20 abril 2020

Prioridades

Querida Nena-chan.

Desde que empezó el confinamiento,
hemos hecho:
un cartel de ánimo para ponerlo en el balcón,

flores para convertir el salón en un jardín,

un taller de estampación,

un castillo con material reciclado,

búsqueda de huevos de pascua,

una mona,

un vídeo para celebrar el cumpleaños de Amiga-chan
(este me lo guardo para la posteridad),

conejos,

dos fiestas de cumpleaños vía Skype,

pan, tarta y pizza casera;


hemos aprendido:
a tocar el Himno de la Alegría, La cucaracha y Feliz cumpleaños con el pianot,
a hacer las camas,
la tabla del 6, en proceso la del 7;
hemos visto unas ochocientas películas y leído unos ocho mil libros,
hemos hecho guerras de cosquillas,
has escrito tu propio animalario y estamos escribiendo a cuatro manos un libro de superhéroes...

Así que me gustaría saber, si no es mucha indiscreción, por qué cuándo le profe te pide que anotes qué has hecho estos días, tú respondes:

DESAYUNAR Y LAVARME LOS DIENTES.



Pd: no es broma.





13 abril 2020

La mascarilla

Hace unos días, en el supermercado, una viej... anciana me llamó inconsciente por no llevar mascarilla. Aquello me sentó muy mal porque es verdad que soy una inconsciente, pero de toda la vida, mucho antes de que llevar mascarilla se pusiera de moda.
Además, lo de no llevar mascarilla no era culpa mía: no se encuentran ni por todo el oro del mundo, y se supone que debemos reservarlas para las personas que realmente las necesitan, como, yo qué sé, la viej... anciana que se encaró conmigo.
El caso es que entonces me di cuenta de que yo era la única clienta del supermercado que no llevaba una mascarilla puesta. En serio. Las había de todo tipo: de chichinabo, de runner, de pintor, profesionales, hechas con retales o incluso de ganchillo. DE GANCHILLO. Que si no sirve para hacer preservativos ya me diréis para parar un virus mortal, pero bueno.
Me quedé en plan: o sois todos enfermos y/o grupos de riesgo, que entonces tendríais que estar en vuestra casa, o tenéis encima más tontería que la sonaja de una pandereta, pero bueno.
El problema es que se estaba produciendo el efecto playa nudista: cuando todos van desnudos, el que más llama la atención es el que va vestido. En mi caso, cuando todos van con mascarillas ridículas, el que más llama la atención es el que no la lleva. O lo que es lo mismo, yo.
Por primera vez desde que empezó toda la movida, pasé miedo en la calle. Pero no por el virus, sino por la gente. Que el confinamiento es muy malo para las cabezas y un día te gritan por no llevar mascarilla y al siguiente te llevan a la plaza del pueblo y te tiran al pilón.
Con el frío que está haciendo esta semana santa.
Entonces vino en mi rescate Ca_ín, que me recomendó este tutorial.
Lo que pasa es que ¿para qué seguir un tutorial cuando puedes quemar crear tu propia mascarilla?
Pensé que podía hacer mi propia mascarilla basándome en una que tenemos por casa:
Seguramente estáis pensando: ¿y por qué no usas directamente esa mascarilla?
Bueno, el dentista se la regaló a los niños la primera vez que fueron a consulta, hará como tres años, y la han estado usando para jugar desde entonces. No solo no protege del coronavirus sino que, probablemente, sea el origen.
El caso es que después de relativamente poco esfuerzo tenía mi propia mascarilla.



Lo que es proteger no protege ni del polvo, pero me queda monísima y me realza mucho los ojos, que es lo importante.


Entonces intervino mi madre, que ya ha hecho unas cuantas mascarillas para que le peguen con todo:
-Le puedes poner algo por dentro.
-Ay, qué bien, pues voy a meter el móvil.
-No, Lorz, para que te haga de filtro.
-Ah. ¿Cómo una artesa?
-...quizá algo más pequeño y, bueno, cómodo y... ¿cómo diría? Realista. Hay gente que está usando compresas.
Vaya.
La verdad es que la idea era buenísima, porque las compresas tienen una capa de plástico, muchas de celulosa, se quedan fijas con el pegatrón y se pueden cambiar cada vez que se quiera.
El problema es que no tengo compresas en casa porque yo soy más de copa menstrual.
Pero bueno... supongo que al final lo mismo da una cosa que otra.


06 abril 2020

El aprovisionamiento



Me he hecho una experta en aprovisionamiento durante la plaga.
Es más: estoy haciendo un estudio de qué se agota antes y por qué, para legárselo a las generaciones futuras.
Pensaba que, una vez declarado el estado de emergencia, lo primero que se agotaría en los supermercados serían las latas de fabada litoral y de melocotón en almíbar.
Es que soy de pueblo.
Sin embargo, la realidad ha superado una vez más a la ficción y hemos vivido escasez de los productos más absurdos que uno imaginarse pueda.

Como todos sabemos, lo primero que se agotó fue el papel higiénico.
La prima de ZaraJota tenía una teoría al respecto:
¿Por qué necesitamos tanto papel higiénico? Pues porque uno estornuda y diez se hacen caca.
Vale, no es una teoría. Es un chiste. Presuntamente. Nos lo mandó mientras estaba ingresada por COVID, así que no se lo vamos a tener en cuenta.

Mi madre tenía otra:
El papel higiénico es más grande, y caben menos unidades por palé. Seguramente se han vendido menos paquetes de papel higiénico que de cervezas, por ejemplo, pero en el papel higiénico se nota más. Y claro, una vez que se empieza a ver que no hay papel, la gente entra en pánico y acapara.

Otra teoría, que leí en algún artículo y no recuerdo cuál:
En las películas, cuando hay un apocalipsis la gente llena los carros de papel higiénico (es grande, barato, no pesa, y no hace ruido ni daño si se cae durante el rodaje) y esa imagen se ha quedado grabada en el imaginario colectivo de tal forma que, en cuanto nos anuncian el apocalipsis, llenamos el carro de papel higiénico.

Yo tengo otra teoría:
Se hace mucha caca cuando no tienes nada que hacer más que ver la tele y comer. Pero mucha, mucha.

Ahora el papel higiénico ya no falta, pero sigue estando rodeado de una especie de aura de artículo de lujo: en algunos supermercados lo ponen en los frontales, al lado de las cajas, para que se vea que hay.


Lo siguiente que eché en falta fue la leche, al menos durante los primeros días: llegamos al extremo que solo se encontraba leche marca Día. Saquen sus propias conclusiones.
Lo de la leche tiene su lógica: la leche en brick dura mucho y con los niños en casa se consume a una velocidad cercana a la de la luz: en mi casa caen cerca de dos litros al día, catorce a la semana, y si la intención es no salir a la compra en dos semanas necesitamos... bueno, no tengo la calculadora a mano pero yo diría que muchos.

Luego empezó a faltar la harina.
Desde mi punto de vista tardamos mucho en llegar a este punto, o sea, ¿dónde está la generación de la posguerra cuando se necesita? Con harina y un par de cosas más se pueden hacer un montón de cenas de pobre. Quizá no tengan la aprobación de los mejores nutricionistas, pero el virus tampoco y mira lo bien que le va.
Sin embargo, la harina no se agotó para hacer buñuelos, sino para hacer pan.
Científicos de todo el mundo han estudiado este fenómeno y todavía no saben si es una muestra de compromiso con la política de salir de casa lo menos posible o que somos todos tontos del culo, pero esperan llegar a una conclusión en breve.

Lógicamente, si nos ponemos a hacer pan como locos, lo siguiente que falta es la levadura. Pero a lo bestia. En estos momentos es imposible encontrar levadura de ningún tipo y el FMI se plantea eliminar el patrón oro y crear un nuevo sistema monetario basado en los sobrecitos de Royal.

Pero cuando Dios te quita la levadura, Youtube te da tutoriales de masa madre. Y ¿con qué se hace la masa madre? Con harina integral.
La harina integral desapareció de nuestras vidas, y ahora mismo es tan difícil de encontrar como el vellocino de oro, la ciudad perdida de Atlantis o la levadura.

También han desaparecido algunos tipos de pasta, pero no todos. Algunos días hay solo espaguetis y al siguiente puede haber solo caracolas, es un misterio. Curiosamente, no ha habido escasez de tomate frito y/o triturado. ¿Con qué os estáis haciendo los macarrones, so degenerados?


Hasta aquí las cosas a las que les veo una cierta lógica. Ahora entramos en Villa Maracas.

Es imposible encontrar jabón de manos en gel. El normal de toda la vida. PERO VAMOS A VER. Que sí, que nos han dicho que nos lavemos mucho las manos, y me alegra ver que todos os las estáis lavando mucho, pero con un poco de lógica.
Vaya, que si estás en casa todo el día rascándote los huevos y sin contacto ninguno con el mundo exterior para qué te vas a lavar las manos cada media hora, que se te va a caer la piel. Sobre todo teniendo en cuenta que, hasta donde sabemos, los testículos no son transmisores de coronavirus.

Otra cosa que ha desaparecido sin motivo aparente son las natillas de fresa, probablemente porque es una guarrería que no le gusta a nadie salvo a ZaraJota (no descarto que sea gay). El caso es que hay de todos los sabores menos de fresa.

La lejía y el sanitol. A no ser que estéis aprovechando el confinamiento para hacer limpieza y/o asesinar discretamente a vuestras familias, es totalmente inexplicable.

Las palomitas de maíz. Espero que tarde o temprano alguien exija responsabilidades a Netflix, HBO y Disney+.

El maíz en lata. Vosotros sabéis que con eso no se pueden hacer palomitas, ¿verdad? Que os veo capaces.

Por último, y para mi total desconcierto, han desaparecido los calabacines.
Pero a ver. Que yo entiendo que estamos en una situación muy difícil, que hay que liberar tensiones y todo eso... pero usad un satisfyer, que es mucho más higiénico, por favor.







Pd: Mis libros siguen disponibles en Lektu.

30 marzo 2020

La plaga

Nena-chan está muy agobiada por la situación.
Le hemos explicado lo que pasa y de vez en cuando le dejamos ver las noticias.
También le dejamos ver las comparecencias del presidente porque no se entera de nada de lo que dice pero un señor tan alto y tan serio sin duda debe de tener razón.
Aún así, ella sigue con el roe roe.
Le hemos dicho que no hay motivos para preocuparse, que se está haciendo todo lo que se puede y que si de verdad quiere hacer algo para luchar contra el coronavirus lo mejor es que ordene su habitación.
Ninguna de las tres ha colado.
Al final, una mañana me arrinconó en la cocina.
-Mamá, ¿y si la cuarentena no se acaba nunca?
-Claro que se va a acabar.
O sea, o se muere el bicho o nos morimos nosotros: tarde o temprano esto se acaba.
-¿Cómo lo sabes?
Estoooooo....
-Bueno, mamá estudió Historia. Sabe todo lo que ha pasado desde el origen de los tiempos.
Cuarta arriba, cuarta abajo.
-¿Desde antes de que hubiera Netflix?
-Probablemente. Y por eso sé que a lo largo del tiempo ha habido muchas plagas, muchas epidemias y muchas cuarentenas, y al final todo pasa.
-¿De verdad ha habido muchas?
-Uy, sí. Muchísimas. Por ejemplo, en la edad media hubo una plaga muy grande y muy mala.
-¿Y la gente se ponía enferma?
-Mucho, morían entre terribles dolores.
-¿Mo... morían?
-Sí, un cuarto de la población mundial murió.
-¿Un... cuarto?
-Eso significa que de cada cuatro personas, una moría. Entre terribles dolores y eso.
-Pe... pero... nosotros somos cuatro.
-¡Pues uno para la saca! ¡Jajajajaja!
-...
-Y eso no fue lo peor: la gente entró en pánico, y cada vez que alguien se ponía enfermo, los vecinos tapiaban las puertas y las ventanas de la casa y le prendían fuego ¡con toda la familia dentro!
-...
-Después de eso, faltaban brazos para trabajar el campo, así que hubo escasez de comida y mucha gente murió de hambre. Los sueldos subieron muchísimo, eso sí.
-...
-¿Lo has entendido, Nena-chan?
-Sí.
-¿A que te sientes mejor?
-No.
Los niños de hoy en día es que no aprecian las lecciones de la historia.

Extrema necesidad

A ver, que yo entiendo que en estos momentos sólo hay que salir en casos de extrema necesidad.
Pero ¿qué es extrema necesidad?
Por que a ver, yo tengo NECESIDADES.
Y, en este momento, empiezan a ser bastante EXTREMAS.
O sea, tengo una niña que nunca se duerme antes de las doce de la noche y un niño que siempre se levanta antes de las siete de la mañana, y entremedias es habitual que se despierten.
Pero no nos llaman a gritos como los niños normales, noooooooooo....
Son como ninjas.
Nene-kun tiene la costumbre de quedarse en el quicio de la puerta de nuestro dormitorio hasta que sentimos el peso de su mirada y nos despertamos (si es que nos habíamos dormido), mientras que Nena-chan prefiere quedarse a los pies de nuestra cama, en silencio, hasta que abrimos un ojo (si es que lo habíamos llegado a cerrar) y la descubrimos ahí.
Esto pasa como media dos o tres veces por noche y desde ya os digo que el corazón lo tenemos fuerte, porque despertarse con el ruido de la respiración de una figura fantasmagórica a los pies de tu cama es como para pararle el pulso a cualquiera.
Ninguno de los dos duerme siesta, benditos sean.
Como comprenderéis, jugar al parchís conyugal en estas condiciones es dificilísimo.
Imposible, de hecho.
En los últimos años, ZaraJota y yo solo hemos conseguido intimar cuando dejamos a los niños con los abuelos para "ir al cine".
Os voy a ser sincera: los abuelos sospechan.
Seguramente os estáis preguntando por qué no les decimos directamente que queremos echar un casquete: pues porque nos corta el rollo que sepan lo que estamos haciendo.
Así que les decimos que nos vamos al cine, aunque en el fondo ellos saben lo que estamos haciendo, y nosotros sabemos que ellos lo saben, y ellos saben que nosotros sabemos que lo saben y nosotros...  espera, ¿por dónde iba?
Bueno, que no es lo mismo.
El caso es que con esto de la cuarentena, llevar a los niños a la casa de los abuelos nos resulta imposible. Nos hemos planteado varias alternativas, desde meter a los niños en el carro de la compra hasta disfrazarlos de perrito. La desesperación nos ha llevado a tal punto que la semana pasada Nena-chan se despertó con un ojo hinchado y lo primero que pensé fue:
ARREANDO PARA CASA DE LOS ABUELOS QUE SI ME PARA LA POLICÍA DIGO QUE VAMOS AL PEDIATRA.
Pero luego me di cuenta de que era absurdo.
Es decir, aunque consiguiéramos llegar con los niños a la casa de los abuelos, ¿cómo íbamos a decirles que nos vamos al cine?
¡Si no hay nada interesante en cartelera!

23 marzo 2020

El emprendedurismo

Me dicen por ahí que no he sido lo suficientemente pesada.
Con esto.


No he sido lo suficientemente pesada con esto.
Con otras cosas sí, ¿eh? Que no decaiga la fiesta.
Así que os cuento: me he vuelto tó loca y ahora soy autónoma freelance de las sinergias proactivas.
Me he unido al emprendedurismo.
El emprendedurismo no es exactamente como yo pensaba: para empezar, ZaraJota sigue sin dejarme prender fuego a nada.
Las cosas como son: tampoco he necesitado nunca su permiso.
Y luego, que ha venido la plaga y eso.
Que en sí misma no es que afecte mucho al desarrollo de mi actividad pero, francamente, una pequeña editorial que nace no tiene ninguna oportunidad frente a todas las grandes que, sin duda con la mejor intención, están ofreciendo libros y descargas gratuitas estos días.
Mucho me temo que mi iniciativa empresarial ha nacido muerta (ojalá me equivoque).
Por suerte para mí, mientras dure la cuarentena no tendré que enfrentarme a la realidad y puedo fingirme empresauria todavía unos días más.
¡MUAJAJA! ¡CHÚPATE ESA, REALIDAD!
¡Pero con cuidao, no vayas a pillar algo!
Por el lado positivo, ha sido necesaria una epidemia a nivel mundial y el práctico colapso de la economía para pararme.
Soy el Godzilla del emprendedurismo, y a mucha honra.
En fin, pase lo que pase, dure lo que dure, podéis encontrar mis libros en Lektu.
Y si os da pereza leer, aquí tenéis a ZaraJota haciendo una lectura en directo de Villamatojo I.
Cuidaos, sed buenos y no salgáis a la calle salvo que sea imprescindible.






16 marzo 2020

Somos importantes

Siempre he pensado que, si me tocaba vivir en una situación de emergencia, sentiría miedo.
Estaba preparada para el miedo, o creía estarlo, al menos todo lo preparada que se puede estar.
Sin embargo, lo que realmente sentí la semana pasada fue estupor, desconcierto, descoloque... como cuando te cambian la graduación de las gafas y de pronto se alteran las medidas de la realidad.
Hace unos días, me preguntaba Angua que si estaba usando todo esto de la pandemia como inspiración para escribir.
Ojalá.
Todo es tan raro, tan Terry Gilliam, que si lo escribiera no sería creíble.
Un día llevé a los niños al colegio, y al día siguiente ya no.
Un día bajamos a los columpios, y al día siguiente los columpios aparecieron rodeados de cinta para que nadie los usara.
Un día fui a la compra con total normalidad, y al día siguiente ya no.
Se acabaron todas esas rutinas agotadoras pero necesarias para poner orden en nuestras cabezas: los lunes piscina, los martes música, los miércoles inglés, los jueves música, los viernes ajedrez.
O, pensando en meriendas: lácteo, fruta, bocadillo, fruta, libre (¡pero no bollería industrial!).
O, pensando en pies: zapatillas, zapatos, zapatos, zapatillas, zapatillas.
El último día que salí a la calle, hice una entrevista de trabajo para un puesto al que había que incorporarse hoy, lunes.
Creo que mi cara me delató: de aquí al lunes, pensé, vete tú a saber.
Y también: madre mía, el capitalismo. Y la estupidez. Y las dos cosas combinadas, juntas.
A la vuelta, pasé por Gran Vía. Había mucha gente, como siempre y mucho tráfico como siempre, pero no sonaba como siempre. Parecía como si alguien hubiera bajado el volumen para no molestar a un enfermo o a un niño inquieto que duerme.
Desde entonces, desde casa, hemos visto y oído muchas cosas.
Gente peleándose en los supermercados y seguratas escoltando papel higiénico y gente que viaja y gente que roba mascarillas en urgencias y gente que se mete en un mitin a dar besos sabiendo que está enferma y gente que acapara y gente que difunde bulos y gente que se aprovecha y gente que arrima el ascua a su sardina y gente que sale de cañas o se va al parque o de paseo o a la casa de la playa esparciendo el virus a su paso.
Gente, mucha gente.
La gente es una cosa muy curiosa.
Somos tantos, que hay gente para todo.
Por eso, también hay gente que reparte mascarilla a los hospitales.
Gente que recupera las terrazas de sus casas, habitualmente trasteros al aire libre, como espacios de ocio, y sale a tomar el sol, y se saluda.
Gente que pone carteles en los portales ofreciéndose a ayudar con los niños, los mayores, las mascotas, con lo que sea.
Gente que se organiza para dar comida a quien no puede comprársela.
Gente que ofrece gratuitamente cualquier cosa que se pueda ofrecer online: talleres de bordado, conciertos, libros, asesoramiento, compañía.
Gente que recupera los grupos de whatsapp de padres como centros de apoyo, información y sugerencias de actividades para los niños.
Gente que se organiza para ver una peli a la vez, cada uno en su casa, o tomarse una caña y mandarse la foto, que se reúne virtualmente.
Gente que crea memes porque reírse nunca viene mal.
Gente que no se conoce de nada, preguntándose unos a otros si están bien, si necesitan algo, si pueden ayudar.
Gente que sale a las ventanas a aplaudir, a gritar, a animar. A los demás o a ellos mismos, es difícil saberlo.
Las redes sociales son esto, y existen desde mucho antes que internet.
Y luego, están los niños.
Los niños, al menos los míos, no entienden nada.
Les decimos que cierran el colegio porque hay un virus, pero que no se preocupen, que ellos no se van a poner malitos.
Les decimos que no pueden salir a la calle para no pegárselo a los demás, pero a ver, ¿no me habías dicho que no voy a poner malito? ¿Cómo voy a pegar nada a nadie?
Les decimos que hay que estar en casa con papá y mamá, pero papá y mamá tienen que trabajar y no les hacemos caso.
Les decimos que hagan los deberes, que se estén quietos, que no griten, que no salten en el sofá, que no vean demasiada tele, que ordenen su habitación, que se laven esa cara aunque nadie la va a ver.
El sábado, después de salir al balcón a aplaudir por los sanitarios, les dijimos por primera vez que son importantes.
Que lo que están haciendo, estar en casa y portarse bien o al menos intentarlo, es importante.
Que todo el mundo lo va a recordar.
Que cuando sean mayores, sus hijos y sus nietos les preguntarán cómo fue, cómo lo hicieron, y ellos tendrán que contarles una y otra vez la historia de cuando cerraron los colegios, nos encerramos en casa y colgamos un cartel en el balcón por si había algún niño triste en el edificio de enfrente.




Pd: Perdonadme que me haya puesto intensita, pero si no puedo ponerse así en medio de una pandemia universal ya me diréis cuándo.

09 marzo 2020

Haciendo el #lorzfunding

Mis hijos el #lorzfunding lo llevan regular.
Nena-chan no acaba de entender el concepto.
-Mamá ha puesto una tienda -le dije.
-¿De qué?
-De libros y cosas.
-¿Y cuándo vamos a ir a verla?
-¿Ir? No, la tienda está en internet.
-Ah.
Es el problema de la juventud, que como no vivió la burbuja de las punto com no se emociona con nada.
Empezó a entenderlo mejor a medida que la casa se nos llenaba de cajas.
-¿Y esto?
-Para la tienda de mamá.
-¿Y la gente cómo lo compra?
-Por internet.
-¿Te mandan un whatsapp?
-Algo así.
-Ah.
Pero fue cuando empecé a hacer paquetes cuando lo vio clarísimo. Sobre todo, cuando los paquetes desbordaron mi mesa de trabajo, la mesa del comedor, la mesa de centro y empezaron a apilarse en el pasillo.
-¿Y esto?
-Son cosas que ha comprado la gente en mi tienda.
-¿Se las vas a mandar?
-Sí, por correo.
-Entonces, ¿la gente compra las cosas que tenemos en casa y tú se las mandas?
-Eso es.
-Aaahhh.
Nene-kun, en cambio, vive en un mundo maravilloso en el que le parece perfectamente normal que aparezcan mensajeros con cajas gigantes a cualquier hora, o que todas las superficies de la casa estén invadidas por merchandising, sobres o listas.
No se dio cuenta de que algo raro pasaba hasta que un día me vio haciendo un paquetito.
-Mamá, ¿estás haciendo un regalo?
-Sí, muchos.
En ese momento #Nenekun miró a su alrededor y comprobó que, efectivamente, mi mesa de trabajo había desaparecido debajo de una montaña de paquetes.
-¿Y por qué haces tantos regalos y ninguno es para mi?
Ahí estamos, centrándonos en lo importante.

02 marzo 2020

Caída libre

El autonomismo no se hace solo: yo lo hago con Ratoncito López.
Lo tengo aquí al lado cuando me aburro le doy la brasa hasta que sale y come algo, porque es el típico que come cuando se estresa y se ve que yo le estreso mogollón.
Cómo será la cosa que desde que llegó ha duplicado su tamaño: antes era como una uva, y ahora es casi como dos. En realidad, como dos uvas y dos pasas, porque además de crecer se le han bajado los voluberables.
Ha llegado a tal punto que oye mi voz y se pone al lado del comedero. Y claro, yo lo veo al lado del comedero y le pongo de comer, y el ratón ve comida y come, y yo creo que con la tontería le estoy creando un condicionamiento de esos de los que no tienen nada que ver con lavarse el pelo.
Cuando está despierto, que es algo así como cinco minutos cada dos horas, dedica su tiempo a comer, mirarme con odio e intentar escapar. Más mono él. Está intentando ensanchar un agujerito decorativo que tiene la jaula y para mí que tiene entretenimiento para rato, porque es una placa metálica y eso.
También dedica bastante rato a trepar hasta la trampilla, pero se la encuentra cerrada y se mosquea, y yo le digo mira, si te parece la dejo abierta, pero entonces los niños pueden meter la mano: tú verás.
Entonces se baja como diciendo que cerradita está estupendamente, gracias.
Pues nada, hace unos días estaba limpiando la jaula porque otra cosa no, pero la jaula la tengo siempre como los chorros del oro, y bueno, puede que cogiera el ratón y que el ratón se rebullera como un loco y que me diera miedo de apretar demasiado y que los ojitos le hicieran pop y abrí la mano y una cosa llevó a la otra y el ratón acabó detrás de un mueble del salón.
Lo típico que hace uno un viernes por la mañana.
Aquello me dio muy mala espina porque he tenido experiencias negativas en este sentido.
Me agaché para mirar debajo del mueble, que lo mismo os parece poca cosa, pero no veáis lo que me cuesta plegarme desde que voy al gimnasio.
El ratón estaba ahí y se movía, cosa que me pareció buena señal después de haberse caído desde una altura como de doscientas veces la suya. Intenté retirar el mueble, pero al oír el ruido el ratón se movió y pensé que no era buena idea, que a ver cómo explicaba yo a ZaraJota que el ratón sobrevivió al accidente pero no al intento de rescate.
No sabía muy bien cómo solucionar aquello y la verdad es que no me apetecía correr en círculo agitando los bracitos.
Me senté en el suelo y me llevé las manos a la cara como en el cuadro ese del tío mal dibujado en el puente.
–Ay, Pelotilla... –dije.
Entonces el ratón salió de debajo del mueble, se me acercó y se quedó quieto para que lo cogiera.
Se ve que nos gusta la libertad, pero no tanto como comer.


24 febrero 2020

Piano piano

Me han quitado el baneo del gimnasio y estoy muy indignada porque ahora no me va a quedar más remedio que ir.
El problema es que no se a qué ir.
–A ver, ¿a ti qué es lo que te gusta hacer? –me preguntaron el primer día.
–Nada.
–Mujer, algo te gustará.
–Estirarme en el sofá a leer.
–Algo de deporte.
–Ah... No, nada.
–Entonces lo mejor que puedes hacer es ir probando actividades hasta que encuentres una que te guste.
Yo dudaba seriamente: no se trata de que no me guste una actividad u otra, es que no me gusta la actividad a secas, lo que pasa es que no me gusta llevarle la contraria a gente que puede levantar mi peso con el dedo gordo del pie. Sobre todo teniendo en cuenta mi peso.
Así que primero me apunté a hipopresivos para ver si me gustaba, pero resultó que no tenía absolutamente nada que ver con jugar al tragabolas, y luego me apunté a mantenimiento pero resultó que no tenía absolutamente nada que ver con cambiar bombillas y me empecé a desanimar porque ya había probado por lo menos dos actividades y no me había gustado ninguna, y cuando ya estaba pensando en provocar accidentalmente que me volvieran a banear alguien me recomendó ir a una clase de musculación con los niños.
–Es una sesión para familias, lo que se hace es jugar con pelotitas y cosas así –me dijeron.
Y ME MINTIERON.
Nada más entrar,el monitor dijo que cada adulto tenía que coger un step, una esterilla, dos mancuernas y una barra con sus dos pesas y otra extra suelta. Desde mi punto de vista, solo acarrear todo aquello hasta el hueco que nos habían dejado ya contaba como ejercicio para toda la semana, pero además el monitor pretendía que hiciéramos cosas como ponernos en cuadrupedia que vaya, a mí me gusta mucho Ben-hur y todo eso, pero habiéndose inventado el motor de combustión dime tú a ver qué falta nos hace.
–Muy bien –dijo el monitor, que para mí que padece de optimismo–: ahora quiero que los adultos os pongáis en cuadrupedia, elevéis el brazo izquierdo con la mancuerna de cinco kilos en la mano, la pierna derecha con el step en pino puente inverso y hagáis flexiones con el brazo derecho mientras hacéis la declaración de la renta con el dedo gordo del pie izquierdo y cantáis la Macarena soto voce in crescendo piano piano si arriva lontano.
O algo así. Yo me perdí en el "muy bien", para qué nos vamos a engañar.
–¿Y los niños? –preguntó alguien.
–Los niños que jueguen con las pelotas.
–¿Puedo jugar yo también con las pelotas? –pregunté.
Es que me gusta tocar las pelotas.
–Claro, como prefieras –me dijo el monitor–. Pero entonces será como si no estuvieras haciendo nada.
Parece que al fin he encontrado la actividad perfecta para mí.

17 febrero 2020

La app del gimnasio

Me he apuntado al gimnasio.
En septiembre.
Lo que pasa es que desde entonces he ido poco.
Tres veces. 
No es por falta de ganas: me instalé la app en el móvil, todas las semanas reservaba las clases a las que me gustaría ir... y todas las semanas las iba anulando a medida que el lunes hay reunión del AMPA, el martes la niña tiene anginas, el miércoles tengo un examen, el jueves me traen un paquete del #lorzfunding, el viernes hay tutoría, el sábado... Bueno, os hacéis una idea.
La semana pasada me vi con la agenda del miércoles vacía y me vine arriba: reservé una clase de zumba por la mañana y otra de boxeo en familia por la tarde. Y por supuesto, cuando amaneció el miércoles Nene-kun tenía gripe.
Intenté anular las clases pero cada vez que entraba en la app me salía un mensaje de "en estos momentos no se pueden realizar reservas" y yo le gritaba al móvil que no quería hacer una reserva sino deshacerla, pero el móvil a lo suyo, y seguramente tenía que haber seguido intentándolo pero la verdad es que a la cuarta vez que entré en la app y leí lo de "en estos momentos no se pueden realizar reservas" solté una palabrota muy gorda y ya no volví a entrar...
hasta varios días más tarde, cuando quise reservar y me encontré que debajo de cada clase en lugar de un botón de RESERVA YA había un cuadrado muy negro y muy acusador con la palabra PENALIZADO.
–El gimnasio me ha baneado –le dije a ZaraJota.
–Estoy muy orgulloso de ti: has conseguido que te echen de un sitio ANTES de que hayas conseguido entrar.
–No creo que sea permanente.
Y, cierto como el sol que me da calor, a los pocos días pude volver a hacer reservas.
Reservé una clase de mantenimiento y me dije a mí misma que esta vez iría, pasara lo que pasara y pasase lo que pasase.
Y fui.
Llegué a los tornos de entrada, pasé mi tarjeta, puse el dedo índice en el lector de huellas dactilares porque en ese gimnasio nunca sabe uno si va a hacer zumba o espionaje internacional, y en el lector salió el mensaje: LA HUELLA DACTILAR NO SE CORRESPONDE CON LA TARJETA DEL USUARIO.
Me miré el dedo. Parecía el mismo de siempre.
Miré la tarjeta. Las tarjetas son todas idénticas y tenemos cuatro, una para cada uno, así que el primer día escribí en cada tarjeta la inicial de su titular con rotulador indeleble. Podía haber escrito el nombre completo pero, ¿para qué?
Con una sola letra parecía suficiente.
Hasta aquel momento, allí parada delante de los tornos con la tarjeta en la mano, no se me había ocurrido que ZaraJota y yo tenemos la misma inicial.
Mierdaaa...
Ya no me daba tiempo a volver a casa a por mi tarjeta. Lo único que podía hacer era anular la reserva en la app del móvil pero por supuesto cuando lo intenté me salió un mensaje de error.
Mierdaaa...
Me fui al mostrador de recepción con la cabeza gacha.
–Es queeee... tengo clase ahora, y me he traído la tarjeta de mi marido en lugar de la mía.
–Deberías ponerles algo con rotulador para distinguirlas.
–GRAN IDEA, SÍ, OJALÁ SE ME HUBIERA OCURRIDO.
–Bueno, te puedo hacer un churruflex en el firlollo del whatever para que hoy, de manera excepcional, puedas entrar con la tarjeta de tu marido, pero eso te supondrá una penalización, por supuesto.
–¿Y si me cancelas la reserva?
–Te la puedo cancelar, pero como quedan menos de quince minutos para que empiece la clase te penalizará igual que si no hubieras venido.
–Entiendo. Pues si me vais a poner una penalización haga lo que haga, prefiero quedarme a clase.
–Estupendo. ¡Recuerda que si acumulas dos penalizaciones te baneamos de la app y no puedes hacer reservas!
–Lo sé. Lo sé.
Me fui a la puerta de clase cabreada por mi penalización (por llevar la tarjeta equivocada) pero dispuesta a que no me penalizaran por nada más.
Que me gustaría ir a más de una clase al mes, jo.
Pero en la puerta de clase hay otro lector de tarjetas y por supuesto cuando fui a pasar la mía daba error.
–Qué raro –dijo el monitor–. Dice que no tienes reserva.
–Si yo he reser... Ay, es que es la tarjeta de mi marido y claro, él no ha reservado.
 –Ya veo. Bueno, no te preocupes, puedes entrar de todas formas.
–¿Y cómo sabrá la app que he venido yo?
–No lo sabrá, supongo que te penalizará como si no hubieras venido.
Y luego dicen que quien no hace deporte es porque no quiere.

03 febrero 2020

El parchís interruptus

Por favor, no me juzguéis.
Una tiene sus necesidades y el chocolate solo las cubre hasta cierto punto.

Eran las cuatro de la tarde, los niños estaba jugando tranquilamente en su habitación y se me ocurrió una idea grandiosa, en serio, GRANDIOSA.–Nena-chan –le dije a la nena–, mamá y papá tienen que hablar de una cosa muy importante. Necesito que cuides de Nene-kun un ratito ¿vale?
–Vale.
–Voy a cerrar la puerta de nuestra habitación para que nada nos distraiga, ¿vale?
–Vale.
–¿Podrás cuidar de tu hermano?
–Sí, mamá.
–Muy bien.
Cerré la puerta de su habitación, empujé a ZaraJota hasta nuestra habitación, cerré la puerta y le dije:
–Desnúdate, que vamos a jugar al parchís ahora mismo.
Es que soy una romántica.
–¿Ahora?
–Ahora que están tranquilos y rápido, que no sé cuánto aguantarán.
Nos pusimos a jugar al parchís alegremente, sin preliminares ni nada porque para previo el tiempo que habíamos pasado sin jugar. Y cuando estábamos en lo mejor oímos a los niños gritar. O llorar. O ambas.
–J*d*r.
–No, j*d*r precisamente no.
ZaraJota fue a solventar la crisis, probablemente algo de gran importancia relacionado con que los dos niños querían el mismo pinipon de los ochocientos pinipones que tienen, o el mismo libro de los ochocientos libros que tienen, o el mismo lo que sea de los ochocientos lo que sea que tienen... y al rato volvió a nuestra habitación.
–Ya está, se han quedado tranquilos. ¿Por dónde íbamos?
ZaraJota y yo reanudamos la partida con mucho entusiasmo, porque si seres humanos se desanimaran por la falta de preliminares o las interrupciones sin duda la especie se habría extinguido hace tiempo.
Apenas habíamos tenido tiempo de lanzar los dados cuando alguien empezó a aporrear la puerta de nuestra habitación.
–¡¡¡MAMÁ!!! ¡¡¡TENGO MUCHA HAMBREEE!!!
Y yo también, quise contestar, pero en vez de eso me puse en mi papel y contesté:
–¿Y POR QUÉ NO TE HAS TOMADO EL POLLO A LA HORA DE COMER?
–ES QUE NO QUERIBA MÁS
–¡¡¡PUES HABER QUERIBO!!! ¡¡¡AHORA NO SE COME YA HASTA LA MERIENDA!!!
Nene-kun se batió en retirada y, para mi desgracia, ZaraJota también.
–Va a ser mejor que lo dejemos para luego.
–Eso dijimos el mes pasado.
–Es que he perdido la concentración.
Desde luego los hombres de hoy en día es que se desconcentran con cualquier cosita.
–Bueno, esta noche, ¿vale?
–Vale.
Esa noche los astros nos sonrieron. Los niños se durmieron temprano y cada uno en su cama, no nos lo podíamos creer y tuve que pellizcar varias veces a ZaraJota para asegurarme, hasta que me dijo que si tantas tenía de tocar carne que mejor nos poníamos otra vez con el parchís.
Y eso hicimos, a toda velocidad porque si hay que elegir entre preliminares y rematar la faena se remata la faena, que aquí hemos venido a jugar.
En menos de lo que canta un gallo ya estábamos metidísimos en la partida, con "sí, sí, no pares" por aquí y "no, no, no paro" por allá cuando de pronto oí una vocecita en mi oído. MUY cerca de mi oído.
–Mamá, quiero agua.
Siete años de maternidad me han dejado con nervios de acero, así que simplemente me volví hacia la criaturita de dios y le dije, con mi mejor sonrisa:
–Claro que sí, mi amor, ahora te da papá, que mamá ahora tiene ganas de llorar por dentro.
ZaraJota le dio agua, lo acompañó a la cama y se aseguró de que se quedara dormido... no puedo ni afirmar ni negar que hubiera cloroformo de por medio... y volvió al lecho conyugal.
–Echo de menos cómo era el parchís cuando éramos jóvenes –dijo, metiéndose en la cama.
–¡Pero si ha sido exactamente igual que cuando éramos jóvenes!
–¿Sí? ¿En qué parte?
–Bueno... hemos empezado la partida a las cuatro de la tarde, y a las once de la noche todavía no hemos quedado satisfechos.

27 enero 2020

¿Es que nadie piensa en los niños?

Pues resulta que después de que su ave llegara tres horas tarde, partirse la pierna, cenar con mi familia, que me diera un cólico nefrítico y que ZaraJota me intentara asesinar lanzándome agua hirviendo mi suegra decidió volver a Barcelona antes de tiempo.
Sois gafes y temo por mi integridad física. –Es que no quiero molestar –dijo.
Y se fue. A mí me dio mucha pena, porque al irse tan pronto se perdió lo mejor: cuando a Nena-chan se le pusieron las anginas como dos balones de baloncesto y a mí me dio un brote de eccema en la planta de los pies que me hacía sangrar a casa paso. ¡La cabalgata de reyes!
De pequeña siempre me daban mucha envidia los niños que iban subidos en esas carrozas tan bonitas, con sus disfraces, arrojando caramelos a diestro y siniestro.
Mis hijos no han tenido la oportunidad de disfrutar de un sentimiento tan navideño porque desde hace un par de años el AMPA de su colegio participa en la cabalgata de reyes.
Normalmente la preceden dos meses maravillosos de coordinación, diseño, planificación y manualidades, que terminan en un día de montaje. Requiere sacar tiempo de donde no lo hay, es agotador, te mueres de frío y, sobre todo, se pasa muy bien y se hacen muchos amigos.
Este año las cosas han sido un poco más ajetreadas de lo normal porque con el cambio de gobierno en vez de dos meses hemos tenido uno para hacerlo todo, pero estábamos muy ilusionados porque nuestro cole tiene el nombre de una activista muy famosa, y este año se cumplen 200 años del nacimiento de la activista, y, por supuesto, queríamos dedicar la carroza a la activista en cuestión.
Presuntamente, ¿eh? Todo lo que voy a contar ahora es muy hipotético y muy presunto y cualquier parecido con la realidad es una mera coincidencia.
Pues presuntamente una de las mamás hizo un diseño magnífico, que incluía una frase de la activista famosa. Digamos, para mantener el anonimato de la activista, que la frase era algo así como: "Abrid melones y se cerrarán bocas".
Si no recuerdo mal, la frase se eligió con un criterio totalmente activista y subversivo: es la frase más corta que dijo la buena mujer. Teniendo en cuenta que teníamos que marcar, cortar, lijar, pintar y pegar las letras una a una, "es la frase más corta" nos parecía un motivo perfectamente razonable.
La víspera de la cabalgata cogimos todas nuestras decoraciones y nos plantamos en el descampado donde se aparcan los camiones para decorar el nuestro. El cielo estaba totalmente gris, hacía una temperatura de unos tres grados y estábamos encima de un camión abierto, en mitad del campo, intentando pegar letras con un pegamento que no pegaba nada porque se secaba en cuanto salía del bote. No sé si ha quedado claro, pero hacía frío. Lo voy a repetir: hacía frío.
Bueno, cuando empezamos, así como a las once de la mañana, hacía frío.
Seis horas más tarde, cuando empezó a caer el sol, aquello era la versión en seco de Titanic.
Para entonces yo ya me estaba planteando dejar de creer en la navidad, en los reyes magos y en la temperatura corporal, pero el resto de los papás eran más resilientes que yo y acabaron de decorar la carroza.
Y entonces el presidente del AMPA recibió LA LLAMADA.
En ese momento yo no estaba delante, así que la voy a intentar reconstruirla presunta e hipotéticamente.
–Hola, le llamo de la Junta de Distrito, queríamos hablar de la carroza porque nos han comentado que el tema no es muy festivo.
–Eh... bueno, hay otra carroza que va de vertedero tóxico. Tampoco parece muy festivo.
–Ya, ya, bueno, es que la frase que habéis puesto no es muy adecuada.
–¿"Abrid melones y se cerrarán bocas"?
–Sí, creemos que es muy agresiva y que algunos niños pueden verse afectados.
–Ajá.
–O sea, imaginad a los niños que van a la carroza con toda su ilusión y se encuentran con eso... Creo que deberíais cambiar la carroza.
–Entiendo. Lo que pasa es que hace un mes que aprobasteis el tema de la carroza y que os mandamos el diseño completo, y ahora ya no nos da tiempo a cambiarla.
–Bueno, yo solo te digo que hables con el resto del AMPA y penséis muy bien en lo que queréis hacer.

Cuando el presidente contó la conversación, los amperos presentes, que llevaban todo el p*t* día desafiando la hipotermia para pegar la frasecita, se mostraron reticentes.
–Pero, ¿qué tiene de malo la frase?
–Que no es navideña.
–El año pasado salió un barco vikingo.
–Ya.
–Y aquellos van de abejas.
–Ya.
–Y aquellos todavía no sabemos de qué van.
–Ya.
El AMPA, probablemente afectada por la falta de oxígeno debido al frío, decidió que la frase se quedaba.

Entonces la Junta del Distrito volvió a llamar al presidente.
–Lo hemos estado pensando –dijeron–, y entendemos que no os da tiempo a remodelar toda la carroza, así que os dejamos salir si quitáis la palabra "bocas".
–Pero entonces la frase queda como "abrid melones y se cerrarán".
–Ya.
–¡Pero eso no tiene ningún sentido!
–Bueno, yo solo te digo que hables con el resto del AMPA y penséis muy bien lo que queréis hacer.

El presidente transmitió el mensaje y los amperos presentes pasaron de la reticencia al cachondeo.
–Si quitamos esa palabra se nos queda un trozo vacío.
–Podemos llenarlo con otra cosa que no moleste a la Junta. Como, no sé, lazos a amarillos.
–O un "Welcome refugees".
–Una foto de Greta.
–No, del alcalde.
–Su cara y una p...
Bueno, os hacéis a la idea. Solo añadiré que yo estaba a favor de poner "Abrid melones y se cerrarán chuminos", pero no conseguí ningún voto.
Me discriminan por ser andaluza, obviamente.

Media hora más tarde, la Junta volvió a llamar. Por desgracia, la llamada la contesté yo.
–Hola, me gustaría hablar con el presidente del AMPA.
–Ahora mismo no se puede poner –iba a añadir que estaba ocupado comprando lacitos amarillos, pero me contuve, para que veáis que de vez en cuando tengo instinto de conservación–. Pero soy del AMPA y estoy informada del tema.
–Ah. ¿Y ya habéis pensado muy bien lo que queréis hacer?
–Sí, la frase se queda.
–Creo que deberíais pensarlo mejor.
–Son las ocho de la tarde y la cabalgata sale mañana a las cuatro. No nos da tiempo a cambiarla.
–¿Pero os dais cuenta de que no es apropiada para que la lean los niños? ¿Que puede ser muy fuerte para ellos?
–Esto es Carabanchel. Creo que los niños están curados de espanto.
O sea, Carabanchel es famoso por la cárcel, Rosendo y Manolito Gafotas. La gente de aquí no se tira pedos con olor a lavanda, precisamente.
–Bueno, desde la Junta creemos que la idea es buena, pero que no habéis tenido en cuenta a los niños.
–¿Cómo?
–Que deberíais pensar más en los niños.
Bueno.
Voy a dar un consejo.
Si estás en un distrito donde un colegio necesitó una reforma urgente porque había peligro para los niños, y perteneces a un partido que votó en contra de arreglar el colegio, y estás hablando con un AMPA que tuvo que manifestarse y salir en televisión para que le arreglaras el dichoso colegio, y en concreto con una madre que lleva todo el día pegando letras para que su hijos puedan subirse a una  carroza  y que se comió un bocadillo a media mañana y ya no se acuerda porque tiene tanto frío que no piensa en nada más quizá, a lo mejor, así como teoría loca, no deberías decir cosas como:
"deberíais pensar más en los niños".
Por tu bien te lo digo.
–Hemos pensado en los niños. Y la frase se queda.
–Bueno, os vamos a dar un poco más de tiempo para que penséis bien lo que queréis hacer y os volveremos a llamar.

Después de esta llamada los amperos presentes pensaron, sí. Sobre todo, pensaron mucho en las redes sociales. En concreto, es lo divertido que sería contarlo todo. Pero entonces recibieron la última llamada.
–Dicen que la frase se queda –dijo el presidente–. Dicen que entienden que no nos da tiempo a cambiarla. Pero también dicen que el año que viene tenemos que pensar en los niños.
Porque este año estábamos pensando en los peces, al parecer.








PD: He intentado se comedida, discreta y pensar en los niños. Si algún miembro del AMPA no se siente cómodo con esta entrada, que no dude en decírmelo y la retiraré.

20 enero 2020

Caliente, muy caliente

Vale.
Es verdad que tener unos días de vacaciones y que justo tu suegra decida venir a visitarte, y que su tren llegue tres horas tarde, y que se parta una pierna, y que la lleves a cenar con tu familia y tu abuela se ponga a contar cuando estuvo acariciando una p*ll* de plástico es un poco deprimente, lo que pasa es que yo estaba convencida de que a partir de ahí todo iría a mejor, nos iríamos de excursión, y a comer chocolate con churros, y al cine. 
Sobre todo al cine. 
Porque veréis, yo había quedado con las chicas del club de lectura para ir a ver Mujercitas, que para eso nos (re)leímos el libros hará dos meses o así. El plan era sencillo: ir a ver la película e indignarnos mucho porque el libro es mejor. 
Ya teníamos compradas las entradas, elegido el sitio para la merienda y estaba dándole vueltas a plantarme mi vestido de época cuando, en un alarde de originalidad, lo que me planté fue un cólico nefrítico. 
Por ser original y eso. 
–Vamos a urgencias –dijo ZaraJota.
Pero yo no tenía la menor intención de ir a urgencias. Me gustaría decir que era para no saturar el hospital, o para no dejar a mi suegra sola con una pierna rota y dos niños, o porque tengo una alta tolerancia al dolor... Lo que pasa es que no me gustan las agujas. Y cuando vas a un hospital, no sé por qué, tarde o temprano aparecen las agujas. Y las vías. Y el suero. 
–No, no –le dije–. Mejor prepárame una bolsa de agua caliente.
Porque ¿quién necesita un hospital habiendo bolsas de agua caliente?
Pues mi amante esposo me preparó una bolsa de agua caliente. MUY caliente. La bolsa, no mi amante esposo. Vale, probablemente mi amante esposo también, porque entre la suegra, los niños...
Bueno, que me distraigo. 
ZaraJota me preparó una bolsa con agua MUY caliente, para que me durara calentita mucho rato. Estaba tan caliente que la tuvo que envolver en una toalla para cogerla. Por desgracia, al envolverla no se dio cuenta de que la bolsa, que ya tiene sus años, se había rajado por un lado. Y también por desgracia, cuando se inclinó para ponerme la bolsa en la espalda, lo que hizo fue tirarme agua hirviendo en la barriga. 
Porque ¿quién necesita un hospital habiendo bolsas de agua caliente?
Pues yo. 
Y con urgencia. 




Pd: Como os aprecio, no os voy a enseñar fotos de la quemadura en sus primeros días; prefiero que veáis cómo está ahora, casi un mes después, y que vosotros os imaginéis el resto. 



13 enero 2020

En Toledo, que no hay nada que ver

¡El #relorzfunding se acaba! 
Si no has participado todavía es tu última oportunidad.



Creíamos que mi suegra se habría hecho un esguince o algo así, pero lo que había hecho era partirse el peroné, que es una cosa muy de agradecer cuando estás de vacaciones a 700 kilómetros de donde vives.
–Por suerte vuestra casa tiene ascensor, ¿no? –nos dijo, en un raro intento de optimismo. 
–Bueeeenooooo... –dijimos ZaraJota y yo porque efectivamente el edificio tiene ascensor, y ese ascensor está en el entresuelo, y hay que subir (o bajar, a elección) un tramo de escaleras bastante largo para usarlo. 
Para compensar, le dijimos que no se preocupara porque íbamos a alquilar una silla de ruedas, que es la típica cosa que todo el mundo tiene que hacer al menos una vez en la vida. Lo que pasa es que aquello compensaba poco, porque a la buena mujer no le hacía mucha gracia pasarse las navidades en una silla de ruedas. Que le parecía poco festivo, se ve.
–No te preocupes: le pongo un espumillón y unos globos y en vez de una inválida vas a parecer un árbol de navidad.
–Es que no quiero molestar y ahora os vais a pasar las navidades empujando la silla. 
–No, mujer. ¡Si vivimos en lo alto de una cuesta! Te dejamos en la acera enfilada a Madrid Río y ya te recogemos abajo si eso. 
Por motivos que desconozco, aquello tampoco pareció animarle demasiado. Con lo bonito que está Madrid Río. Y lo fresquito. 
En fin.
Que pensamos que entre lo de estar encerrada en el ave tres horas sin agua, sin luz, sin comida y sin wifi y la fractura de la pierna ya había agotado toda la mala suerte para 2019, 2020 y años venideros, así que no había peligro en llevarla a cenar a casa de mis padres. 
En nochebuena. 
Con toda mi familia.
Y más o menos así fue: todo iba razonablemente bien hasta que por motivos desconocidos mi tía de pronto dijo: 
–¿Os he contado la vez que llevé a la abuela a un sex-shop?
Yo escupí la fanta por la nariz porque estoy muy a favor de que las mujeres vivan su sexualidad libremente, siempre y cuanto no lo cuenten en mitad de la cena de nochevieja con mi suegra delante. 
Además, mi abuela va a cumplir 86 años en febrero y mi tía lleva cumpliendo 30 aproximadamente desde las olimpiadas de Barcelona, así que os podéis imaginar la imagen mental. 
Mi tía se aseguró de que tenía la atención de todo el mundo antes de despejar el trozo de mesa que tenía delante y colocar una lata de cocacola, porque ella es que es actriz y la escenografía la domina estupendamente. 
–Pues nada –empezó a decir, haciendo como que le quitaba el polvo a la lata de cocacola–, que un día la abuela y yo nos fuimos a un sex-shop de Toledo.
–¿Y eso?
O sea, que vivimos todos en Madrid. 
–Pues nada, que estábamos en Toledo, no teníamos nada que hacer y dijimos: pues nos vamos a un sex-shop –porque en Toledo no hay absolutamente nada interesante que ver y en algo tiene que entretenerse una, supongo–. Y llegamos allí y tenían una peaso p*ll*.
Y mi abuela: 
–Yo no he visto cosa igual. 
–Era como dos latas de cocacola, una encima de la otra –corroboró mi tía, señalando la cocacola que tenía delante, en adelante PRUEBA 1.
–Con sus venitas y todo. 
–Era la reproducción de la p*ll* de un actor porno famoso.
Y mi abuela: 
–Era NEGRITA.
Para entonces yo no sabía muy bien donde meterme, pero subirme la silla de ruedas y dejarme caer hasta Madrid Río empezaba a parecerme buena idea.
Pero mi tía era inasequible al desaliento.
–Total, que la abuela empezó a manosear aquello para arriba y para abajo, y yo venga a decirle: Mamá, estate quieta. Y la de la tienda: déjala, déjala a la mujer que disfrute. 
A lo que mi abuela, ya sensiblemente ruborizada pero no por vergüenza sino por los calores internos propios de una señora de casi 86 años que recuerda tiempos felices, añade: 
–Una p*ll* negra.
Francamente, teniendo en cuenta que en teoría aquello era como dos latas de cocacola una encima de la otra, me sorprende que mi abuela recordara el color. 
Mientras tanto mi tía seguía acariciando la lata para arriba y para abajo y narrando la historia como el que cuenta que ha ido a comprar el pan. 
–Total, que allí estaba la abuela venga a manosear aquello y al final me dice: voy a parar ya, que me estoy poniendo cachonda.
A lo que mi abuela añadió, por si nos quedaba alguna duda:
–¡Que me estaba poniendo cachonda!
Por el contrario, a mí la libido se me había quedado reducida a la más mínima expresión. Para siempre. Supongo que para compensar y eso. 
Cuando volvíamos para casa mi suegra, que hasta entonces había estado en estado se shock postraumático, me dijo:
–Tu abuela es muy... dicharachera.
–Está como una cabra, sí.
–A veces, cuando nos hacemos mayores, perdemos un poco la vergüenza.
Cuando nos hacemos mayores, dice. 


06 enero 2020

El conejo de mi madre

Se acaba la navidad, así que será mejor que empiece a contarla por el principio:
la culpa de todo la tiene el conejo de mi madre.
Mi suegra nunca viene en a vernos más de tres o cuatro días, hasta el año pasado. El año pasado la invitamos a venir en navidad y mis padres la invitaron a cenar en su casa en navidad y mi madre preparó conejo al ajillo.
Se ve que a la suegra le gustó, porque este año nos llamó y nos dijo que se venía también en navidad.
Diez días.
–Se nos va a juntar la navidad con la feria de abril –le dije a ZaraJota.
–Ya, es muy raro, nunca quiere estar fuera de su casa tantos días.
–Esto va a ser –dije en un momento de inspiración– por el conejo de mi madre.
–Por favor, Lorz, vamos a dejar el conejo de tu madre en paz.
–Pero piénsalo: nunca había venido tanto tiempo... ¡hasta que se comió el conejo de mi madre!
–De verdad, Lorz, que se me está poniendo mal cuerpo y todo, deja de tocar los co...
–¿...nejos?
–¡LORZ!
ZaraJota se empeñó en explicarme que la suegra quería venir más días para disfrutar de los niños, para estar con él durante todas sus vacaciones, para que le saliera más barato el billete de tren...
Pero a mí no podía engañarme.
Yo sabía la verdad.
Era por el conejo, el conejo de mi madre.
Pasó el tiempo y un buen día la suegra se montó a un ave en Barcelona y poco después llegó a Madrid. Concretamente, un punto indeterminado de la vía entre Méndez Álvaro y Atocha, donde se quedó parado durante tres horas debido a una avería.
En otro tren.
A mí que me lo expliquen.
Que un ave se retrase es muy raro, que se retrase tres horas es más raro aún, y que apaguen las luces y dejen a los pasajeros sin agua, sin comida, sin baño y sin luz durante todo ese tiempo es mucho más raro aún.
Mientras tanto, en la estación de Atocha, ZaraJota pasó las mismas tres horas con dos niños cada vez más hiperactivos e impacientes, sin recibir de renfe más información que “el tren sufre un retraso indefinido”.
–¡Como los genitales de Ken! –le dije a ZaraJota cuando me lo contó por teléfono.
–De verdad que estás pesadita con las partes pudentas de la gente, Lorz.
–¿Lo dices por el conejo de mi madre?
–¡Sí!
–Entonces será mejor que no te diga lo que estoy pensando.
–Mejor.
–Bueno, venga, te lo voy a decir: el año pasado también cenamos almejas.
–Me rindo, de verdad que sí.
En fin, que tan solo siete horas después de haber salido de Barcelona la suegra consiguió salir del tren en Atocha.
Venía hambrienta, venía miccionándose, venía cansada y venía, probablemente, un poco de los nervios.
Así que supongo que es normal que según saliera de la estación metiera el pie en un agujero, se le doblara de mala manera y acabara partiéndose una pierna.
Lo típico que hace uno.
O sea, el papa besaba el suelo cuando aterrizaba, ¿no?
Pues mi suegra lo mismo, pero con un poco menos de elegancia.
ZaraJota llegó a casa jurando en oscuros idiomas arcanos. También podría ser catalán. Viene a ser lo mismo. Me explicó la situación y yo llamé a mis padres para explicársela a ellos.
–Madre –le dije por teléfono–, hay que reorganizar un poco la mesa para navidad.
–¿Y eso?
–Nada, la suegra, que se ha partido una pierna.
–¿Cómo ha sido?
–Pues verás: ¿te acuerdas que el año pasado hiciste conejo?
–Sí, claro, pero...
–Pues por el conejo ha sido.



Pd: Seguimos de #Lorzfunding. Que no se diga que no avisé. 

30 diciembre 2019

Nochevieja 2019

Dicen por ahí que el año 2019 ha sido malo. No sé si puedo decir tanto.
Ha sido un año muy loco, eso sí.
Mi propósito de año nuevo había sido irme del trabajo.Estaba bastante decidida pero entonces nos pasó la cosa más loca: nos compraron el piso.
Así como de repente.
Entonces tuvimos que meter todas nuestras posesiones mundanas en un trastero (y los libros en otro) y nos fuimos a vivir con mis padres. Bueno, a vivir. En la agencia nos dijeron que la firma del piso nuevo tardaría unas dos semanas, así que como es lógico fueron tres meses.
Tres meses de auténtica locura, dicho sea de paso.
De nervios; de incomodidad; de estrecheces; de ir a buscar eso que necesitas urgentemente y recordar que está en algún punto indeterminado de uno de los trasteros, probablemente debajo del sofá; de hacer papeleos, este sí que es el último, pero ahora que lo pienso para hacer este necesitas otros cuatro más; de dormir en una cama de ochenta con un niño (o dos) y un gato (o dos), de llegar al piso nuevo con toda la ilusión y descubrir que no se han llevado los muebles, que no hay luz, que el calentador no funciona; y luego las cajas, los miles de millones de cajas...
Ahora bien: las risas que nos hemos echado.
Será porque he tenido una infancia... eh... diferente, pero me vengo arriba en el caos. Porque donde hay caos hay posibilidad de poner orden, y el orden es lo mío, maderfacas. No hay nada que me resulte más estimulante que tener delante un problema que se puede resolver con organización y esfuerzo, ponerme a ello y resolverlo.
Por eso, durante los tres meses del caos, me sentí maravillosamente bien. Activa, resolutiva, viva. Y, por supuesto, totalmente distraída de los problemas “de verdad”.
Hubo otras cosas, claro.
Por ejemplo, llevé a Nena-chan a su primera manifestación del 8 de marzo.
También me decidí por fin a abandonar del anonimato y participé en una charla Ignite:



Fue una experiencia muy loca y alucinante pero una cosa os voy a decir: a mí eso de que me dejen hablar solo cinco minutos, como que no. O sea, que en condiciones normales con cinco minutos no tengo ni para los buenos días. Además, la cámara engorda mogollón, que os diga ZaraJota, que yo en directo no aparento más allá de ochenta o noventa kilos. Cien, como mucho.
Como decía, la experiencia estuvo bien, pero mejor está limitarse a escribir guiones y que los nervios los pasen otros. Como Malva Disco. Por decir algo.
Una vez pasó la locura, tuve que tomar una decisión con respecto al tema del trabajo.
Y la decisión implicó un abogado.
Y no fue fácil, porque estoy y siempre estaré agradecida por la oportunidad que me dio esa empresa, y porque hay gente maravillosa trabajando en ella y, sobre todo, porque el mundo es pequeño, el mundillo más pequeño aún y, bueno, la gente que hace cosas con abogados se gana mala fama.
Cuando di el paso, sabía que era posible que no volviera a trabajar en el mundillo nunca más.
Por otra parte, si de verdad el mundillo es así, quizá sea yo la que no quiera volver a trabajar en él, no sé si me explico.
Los meses de verano fueron durísimos pero al fin pude entonar el libre soy y disfrutar de las probablemente mejores vacaciones de mi vida. Hasta ahora.
Luego... bueno, pasaron otras cosas.
Los niños volvieron al colegio. ZaraJota volvió al AMPA.
Yo empecé a hacer un curso que me está dando la vida.
La nena se partió los dientes y el nene se abrió la cabeza y hubo que ponerle grapas.
Se hacen mayores.
Vale, no muy mayores.
Son lo bastante mayores para ser relativamente autónomos. He vuelto a leer. He vuelto a ver series. He vuelto a escribir. He vuelto a pintarme la raya del ojo y he empezado a hacer cosas para sentirme bien conmigo misma, como apuntarme al gimnasio (queda pendiente la parte de ir) o depilarme el ciertositio.
Y, he vuelto al #lorzfunding, claro.
Que ya llevaba mucho tiempo sin hacer publicidad y eso. 
Sin duda, una de las cosas de 2019 de las que más me orgullosa me siento es de formar parte de Mocedades, en la librería La Sombra.
Mocedades es uno de los peores clubs de lectura de la historia: rara vez nos acordamos de inscribirnos, casi nunca nos compramos el libro en cuestión, no siempre nos lo leemos y solo a veces consideramos necesario hablar de él durante la sesión.
Sin embargo, una vez al mes nos reunimos en el sótano de la librería, merendamos cosas ricas, nos reímos muchísimo y salimos cargadas de libros. ¡Y algunos hasta los pagamos!
Lo más importante, nos lo pasamos fenomenal, porque una empieza a tener una edad las cosas o se hacen por las risas o no se hacen.
Quizá sea por eso, por la edad, que me siento optimista con respecto al 2020.
Que sí, que el mundo se ha vuelto loco, que se viene otra crisis, que voy a cumplir cuarenta y la vida ya no tendrá sentido para mí...
Pero me siento optimista.
Y eso es lo que os deseo a todos: que, pase lo que pase, en 2020 podáis seguir siendo optimistas.

23 diciembre 2019

El tronco de navidad



Seguimos de #lorzfunding pero hoy os voy a contar otra cosa, por variar.


Pues esto os va a sorprender, pero hay gente que todavía no ha oído hablar del Caga Tió.
Y eso que hará como diez años o así lo expliqué perfectamente aquí.
Venga, que os lo resumo: el Tió es una tradición navideña catalana que consiste en que a principio de diciembre en las casas ponen un Tió, un tronco gordote con una cara sonriente pintada y una barretina, que cubren parcialmente con una manta. Todas las noches se le da de comer, y el Tió va engordando debajo de la manta hasta que llega navidad. Entonces los niños de la casa golpean al Tió con un palo mientras cantan una bonita canción que viene a decir algo así como “Caga, tronco, caramelos y turrón, y si no cagas pronto te daré con el bastón”, que si me preguntas a mí no solo es extorsión con violencia, es que además hay que ser muy cínico para amenazar al pobre Tió con que “le darás" cuando le estás curtiendo a palos en directo, pero bueno.
Total, que se termina la canción, se retira la manta y el Tió ha cagado regalitos.
No es broma.
Si no me creéis a mí, creed a Viggo Mortensen, que lo explica mucho mejor porque es Viggo Mortensen y todo lo hace bien:



Pues el caso es que lo del Tió será muy tradiciónal y muy bonito pero si te paras a pensarlo fríamente lo mismo no es para todos los públicos. Es decir, fomenta el maltrato al a flora local, el comportamiento violento, el uso indiscriminado de un palo, la escatología (esto, para los catalanes, no es necesariamente malo porque están OBSESIONADOS con la caca, de verdad os lo digo) y las amenazas, todo ello premiado con regalos.
No sé yo.
A decir verdad, lo que más me preocupaba era lo del palo. Vaya, que mis hijos ya van a urgencias lo suficiente sin que haya palos de por medio. Y yo también.
Por eso cuando ZaraJota me dijo que había apuntado a los niños para hacer el Tió en una librería decidí que alguien tenía que poner un poco de sensatez en el asunto.
–¡Me pido no ir! –dije. Porque yo sensatez no tengo mucha, pero de instinto de conservación voy sobradita.
–Pero Lorz, seguro que a los niños les encanta.
–Pues por eso, mejor que vayas tú y lo disfrutes.
–Pero...
–Lleva casco.
–...
–Y coquilla.
Y así fue como ZaraJota se fue a hacer el Tió con los niños y, sorprendentemente, volvió de una pieza.
–¿Qué tal ha ido?
–Bueno, al principio regular porque cuando le dije a Nena-chan que íbamos a hacer el Caga Tió pensó que los íbamos a hacer de verdad, ya sabes, en plan manualidades.
–Ya veo.
–Pero en cuanto vio que iba de dar palos y recibir regalos se animó. ¡Se lo han pasado genial! Me han dicho que querían hacer el Tió en casa también.
En aquel momento nos llegaron las vocecitas de los niños desde su habitación.
–Nena-chan, ¿jugamos a hacer el Tió?
–Síííí.
–¡Me pido ser el que pega!
–¡Pues yo me pido ser el que caga!
De pronto lo del palo es lo que menos me preocupa.








Feliz navidad, personas y personos.

15 diciembre 2019

Sugus no...

Seguimos con la campaña del #lorzfunding o, como dicen ahora los modernos, #relorzfunding.
La tentación de incluir sugus entre las recompensas es cada día más fuerte...

09 diciembre 2019

Qué cosas hacen...



Ya está disponible el #lorzfunding edición 2020.
Pero, por favor, no dejéis que eso os distraiga de lo verdaderamente importante: el pelazo que tengo en este vídeo.
No me lo creo ni yo.


25 noviembre 2019

Segundas opiniones


Revisiones pediátricas de Nene-kun


Recién nacido
–Este niño parece tener fimosis, pero habrá que esperar unos meses para verlo bien.

Un mes
–¿Fimosis? No, en absoluto.

Tres meses
–Quizá tenga fimosis. Cuando le bañéis, acordaos de retirarle el pellejito hacia atrás.

Seis meses
–¿Qué le estáis haciendo qué? Eso es una barbaridad. Hay que dejarlo a ver si se corrige solo.

Nueve meses
–No, no, no, este niño no tiene fimosis. ¿De dónde habéis sacado esa idea?

Doce meses
–Tenemos que observar cómo evoluciona, podría necesitar operación de fimosis.

Dos años
–Yo creo que podemos descartar la fimosis definitivamente.

Cuatro años
–Esto es fimosis. ¿Que edad tiene?
–Cuatro.
–¿Y cómo habéis esperado tanto para que le operen?
Uy, yo qué sé.



Editado 03/12/2019
Cuatro años y tres meses
–No entiendo por qué os han derivado aquí, este niño no tiene fimosis.
–¿No?
–Un poco, pero se puede corregir. ¿Le estáis echando el pellejito para atrás?
–Eh... ¿no?
–Pues muy mal, así no se le va a corregir nunca.

18 noviembre 2019

Los marcapáginas

Hace algún tiempo, en ese lugar donde hoy los montes se visten de espino, trabajé en un sitio donde los ordenadores eran tan viejos, tan, tan viejos, que en la pegatina del servicio técnico el teléfono no llevaba prefijo.
En serio.
Mi ordenador en concreto era tan viejo, tan, tan viejo, que si tecleaba a mi velocidad normal el word se bloqueaba porque no podía procesarlo.
Tan, tan viejo, que trataba las imágenes con paint, porque no podía soportar nada más potente.
Tan, tan viejo, que cuando tenía que buscar algo en google usaba mi propio móvil, porque tardaba menos.
Así de viejo.
Y, por supuesto, la pantalla estaba hecha polvo. Tenía un arañazo que iba de lado a lado, perdía el color en algunas partes y a veces la imagen se veía combada, pero no pasa nada porque total, solo me dedicaba a corregir, no es que necesitara ver bien los textos ni nada por el estilo.
Para mí lo más irritante era que se bamboleaba.
Parece una tontería, pero pasarte diez horas diarias mirando una pantalla arañada, combada, decolorada y oscilante a veces puede llegar a provocarte dolor de cabeza. Si lo combinas con una silla que tienes que mantener apoyada contra la pared porque si no se le cae el respaldo, puede llegar a provocarte problemas de espalda y cervicales.
O eso me han dicho.
Bueno, el caso es que después de mucho investigar y trastear, llegué a la conclusión de que el problema era el brazo que sostenía la pantalla. Era un brazo articulado y estaba tan dado de sí que no se sostenía. No tenía remedio, y lo único que se me ocurrió para no acabar mareada todos los días era apuntocar la pantalla con algo: tenía que ser lo bastante fuerte como para que aguantara el peso, pero lo bastante blando como para que acolchara la pantalla. Por suerte, dadas las características del trabajo, la respuesta estaba por todas partes: papel. Cartulina, a ser posible.
Usé tacos de papel usado, tarjetas de presentación y marcapáginas, aunque me daba una pena terrible porque el peso de la pantalla los acababa destrozando y cada poco tiempo los tenía que cambiar. Pero el caso es que así mantenía el brazo de la pantalla, y eso hacía mi vida considerablemente más fácil.
En esas estaba cuando, debido a una serie de circunstancias, la empresa en la que trabajaba hizo algo así como, yo qué sé, unos 5000 marcapáginas con simbología nazi.
Bueno, a ver, tampoco exageremos.
Quien dice simbología nazi dice una esvástica, ya sabéis, la típica esvástica negra que pones sobre un fondo rojo y blanco y que no es nazi en absoluto. Y solo eran unas 5000.
Y además, ¿a quién no le ha pasado alguna vez que ha mandado a imprimir unas 5000 esvásticas por error?
El caso es que, por motivos que no acabo de entender, los lectores no querían esos marcapáginas. Y mira que eran gratis y a los lectores todo lo que es gratis se les antoja, ¿eh? Pues no.
Y los libreros tampoco los querían, y eso que siempre están pidiendo cosas para repartir a los clientes. Pues nada. Por qué se negaban a repartir esvásticas entre sus clientes es todavía un misterio para mí.
Así que las podres, rechazadas esvásticas estuvieron circulando por la oficina durante un año o así, hasta que se tomó la decisión de tirarlas. Tal cual: bajar al contenedor de papel de la calle y dejar la caja allí.
Lo que pasa es que, no sé por qué, pero no me acababa de parecer una buena idea abandonar en la calle una caja con el logo de la empresa y llena a rebosar de esvásticas.
Manías que tiene una.
Además, a mí me venían muy bien los marcapáginas para sostener el brazo de mi pantalla, que cada vez estaba más vencido. Así que pedí que me dejaran quedarme con los marcapáginas.
–Pero Lorz –me dijeron–, no queremos tener la caja con las esvásticas rondando con la oficina.
–No pasa nada, en mi cajonera caben.
Y las metí todas en mi cajonera.
Apenas un par de meses después me fui de la empresa. Y cuando digo que me fui, es que me fui: un buen día me levanté, recogí todas mis cosas y salí por la puerta sin decir ni adiós.
Lo único que dejé atrás fueron los marcapáginas con las esvásticas, porque pensé que a quien me sustituyera le harían más falta que a mí.
Por lo de la pantalla y eso.
Pasado un tiempo, alguien abrió mi cajonera por fin y se encontró toda aquella simbología nazi perfectamente colocada en formación.
–Lorz –me preguntó esa persona más tarde–, ¿se puede saber por qué tenías el escritorio lleno de esvásticas?
–Ah, sí, es que me hacían falta.
–¿Para qué?
–Pues para tener el brazo en alto, por supuesto.
¿Para qué si no?

11 noviembre 2019

Entrevista de trabajo

Durante los últimos meses he sido muy afortunada porque en vez de buscar trabajo ha sido el trabajo el que me ha ido buscando a mí.
Otra cosa es que luego llegáramos a consumar, pero bueno.
El caso es que hace ya bastante tiempo hice una entrevista para trabajar en una cosa que me molaba mogollón y no solo porque ofrecieran el triple de salario que en mi trabajo anterior por desempeñar aproximadamente un tercio de las funciones, sino porque consistía en hacer cosas buenas por la humanidad.
Y, seamos sinceros, eso rara vez pasa en un trabajo.
Estaba segura de que eso me daría como chorrocientos puntos de karma, y en aquel momento me habrían venido muy bien porque se me había roto el iPad.
El trabajo en cuestión solo tenía una pequeña pega: habría tenido que dejar de escribir. Pero, me dije a mí misma mientras dibujaba corazones alrededor de la cifra del sueldo, estoy a punto de cumplir cuarenta años. Quizá haya llegado el momento de reconocer que aunque nunca dejaré de ser una lorzas, ya no tengo edad de ser una Lorzagirl.
Así que dejé de lado mis tonterías por una vez y me preparé a fondo la entrevista, como corresponde a una persona obsesiva y con la autoestima de una cucaracha adulta. Como la entrevista era en inglés me pasé días hablando inglés con un lápiz atravesao en la boca. Como era para community manager me repasé todas las tendencias del momento (provocándome, probablemente, serias secuelas mentales de paso). Como era para... bueno, os hacéis a la idea.
Pero cuando llegué a la entrevista nada fue exactamente como había previsto.
En primer lugar, no querían saber nada de mi experiencia o de mi formación.
–No hace falta: te vamos a investigar.
–Eh...
–Debido a las peculiares características de nuestra organización tenemos que asegurarnos de que eres de fiar.
ESTOY J*D*D*, pensé. Pero en vez de eso dije:
–Claro, claro.
–De hecho, también vamos a investigar a tu familia, por supuesto.
ESTOY MUY J*D*D*.
–Claro, claro.
–Y nos gustaría que nos facilitaras tu redes sociales, para hacer una comprobación de rutina.
ESTOY SÚPER J*D*D*.
–Claro, aquí están.
Y les di mis redes sociales profesionales, ya sabéis. Esas en las que finjo ser normal.
–¿No tienes más?
Me mordí la lengua.
Decían que me iban a investigar, y de hecho yo había firmado una autorización para que me investigaran. Además, también había firmado una declaración en la que me comprometía a decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.
¿Era mejor callarme y cruzar los dedos para que no me descubrieran?
¿O era mejor ser sincera y cruzar los dedos para que valoraran la honestidad por encima de... bueno, por encima de Lorzagirl?
–Sí. Tengo otra. Lorzagirl.
A los entrevistadores se les escapó una risita.
ESTOY REALMENTE J*D*D*, pensé.
–¿Y cuánta gente puede relacionar esa cuenta contigo?
Hice cuentas mentalmente. Bueno, las hice con los dedos. Está bien, puede que usara la calculadora del móvil.
–Alguna –respondí finalmente, pensando en la gente que vio la charla, en los mecenas del Lorzfunding y en todas las personas a la que me he ido encontrando por la vida, muchas de las cuales tienen la costumbre de llamarme Lorz a gritos.
–Ya veo. ¿Y crees que en esa cuenta has podido decir algo inapropiado alguna vez?
Alguna vez, dice...
–Define "inapropiado" –respondí, intentando ganar tiempo, mientras me repetía a mí misma J*D*D*, J*D*D*, J*D*D*, J*D*D*, J*D*D*.
–Pues si alguna vez has dicho algo vergonzoso, humillante o políticamente incorrecto que haya podido perjudicar tu imagen y que, de entrar a trabajar con nosotros, pudiera perjudicar la nuestra.
–Pues... llevo quince años en redes sociales. No creo que haya dicho algo inapropiado solo alguna vez.
J*D*D* PERO SINCERA, OJO.

04 noviembre 2019

Nada que hacer

Tengo (casi) cuarenta años, dos hijos (relativamente) pequeños y una (casi dos) carrera de letras, así que cuando tomé la decisión de tomar acciones legales contra mi entonces empleador sabía que me arriesgaba a no encontrar trabajo nunca más.
Por eso tardé más de un año en decidirme, supongo, y solo lo hice cuando había acumulado pruebas suficientes para convencer no a un juez, sino a mí misma.
Pero me estoy poniendo seria.
El caso es que pensé que bueno, ya que probablemente no iba a encontrar trabajo nunca más en la vida ever, pensé que podía descansar un poco, ya que no tenía nada que hacer.
A ver, descansar... Quien dice descansar dice ofrecerse como voluntaria en el AMPA, apuntarse a inglés, hacer otro curso de social media, revisar los apuntes de mi oposiciones para ver si me presento, ir al gimnasio, preparar el segundo #Lorzfunding y por supuesto ocuparme de la casa y de los niños porque yo estoy a favor de repartir las tareas de la casa según el tiempo libre de cada uno, y por supuesto en aquel momento yo no tenía nada que hacer.
También fui al SEPE, claro, y me apunté a un curso que me hacía una ilusión loca, pero en la oficina me dijeron que era prácticamente imposible que me cogieran.
–Es un curso del plan de mejora de empleo, para personas en activo, y está muy solicitado. Es posible que tarde un poco.
–No pasa nada, puedo esperar.
Pero bueno, en algo me tenía que entretener porque aparte del AMPA, el inglés, el curso de social media, las oposiciones, el gimnasio, el #Lorzfunding, la casa y los niños no tenía nada que hacer. Así que me puse a mirar todas las cosas que se hacen para emprendedores y, a pesar de que ninguna tenía nada que ver con quemar cosas, encontré varios cursos interesantes, así que me apunté a uno. Por semana.
Nada del otro mundo.
Estaba contemplando mi agenda para noviembre y empezando a plantearme seriamente adquirir un giratiempos cuando me avisaron de que quedaban plazas libres para el curso del SEPE.
–¿Podrías incorporarte mañana?
–Claro que sí –respondí–. ¡Si no tengo nada que hacer!