19 julio 2021

Vacaciones


Se hace saber que esta interfecta semoviente que les escribe estará de vacaciones (o similar) mentales hasta el 2 de agosto, reponiendo fuerzas (e ideas) para afrontar el nuevo curso como corresponde. 

Por supuesto que seguiré en Twitter, donde no hace falta tener cuenta para cotillear, simplemente seguir el enlace anterior. Mi abuela lo hace, y eso que tiene más años que el timbre de la puerta de Alcalá.

Además, a estas alturas ya he escrito un buen puñado de libros, la mayoría de los cuales te dejan el cuerpo regular pero bueno, la mitad de lo que comemos en los chiringuitos de playa también y aún así volvemos, así que por qué no.

Si queréis recordar los viejos tiempos, hay tres recopilaciones de las entradas antiguas del blog, Vayamos por partes 1, 2 y 3. Incluyen material adicional y dibujitos de ZaraJota. 


Si os van el terror de ambientación rural con zombis, ahí está Villamatojo. Lo escribí para que diera mucho miedo, pero la mayor parte de las personas que lo leen aseguran que es de humor, así que sospecho que hice algo mal, pero por más vueltas que le doy no acabo de entender el qué.


Madrid 2004 es lo más parecido a una historia romántica que soy capaz de escribir. Al menos nadie la acusa de ser humorística, así que por ahí vamos bien. Está ambientada en el Madrid de los atentados y la boda real. 


Quiero volver es... el libro más difícil de explicar. Porque cualquier cosa que os diga es spoiler. Y a nadie le gustan los spoiler. Salvo a mí, que escribí un libro a tope de spoiler. Hasta el título es spoiler. Así que bueno, yo qué sé. Va de dos chicas que se conocen en un internado, se hacen amigas y acaban metiéndose en un buen lío. Con flashbacks. Lo demás tenéis que descubrirlo porque es parte de la gracia.


Y, por supuesto, está Crónicas Funestas, que se financió vía crowdfunding a principios de año y que debe estar llegando a la casa de los mecenas justo esta semana. Inicialmente se publicó por partes en digital y ahora las he reunido en un tochaco de ochocientas páginas y tapa dura, con ilustraciones, mapa, árbol genealógico y material adicional. Cuenta las aventuras y desventuras de Coso Abripio, desde que su familia sufre un desafortunado accidente y debe huir a la fabulosísima ciudad de Möho, famosa por... bueno, quizá sea mejor no entrar en detalles. 


Todos o casi están disponibles en la Casa Tomada (Sevilla), La Sombra (Madrid) y Lektu (online). 

Nos vemos en un par de semanitas. 

12 julio 2021

¡Vacunada!




Pues nada, ya tengo la vacuna.
Bueno, solo la primera dosis. Que soy joven y eso. 
Vale, la segunda me toca la semana que viene, pero quién lleva la cuenta.
Como decía, ya tengo la vacuna y estoy tan contenta que incluso he empezado a abrazar a algunas personas seleccionadas. Con las mascarilla puesta y sin gozarlo, por si acaso.
Para conseguir cita sólo necesité apuntarme al bot de telegram que te avisa de cuando se abre tu tramo de edad, tener permanentemente abierta la página de autocita y actualizarla cada treinta segundos o así. 
Pero así como de soslayo y eso, fingiendo desinterés. 
Cuando por fin se pudo, además, ZaraJota y yo tuvimos la inmensa suerte de autocitarnos mismo día, mismo sitio, con tan solo media hora de diferencia. 
-¿Y qué hacemos con los niños? -me preguntó.
-¿Ese día o en general desde que nacieron?
-Ese día.
-Ah, porque si es desde que nacieron todavía no tengo la más remota idea... Pues que se queden con mi madre un rato. 
Porque claro, si no contamos a los gatos, mis padres y los niños son cuatro personas, que es lo que está (estaba) permitido en interiores por esas fechas. 
-O toda la tarde -me dijo ZaraJota, poniendo voz sexi. Bueno, la suya normal. 
-Ahora que lo dices, quizá deberían quedarse a dormir. Por si la vacuna nos da reacción y eso.
-Claro, reacción
Porque hay una cosa de la que se habla muy poco, y es el daño que ha hecho la pandemia, y en concreto el confinamiento, a la vida sexual de las parejas con hijos pequeños. 
Así que os lo voy a decir yo: TODO. 
Los niños pandemial no se cansan como antes. Pasan menos tiempo en el parque, hacen las extraescolares por zoom, llegan temprano a casa, si es que llegaron a salir. Los niños pandemial llegan a la noche frescos como una lechuga. Los niños pandemial no se duermen jamás
Y, cuando se duermen, es un sueño ligero, con terrores y pesadillas. Pero no me voy a meter en cómo la pandemia les está jodiendo el cerebro a los niños, que entonces no acabo nunca. 
Por desgracia, los papás pandemial siguen haciendo cosas como trabajar y las tareas domésticas, por lo que llegan a la noche como siempre. 
Y sí, ya sé que en teoría se puede jugar al parchís de día. Pero yo no tengo el cuerpo ya como para hacerlo bajo el mueble del fregadero, qué queréis que os diga.
Volviendo a la vacuna, ZaraJota y yo pensamos que lo mejor era que los niños se fueran a pasar la noche con mis padres. Por si la vacuna nos daba reacción y eso. 
GUIÑO, GUIÑO, CODAZO, CODAZO. 
Voy a confesar aquí y ahora que, en el fondo, yo creía que la vacuna no nos daría reacción ninguna. La mayor parte de la gente que conozco sólo ha tenido dolor en el punto del pinchazo, rigidez en el brazo o, en el peorcísimo de los casos, una noche de febrícula y dolor de cabeza. Así que era optimista al respecto.
ZaraJota y yo nos fuimos al Winzip Center o como se llame, nos pusimos nuestra vacuna y salimos de allí dispuestos a jugar al parchís hasta echar el techo abajo según llegáramos a casa. 
Habíamos esperado los quince minutos de rigor y no habíamos notado absolutamente nada, así que éramos optimistas. Íbamos en el metro tan felices, con nuestros pensamientos sucios y todo eso, cuando de pronto sentí lo que se podría describir como un golpe de remo.
De pronto no tenía energía ni para hablar y eso, viniendo de mí, es mucho. No recuerdo casi nada del trayecto y cuando llegué a casa me metí en la cama con escalofríos, dolor muscular y preciosas alucinaciones en la que me sentaba sobre un tupper y saltaba desde un trampolín para participar en una carrera.
Seguro que Freud tendría mucho que decir al respecto.
El caso es que, tres días más tarde, cuando por fin empecé a reconectar con la realidad (dentro de mis posibilidades) llegué a la conclusión de que si la vacuna le sienta mal a una de cada equismil personas, yo había sido una de las afortunadas. Y a mucha honra, porque si he cubierto el cupo yo, a lo mejor no tiene que cubrirlo una persona de riesgo.
La estadística es así, no me lo estoy inventado yo.
-Espero -me dijo ZaraJota-, que al menos sea efectiva contra el virus.
-Pues contra el virus no sé -le dije-, pero como anticonceptivo es efectivísima. 


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Si has participado en el Verkami de Crónicas Funestas: enhorabuena, deberías recibir tu recompensa este viernes como muy tarde.

Si no, y te has quedado con las ganas, puedes conseguir tu ejemplar de Crónicas Funestas en papel aquí


05 julio 2021

Amor de madre



Me dan miedo las alturas.
Ya está, ya lo he dicho.
En realidad, si os fijáis, a casi todos los torpes nos dan miedo las alturas. Porque claro, si a ras de suelo eres capaz de tropezarte en llano y abrirte la cabeza, a diez metros por encima no te quiero ni contar. 
El caso es que normalmente lo llevo bien porque como soy bajita y eso nunca estoy demasiado por encima del nivel del mal, pero la cosa empezó a complicarse con el parque de atracciones. 
Que además al principio ni tan mal, porque mientras los niños midieron menos de un metro sólo podrían montarse en atracciones rollo repollo y yo tan contenta. Y cuando Nena-chan superó el metro, ella se iba con ZaraJota a las atracciones chungas y yo me sacrificaba y me quedaba con Nene-kun en las rollo repollo, porque soy una madre abnegada de esas.
Pero claro, tarde o temprano Nene-kun tenía que crecer. 
Pequeño traidor.
Y en cuanto levantó tres palmos del suelo, quiso montarse en las mismas atracciones que su hermana. 
Y, para mi desgracia, a determinadas alturas de niño, es imprescindible que se suban a las atracciones acompañados de un (presunto) adulto. Uno por niño. 
La madre que les parió. 
Y debido a circunstancias de la vida, tengo dos hijos pero un solo ZaraJota. 
Y ZaraJota ya se estaba subiendo con Nena-chan.
Así que me tocó subirme a las atracciones "de mayores" con Nene-kun.
A ver, no a todas. 
Desde el principio le dije: Niño, el amor de madre no tiene límite, salvo que sí lo tiene y está en la atracción del tronquito que se despeña por una catarata
El niño lo entendió perfectamente (quizá fueran mis ojos inyectados en sangre, quizá los espasmos de terror que recorrían mi cuerpo, jamás lo sabremos) y me dijo que quería montarse en una especie de naves espaciales que giran alrededor de una columna, ni muy alto ni muy rápido, o eso me pareció desde abajo.
-Venga, creo que tengo suficiente amor de madre como para eso -le dije.
Quizá fuera una afirmación un tanto apresurada, no digo yo que no. 
Me di cuenta según nos subimos y descubrí que la navecita no tenía ni un mísero cinturoncito, y que tenía que sentarme rodeando con mis piernas a Nene-kun, que yo muy a favor de proteger a mis hijos con mi cuerpo y eso pero mucho más a favor de no tener que protegerlos en absoluto, sobre todo si mi propia integridad física está en juego. 
Pero cómo el amor de madre está para usarlo, me senté, rodeé al nene con las patorras y me aferré a la estructura de la navecita como chinche a calconcillos. 
-Ah, pues no está tan mal -dije, pasados unos segundos.
-Mamá, todavía no ha arrancado.
-Entonces, ¿todavía estoy a tiempo de BAJARME?
-Jajajaja, mamá, qué tonterías dices.
-Tonterías los cojones. 
Iba a saltar de la nave cuando se puso en marcha y pensé que a lo mejor no era buena idea del todo, así que apreté las patas hasta que el niño empezó a amoratarse de cuello para arriba y me pegué a la chapa de aquello que habría hecho un soplete para despegarme. 
Y cerré los ojos. Y pensé: si no lo ves, no existe. Podía fingir que estábamos en el autobús. Sí, eso era. Por suerte, Nene-kun es un niño callado e introspectivo, que habla poco y bajito, y que no iba a sacarme de mi lugar feli...
-¡ESTO NO PARA DE SUBIR! -gritó a los pocos segundos.
-¿Que qué?
-EL SUELO ESTÁ SÚPER ABAJO, MAMÁ.
-Ay, dios.
-MIRA ESE ÁRBOL, QUÉ CHIQUITITO SE VE.
-Preferiría no verlo.
-PARECÍA QUE ÍBAMOS A CHOCAR, PERO NO HEMOS CHOCADO.
-Gracias por ofrecerme esa evocadora imagen, hijo mío.
-¡¡¡SEGUIMOS SUBIENDO!!!
-¿En serio?
-¡¡¡ESTAMOS SÚPER ALTO!!! ¿TE IMAGINAS QUE NOS CAEMOS AHORA, MAMÁ? ¿EH? SERÍA MUY GRACIOSO.
-Jajajaja, sí, me parto. 
-OOOOOH, YA BAJAMOS. QUÉ PENA, ¿VERDAD, MAMÁ?
-Uy, sí qué lastima.
-¿TE IMAGINAS QUE AHORA BAJAMOS DE GOLPE CONTRA EL SUELO?
-Sí, perfectamente, gracias.
-JOPETAS, YA ESTAMOS. ¿MAMÁ? YA SE HA ACABADO, MAMÁ. SUELTA... LA... CHAPA...
Hicieron falta tres personas y un ZaraJota para arrancar mis frías manos aterradas de la navecita, pero aparte de eso creo que salí de allí con bastante dignidad. Desde luego, los niños no debieron de notar nada, porque según pisé tierra se me acercó Nena-chan y me dijo:
-Mamá, ¿ahora podemos montar en la montaña rusa de la araña?
-A mí me encantaría, Nena-chan.
-¿De verdad?
-Lo que pasa es que no estoy segura de quererte lo suficiente. 


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Durante los meses de julio y agosto, la librería La Sombra está de promoción. 
Aprovechad, que tienen todos mis libritos. 






28 junio 2021

Cerdita


La cosa era que teníamos que tirar un colchón viejo. 
Pero viejo, viejo. 
Para que os hagáis una idea, normalmente cuando le decimos a mi abuela que algo está roto o que habría que cambiarlo siempre dice: "Pero si está nuevo". 
Que yo lo entiendo, que cuando tienes 87 años todo lo que no sea la piedra Rosetta te parece recién comprado, pero es que la tele "nueva", por poner un ejemplo, tiene el teletexto en latín, vamos a ver.
Pues el caso es que mis padres le dijeron a la abuela que habían comprado un colchón nuevo y que iban a tirar el viejo y mi abuela dijo que muy bien, que ya le iba haciendo falta, así que el colchón debía de tener más años que el timbre de Atapuerca.
Así que mis padres compraron el colchón nuevo y todo bien, salvo que había que deshacerse del viejo. Y el viejo estaba en el pueblo. Y el pueblo está a doscientos kilómetros. Y, para complicarlo más, el ayuntamiento sólo recoge muebles viejos las noches de los miércoles. Y, como lo fácil nos da urticaria, mi padre trabaja los miércoles. Por la tarde.
Así fue como llegamos al pueblo un miércoles a las diez de la noche porque claro. Y digo "llegamos" porque yo la visión de mis padres bajando el colchón del Cid por la escalerilla de caracol y luego arrastrándolo a oscuras por todo el pueblo no me la quería perder por nada del mundo, así que me apunté. Con los niños. Y ZaraJota también habría ido, pero es que tenía que ir a un concierto de los Hombres G.
Total, que llegamos mis padres, los niños y yo al pueblo así como a las diez de la noche de un miércoles cualquiera a tope con la idea de tirar el colchón, y me dice mi padre: 
-Espera un momento, que voy a preguntar si podemos bajarlo a la calle o no.
Que a mí aquello me dio muy mala espina, porque me da la impresión de que es la típica cosa que uno ya se trae preguntada de casa, no sé. 
Efectivamente, mi padre volvió al rato con cara de circunstancias: 
-Que no podemos tirar el colchón esta noche porque están rodando una película, Cerdita.
-Oye, que tampoco hace falta insultar.
-No, que la película se llama Cerdita. Va del bulling y eso. Le dieron un Goya este año.
-Pues sí que avanza rápido la piratería, que no han terminado de grabarla y ya tiene hasta un Goya. 
-No, no, el premio se lo dieron porque era un corto.
-Ya, el típico "al menos es cortito". 
-Y ahora están haciendo el largo.
-Vale pero, entonces, ¿podemos tirar el colchón o no?
Que no es por nada, pero ya habíamos bajado el dichoso colchón por la dichosa escalera, causando dos víctimas mortales (un cuadro caído y un escalón partido, sí, partido, que mis padres decían que dormían mal porque el colchón era viejo, pero después de ver el escalón empiezo a pensar que era porque el colchón estaba hecho de cemento armado), y sólo de pensar que teníamos que volverlo a subir me entraban unos sudores fríos muy malos.
-Mañana, pero tiene que ser a primera hora, que van a cerrar el centro por el rodaje.
-¿A primera hora cuándo?
-Antes de las ocho. 
Por entonces yo todavía no había visto el corto, pero empezaba a sospechar que a lo mejor la tal Cerdita se merecía todo el bullying que le estuvieran haciendo. Y luego un poco más. Mis padres me debieron notar algo en la cara, porque rápidamente dijeron:
-No te preocupes, lo podemos dejar abajo hasta mañana.
-Menos mal. 
A la mañana siguiente, cuando me levanté, el colchón había desaparecido.
-Ya nos lo hemos llevado -me dijo mi madre muy sonriente-. Nosotros solos.
-¿Cómo?
-Con un patinete.
-¡Pero haberme esperado!
-¡Que lo teníamos que tirar antes de que empezaran a grabar!
Yo no quise decir nada, pero así a ojo y sin saber cómo será la película creo que ganaría mucho con dos viejos empujando un colchón de los años cincuenta subido a un patinete por esas calles de pedruscos y cuestas, pero bueno. Ahí dejo la idea por si todavía no han terminado de grabar y le sacan partido.
-Además, teníamos que sacar el coche de la placita, que van a rodar ahí.
-Pero... ¡por ahí es por donde salimos!
Técnicamente, la calle tiene otra salida. Pero es cuesta arriba, Cerdita, cuesta arriba
-Pues vamos a tener que irnos para Madrid prontito, que si no nos vamos a quedar encerrados, jajaja.
A mí la idea de quedarme encerrada en la casa del pueblo con mis padres, mis hijos y cero internet me causaba una inquietud profunda nivel: la última vez que pasó escribí Villamatojo, esa gran historia de humor. 
-Será mejor que vaya a comprar el pan ya -dije.
Así que a las nueve de la mañana cogí a los dos niños y los arrastré fuera de la casa a comprar pan. Porque yo de ese pueblo no he salido jamás sin queso, pan y lombrices: son las normas, no me las he inventado yo.
Por suerte, la placita estaba todavía desierta, pero la iglesia estaba rodeada de gente bohemia y de mal vivir. 
Bueno, había muchos técnicos de iluminación y sonido y esas cosas y un señor dirigiendo el tráfico y vigilando que los lugareños no se pimplaran el catering, y la iglesia tenía las puertas abiertas de par en par y estaba de bote en bote, que no sabía yo si la habían llenado con extras del rodaje o cotillas del lugar. 
-¿Podemos pasar por aquí, que vamos a comprar el pan? -le pregunté a un joven amable que había por allí.
-Claro, si estáis en silencio.
A ver, Cerdita querida:
Puedo bajar un colchón a altas horas de la noche para nada, puedo madrugar, puedo salir de casa cuesta arriba, puedo cargar con las maletas hasta las afueras porque no se puede aparcar en el centro... pero no me pidas que me calle, que hay sacrificios que no estoy dispuesta a hacer.







Os dejo por aquí el corto y un disclaimer: la piscina suele estar mucho más limpia de lo que se ve aquí.
Y sí, hay que meterse en ella con cangrejeras o similar, que si no te dejas la planta de los pies.

21 junio 2021

En este viaje




Ya está aquí.
Y con aquí, me refiero a todas partes. Doquiera que se posen mis ojos, no hay más que cajas y cajas de libros que se extienden hasta el horizonte.
Salvo que no hay horizonte, sólo cajas.
Crónicas Funestas llegó a casa la semana pasada. De hecho, llegó varias veces, porque el señor repartidor no conseguía aparcar ni en doble fila (mi calle es complicada), así que durante un buen rato estuve sentada en el portal viendo cómo la furgoneta pasaba hacia arriba y hacia abajo hasta que se quedó libre un carga y descarga.
Para entonces yo empezaba a estar un poco nerviosa, porque llevaba como media hora en el portal con un cúter en la mano y llorando a todo llorar porque Nene-kun está a punto de graduarse de infantil y cada vez que me llega un mensaje del grupo de whatsapp de padres me pongo a echar el moco y la verdad es que no os lo recomiendo, porque cuando las mascarillas se mojan de pronto todo huele como a perro mojado y además que para mí como que pierden eficacia.
Que a mí me daba todo igual, pero había un señor de una inmobiliaria enseñando un piso, y las visitas iban llegando puntualmente cada quince minutos, y se encontraban a una loca gritando en plan Spanish drama con un cúter (rosa) en la mano, y por lo que sea no se llevaban una buena impresión.
Y eso que me había puesto pantalones y todo.
Total, que repartidor consiguió aparcar en un vado al final de la calle y llegar a la puerta de casa con una carretilla en la que había apilado unas cinco cajas, y le dije así toda sobrada: 
-Déjalas aquí mismo, que ya las subo yo.
Porque justo ese día estaba con las cervicales jodidas y mogollón de vértigos y náuseas pero cuándo nos ha frenado eso. Además, estaba deseando quedarme sola para abrir las cajas, que para eso me había traído el cúter. Aparte de para espantar posibles compradores, claro.
-¿Segura?
-Pues claro. Sólo son cinco cajas. 
-En este viaje
-¿Cómo que en este viaje? ¿Hay más cajas?
-Claro, tengo un montón más en la furgoneta. Es un tochaco, sólo caben seis libros en cada caja.
-¿Y cuántas cajas hay?
-¿Cuántos libros eran?
-...
-...
-Pensándolo mejor, creo que deberías subirlos tú -le dije. Pero por no herir sus sentimientos, ¿eh? Que yo habría podido perfectamente. 
El señor repartidor subió los libros (¿alguna vez he dicho que mi casa tiene ascensor, pero que está en entreplanta y que vayas donde vayas te comes un mínimo de seis escalones) y volvió a bajar al portal, donde estaba yo todavía porque no había querido ocupar el ascensor.
Vale, y porque después de subir unos treinta tochacos no estaba segura de si seguiría funcionando y me apetecía cero quedarme encerrada.
-Voy a hacer otro viaje -me dijo.
-Claro. ¿Quieres que me quedé aquí para sujetarte la puerta o algo?
El señor repartidor me miró de arriba abajo, con mi pañuelito de colores, mi mascarillas de unicornios y mi cúter rosa antes de contestar. 
-Anda, sube a ver los libros, que se nota que tienes ganas.
Creo que es lo más bonito que me han dicho jamás. 


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Os recuerdo que si queréis un algo extra podéis escribir a foscanetworks@gmail.com. 
¡Los envíos ya están en proceso, atentos a los buzones!

14 junio 2021

Menos que un topo


Desde hace un tiempo, Nene-kun se queja de que no ve bien la pizarra. 
Como las quejas empezaron justo cuando le cambiaron de sitio y le apartaron de su Muy Mejor Amiga De La Vida(tm), al principio no le di importancia.
No me juzguéis, pero llevo todo el curso oyendo a las mamás decir que su hijo no ve bien la pizarra justo y precisamente desde que le han sentado al lado del conflictivo de la clase, así que igual estoy un poco insensibilizada ya ante el tema.
Pero como sigo siendo madre y ligeramente obsesiva, empecé a fijarme y, ciertamente, el niño se frota los ojitos cuando lee (MI BEBÉ YA LEE MI BEBÉ YA LEE NO ME LO PUEDO CREER ME AHOGO TOMA UNA BOLSA LORZ RELAJA Y RESPIRA EN LA BOLSA), otras veces, le señalo una letra y lee la de al lado. Y de vez en cuando se come los marcos de las puertas. Y a veces, cuando juega a "The floor is la lava", se come el suelo también porque "creía que la mesa estaba más cerca". Pero el remate fue el día que vino y me preguntó:
-Mamá, ¿qué significa HOOO?
-¿Cómo se escribe?
-Una hache y tres os.
-Ni idea, a ver, enséname dónde lo has leído... Nene-kun, aquí pone HOCICO.
-No, mira: HOOO.
-Vale, no ves un mojón.
Así que pedí cita en el pediatra, pero ya sabéis el refrán: contra el vicio de pedir está la virtud de no dar. Gracias a la maravillosa gestión de la sanidad pública que está haciendo nuestra amada presidenta, lo que obtuve fue el siguiente mensaje: "No hay cita disponible en los siguientes quince días". 
Todo bien.
Luego que si vamos a urgencias por tonterías pero, llamadme loca, hay cosas que no pueden esperar quince días. O que si esperas quince días te echan bronca porque "esto habría que haberlo mirado antes". 
Que no era mi caso, pero otras veces lo ha sido.
En fin. 
El caso es que mi pediatra es negacionista de tratar las enfermedades, así en general, así que cuando conseguí hablar por teléfono con él dijo lo de siempre:
-Eso es normal.
También me dijo que era normal: cuando Nene-kun sangraba por el culete, cuando se le empezaron a deshacer los dientes nada más salir, cuando pesaba siete kilos con un año. Y a mí me hubiera gustado creérmelo, pero luego vas a urgencias por una caída, por ejemplo, y te acusan de negligencia porque el niño tiene problemas sin tratar, y te dicen que van a consultar si tiene que intervenir un asistente social, y te dejan en la sala de espera llorando como una gilipollas hasta que deciden que no has hecho nada malo y te devuelven a tu hijo.
Así que, por lo que fuera, pensé que era mejor insistir.
-Pero que no ve la pizarra.
-Eso dice él.
-Y se frota los ojos cuando lee.
-Eso es alergia.
-¿A qué? ¿A no ver las letras? Además se va comiendo las paredes.
-Eso es falta de calcio.
-El otro día se abrazó a una farola y le dijo: 'mamá, ¿qué hay de merendar?'.
-Esta bien, vente para aquí y miro.
Así que cogí al niño y me fui para el centro de salud.
El pediatra estaba solo y aburrido y más feliz que en toda su vida.
-Hola, Nene-kun. A ver, ponte aquí y vamos a leer el panel que hay en la pared de enfrente. Porque ya sabes leer, ¿no?
-Bueno, no TODAS las letras. 
Nene-kun lleva casi dos años ya aprendiendo una letra detrás de otra. Ahora que ha acabado, desconfía y parece pensar que cualquier día va a llegar al cole y tendrá que aprenderse otra.
-Venga, pues empieza por la fila de arriba. 
Nene-kun leyó sin problema las tres primeras líneas y luego puso cara de concentración.
-Ahora esta -le animó el pediatra.
Nene-kun puso la mirada acero azul, sin decir nada.
-Eso es que no sabe leer -me dijo el pediatra, que sin duda estudió en la misma facultad que el del chiste de la araña*-. Vamos a probar con los colores.
En el panel de los colores, Nene-kun "leyó" sin problema las dos primeras líneas, pero al llegar a la tercera empezó a decir el color a la derecha del que el pediatra estaba señalando. 
Que también el pediatra menudo cuajo, ponerse a señalar colores con un bic cristal escribe normal delante de una pantalla iluminada, que aquello parecía una bola de discoteca.
-Eso es que no se sabe los colores -me dijo el pediatra. 
De la segunda a la tercera línea, ese conocimiento se ha borrado por arte de magia de su cabeza.
-O que no los ve.
Así, como teoría loca.
-A ver, yo si quieres te derivo al oculista...
-Sí, quiero.
-...pero cuando los niños son tan pequeños les tienen que dilatar la pupila; es la única forma de saber si ven bien: como no saben leer...
-¡Que sabe leer!
-Le echan unas gotas en los ojos y es muy desagradable.
Cuando Nene-kun tenía once meses hubo que hacerle una colonoscopia, que por un error del pediatra se hizo sin anestesia. Creo que podemos manejar unas gotas.
-Nene-kun es muy valiente.
-Ya, pero luego estará de mal humor y te va a dar la tarde.
No como cuando le hicieron la colonoscopia sin anestesia, que estuvo toda la tarde cantando fandanguillos, claro.
-Creo que puedo asumir el riesgo.
-A ver, de verdad, si quieres te derivo, pero yo creo que es mejor esperar unos meses, que si no se va a pasar todo el verano con gafas, pobrecito. 
Llevo gafas desde poco antes de cumplir los seis años (qué casualidad, la misma edad que Nene-kun) y tengo casi cuarenta y uno, así que estoy relativamente segura de que he pasado por algún verano. También lo estoy de que lo único malo de las gafas en verano es cuando te las quitas para meterte en la piscina y no sabes si estás agarrada a un flotador o a la depuradora.
-¿Y no irá a peor si lo dejamos sin tratar?
-Es que le vas a poner gafas ahora y lo que va a hacer es romperlas. 
Llevo gafas desde poco antes de cumplir los seis años y creo que se me han roto tres veces, y siempre en circunstancias absolutamente inevitables, seas niño, adulto o Supermán. También es cierto que las tenía que cambiar tan a menudo por las subidas de graduación que no me daba tiempo a romperlas.
-Pues se le compran otras. 
-Bueno, pues nada, si te empeñas te doy cita, pero yo me esperaría a después del verano.
El pediatra me dio el volante para el especialista y Nene-kun y yo salimos de allí reboleados, no se fuera a arrepentir. 
Se suponía que me tenían que llamar para citarme, y que la llamada tardaría, como mucho, tres días, pero como tenemos la mejor presidenta del mundo mundial y vivimos en libertad, una semana más tarde ya dije mira, voy a llamar yo si eso.
-A ver... -me dijeron- pues la cita ya para después del verano.
-Habéis hablado con mi pediatra, ¿verdad?







*Un científico estudia el comportamiento de las arañas. 
El primer día, le arranca una pata, le dice: Araña, ven. Y la araña, con sus siete patas, va.
"La araña mantiene sus capacidades motoras", anota el científico en su libreta.
Al día siguiente le arranca otra pata y le dice: Araña, ven. Y la araña, con sus seis patas, va.
"Sigue manteniendo sus capacidades motoras", anota al científico.
Al día siguiente le arranca otra y lo mismo, y al otro, otra y lo mismo.
La araña siempre va, cada vez más perjudicada pero va.
Al fin, el octavo día, le arranca la octava pata y dice: Araña, ven. Y la araña no va. 
El científico lo piensa detenidamente y anota: 
"La araña se ha vuelto sorda". 



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Se supone (cruzo los dedos) que esta semana recibiré por fin los primeros ejemplares de Crónicas Funestas, que deberían tener este aspecto gracias a la absolutamente maravillosa Gisselle Anderson:

Y si todo va bien, voy a empezar a enviar las recompensas de inmediato. 
Si participasteis en el Verkami y os habéis quedado con ganas de algo (una taza, un delantal, una bolsa, un ejemplar extra del libro para usarlo de pisapapeles, los que sea) es el momento de pedirlo, bien usando el propio formulario de contacto de la campaña, bien escribiendo directamente a hola@foscanetworks.net.

07 junio 2021

Lo del pino



Como ir a las juntas de vecinos de mi edificio no es lo bastante emocionante, hace poco he estado en la junta de vecinos del edificio de la Tita del Puerto.
El administrador de la comunidad nos había dicho que se iba a hablar de un tema importante "y lo del pino". Yo no tenía ni idea de qué era "lo del pino", y me daba miedo preguntar por si era algo como lo del teto o la piragua, que es lo mismo pero en el agua. 
Vaya por delante que ese día me había levantado muy temprano y había dedicado toda la mañana a hacer gestiones y toda la tarde a hacer las mismas gestiones otra vez porque la burocracia es así. Me dolían los pies, me dolían las piernas, me dolía la espalda y además hacía levante, que yo es una cosa que no entiendo pero a los lugareños les parece súper importante y para entonces yo ya estaba a tope de integrada.
El edificio tiene unas 150 viviendas y además se iba hablar de algo importante y lo del pino, así que la asistencia fue masiva a pesar de que hacía levante, que yo seguía sin notar nada especial pero cada vecino que llegaba decía: "Qué levantazo" y yo les decía que sí con total convicción.
El tema importante era que presuntamente la constructora decidió ahorrarse unos eurillos en el aislamiento de la fachada y ahora cuando llueve entra agua hasta el sótano. Y digo presuntamente porque la pobre constructora seguro que lo hizo con toda la buena intención, lo que pasa es que la gente es muy mala y siempre piensa lo peor.
-Lo que tenemos que hacer es demandar a la constructora -dijo uno de los vecinos.
-Si ya la demandamos en su día -explicó el presidente.
-¿Y qué pasó?
-Que se anuló el juicio por un defecto de forma de nuestro abogado.
-¿En serio? ¿Qué abogado?
Ahí me tuve que morder los dos puñitos con fuerza para no contestar "el que llevo aquí colgado". Si eso no es madurar yo ya no sé.
-El que teníamos entonces... que era el mismo que el de la constructora.
-Eso quizá fue un error por parte de la comunidad. 
-Sí, lo que pasa es que el administrador de entonces tenía muy buena relación con la constructora...
A mí me daba la impresión de que era una relación epistolar, ya sabéis, con sobres de por medio, pero el administrador decidió que era el momento de volver a encarrilar la reunión.
-Lo importante ahora es que hay que arreglar la fachada.
-Pues no me parece bien que se arregle la fachada -dijo uno de los vecinos- cuando todavía está sin arreglar lo del portón. 
-¿Qué le pasa al portón? -le pregunté a la vecina más cercana, así por lo bajini porque no quería parecer  tonta. O sea, que ya tendrán tiempo para descubrirlo y eso.
-Pues que mira cómo está.
Yo miré el portón y me pareció el mismo portón de siempre con absolutamente nada fuera de lo normal en él.
-Ah, sí, claro -le dije, porque el otro día vi un meme en twitter que decía que si no entiendes el problema es porque eres parte de él y pensé que lo mejor era disimular.
-Que no podemos arreglar ahora el portón, que cuesta mucho dinero y tenemos lo de la fachada.
-¡Pues no se arregla la fachada!
-Pero cómo no se va a arreglar la fachada, que tenemos el sótano que parece el Aquopolis.
-Lo que podíamos hacer mientras tanto es pintar el portón.
Todos los vecinos estuvieron de acuerdo y yo estuve a punto de cerrar los ojos y pedir un deseo porque que haya unanimidad en una junta de vecinos es más raro que ver una estrella fugaz.
Pero no me dio tiempo.
-¿De qué color?
-Negro.
-Blanco.
-Verde.
-Si ya está verde. 
-Pues otro verde.
-Para pintarlo de verde lo dejamos así.
-Lo que habría que hacer es cambiarlo.
-¡Que hay que reparar la fachada!
-Lo que tendríamos que hacer es demandar a la constructora.
-...un blanco roto, o un blanco huevo...
-Y LO DEL PINO QUÉ -preguntó de pronto una de las vecinas, me atrevo a decir que afectada por el asunto del pino.
Se hizo un silencio sepulcral.
-Ah, sí, lo del pino -dijo el administrador, que parecía aliviado por el cambio de tema.
-¿Qué le pasa al pino? -le pregunté a la vecina más cercana. Ya ni por lo bajini ni nada. Mejor parecer tonta y que no te pregunten de qué color quieres pintar el portón.
-Pues que mira cómo está.
Yo mire al pino y me pareció un pino normal de los de toda la vida.
-El pino está muy cerca de la fachada -explicaba el administrador en ese momento-, y algunos vecinos se quejan de que les quita la luz, les da alergia y afecta a su salud mental.
El administrador dijo lo último como si el pino también estuviera afectando a su salud mental a pesar de no vivir ni remotamente cerca.
-Pues lo talamos y ya está -sugirió otro vecino.
-Medio ambiente no nos deja talar el pino.
-¿Pero cómo no nos va a dejar talar el pino?
-Pues que es una especie protegida, estamos al lado de un pinar protegido y no nos dejan y se acabó.
-¡Pero cómo no nos van a dejar talar el pino si lo planté yo!
-¿Y tú por qué plantaste un pino?
-Porque la constructora se había comprometido a plantar árboles y no lo hizo.
-¡Habría que demandar a la constructora!
-¡Y cambiar el portón!
-Una capita de pintura blanca y...
-Pues yo que sé, el que me vendió el plantón me dijo que no crecería.
-¿CÓMO NO VA A CRECER UN PINO?
-Yo qué sé, no soy experta en pinos.
-...verde clarito, naranjita claro...
-QUE VIVIMOS ENFRENTE DE UN PINAR.
-Ahora será culpa mía que la constructora no pusiera árboles.
-Lo que habría que hacer -terció un señor con mucha calma, consiguiendo que todos se callaran- es demandar a la constructora.
El administrador suspiró.
Yo suspiré.
El resto de vecinos suspiraron.
-A ver -dijo otro-: yo solo digo que el portón no se puede quedar así.
-Volviendo al pino... -empezó el administrador, que espero que cobre un buen sueldo.
-Eso, volviendo al pino -dijo otra vecina-, vale que no lo podemos talar, pero ¿no podría sufrir un accidente?
-¿PERO CÓMO VA A SUFRIR UN PINO UN ACCIDENTE? ¿QUÉ VA A HACER, CAERSE POR LAS ESCALERAS?
-No sé, pero a lo mejor cuando arreglemos la fachada...
-¿Y el portón qué?
-...un color beige o crema...
-La fachada...
Yo estaba absolutamente ojiplática con aquello. Por suerte, un mensaje de Hermano Mediano me sacó de mi trance.
"Oye, ya que estás allí ¿puedes sacar copia de las llaves?"
Lo que me faltaba, con el dolor de pies, de piernas y de espalda que tenía y el levante que hacía ese día. Que yo seguía sin notarlo pero seguro que es importantísimo.
"¿Del piso?"
"Bueno, de todo"
"¿Del portón también?"
"Eh... ¿sí?"
"¿PERO TÚ HAS VISTO CÓMO ESTÁ EL PORTÓN?"




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Venirse a Lektu, tenemos cosas.


31 mayo 2021

La timidez



Hace unos días iba yo tan tranquila por la calle cuando... Vale, no iba tan tranquila porque iba con Nena-chan, que como es tímida a la gente va narrando a gritos todo lo que ve, oye o piensa. Yo lo llamo "monólogo exterior" y os aseguro que puede llegar a aturdir hasta el punto de que a ratos me tengo que sentar porque me mareo. 
El caso es que íbamos por la calle y se nos acercó un señor que vendía collares.
-Hello -dijo.
Yo le hice el gesto universal de gracias, no nos interesa, pero Nena-chan no estaba para gestos universales.
-Hello.
-Oh, do you speak English. 
-A little. 
"A little", dice. Nena-chan no ha hablado "a little" en su vida, ni en inglés, ni en español, y de verdad que con tal de darle a la sinhueso es capaz de hablar hasta el suajili. Pero no a little, a LOTTLE.
-Where are you from?
-Well..
-Pero Nena-chan, cómo que well, que vivimos en Carabanchel. Que hemos venido en metro y estábamos discutiendo si volver a casa en bus o andando, que well ni que well.
Yo esperaba que el señor de los collares se diera por vencido pero no, porque nadie sobrevive en la calle vendiendo collares sin un buen sexto sentido para detectar quién maneja el tinglado.
-But you speak English very well!
-Yes, sometimes.
"Sometimes" los cojones, que esta niña no ha hablado sometimes jamás, que habla hasta dormida, por el amor de dios.
-Venga, Nena-chan, que tenemos prisa -el señor de los collares me ignoró otra vez, así que añadí-: hurry up.
Que vea que yo también hablo idiomas y eso.
-So, do you want a necklace?
Nena-chan miró los collares y se lo pensó en plan uy, uy, a ver cómo quedaría esto en mi instagram. Que no tiene, pero es que las nuevas generaciones son así. 
-No, but that's very nice of you. 
THAT'S VERY NICE OF YOU. O sea, ¿de dónde se saca estas cosas? ¿Por qué puede aprender palabrotas, como los otros niños?
Así que nos despedimos del señor como si hubiéramos estado tomando el té con la reina de Inglaterra y nos subimos al bus, porque de pronto me sentía agotadísima. 
Nena-chan se quedó muy callada, cosa rara en ella. Se va a quedar frita, pensé. Pero no.
-Oye, mamá -me dijo de pronto-, ¿tú crees que soy rara?
A ver qué le digo yo ahora. 


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24 mayo 2021

El cepillo de dientes



Parece que esta semana, por fin, acabaremos con el papeleo del testamento de la Tita del Puerto. Parcialmente. Cruzo los dedos.
Porque a estas alturas, después de que me pregunten si soy la fallecida una docena de veces (se confunden porque nos llamamos igual, lo de que yo esté viva no les parece un dato concluyente, al parecer), y después de que me digan cosas tan surrealistas como que no pueden hacer tal cosa porque el dni de la fallecida está caducado y tiene que ir a renovarlo (sí, esto ha pasado) empiezo a estar un poco cansada.
Antes de que alguien me recomiende que contrate una gestoría me adelanto y lo digo: he contratado una gestoría. El problema es que ni la información ni la documentación llega a la gestoría mágicamente, cosa que molaría infinito y que alguien debería plantearse.
O sea: Hermione, no te hagas aurora, ponte una gestoría que te forras.
Se trataba de una situación familiar complicada, un testamento complicado, una distribución geográfica de los herederos complicada, cada uno con sus vidas complicadas, y bueno, lo de la pandemia y eso. Que ahora que no tenemos estado de alarma ya nos acordamos de cuándo no se podía salir de casa.
Aparte, yo tengo mi propia vida y mi propio trabajo, así que había días que no sabía si estaba escribiendo una Croniquita o una instancia para la DGT. Y encima, con pena, porque cada vez que veo el nombre de mi tía me da como un pellizco que me quedo tonta un rato. No os quiero ni contar lo que me entra cuando pienso que tengo que vaciar la guantera de su coche, o ir a su casa y tirar su cepillo de dientes.
Seis meses y nadie ha tenido huevos de tirar el cepillo de dientes, así está la cosa.

En fin.
Es caso es que cuando yo ya estaba al borde del colapso me llegó un rumor, porque el mundo es muy grande pero internet es muy pequeño y los cotilleos de mi pueblo no veas lo rápido que viene alguien y me los cuenta. Quiera yo o no. Y lo normal es que no. La madre que parió al facebook.
Pues el caso es que viene alguien y me dice que se cuenta, se dice, se rumorea que hemos falsificado el testamento de mi tía.
Francamente.
FRANCAMENTE.
¿Estamos tontos o qué?

A posteriori pensé muchas cosas:
Que la gente ve muchas películas. 
Que la gente no tiene ni idea de cómo funcionan las cosas.
Que es un insulto hacia la última voluntad de mi tía.
Que era una persona muy organizada, con la cabeza muy bien amueblada, que hizo su testamento después de pensarlo seriamente, que fue a un notario, que llevó un testigo, que lo preparó todo hace años.
Que a menudo, con la gente con la que tenía confianza, bromeaba con su herencia, y más o menos cualquiera que haya estado en contacto con ella, un mínimo contacto, tenía una idea de por dónde iban a ir los tiros.
Que cómo alguien puede extrañarse de que testara a favor de la parte de la familia que la cuidó durante sus últimos años de vida en lugar de la parte con la que no se hablaba. Bueno, se hablaba a través de abogados, que eso une mucho.
Que a todos los que fuimos a verla en el hospital nos dijo o nos intentó decir lo que había dispuesto.
Que me arrepiento de haberle dicho que no lo quería saber, porque a lo mejor se habría quedado más tranquila sabiendo que yo sabía, y además le podría haber dado las gracias.
Que han pasado seis meses, y no hemos tenido los huevos de tirar ni su cepillo de dientes, porque duele.

Pero, en aquel momento de cansancio, pena, saturación mental y ansiedad sólo pensé en una:
-¿Y no lo podíamos haber puesto más fácil?




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17 mayo 2021

Cada uno tiene el suyo




El otro día estaba haciéndome el repaso del láser en el piticlín cuando la esteticista, que es un amor y desde aquí le mando un saludo, me dijo: 
-¿Sabes qué? Para la piel tan blanca que tienes, el ano lo tienes muy oscurito. 
Esta información me dejó con las patas colgando. Bueno, que con las patas colgando ya estaba de antes por lo de la depilación del piticlín y eso. 
-No tenía ni idea.
A ver, es que yo el ano, así por lo general, no me lo veo. Y cuando me lo han visto otras personas, así por lo general, ha sido en situaciones poco apropiadas para sacar la pantonera e iniciar un debate sobre el tema, no sé si me explico.
Pero es que además yo no tenía ni idea de que los anos podían tener diferentes gamas cromáticas. Tampoco me lo había planteado nunca, la verdad. Y es raro, porque mi abuela me ha contado en numerosas ocasiones la vez que ella y sus siete hermanas se encerraron en el baño para mirar si todas tenían el vello púbico del mismo color y para su regocijo descubrieron que los siete matojillos eran diferentes. 
Llevo toda la vida con esta imagen en la cabeza y ahora también está en las vuestras. 
Basándome en semejante experimento empírico, es raro que yo (o ellas) no llegara a la conclusión de que lo de atrás también debía ser diferente. 
Que ahora que lo pienso, a lo mejor por eso el gato se empeña en ponerme el culo en la cara mientras duerno, a ver si así me caigo del guindo ojetil y descubro por fin una de las Verdades De La Vida.
-¿Te acuerdas de hace unos años -decía la esteticista- que a las famosas les dio por blanquearse el ano?
-Ay, es verdad.
Ahí disimulé súper bien, pero el caso es que me volví a quedar de pasta boniato. Porque yo, durante todo este tiempo, estaba convencida de que lo que se blanqueaban eran lo de dentro
Me parecía raro, pero no más raro que el concepto de blanquearse el ano, en general.
En fin.
El casi es que como soy así naturalmente tímida y pudorosa y además tengo poca tendencia a exagerar, según salí de la clínica me apresuré a anunciarlo en whatsapp, telegram, facebook, un directo de instagram, el tablón de anuncios de la comunidad de vecinos y la hoja parroquial del barrio: 
QUE TENGO EL OJETE NEGRO.
La mayor parte de la gente me respondía lo mismo que hubiera respondido yo unas horas antes, cuando aún vivía en la ignorancia: 
-Todos los son, ¿no?
-No, no: lo de alrededor
-Ostras, pues no me lo había planteado. 
-Quizá deberías mirarte con un espejo cuando llegues a casa.
-¡Lorz!
-Tú sabes que lo vas a hacer, yo sé que lo vas a hacer, el único que no sabe lo que se le viene encima es el espejo.
-¿Cómo no lo vas a tener negro, si te empeñas en achicharrártelo con láser? -me decían otras personas.
Que como explicación no me convence demasiado porque
a) es luz pulsada
b) si fuera sí, también se me habrían oscurecido las ingles, las axilas y las piernas, y de momento siguen atascadas en el blanco nuclear/amarillo macilento, según la época del año.
Mi padre reaccionó distinto. Quizá porque se lo conté a gritos en la terraza del bar que hay debajo de su casa, no sé. 
-Niña, no seas ordinaria -me dijo. Que teniendo en cuenta que su madre se metía en el baño con sus siete hermanas para estudiarse los pelos del ciertositio y luego nos lo contaba, la verdad es que no sé cómo esperaba que le saliera yo, pero bueno.
Mi madre, en cambio, se lo tomó mejor, porque las madres somos así y queremos a nuestros hijos sin tener en cuenta de qué color son sus partes íntimas.
-Lo que no entiendo -me dijo- es para qué necesitas quitarte los pelos de ahí.
-Pues que se aprecie mejor el color que tiene, por supuesto.





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Vayamos por partes III está próximo a agotarse. Si todavía no tienes el tuyo, puedes encontrarlo en La Casa Tomada (Sevilla), La Sombra (Madrid) y Lektu



10 mayo 2021

Saldremos mejores


Una de las cosas que echo de menos del confinamiento era que las viej...ancianas estaban escondidas en posición fetal debajo de sus viejicamas.
Ahora entre que las están vacunando y que se ve la luz al final del túnel han vuelto a las calles y tienen  como una alegría de vivir que da escalofríos. 
Sin ir más lejos, el otro día estaba en la cola de la charcutería cuando se me acercó una viej...anciana muy sonriente. Bueno, con la mascarilla no sé si sonreía o no, pero tenía un brillo aciago en la mirada, eso seguro.
-Niña, ¿te importa que pase delante, que tengo cita para la vacuna y voy a llegar tarde?
Una persona inteligente habría respondido:
-Señora, si tiene cita para vacunarse qué hace aquí comprando chóped.
El problema es que a mí en la vida se me puede acusar de muchas cosas, pero de inteligente todavía no.
-Claro, pase usted primero, que vacunarse es lo más importante -dije, sintiéndome a tope de-esta-saldremos-mejores.
-Yo también tengo cita para la vacuna -dijo otra viej...anciana.
-Y yo -dijo otra.
Aquello ya me empezó a escamar porque bueno, me parecía como mucha casualidad.
-¿Para hoy? -pregunté.
-No, para hoy no -dijo una.
-Yo para la semana pasada -dijo la otra.
-¿Y qué tal? -le pregunté-. ¿Algún efecto secundario?
-Nada, un poco de dolor en el brazo y ya.
-A mi madre le dio como un gripazo, pero le duró veinticuatro horas y ya.
-¿Cuál le pusieron?
-Creo que la...
-¡EJEM!
El charcutero nos miraba de brazos cruzados, y con una expresión que parecía decir que ojalá se hubiera hecho taxista, que era lo que quería su padre.
-Yo sólo quiero un cuarto de pavo -dijo una de las viej...ancianas.
-Venga -dije-, usted primero. 
A la viej...anciana se le iluminó la mirada como si el Eko estuviera en oferta 2x1. 
-¡NIÑA! QUE NOS TOCA -le gritó a su hija, que estaba esperando en otra parada-. Yo sólo quiero cuarto de pavo. Y mi hija quiere un cuarto DE TODO.
Pues no sé si de esta saldremos mejores, lo que es seguro es que saldremos a las mil.



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03 mayo 2021

Cuestión de tamaño



Llevamos unos días de lo más animaditos.
Se nos ha roto la lavadora.
Se nos ha roto la tele. 
Se nos ha roto mi rodilla.
Lo de la lavadora lo llevamos bien porque se rompió exactamente tres días antes de que caducara la garantía y nos la han cambiado por una igual.
Salvo que, como no había igual, la que nos han traído es de un modelo nuevo, que tiene un programa ultrasilencioso y dos kilos más de carga. 
No seré yo quién se queje.
Lo de la rodilla un poco peor porque a mí por lo general me gusta ser capaz de moverme y eso. 
Además, dados los tiempos pandemial que corren, no sabía si irme al ambulatorio, al hospital o a llorar a una esquina, y no me cogían el teléfono en ninguna parte, así que al final me planté en el ambulatorio.
-Tendrías que haber ido al hospital -me dijo el de recepción.
-Lo sabía. 
-No, a ver, el protocolo dice que si el ambulatorio está abierto vayas al ambulatorio, lo que pasa que en caso de traumatismo venís aquí y lo que hacemos es mandaros al hospital para una radiografía, así que mejor que vayas directamente.
-Bueno, mi marido está en la puerta con el coche, me puede llevar ahora mismo.
-No, lo siento, una vez que estás aquí tenemos que atenderte aquí.
-Pero...
-Que no.
A mí me empezó a entrar una angustia vital muy grande de pensar que tendría que esperar horas en la sala de espera del ambulatorio sólo para que me mandaran a hacer más horas de espera en el hospital, pero por suerte el médico que me atendió tuvo en cuenta mis inquietudes:
-Esto te ha pasado por gorda.
-¿Perdón?
-Estas rodillas, que te duelen por gorda.
Respiré muy hondo porque llevo siendo gorda toda mi vida adulta pero la rodilla sólo me duele desde que me caí por las escaleras estando embarazada y me la espampurrié, y sólo cuando va a cambiar el tiempo, y sólo después de haber pasado muchas horas de pie o cargando cajas como en la mudanza.
Y casualmente, en los dos días anteriores había a) cambiado el tiempo, b), pasado muchas horas de pie y c) cargado muchas cajas, así que en fin, probablemente la obesidad contribuya, pero lo mismo hay que tener en cuenta otros factores también.
Como decía, respiré hondo.
-Bueno -le dije-, eso no es algo que pueda resolver ahora, así que qué hacemos.
Así fue como acabé con una venda de lado a lado, drogas duras y la orden de "reposar", que a mí me entró una risa floja que casi me muero allí mismo.
Lo de la tele fue más complicado porque, para empezar, por lo general no tenemos el menor interés en la tele y con el ordenador nos apañamos perfectamente, lo que pasa es que después de varios días llegamos a la conclusión de que nuestros hijos ya llevan una vida lo bastante rara como para, además, ir al cole diciendo que en casa no hay tele.
Y, dadas mis circunstancias, la tarea recayó en ZaraJota. 
-He pensado -me dijo-, que podemos aprovechar para comprar una un poquito más grande.
-Vale, mientras nos quepa donde tenemos la vieja me parece bien. 

La tele vieja

En caso es que ZaraJota partió rumbo al centro comercial más cercano y volvió con una caja ENORME. Y cuando digo enorme, me refiero a que me llegaba por la nariz y si extendía los brazos no la abarcaba de lado a lado.
-Pero qué coj...
-No te preocupes, ya sabes que las cajas siempre son enormes, que luego todo es corchopán. 
-PERO CÓMO VA A SER CORCHOPÁN TODO ESO, QUE VA A COSTAR LA PROTECCIÓN MÁS QUE LA TELE.
-De verdad, no te preocupes, que la he medido y es sólo unos centímetros más ancha que la vieja.
-¿No habrás medido en pulgadas?
-No, de verdad, es cuestión de unos pocos centímetros, nada más
-Bueno, bueno. 
Dejé a ZaraJota instalando la tele nueva y me fui a reposar y a respirar dentro de una bolsa de papel hasta que me llamó.
-¡Ya la tengo instalada! ¡Ven a verla!
Así que me arrastré hasta el salón y me encontré con esto:

-PERO QUE COÑ...
-Ya te dije que era más grande que la otra.
-ME DIJISTE QUE ERA "SÓLO UNOS CENTÍMETROS" MÁS GRANDE QUE LA OTRA.
-Sí, son sólo unos centímetros. Como unos cuarenta o así. 
La culpa es mía por no preguntar.


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26 abril 2021

Relajadita



Empiezo a estar un poco harta de los hipopresivos. 
A ver, que tienen muchas ventajas; por ejemplo, la de no hacerte pis encima cuando estornudas, que es una cosa que está muy bien. 
Pero también tienen muchos inconvenientes como, por ejemplo, lo de hacer ejercicio y eso. 
Si no sois madres, quizá os estéis preguntando que es eso de los hipopresivos. Yo también me lo pregunto, porque estaba convencida de que eran ejercicios para el piticlón (chichimnasia) pero en clase suele haber señores que yo juraría que piticlín, lo que se dice piticlín, no tienen, aunque en estos tiempos nunca se sabe.
Quizá debería preguntar aunque, por otra parte, quizá lo mejor sea que me calle, porque ya me miran bastante raro desde el día que me dio un ataque de tos, acabé mareándome y cayéndome al suelo y tuvo que venir ZaraJota (con los dos niños en bañador a rastras) a rescatarme porque no me podía levantar y por las medidas anticovid el monitor no se podía acercar a ayudarme.
O eso dijo, claro.
Los hipopresivos son una cosa muy tonta, porque básicamente consisten en tumbarse en el suelo y respirar pero con dolor. Por todas partes. Que cualquiera diría que el dolor tendría que centrarse en el pecho o, como mucho, en el piticlín (que también), pero es que he llegado a tener agujetas en los dedos de los pies. 
LOS DEDOS DE LOS PIES.
Que yo no sabía ni que teníamos músculos ahí, pero ahora lo tengo clarísimo.
-El problema -me dijo el monitor- es que tienes que ser más constante. 
-Es que solo puedo venir un día a la semana, y a veces ni eso.
-Lo ideal es que vengas a dos sesiones a la semana, como mínimo.
-Puedo hacer dos sesiones el mismo día. 
-Eso no es lo que...
-¿Cómo es la clase de antes? -le pregunté. Que era un pregunta retórica, porque yo ya me había fijado en que las que salían de clase eran un 99% viej...ancianas y que salían como muy frescas, así que ya me imaginaba que la clase no era de alto impacto, precisamente.
-Bastante tranquila.
-¿Será demasiado para mí hacer las dos clases seguidas?
-No, claro que no. Es muy relajadita. De hecho, quizá te venga hasta bien.
-Genial.
El problema, es que no pregunté genial para qué
La semana siguiente, comprobé que me venía genial para, por ejemplo, experimentar un bonito paroxismo de dolor cercano a la muerte mientras las viej...ancianas, sin despeinarse los cardados, hacían cosas como sostenerse en equilibrio perfecto sobre tres dedos (dos de las manos y uno de los pies). Que ya me dirás para qué necesita una viej...anciana semejante virtuosismo, con lo a gusto que estarían en sus casas viendo a Ana Rosa Quintana.
El caso es que la clase "relajadita" resultó ser una clase de pilates+core con cinco minutos de relajación al final, que para cuando llegamos ahí yo no necesitaba relajarme, sino reanimación urgente, pero bueno. Cuando por fin escapé de allí, congratulándome por no haberme dormido mientras supuestamente estábamos meditando, me arrastré hasta la siguiente clase.
-¿Cómo lo llevas? -me preguntó el monitor.
-Perfectamente -le dije, porque las viej...ancianas estaban detrás y todos sabemos que se alimentan del miedo y la debilidad ajenas. Por eso les gusta tanto el descafeinado de bote, obviamente-. Pero creo que la semana que viene probaré algo que sea más de mi estilo.
-¿Cómo qué?
-No sé. ¿Tenéis alguna actividad en la que pueda estar sentada y mirando el móvil?
-Claro que sí -me dijo-. Está en la planta baja, justo donde pone "cafetería". 
Creo que ya he encontrado mi deporte favorito.

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19 abril 2021

Benditos errores

 

Hace un par de semanas, en uno de esos días sin cole que han puesto totalmente al azar este año, agarré a los niños por los pelos (es un decir) y me los llevé al jardín botánico, que es una cosa de echar muchas horas gastando poco dinero, y eso siempre está bien.
Hacía un día estupendo, los tulipanes estaban a rabiar de bonitos y el nivel de instagramers por metro cuadrado era tolerable. 
A los niños les flipó, como cada vez que vamos, sea invierno, verano o primavera, y eso que algunas partes todavía estaban cerradas por los daños del temporal Filomena, que es que no nos privamos de nada, la madre que nos parió. 
Dimos un paseo, Nena-chan leyó todos los carteles (TODOS. LOS. FRUTOS. CARTELES),  Nene-kun se asomó a todas las fuentes (TODAS. LAS. FRUTAS. FUENTES) para ver si había peces. 
Y al final acabamos en el Pabellón y ocurrió lo inevitable.
-Mamá, vamos a entrar a la tienda.
-No. 
-Porfiii...
-No hemos venido aquí a comprar nada. 
-¡Sólo queremos ver! ¡Te prometemos que no pediremos nada!
-Siempre decís eso y luego no es verdad. 
-Porfiii...
-He dicho que no y es que no, y se acabó la discusión -dije, poniendo cara de madre. Lo que pasa es que con la mascarilla la cara de madre como que pierde poderes. 
Así que entramos en la tienda, claro.
Si alguna vez vais al botánico, os desaconsejo vivamente entrar en la tienda. O sea: TODO ES BONITO. Las cerámicas son como para morirse de bonitez allí mismo. Y los pañuelos. Y no digo nada de los libros...
-Mamá, ¿nos compras este libro?
-He dicho que no os iba a comprar nada.
-Pero es que es MUY CHULO, mira...
-He dicho que... uy, este lo tienen en La Sombra.


Que no es que lo haya mirado unas cien veces para comprarlo y lo haya acabado dejando porque hemos pasado una racha achuchá ni nada de eso, vaya. 
-Pues vamos a La Sombra y nos lo compras.
-¡De eso nada!
-¡Si está aquí al lado! Porfiii, mamá...
-He dicho que no y es que no. Además, ya os dije que no os iba a comprar nada.
-Lo que dijiste fue que no ibas a comprarnos nada aquí.
Ya está, ya me liaron. 

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