Mi madre ha leído en una revista que cuando a un gato le da por agazaparse detrás de una esquina, saltar sobre el primero que pasa y engancharse a sus canillas con uñas y dientes no es porque sea un cabroncete redomado, noooooo, sino que necesita estímulos lúdicos que le permitan ejercitar sus instintos de cazador.
Por supuesto que mi madre decretó en el acto que había que estimular lúdicamente al gato, y por supuesto que nos negamos hasta que nos explicó que la cosa no tenía nada que ver con meter nada en ningún agujero, sino con darle juego.
Aclarado este punto nos pusimos a estimuludiquear al gato con todo nuestro entusiasmo que, como bien saben todos lo que lo sufren, es mucho, pero mucho, mucho.
Llevábamos dos semanas poniendo al gato de los nervios con gran éxito cuando mi madre decidió llevarlo al veterinario a ponerle sus vacunillas.
Lo que le faltaba al bicho.
En casa fueron necesarias dos personas y Hermano Mediano para meter al gato en el trasportín.
En la clínica fueron necesarias cuatro personas para que el gato las mutilara brutalmente y se escondiera a limpiarse la sangre ajena debajo de un mueble.
Llegado a este punto la veterinaria sugirió que le pusiéramos la vacuna en casa, y que no hacía falta que volviera, gracias.
Mi madre, la optimista de la vida, aceptó.
-A ver -dijo al volver a casa-. ¿Quién me ayuda a ponerle la vacuna al gato?
Con gato, por lo visto, se refería a esa cosa hiperestimuludiqueada, hiperdesconfiada e hipercabreada que se agitaba convulsamente en el trasportín.
Hermano Mediano y yo votamos por Hermano Pequeño.
-Jo, tía -manifestó de inmediato.
-Yo es que trabajo -dijo Hermano Mediano.
-Yo es que tengo que líar albóndigas -improvisé.
A mi padre ni le preguntamos, por motivos obvios.
En honor a la inteligencia de mi madre debo decir que lo de las albóndigas no coló.