25 noviembre 2024
En bragas y camiseta
11 noviembre 2024
La morfina está sobrevalorada
No porque tuviera nada grave, qué va. Estaba bastante segura de que no lo era. El problema era que cuando eres una mujer gordita de mediana edad y no tienes ningún síntoma visible, solo dolor, lo más probable es que te lo estés inventando.
-Vete a casa y si te sigue doliendo tómate un ibuprofeno -te dicen.
-¿Solo eso?
-Bueno, podrías ir pensando en perder peso.
Que no digo yo que no, pero cuando tienes sientes mucho dolor ahora, lo de "ve perdiendo peso ya si eso" suena un poco como a largo plazo. Y a gordofobia. Pero ese melón no lo vamos a abrir.
-Bueno, podrías ir pensando en perder peso.
28 octubre 2024
La familia normal
Esto os va a sorprender pero lo conseguí. Lo conseguí mucho. En casa se ponía la mesa, correctamente, y se comía sin ver la tele, salvo que hubiera un evento especial como Eurovisión, como una familia normal.
Luego llegó la pandemia y todo se fue a la mierda, obviamente.
No sé si fue porque total ya estábamos pasando todo el día juntos y no necesitábamos más momentos de calidad, por favor y gracias; si porque estábamos siempre comiendo y no merecía la pena poner la mesa bien cada vez; porque necesitábamos ver más televisión para abstraernos de todo o porque la mesa de comedor siempre estaba llena de cosas, de deberes, de trabajo, de las mil manualidades para entretener a los niños o qué, pero empezamos a comer en la mesa baja de centro de mala manera, y desde entonces no hemos parado.
De vez en cuando digo que esto no puede seguir así y que tenemos que empezar a comer en la mesa grande como una familia normal. Lo digo bajito, para qué nos vamos a engañar. Además, la mesa de comedor sigue llena de cosas, yo es que no lo entiendo, ¿el cole en casa no se había acabado ya? ¿De dónde salen tantas cosas? En fin.
Hace unos días hicimos un último intento serio.
Recogí las cosas.
-A partir de mañana comemos en la mesa de comedor, como una familia normal -anuncié.
Y pensé que con eso ya estaba.
Para empezar, al día siguiente tuve que volver a recoger todas las cosas que había encima de la mesa.
En serio, ¿de dónde salen tantas cosas?
Luego pusimos la mesa y resultó que no cabía todo.
Luego me di cuenta de que nuestras sillas son incomodísimas. Al menos, bastante más que el sofá.
Pero lo peor fue el gato.
Normalmente el gato, cuando oye que nos sentamos a comer en la diminuta mesa de centro, viene, se sienta en el otra sofá, nos observa hasta que nos sentamos, servimos y empezamos a comer y luego, con aire satisfecho, sabiendo que ha cumplido su misión en la vida, sea la que sea porque todavía estamos por descubrirlo, procede a quedarse cuajado.
Da igual lo alta que esté la tele, lo alto que hablemos, las cosas que se caigan o se derramen.
El gato duerme hasta que terminamos, entonces se estira, se levanta y se come cualquier cosa que se haya caído al suelo.
Es la ley, así ha sido y será siempre.
O eso cree él, que llegó a casa después de la pandemia y de que mis sanos propósitos de comer en una mesa como una familia normal se fueran a tomar viento en bicicleta.
Así que cuando oyó que nos sentábamos a comer, salió del oscuro agujero donde estuviera dormido, todavía con el ojillo un poco pegao de sueño, se subió al sofá, miró hacia la mesita de centro y, bueno, básicamente, entró en shock.
El shock fue lo bastante evidente como para que uno de los niños soltara una carcajada.
El gato, todavía petrificado en el sofá, miró hacia el otro lado y nos vio comiendo en la mesa grande.
Y volvió a entrar en shock.
A partir de ahí entró en bucle.
Miraba hacia abajo: "Estoy aquí"
Miraba hacia un lado: "Pero ellos no están ahí"
Miraba hacia el otro: "Pero están ahí"
Volvía a mirar hacia abajo: "Pero yo estoy aquí"
Miraba hacia un lado: "Pero ellos no están ahí"
Miraba hacia el otro: "Pero están ahí"
Y así.
La experiencia "comer como una familia normal" estaba siendo de todo menos normal. El gato estaba a punto de desenroscarse la cabeza de tanto girarla. Los niños estaban mirando al gato, totalmente de espaldas a la mesa. Nadie estaba comiendo. Para rematar, alguien estaba narrando toda la escena poniendo vocecitas. Puede que fuera yo. No podéis demostrarlo. Recoger la mesa grande fue un suplicio, porque el sofá pilla en medio del camino a la cocina y hay que rodearlo cada vez. Se había caído comida por todos los doquieres y luego un poco más. Además, todo este jaleo hizo que el gato se saltara su tercera siestita diaria, y estuvo toda la tarde desquiciado, corriendo de un lado a otro, tirando cosas y maullando. No era para menos. Todo su mundo se había visto sacudido, las verdades universales sobre las que se cimentaba su psique habían sido destruidas, el desgano vital se había adueñado de todos sus pensamientos.
Lo que viene siendo un lunes para cualquier ser humano, vaya.
Para la hora de la cena estábamos todos básicamente de los nervios.
-¿Qué mesa ponemos? -preguntaron los niños-, ¿la grande o la pequeña?
-Tendríamos que comer en la grande como una familia normal -dije. El gato seguía corriendo por toda la casa como un desquiciado, chocándose con las paredes de cuando en cuando. El sofá seguía en medio, ligeramente torcido. Había una patata frita encima de un cojín. La mesa volvía a estar cubierta de cosas varias en su completa totalidad. Para rematar, íbamos a cenar puré de brick y empanada prefabricada comprada el día anterior-. Claro que para eso tendríamos que ser normales primero.
14 octubre 2024
Un imprevisto familiar
No me dio la menor pena utilizar así a la empresa porque, como otras muchas (si no me creéis, echad un vistazo a Infojobs), imponía dos semanas de formación previa obligatoria sin contrato y sin remunerar.
Voy a repetirlo: dos semanas de formación previa obligatoria sin contrato y sin remunerar.
Supuestamente, esto se hace así porque mucha gente abandona la formación a medias y nunca llega a incorporarse. Que yo pienso que a lo mejor la gente abandona precisamente porque la formación es sin contrato y sin remunerar, pero serán imaginaciones mías, que estoy muy loca.
Además, he estado en suficientes de esos cursos como para saber que la mayoría podían haber sido un email. Alguno, ni eso. No tengo ni idea de por qué ciertas empresas se empeñan en hacer precisamente cursos de dos semanas, no de una ni de tres, o de diez días o de quince, y no quisiera yo insinuar que es porque precisamente ese tiempo es el que les permite cobrar algún tipo de subvención, pero es que no se me ocurre otro motivo mínimamente razonable para tener a un montón de personas, sin contrato y sin cobrar, escuchando una y otra vez las mismas tontadas.
Luego está el tema de la prevención de riesgos laborales. Si estoy en una oficina, sin contrato y sin cobrar, y me rompo una pierna, ¿qué coño pasa? Porque me cuesta creer que vayan a considerarlo accidente laboral. Y me cuesta muchísimo más creer que te vayan a decir: pero no te preocupes, que tú a las dos semanas firmas el contrato igual, aunque estés de baja. Que a lo mejor algunas de las personas que abandonan es porque se hacen un esguince, a ver.
Si al menos la recompensa final (que te contraten) fuera atractiva pues a lo mejor haces el esfuerzo, pero dos semanas sin contrato y sin cobrar para que luego quizá te contraten por el salario mínimo para trabajar en un horario sin determinar de lunes a domingo en un polígono a 10 minutos andando del transporte público más cercano, como que te da más pereza.
Total, que la gente abandona porque es que no quiere trabajar.
De hecho, cuando finalmente me largué seguí recibiendo mails con información confidencial igualmente hasta el final del curso, lo que me lleva a pensar:
30 septiembre 2024
Entornos retadores
Dios bendiga la doble pantalla.
Porque el caso es que el despido me dejaba en una situación complicada. Como todos sabéis, gracias al malvado Perro Sanxe en España todo el mundo vive de paguitas y por eso los camareros no quieren trabajar en régimen de semi esclavitud a cambio del salario mínimo.
Lo que pasa es que en el SEPE todavía no se han enterado, y para cobrar el paro hay que cumplir una serie de condiciones.
La segunda es que te hayan despedido. No cobras el paro si te vas tú. Nunca.
No estaba para perder el tiempo.
Así que mientras recursos humanos me explicaba que hay personas que simplemente no encajan, en concreto las que se ponen enfermas durante el mes de prueba, yo ya estaba dándole al botón de "enviar solicitud" de Infojobs así por lo bajini.
Esa misma tarde ya tuve una entrevista.
Al día siguiente, cinco.
Al siguiente, ya tenía tres trabajos para elegir.
16 septiembre 2024
El tiempo que necesites
Otra cosa que he hecho ha sido tener cuatro trabajos diferentes.
Pero no a la vez, ¿eh?
Bueno, más o menos.
Todo empezó porque tenía (¿tengo?) mi trabajo como autónoma pero como me gusta cobrar de vez en cuando (tampoco mucho, una vez al mes o así me va bien) también tenía un trabajito por cuenta ajena a media jornada.
Entonces me ofrecieron un trabajo a jornada completa.
Esto os va a sorprender porque le pasa a poca gente, pero a mí lo de trabajar todo el día no me gusta especialmente, o sea, tengo cosas mejores que hacer. Lo que sí me gusta, como decía antes, es cobrar de vez en cuando, especialmente si es cobrar mucho, y por ahí fue por donde me pillaron, que si no de qué.
Así fue como empecé a hacer cosas terribles como madrugar y relacionarme con otras personas. Bueno, tampoco tanto porque teletrabajaba la mayor parte del tiempo. Pero, al parecer, lo poco que me relacioné fue suficiente para pillar la tos ferina, cosa que seguramente os sorprenda porque es un tema del que apenas he hablado los últimos meses.
No voy a decir que haya estado grave, pero he estado jodida. Como los que me seguís en la red social anteriormente conocida como Twitter seguramente habéis deducido por el humor del que he estado todo el verano. Pero bueno. Mis disculpas a los damnificados: mi única excusa es que he estado realmente jodida. Aunque no lo hubiera estado, al parecer es bastante contagiosa y se puede llevar por delante a las personas de riesgo, así que me tuve que coger la baja cuando no llevaba ni un mes trabajando.
La empresa se portó fenomenal. "Tómate el tiempo que necesites". "Lo importante es que te pongas bien". "No te preocupes por nada". "Te estaremos esperando".
Efectivamente, me estaban esperando: en cuanto me reincorporé me dieron la patada.
Por zoom.
-Tu desempeño del último mes -me dijeron- ha sido inferior al esperado.
-Pero si no he venido a trabajar.
-Tu rendimiento ha sido mucho inferior al de tus compañeros.
-A lo mejor es porque ellos han estado trabajando y yo no.
-Francamente, esperábamos más de ti.
Comprad mis libros, a ver si me quito de madrugar.
02 septiembre 2024
El origen emocional
¿Os acordáis que a principios de verano tuve tos ferina?
O quizá no, porque no me hicieron el test. En los ambulatorios no tienen y al hospital no te derivan.
Te dicen: seguramente es tos ferina, o sea, tienes todos los síntomas de la tos ferina y seguramente sea tos ferina, pero para qué vamos a hacerte un test, mejor que vivas esta situación sin la ayuda que supone ponerle un nombre, toma drogas.
@ilovefarideh NEW song out today! Who new womens health could hit so hard!
♬ Female Body - Farideh
26 agosto 2024
Querida Margo
Estoy de vacaciones y no escribo cosas nuevas.
Sin embargo, hay cosas viejas que quizá no conozcas. Aquí te dejo una muestra.
Querida
Margo,
Tu ridícula
idea de casarte con un capitán de fragata es sólo superada por tu idea, más
ridícula aún, de embarcar con él y seguirle a todos lados.
¡Jamaica! ¿De
verdad es una isla? Estaba absolutamente convencida de que se trataba de un
tipo de azúcar. Dices que partirás en breve, porque las mareas y el
almirantazgo son ahora los dueños de tu destino. ¡Y esperas que te perdone por
no asistir a la fiesta en honor de mi cumpleaños! Por supuesto que te
perdonaré, amiga cruel, pero únicamente porque, al privarme del placer de tu
compañía, me has regalado el más delicioso aún de recrearme contándote los
detalles. Así que prepárate, Margo; busca un rincón cómodo, si es que en la
marina disponen de tal cosa, y hazme dueña de tu tiempo una vez más.
El 25 de
enero de 1800, el día en el que tuve el increíble descaro de cumplir
veinticinco años a pesar de estar soltera, amaneció con un cielo grisáceo del
que la lluvia helada parecía caer con desgana. En cuanto Maggie abrió las
cortinas de mi habitación corrí hacia la ventana, limpié con el dorso de la
mano el vaho de los cristales y descubrí, con gran desasosiego, que los caminos
debían de estar total y absolutamente embarrados, desesperadamente
intransitables, imposibles de cruzar para los invitados a mi fiesta.
Ay, mi
querida Margo, ¿existe peor desgracia en la vida que haber nacido en enero? Tú,
que a menudo te quejas de haber nacido un 31 de octubre, deberías tener más
sentido: al menos sabes que, si el tiempo no te acompaña, serán las ánimas las
que lo hagan.
Pasé el día
malhumorada, a ratos deseando que un milagro despejara los caminos, a ratos,
que el cielo se abriera sobre nuestras cabezas para que todo el mundo fuera tan
desgraciado como yo. Vagué por Wedgwood como alma en pena, castigando con mi
mal humor a todo el que tenía la desgracia de cruzarse en mi camino… o lo que
es lo mismo, a mi padre, que aquel día había decidido abandonar la biblioteca
para hacerme compañía y que sin duda tuvo motivos sobrados para arrepentirse.
Pero tuviste
la amabilidad de preguntarme por su salud y yo, deseosa de hacerte partícipe de
mis felices nuevas, estoy siendo negligente a la hora de responderte. Te diré
ahora que se encuentra bien, dentro de lo que su avanzada edad permite, y me
atreveré a suplicarte que seas paciente; ahondaré en detalles enseguida.
Por supuesto,
temimos que fuera necesario cancelar el baile. Más aún: temimos que ni siquiera
fuera necesario cancelarlo, ya que nadie podría acudir. Nuestra certeza de que
así sería llegó a ser tan absoluta que abandonamos por completo todos los
preparativos de última hora, hasta el punto que Maggie dedicó gran parte del
día a preguntarse qué hacer con las ingentes cantidades de sopa blanca, jamón,
queso y exquisiteces de todo tipo que había preparado para nuestros invitados,
y que mi padre y yo, especialmente él con su delicado estómago, jamás seríamos
capaces de consumir.
Al caer la
tarde, de un humor muy poco apropiado para una mujer que cumple veinticinco
años, incluso si aún está soltera, me dirigí a mis aposentos a cambiarme para
la cena. Las flores de eléboro que adornaban la escalera, sujetas con citas de
color perla, parecían burlarse de mí.
Puse todo el
cuidado en mi tocado y en mi vestido, sin embargo, porque cumplir veinticinco y
no tener ninguna perspectiva de matrimonio es desgracia suficiente, sin
necesidad además de lucir un aspecto descuidado.
Bajaba las
escaleras, ya con mi vestido nuevo y un peinado aceptable, cuando alguien llamó
a la puerta. Me apresuré a bajar y me escabullí hasta la salita, donde me senté
a toda prisa y empecé a ojear el primer libro que alcancé, aparentando la mayor
de las calmas, ¡habrías estado orgullosa de mi compostura!
El libro
resultó ser un tratado de jardinería “para la buena esposa”, coletilla que como
te puedes imaginar me irritó sobremanera. Arrojé el libro lejos de mí y me dio
tiempo a tomar otro (un poemario, creo) antes de que la puerta de la salita se
abriera de nuevo para dar paso a mi padre y a un joven por completo desconocido
al que trataba con una familiaridad pasmosa.
Imagínate la
escena: mi padre, apenas más alto que el viejo poni con el que aprendimos a
montar, ¿lo recuerdas? Legbroken, se llamaba; mi padre, decía, el pelo blanco,
las orejas tan picudas como peludas, la frente arrugada, los ojos hundidos bajo
las bolsas, la nariz más peluda aún… en fin, qué te voy a decir. No has estado
fuera tanto tiempo como para olvidar el aspecto de mi anciano padre, sobre todo
porque, perdida del todo la esperanza de entretener invitados esa noche, se
había vestido con su vieja levita verde oscuro, acolchada con franela roja,
como bien sabes.
Junto a él,
como decía, un joven. Ya que eres una mujer casada y yo una modesta doncella,
no entraré en detalles sobre la buena planta y el magnífico porte del
caballero, al que mi padre me presentó como…
No, permíteme
que prolongue la intriga un poco más. ¡Quiero hacerte rabiar todo lo que pueda,
hasta que te arrepientas de tu ridícula idea de casarte con un capitán de
fragata!
Un joven,
repito, de unos veintipocos años; alto, pero no tanto como para resultar ridículo
a mi lado; cabellos oscuros, ensortijados; frente despejada; ojos de color
avellana; nariz recta y bien formada; una boca carnosa sin llegar a ser
demasiado sensual y una barbilla voluntariosa… Todos los rasgos propios de una
mente inteligente, opiniones bien formadas, un carácter recto… ¡y qué
pantorrillas, Margo!
Dejé el libro
a un lado con la mayor indiferencia, me puse en pie y le ofrecí mi mano de
inmediato en el momento en que mi padre me dijo… ¿estás preparada, Margo?
—Demelza, querida —me dijo—. Este
es el señor Myerscough, tu primo.
Ojalá pudiera ver tu cara en este momento, y ojalá hubieras podido ver la mía en aquel. A duras penas conseguí ocultar mi turbación; sin duda un leve rumor debió asomar a mis mejillas. ¡Mi primo, el que debía heredarlo todo en el momento en que mi padre muriera!
Puedes encontrar el libro completo aquí.
19 agosto 2024
Niños del desamparo
Estoy de vacaciones y no escribo cosas nuevas.
Sin embargo, hay cosas viejas que quizá no conozcas. Aquí te dejo una muestra.
–Los
niños de la casa grande han desaparecido –dice papá.
He entreabierto la puerta de la cochera
y sostengo la hoja metálica con mi cuerpo. Pesa. Papá no me mira. Mira por
encima de mi cabeza, hacia el fondo, por si los niños estuvieran ahí. Cree que
no me doy cuenta, sus ojos se vuelven hacia mí a tal velocidad que, si hubiera
parpadeado, me habría perdido el momento en el que escudriñaba el interior de
la cochera.
–Quédate aquí –me dice, y sin pensarlo
acaricia la culata de su escopeta de perdigones. Asiento. Los hombres están
armados y nerviosos: lo mejor es que me quite de en medio. Papá asiente
también, comprende que he comprendido–. Vendré a buscarte.
Se pasa la escopeta a la mano izquierda
para liberar la derecha. La puerta de la cochera, de chapa pintada de verde
intenso, pesa. Doy un paso hacia atrás, y observo entre las sombras cómo papá
agarra la manija y tira hacia él. La puerta se cierra con un sonido metálico y
crujiente. Es el polvo, el polvo reseco del campo que se mete por todos los
resquicios.
Me quedo en la penumbra de la cochera.
Huele a tierra, a hojas secas de olivo, a telarañas antiguas, mustias,
encogidas sobre sí mismas y cubiertas de la arena finísima y blanca del campo.
La cochera es un rectángulo en el que caben dos tractores, uno detrás de otro,
aunque ninguno de ellos es muy grande; ni siquiera tienen cabina. El que hay
más cerca de la puerta es verde y lleva enganchado un trillo rojo. El que se
aparca detrás es amarillo. Nunca lo he visto usar y está cubierto por una capa
espesa de tierra. Detrás, apoyado contra la pared encalada, hay un rodillo
apisonador. Es un cilindro de metal abollado y sucio, lo bastante grande como
para que, de ser hueco, yo cupiera dentro, y lo bastante pesado como para
convertir todos mis huesos en astillas si me pasara por encima.
Debe de ser cerca del mediodía; el sol
cae de pleno sobre la era y el interior de la cochera se oscurece. Empiezo a
tener hambre. No he comido nada desde anoche, que cenamos tomates en rodajas
con sal y buñuelos de pan con perejil. El recuerdo de los buñuelos me llena la
boca de sabor a ajo y mi estómago gruñe. Nada más salir de la cochera, a la
izquierda de la rampa por la que suben los tractores, hay una mata de
yerbabuena. Papá no ha cerrado la puerta con llave; quizá si soy lo bastante
rápida pueda salir, arramblar con un puñado y volver antes de que nadie me vea.
Casi puedo olerla, casi puedo sentir el polvo rechinar entre mis dientes
mientras la mastico. El sabor de la tierra y el sabor de la mata, a la vez.
Mi estómago gruñe de nuevo. La rampa
está demasiado a la vista; todos los cortijos dan a la era, un espacio
despejado y salpicado de socavones que, de vez en cuando, rellenan con kilos y
kilos de chinos que van echando con un volquete y repartiendo con palas. En el
centro de la era hay dos olmos y a su tronco, fino y blanqueado por el sol, hay
atados por cadenas dos dóberman que parecen dormir, abotargados por el calor. A
mí no me engañan. Están ahí para ladrar en cuanto perciben algo extraño a su
alrededor, a veces mucho antes de que sus amos lo noten. En lo que a mí
respecta, siempre ladran en el peor momento, como anoche.
Las matas de yerbabuena están demasiado
a la vista de la era y demasiado cerca de mi casa, donde a estas horas debería
estar mamá haciendo la comida. Siempre aguanta hasta que la bombona está en las
últimas, y me la imagino agarrándola por las asas de color naranja y dándole
vueltas para menear el gas y que le dure solo un poco más, hasta que los
garbanzos estén tiernos. Al lado, en la mesita de formica, tendrá un barreño
con agua y Mistol, y el trapo de cuadros listo para entrar en acción. Aunque se
me ocurre que quizá hoy, con lo que ha pasado, no haya tenido ánimo para
cocinar. Quizá cuando papá vuelva tendrá que conformase con un mingo empapado
en aceite, un poco de chorizo y algunas aceitunas.
Tengo que olvidarme de la yerbabuena.
Empiezo a deambular con desgana por la cochera, arrastrando los pies por el
suelo de cemento, a sabiendas de que voy arrancando trocitos a mi paso. Todo se
deshace: cal de las paredes se desconcha, el mortero se desmorona, el suelo se
erosiona. Camino sobre una capa crujiente de materiales diversos, arañados a
todo lo que me rodea.
Al fondo de la cochera hay un ventanuco.
Es tan pequeño que nadie se ha molestado en ponerle rejas, a pesar de que da a
la parte de atrás de los cortijos, a un camino de tierra que transcurre junto
al arroyo. Me quito las zapatillas y me subo al rodillo; mis pies sudados van
dejando marcas oscuras sobre su superficie. Me estiro todo lo que puedo para
agarrar el pestillo entre los dedos y tiro hacia abajo con todas mis fuerzas.
El ventanuco se abre con un estruendo que retumba en la cochera y durante unos
minutos me quedo quieta, pegada a la pared, mientras mi corazón bombea sangre a
mil por hora. Si la ventana diera a la era, el sonido habría alertado a todos
los hombres que pululan por los alrededores. Por este lado, en cambio, las
zarzas de la orilla y el escándalo del arroyo lo habrán absorbido.
Me asomo con cuidado. Me aferro al marco
de madera del ventanuco, cuya pintura verde se descascarilla al tacto, dejando
ver la madera de olivo reseca y oscura de debajo. El camino está desierto; las
matas de jaramagos se agitan bajo el sol en medio de una nube de insectos
golosos. Un grupo de mujeres se acerca por mi derecha; las oigo antes de
verlas, de vez en cuando gritan con desgana el nombre de los niños de la casa
grande.
Todavía no están preocupadas. A medida
que se acercan, me encojo contra la pared. Es mejor que no me vean, es mejor
que no recuerden que los niños de la casa grande no son los únicos que rondan
la era. Pronto están tan cerca que les veo las caras: ropa de diario, expresión
de fastidio. Todavía piensan que es una travesura; que aparecerán tarde o
temprano. Quizá, en ese mismo momento, estén en casa de alguno de sus primos
mientras todos los buscan. Ni siquiera se asoman al arroyo que, en esta parte,
forma un meandro que ha ido excavando un cauce profundo y después lo ha
ensanchado. Hasta un adulto podría ahogarse ahí. Pero los tallos largos de los
jaramagos y las hojas oscuras de las ortigas están intactas, y los niños de la
casa grande nunca cruzan a la otra orilla, donde la tierra pertenece a otro.
Las mujeres se alejan, sin verme. Lo
último que oigo de ellas son unas risas apagadas. A nadie le importan realmente
los niños de la casa grande. Durante un rato, les alegró que sirvieran de
excusa para olvidarse de sus quehaceres. A medida que se acerca la hora de
comer, sin embargo, empiezan a poder con ellas el aburrimiento y el fastidio.
En cuanto se pierden de vista, alargo el
brazo por el lado exterior de la pared. El polvo blanco me araña la piel y me
estiro un poco más. Al pie del muro crece una parra. Nadie la plantó allí;
quizá la raíz llevara décadas enterrada bajo la casa y haya ido labrando su
camino durante años. Papá la descubrió y llevó piedras blancas hasta dibujar un
semicírculo a su alrededor, para atrapar la plantita contra la pared. También
le puso una guía, un listón de madera salido de a saber dónde. La parrita se
aferró a él, se olvidó del suelo y empezó a crecer hacia arriba. Alargo la mano
hasta dar con las primeras hojas y las sigo hasta sentir lo que busco: los
pámpanos. Los voy enganchando entre los dedos y cuando ya no puedo más y siento
que el brazo se me va a salir del hombro doy un tirón y los arranco todos a la
vez, con tanto ímpetu que caigo hacia atrás y acabo en el suelo, rodeada de una
nube de tierra y hojas secas.
Si el ventanuco diera al lateral en vez
de a la parte trasera, podría saltar hasta el huerto, aunque a estas alturas
del año no habrá ahí nada que merezca la pena, salvo que hayan vuelto a brotar
las fresas.
El año pasado, el señor de la casa
grande plantó fresas y echaron un fruto diminuto, cubierto de pelusa, de un
color rojo intenso. Papá fue el primero en descubrirlo y me llevó a verlo.
–Mira, una fresa –me dijo.
Antes de que pudiera reaccionar la
arranqué, me la metí en la boca y me la tragué con su corola y todo. No me
pareció nada especial. A papá sí que se lo debía parecer, porque se puso
furioso. Se arrancó la correa de las trabillas, se sentó en un tocón, me puso
sobre sus rodillas y me azotó hasta que se le cansó el brazo mientras yo
observaba aquella matita escuálida. Seguía sin verle nada especial y, además,
¿qué iban a hacer en la casa grande con una sola fresa? Ni siquiera estaba tan
buena.
Termino de mordisquear mis pampanitos y
los tiro al suelo, machacados e inservibles. Pensar en la azotaina me ha
provocado un picorcito familiar entre las piernas. Me siento en el suelo, apoyo
la espalda contra la pared y me chupo los dedos de la mano derecha antes de
meterme la mano en las bragas para darme gustito.
Es una sensación agradable y frustrante
a la vez: siempre siento que está actividad tendría que llevar a algo. Como
siempre, lo único que consigo es seguir y seguir hasta adormilarme.
Puedes encontrar el libro completo aquí.
12 agosto 2024
Villamatojo
Estoy de vacaciones y no escribo cosas nuevas.
Sin embargo, hay cosas viejas que quizá no conozcas. Aquí te dejo una muestra.
Como todas las
personas mayores, la abuela siempre hablaba a gritos por teléfono.
–Y
en la despensa –le decía en ese momento–, hay conservas de las mías.
Magda
pensó en su abuela haciendo las conservas; esas manos viejas, arrugadas, con la
piel de lagarto fría y escamosa, y las venas gruesas como gusanos morados. Se estremeció
de asco.
–Llevaremos
nuestra propia comida, gracias –le dijo, esforzándose por disimular su desprecio:
a fin de cuentas la vieja les estaba prestando la casa.
–Como
quieras, niña –contestó la abuela, un poco confundida; intuía el rechazo, pero no
era capaz de identificarlo–. Solo acuérdate de que están en una caja, no están a
la vista… Búscalas. Todo lo que hay allí es para comérselo. Coged lo que necesitéis.
Hay ropa de abrigo, mantas… de todo.
La
irritación de Magda iba en aumento. Forzó la despedida antes de perder la paciencia
y decir algo inadecuado. No podía arriesgarse a perder la casa: ese año no tenían
dinero para unas vacaciones de verdad.
Colgó,
apretando el botón rojo tan fuerte que se lastimó el dedo, y después soltó el teléfono
inalámbrico en su soporte para que volviera a cargar. Se masajeó el cuello: había
estado sosteniendo el aparato entre la oreja y el hombro. Estaba muy ocupada haciendo
las maletas, necesitaba las dos manos libres.
Salían
esa misma tarde, en cuanto su marido volviese del trabajo, y todavía quedaba mucho
por empaquetar. En su dormitorio, con los brazos en jarras, miró las pilas de ropa
a su alrededor. ¿Por dónde iba antes de que la abuela la interrumpiera con sus estupideces?
Metió
en la maleta de los niños un par de camisetas más y la imprescindible rebequita
por si refrescaba, antes de que le llegaran los berridos de Pelayo desde el salón.
–Joder.
El
dichoso niño se pasaba la vida llorando, y ella arrepintiéndose del capricho premenopáusico
que había llevado a su concepción.
–¡Jimena!
–gritó–. Ocúpate de tu hermano.
–¡Voy!
–le contestó la muchacha, a voces pero con desgana.
Otra
que tal. Dichosa adolescencia. A veces le daban ganas de mandarla a los veintitantos
de una buena hostia.
Terminó
por fin de preparar el equipaje e hizo un último repaso general. Llevaban más pertrechos
que una falange romana, y aún así siempre se le olvidaba algo de vital importancia.
–Me
rindo –les dijo a las maletas, mochilas, bolsas y paquetes esparcidos a su alrededor.
Cerró la última cremallera, se fue a la cocina, cerró la puerta y se sirvió una
copa de vino que se tomó de pie, en silencio, sola.
El trayecto
en coche apenas había durado dos horas de puro infierno. El imbécil de su marido
se tensaba y reconcentraba sobre sí mismo cada vez que tenía que conducir, dejando
que ella lidiara con los niños como buenamente pudiera desde el asiento del copiloto.
–¡Por
dios, Jimena, juega con tu hermano! –gritó en un momento de desesperación. La muchacha
no se inmutó; a veces Magda pensaba que les había pedido esos absurdos, enormes,
auriculares rosa para poder fingir a gusto que no les oía.
–¡Jimena!
–insistió Magda, gritando por encima de los berridos del niño. La chica separó al
fin los ojos de la pantalla del móvil y los dirigió, indiferentes, inexpresivos,
hacia su madre.
–¿Qué?
–¡Tu
hermano está llorando!
–¿Y
qué quieres que le haga yo?
–¡Lo
que sea! ¡Cántale una canción!
Como
si le hubieran impuesto el peor de los tormentos, Jimena se volvió hacia la sillita
de su hermano y empezó a desgranar “Brilla, brilla, estrellita”, aportándole un
aire fúnebre enteramente de su cosecha.
–Sigue
llorando –anunció antes de terminar la primera estrofa y, colocándose los cascos,
volvió a mirar la pantalla del móvil.
–¡Joder!
–¿es que tenía que hacerlo todo ella misma?– Brilla, brilla, estrellita… –cantó
con furia hasta que el niño, agotado de tanto llorar, se durmió.
Villamatojo
del Pardillo, así lo llamaba ella. A Magda, que se había criado en la capital, le
costaba creer que su familia procediera de un pueblo en mitad del valle de Me-Importa-Un-Bledo.
Estaba harta de oír historias de gente muerta hace tiempo, y de la añoranza con
la que hablaban del terruño. Si tanto les gustaba el pueblo, que no se hubieran
ido. Pero claro, los viejos son así: como su presente es una mierda, no les queda
otra que idealizar el pasado. Desde luego ella no iba a caer en la trampa de lo
bucólico, aunque, las cosas como eran, debía reconocer que el pueblo era bonito.
Bonito para un rato, al menos. Las calles del casco antiguo eran estrechas, retorcidas,
orgánicas; casi era posible imaginárselas como los tentáculos de un ser vivo. No
había aceras, ni direcciones de tráfico: si tu coche cabía por una calle, es que
podía pasar por allí. El suelo era de cemento y piedras, con un surco en medio para
que corriera la reguera de agua. Y las casas eran de madera, piedra y tejas, ocupando
una superficie muy pequeña en la planta baja, y cada vez más en las superiores,
como pirámides invertidas, hasta el punto que en algunas calles las casas de ambos
lados se tocaban, formando túneles de madera vista y cal viva, reforzados con piedra
y ladrillo visto en las esquinas.
De
pequeña, a Jimena le había encantado. Decía que era el pueblo de los cuentos. Ahora
apenas apartaba la mirada de la pantalla de su móvil, pensó Magda con irritación,
y por pura costumbre le lanzó una mirada furibunda a su marido, que se encogió.
–¿Cuántas
vueltas planeas dar? –le espetó.
–Es
que no me gusta aparcar donde la iglesia.
Por
supuesto: el único sitio donde la calle se ensanchaba, y justo a su marido no le
parecía bien.
–Pues
aparca donde sea ya de una vez.
–Sí,
sí…
Joder.
¿Tenía que ser siempre tan sumiso? A Magda la sacaba de quicio. Apenas podía reprimir
su furia mientras Rodrigo intentaba aparcar, repitiendo la misma maniobra una y
otra vez. Desde luego, es que no fallaba: cuanto más sitio tenía, peor aparcaba.
Magda estaba convencida de que lo hacía adrede para irritarla.
En
cuanto el motor se detuvo, el niño salió de su atolondramiento y empezó a llorar
de nuevo.
–¡Joder,
Pelayo! –exclamó Magda, saliendo a toda prisa del coche y golpeándose la cabeza
de paso. Sacó al bebé de la sillita con manos temblorosas: el llanto quejumbroso
de su hijo la ponía de los nervios.
Cuando
llegaron a la casa empezaba a anochecer, y los vecinos ya estaban en la puerta,
sentados en sillones plegables de playa; ellas, con sus batas de flores; ellos,
con sus bigotitos pasados de moda, sus camisas blancas y sus pantalones de pinzas
subidos casi hasta las axilas; todos ancianísimos pasada ya la ochentena.
–Buenas
noches –saludó Magda. La abuela le había pedido que diera recuerdos a los vecinos,
uno por uno, pero Magda no estaba para tonterías. Eran los amigos de la infancia
de la vieja, no los suyos. En lo que a ella respectaba eran poco más que parte del
paisaje.
–Hombre,
hola –le contestaron los vecinos, con genuina alegría–. ¿Qué, a pasar las vacaciones?
–Sí
–contestó en los que esperaba que fuera un tono cortante, lanzando reojos a su marido,
que no atinaba con las llaves–. ¿Abres o qué?
Rodrigo
dio un respingo.
–Sí,
sí.
–Esa
manía de cerrar con llave –le dijo el vecino, cuando ya Rodrigo conseguía abrir–.
Aquí no hacemos esas cosas. La vida se hace en la calle, con las puertas abiertas…
–Pues
yo prefiero cerrarla, gracias –le cortó Magda. Y, entrando en la casa, les dio un
portazo en las narices.
Jimena
había subido directamente al sobrao: el único sitio donde podía conseguir cobertura.
Probablemente no la verían hasta la hora de la cena; tanto mejor porque estaba insoportable.
Rodrigo había entrado al comedor y trasteaba con los botones de la televisión, sin
conseguir otra cosa que interferencias y estática. Magda no sabía por qué se empeñaba,
año tras año. Era una batalla perdida. Alguien tendría que subirse al tejado y recolocar
la antena, pero al inútil de su marido le daban miedo las alturas, y ella desde
luego no pensaba hacerlo.
El niño se despertó
a las siete de la mañana y empezó a llorar. Magda lo cogió en brazos y bajó a la
cocina a prepararle un biberón. En el hueco de la cocina los berridos del niño se
amplificaban y levantaban ecos por toda la casa, pero Magda no se hacía ilusiones;
ya podía hartarse de llorar, el padre de la criatura nunca se daba por aludido.
Por supuesto, Magda podía despertarlo. Él se lo había pedido en innumerables ocasiones.
“Ya sabes que yo cuando duermo no me entero de nada. Despiértame si necesitas ayuda”.
Tan amable, tan solícito, tan dócil. Era simplemente insoportable: Magda no lo despertaba
para no tener que hablar con él. Si dormía hasta mediodía, medio día de aguantarlo
que se ahorraba.
Se
vistió, se colgó al niño en la mochila portabebés, y salió a la calle. Ya que había
madrugado, al menos desayunaría churros. Cerró la puerta con llave detrás de ella,
acordándose de los vecinos. “La vida se hace en la calle”, le habían dicho. Claro
que sí. ¡Para poder cotillear a gusto! Pues a ella que no la esperaran. No pensaba
rebajarse a su nivel.
Cruzó
el túnel y subió por una de las calles más rectas del casco antiguo, trastabillando
por el pavimento irregular, pasando de un lado a otro de la reguera para esquivar
la porquería. ¿Qué era aquello? El pueblo siempre estaba impoluto, eso al menos
sí que lo tenía. Unos metros más adelante, un hombre estaba tendido en el suelo,
bocabajo. Tenía la ropa rota, y apestaba. Un borracho, pensó. Magda contuvo la respiración
al pasar a su lado. Seguramente era un turista. Cómo odiaba a los turistas. Se paseaban
por el pueblo embobados, diciendo estupideces como que parece el escenario de una
película y sintiéndose muy especiales por haberlo descubierto, como si las redes
sociales no estuvieran llenas de fotos hechas por cientos de imbéciles como ellos.
Y si ahora encima les iba a dar por beber… Los lugareños tenían sus cosas, pero
al menos no se desplomaban borrachos en mitad de la calle. De pronto el agua de
la reguera le dio un asco infinito. A saber si, cauce arriba, había pasado por el
cuerpo de otro como este.
Siguió
subiendo la cuesta y pasó por el segundo túnel pero, antes de llegar a la plaza,
se detuvo. Había mucha gente para la hora que era. Parecían pasear, pero no caminaban
con normalidad; avanzaban despacio, a trompicones, sin dirección definida, contorsionando
su cuerpo de maneras extrañas. ¿Sería una de esas costumbres típicas que ella encontraba
incomprensibles? Pero no, no podía ser. Podían fingir los andares, incluso la palidez.
Pero ¿quién querría fingir aquel olor?
El
niño, que se había quedado dormido en la mochila, mecido por contoneo de sus caderas,
notó la ausencia de movimiento y se despertó, llorando. El berrido retumbó en la
plaza porticada y cincuenta, cien cabezas se volvieron hacia ellos. Magda reparó
entonces en las miradas ausentes, las bocas desencajadas. El corazón se le vino
a la garganta y se quedó paralizada, invadida por el terror más puro que había sentido
jamás.
Iban
hacia ella.
Se
dio la vuelta y echó a correr, tropezando, calle abajo. El niño no paraba de gritar,
y atraía a más engendros de las calles adyacentes. Le tapó la boca con una mano,
perdió el equilibrio, cayó de rodillas, se volvió a levantar. Estaba a punto de
llegar al punto donde antes había visto al borracho: lo vio, intentando incorporarse,
la misma mirada, la misma boca que el resto. También quería atraparla. Todos querían
atraparla. Y lo iban a conseguir; estaban cada vez más cerca. No llegaría a la casa.
Aunque llegara, estaban pegados a ella; no le daría tiempo a abrir la puerta. Dios.
¿Por qué habría cerrado la estúpida puerta con llave? Necesitaba al menos unos segundos
de ventaja. Casi la tenían. Notaba sus manos frías y húmedas en los brazos, en la
espalda, intentando sujetarla. Si no conseguía sacarles un poco de ventaja la atraparían.
Ni
lo pensó. Se llevó la mano a la espalda, y soltó los cierres de la mochila portabebés.
El niño cayó al suelo envuelto en la loneta de colores, y ella saltó limpiamente
por encima, haciendo caso omiso de su llanto. En pocos segundos cesaría, ahogado
por otros ruidos; los crujidos y chasquidos de muchas mandíbulas mordiendo huesos,
arrancando carne, rompiendo cartílago.
Magda
dejó a sus perseguidores atrás. La casa estaba ahí mismo. Sacó la llave del bolsillo,
pero no le hizo falta usarla: justo cuando llegaba, Rodrigo abría la puerta.
–Me
ha parecido oír…
Magda
lo empujó, entró en la casa y cerró la puerta detrás de ellos.
–¡Cállate!
–siseó, y le puso la mano en la boca, tapándosela.
Echó
el cerrojo y la llave, y después comprobó que las ventanas de la planta baja estaban
cerradas a cal y canto.
El
sonido de la manada se acercaba. El niño les había sabido a poco. La habían perseguido
hasta allí, aunque creía que no habían visto dónde había entrado. La calle se llenó
del sonido de pies arrastrados, crujidos de articulaciones, gemidos hambrientos.
–¿Qué
son esas cosas? –preguntó Rodrigo, en un murmullo.
–No
lo sé. Han intentado atraparme.
–Espera,
¿y el niño?
A
Magda se le llenaron los ojos de lágrimas.
–Se
me cayó. Lo llevaba en brazos y se me cayó.
–¡Tenemos
que salir a buscarlo!
–No
–lloriqueó Magda–. Se lo han…
–Oh,
dios mío. Oh, dios mío.
Jimena
eligió ese momento para aparecer en el pie de la escalera.
–¿Vosotros
tenéis cobertura? –preguntó–. Llevo desde anoche sin poder usar el móvil.
–Jimena…
–le dijo su padre, lloroso.
–¿Qué
os pasa ahora?
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