08 noviembre 2021

El verano de las contrariedades, 5

Voy a ir acabando, que nos va a durar el verano hasta diciembre. 
A todas las desgracias anteriores les sumamos una lógica preocupación por el gato.
Para empezar, lo habíamos drogado, metido en un tren y luego soltado en una casa desconocida que conservaba el olor, los pelos y los juguetes de dos gatos que no estaban ahí. 
Era de esperar que el gato estuviera estresado. 

Bueno, al menos los primeros días y eso. 
Que le costara relajarse.

Que no encontrara su sitio.
Que se quitara de enmedio. 

Que echara de menos sus juguetes.
No sé, lo normal. 
El caso es que, además del trauma provocado por el viaje, a los pocos días desarrolló una infección de oído probablemente por la necrosis debida a la falta de movimiento que le incomodaba mucho. 

Bueno, la verdad es que hasta que no empezó a supurar un líquido negro por la oreja no notamos nada, para qué nos vamos a engañar. Así que buscamos un veterinario por allí por el Puerto y nos lo llevamos para que le miraran la oreja. 
El problema es que, como suele ocurrir, los veterinarios se distraen con los detalles insignificantes.
-Este gato está gordo. 
-No está gordo, está fuertecito. 
-Fuertecito en su obesidad. 
-Es de huesos anchos. 
-Y de grasa ancha también, para no desentonar. 
-El caso es que tiene una infección en el oído. 
El veterinario dejó de mirar las lorzas del gato y se centró en el oído.
-¿Le ha pasado más veces?
-Sí, a menudo.
-Es porque tiene el canal auditivo muy delgado. 
Los veterinarios es que son así: si estás gordo porque estás gordo, si estás delgado porque estás delgado, nada les parece bien. 
-¿Y qué podemos hacer?
-Bueno...
La propuesta del veterinario era que cada doce horas cogiéramos al gato y le hiciéramos tragar una pastilla, manteniéndole la boca cerrada hasta que se la tragara. Después, y aprovechando que el gato estaría ya relajado, teníamos que limpiarle los oídos con un liquido especial y bastoncillos, y después, por si se había quedado con ganas de más, había que echarle unas gotas.
Mañana y noche, durante diez días nada más. 
La verdad, no sabría deciros si la experiencia era más traumática para el gato o para nosotros. 

Vale, sí, para nosotros. 
Diez días más tarde cogí al gato, considerablemente más resabiado, todo hay que decirlo, y volví al veterinario. El veterinario le inspeccionó cuidadosamente los oídos durante un buen rato. 
-Y bien -pregunté al final-, ¿cómo lo ves?
-Gordo. 
La cosa es criticar. 


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¡Últimos días para conseguir el libro de la vieja y malvada bruja!
Y el murcielaguche, claro. 











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