No, empecemos por el principio.
Zarajota tiene una guitarra.
La tiene aunque no sabe tocar la guitarra ni tiene intención de aprender nunca; y la conserva año tras año a pesar de que no sabe tocar la guitarra ni tiene intención de aprender nunca y vivimos en un piso muy pequeño que cada vez se nos queda más pequeño, lo que me ha obligado a tirar mis apuntes de la universidad y vender gran parte de mis libros pero no pasa nada, que tu p*t* guitarra la guardamos, ¿eh?
Sin rencores.
Hace unos meses bajé la guitarra del altillo
Se le pusieron los ojos como bolillas, trepó a la cama, se agarró a la guitarra como pudo y rasgó las cuerdas mientras cantaba:
-¡Ooooooh! ¡La-la-laaaa!
Como Zarajota no toca la guitarra (no sé si lo he mencionado antes), solo pudimos encontrar una explicación: que hubiera visto tocar la dichosa guitarra en la guarde.
-No -contestó la seño sin inmutarse lo más mínimo-. Aunque a veces hacemos air guitar.
Me quedé pasmada. Eso es un contenido curricular básico, y lo demás son tonterías.
Así que, en vez de tirar la guitarra, la hemos dejado a la vista de Bebé-chan. Se la damos cuando la pide. Ella se pone muy seria y la aporrea con mucho entusiasmo. Cuando vamos por la calle no se le escapa un músico callejero ni una funda de instrumento, le da lo mismo que sea de violín que de contrabajo.
-¡UNA QUITARRA! ¡UNA QUITARRA! -grita mientras señala, con mucha discreción.
Y ya que Zarajota no sabe tocar (¿lo había dicho antes?), hemos intentado buscar un profesor para la nena, sin mucho éxito, hasta que al final nos recomendaron que nos apuntáramos a clases de música en movimiento, que son clases en las que... bueno, hay música y hay movimiento.
El primer día fui muy ilusionada. Por desgracia, también fui muy tarde: cuando entramos en la clase el resto de papás, mamás y bebés ya estaban sentados en el suelo formando un círculo y haciendo... bueno, música en movimiento.
Hay niños que, cuando están en un lugar desconocido rodeados de personas desconocidas haciendo cosas desconocidas (léase ridículas) se asustan y lloran o se aferran a sus madres. Bebé-chan no. Bebé-chan levanta una ceja. Y esa ceja levantada, en éste caso, significaba: "madre, estoy rodeada de imbéciles, y TÚ eres uno de ellos".
Nos quitamos los zapatos y nos unimos a la clase: yo llena de entusiasmo y Bebé-chan con su ceja levantada. No puedo decir que la nena se lo pasara mal, en realidad participó en todo, muy seria y con la ceja cada vez más arriba, echándome reojos de "mira lo que me estás obligando a hacer", "me avergüenzo de que seas mi madre", y así, hasta que casi al final de la clase, después de cantar, bailar y tocar las maracas, los padres nos volvimos a sentar en el suelo con los churumbeles en las rodillas.
-Y ahora, ¿queréis que hagamos un juego? -dijo la monitora.
Bebé-chan se levantó con gran dignidad y me miró a los ojos.
-NO. NO QUERO. MAMÁ, VAMOS CALLE.
Todavía no sé qué estaba intentando decirme.
.





