A las 9:50 de la mañana de un viernes cualquiera, mi cobaya se escapó y se escondió detrás del bidet.
Eran ya casi las 11 de la mañana, el bicho no salía, y todavía no había fregado el baño, así que respiré hondo y empecé a pensar.
Bien.
Veamos.
El bicho come aproximadamente cada media hora. Es posible que ahora esté asustado, pero si le dejo en paz de aquí a un rato le empezará a hacer ruidos la tripita, y saldrá sola. Lo que tengo que hacer es ignorarla... y fregar el baño, que se me está haciendo tarde.
Así que me puse a fregar el baño, bidet incluído, pero no llevaba ni cinco minutos cuando me di cuenta de que algo fallaba.
Hacía calor.
Mucho.
Y usar lejía en una habitación cerrada quizá no sea la mejor idea del mundo, francamente.
Pero claro, si abría la puerta Arale-chan podría aprovechar otro descuido para escapar, y con la cantidad de estanterías que hay en casa no la volveríamos a ver... Ni a la parte blanda de nuestros libros, de paso.
Entonces se me ocurrió la idea de poner una barrera.
La de veces que me comí la barrera dichosa, oyes...
Me sentía un poco estúpida, pero el baño quedó reluciente, y eso es muy importante porque nunca se sabe cuando puedes acabar comiendo en el suelo de tu cuarto de baño.
Cuando acabé, Arale-chan no había hecho ni el más mínimo intento de salir y yo empezaba a desesperarme, así que decidí sacarla de ahí aunque fuera a trozos.
Como la mano no me llegaba busqué algo que pudiera usar, pero por desgracia sólo encontré esto:
Enseguida me di cuenta de que era mala idea, porque no había espacio sufiente para el mango.
Si no podía sacarla yo, tendría que obligarle a que saliera era.
Lo probé todo.
Torturé a su peluche:
Le puse un trampa:
Le puse la jaula a la vista, para ver le daba ganas de volver al hogar:
Le enseñé su plato vacío:
Y lleno:
Y finalmente puse una vela, a ver si se conmovía y salía de una vez:
Era ya la una de la tarde, al bicho no le daba la gana de salir, y no podía irme a trabajar con el estómago vacío. Mientras estaba comiendo se me ocurrió una idea que me pareció brillante.
De postre me corté una raja de melón, superdulce, superoloroso, superbueno.
Me lo llevé al baño, me senté en el suelo, cerquita del bidet, y empecé a comérmelo.
-Ummmm... -exclamé-. Que bueno está el melón. Es una pena que sólo puedan comerlo los mamíferos que están fuera del bidet.
Jo.
Me parece que he tocado fondo.
Continuará...