17 junio 2024

La tos felina


Pues resulta que un día empecé a toser y no le di mucha importancia porque me pasa como a Sabina, que siempre me dan ataques de tos en los momentos más inoportunos.

Lo que pasa es que era una tos muy rara. Como de perro pulgoso. O, puestos ya a compararme con un animal, como un gato cuando intenta expulsar una bola de pelo. "Tos felina", decían mis hijos. Tos de gato.
Y luego dejó de ser en momentos inoportunos a ser todo el rato y además con tanta fuerza que vomitaba y me hacía pis encima y ya me empecé a preocupar y pensé, voy a ir al médico, porque en Madrid es una cosa que tenemos. Agua, libertad y médicos.
Bueno, médicos a lo mejor no tanto, porque cuando intenté pedir cita me la daban para dos semanas y pensé: como tenga que esperar lo mismo voy y me muero. Con lo mal que me viene ahora mismo.
Iba a tener que ir a urgencias, que como todo el mundo sabe es algo que no se puede hacer porque luego va el médico a las redes sociales a quejarse en plan "pues no me ha venido una gilipollas a urgencias por un poco de tos".
Eso, si llegaba a ver al médico, porque las chicas del mostrador del ambulatorio son, a ver cómo lo digo suavemente, BORDES QUE TE CAGAS. Es como si pensaran que la gente se pusiera enferma para molestar. O como si creyeran que los enfermos tienen la culpa de todos sus problemas que, llamadme loca, a lo mejor se solventaban no votando a psicópatas mataviejos o, yo qué sé, sindicándose para luchar por sus derechos, cosas más raras se han visto.
El caso es que iba para el ambulatorio más acojonada por tener que pasar por el mostrador que por la tontería esa de estar tosiendo hasta la muerte.
Por lo que sea.
Crucé la puerta del ambulatorio con el culo más apretao que el hueso de un melocotón y las chicas del mostrador me recibieron con la amabilidad habitual.
-QUE TIENES QUE COGER NÚMERO.
-Vale -dije. Y empecé a toser. Tosí tanto que me doblé sobre mi misma, se me escapó el pis (gracias Tena Lady por tanto), vomité en la mascarilla y se me empañaron las gafas, con lo molesto que es eso.
-BUENO NO COJAS NÚMERO EH.
-Vale.
-PERO TAMPOCO TE ACERQUES.
La chica del mostrador estiró el brazo todo lo que pudo para que le dejara la tarjeta sanitaria en una de esas bacinillas de cartón que usan desde el covid para evitar el contacto con las personas humanas.
No vaya a ser que se les pegue algo.
Como la humanidad, por ejemplo.
Aproveché ese momento de atención al paciente inesperada y conseguí decir entre toses:
-Contacto... tos... ferina. 
-¿HAS ESTADO EN CONTACTO CON ALGUIEN CON TOS FERINA?
En realidad había sido un contacto indirecto, y la persona intermedia no había mostrado el menor síntoma y sigue sin mostrarlo hasta la fecha, pero estaba yo como para entrar en detalles.
Asentí con la cabeza.
Lo que, bien pensado, quizá no fuera la mejor ideas cuando tienes vómito embolsado en la mascarilla.
-SIÉNTATE LO MÁS LEJOS POSIBLE Y MANTENTE APARTADA DE TODO EL MUNDO.
-Pero...
-AHORA VIENE ALGUIEN.
Me senté lo más lejos posible y me las apañé para hacer el cambio de mascarilla porque me da a mí que una vez que la has potado de arriba a abajo pierden un poco de eficacia. 
Mientras tanto, en el mostrador se había formado tremendo revuelo. Una de las chicas preguntaba a gritos dónde estaba la caja con sus mascarillas. Otra hablaba por teléfono con no sé quién haciendo aspavientos. La tercera intentaba darle cita a un señor que no le hacía ni caso porque estaba más ocupado en mirarme de reojo y mantener una saludable distancia. Los viejos que hasta hace un minuto antes estaban peleándose por colarse en las analísticas habían hecho piña y me observaban con recelo desde la pared más alejada a mí.
Yo seguía tosiendo mientras me maravillaba por la capacidad de absorción de la braga de incontinencia Tena Lady, que no ha patrocinado este post pero puede empezar cuando quiera.
-AQUÍ ESTÁ LA DOCTORA -me gritaron desde el mostrador.
Y, efectivamente, se me acercó una doctora.
Pero se me acercó poco. Como a dos o tres metros.
-¿Que tienes tos?
No contesté porque no hizo falta, es lo que tiene la tos, que como que se contesta sola.
-AHORA ESCÚCHAME CON MUCHA ATENCIÓN -me dijo-, TÚ MEDICO DE CABECERA EMPIEZA SU JORNADA EN DIEZ MINUTOS. SUBE A LA SALA DE ESPERA SIN ACERCARTE A NADIE Y SIÉNTATE LO MÁS LEJOS POSIBLE DEL RESTO DE LA GENTE. ¿ME HAS ENTENDIDO?
Asentí otra vez. Con la mascarilla limpia me salió mucho mejor. 
-PERFECTO. 
Y salió corriendo.
Estaba absolutamente maravillada por que no me hubieran salido con "eso no es una urgenciaaaa", "por qué no has pedido citaaaa" y todas las lindezas que te suelen decir cuando tienes la osadía de pasar por el ambulatorio, y eché a correr para la consulta de mi médico como si me fuera la vida en ello.
Bueno, estaba tosiendo como si la vida me fuera en ello, así que normal, supongo. 
Me senté lo más lejos que pude del resto de los pacientes, que tampoco fue difícil porque según me iban oyendo toser se apartaban de mí como las aguas del Mar Rojo. 
Y me puse a toser.
Y a toser. 
Y a toser.
Y a toser.
Y a toser. 
Con algo me tenía que entretener, porque se me había olvidado descargarme los Bridgerton. 
Tampoco me hubiera dado tiempo, porque el médico me llamó a una velocidad inaudita que para mí que no habían pasado los diez minutos y ni había empezado su jornada laboral ni nada pero tampoco seré yo quien me queje cuando francamente me estaba ahogando.
-Así que tienes tos.
-¿Tos... ferina?
-Podría ser porque hay un brote y esa tos es muy característica -"Muy felina", pensé para mis adentros-, lo que pasa es que es imposible saberlo.
-¿No... existen... test?
-A ver, existir existen, lo que pasa es que en los ambulatorios ya no hay.
Son como las meigas, los test.
-Si te pusieras muy mal podrías ir al hospital y que te lo hagan.
-¿Cómo... de... mal?
O sea, que yo en ese momento me sentía bastante mal. Por supuesto tenía la tos, los vómitos, la incontinencia, el dolor de cabeza y muscular y las agujetas de tanto toser. Pero sobre todo es que había salido de casa sin desayunar y a mí estar en ayunas me pone un cuerpo horroroso.
-Si te pones tan mal que no puedes ni hablar.
-Entonces... no... hará... falta...
Porque yo puedo estar sin comer, sin contener, sin dormir y sin respirar si hace falta, pero antes de dejar de hablar REVIENTO. 

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03 junio 2024

A la hora en punto


 
Vosotros no lo sabéis porque no os lo he dicho nunca, pero mi gato está gordo fuertecito.
Cuando llegó a mi casa pesaba, según su cartilla, 13,5 kilos, que es un peso muy razonable si eres, pongamos por caso, un tigre, pero empieza a ser un poco demasiado para un gato.
El veterinario me echó la bronca como si lo hubiera cebado yo, pero claro, supongo que me vio gorda y la gordura es como el mariconismo, que se pega por contacto, así que dio por hecho que la culpable era yo.
Esto me sentó regular tirando a mal y me tomé como un reto personal que el gato recuperara su peso ideal.
Bueno, su peso ideal no, porque según el veterinario su peso ideal son 7 kilos y a mí me parece que un gato con esta envergadura (jajajaja, en verga dura, jajajaja) si se queda en 7 kilos va a ir desmayándose por las esquinas. 
Así fue como llegó a nuestras vidas el dispensador automático o, como lo llama Patch, el dispiensador.
Al gato, que le retiráramos el comedero y le pusiéramos aquello no le hizo ninguna gracia.
Podría decirse que se cagó en mis muertos pero en realidad donde se cagó fue en mis zapatos. 
Dentro, en todo el medio.
Jamás una mierda de gato había sido depositada con tanta precisión.
Al menos, pensé, el gato sabe quién manda en esta casa.
Los zapatos salieron de nuestras vidas pero el dispensador se quedó.
Más o menos.
Porque el primero vino con un pequeño defecto de fábrica y se adelantaba más o menos un minuto en cada toma, y como eran seis tomas (muy pequeñas, eh) al día se adelantaba seis minutos al día, y a los diez días ya era una hora, y al más ya estaba tomando siete tomas en vez de seis, y a los dos meses ha eran ocho.
Que no es que el gato se quejara.
Él lo llevaba con resignación. O sea, se estaba poniendo gocho, como para quejarse.
Pero a nosotros nos pareció que aquello estaba empeorando el problema, reclamamos al fabricante y nos devolvieron el dinero, que no la paz.
Entonces fue cuando nos regalaron otro dispiensador.
Este funciona perfectamente y además el depósito es tan grande que podemos olvidar de rellenarlo durante semanas.
A veces demasiado.
Hace unos días me desperté a las seis de la mañana con muchísimas ganas de hacer pis.
Esto es raro, porque una de las tomas del dispiensador es a las dos de la mañana, y después de comer el gato siempre necesita desalojar, y cuando necesita desalojar siempre me despierta para que le abra la puerta de la terraza, y yo todas las noches a las dos de la mañana me levanto, voy a la cocina, le explico al gato que la puerta de la terraza está abierta, que es corredera, el gato me dice "ah, sí", y yo ya aprovecho que estoy de pie aprovecho para hacer pis.
Por eso era raro que me despertara a las seis de la mañana con ganas de hacer pis, porque normalmente ya lo tengo hecho de las dos.
Pero ese día el gato no me había despertado.
Pensé que por fin había aprendido a distinguir los estados "abierto" y "cerrado" de la puerta de la terraza y me regocijé en todas las noches de dormir del tirón que me esperaban por delante. El gato, mientras tanto, maullaba delante del comedero.
-No toca hasta las ocho.
-Miau.
-Quedan dos horas.
-Miau.
-Ni miau ni miou, Comes cuando te toque.
A las ocho, el gato se puso pesadísimo pero yo llegaba tarde a trabajar y no le hice ni caso.
A las dos, el gato se puso pesadísimo pero ZaraJota llegaba tarde a recoger a los niños y no le hizo ni caso.
A las ocho (de la tarde) el gato se puso pesadísimo de nuevo.
-Acabas de comer.
-MIAU.
-Hasta las dos no vuelve a tocar.
-MIAU.
-No es culpa mía, es el dispiensador. El malo, el dispiensador, es maaalooo.
Al gato no le convencieron mis argumentos de peso y siguió dando la turra. Como nunca. Se frotaba contra mí, maullaba como un descosido, agredía al dispiensador (le hacía el medievo, que diría también Patch)...
-Tu gato está tontísimo. 
ZaraJota Vino a Ver. 
Cuando ZaraJota Viene a Ver pasan cosas.
-Lorz, el dispiensador está vacío.
-Uy...
-Con razón está tan pesado, se ha debido saltar una toma.
Sí, sí, una.


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El problema de escribir libros es que luego pretendes venderlos. pretendes venderlos. 


13 mayo 2024

Nunca más



Después de pasar la noche en un Alsa y el día despachando en Vitoria, tuve que volverme a Madrid en un Alsa.
Estaba a punto de subirme cuando descubrí que a la misma hora salían dos: uno que iba directo y otro que hacía seis paradas. Un escalofrío recorrió mi espina dorsal mientras miraba el billete.
Efectivamente, tenía el de las seis paradas.
Jo.
No os puedo contar el viaje porque lo único que recuerdo es que no me senté en mi sitio. Fue por una buena obra: para que una madre y una hija se sentarán juntas. Bueno, es verdad que lo hice para que la madre no se sentara conmigo. Pero eso ellas no lo saben. 
Llegué a Madrid sobre las once de la noche, me subí a un taxi y empecé a dar cabezadas:
-Aunque me duerma no me secuestre, ¿eh? -le dije al taxista.
-No, no. Cuando llegue a su casa la despierto.
-O no, eh, tampoco nos pongamos extremistas. 
Llegué a casa como a las doce e hice POM en la cama.
-Necesito dormir treinta horas seguidas -fue lo último que pensé. 
Siete horas más tarde, cuando sonó el despertador, me acordé de la topota madre de todo el mundo. Especialmente de la topota madre del Krunch, y de la topota madre de mi yo del pasado, que pensó que era buena idea hacer dos festivales el mismo fin de semana porque "cosas más locas hemos hecho".
Claro que sí.
CUANDO TENÍAMOS VEINTE AÑOS, HIJA MÍA.
Hasta la hora de comer, que como sabemos es todas las horas, fui una especie de zombi que hacía la croqueta por el aparcamiento mientras suplicaba que alguien acabara con su sufrimiento. A partir de esa hora, el azúcar y cafeína hicieron su efecto y empecé a parecerme a una persona racional, cosa que, viniendo de mí, tiene mérito. 
-No volveré a hacer esto nunca más -le dije a ZaraJota.
-¿Nunca? ¿Estás segura?
-Bueno, nunca después del fin de semana de mayo ese en el que me he vuelto a apuntar a dos festivales.
-No, si ya lo sabía yo...


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Escribo libros y luego tengo que venderlos.
Esta semana estaré: 
El sábado de 10:30 a 20:30 en Santa Librada (Impect Hub Alameda, c/ Alameda 22, Madrid)
El domingo de 12:00 en LibroMatik (Gondomatik, c/ Gondomar 20, Valladolid)
Todos los días en Lektu.

29 abril 2024

Evasión o Vitoria

 Todo empezó en el momento en el que pensé que podía ir a volver a Vitoria en el día. 
En autobús. 
Con una maleta tipo mamotreta hasta arriba de libros. 
Era un plan sin fisuras: coger la línea 5, que no tiene ascensores ni rampas ni escaleras mécanicas, en Urgel, ir hasta Oporto y hacer trasbordo hasta la línea 6, que no tiene ascensores ni rampas y solo algunas escaleras mecánicas, ir hasta Avenida de América, no sé si tiene ascensores o rampas o escaleras mécanicas, coger el autobús que sale de Madrid a las 0:30 y llega a Vitoria a las 5:30, esperar en la estación hasta las 9, caminar unos 40 minutos hasta el Zabaliburu, vender libros toda la mañana, coger el autobús de las 17:45, que hace nada menos que 6 paradas por aproximadamente todos los pueblos de España, llegar a Madrid a las 23:30, coger la línea 6 en Avenida de América, ir hasta Oporto, coger la línea 6 hasta Oporto, no tiene ascensores ni rampas y solo algunas escaleras mécanicas, coger la línea 5 hasta Urgel...
Por suerte, rápidamente me di cuenta de que era una locura: ¿por qué ir en metro si ZaraJota podía dejarme en Avenida de América dos horas antes de que saliera el autobús? 
Así fue como, después de haber trabajado de 9 a 6, sin haber dormido siesta, acabé con una maleta mamotreta hasta arriba de libros en la estación de autobuses, dos horas antes de que saliera el mío.
Yo era optimista. 
Tengo una gran facilidad para dormir donde y como sea, y contaba con echarme mis buenas cinco horitas de sueño en el autobús. 
Contaba mal.
Para empezar, la gente iba viendo vídeos, series o lo que fuera, que yo no me meto en la vida de nadie, sin auriculares. Las películas y las series las llevaba medio bien, o sea, desde cuándo una película nos ha impedido quedarnos fritos. Pero los vídeos de Tiktok eran como si me pusieran el despertador cada treinta segundos. Y que conste que era capaz de dormirme los 29 segundos de entre medias, pero cuando llevaba un rato aquello empezó a ser tortura. El joven amable que llevaba al lado, que fue amabilísimo todo el rato, también se dormía de vez en cuando, se derrengaba y una de sus manos acababa debajo de mis posaderas, así que yo cada vez me iba sentando más al borde del asiento y acabé como una gallina en un gallinero.
Estaba ya con un cachete al borde del abismo cuando me empecé a encontrar mal. Realmente mal. En el momento pensé en una bajada de tensión, pero ahora creo más bien que se me crujieron las cervicales sin motivo aparente. Vértigos. En un Alsa. A las tres de la mañana y llegando a Burgos.
El joven amable que se sentaba a mi lado debió notar algo, porque me preguntó si me encontraba bien.
-Nooo...
Entonces fue cuando muy respetuosamente me tocó el brazo y me dijo:
-Estás caliente.
"Y húmeda", pensé para mis adentros, porque una no se harta de leer novela romántica sin que le queden secuelas permanentes. Además, es verdad que estaba empapada en sudor de pronto.
-Estoy un poco mareada.
-¿Quieres comer algo? Tengo para darte.
Llegado ese punto me abstuve de hacer comentarios. Está clarísimo que tengo la mente súper sucia y que no me merezco la amabilidad ni de propios ni de extraños.
-No, no, ahora cuando lleguemos a Burgos me tomo algo.

O no. 
En la estación de autobuses de Burgos solo había una máquina estropeada y lo único que se podía tomar era el fresco. Eso sí, se podía tomar a raudales, porque el termómetro marcaba 3º y en la estación corría una brisa marina de lo más estimulante. Tan estimulante que se me quitaron los calores, los sudores, los vértigos y no se me quitaron las ganas de dormir porque yo de eso tengo siempre.
Cuando me volví a subir al autobús, el joven amable me preguntó si me encontraba mejor.
-Sí, sí, yo creo que ahora podré dormir un poco.
Entonces se subió el busero de reemplazo.
Se plantó en mitad del pasillo y a grito pelao nos dijo:
-BUENO, SEÑORES VIAJEROS, MANTENGAN VIGILADAS SUS PERTENENCIAS EN TODO MOMENTO PORQUE EN ESTE TRAYECTO SUELE VIAJAR MUCHO CHORIZO Y YO NO ME HAGO RESPONSABLE. AHORA QUE COMO PILLE A ALGUIEN CON LAS MANOS EN LA MASA VA DERECHO AL CUARTELILLO AUNQUE ME TENGA QUE QUEDAR CON EL AUTOBUS ESPERANDO HASTA QUE VENGA LA GUARDIA CIVIL. ¿ESTÁ CLARO?
Lo único que me ha quedado claro es que hoy no se duerme.







15 abril 2024

Hola, maja, ¿cómo estás?

 Diciembre de 2023

-Cieliamor...
Tenía que haber sospechado. Siempre que ZaraJota me llama así es porque quiere algo. 
-Qué.
-¿Tenemos algo programado para el 20 de abril?
-¿Del noventa? -para mi generación es imposible oír "20 de abril" y no completar con "del noventa", eso sí que es adoctrinamiento y lo demás son tonterías-. No, de momento no, está muy cerca del día del libro pero para entonces nuestra parte, que es enviar los libros, estará terminada.
-Ah, genial, es que quiero ir a un concierto de Celtas Cortos. Hacen otro el 19, pero claro, habiendo el 20 de abril hay que ir a ese. 
Para los que me leéis desde fuera de España, Celtas Cortos son un grupo de música que tiene una canción llamada "20 de abril del 90".

La canción va de un tóxico que va a llorarle a su exnovia porque todos sus amigos han madurado mientras él sigue comiendo Doritos en el sótano de sus padres. La canción se podía haber llamado 20 de noviembre del 75 y habrían tenido muchos problemas con la audiencia nacional, pero me habrían facilitado mucho la vida, como se verá a continuación. 
-Claro, vete el día 20, no creo que nos surja nada. ¿Vas con las Fruitis?
-No, no, con la niña.
-¿Qué niña?
-...la nuestra...
-¿CÓMO QUE LA NUESTRA?
-Es que le gustan mucho.
-PERO CÓMO LE VAN A GUSTAR MUCHO.
Que tienen edad para ser sus abuelos. Por no hablar de que la última vez que fuimos a un concierto de Celtas Cortos olía fuertemente a... incienso. Salimos muy relajados, eso sí.
-Que sí, que sí, que me dijo que tenía muchas ganas de verlos en concierto y claro, yo por acompañarla... Que a mí ni me apetece ni nada... Uy, uy, mira que pereza. Yo por la niña todo. Pero si nos coincide con algo no vamos.
-No, no, no tenemos nada, y si surge algo ya nos apañaremos, raro será que surja todo a la vez.

Abril de 2024
-Bueno, entonces el día 20 yo me voy a Vitoria para el Zabaliburu y tú te vas a Alcalá para el Krunch, el 21 estamos los dos en el Krunch, el 22 me voy a Barcelona para Sant Jordi.*
-Entendido, solo una cosa: ¿a qué hora vuelves de Vitoria?
-Teniendo en cuenta que voy y vuelvo en el día, en bus, para estar el domingo también en el Krunch, yo diría que entre tarde y muy tarde.
Tarde y mal, añadí para mis adentros. Que una ya no tiene edad para pasar la noche en un Alsa.
-Pues a ver qué hago con el niño.
-Será con los niños, y te los puedes llevar al Krunch a echar el día, que les gusta más que a un tonto un lápiz.
-No, no, solo con el niño, porque con la niña me voy al concierto.
Sudores fríos recorrieron mi espina dorsal. Claro que si hubieran recorrido la espina dorsal de otro no me habría enterado.
-Qué concierto.
-El de Celtas Cortos, ¿te acuerdas? 20 de abril.
-Del noventa -terminé. Porque los condicionamientos paulovianos son así, no se desconectan ni cuando estás en una crisis vital extrema.
-Puedo revender las entradas, lo que pasa es que le hace tanta ilusión a la niña...
-Claro, claro.
A la niña.



*Por suerte para nuestra protagonista acabó cancelando ese viaje, aunque sus libros si estarán en Sant Jordi, buscadlos bien. 
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Venid a vernos, necesitaremos todo vuestro apoyo vital, especialmente en forma de cafeína.








01 abril 2024

El paquete

Una de las actividades en familia que más hago con los niños es... um... ir a la oficina de Correos a llevar paquetes. 

"Haz un verkami", me dijeron, "es fácil y divertido y no te pasas días y días llevando paquetes a Correos".
La oficina de Correos nos pilla de camino al colegio, así que el proceso suele ser: por la tarde preparamos los paquetes/pedidos/etcétera, y digo preparamos porque los niños me "ayudan" señor dame fuerzas a poner las pegatinas, y a la mañana siguiente, de camino al colegio, los dejamos en la oficina. 
En la oficina ya nos conocen. O sea, nos ven casi todos los días. 
Me conocen a mí, conocen a los niños, conocen los paquetes.
O eso creían, porque un día estábamos allí, dejando los chorromil paquetes reglamentarios, cuando de pronto dice Nene-kun:
-Mami, ¿qué hay en esos paquetes?
-¿Cómo que qué hay? 
Como si no me hubiera visto prepararlos uno a uno.
-Sí, ¿qué hay?
-Pues ¿qué va a haber? Libros.
-Libros.
-¿Qué libros?
-Los libros que hace mamá.
-¿Tú haces libros? -me preguntó el pequeño mamoncete, con una cara de sorpresa digna de un Oscar.
-Cla---claro que hago libros, le digo, precisamente en el mismo momento en que la señora de Correos me entrega la documentación de aduanas para que firme que, efectivamente, en esos paquetes hay libros-. Hago libros y los vendo -repito con mayor convicción.
-Primera noticia -me dice.
PRIMERA NOTICIA. 
A mí ya me estaba dando de todo.
-¿Y qué crees que estoy mandando todos los días?
A Canarias y Melilla, ese día en concreto. 
-Ya sabes -respondió el niño. Y me guiñó el ojo. 
ME GUIÑÓ EL OJO.
Rellené los papeles de aduanas a toda velocidad y salí corriendo mientras gritaba y agitaba los bracitos.
Para mí que no han sospechado nada.

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Todos mis libros en lektu.




18 marzo 2024

La bacteria

 He estado malita. 
Francamente, muy malita.
Me lo he buscado sola, la verdad.
Empecé este verano con dolor de estómago intermitente. Luego era permanente. Luego tuve que empezar a dormir sentada. Luego empezó el dolor en el pecho, como si me lo atravesaran con una lanza.
Luego empezaron los ataques en los que parecía que alguien me cogía el corazón y lo apretara como una pelota antiestrés.
-Esto va a ser una bacteria -me dijo el médico.
Pues menudos brazacos debe tener, pensé. 
Luego, en vísperas de navidad, la niña se hizo un esguince. En algún momento de las cinco horas que estuvo esperando en urgencias porque tenemos libertad, pero no pediatras, se trajo a casa una gripe, covid, ébola, yo qué sé. Ni siquiera nos hicimos la prueba: nos encerramos en casa y ya está.
Debió ser más o menos por entonces cuando cogí la costumbre de dejar de respirar. Por las risas.
Estaba tan bien y de pronto -zas- la supuesta bacteria con brazacos me cerraba la laringe y a tomar viento.
Pero yo a lo mío porque no me parecía para tanto.
Quizá esto os sorprenda, pero fingir que un problema de salud no existe, por lo que sea, no lo hace desaparecer.
Mi sistema habitual de huida hacia adelante (¡montemos un verkami! ¡montemos una Tacitacom! ¡montemos otro verkami! ¡creo que voy a coger un segundo trabajo! ¡montemos una Tietera!, no fue suficiente.
Y las preocupaciones, que las tengo muchas y muy variadas, me dieron la puntilla definitiva.
El caso es que acabé en el hospital.
No tengo un recuerdo muy claro de todo el proceso, aparte de que el café estaba extrañamente bueno, de que alguien me ayudó a darme una ducha con una esponja autojabonosa, de que alguna enfermera me dio de extranjis una manta extra porque tenía frío y al parecer "solo tenía derecho a una" y de que llevaba un aparato en el dedo con un cable que no estaba enchufado a ninguna parte, que acabé quitándome y nadie echó de menos. 
Lo que sí recuerdo es que mientras estaba en boxes había un tío al fondo, fuera de mi vista, que no paraba de gritar que se quería ir a casa.
-¡Me quiero ir a mi casa! ¡Yo me voy! ¡Me quiero ir a mi casa! 
A mí me dolía la cabeza como si me fuera a explotar y le hubiera dado mi bendición para que se largara con mucho gusto, pero las enfermeras tenían sus propias opiniones y le iban explicando con mucha paciencia que no podía irse todavía.
Llevaban así un par de horas cuando vi pasar por mi lado a un tío con chándal, que iba hacia la salida con mucha decisión.
-¿A dónde vas? -le preguntó una enfermera.
-A mi casa. He dicho que me voy y me voy.
-No puedes irte a casa -la enfermera del pasillo miró a la enfermera del mostrador y yo no sé si apretó un botón o qué pero empezaron a aparecer seguratas de la nada.
De la nada.
Porque dinero para médicos no hay porque tenemos libertad, pero dinero para concesiones privadas hay todo el que quieras.
El paciente a la fuga y los seguratas empezaron un rifirrafe que acabó con el paciente en el suelo y tres seguratas apilados encima como en el Twister.
-¿Por qué me hacéis estooooo? -preguntaba el paciente.
-Porque has dicho que te quieres ir.
-¡Pero se lo he dicho a las enfermeraaas, no a vosotroooos!
Que ahí le doy la razón a él, por qué se meten si no es asunto suyo, vamos a ver. 
En ese momento los seguratas se dieron cuenta de que a lo mejor estaban dando una imagen un tanto negativa. Con la buena imagen que tienen los seguratas de toda la vida.
Entonces empezaron a gritar:
-¡LOS BIOMBOOOOS! ¡PONED LOS BIOMBOOOOOOS! ¡QUE NO SE LE VEAAAA!
Que era un poco: verse no sé, pero oírse se ha oído ya hasta en el Zendal, y mira que está lejos porque la libertad es así, para que el que tenga coche de empresa con chófer.
Las enfermeras rodearon la torre de seguratas con cuatro biombos que cogieron de donde primero pillaron, esto es: de las separaciones de boxes. Ahora ya no veíamos al señor que se quería ir pero veíamos más de lo que hubiéramos deseado de los demás. 
Que los camisones de los hospitales tienen muy mala baba.
En medio de aquel desaguisado, apareció mi médico.
-¿Qué tal? -preguntó.
-Estupefacta.
-¿Quieres irte a casa?
-¡NONONONONO! -contesté.
Que ya he visto lo que pasa. 


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Es romántico, tierno y agridulce, un recuerdo de un Madrid que ya no existe.












 


12 febrero 2024

Las rotondas

 El día 13,  que será martes, hará un año que me saqué el carnet de conducir en circunstancias poco favorables y ya por fin puedo quitar la L. 
Más o menos, porque no la tengo puesta. En el último viaje condujo todo el rato ZaraJota, y ZaraJota quitó la L y la dejó de cualquier modo en el maletero, para cogerla si hacía falta, pero luego paramos a desayunar y abrimos el maletero para sacar los abrigos y justo en ese momento se nos paró al lado un coche de la guardia civil y pensé: estos se van a pensar que estamos conduciendo sin la L, lo que era rigurosamente cierto porque el que conducía ZaraJota y tiene más de veinticinco años de carnet, pero yo entré en pánico de todas maneras y cogí la L y la tiré al fondo del maletero, que estaba a tope de cajas, y se cayó entre dos cajas y desde entonces no la hemos vuelto a ver, lo que de facto me ha impedido conducir durante la última semana pero me ha permitido subir de nivel en Duolingo, que el catalán no se hace solo, hay que hacerlo.
Esta terrible circunstancia me ha impedido cumplir mi sueño de quemar la L en una pira. Bueno, eso y que ZaraJota me dice ni se me ocurra. No sé qué de que el humo puede ser tóxico. Cosas suyas.
En este año de carnet he cogido el coche muy poquito por una sencilla razón: en el autobús me dejan ir mirando el móvil pero mientras conduzco por lo que sea está mal visto. Y yo le tengo mucho aprecio a mi móvil. 
Las pocas veces que he conducido he llegado a una sencilla conclusión y es que los madrileños conducen como el culo. Como el puto culo. Y encima, son unos maleducados.
O sea, yo no puedo reiniciar la marcha hasta que el  semáforo esté en verde. A mí me da igual que tú pases todos los días por ahí y sepas exactamente cuánto dura el semáforo y arranques medio nanosegundo antes de que se ponga en verde: yo lo tengo que ver en verde. 
Luego está lo de pitar. La obsesión de los conductores madrileños por tocar el pito es, como mínimo, psicoanalizable. Yo tengo mis teorías al respecto. Por si os lo estáis preguntando, todas ellas tienen que ver con pollas. Con pollas pequeñas, en concreto. Y de poco aguante.
Otra cosa que me tiene fascinada es el complejo de invisibilidad. Señor, si usted me está viendo a mí (por ejemplo, si usted ve que soy una mujer y que llevo una L, lo que claramente justifica que usted me grite o me pite por cualquier motivo real o imaginario), es de suponer que yo también estoy viendo COMO SE METE EL PUTO DEDO EN LA NARIZ, DE VERDAD, LA VISIBILIDAD FUNCIONA HACIA LOS DOS LADOS, POR FAVOR. 
Que no sé cómo pretenden algunos que estemos pendientes de que el semáforo se ponga en verde, si a veces estamos absolutamente fascinadas con las exploraciones nasales de los señores de alrededor. O cosas peores.
Pero lo que me tiene absolutamente perpleja es el tema de las rotondas. 
ROTONDAS. 
Que se llaman así porque tienen forma circular. Y se hacen en forma circular, siguiendo las líneas del suelo, pin, pin, pin...
Salvo en Madrid.
En Madrid, las rotondas se hacen en forma de hashtag: SE CRUZAN EN LÍNEA RECTA Y A TOMAR POR CULO. NI PREFERENCIAS NI HOSTIAS, TODO DERECHO Y TONTO EL ÚLTIMO.

Glorieta en Madrid, dramatización.


Por motivos desconocidos, me dan pánico las rotondas y las glorietas. Sobre todo, la de plaza Elíptica, que no es que quiera yo acusar a nadie de machista ni nada, pero cuando voy yo con la L me empiezan a pitar nada más entrar, mientras que cuando va ZaraJota, haciendo lo mismo, no le chista nadie. Pero es que además vienen coches por todas partes, en línea recta, pasando de las marcas viales, de los semáforos y de la madre que los parió, a toda velocidad, por la izquierda, por la derecha y por la otra derecha, la de verdad. 
Yo he intentado superar ese miedo a que la gente sea gilipollas a las rotondas e intento coger el coche aunque haya que pasar por plaza Elíptica, pero algunos días es como: mira, no puedo. Si hay que pasar por plaza Elíptica me voy en autobús.
Así fue como un día le dije a ZaraJota que condujera él, que se me iba a pasar la racha de Duolingo no me veía capaz de pasar por plaza Elíptica. Quitamos la L, la metimos en el maletero, ZaraJota se puso al volante y bueno, una cosa llevó a la otra, lo típico que pasa, y se empotró de culo contra un coche que había aparcado. 
-Yo no he sido -dije, por si acaso. 
-Pero cómo vas a ser tú si voy conduciendo yo. 
-Bueno, yo qué sé. 
ZaraJota se quedó en el coche buscando los partes porque es un antiguo y todavía no se ha enterado de que ahora se hacen online. Mientras, yo salí para dejar un papelito en el otro coche con nuestro teléfono o lo que fuera. La cosa no había sido muy grave, y nosotros solo teníamos roto el cristal del faro. 
Mientras ZaraJota seguía buscando el parte, me acordé de que llevábamos un rollo de precinto transparente en el maletero y pensé: pues voy a ponerle un poco al faro antes de que esto vaya a más. 
Abrí el maletero, cogí el precinto, se cayó la puñetera L que habíamos dejado en el maletero Dios sabe cuándo, la dejé en el maletero, se volvió a caer, la volví a recoger y me la puse bajo el brazo como un barra de pan, cogí el precinto y cuando estaba a punto de reiniciar la reconstrucción del faro, apareció el propietario del coche y me dijo:
-¿Has sido tú la que me ha dado?
Pues a ver ahora cómo le digo yo que no.


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15 enero 2024

El crecimiento



Todo empezó el 23 de diciembre, cuando Nena-chan decidió engordar. 
Todos engordamos en navidad, así que de entrada no le dimos mucha importancia. El problema es que Nena-chan decidió engordar solo en el tobillo. En uno. Que se le pudo como el de un elefante. 
Aquí no somos de juzgar y menos a los elefantes, lo que pasa es que la niña se empezó a quejar de que le dolía, le dolía, le dolía, una cosa lleva a la otra y finalmente acabamos en urgencias. Un 23 de diciembre a las siete de la tarde. 
La sala de espera de pediatría del 12 de octubre era un zulo que estaba hasta arriba con niños sufriendo de afecciones respiratorias y virus varios y como la responsabilidad individual es muy importante no llevaba mascarilla ni uno, aunque la verdad es que con la concentración de miasmas que había allí más que mascarillas habría hecho falta una escafandra.
Cinco horas de experiencia inmersiva más tarde, Nena-chan volvió a casa con el tobillo igual, el diagnóstico "pues ni idea, estará creciendo" y la instrucción de tomar ibuprofeno si le dolía.
Y virus, muchos virus. 
En menos de 24 horas el tobillo de la niña pasó a un segundo plano porque estaba a 39º y no bajaba de ahí ni pidiéndoselo por favor.
Así que hice lo más lógico:
-Esta noche duermes conmigo.
-¿Porque quieres cuidarme toda la noche?
-...sí.
-Es porque estamos bajo cero y doy calor, ¿verdad?
-¡No puedes demostrarlo!
Efectivamente, dormir con la niña me hizo entrar en calor. 
Concretamente, a 39º, durante los tres o cuatro días siguientes.
Para entonces la niña se había recuperado, así que ZaraJota le dijo que era el momento de que se volviera a su cama y él recupera su sitio en el lecho matrimonial.
-¿Para cuidarme? -le pregunté.
-...
-Es por el frío, ¿verdad?
-¡No puedes culparme por hacer lo mismo que tú!
Así que pasamos aquella noche juntos. Lo que sucedió a continuación os sorprenderá. 
Pasada la navidad estábamos todos en un estado lamentable. Bueno, todos no, que Nene-kun es de otra pasta. Entonces llamó mi suegra. O mi cuñada. O mi abuela. Yo qué sé, estaba muy mala. 
-¿Cómo estáis?
-Maaaaaaaaaaal.
-¿Qué os ha pasado?
-Nada, que Nena-chan está creciendo.




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Todavía quedan plazas para participar como expositor en La Tietera. 
Escríbenos a hola@foscanetworks.net








01 enero 2024

2024

 No me puedo creer que sea 2024. 
¿Cómo ha ocurrido esto? Parece que fue ayer cuando estábamos preocupados por el efecto 2000.
Y con razón, lo que pasa es que el "efecto 2000" no fue exactamente el que esperábamos.
Menudo siglito llevamos...
Por supuesto que han pasado cosas buenas y ha habido momentos felices. O sea, me he casado y he tenido dos hijos en este siglo, así como para empezar a contar. Pero, a vista de pájaro, la sensación es de que todo a ido a peor; a veces muy despacio, como la tortuga que se cuece a fuego lento sin notarlo. Otras, muy rápido, de un día para otro. Un día sales de paseo y al siguiente estás confinado. Un día tienes trabajo y al siguiente no. Un día crees que tu tía se está dejando llevar por la hipocondría y al siguiente... no.
Sea como fuere, parece que cada año ha sido, simplemente, un poquito peor que el anterior.
Y sin embargo...
En 1984 empecé el colegio.
En 1994 empecé el instituto y conocí a una persona maravillosa que sigue en mi vida.
En 2004 acabé (supuestamente) de estudiar y empezó mi vida (supuestamente) adulta.
2014 fue mi primer año como editora.
Los años acabados en 4 han sido de grandes cambios para mí. Casi siempre a mejor; siempre emocionantes. Y encima, este año cumplo 44. 
Este año va a ir bien. Le obligaré si es necesario, a pura fuerza de voluntad.
Empezando por aquí.





18 diciembre 2023

La operación

Lo de tener la familia lejos es un poco complicado.
Dificulta muchas cosas, como la comunicación.
Otra cosa que dificulta mucho la comunicación es la comunicación. Sobre todo, a través de los grupos de WhatsApp. Porque estamos como en media docena en los que coincidimos con este, pero no con aquel, y contamos esto, pero no aquello... en fin, seguro que os hacéis a la idea. 
El caso es que a veces mis cuñadas empiezan a contarse algo en persona, o en otro grupo en el que no estoy, y luego continúan en el que estamos las tres, o no, y normalmente yo me espero un rato y tarde o temprano me acabo enterando.
O no.
Como el día que operaron a una de mis sobrinas, y no me enteré hasta que me llegó un mensaje de "ya está la niña en quirófano". 
-Oye, ZaraJota, ¿tú sabías que operaban a tu sobrina?
-Primera noticia -y siguió a lo suyo, más feliz que una perdiz.
Así que yo opté por un escueto "¿Y cómo está?", que es una cosa que no puede fallar nunca.
"Como la sirenita", contestó.
Yo me quedé a cuadros. ¿Cómo la sirenita? ¿Qué significa eso? Solo había una explicación posible.
-Creo que a tu sobrina le han cortado las piernas -vale, quizá no era la explicación más probable, pero a dramatismo no me gana nadie.
-¿Cómo le van a cortar las piernas? -respondió ZaraJota.
"Han tardado un rato porque las tenía más grandes de lo que esperaban", añadió mi cuñada.
-¿Ves? Esto lo confirma.
-¿CÓMO VA A CONFIRMAR ESTO NADA?
-porque tu sobrina siempre a tenido buenas piernas, me da una envidia...
-PERO QUÉ TENDRÁ QUE VER ESO CON NADA.
-Y YO QUÉ SÉ. 
-PUES PREGÚNTALE A SU MADRE.
Pero claro, cómo iba yo a preguntarle a su madre cuando llevaba toda la mañana diciéndole cosas al azar como "Pobrecita", "Espero que se recupere pronto" o "¿Qué vais a hacer con todos sus zapatos?", que se iba a dar cuenta de que le estaba siguiendo la corriente como a los locos. Mucho mejor dónde va a parar seguir preguntando cosas al azar como "¿Cuándo le dan el alta o, en su caso, la baja, jojojojojo?". Pero mi cuñada no soltaba prenda. Qué tía. A esta la tortura la KGB y en vez de sacarle información le acaban dando su número pin. 
No había manera. 
Hasta que al final mi cuñada dice: "Ahora solo puede beber líquidos y comer purés".
-A ver si no van a ser las piernas, ZaraJota, que mira que tú eres muy de irte siempre a lo dramático y lo mismo a la chiquilla le han quitado un uñero nada más, no nos volvamos locos. 
Mi cuñada debió verme escribiendo-borrando-escribiendo-borrando y como ya nos conocemos porque al final son muchos años debió atar cabos.
"Le han operado de las amígalas", dijo. 
-...
"Y no puede hablar"
-...
"Como la Sirenita"
Visto así tiene un poco más de sentido, sí.  


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Micro y autoeditados, fanzineros, artesanos y creadores en general: todavía está abierto el plazo para participar como expositor en La Tietera.



04 diciembre 2023

Wiii

 


Hace unos días estuve en Barcelona.
No importa cuándo leas esto, siempre estuve en Barcelona hace unos días. Últimamente paso tanto tiempo allí que estoy pensando en mudarme, lo que pasa es que claro, el agua en Madrid es como sus fachas: inigualable. 
El problema de Barcelona es que vas y luego tienes que volver.
La estación de Sants es una cosa que en sí misma podría justificar un 155 y hasta un 156. No hay sitio para los trenes, así que el embarque se demora hasta el último minuto, lo que provoca que tampoco haya sitio para los pasajeros. Que la zona de larga distancia sea un corralito de cristal pegado a una pared de cristal no ayuda, sobre todo en verano. La gente, siendo gente, tampoco ayuda demasiado. 
Y los baños. LOS BAÑOS.
Y esas escaleras estrechísimas. Y esos ascensores. Es un todo.
Así que os podéis imaginar mi reacción cuando por fin llegue a mi asiento y resultó que no estaba fijo en el suelo.
-Jijijijijiji...
Me explico. Como es sabido, los trenes tienen dos cabezas, una a cada lado. Es como si fuera una serpiente que va por el bosque buscando una parte de su cola, pero en vez de su cola encuentra otra cabeza. De esta forma pueden llegar a una estación en una dirección (con la cara A, digamos), y volver en otra (con la cara B). Para que los pasajeros no vayan de espaldas, los asientos giran sobre sí mismos (los antiguos simplemente movían el respaldo, era una maravilla de diseño eso). Salvo en compañías como Iryo, donde ponen la mitad de los asientos en un sentido y la mitad en otro, y tienes un 50% de posibilidades de ir de espaldas durante tres horas, nueva de cada diez fisioterapeutas lo recomiendan.
El caso es que me asiento estaba en la dirección correcta, o sea, palante, pero no estaba fijo. 
Y giraba.
Vaya si giraba. 
Como las tazas locas.
Así que yo hice lo que cualquier adulto responsable haría:
-¡Wiiiiiiii!
Sé lo que estáis pensando: Jaja, qué exagerada eres.
Pues por eso hice un vídeo.

(De hecho, varios, pero este es el único en el que no se le ve la cara a los otros pasajeros)
Estaba ahí, grabando vídeos y haciendo wiiiii cuando llegó la persona que tenía que ocupar el asiento de al lado. 
Ahora que lo pienso, quizá llegó antes, porque se ve su abrigo en el vídeo, pero yo estaba muy concentrada haciendo wiiii. 
Y esa persona dijo, y de verdad que no me lo invento:
-¿Qué fantasía es esta?
-El asiento está suelto y gira.
-¿Y qué hacemos?
-Pues de momento grabar un vídeo, que se lo he contado a mi familia y no se lo creen.
-¿Quieres que te lo grabe yo para que salgas mejor?
En ese momento pensé que esa persona era mi alma gemela, de verdad os lo digo. Una pena que yo sea una mujer casada y decente y que estuviera muy ocupada haciendo wiiii con el asiento.
-No, gracias, ya está. Ahora cuando termine de colocarse la gente aviso a una azafata y que lo arregle.
-¿Seguro? Mira que esto parece divertido.
-Sí, es que quiero cenar.
Que a lo mejor cenar en un asiento rotatorio en un tren que alcanza los trescientos kilómetros hora no es es la mejor de la ideas, no sé. 
-Vale, vale. 
Mi compañero de asiento se quitó educadamente de en medio, supongo que para dejarme hacer wiiii a gusto, cosa que le agradezco enormemente porque sus piernas habrían hecho de tope con el asiento de delante y no habría girado con tanta alegría.
En esas estaba cuándo apareció la azafata.
-A ver, ¿qué asiento está suelto? 
Entonces fue cuando me di cuenta de que los asientos de al lado también giraban, y que uno de los pasajeros se nos había adelantado avisando a la azafata.
-¿Los vuestros también están sueltos?
-Sí -me dijo el pasajero.
-¿Y NO HABÉIS HECHO WIII?
La gente es que nunca deja de sorprenderme.

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Estoy de campaña para sacar un nuevo libro. Apuntaos, que luego será tarde. Señora. Demasiado tarde. Señora. 




20 noviembre 2023

La aplicación


 

-Hola, le llamamos de la entidad que gestionó su hipoteca, le llamamos porque hemos notado que últimamente le ha subido mucho.
-Sí, nosotros también lo hemos notado, sí.
-Estamos llamando a todos nuestros clientes para hacerles una propuesta que podría mejorar su situación. 
-Pues ya me dirá.
-No, no, tienen que venir a la oficina.
Y así fue como acabamos en la oficina. Pero no en la de nuestro banco, sino de otro.
Eso ya nos tenía que haber dado una pista, pero no nos la dio porque estábamos en shock por haber tenido que ponernos pantalones para salir a la calle. Que llevamos casi cuatro años teletrabajando, por favor, un poco de consideración.
-Bueno, es que nosotros no somos su banco, somos la entidad que gestionó el préstamo para su banco -nos explicó la Entidad Humana que tuvo a bien atendernos tan solo media hora después de la hora a la que nos había citado.
-Ah, claro, lo normal del capitalismo.
-Antes de nada, nos gustaría hacer un estudio personalizado de su situación.
La Entidad Humana que nos estaba atendiendo sacó una tablet. La tablet tenía una aplicación. La aplicación era la cosa más tonta en la que jamás se ha gastado dinero un banco, y mira que todavía tengo en casa llaveros del osito de Caja Madrid.
La Entidad Humana seleccionaba la palabra "ingresos", se abría otra pantalla en la que ponía: ingresos de persona 1, ingresos de la persona 2. La siguiente pantalla los sumaba. Entonces pasábamos a la pantalla "gastos", que daba paso a "gastos fijos", "gastos de educación", "gastos variables"... os hacéis una idea. 
Después de 45 minutos de agonía en los que me hubiera dado tiempo a hacerle lo mismo en una hoja de excel, la aplicación, y con ella la Entidad Humana, llegaron a la conclusión de que ZaraJota y yo teníamos una capacidad de ahorro de setecientos euros al mes.
Yo acababa de cobrar una nómica mensual de 813 euros. Así que me dio la risa.
-No puede ser -le dije.
-Todo el mundo se sorprende cuando lo ve.
-Me pregunto por qué será -ZaraJota me dio una patada por debajo de la mesa. Se ve que él no se preguntaba nada. 
-¡Porque nuestra capacidad de ahorro es mucho mayor de lo que creemos! Lo que pasa es que las personas nos ajustamos a nuestro salario: cuanto más tenemos, más gastamos.
Estaba a punto de decir que qué casualidad, que con la subida de la hipoteca y la inflación había descubierto que cuanto menos tenemos menos gastamos, pero vi la pierna de ZaraJota temblar ligeramente y no me atreví. 
Que tengo las canillas muy sensibles. Así que opté por un discreto:
-Ja.
-La gente cree que no puede ahorrar, y lo que pasa es que no tiene disciplina de ahorro.
-Nosotros tenemos una cuenta de ahorro. Y una para cada niño. Y plan de pensiones.
-Uf, es que los planes de pensiones no sirven para nada.
-¿Perdón?
-Verás el palo que te van a dar cuando te jubiles y quieras cobrarlo, jajaja, es que la gente se cree que los planes de pensiones son la panacea, pero si supieran el pastón que tienen que pagar a hacienda después...
Teniendo en cuenta que el único motivo por el que tengo plan de pensiones es porque el banco me obligó a contratarlo para concedernos la hipoteca, creo que reaccioné bastante bien: solo me mordí la lengua hasta sangrar y perder la capacidad de pronunciar correctamente las fricativas durante una semana.
-El caso -dijo ZaraJota, fingiendo que no me veía convulsionar-, es que la subida de la hipoteca ha limitado considerablemente nuestra capacidad de ahorro.
Es que habla poco, pero cuando se pone habla que da gusto.
-Tenéis un tipo variable, ¿no?
-Eso es.
-Ya, es que ha  subido mucho.
-Mucho -asintió ZaraJota, creyendo en su inocencia que por fin, después de tan solo una hora de mirar la tablet como imbéciles, íbamos a abordar el tema para el que nos habían citado.
-Pero cuando estaba baja no te quejabas, ¿eh? Los dos o tres años que el tipo estaba bajo bien que los has disfrutado.
-Sí, pe-pero...
-Nada, hay que estar a las duras y a las maduras. Y ya has visto que de todas formas tienes una capacidad de ahorro considerable, ¡setecientos euros al mes!
-No estoy seguro de que eso...
-Por eso nuestra Entidad ha considera que es el momento de que penséis a largo plazo y contratéis en Los Niños Son El Futuro Dame Tu Dinero y Mira Como Huyo -vale, es posible que el plan no se llamara así. Es posible que me esté dejando llevar por el rencor. Que si me sobrara tiempo para mirar una tablet durante una hora lo dedicaría a ver La Promesa, no una aplicación diseñada por el primo tonto de alguien, no sé si me explico.
-Pero... vosotros no sois nuestro banco -atiné a decir-. Sería una cuenta nueva, una aplicación nueva... No sé si tengo el cuerpo para más aplicaciones.
-Bueno, si lo es por la aplicación, no te preocupes.
-¿Podré acceder desde la de mi banco?
-No, ¡pero la nuestra es del mismo color!
Bueno, pues ya está, hemos arreglado el capitalismo.

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06 noviembre 2023

El robo del abrigo

 Vaya por delante que todo esto es culpa de Patchgirl, porque cuando empezó el frío yo saqué el abrigo del armario de los abrigos, en el que mayormente hay disfraces, y la verdad es que olía un poco a guardado, pero como teletrabajo y solo salgo a la calle para ir de mi casa al colegio y del colegio a mi casa y siempre voy andando pues pensé: ya se irá aireando.
Y tanto que se estaba aireando, que por Madrid hemos tenido unos vientos que si pillan a Scarlet O'hara la película hubiera durado diez minutos en vez de tres horas. Lo que pasa es que tenía que irme a Sevilla con Patch y pensé: este abrigo no está lo bastante aireado para pasarse doce horas pegaíta a nadie, seis de ellas en Iryo que eso es como en una lata de sardinas con rueditas.
Así que un par de días antes lo lavé en la lavadora, que lo mismo estáis pensando: pero dónde vas so loca, metiendo el abrigo en la lavadora, pero es que era un abrigo de Primark que compré súper rebajado y me ha salido buenísimo, ya lo había metido en la lavadora un montón de veces, sale estupendo y se seca en un plis. 
Y para que se secara aún más rápido que un plis, lo puse en la barandilla de la terraza, que es donde más da el sol. Y lo pillé con dos pinzas. La experiencia me dice que con dos pinzas es más que suficiente. La experiencia no contaba con semejante vendaval. 
Así que el abrigo un minuto estaba en la terraza y al minuto siguiente no estaba.
-Mierdaaaaa...
La vecina de abajo tenía medio echado el toldo y no podía ver la acera, así que le dije a ZaraJota que bajara un momento a la calle, porque él estaba vestido y yo no. Y porque no estaba segura de, en un momento de despiste, haber recogido yo misma el abrigo y haberlo metido en la nevera o algo así.
Cosas más raras se han visto.
ZaraJota bajó a la calle a todo correr y no se encontró el abrigo en la acera. Ni en la calzada. Ni encima de ningún coche. Así que pensó: a lo mejor está debajo.
Así que se puso a mirar debajo de los coches en lo que vienen siendo cuatro patas y la mirada de las mil yardas porque en fin, el numerito por un abrigo de Primark que como mucho me costó diez euros, pero es que no sabéis lo cómodo que es. Era.
Bueno, pues estaba ZaraJota así en mitad de la calle cuando llegó la vecina y decidió interactuar con él porque tiene fama de ser el simpático de la familia:
-¿Qué ha pasado? ¿Se ha escapado el gato?
-No, el abrigo de mi mujer.
Y así fue como la vecina empezó a evitarle a él también.


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Se viene libro nuevo...





16 octubre 2023

Pipí wars

LAS PIPÍ WARS CONTINUAN.
Ya no sabemos qué hacer: el gato sigue haciéndose pis en el mismo punto exacto de la terraza, todos los días por la mañana. 
Nos recomendaron que echáramos vinagre de limpieza en la zona; se ve que es un olor que a los gatos no les gusta. Debe ser cierto, porque el gato se apresuró a cubrirlo con el olor de su propio pis.
Luego pensamos que a lo mejor quería que le cambiáramos el arenero de sitio, así que pusimos el arenero en el lugar preciso en el que se hacía pis; solo conseguimos que se hiciera pis donde antes había estado el arenero. El arenero volvió a su lugar.
Un día me harté del todo y recurrí a los métodos tradicionales: agarré al gato por el pescuezo, lo arrastré hasta la terraza y le froté los morros contra el pis.
Ojalá nunca lo hubiera hecho. Para empezar, está mal. Pero es que además el gato se lo tomó como una declaración de guerra en toda regla. Creo que decir que no le gustó se queda corto. Se quedó plantado en mitad de la terraza con una mirada fría y calculadora que no le había visto nunca. Le sostuve la mirada. Mi autoridad estaba en juego. El gato sostuvo la mía. Sin guiñar los ojos ni nada, como cuando está a punto de mullirme la teta. Mirándome fijamente, sin mover ni un bigote, levantó el culete y se hizo pis en el mismo sitio, con total frialdad, DESAFIÁNDOME. CON LA URETRA.
Después, sin hacer el menor amago de tapar sus cosas, se alejó sin dedicarme ni una mirada por encima del hombro.
Decidí entonces que la puerta de la terraza permanecería cerrada y que el gato no volvería a hacer pis sin supervisión. No conté con su astucia. El gato me pedía salir a hacer pis, PERO NO HACÍA PIS. Se tumbaba al sol un rato, olisqueaba las plantas, se lavaba meticulosamente, observaba una pelusilla... mientras yo iba contando los minutos: se me va a quemar la comida... voy a llegar tarde a por los niños... tengo... tengo... tengo que parpadear...
En cuanto me despistaba un segundo (porque salía humo del horno, por ejemplo) el gato, rápido como el rayo, se hacía pis en el suelo de nuevo. 
Aquello se me estaba escapando de las manos. Necesitaba una medida urgente, como la castración, lo que pasa es que como el gato ya está castrado no me quedaba nada que cortar. 
Así fue como, en un momento de desesperación, lo pillé haciéndose pis en la terraza y le arreé con el mocho en los morros mientras gritaba, totalmente demente, algo así como "QUE NO SE HACE PIS EN LA TERRAZA, QUE NO, QUE NO, PIS EN LA TERRAZA NO".
Después de aquello, seguramente por la impresión, el gato estuvo unos días sin hacerse pis en el arenero. Se podía intuir que estaba rumiando lo que había ocurrido pero ¿a qué conclusión llegaría? Fueron días de incertidumbre y miedo. El cubo de la fregona siempre estaba lleno y al lado de la terraza, por si acaso. El mimo universo parecía contener la respiración. Esa situación no podía durar mucho más, tarde o temprano l gato o yo tendríamos que mover ficha.
Así, una mañana, los niños vinieron a avisarme.
-Mami, el gato...
-¿Se ha vuelto a hacer pis en la terraza?
-No.
-Menos mal -pensé, saboreando mi triunfo de antemano.
-Pero se ha hecho UNA CACOTAAAAA...
La culpa es mía por no especificar.


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Todos mis libros aquí.



02 octubre 2023

La vuelta al cole


Septiembre siempre es un mes loquísimo.

Están los cumpleaños (el del niño, el de la niña, el mío); está la vuelta al cole; está el cambio de tiempo y el cambio de armario; está descubrir que los niños han crecido durante el verano y la del año anterior no les sirve y "cambio de armario" requiere "compra de armario"; están las reuniones con los nuevos tutores; están la recogida de los libros (bendito plan Accede); está reunir todo el material (maldito Lamela amarillo); está el trabajo, claro, y el otro trabajo; está el último Verkami y claro, como vi que me sobraba tiempo, me metí a organizar la TacitaCon.

Entonces fue cuando el gato empezó a hacerse pis fuera del cagadero. En una esquinita, justo al lado del cagadero. Pero fuera. Todas las mañanas. Todas. Las. Putas. Mañanas.

El primer día pensamos que le había dado un apretón y no le había dado tiempo, así que limpié el pis, recogí la cocina, preparé las meriendas de los niños, les recordé amablemente a gritos unas cincuenta veces que se pusieran los zapatos, cogieran las meriendas, los llevé al colegio, me fui a comprar material escolar o a recoger los libros o a comprar un pantalón de chándal o a preparar cajas para la TacitaCon, hice la comida, recogí a los niños, llevé a la nena a inglés, llevé los niños a casa, estuve toda la tarde trabajando y no le di más importancia. 

El segundo día pensamos que se nos había quedado la puerta de la terraza cerrada sin darnos cuenta, así que limpié el pis, recogí la cocina, preparé las meriendas de los niños, les recordé amablemente a gritos unas cincuenta veces que se pusieran los zapatos, cogieran las meriendas, los llevé al colegio, me fui a comprar material escolar o a recoger los libros o a comprar un pantalón de chándal o a preparar cajas para la TacitaCon, hice la comida, recogí a los niños, llevé a la nena a inglés, llevé los niños a casa, estuve toda la tarde trabajando y no le di más importancia. 

El tercer día pensamos que a lo mejor nos habíamos despistado y tenía el arenero sucio, así que limpié el pis, recogí la cocina, preparé las meriendas de los niños, les recordé amablemente a gritos unas cincuenta veces que se pusieran los zapatos, cogieran las meriendas, los llevé al colegio, me fui a comprar material escolar o a recoger los libros o a comprar un pantalón de chándal o a preparar cajas para la TacitaCon, hice la comida, recogí a los niños, llevé a la nena a inglés, llevé los niños a casa, estuve toda la tarde trabajando y no le di más importancia. 

El cuarto día pensamos que a lo mejor era una forma de llamar nuestra atención porque con el cambio de rutina septembrino le estábamos poniendo la comida un poco más tarde de lo normal, así que limpié el pis, recogí la cocina, preparé las meriendas de los niños, les recordé amablemente a gritos unas cincuenta veces que se pusieran los zapatos, cogieran las meriendas, los llevé al colegio, me fui a comprar material escolar o a recoger los libros o a comprar un pantalón de chándal o a preparar cajas para la TacitaCon, hice la comida, recogí a los niños, llevé a la nena a inglés, llevé los niños a casa, estuve toda la tarde trabajando y no le di más importancia. 

Dos semanas más tarde ya no sabía qué pensar. El puto bicho se había pis todos las mañanas, exactamente en el mismo sitio, exactamente a la misma hora, cuando el resto del día usaba el cagadero sin el menor problema. La puerta de la terraza estaba abierta toda la noche, el cagadero estaba limpio, le poníamos la comida a primerísima hora y aún así se seguía haciendo pis en la esquinita de la terraza. Y luego, nos avisaba para que lo limpiáramos. Y yo lo limpiaba. Y luego recogía la cocina, preparaba las meriendas de los niños, les recordaba amablemente a gritos unas cincuenta veces que se pusieran los zapatos, cogieran las meriendas, los llevaba al colegio, me iba a comprar material escolar o a recoger los libros o a comprar un pantalón de chándal o a preparar cajas para la TacitaCon, hacía la comida, recogía a los niños, llevaba a la nena a inglés, llevaba los niños a casa, estaba toda la tarde trabajando y me comía la cabeza pensando en qué coño le podía pasar al gato.

Hasta que lo busqué por internet. 

Ya, ya. Que parezco nueva. 

"Si su gato empieza a hacerse pis fuera de su arenero, puede deberse a que se encuentra estresado", decía la página web.

ESTRESADO. Que el gato estaba estresado. EL GATO.


O sea. 


El GATO.
-Que dice internet -le dice a ZaraJota- que a lo mejor se mea fuera por estrés.
-¿Por estrés? ¿Nuestro gato?
-Sí, bueno, a lo mejor la procesión va por dentro.
-¡Pues que vaya por dentro del arenero!


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El 14 de octubre estaremos en el increíble HULQ, ¡venirse!



18 septiembre 2023

El museo

Soy una persona a la que le pasan cosas.
Por ejemplo, un día me fui con los niños al Museo del Prado, que es un sitio que nos gusta mucho porque entramos gratis y tiene aire acondicionado es culturalmente muy estimulante. A Nena-chan le flipa y puede tirarse horas y horas. Nene-kun y mi espalda lo toleran exactamente una hora antes de empezar a quejarse, pero bueno.
Como siempre, nos bajamos en la parada de la puerta de Murillo, porque hace por lo menos veinte años que no se entra al Prado por ahí pero mi cerebro todavía no lo ha asimilado. Y en la parada hay unos asientos. Y en los asientos había un chaval presuntamente durmiendo la mona, yo no quiero juzgar a nadie pero vaya.
Como vivo en la tierra de la libertad, encontrarse borrachos inconscientes por la calle no me llama mucho la atención. Lo que pasa es que este era un chico muy joven, muy bien vestido, muy limpio. Y era un martes a las 10 de la mañana. En el Paseo del Prado.
Me acerqué al chico y le pregunté: ¿Estás bien?
El chico no reaccionó.
Le toqué el brazo.
Ni se movió.
-Déjale que la duerma -me dijo una señora. Porque esta es una parada por la que pasan muchos autobuses y mucha gente, y en ese momento había mucha gente. Todos a lo suyo, por cierto.
Que yo podía haber pasado también, la verdad, pero es que era un chico muy joven. 
Y soy madre y eso. 
Y más vieja que el tapón de rosca, y por eso me acordaba del hijo de la diputada que murió en las escaleras del metro porque los vigilantes pensaron que estaba borracho y no.
-No se despierta, mami.
-Vamos a la puerta de Velázquez, que ahí siempre hay un coche de policía.
El coche estaba a dos minutos andando y pensé que podría liberar mi conciencia con facilidad. 
Pero no.
El coche de policía estaba vacío.
-A lo mejor han salido a desayunar... -dije con poca convicción. Los cristales estaban cubiertos de polvo, como si el coche llevara ahí mucho tiempo sin moverse, en mitad de la acera.
-¿Crees que volverán?
Intenté hacer memoria. El coche de policía siempre está ahí, pero no conseguía recordar si alguna vez había visto a los policías. Seguramente sí, ¿no? O sea, la policía no dejaría un coche allí parado en mitad del Paseo del Prado solo como atrezzo, ¿no?
-A lo mejor están en la puerta de Goya.
La puerta de Goya está al otro extremo.
Ir y volver, con los dos niños, suponiendo que de verdad hubiera algún policía...
¿Se haría cargo del chico la seguridad del museo?
No lo creía.
-Vamos.
Mientras volvíamos a la parada, llamé al 112. Les dije lo que pasaba y fueron muy amables.
-¿Ha intentado usted despertarle? -me dijeron.
-Sí, claro, le he dado en el hombro.
-No, no. Despertarle de verdad. Vaya al lado del chico y grítele que yo lo oiga.
Y eso hice.
-¡¡¡EEEEEEEH!!! ¡¡¡DESPIERTAAAAA!!!
-Más alto, que yo la oiga bien.
-¡¡¡¡DESPIERTA!!!!
-Y dele bien en el brazo mientras le grita.
-¡¡¡DESPIERTAAAAAAAAA!!! -grité a todo pulmón mientras le sacudía el brazo y pensaba que como a la policía le diera por aparecer iba a acabar detenida por desorden público, agresión y estupidez extrema, porque al mismo tiempo se lo iba contando al 112.
El chico se empezó a mover, pero no podía ni abrir los ojos.
Me pareció que tenía tremendísima presunta tajada, pero también podía ser un golpe de calor, yo qué sé. 
El 112 me dijo que me mandaba una ambulancia.
-Vamos a esperar a la ambulancia -les dije a mis niños, porque recordemos que mis niños estaban ahí, tan tranquilos, como si me vieran agredir a chicos inconscientes en las paradas del bus todos los días. 
El chico se iba espabilando. Era capaz de mantenerse más o menos despierto mientras le hablábamos, pero en cuando parábamos un minuto se volvía a cuajar.
Así que lo dimos todo, que por algo somos tímidos a la gente.
Primero averiguamos de dónde era y en qué idioma le podíamos hablar, que no fue fácil porque al principio le costaba hablar. Para mantener su anonimato diremos que era nórdico y que, presunta tajada aparte, hablaba muy buen inglés, casi BBC English.
El siguiente problema fue retenerlo, porque decía que no necesitaba una ambulancia para nada y intentó irse un par de veces, pero en cuanto daba un par de pasos se daba cuenta de que a lo mejor no estaba en condiciones y se volvía a sentar.
-¿Has venido con algún amigo?  -le pregunté. Mi inglés no es tan bueno pero estoy acostumbrada a usarlo con gente que no se expresa bien-. ¿Quieres llamar a alguien?
Le habían robado el móvil y la cartera, pero decía que podía acordarse del teléfono de algún amigo.
A mí no me gusta dudar de nadie, pero yo no me sé el teléfono de mi marido y llevamos quince años juntos, como para acordarse del teléfono de un colega cuando uno está con tremenda tostada, pero bueno. Le presté mi móvil.
Que para que yo suelte mi móvil tiene que estar la cosa muy mala, ¿eh?
Y a lo mejor lo mismo el chico agarraba el móvil y salía corrien... bueno, a lo mejor no corriendo, huyendo lentamente. 
Pero no.
El chico intentó llamar un par de veces antes de rendirse: no se acordaba del teléfono completo de nadie. 
-¿Y en el hotel? ¿Estarán en el hotel?
Que vaya mierda de amigos si estaban en el hotel tan tranquilos, pero eso no se lo dije.
Me dijo el nombre del hotel, pero no se acordaba del número exacto de la habitación.
Así que llamé al hotel y dije: 
-Necesito hablar con la habitación XXX.
-No tenemos ninguna habitación XXX.
-¿Y XXY?
-No.
-¿Podría ser la XYY?
-Señora, por favor...
La ambulancia seguía sin aparecer y yo ya acumulaba presuntos cargos de agresión, escándalo público y stalking en hotel, así que colgué.
-¡YYY! -dijo entonces el chico-. ¡La habitación es la YYY!
Volví a llamar al hotel y me pasaran la habitación cuyos huéspedes, presuntamente, estaban en estado similar al de su amigo. O peor. No se enteraron de nada de lo que les dije y acabé colgando porque, precisamente en ese momento apareció la ambulancia. 
A la parada de autobuses del otro lado de la calle.
La ambulancia se paró ahí. Y ahí se quedó.
-Esto no puede estar pasando.
-¿Por qué se paran ahí, mami?
-No sé, irán a cruzar ahora.
El chico se había espabilado ya lo suficiente como para admitir que a lo mejor sí necesitaba atención medida y disculparse.
-Señora, no me juzgue por lo que está viendo, yo no soy así.
-Claro que no.
Es curioso lo benevolente que puede llegar a ser una con los hijos ajenos, pensaba para mis adentros.
-No bebí tanto, creo que me han echado drogas en la bebida.
-Claro, claro, no te preocupes.
Si soy tu madre te reviento, pensaba para mis adentros.
-Normalmente soy muy buen chico.
-Seguro que sí.
Tu pobre madre, el disgusto que se va a llevar, es que ya te vale...
Entonces me llamó el SAMUR. Que la ambulancia estaba en la parada del autobús y no me veía.
-Porque estoy al otro lado.
-¿Cómo que al otro lado?
-En la acera de enfrente. En lo que viene siendo el Museo del Prado.
-Pues no la ven, ¿no puede hacerle señales o algo?
-PERO CÓMO LES VOY A HACER SEÑALES, SI HAY SEIS CARRILES CON UN BULEVAR EN MEDIO.
-Pues acérquese a donde están y les avisa.
No me lo puedo creer. No puedo. 
-Está bien.
Colgué y les dije a los niños que se quedaran con el chico y no pararan de hablarle para que se mantuviera consciente. Diez y siete años, tenían.
Voy a repetir que es una parada muy transitada, que no paró de pasar gente por ahí y en una hora absolutamente nadie se interesó por la situación.
Pero no pasa nada, porque si para algo han nacido mis hijos es para hablar sin parar. Con quien sea, de lo que sea y en el idioma que sea.
Los dejé solos y me fui para el paso de peatones, que además es de esos con pulsador porque claro, en el Paseo el Prado casi no hay peatones, para qué vamos a poner un semáforo en rojo sin necesidad.
Mientras se ponía en verde para los peatones, yo no paraba de mirar de reojo a la parada. Agresión, escándalo público, stalking y abandono de menores. Menuda mañanita.
Por suerte llevaba un vestido... discreto, y entonces el conductor de la ambulancia me vio.
Volví a la parada del autobús a todo correr. Mis hijos seguían allí, sin parar de hablar y seguramente agravando la resaca del chico hasta niveles insospechados. 
Tortura, me dije.
Agresión, escándalo público, stalking, abandono de menores y ahora tortura. Una vez que te adentras en la senda del crimen ya es un no parar.
Por fin la ambulancia se paró ante nosotros, se bajaron dos señores totalmente mazados, o sea, qué desayuna el SAMUR, que lo digan o compartan.
Les expliqué la situación y me ofrecí a traducir, pero me dijeron que ya se ocupaban y que me dio la sensación como de que se me querían quitar de encima un poquito, y eso que ni me conocían de nada, y eso me pareció fatal porque me quedé sin saber si el chico se ponía bien y conseguía volver al hotel y si planeaba presentar cargos contra mí, sobre todo.
Los niños y yo nos alejamos lentamente, en dirección al museo.
Entonces fue cuando mi cerebro se puso al día y me di cuenta de lo que había hecho. 
¿Cómo puedo ser tan tonta?
¿Y si el chico hubiera reaccionado con violencia?
¿Y si le hubiera hecho daño a los niños?
¿Y si, de hecho, era un secuestrador de niños y había fingido todo ese número para llevarse a los míos?
HABÍA DEJADO A MIS HIJOS SOLOS CON UN PRESUNTO SECUESTRADOR.
LOS HABÍA DEJADO SOLOS EN EN PASEO DEL PRADO.
LOS HABÍA DEJADO SOLOS CON UN HOMBRE TOTALMENTE BORRACHO.
Podía haber pasado cualquier cosa.
Les podía haber vomitado encima. 
Peor, me podía haber vomitado encima a mí, que llevaba unos zapatos monísimos.
Mi cerebro había entrado en una espiral de pánico que se movía cada vez más rápido, hasta que me interrumpió la vocecita de Nene-kun.
-¿Sabes lo mejor de haber llamado a la ambulancia?
Me enternecí, la verdad.
-¿Que hemos hecho una buena obra y a lo mejor salvado una vida?
-No, que como hemos perdido tanto tiempo solo podremos estar un rato viendo cuadros.
Así visto, ha sido una jugada maestra.

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