Confieso: yo también he tenido roces con el personal de seguridad de los museos, ojo.
En una ocasión, acompañando a un grupo de chavales mexicanos, un prosegur les llamó sudacas.
Por suerte eran jóvenes e inocentes.
-¿Qué es sudaca? -me preguntaron.
-Pueeeeeees, ejem, un gentilicio.
-Que gracioso hablan acá -dijeron, y la cosa no llegó a más.
La vez que yo ya me veía en un calabozo fue el día que visité el Palacio Real con mis alumnas.
Madrid tiene un Palacio Real muy bonito, que se puede visitar, y que además organiza unas exposiciones temporales muy interesantes y de pase gratuito, un lujo.
Así que cogí a mis chicas y me planté en la puerta del Palacio, y cuando íbamos a entrar se nos acercó un miembro de las fuerzas de seguridad del estado, con su uniforme de gala y todo.
-¿Dónde van?
-A la exposición.
-No se puede pasar.
-¿Por qué?
-Actos oficiales.
Se me olvidaba un pequeño detalle: el Palacio Real sigue en uso, y cuando hay actos oficiales se cierra al público. Normalmente se puede consultar por teléfono los días que está abierto, pero a veces surgen imprevistos y plaf, te lo cierran sin avisar.
-Pe-pero... si está la puerta abierta...
-Sí, pero por motivos de seguridad sólo se puede entrar a la cafetería.
Me quedé de pasta boniato. ¿Seguridad para quién? Desde luego, no para el pincho de tortilla.
En fin, como está muy mal discutir con las fuerzas de seguridad del estado, sobre todo si son tres veces más grandes que yo y van armados, me volví a mis alumnas y les anuncié que mejor no íbamos a ver la exposición, pero no porque lo diga este señor, eh, sino porque a mí ya no me apetece.
-¿Y qué hacemos?
-Pues ya que estamos aquí vamos a ver la Catedral de la Almudena.
-Pero si es muy fea...
-No es fea, es...
simpática.
Más o menos convencidas nos dirigimos a ver los famosos relieves de la puerta principal, pero cuando íbamos a mitad el representante de la autoridad de la puerta llegó corriendo hasta nosotras.
Jo. Eso es que le he gustado.
-¿Dónde van? -volvió a preguntar.
-A ver las puertas de la Catedral...
Para mí que sonó a mentira de las gordas. La gente intenta mirar la Catedral lo menos posible, por si se le desprenden las córneas o algo.
-No pueden estar aquí...
-¿Tampoco?
-No. Es por motivos de seguridad...
-Oiga, somos una clase de arte. Yo soy inofensiva -vale, mentí-, y mis alumnas también.
Detrás mía mis alumnillas pusieron cara de buenas. O lo intentaron. No coló.
-Lo siento, no puede ser.
-Vale, no importa.
Retrocedimos unos metros.
-Bueno, tendré que explicarlo desde aquí...
-Disculpen, aquí tampoco puede ser.
-¿Y un poco más allá?
-Tampoco.
-¿Y...?
-Que no.
-Jo.
A estas alturas ya teníamos a tres señores de uniforme a nuestro alrededor, y entonces fue cuando mis alumnas sacaron la rebeldía adolescente que llevan dentro.
-Que sólo queremos ver las puertas...
-¡Si no vamos a hacer nada!
-Somos buenas.
-Y monárquicas.
-Será un ratito, ¿a que sí, profe?
A la profe, o sea a mí, le estaba dando un temblor de pensar que tenía que explicarles a las familias de las alumnas que las habían detenido por resistencia a la autoridad. Además es que las conozco, y ese afán repentino por aprender me estaba dando mala espina hasta a mí. Mira que si resulta que son una férula terrorista de esas, a ver quién se va a creer luego que yo no tenía ni idea.
-Venga, chicas, da igual, os las explico desde lejos.
Nos fuimos alejando, escoltadas por los tres señores de uniforme, que sólo nos faltaba el palio.
Nos acompañaron hasta la acera.

Lejos.
Muy lejos.
Superlejos.
Y además empezó a llover.
Pero aquello ya era una cuestión personal, así que me planté en la acera, y mis alumnas detrás mía, y delante los tres señores de uniforme haciendo de barrera, con cara de circunstancias.
-Bueno -empecé-, si mirais por encima del benemérito de la izquierda, podeis ver parte del relieve de la Trinidad...
Cuando acabé de explicar di las gracias a los guardaespaldas y nos fuimos a ver el interior de la Catedral que, por suerte, tiene puertas también por el otro lado.
Jo, pensé, después de esto ya no nos puede pasar nada.
Error.
Dentro de la Catedral me empeñé en explicarles a las chicas que no es que las vidrieras sean feas, es que son simbólicas.
A las alumnas les dio la risa floja.
-Jijijiji... simbólicas...
-Jijijiji, simbolizan lo feas que son...
Yo intentaba poner orden.
-Chicas, que estamos en un recinto sagrado, por favor, un poco de autocontrol...
Pero ni caso, oyes.
Entonces se oyó La Voz.
-SILENCIO, POR FAVOR.
A mí se me hizo el estómago una bolita.
Lo que faltaba.
-¿Dios? -pregunté.
-No profe -dijeron mis chicas-: altavoces.
Jo, que susto.