesito en esos momentos es que además me despierte a alguno de los niños, pues me salgo a la terraza y veo el camión de la basura con el gato y además lo comentamos ("pues hoy ha pasado más tarde", "pues ese no es el basurero de todos los días") que tengo yo un control de la gestión de residuos urbanos que la verdad es que el ayuntamiento podía pensarse darme una paguita o algo.
Y es es más o menos la rutina de todas las noches, pero es que encima hace un par de días, cuando salimos a ver el camión de la basura entró en casa un bichito. Un mosquito, parecía. Pero debía ser mutante porque de verdad estábamos bajo cero. Que ahora que lo pienso lo mismo no era un mosquito sino un copito de nieve a motor.
Y, como decía anteriormente, los gatos por la noche cazan. Salvo los gatos caseros gordos y aburguesados, que entienden que cazar es algo así como llorar hasta que a su presa le da pena y se introduce ella misma en la boca del depredador, porque lo que es él no se va a mover.
Así que debían de ser como las cuatro de la mañana, estábamos a bajo cero en general y yo en bragas en particular porque me molesta dormir con pantalones, el gato maullaba como un loco, el bichito no se dejaba cazar, yo corría detrás intentando que al menos volviera a salir por donde había entrado, y hacía frío, y sueño, y yo estaba en bragas y sin embargo llovía, y no sé cómo acabé echando al bichito y me volví a la cama a seguir pasando frío allí porque por supuesto que el gato se había puesto en medio otra vez.
Al día siguiente estaba un poco hecha un moco. Hecha varios mocos, en realidad.
-Ay, qué cara traes -me dijeron al llegar a clase.
-Es que no he dormido nada.
-¿Te han dado mala noche los niños?
-Mira, voy a decir que sí porque si cuento lo que ha pasado de verdad me vas a tomar por loca.
 
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