18 marzo 2024

La bacteria

 He estado malita. 
Francamente, muy malita.
Me lo he buscado sola, la verdad.
Empecé este verano con dolor de estómago intermitente. Luego era permanente. Luego tuve que empezar a dormir sentada. Luego empezó el dolor en el pecho, como si me lo atravesaran con una lanza.
Luego empezaron los ataques en los que parecía que alguien me cogía el corazón y lo apretara como una pelota antiestrés.
-Esto va a ser una bacteria -me dijo el médico.
Pues menudos brazacos debe tener, pensé. 
Luego, en vísperas de navidad, la niña se hizo un esguince. En algún momento de las cinco horas que estuvo esperando en urgencias porque tenemos libertad, pero no pediatras, se trajo a casa una gripe, covid, ébola, yo qué sé. Ni siquiera nos hicimos la prueba: nos encerramos en casa y ya está.
Debió ser más o menos por entonces cuando cogí la costumbre de dejar de respirar. Por las risas.
Estaba tan bien y de pronto -zas- la supuesta bacteria con brazacos me cerraba la laringe y a tomar viento.
Pero yo a lo mío porque no me parecía para tanto.
Quizá esto os sorprenda, pero fingir que un problema de salud no existe, por lo que sea, no lo hace desaparecer.
Mi sistema habitual de huida hacia adelante (¡montemos un verkami! ¡montemos una Tacitacom! ¡montemos otro verkami! ¡creo que voy a coger un segundo trabajo! ¡montemos una Tietera!, no fue suficiente.
Y las preocupaciones, que las tengo muchas y muy variadas, me dieron la puntilla definitiva.
El caso es que acabé en el hospital.
No tengo un recuerdo muy claro de todo el proceso, aparte de que el café estaba extrañamente bueno, de que alguien me ayudó a darme una ducha con una esponja autojabonosa, de que alguna enfermera me dio de extranjis una manta extra porque tenía frío y al parecer "solo tenía derecho a una" y de que llevaba un aparato en el dedo con un cable que no estaba enchufado a ninguna parte, que acabé quitándome y nadie echó de menos. 
Lo que sí recuerdo es que mientras estaba en boxes había un tío al fondo, fuera de mi vista, que no paraba de gritar que se quería ir a casa.
-¡Me quiero ir a mi casa! ¡Yo me voy! ¡Me quiero ir a mi casa! 
A mí me dolía la cabeza como si me fuera a explotar y le hubiera dado mi bendición para que se largara con mucho gusto, pero las enfermeras tenían sus propias opiniones y le iban explicando con mucha paciencia que no podía irse todavía.
Llevaban así un par de horas cuando vi pasar por mi lado a un tío con chándal, que iba hacia la salida con mucha decisión.
-¿A dónde vas? -le preguntó una enfermera.
-A mi casa. He dicho que me voy y me voy.
-No puedes irte a casa -la enfermera del pasillo miró a la enfermera del mostrador y yo no sé si apretó un botón o qué pero empezaron a aparecer seguratas de la nada.
De la nada.
Porque dinero para médicos no hay porque tenemos libertad, pero dinero para concesiones privadas hay todo el que quieras.
El paciente a la fuga y los seguratas empezaron un rifirrafe que acabó con el paciente en el suelo y tres seguratas apilados encima como en el Twister.
-¿Por qué me hacéis estooooo? -preguntaba el paciente.
-Porque has dicho que te quieres ir.
-¡Pero se lo he dicho a las enfermeraaas, no a vosotroooos!
Que ahí le doy la razón a él, por qué se meten si no es asunto suyo, vamos a ver. 
En ese momento los seguratas se dieron cuenta de que a lo mejor estaban dando una imagen un tanto negativa. Con la buena imagen que tienen los seguratas de toda la vida.
Entonces empezaron a gritar:
-¡LOS BIOMBOOOOS! ¡PONED LOS BIOMBOOOOOOS! ¡QUE NO SE LE VEAAAA!
Que era un poco: verse no sé, pero oírse se ha oído ya hasta en el Zendal, y mira que está lejos porque la libertad es así, para que el que tenga coche de empresa con chófer.
Las enfermeras rodearon la torre de seguratas con cuatro biombos que cogieron de donde primero pillaron, esto es: de las separaciones de boxes. Ahora ya no veíamos al señor que se quería ir pero veíamos más de lo que hubiéramos deseado de los demás. 
Que los camisones de los hospitales tienen muy mala baba.
En medio de aquel desaguisado, apareció mi médico.
-¿Qué tal? -preguntó.
-Estupefacta.
-¿Quieres irte a casa?
-¡NONONONONO! -contesté.
Que ya he visto lo que pasa. 


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Es romántico, tierno y agridulce, un recuerdo de un Madrid que ya no existe.












 


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