26 abril 2021

Relajadita



Empiezo a estar un poco harta de los hipopresivos. 
A ver, que tienen muchas ventajas; por ejemplo, la de no hacerte pis encima cuando estornudas, que es una cosa que está muy bien. 
Pero también tienen muchos inconvenientes como, por ejemplo, lo de hacer ejercicio y eso. 
Si no sois madres, quizá os estéis preguntando que es eso de los hipopresivos. Yo también me lo pregunto, porque estaba convencida de que eran ejercicios para el piticlón (chichimnasia) pero en clase suele haber señores que yo juraría que piticlín, lo que se dice piticlín, no tienen, aunque en estos tiempos nunca se sabe.
Quizá debería preguntar aunque, por otra parte, quizá lo mejor sea que me calle, porque ya me miran bastante raro desde el día que me dio un ataque de tos, acabé mareándome y cayéndome al suelo y tuvo que venir ZaraJota (con los dos niños en bañador a rastras) a rescatarme porque no me podía levantar y por las medidas anticovid el monitor no se podía acercar a ayudarme.
O eso dijo, claro.
Los hipopresivos son una cosa muy tonta, porque básicamente consisten en tumbarse en el suelo y respirar pero con dolor. Por todas partes. Que cualquiera diría que el dolor tendría que centrarse en el pecho o, como mucho, en el piticlín (que también), pero es que he llegado a tener agujetas en los dedos de los pies. 
LOS DEDOS DE LOS PIES.
Que yo no sabía ni que teníamos músculos ahí, pero ahora lo tengo clarísimo.
-El problema -me dijo el monitor- es que tienes que ser más constante. 
-Es que solo puedo venir un día a la semana, y a veces ni eso.
-Lo ideal es que vengas a dos sesiones a la semana, como mínimo.
-Puedo hacer dos sesiones el mismo día. 
-Eso no es lo que...
-¿Cómo es la clase de antes? -le pregunté. Que era un pregunta retórica, porque yo ya me había fijado en que las que salían de clase eran un 99% viej...ancianas y que salían como muy frescas, así que ya me imaginaba que la clase no era de alto impacto, precisamente.
-Bastante tranquila.
-¿Será demasiado para mí hacer las dos clases seguidas?
-No, claro que no. Es muy relajadita. De hecho, quizá te venga hasta bien.
-Genial.
El problema, es que no pregunté genial para qué
La semana siguiente, comprobé que me venía genial para, por ejemplo, experimentar un bonito paroxismo de dolor cercano a la muerte mientras las viej...ancianas, sin despeinarse los cardados, hacían cosas como sostenerse en equilibrio perfecto sobre tres dedos (dos de las manos y uno de los pies). Que ya me dirás para qué necesita una viej...anciana semejante virtuosismo, con lo a gusto que estarían en sus casas viendo a Ana Rosa Quintana.
El caso es que la clase "relajadita" resultó ser una clase de pilates+core con cinco minutos de relajación al final, que para cuando llegamos ahí yo no necesitaba relajarme, sino reanimación urgente, pero bueno. Cuando por fin escapé de allí, congratulándome por no haberme dormido mientras supuestamente estábamos meditando, me arrastré hasta la siguiente clase.
-¿Cómo lo llevas? -me preguntó el monitor.
-Perfectamente -le dije, porque las viej...ancianas estaban detrás y todos sabemos que se alimentan del miedo y la debilidad ajenas. Por eso les gusta tanto el descafeinado de bote, obviamente-. Pero creo que la semana que viene probaré algo que sea más de mi estilo.
-¿Cómo qué?
-No sé. ¿Tenéis alguna actividad en la que pueda estar sentada y mirando el móvil?
-Claro que sí -me dijo-. Está en la planta baja, justo donde pone "cafetería". 
Creo que ya he encontrado mi deporte favorito.

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¡Gracias por tu apoyo!




19 abril 2021

Benditos errores

 

Hace un par de semanas, en uno de esos días sin cole que han puesto totalmente al azar este año, agarré a los niños por los pelos (es un decir) y me los llevé al jardín botánico, que es una cosa de echar muchas horas gastando poco dinero, y eso siempre está bien.
Hacía un día estupendo, los tulipanes estaban a rabiar de bonitos y el nivel de instagramers por metro cuadrado era tolerable. 
A los niños les flipó, como cada vez que vamos, sea invierno, verano o primavera, y eso que algunas partes todavía estaban cerradas por los daños del temporal Filomena, que es que no nos privamos de nada, la madre que nos parió. 
Dimos un paseo, Nena-chan leyó todos los carteles (TODOS. LOS. FRUTOS. CARTELES),  Nene-kun se asomó a todas las fuentes (TODAS. LAS. FRUTAS. FUENTES) para ver si había peces. 
Y al final acabamos en el Pabellón y ocurrió lo inevitable.
-Mamá, vamos a entrar a la tienda.
-No. 
-Porfiii...
-No hemos venido aquí a comprar nada. 
-¡Sólo queremos ver! ¡Te prometemos que no pediremos nada!
-Siempre decís eso y luego no es verdad. 
-Porfiii...
-He dicho que no y es que no, y se acabó la discusión -dije, poniendo cara de madre. Lo que pasa es que con la mascarilla la cara de madre como que pierde poderes. 
Así que entramos en la tienda, claro.
Si alguna vez vais al botánico, os desaconsejo vivamente entrar en la tienda. O sea: TODO ES BONITO. Las cerámicas son como para morirse de bonitez allí mismo. Y los pañuelos. Y no digo nada de los libros...
-Mamá, ¿nos compras este libro?
-He dicho que no os iba a comprar nada.
-Pero es que es MUY CHULO, mira...
-He dicho que... uy, este lo tienen en La Sombra.


Que no es que lo haya mirado unas cien veces para comprarlo y lo haya acabado dejando porque hemos pasado una racha achuchá ni nada de eso, vaya. 
-Pues vamos a La Sombra y nos lo compras.
-¡De eso nada!
-¡Si está aquí al lado! Porfiii, mamá...
-He dicho que no y es que no. Además, ya os dije que no os iba a comprar nada.
-Lo que dijiste fue que no ibas a comprarnos nada aquí.
Ya está, ya me liaron. 

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Todos mis libros (y muchos más) en La Sombra (Madrid), La Casa Tomada (Sevilla) y Lektu (online).
Recordad que el próximo día 23 es el día del libro y las librerías tienen descuentos, promociones y cosas de esas. 

12 abril 2021

Somos la leche

Ser cajera de supermercado es como ser marine: puede que dejes el cuerpo, pero el cuerpo no te deja a ti.
Hace casi quince años qué barbaridad, qué vieja soy que dejé de ser cajera y es que no falla: cada vez que que voy al súper me viene algún viej... anciano a preguntarme alguna cosa. Que a veces hasta tiene que ver con la compra que está haciendo, no digo que no. 
Pues hace unos días estaba yo tan tranquila haciendo la compra cuando se me acercó un viej... anciano y me dijo:
-Niña, ¿dónde está la leche?
La leche estaba ahí mismo. En plan, AHÍ MISMO.
O sea, que aunque seas ZaraJota, que sólo sabe llegar a casa de la madre de Patch, serías capaz de ver la leche. Por que es que además la leche es... bueno, grande. Tipo: ocupar dos o tres palés alegremente, así de grande. 
-¿Ahí? -le dije. 
El señor miró hacia donde yo señalaba, es decir, miró los tres palés de leche y me volvió a mirar, muy enfadado.
-¡No! ¡La leche!
-Eh... está ahí mismo.
-No la veo.
Iba a coger al señor de la manita y acompañarlo tres pasos más allá, dónde estaba mismamente la leche, pero con esto del coronavirus no me pareció adecuado. Así que volví a señalar y dije, muy despacio: 
-Está ahí mismo.
-¡Cómo que está ahí mismo! Señorita, ¿me está tomando el pelo?
A mí no me pasó desapercibido que en cuestión de minutos había pasado de "niña" a "señorita" y empecé a plantearme cuánto tiempo tenía que pasar para que acabara llamándome "señoría" o incluso "su majestad". 
-Pero es que está ahí...
El señor empezó a gritarme toda clase de cosas. Para mi decepción, ninguna de ellas era "su majestad". Con tanto escándalo, el seguridad del supermercado no tardó en aparecer. 
-¿Qué está pasando aquí?
Vi que el viej... anciano tomaba aire y pensé: como no intervenga pronto ya no voy a poder intervenir. Así que puse la mejor de mis sonrisas (que se perdió detrás de la mascarilla, claro), y dije: 
-Aquí el señor, que no ve una leche -y me entró la risa floja. Es que no lo puedo evitar, me hago mucha gracia a mí misma. Probablemente a nadie más, ojo, pero por algún lado hay que empezar.
-La señorita, que le he preguntado dónde está la leche y se ha puesto a tomarme el pelo.
El seguridad me miró y yo intenté poner cara de inocente pero las cosas como son: después de haberme descojonado en su cara por la chorrada que yo misma había dicho había perdido toda la credibilidad.
Me miró de arriba abajo, probablemente decidiendo si merecía la pena llamar a la policía del humor o qué, y se volvió al viej... anciano.
-Yo le acompaño. 
Acompañó el señor hasta que prácticamente podía tocar la leche con la nariz (bueno, con la mascarilla).
-Aquí está.
El señor miró los palés de leche, miró al seguridad, miró a la leche, miró al de seguridad, y cuando ya parecía que se le iba a desenroscar la cabeza con tanto giro dijo:
-Oiga, es que lo que yo estoy buscando son los huevos.
El seguridad me miró desde lejos en plan: hasta los huevos es como me tenéis los dos y yo me apresuré a poner cara de que no conocía al viej... anciano de nada, que la verdad es que con la mascarilla puesta y las gafas empañadas me quedó tirando a regular. 
Le explicó al viej... anciano dónde podía encontrar los huevos, y el anciano partió en esa dirección.
Entonces se acercó una de las cajeras. 
-¿Que ha pasado? -le preguntó al seguridad.
-El viejo ese, que tenía ganas de tocar los huevos. 
Claro, si hago chistes yo mal, pero el seguridad que haga los que quiera.


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Todos mis libros, todas mis aventuras en La Sombra, La Casa Tomada y Lektu.

05 abril 2021

Los filetes empanaos


 
No sé si os habéis dado cuenta pero ha sido semana santa, lo que no tengo claro es si la hemos salvado o no porque desde luego estoy como para pillarme otros cuatro días libres.
El caso es que vivo en Madrid, y Madrid es España pero el resto de España no lo sabe porque fue llegar semana santa y se cerraron perimetralmente en plan mira que os queremos mucho pero ya si eso os quedáis en vuestras casas.
El problema es que los madrileños lo de quedarse en su casa lo llevan regular tirando a mal, sobre todo cuando sale el sol un poquitillo. Y claro, Madrid en el fondo es muy pequeña. Y los madrileños son muchos. Y cuando se echan todos a la calle a la vez pues... bueno.
Desde el principio, ZaraJota y yo pensamos que nuestro plan para semana santa sería "Agáchense y cúbranse": vaya, que nos meteríamos en casa y aguantaríamos el tirón.
El problema era que le había prometido a los niños que si sacaban buenas notas les llevaría al zoo, pero no a dejarlos allí, ojo, y claro, se ve que las promesas a los hijos hay que cumplirlas, sobre todo si hay buenas notas de por medio, porque si no como que se desmotivan y eso.
-No pasa nada -le dije a ZaraJota-, vamos el lunes a primera hora, que habrá menos gente.
Así que el martes casi a la hora de comer nos montamos en el coche ZaraJota, los niños, el mantel de cuadros y los filetes empanaos y enfilamos al zoo.
Bueno, "enfilar" quizá sea un término un tanto exagerado porque ZaraJota sólo sabe ir a casa de la madre de Patch y la madre de Patch, dejémoslo claro, no vive en el zoo. Así que en vez de hacer el camino habitual, que es básicamente tirar toparriba hasta Oporto y luego a la derecha, ZaraJota decidió internarse en el mágico mundo de las inmediaciones de la pradera de San Isidro y dimos más vueltas que cuando cambian la disposición del súper y necesitas urgentemente papel higiénico.
Para cuando llegamos al zoo yo ya me estaba arrepintiendo de haber metido el tupper de los filetes empanaos en el maletero, con lo a gusto que me habría pimplado un par o veinticinco en ese momento. Hacía un día estupendo y la Casa de Campo estaba de bote en bote; yo no sé cuánta gente habría allí pero aquello era un no parar, y por supuesto no había aparcamiento ni en el fondo del lago.
-¿Volvemos otro día? -les pregunté a los niños.
-NOOO... 
-¡Nos lo prometiste!
ZaraJota, que estaba dando la enésima vuelta al aparcamiento, suspiró.
La alergia, supongo.
-Podemos ir a Faunia, que siempre está más vacío -dijo.
Para entonces los filetes empanaos llevaban una hora en el maletero a unos 20º y en el coche olía que aquello era un crimen y yo lo único que quería era ponerme a comer filetes como si no hubiera un mañana, pero una promesa es una promesa, sobre todo si hay buenas notas de por medio. 
-Vale. 
El problema es que la madre de Patch tampoco vive en Faunia y claro, así ZaraJota no puede llegar. Y eso que a estas alturas hasta yo sé que vas hasta plaza Elíptica, que es que casi se ve desde mi ventana, giras a la derecha y sigues hasta que ves los carteles.
El caso es que ZaraJota decidió ir a Faunia por la ruta pintoresca y dimos más vueltas que el que se perdió en la isla, que de verdad no sé si es que ese día había más rotondas de lo normal o es que las recorrimos todas varias veces; el caso es que para cuando por fin avistamos Faunia a lo lejos yo ya estaba que me hubiera comido los filetes empanaos, sin empanar, crudos y hasta el pollo sin sacrificar.
-Mira -dijo ZaraJota-, lo que te decía: hay sitio de sobra en el aparcamiento.
Estábamos a punto de cruzar la barrera y parecía que por fin iba a comerme mis filetes empanaos cuando oímos un ruidito como BRUUUUUUAGH en el asiento trasero.
Pensé que Nena-chan había gomitado, porque Nena-chan es muy de gomitar en el coche. Además, Nene-kun hacía rato que se había quedado dormido con la mascarilla puesta y todo. Pero cuando me volví para mirar resultó que me equivocaba en todo, bueno, en todo no: Nene-kun seguía con la mascarilla puesta. Eso sí, el gomito se le escapaba por los lados de una forma que me hizo sospechar que la susodicha ya no estaba cumpliendo su función higiénica reglamentaria.
-AAAAARGGG.
-¿Ha vomitado la nena? -preguntó ZaraJota.
-No. 
-¿Entonces qué?
Obsérvese que ni se le pasó por la cabeza que hubiera potado el niño porque en esta familia cada uno tiene una función: por ejemplo, yo quemo cosas. ZaraJota mira mal. Y Nena-chan gomita.
-¡El niño, el niño! -dije.
-¿Qué le pasa?
-Estoy susio -intervino Nene-kun, que tiene claras sus prioridades y se miraba las manos como si no se acabara de creer lo que veía. Yo no sabía ni qué hacer porque, al tener la mascarilla puesta y estar dormido con la boca abierta, todo aquello había salido a propulsión hacia abajo y hacia arriba. Que hacía abajo todavía tenía solución porque se le cambia la ropa y ya, pero por arriba el pelo se le había empapado hasta la nuca y eso ya como que era más complicado de arreglar.
-¿Aparco en un ladito? -preguntó ZaraJota.
-¿Para huir? 
-Para limpiarlo.
-PERO CÓMO VAMOS A LIMPIAR ESTO, QUE HE TRAÍDO FILETES EMPANAOS, NO UNA MANGUERA.
-¿Nos volvemos a casa?
-Sí -dijo Nene-kun, que en ese momento pareció pensar que las promesas están muy bien, sobe todo si hay buenas notas de por medio, pero no tener una costra de vómito en el pelo está mucho mejor. 
ZaraJota puso rumbo a casa. Más o menos porque, esto os va a sorprender, ZaraJota sólo sabe ir a casa de la madre de Patch y, esto os va a sorprender más aún, la madre de Patch no vive en mi casa. Que lo mismo no habría ido mejor si hubiéramos tirado directamente a la casa de la madre de Patch a bañar al niño y luego ya para nuestra casa si eso, no digo yo que no.
Así fue como, unas tres horas después de haber salido, volvimos a casa sin haber pisado el zoo ni haber tocado los filetes empanaos, que era lo que más me dolía, con una niña totalmente dormida, un niño empapado en fluidos corporales y un tupper de filetes empanados sin tocar.
Así que subimos a casa y metimos al niño con ropa y todo en la bañera y cuando lo saqué de allí, medio turulato todavía de la impresión, me encontré a la nena, que empezaba a reaccionar.
-Pero mamá -me dijo-, ¿no íbamos al zoo?
-Sí, pero ya no.
-Jooo, ¿por qué?
-Por la madre de Patch, que vive donde le da la gana. 




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Todos mis libros, en la librería La Sombra (Madrid), la Casa Tomada (Sevilla) y Lektu.

22 marzo 2021

Chichifresco

Hace un par de semanas o así salí a la calle en marga corta porque hacía un sol maravilloso. 
Por desgracia para mí, también hacía un viento maravilloso y una maravillosa temperatura de unos 12º, pero como llegaba tarde a la depilación láser y además la clínica está aquí al lado me dije que no importaba.
Cambié súbitamente de opinión cuando llegué a la clínica, ya con una ligera hipotermia, y me acordé de que entre los protocolos covid y los rayos láser siempre tienen que tener la sala bien fresquita y muy ventilada. Para cuando me despeloté y me pusieron hielo en mis partes sensibles yo ya estaba como el mamut que se encontraron en Siberia. 
Eso sí, no me dolió nada de nada.
El caso es que, sin motivo aparente, al día siguiente tenía febrícula y dolor de garganta.
-Esto va a ser alergia -le dije a ZaraJota. 
ZaraJota puso los ojos en blanco y suspiró, probablemente porque está con alergia también.
La cuestión es que al día siguiente Nene-kun amaneció también con fiebre, dolor de garganta y los ojitos vidriosos. Ahí ya me empecé a preocupar más.
Porque tenía que trabajar y eso y la verdad es que desde enero entre Filomena y los confinamientos varios he dado algo así como tres horas de trabajo, pero bueno.
El niño en sí me preocupaba cero porque he estudiado Medicina en la Universidad de la Vida y sé que si un niño tiene energía para saltar en el sofá al ritmo de la Patrulla Canina es que no está en riesgo de muerte inmediato.
A no ser que se caiga y se abra la cabeza, vaya. 
El caso es que con el protocolo covid, si un hermano tiene "síntomas" el resto no pueden ir al cole, así que me vi con los dos niños en casa otra vez y me entró un telele otra vez. 
Por suerte en el centro médico nos atendieron (telefónicamente) esa misma mañana.
-¿Qué síntomas tiene el niño? -preguntaron.
-Febrícula y dolor de garganta.
-¿Hay alguien más en la familia que tenga síntomas?
-Sí, yo, pero...
-¿Has notado dolor de espalda o de articulaciones?
Llevo colechando desde 2012. Para mí que la pregunta era un poco superflua.
-Sí, pero...
-¿Mareos?
No tengo tensión. Así os lo digo.
-Sí, pero...
-Pues ven que te hacemos una PCR. 
-¿Y el niño?
Porque si caigo yo CAEMOS TODOS.
-Cuando le llame su pediatra.
-¿Y no puedo ir yo cuando llame el pediatra?
-Lorz, por favor, madura
Así que, convenientemente abrigada, me fui a hacerme mi segunda PCR.
Debo decir que desde octubre pasado hasta ahora las cosas han mejorado mucho y está todo mucho mejor organizado; en el ambulatorio han montado un triaje donde separan a los sospechosos covid de lo que no, y a los sospechosos se les hace PCR, medición de oxígeno, tensión y electro así, del tirón; para cuando terminas de pasar por la cadena de montaje ya tienes el resultado de la PCR y sabes si tienes covid o cualquier otra cosa que nadie se molesta en diagnosticar porque es 2021 y solo existen dos posibilidades: o tienes covid o no lo tienes. 
Y punto. 
El caso es que por la tarde le tocó a nene-kun, que en principio se negaba a hacerse "un APCR" y acabó siendo súper valiente. 
Los dos dimos negativo y nos pusimos muy contentos, sobre todo yo, que podría librarme de ambos niños el siguiente día lectivo y con suerte trabajar más de cinco minutos seguidos.
-Mañana -le dije al niño-, le tenemos que contar a la seño lo valiente que has sido.
-Sí.
Nene-kun es que es de pocas palabras. 
-¿Le vas a contar a todos tus amiguitos qué te han hecho?
-Sí.
-A ver: cuéntame lo que les vas a decir.
-Pues que me han hecho un APCR para ponerme coronavirus.
Creo que vamos a tener que trabajar un poco en esa versión de los hechos. 



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Hoy lunes a las 11:54 se acaba el plazo para participar en el verkami de Crónicas Funestas.
El libro lo he escrito yo, así que mi opción sobre el mismo es un poco parcial.
Lo que sí os puedo decir que los diseños de Laura S. Maquilón para la bolsa y las tazas y las ilustraciones de Gisselle Anderson para el libro son fantasía pura.
Venirse y apuntarse antes de que sea demasiado tarde.









15 marzo 2021

Una semana

 


Es hecho universalmente conocido que en el preciso instante en que termina el tiempo para participar en una campaña de crowdfunding, el creador de la misma recibe media docena de correos electrónicos con asunto: QUIERO PARTICIPAR EN EL VERKAMI Y NO ME DEJA, o bien QUIERO PARTICIPAR EN EL VERKAMI Y SE ME HA PASADO EL PLAZO, o bien ME HUBIERA GUSTADO PARTICIPAR PERO NO AVISASTE. 
En serio. 
Llevo ya unos cuantos crowdfunding a mis espaldas (para mí o para otros) y pasa cada vez. Cada vez.
Y me he jurado que esta vez no.
NADIE SE QUEDA ATRÁS EN MI GUARDIA.
Así que os recuerdo: 

Que tengo en marcha un crowdfunding para financiar la publicación en papel de Crónicas Funestas.

Crónicas Funestas ya se publicó en digital y por partes en Lektu, y que ahora se trata de sacar un tochaco en papel. Según el último recuento tiene 822 páginas, algunas de ellas ilustradas por la maravillosa Gisselle Anderson, cuyos diseños podéis curiosear aquí
El libro narra las aventuras de Coso Abripio, un chaval que escapa de su pueblo después de que su familia sufra un accidente.
Bueno, en realidad mueren en un incendio.
Pero es un incendio accidental.
Vale, sí, lo provocó Coso. 
Lo importante es que Coso llega a la ciudad de Möho, que hace honor a su nombre, encuentra trabajo en un tugurio denominado Farolillo Rojo, y conoce a una persona que cambiará su vida para siempre. 
El destino de Coso acaba ligado al del reino. Si eso es algo bueno o malo todavía está por ver...

Crónicas Funestas tiene aventuras, humor, fantasía, romance y muchos incendios, todos ellos accidentales.
Nunca se puedo demostrar nada. 
Tarde o temprano estará el librerías (mejorando lo presente) pero las recompensas no. 
Y las recompensas son una gozada, con dibujos de Laura S. Maquilón, ganadora del concurso público convocado por las autoridades de Möho para diseñar el logo de la ciudad.
Dicho logo todavía no se ha hecho público debido a un incidente relacionado con un quítame allá ese incendio, pero sí os puedo enseñar el que realizó para el Farolillo Rojo, y que actualmente se usa en el menaje del, ejem, restaurante.


También hay delantales, cuadernos, bolsas, chapas y sugus, claro.

En resumen: queda una semana para participar en el crowdfunding de Crónicas Funestas y hacerse con un ejemplar de mi primera novela, la niña de mis ojos, la historia de Coso Abripio. 




08 marzo 2021

Seguro, seguro

 


Pues el caso es que conseguí comunicar al banco que mi tía había fallecido, y sólo hizo falta un viaje de 800 kilómetros para conseguir el certificado de matrimonio de mis abuelos (totalmente ilegible por culpa de una riada de hace cincuenta años) y el de nacimiento de sus hijas, y otro viaje de 1400 kilómetros para entregar la documentación presencialmente en la oficina. 
Lo normal de cada jueves en mitad de una pandemia. 
El caso es que en ese viaje, también me enteré de que la Tita tenía un seguro de accidentes y claro, había que llamar para cancelarlo.
-Hola, llamo para comunicar el fallecimiento de un cliente.
-¿Es usted la titular?
-¿PERO CÓMO VOY A SER LA TITULAR, EN SERIO, QUÉ OS PASA A TODOS?
-Es que se llama usted igual. 
-¡Pero estoy viva! ¡Digo yo que eso tendría que darle una pista!
-Está bien, está bien. ¿Ha fallecido de covid?
-¿Qué más da?
-Es que si ha fallecido de covid no le cubre.
-Ha sido cáncer. ¿Eso sí le cubre?
-No, su tía no tenía contratado el seguro de fallecimiento.
-¿Entonces para que me pregun...? Da igual, yo sólo quiero darla de baja.
-¿Estuvo hospitalizada?
-Sí, ¿por?
-Su seguro cubre la hospitalización pero...
-No me lo diga: tiene que llamar el titular.
-Sí, durante los primeros cinco días de hospitalización.
-Pero cómo iba a llamar la pobre mujer, si fue a hacerse una revisión rutinaria y le dijeron que le quedaban cuatro días de vida... Da igual, lo único que quiero es cancelar la póliza, de verdad.
-De acuerdo. ¿Es usted la titular?
La titular no sé, pero con cada llamada me siento morir un poco, la verdad.


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El lunes 8 a las 21:15 estaré en directo en el instagram de la Librería La Sombra.
No tengo muy claro qué pinto allí ni de qué vamos a hablar pero seguro que nos reímos un rato.
¡Venirse!



 




01 marzo 2021

Papeleo

 

Os voy a dar un consejo: no os muráis nunca, que luego es todo mucho papeleo.
Quizá estéis pensando que os da igual, porque no lo tendréis que hacer vosotros. Bueno, eso nunca se sabe.
Cuando la Tita del Puerto y del Sur murió, mi madre se encargó de la mayor parte del papeleo. También se encargó de coger la lista de contactos de su móvil e ir avisando a todos sus amigos, porque como fue tan rápido la mayoría no se había enterado ni de que estaba enferma y le seguían mandando memes de gatitos al whatsapp. Os podéis imaginar el papelón.
A mí me tocó la tarea, comparativamente más agradable, de comunicar el fallecimiento en el banco.
Sólo eso. Ni siquiera quería saber el estado de sus cuentas, o tocarlas para nada; solo bloquear las tarjetas y asegurarme de que los recibos se seguían pagando hasta que se resolviera todo. 
Y como la oficina me pillaba unos setecientos kilómetros más allá de mi área de confort, lo que hice fue llamar a atención al cliente. 
-Hola, llamo para informarme de cómo comunicar el fallecimiento de uno de sus clientes.
-¿Es usted la titular de la cuenta?
-Eh... no, la titular ha fallecido.
-Tiene que llamar la titular de la cuenta.
-Pero...
-Es por protección de datos. 
-Si yo no quiero que me den ningún dato, soy yo la que llama para comunicar el dato de que la titular ha fallecido. Y ni siquiera quiero que hagan nada, solo que me informen de qué tengo que hacer.
-Pues nos tiene que llamar la titular. 
-Está bien, está bien. No soy la titular, pero aparezco como autorizada en la cuenta.
-¿Sí?
-Sí, mi tía me autorizó hace como un millón de años.
-¿La fallecida le autorizó?
-Sí. 
-En ese caso no puedo ayudarle.
-¿Por qué?
-Porque usted es la autorizada de la fallecida, y ahora la cuenta pertenece a los herederos; tendría que llamar la autorizada de los herederos.
-Para eso tendría que poder comunicarles que mi tía ha fallecido. En lo que a ustedes respecta, mi tía sigue viva.
-Pues entonces que llame ella.
Claro, cómo no se me había ocurrido antes.


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¡Seguimos de verkami! 
Intentamos sacar Crónicas Funestas en papel
Tenemos tazas, delantales, cuadernos y, si llegamos a 5000 €, sugus para todos los mecenas.





22 febrero 2021

El condicionamiento

Mi gato no es gordo, es fuertecito.  
Sí, esa es una butaca de tamaño normal de Ikea.
No la infantil, no. La grande.

La prueba es que a veces Nene-kun se agarra a su cola (la del gato) y el gato lo arrastra por el salón sin el menor esfuerzo.
A estas alturas todavía no estoy segura de quién es más bruto, si el niño por agarrarse a la cola o el gato por tirar, en lugar de quedarse parado hasta que el niño se aburra, que sería lo normal.
De hecho, el gato es tan grande, y tan bruto, que más de una vez me ha tirado al suelo cuando he ido a ponerle de comer, así que empecé a sacarlo a la terraza cada vez que iba a rellenarle el comedero.
Que es muy a menudo.
Porque ese cuerpo hay que mantenerlo, claro. 
Así que llamaba al gato, lo empujaba a la terraza, cerraba la puerta y le llenaba el comedero. 
Puede que mi gato sea gordo, pero no tiene ni un gramo de tonto.
Pasados varios días, dejó de maullar para que le rellenara el comedero. 
En su lugar, maullaba para que abriera la puerta de la terraza.
No solo esto, maullaba para que le abriera la puerta de la terraza, y luego seguía maullando para que me quedara en la cocina mientras él estaba fuera.
-Le dan miedo los coches -le dije a ZaraJota-. No quiere estar solo en la terraza.
-A lo mejor es porque cuando estábamos a bajo cero te lo olvidaste ahí toda una mañana.
ZaraJota es que es muy de echarte en cara toda la vida la hipotermia casi mortal de sus mascotas.
Así que, aprovechando que hacía mejor tiempo, empecé a dejar la puerta de la terraza abierta, pero el gato salía a la terraza y maullaba para llamarme de todas maneras. 
-Creo que piensa que hay una correlación entre salir a la terraza y llenar el comedero -le dije a ZaraJota.
-Me pregunto por qué será.
-Posiblemente porque siempre lo saco a la terraza antes de llenarle el comedero.
ZaraJota puso los ojos en blanco, seguramente porque era incapaz de seguir un razonamiento de tan algo nivel.
-¿Sabes lo que eso significa? -le pregunté-. ¡Significa que le he enseñado un truco!
ZaraJota suspiró. Espero que no sea un síntoma temprano de insuficiencia respiratoria provocada por COVID, porque lo hemos mirado en el seguro y no cubre ingreso hospitalario por pandemia.
-No, Lorz -me dijo-. Significa que el gato te ha enseñado un truco a ti.
Sí, es otra forma de verlo. 








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Ya hemos conseguido llegar al objetivo inicial y ahora nos hemos fijado una meta extra: si llegamos a 5000 €, todos los mecenas tendrán sugus. 
¡No os quedéis sin participar!



15 febrero 2021

La presa Hoover

Pues os voy a contar la historia de una amiga que hace unos días tuvo que subirse a un tren de larga distancia, pero por favor no penséis mal de ella porque era un viaje totalmente justificado para hacer papeles y que el destino tuviera playa era totalmente casualidad. 
Estaba mi amiga en el tren, con el aire acondicionado a tope porque en renfe la hipotermia siempre va de regalo, cuando le dijo a su acompañante:
-Voy a beber agua, que se me está resecando la garganta y como me dé un ataque de tos de los míos va a cundir el pánico.
Así que mi amiga cogió la botella de agua y se metió el pitorro debajo de la mascarilla, porque mi amiga es una profesional de las pandemias y siempre lleva una botella de agua con pitorro para beber con la mascarilla puesta, aunque luego se quedan todas las babas en el pitorro y yo no sé si cuando se evapore será peor, pero bueno. 
El caso es que estaba bebiendo agua con su pitorro y su mascarilla cuando se le ocurrió la chorrada del siglo, que no os voy a contar porque vais a pensar que es tonta perdida, le entró la risa, una cosa llevó a la otra y todo el agua que había bebido acabó saliéndosele por la nariz, que es una cosa muy desagradable en el momento pero que a la larga te despeja mucho. 
El problema es que mi amiga todavía tenía puesta la mascarilla y se ve que era de las buenas de las que no filtra nada, nada, nada, así que el agua se quedó atrapada dentro en plan presa Hoover. 
Mi amiga no sabía qué hacer porque claro, no podía quitarse la mascarilla en medio del tren, pero por otra tampoco podía quedarse con la bolsa de agua colgando hasta que llegaran.
Así que dijo:
-Pues me voy para el baño y me cambio la mascarilla.
La idea era buena, lo que pasa es que la ejecución salió regular. Al levantarse, la presa Hoover antes conocida como mascarilla se abrió y toda el agua que contenía cayó en cascada sobre su canalillo, que como su nombre indica canalizó todo el agua hacia su camiseta.
-¡AAAAAAAAAAARG! 
El agua estaba fría y, recordemos, todo esto había empezado porque el aire acondicionado estaba puesto como si la electricidad fuera gratis. 
-No pasa nada, mujer -le dijo su acompañante, frotándole la mancha-, esto se evapora y y está, sólo es agua. 
-Que ha pasado por mi nariz.
El acompañante se lo pensó un momento. 
-Mejor que no se evapore, entonces -concluyó.
El caso es que al día siguiente, por lo que fuera, mi amiga estaba un poco resfriada. 
-A ver si has pillado el coronavirus en el tren -le dijo alguien.
-Uy, no, imposible. ¡Si llevé mascarilla todo el rato! 





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¡Estamos de verkami! 
Participa en nuestro proyecto para comer sugus la edición impresa de Crónicas Funestas.



25 enero 2021

Un descansito

 



Ahora que los niños han vuelto al cole (y ojalá que por mucho tiempo) las madres por fin podemos dedicarnos a eso que nos gusta tanto: ponernos al día con todo el trabajo acumulado durante el mes que los niños han estado en casa, y cuando digo "en casa" me refiero a literalmente en casa, y hemos tenido que ser profesoras, monitoras de tiempo libre, diosas de las manualidades, expertas en la gestión de conflictos, cocineras, gestoras de residuos, chaos coordinators y real life managers a tiempo completo. 

Hace unos días, en el #videoclub de lectura de La Sombra, me preguntaban qué necesito para escribir y yo, que soy un alma de cántaro, no fui capaz de dar la respuesta más obvia: tiempo. No cualquier tiempo: a ser posible, a solas, y sin tener que ponerme una alarma porque hay que recoger a los niños, tengo que entregar este proyecto, se acerca la hora de comer, el súper cierra y no tenemos leche. 

Tiempo sin condiciones y sin limitaciones, en lugar de minutos arañados por aquí y por allí mientras hago malabarismos con las prioridades.

Todo este rollo es para deciros que ahora mismo estoy un poco saturada y que no sé cuándo volveré a postear. Probablemente en un par de semanas, ¿eh? O sea, soy una adicta. Pero ahora mismo no sabría decir cuándo podré volver a centrarme como para escribir una entrada.

Estoy centrada en otras cosas, por supuesto. Tengo proyectos bonitos en proceso: terminar Crónicas Funestas, publicar un libro de una personita (pun intended) chachi y un nuevo verkami en el que a lo mejor hay hasta sugus, pero no prometo nada.

Si me echáis de menos, me tenéis en Twitter (si alguien está pensando que si dedicara menos tiempo a Twitter tendría más tiempo para otras cosas que se lo haga mirar, por favor). También tenéis quince años de archivo del blog, que se dice pronto: quince años, pero te paras a pensarlo y menudo vértigo.

Y por supuesto, tenéis todos mis libros: en papel en La Sombra y en digital en Lektu.




18 enero 2021

Controla tu caspa

Jueves 7 de enero de 2021
–Lorz, tendríamos que hacer la compra. 
–Todavía podemos aguantar, ya iré el sábado si eso. 


Sábado 9 de enero de 2021


–Caca.

La gran nevada histórica, la que dejo Madrid incomunicada bajo medio metro de nieve, nos pilló sin leche, patatas, arroz, pasta o pan de ningún tipo (ni siquiera colines), salchichas o embutidos, queso o túpers en el congelador.
En el cajón de la fruta había una pera; y en el de la verdura, tres zanahorias verdes y con pelusa que me saludaron al verme. 
–Al menos tenemos papel higiénico –le dije a ZaraJota, que por lo que sea no estaba muy dispuesto a comerse el papel higiénico, y eso que ni siquiera estaba usado. 
–Luego voy a ver si hay algo abierto –me dijo, pero no fue porque ZaraJota es así, en cuanto sale a la calle y se hunde en la nieve hasta el sobaco como que pierde las ganas. 
Bueno, a ver, para ser justos, el que se hundió hasta el sobaco, se había puesto pantalones de chándal en vez de los de la nieve, y al sacarlo del agujero estaba empapado y le faltaba una bota que hubo que rescatar cavando con las manos fue Nene-kun, pero no vamos a dejar que la realidad nos estropee la historia. 
La verdad es que ZaraJota no le hizo falta ir a ningún lado porque en nuestra plaza tenemos un servicio de inteligencia basado en gritarse de lado a lado QUE NO VAYÁIS AL MERCADONA QUE ESTÁ TÓ CERRAO.
–No te preocupes –le dije–, nos podemos apañar con lo que hay en la nevera.
–En la nevera sólo hay medio bote de membrillo y un bote de huevas de lumpo. 
–Ooo podemos comernos al gato, que para eso lo tenemos. 
Por desgracia, en esos momentos el gato tenía una infección de oído y no nos pareció saludable comérnoslo, y además se nos ha roto el horno.
–Podemos comernos al hámster –sugerí.
El hámster tiene el tamaño aproximado de una uva, pero yo sé que con eso se puede hacer como mínimo un fumet, que lo he visto hacer en Masterchef. Vale, lo he visto hacer con cabezas de gamba, no con un hámster, pero supongo que el principio básico es el mismo. 
Lo que pasa es que ZaraJota se opuso porque él es muy de "miradme, miradme, odio a los bichos" pero luego va por ahí sin comerse a ninguno y poniéndole las gotas de los oídos al gato.
De hecho, fue ZaraJota el que dio la voz de alarma. 
–Tampoco nos queda arena para el gato. 
Eso sí que era una emergencia porque el gato come mucho y el pienso de gato ni se crea ni se destruye, simplemente se transforma. En concreto, se transforma en unos zurullos enormes y apestosos que, por suerte, se pueden retirar con facilidad (y una pala) pero el pis ya es más difícil.
Así que se me ocurrió una idea grandiosa: sacar el cagadero del gato a la terraza. Para que no empezara a oler y eso.


El gato en la terraza, mirando en plan "humana, controla tu caspa".

El gato, por decirlo suavemente, no estaba a favor. De hecho, cada vez que quería hacer sus cosas nos avisaba, metíamos el cagadero en casa, hacía sus cosas y lo volvíamos a sacar. Que yo lo entendería si tuviera que bajarse los pantalones, que con este tiempo no apetece, pero va siempre con el ojete al viento así que no sé qué más le dará, pero bueno. 
El caso es que eso nos llevó al problema números dos: también se nos estaba acabando la comida del gato, que es especial porque está a dieta porque es de huesos anchos pero el veterinario no le comprende, #stopgordofobia. Así que aunque abrieran las tiendas, no la podíamos comprar, porque el veterinario la había encargado y me daba a mí que no la habría recibido, yo qué sé. 
–Bueno, mejor –le dije a ZaraJota–. Si no come no hace caca.
–Lorz, estoy segura de que incluso tú puedes darte cuenta de que tu plan tiene un pequeñísimo fallo.
–Cierto. El auténtico problema es el pis. ¡Tendríamos que quitarle el agua también!




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Este jueves a las 21:30 hay videoclub de lectura sobre Quiero volver
El libro está disponible en la librería La Sombra (papel) y Lektu (digital)
El club de lectura es gratuito y por vídeoconferencia, podéis apuntaros enviando un mensaje a la librería 







11 enero 2021

La nevada

Quizá no os hayáis enterado porque apenas ha salido en las noticias, pero este fin de semana ha estado nevando.
Cuando empezó el viernes fue una cosa como de muy bonito todo, pero esto no va a cuajar.
Que me bajé con los niños a la plaza de prisa y corriendo y todo en plan: venga, a hacer la croqueta en donde pilléis nieve porque a saber cuándo la volvéis a ver. 
Para el viernes por la tarde la cosas seguía igual y como tenía entradas para el teatro y no están los precios del teatro como para no ir, envolví a la niña en unas ochocientas capas y para Gran Vía que me fui con Nena-chan y con mi madre. 
Cuando llegamos a Gran Vía caían copitos y había una finísima capa de nieve-hielo en el suelo. La gente estaba flipadísima haciendo fotos y había dos barrenderos (dos) repartiendo sal con un cubito (uno), que yo no es por criticar, pero por poco que nevara con lo grande que es la Gran Vía igual un solo cubo de sal se les quedaba corto, yo qué sé.
-Cuando salgamos del teatro nos volvemos en taxi, que hace mucho frío para la niña -dijo mi madre, y yo le dije que sí porque la niña es inmune al frío y al calor y a la ventisca, pero a mí se me estaban quedando los dedillos de los pies como para echarlos en un vaso de tubo para enfríar cubatas.
Pues nada, vimos la obra, que por cierto os recomiendo infinito porque es de mucho reírse y 2021 viene como muy necesitado de eso, y al salir nos encontramos con este panorama: 


Creo que esto es la calle Libreros.

Callao.

Las fotos son muy malas porque al parecer la pantalla táctil del móvil no funciona bien a bajo cero, será la obsolescencia programada esa, yo qué sé. 

Gran Vía en dirección Princesa.

-Me parece que no vamos a encontrar ningún taxi -dijo mi madre. 
Se equivocaba: encontramos dos, con las luces de emergencia puestas y enterrados hasta media rueda en la nieve, y a los respectivos taxistas mirando alrededor en plan si quieres coger un taxi vas a tener que cogerlo pero a pulso, a ver si lo sacas de aquí. 
Dadas las circunstancias nos metimos en el metro, que no sabíamos si iba a funcionar pero al menos estaría calentito, y nos encontramos con que funcionaba a la perfección porque el metro de Madrid es así; si caen cuatro gotas deja de funcionar pero la nevada del siglo en medio de la pandemia del siglo pues como si nada.
Cuando Nena-chan y yo llegamos a nuestra parada la calle estaba así:

General Ricardos.

Camino Viejo de Leganés. Creo.

Esto podría ser la calle Radio, yo qué sé.



Nuestra calle.

Recuerdo muy bien el preciso momento en el que hice esta foto porque fue cuando Nena-chan me dijo:
-Mamá, he perdido el playmobil.
-¿Qué playmobil?
-El que llevaba en la mano. 
Mis hijos siempre salen a la calle con algún juguete pequeño por si tienen que entretenerse un rato mientras hago la compra o lo que sea, y desde que empezó la pandemia el juguete siempre es un playmobil porque hemos descubierto que tolera razonablemente bien los fregados con gel hidroalcohólico. Esa tarde, la niña había salido a la calle con una sirena porque "las sirenas están acostumbradas al agua y la nieve es agua congelada", un argumento que me pareció perfectamente razonable a las seis de la tarde, cuando caían copitos y no una ventisca histórica.
-¿Sabes dónde se te ha podido caer?
-En la nieve.
Teniendo en cuenta que todo estaba completamente cubierto de nieve parecía la hipótesis más razonable, sí.
-Lo que quiero decir es que cuándo te acuerdas de haberlo visto por última vez.
-En el metro.
La madre que parió al metro, a la ventisca, al playmobil y a todo lo que se menea.
-Nena-chan, creo que podemos darlo por perdido.
-¡No!
-Va a ser imposible encontrarlo en medio de una tormenta de nieve, a las once de la noche y con este frío. Tienes muchos playmobil, creo que podemos renunciar a este.
-¡¡¡BUAAAAAAAAA!!!
-Pero Nena-chan...
-¡ES QUE ESTE ME LO REGALÓ LA TITAAA! ¡Y LA TITA SE HA MUERTOOO!
-A ver, tú sabes que cuando sacamos un juguete a la calle corre el riesgo de que se pierda, si es especial para ti no tendrías que haberlo sacado.
-¡PERO ES QUE ME DIJISTE QUE ERA UNA TARDE DE CHICAS Y YO QUERÍA QUE LA TITA VINIERAAA! ¡PERO LA TITA SE HA MUERTOOO! ¡LA ECHO DE MENOS Y NO VA A VOLVER NUNCAAA!
J*d***r...
Así fue como en mirad de una ventisca en mitad de una pandemia, a una hora del toque de queda, bajo cero y con la nieve hasta las rodillas, la niña y yo volvimos sobre nuestros pasos. 
O algo así. 
La nieve caía con tanta fuerza que no veíamos nuestras propias huellas, y aunque las hubiéramos visto el viento nos empujaba para un lado y el otro. 
El parque donde Nena-chan creía que se le había caído la muñeca.

A Nena-chan se le habían congelado los lagrimones y había dejado de llorar para no perder los ojos por congelación, y yo tenía las gafas empañadas y no paraba de pensar en que ojalá la Tita le hubiera regalado a la niña un bloque de cemento, una bombona de butano o una boya marina, yo qué sé, algo que se viera bien al caerse de noche en medio metro de nieve. 
Habíamos conseguido retroceder unas dos manzanas cuando, al borde de la congelación, me volví a Nena-chan.
-Escucha, esto es imposible. 
-Pero la Tita...
-A la Tita no le hubiera gustado que muriéramos de congelación, ¿no crees?
Nena-chan se lo pensó. Se lo pensó. 
-No. 
-Vamos a volver, ¿vale?
Volvimos a casa con hipotermia severa, que es una cosa que le molesta mucho al gato porque nos peleamos por llevárnoslo cada uno a nuestra cama, y al día siguiente, quizá no lo sabréis porque apenas se ha hablado de ello en las noticias, Madrid amaneció tal que así:


-Venga -les dije a los niños-. Abrigaos que nos vamos a la calle.
-Mamááá, no encuentro mis guanteees.
Es una verdad universalmente conocida que los hijos nunca encuentran los guantes. Me puse a rebuscar por toda la casa hasta que di con los de Nena-chan, que estaban hechos una pelota. Los estiré y ¿qué me encontré dentro? 
La dichosa sirena de Playmobil.
-Mira, Nena-chan, mira lo que he encontrado -le dije.
-¡La sirena! ¿Dónde estaba?
-Dentro de tu guante. 
-Ah, sí, ahí no pasa frío. 
Los demás ya si eso, claro.


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¡Se nos vienen unas tardes estupendas de sofá, libro y mantita!
Os recuerdo que tenéis todos mis libros en papel en La Sombra y en digital en Lektu.
Además, el 21 de enero tenemos #videoclub de lectura sobre Quiero Volver.

04 enero 2021

Reyes Majos 2021



Una cosa os voy a decir: creemos que Nena-chan sospecha
Normalmente mi enfoque con Nena-chan suele ser afrontar las cosas directamente, pero en esta ocasión he pensado que preguntarle "oye, ¿tú sospechas que los reyes magos son los padres?" quizá no era la forma más adecuada de abordar la situación.
¿Qué por qué pienso que la niña sospecha
Bueno, ya tiene ocho años y es bastante lista, y no es que lo diga yo que soy su madre, es que es verdad. Por ejemplo, hace unos días compuso su primera canción, que es una cosa que no viene a cuento para nada pero es que me apetecía presumir.
Y los niños mayores del colegio no es que se corten precisamente. En la última semana de cole, fui un día a recogerlos con una bolsa de esa tienda que usted me habla y uno de los mayores se me acercó y me preguntó que había comprado. 
El problema es que yo había comprado bragas, ¿vale? De las de cuello vuelto, en plan hagamos que Viana se sienta orgullosa. Y no era el plan de decírselo al niño en el patio del recreo con todas las madres alrededor. Aunque, ahora que lo pienso, si hubiéramos estado el niño y yo a solas habría sido casi peor. 
Así que le dije:
-Nada. 
-¿Cómo que nada? Algo llevarás.
Los niños de hoy en día son demasiado listos para nuestro bien, así os lo digo.
-Bueno, cosas.
-¿Qué cosas?
El niño hizo amago de mirar dentro de la bolsa y yo tuve un momento flashback pero en el presente, un ahoraback o como se llame, del niño con mis bragas de cuello vuelto en mitad del patio del recreo, y me entraron sudores fríos por el entreteto. Aunque eso bien pudiera ser porque había llegado corriendo y hacía frío. 
-Nada.
-¿SON LOS REGALOS DE REYES DE TUS HIJOS?
Llegado a ese punto la progenitora del susodicho le metió un bocinazo que llegó hasta la muralla china y ahí rebotó y se proyectó hasta el espacio, donde seguirá extendiéndose hasta llegar a los confines de la galaxia. 
Pero era tarde. Nena-chan andaba por ahí y yo no tenía ni idea de cuánto había oído, pero sospecho que bastante, porque a partir de ese día empezó a fijarse en todos los paquetes que entraban en casa. Sólo con los que llegaron de los guirihaikus ya tuvo entretenimiento para rato, así os lo digo. ZaraJota y yo hacíamos lo posible por abrir todas las cajas en su presencia, pero claro, todas-todas no se podían abrir. 
Entonces la niña optó por una aproximación más sutil:
-Mamá -me dijo-, la abuela me ha dicho que el Caga Tió son los padres.
-¿Cómo?
-Que le pregunté que cómo hacía el Tió para cagar regalos y me dijo que los ponían los padres. 
No me podía creer que mi madre hubiera dicho semejante cosa, y con razón porque, según se demostró en la investigación posterior, mi madre NO había dicho semejante cosa, ni nada que se le pareciera. 
Por suerte ahí ZaraJota estuvo rápido de reflejos. 
-Bueno, es que el Caga Tió es una cosa de Barcelona, y la abuela lo ha comprado en Madrid. 
-Pero qué dices, ZaraJota, si mi madre tiene el que nos regaló tu hermana, que lo compró enfrente de la Catedral de Barcelona...
ZaraJota me arreó una patada que me dejó la rodilla tonta para siempre. 
-QUE NO, QUE NO, QUE TU MADRE LO HA COMPRADO EN MADRID Y POR ESO NO FUNCIONA, GUIÑO GUIÑO CODAZO CODAZO. 
No entendía qué me intentaba decir ZaraJota, pero antes de que me diera otra patada pensé que lo mejor era seguirle la corriente.
-Es verdad, que mi madre lo compró aquí en Madrid.
-Eso es.
-Seguramente en un bazar. De los baratos y eso. 
En la investigación posterior se demostró que a mi madre NO le hizo ninguna gracia que dijera que su Caga Tió era de los baratos, con lo contenta que está ella con su Caga Tió que, ahora que lo pienso, no es suyo, es mío y de muy buena calidad, pero bueno.
Después de esto parece que la niña se quedó tranquila, pero al poco volvió a la carga.
-Mamá, ¿los Reyes Magos son convivientes?
La madre que parió al covid, de verdad os lo digo.
-Eh... ¿Sí? ¿No? ¿No lo sé? 
-¿Y cómo van a entrar en España si estamos confinados?
-...
-Y si en las casas sólo puede haber seis personas, ¿cómo van a entrar para traer los regalos? 
-...
-¿Y no son muy viejos? ¿No son población de riesgo?
Una vez más, ZaraJota vino al rescate:
-Sí, viven todos juntos y son grupo burbuja. Tienen un permiso especial del gobierno. Entran en las casas de uno en uno. Debido a su avanzada edad, han sido de los primeros en recibir la vacuna. 
Después de hablar tanto y tan seguido, ZaraJota tuvo que tumbarse un rato, por la falta de costumbre.
Pero la niña todavía tenía más preguntas. 
-Pero mamá, ¿cómo van a entrar en casa, si tenemos alarma?
-LAMENTAMOS INFORMARLE DE QUE EN ESTOS MOMENTOS MAMÁ ESTÁ APAGADA O FUERA DE COBERTURA...
-Mamiii...
Por suerte, una vez más ZaraJota acudió al rescate. Cuando se recuperó del esfuerzo y nos quedamos a solas, me dijo que había tenido una idea para disipar de una vez por todas las dudas de Nena-chan.
-He pensado que el día 6 de enero, de madrugada...
-De entrada ya vamos mal...
-¡PODÍAMOS HACER SALTAR LA ALARMA! ¿Qué te parece?
-Pues que no sé si eso disipará las dudas de Nena-chan, pero los vecinos nos van a disipar a nosotros a tortas. 



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Después de una reimpresión acelerada, Vayamos por partes 3 vuelve a estar disponible en La Sombra
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